A propósito del «quinto centenario»

A PROPÓSITO DEL «QUINTO CENTENARIO»

Roberto Fernández Retamar - Eduardo Galeano - Carlos Ossandon B. - Abel Posse
Manuel Vázquez Montalbán - Luis Yáñez Barnuevo - Hernán Neira

Araucaria de Chile. Nº 47-48, Madrid 1990.


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América, descubrimientos, diálogos

Roberto Fernández Retamar

Roberto Fernández Retamar, ensayista y poeta cubano, con una muy amplia trayectoria literaria,
es en la actualidad director de Casa de las Américas, La Habana.

Madrid, París, Venecia, Florencia, Roma, Nápoles y Atenas fueron descubiertas en 1955 por mí (que en 1947 ya había descubierto Nueva York), y en 1956 descubrí también Londres, Amberes y Bruselas. Sin embargo, fuera de unos pocos de mis poemas y cartas, no he encontrado ningún otro texto en que se hable de tan interesantes descubrimientos. Supongo que ha pesado a favor de este silencio clamoroso el hecho de que cuando llegué por primera vez a esas ilustres ciudades ya había bastante gente en ellas. Un razonamiento similar me ha impedido siempre aceptar que la llegada, hará pronto cinco siglos, de unos cuantos europeos al continente en que nací y vivo sea llamada pomposamente «Descubrimiento de América». Tanto más cuanto que al ocurrir esa llegada (accidental), las dos ciudades más pobladas que había entonces en el planeta, dijo el poeta mexicano Carlos Pellicer, eran Tenochtitlán (hoy México, D.F.) y Pekín (hoy Beijín). Según lo que sé, ninguna de las dos estaba ni está en Europa.

Aquella llegada carece de sentido tomada aisladamente. Su sentido se revela cuando la insertamos en el seno de lo que se ha llamado la expansión europea del siglo XIII al siglo XV. Sólo entonces entendemos que se trata de un capítulo, ciertamente muy importante, de esa expansión que procedió y acompañó al nacimiento del capitalismo en el mundo.

El único verdadero descubrimiento de este continente fue hecho por los hombres que hace decenas de miles de años entraron en él provenientes de Asia. Tampoco es aceptable que hubiera dos descubrimientos: uno hecho por ellos, y otro por los vikingos o, lo que es más frecuente escuchar, por Colón y los suyos. Ni los vikingos ni Colón, por cierto, tuvieron conciencia de haber llegado al continente que iba a ser llamado América. Parece que esa conciencia le corresponde a Vespucio, quien, voluntaria o involuntariamente, dio su nombre a lo que también iba a ser llamado «Nuevo Mundo». En todo caso, como es bien sabido, lo verdaderamente relevante fue la inmensa trascendencia que el viaje de 1492 iba a tener para la humanidad toda. Pero decir, como todavía repiten algunos, que se trató de la llegada de la civilización, es un disparate, cuando no una desvergüenza. A no ser que se diga a la luz de las terribles palabras de José Martí cuando en 1877 habló de aquel hecho como del arribo de una «civilización devastadora: dos palabras que, siendo un antagonismo, constituyen un proceso.» Las grandes culturas maya, azteca e inca, y las otras en vías de desarrollo que había en el continente fueron, en efecto, salvajemente devastadas como consecuencia de aquella llegada. Y muchísimos aborígenes, como los que habitaban mi país, Cuba, fueron extinguidos. Por lo que es una cruel manifestación de humor negro decir que la llegada de los españoles y la ulterior conquista significó para ellos, que no quedaron ni dejaron descendientes para contarlo, el arribo de la civilización.

Lo que tampoco podemos negar es que de resultas de aquellos hechos brutales, y de las luchas que viejos y nuevos oprimidos iban a sostener en estas tierras, brotaría en ellas lo que Bolívar, en uno de sus muchos rasgos geniales, llamaría «un pequeño género humano», es decir otro avatar de la humanidad. Y sólo a partir de 1492 se hizo posible una historia única del hombre. Por eso ha podido escribir Armando Hart que lo que entonces se descubrió no fue América, sino el mundo. Para decirlo con el clásico término griego de las tragedias, se trató de una anagnórisis: el hombre se reveló a sí mismo.

No voy a ocuparme ahora de ese vasto tema en general, sino sólo del diálogo que entonces comenzó entre los que estamos de un lado y otro del Atlántico y específicamente entre Europa y la América Latina y el Caribe.

Quizás lo primero que haya que hacer sea poner en tela de juicio la existencia monolítica tanto de «Europa» como de «la América Latina». ¿Existe una Europa homogénea, sin fisuras, en relación con la cual podamos manifestarnos a favor o en contra? Es evidente que esta pregunta sólo puede responderse negativamente. En Europa no solamente hay naciones diversas, sino que con frecuencia esas naciones difieren muchísimo entre sí. En Europa hay una vasta diversidad cultural, que revela sustratos históricos anteriores. Para el agudo dominicano Pedro Henríquez Ureña, por ejemplo, la zona de Europa que ha tenido mayor influencia sobre Hispanoamérica (que es la mayor parte de nuestra América y que para él incluía también al Brasil) es la Romania, a la cual hay que atribuirle hechos como la primera llegada con consecuencias de los europeos a estas tierras (el mal llamado «Descubrimiento»), el Renacimiento, la Revolución Francesa. En la Europa actual, además, hay países capitalistas y países socialistas. En Europa, por supuesto, hay y ha habido clases y luchas de clases. Este punto esencial ¿puede pasar inadvertido? ¿Alguien puede opinar, digamos, sobre «lo alemán» prescindiendo de las diferencias abismales entre Carlos Marx y Adolfo Hitler?.

Para complicar aún más las cosas, ¿qué podemos decir que somos nosotros, los latinoamericanos y caribeños? Ya es claro para casi todo el mundo que no somos europeos. Pero también es claro que tampoco somos una unidad monolítica. No me canso de citar la división propuesta por el antropólogo brasileño Darcy Ribeiro según la cual hay en nuestra América tres zonas: la de los pueblos que él llama «trasplantados» (como la Argentina y Uruguay), en que son ampliamente preponderantes las etnias de origen europeo, habiéndose extinguido a las aborígenes y sumido en el torrente general a las africanas; la de los pueblos que él llama «testimonios» (como México, Guatemala, el Perú, Ecuador o Bolivia): los países en que, quebrantadas sus magnas civilizaciones precolombinas por la bárbara irrupción europea, aún sobreviven millones de aborígenes a menudo difícilmente integrados a la cultura oficial (una cultura burguesa dependiente); y la de los pueblos «nuevos» (los de la cuenca del Caribe en general), en que el aborigen ha sido prácticamente exterminado, y comunidades europeas y africanas, venidas ambas de fuera, se han confundido en un mestizaje que ha dado lugar a algo nuevo, como lo proclama, por sólo mencionar un caso, su poderosa música. Esto, para no volver a mencionar, por evidentes, las actuales diferencias políticas y las intensas luchas de clase.

Esta diversidad latinoamericana y caribeña ¿querrá decir que no hay América Latina, que no hay algo que merezca este nombre? La verdad es que, con las reservas expuestas tanto para un caso como para otro, a pesar de la heterogeneidad europea, existe, sin embargo, una compleja unidad histórico-cultural llamada Europa; y a pesar de la heterogeneidad de nuestra América, también ésta existe como una compleja unidad histórico-cultural. Y aún más: en este último caso, salvo los enormes enclaves indígenas (que requieren una política de nacionalidades irrealizable dentro de los esquemas del capitalismo y de la que ya hay un ejemplo apreciable en Nicaragua), de nosotros puede decirse que somos, como propuso el sabio lituano-chileno Alejandro Lipschütz, «europoides». Esto quiere decir que nuestra cultura sincrética bien puede reclamar como propia, entre otras, la compleja herencia europea. Un cubano, un mexicano o un argentino cultos no sienten como cosa extraña ni la obra de Cervantes, ni la de Shakespeare, ni la de Bach, ni la de Tolstoy, ni la de Cezanne.

Después de todo, aunque los latinoamericanos solamos insistir tanto en el carácter sincrético de nuestra cultura (aludiendo a nuestra necesaria fusión de elementos culturales aborígenes, europeos, africanos, asiáticos), creo que también en este punto los europeos tienen no poco que decir y enseñar: la llamada «cultura occidental» es una de las realidades más sincréticas que hayan existido en el planeta. En ella se han dado cita ideas griegas, leyes romanas, creencias religiosas semitas, saberes orientales, costumbres germánicas... ¿a qué añadir más? Recuerdo que en enero de 1965, con motivo de un congreso de escritores latinoamericanos que se celebraba en Génova, paseando una noche con amigos como los peruanos José María Arguedas y Sebastián Salazar Bondy, y verificando los muchos cruces de vasos capilares de que es ejemplo esa ciudad, nos reíamos (una vez más) de la pretensión europea de contar con una cultura nacida de sí misma, ya con todas sus armas, como Pallas Atenea de la cabeza de Zeus (de paso rindo aquí, con este lugar común, homenaje a mis amados griegos). Si no fuera porque ello complicaría demasiado las cosas, diría que también los europeos son «europoides», mientras que «el Europeo» no pasa de ser un arquetipo platónico más, que nunca ha hollado la pobre Tierra que habitamos.

Tampoco puede hablarse de influencia de «Europa» sobre la «América Latina» o viceversa si se olvida el hecho esencial, sobre el que he llamado la atención en algún trabajo, de que lo que iba a llamarse el mundo occidental y lo que iba a llamarse la América Latina aparecen casi simultáneamente, y estrechamente vinculados entre sí. Sin "la llegada de los protoeuropeos (a los que he sugerido nombrar «paleoccidentales»); sin el saqueo de América, acompañado de la monstruosa rapiña que costó a África decenas de millones de sus hijos, no habría habido «acumulación originaria de capital», y en consecuencia no habría habido «mundo occidental»; nombre este último que es una forma melodiosa de referirse a lo que en palabras menos espirituales se llama el capitalismo desarrollado, el cual, según la acertada expresión de Marx en El capital, nació chorreando sangre y lodo por todos sus poros. Debido a ello, la influencia (si así quiere decirse) de nuestra América sobre la Europa occidental es de tal modo decisiva, que se trata en verdad de una conditio sine qua non. La propia España, que no logró desarrollarse como país capitalista en plenitud (siendo al cabo sorbida su riqueza por otras naciones europeas), vivió en el orden cultural, a partir del siglo XVI, lo que suele llamarse el Siglo o los Siglos de Oro. Qué bella enumeración viene a la memoria: Garcilaso, San Juan de la Cruz, Góngora, Quevedo, Lope, Cervantes, Velázquez, El Greco, Calderón... y tantos brillantes nombres más. Bien: ¿pero se recuerda suficientemente que el oro de esos siglos era el oro americano, el oro que los aborígenes de este continente tuvieron que extraer, en condiciones espantosas, para entregar a sus amos europeos? ¿Acaso sin la llegada de los europeos a nuestras tierras existirían las hermosas obras que la cultura occidental ha engendrado? Aquí también hay que responder negativamente. Y una de las conclusiones de este hecho palmario es que nosotros, los latinoamericanos y caribeños, tenemos el pleno derecho de reclamar como nuestras esas obras por las que nuestros antepasados pagaron un precio tan alto. Decir que, a su vez, ellas nos «influyen» no es decir gran cosa. Aquélla es también nuestra cultura.

La influencia de nuestra América sobre Europa es pues multisecular. Desde el florecimiento de utopías en el alborear de la sociedad europea burguesa, y los numerosos ritmos musicales (esa «bullanguera novedad venida de Indias» de que ha hablado Carpentier) que desde entonces empezaron a invadir a países europeos junto con el humo de nuestro tabaco, tenido al principio (y al final) como diabólico, este es un proceso ininterrumpido. Es verdad que una tenaz ignorancia euro-céntrica, y a menudo la triste y habitual prepotencia de toda metrópoli, entre otras razones, impidieron a los países de Europa, por ejemplo, beneficiarse hace un siglo del conocimiento de la obra de un hombre universal como José Martí. Sólo en años recientes comienza a alborear para esos países tal conocimiento. En estos años, también, la llamada «nueva novela latinoamericana» hace sentir su presencia en muchos países europeos. La razón de esto es sencilla: si bien Martí fue incuestionablemente superior a los escritores de la nueva novela latinoamericana (entre los cuales hay algunos magníficos), a aquél le tocó vivir una época en la cual nuestra América todavía no había comenzado a desempeñar un papel sobresaliente en la historia. Incluso en 1938 un poeta de la dimensión de César Vallejo murió prácticamente de hambre en París, sin que ninguno de sus libros hubiera sido traducido a otra lengua; sin que su nombre, el nombre del mayor poeta latinoamericano del siglo XX, hubiera trascendido más allá de unos cuantos círculos de enterados. Y es que tampoco en 1938 nuestra América ocupaba un lugar destacado en la historia mundial. Otro ha sido el escenario histórico con que se han visto beneficiados los autores de la nueva novela latinoamericana. A partir de 1959, es decir, a partir del triunfo de la Revolución Cubana, nuestra América entró por la puerta grande de la historia. Lo que ocurriera en nuestras tierras iba a tener repercusión mundial. E incluso lo que, partiendo de ellas, llegaría a otros continentes. Si siglos atrás muchos de nuestros antepasados fueron traídos de África como esclavos en horrendos barcos negreros, en estos años descendientes de aquellos hombres cruzarían el Atlántico en sentido inverso, para ayudar a consolidar la libertad y la independencia de países africanos.

Fuera de sabios admirables como Alexander von Humboldt, ¿quiénes sabían en Europa, hasta hace unas cuantas décadas, qué era en realidad nuestra América, quiénes eran sus hombres relevantes? En cambio, hoy cualquier modesto lector de periódico europeo está informado de que existe la América Latina: en particular, de que existen países como Cuba y Nicaragua; y últimamente, también, de que existe El Salvador. Es verdad que la información que ese lector, si es «occidental», suele recibir, está con frecuencia tergiversada. Por ejemplo, quizás se le diga que los Estados Unidos «perdieron» a Cuba y a Nicaragua, y no están dispuestos a «perder» a El Salvador. Sin embargo, no es frecuente leer en esa prensa, pongamos por caso, que Inglaterra «perdió» a los Estados Unidos. Sea como fuere, nuestra América es conocida hoy como nunca antes en Europa.

En una de sus penetrantes observaciones, Walter Benjamin dijo que jamás se da un documento de cultura sin que lo sea a la vez de barbarie. Bien lo sabemos en nuestra América. ¿Qué hemos recibido durante siglos de Europa? Tanto hechos de cultura como hechos de barbarie. Y en la perspectiva histórica no podemos olvidar su entrelazamiento: han sido como el anverso y el reverso de un cuchillo que penetrara en nuestras carnes. En estos momentos, en nuestros pueblos se lucha tenazmente por la liberación total: la que incluye también la liberación cultural. Pero esta última no implica en forma alguna cortarnos de la gran herencia cultural europea, que ya he dicho, y no me cansaré de repetir, que también es nuestra. ¿Qué sentido tendría, por ejemplo, postular el absurdo desconocimiento de las obras de Leonardo, Voltaire, Beethoven, Heine, Hugo, Dostoievski, Rimbaud, Wagner (ay), Einstein, Freud, Picasso, Shaw, Kafka, Joyce, Eisenstein, Brecht, Sartre: para no nombrar, por razones obvias, la magna obra fundadora de Marx y Engels? Sea cual fuere el destino de nuestra cultura, ella estará siempre alimentada por creaciones de esa naturaleza. Subrayo el término: alimentada. Y así como al comer churrascos y verduras, a similitud de lo que decía Marguerite Yourcenar, nuestro cuerpo no emite churrascos y verduras, sino músculos, pelos y uñas, así nuestra cultura, si ha de ser auténtica, si ha de ser genuina (y hace mucho tiempo que lo es), emitirá (como lo hace) obras distintas de aquéllas, pero no opuestas a ellas. Básteme recordar aquí creaciones como las que debemos, en la época colonial, al Inca Garcilaso de la Vega, a Sor Juana Inés de la Cruz, al Aleijadinho; y en nuestro siglo, a la práctica y la teoría de la primera revolución socialista en el hemisferio, a la nueva poesía, el nuevo ensayo y la nueva novela de nuestra América, a la teoría de la dependencia o a la teología de la liberación. A nadie en sus cabales se le ocurrirá pensar que se trata de modestas producciones locales, puesto que son, en realidad, aportes nuestros a la humanidad en su conjunto.

Si el viejo verso pitagórico afirmaba que «un mismo ritmo mueve las almas y las estrellas», ¿por qué no ha de movernos a europeos y a americanos (y también a asiáticos y a africanos y a todos los hombres y mujeres) un mismo ritmo, una misma esperanza? ¿No se trata, para la humanidad entera, de empezar a despedirnos de la prehistoria, de poder decir a coro, con el gran florentino: «incipit vita nova»?


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Ni leyenda negra ni leyenda rosa: recuperar la realidad

Eduardo Galeano

Eduardo Galeano, uruguayo, es autor de Las venas abiertas de América Latina, Memorias del fuego y numerosos otros títulos.

1. Ladrillos de una casa por hacer

Ni leyenda negra ni leyenda rosa. Los dos extremos de esta oposición, falsa oposición, nos dejan fuera de la historia: nos dejan fuera de la realidad. Ambas interpretaciones de la conquista de América revelan una sospechosa veneración por el pasado, fulgurante cadáver cuyos resplandores nos encandilan y nos enceguecen ante el tiempo presente de las tierras nuestras de cada día. La leyenda negra nos propone la visita del Museo del Buen Salvaje, donde podemos echarnos a llorar por la aniquilada felicidad de unos hombres de cera que nada tienen que ver con los seres de carne y hueso que pueblan nuestras tierras. Simétricamente, la leyenda rosa nos invita al Gran Templo de Occidente, donde podemos sumar nuestras voces al coro universal, entonando los himnos de celebración de la gran obra civilizadora de Europa, una Europa que se ha derramado.

La leyenda negra descarga sobre las espaldas de España, y en menor medida sobre las de Portugal, la responsabilidad del inmenso saqueo colonial, que en realidad benefició en mucha mayor medida a otros países europeos y que hizo posible el desarrollo del capitalismo moderno. La tan mentada crueldad española nunca existió: lo que sí existió, y existe, es un abominable sistema que necesitó, y necesita, métodos crueles para imponerse y crecer. Simétricamente, la leyenda rosa miente la historia, elogia la infamia, llama «evangelizaron» al despojo más colosal de la historia del mundo y calumnia a Dios atribuyéndole la orden.

No, no: ni leyenda negra ni leyenda rosa. Recuperar la realidad: ése es el desafío. Para cambiar la realidad que es, recuperar la realidad que fue, la mentida, escondida, traicionada realidad de la historia de América.

Se nos vienen encima cataratas de discursos de buen sonar y ceremonias de buen ver: se acercan los quinientos años del llamado Descubrimiento. Creo que Alejo Carpentier no se equivocó cuando dijo que éste ha sido el mayor acontecimiento de la historia de la humanidad. Pero me parece a todas luces evidente que América no fue descubierta en 1492, del mismo modo que las legiones romanas no descubrieron España cuando la invadieron en el año 218 a.C. Y también me parece evidente de toda evidencia que ya va siendo hora de que América se descubra a sí misma. Y cuando digo América me refiero principalmente a la América que ha sido despojada de todo, hasta del nombre, a lo largo de los cinco siglos del proceso que la puso al servicio del progreso ajeno: nuestra América Latina.

Este necesario descubrimiento, revelación de la cara oculta bajo las máscaras, pasa por el rescate de algunas de nuestras tradiciones más antiguas. Es desde la esperanza y no desde la nostalgia que hay que reivindicar el modo comunitario de producción y de vida, fundado en la solidaridad y no en la codicia, la relación de identidad entre el hombre y la naturaleza y las viejas costumbres de libertad. No existe, creo, mejor manera de rendir homenaje a los indios, los primeros americanos, que desde el Ártico hasta la Tierra del Fuego han sido capaces de atravesar sucesivas campañas de exterminio y han mantenido viva su identidad y vivo su mensaje. Hoy día, ellos continúan brindando a toda América, y no sólo a nuestra América Latina, claves fundamentales de memoria y profecía: dan testimonio del pasado y, a la vez, encienden fuegos alumbradores del camino. Si los valores que ellos encarnan no tuvieran más que un sentido arqueológico, los indios no seguirían siendo objeto de encarnizada represión ni estarían los dueños del poder tan interesados en divorciarlos de la lucha de clases y de los movimientos populares de liberación.

No soy de los que creen en las tradiciones por ser tradiciones: creo en las herencias que multiplican la libertad humana, y no en las que la enjaulan. Parece obvio aclararlo, pero nunca está de más: cuando me refiero a las remotas voces que desde el pasado nos ayudan a encontrar respuesta a los desafíos del tiempo presente no estoy proponiendo la reivindicación de los ritos de sacrificio que ofrecían corazones humanos a los dioses ni estoy haciendo el elogio del despotismo de los reyes incas o aztecas.

En cambio, estoy celebrando el hecho de que América pueda encontrar en sus más antiguas fuentes sus más jóvenes energías: el pasado dice cosas que interesan al futuro. Un sistema asesino del mundo y de sus habitantes, que pudre el agua, aniquila la tierra y envenena el aire y el alma, está en violenta contradicción con culturas que creen que la tierra es sagrada porque sagrados somos nosotros, sus hijos: esas culturas, despreciadas, ninguneadas, tratan a la tierra como madre y no como insumo de producción y fuente de renta. A la ley capitalista de la ganancia oponen la vida compartida, la reciprocidad, la ayuda mutua, que ayer inspiraron a Tomás Moro para crear su utopía y hoy nos ayudan a descubrir la imagen americana del socialismo que hunde en la tradición comunitaria su más honda raíz.

A mediados del siglo pasado, un jefe indio, llamado Seattle, advirtió a los funcionarios del Gobierno de Estados Unidos: «Al cabo de varios días, el moribundo no siente el hedor de su propio cuerpo. Continúen ustedes contaminando su cama y una noche morirán sofocados por sus propios desperdicios.» El jefe Seattle también dijo: «Lo que ocurre a la tierra ocurre a los hijos de la tierra.» Yo acabo de escuchar esta misma frase, exactamente la misma, de boca de uno de los indios mayas-quichés, en una película documental recientemente filmada en las montañas de Ixcán, en Guatemala. En este testimonio, los indios mayas, perseguidos por el Ejército, explican así la cacería que su pueblo padece: «Nos matan porque trabajamos juntos, comemos juntos, vivimos juntos, soñamos juntos.»

¿Qué oscura amenaza irradian los indios de las Américas, qué amenaza porfiadamente viva, a pesar de los siglos del crimen y el desprecio? ¿Qué fantasmas exorcizan los verdugos? ¿Qué pánicos?

A fines del siglo pasado, para justificar la usurpación de las tierras de los indios sioux, el Congreso de Estados Unidos declaró que «la propiedad comunitaria resulta peligrosa para el desarrollo del sistema de libre empresa». Y en marzo de 1979 se promulgó en Chile una ley que obliga a los indios mapuches a parcelar sus tierras y a convertirse en pequeños propietarios desvinculados entre sí: entonces, el dictador Pinochet explicó que las comunidades son incompatibles con el progreso de la economía nacional. El Congreso norteamericano no se equivocó. Tampoco se equivocó el general Pinochet. Desde el punto de vista capitalista, las culturas comunitarias, que no divorcian al hombre de los demás hombres ni de la naturaleza, son culturas enemigas. Pero el punto de vista capitalista no es el único punto de vista posible.

Desde el punto de vista del proyecto de una sociedad centrada en la solidaridad y no en el dinero, estas tradiciones, tan antiguas y tan fuertes, son una parte esencial de la más genuina identidad americana: una energía dinámica, no un peso muerto. Somos ladrillos de una casa por hacer: esa identidad, memoria colectiva y tarea compartida, viene de la historia, y a la historia vuelve sin cesar, transfigurada por los desafíos y las necesidades de la realidad. Nuestra identidad está en la historia, no en la biología, y la hacen las culturas, no las razas; pero está en la historia viva. El tiempo presente no repite el pasado: lo contiene. Pero ¿de qué huellas arrancan nuestros pasos? ¿Cuáles son las huellas más hondamente marcadas en las tierras de América?

2. Las lujurias infernales

En general, nuestros países, que se ignoran a sí mismos, ignoran su propia historia. El estatuto neocolonial vacía al esclavo de historia para que el esclavo se mire a sí mismo con los ojos del amo. Se nos enseña la historia como se muestra una momia, fechas y datos desprendidos del tiempo, irremediablemente ajenos a la realidad que conocemos y amamos y padecemos; y se nos ofrece una versión del pasado desfigurada por el elitismo y el racismo. Para que ignoremos lo que podemos ser se nos oculta y se nos miente lo que fuimos.

La historia oficial de la conquista de América ha sido contada desde el punto de vista del mercantilismo capitalista en expansión. Ese punto de vista tiene a Europa por centro y al cristianismo por verdad única. Esta es la misma historia oficial, al fin y al cabo, que nos cuenta la reconquista de España por los cristianos contra los invasores moros, tramposa manera de descalificar a los españoles de cultura musulmana que llevaban siete siglos viviendo en la Península cuando fueron expulsados. La expulsión de estos presuntos moros, que de moros no tenían un pelo, junto a los españoles de religión judía, señaló la victoria de la intolerancia y del latifundio y selló la ruina histórica de aquella España que descubrió y conquistó América. Algunos años antes de que fray Diego de Landa, en Yucatán, arrojara a las llamas los libros de las mayas, el arzobispo Cisneros había quemado los libros islámicos en Granada en una gran hoguera purificadera que ardió varios días.

Mal que le pese, la historia oficial revela una realidad que la contradice. Esa realidad, quemada, prohibida, mentida, asoma, sin embargo, en el estupor y el horror, el escándalo y también la admiración de los cronistas de Indias ante esos seres jamás vistos que Europa, aquella Europa de la Inquisición, estaba descubriendo.

La Iglesia admitió, en 1537, que los indios eran personas, dotadas de alma y razón, pero bendijo el crimen y el saqueo: al fin y al cabo, los indios eran personas, pero personas poseídas por el demonio y, por tanto, no tenían derechos. Los conquistadores actuaban en nombre de Dios para extirpar la idolatría, y los indios daban continuadas pruebas de irremediable perdición y motivos indudables de condenación. Los indios no conocían la propiedad privada. No usaban el oro ni la plata como moneda, sino para adornar sus cuerpos o rendir homenaje a sus dioses. Esos dioses, falsos, estaban a favor del pecado. Los indios andaban desnudos: el espectáculo de la desnudez, decía el arzobispo Pedro Cortés Larraz, provoca «mucha lesión en el cerebro». El matrimonio no era indisoluble en ningún lugar de América y la virginidad no tenía valor. En las costas del mar Caribe, y en otras comarcas, la homosexualidad era libre y ofendía a Dios tanto o más que el canibalismo en la selva amazónica. Los indios tenían la malsana costumbre de bañarse todos los días y, para colmo, creían en los sueños. Los jesuitas comprobaron, así, la influencia de Satán sobre los indios del Canadá: esos indios eran tan diabólicos que tenían intérpretes para traducir el lenguaje simbólico de los sueños, porque ellos creían que el alma habla mientras el cuerpo duerme y que los sueños expresan deseos no realizados.

Los iraqueses, los guaraníes y otros indios de las Américas elegían a sus jefes en asambleas, donde las mujeres participaban a la par de los hombres, y los destituían si se volvían mandones. Poseído sin duda por el demonio, el cacique Nicaragua preguntó quién había elegido al rey de España.

«El buen pescado aburre, a la larga, pero el sexo siempre es divertido», decían, dicen, los indios mehinaku, en Brasil. La libertad sexual echaba un insoportable olor a azufre. Las crónicas de Indias abundan en el escándalo de estas lujurias infernales, que acechaban en cualquier rincón de América más o menos alejado de los valles de México y el Cuzco, que eran santuarios puritanos. La historia oficial reduce la realidad precolombina, en gran medida a los centros de las dos civilizaciones de más alto nivel de organización social y desarrollo material. Incas y aztecas estaban en plena expansión imperial cuando fueron derribados por los invasores europeos, que se aliaron con los pueblos por ellos sometidos.

En aquellas sociedades, verticalmente dominadas por reyes, sacerdotes y guerreros, regían rígidos códigos de costumbres, cuyos tabúes y prohibiciones dejaban poco o ningún espacio a la libertad. Pero aun en esos centros, que eran los más represivos de América, peor fue lo que vino después.

Los aztecas, por ejemplo, castigaban el adulterio con la muerte, pero admitían el divorcio por sola voluntad del hombre o de la mujer. Otro ejemplo: los aztecas tenían esclavos, pero los hijos de los esclavos no nacían esclavos. La boda eterna y la esclavitud hereditaria fueron productos europeos que América importó en el siglo XVI.

3. El tigre azul y la tierra prometida

En nuestros días, la conquista continúa. Los indios siguen expiando sus pecados de comunidad, libertad y demás insolencias. La misión purificadera de la civilización no enmascara ahora el saqueo del oro m de la plata: tras las banderas del progreso, avanzan las legiones de los piratas modernos, sin garfio ni parche al ojo, ni pata de palo, grandes empresas multinacionales que se abalanzan sobre el uranio, el petróleo, el níquel, el manganeso, el tungsteno. Los indios sufren, como antaño, la maldición de la riqueza de las tierras que habitan. Habían sido empujados hacia los suelos áridos; la tecnología ha descubierto, debajo, subsuelos fértiles.

«La conquista no ha terminado», proclamaban alegremente los avisos que se publicaban en Europa, hace siete años, ofreciendo Bolivia a los extranjeros. La dictadura militar brindaba al mejor postor las tierras más ricas del país, mientras trataba a los indios bolivianos como en el siglo XVI. En el primer período de la conquista se obligaba a los indios, en los documentos públicos, a autocalificarse así: «Yo, miserable indio...» Ahora, los indios sólo tienen derecho a existir como mano de obra servil o atracción turística.

«La tierra no se vende. La tierra es nuestra madre. No se vende a la madre. ¿Por qué no le ofrecen 100 millones de dólares al Papa por el Vaticano?», decía recientemente uno de los jefes sioux, en Estados Unidos. Un siglo antes, el Séptimo de Caballería había arrasado las Black Hills, territorio sagrado de los sioux, porque contenían oro. Ahora, las corporaciones multinacionales explotan el uranio, aunque los sioux se niegan a vender. El uranio está envenenando los ríos.

Hace algunos años, el Gobierno de Colombia dijo a las comunidades indias del valle del Cauca: «El subsuelo no es de ustedes. El subsuelo es de la nación colombiana.» Y acto seguido entregó el subsuelo a la Celanese Corporation. Al cabo de un tiempo surgió en el Cauca un paisaje de la Luna. Mil hectáreas de tierras indias quedaron estériles.

En la Amazonia ecuatoriana, el petróleo desaloja a los indios aucas. Un helicóptero sobrevuela la selva, con un altavoz que dice, en lengua auca: «Ha llegado la hora de partir...» Y los indios acatan la voluntad de Dios.

Desde Ginebra, en 1979, advertía la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas: «A menos que cambien los planes del Gobierno de Brasil, se espera que la más numerosa de las tribus sobrevivientes dejará de existir en veinte años.» La Comisión se refería a los yanomanis, en cuyas tierras amazónicas se había descubierto estaño y minerales raros. Por el mismo motivo, los indios nambiquara no llegan ahora a 200, y eran 15.000 a principios de este siglo. Los indios caen como moscas al contacto con las bacterias desconocidas que los invasores traen, como en tiempos de Cortés y de Pizarro. Los defoliantes de la Dow Chemical, arrojados desde los aviones, apresuran el proceso. Cuando la Comisión lanzó su patética advertencia desde Ginebra, el FUNAI, organismo oficial destinado a la protección de los indios en Brasil, estaba dirigido por 16 coroneles y daba trabajo a 14 antropólogos. Desde entonces, los planes del Gobierno no han cambiado.

En Guatemala, en tierras de los quichés, se ha descubierto el mayor yacimiento de petróleo de América Central. En la década de los ochenta ha ocurrido una larga matanza. El Ejército -jefes mestizos, soldados indios- se ha ocupado de bombardear aldeas y desalojar comunidades para que exploren y exploten el petróleo la Texaco, la Hispanoil, la Getty Oil y otras empresas. El racismo brinda coartadas al despojo. De cada 10 guatemaltecos, seis son indios, pero en Guatemala la palabra indio se usa como insulto.

Desde que llegué a Ciudad de Guatemala por primera vez, sentí que estaba en un país extranjero de sí mismo. En la capital sólo conocí una casa verdaderamente guatemalteca, con bellos muebles de madera, mantas y tapices indígenas y vajilla de cristal o barro hecha a mano: una sola casa no invadida por los adefesios de plástico estilo Miami: era la casa de una profesora francesa. Pero basta alejarse un poco de la capital para descubrir las verdes ramas del viejo tronco maya, milagrosamente alzado a pesar de los implacables hachazos sufridos año tras año, siglo tras siglo. La clase dominante, dominada por el mal gusto, considera que los bellos trajes indígenas son ridículos disfraces sólo apropiados para el carnaval o el museo, del mismo modo que prefiere las hamburguesas a los tamales y la Coca-Cola a los jugos naturales de fruta. El país oficial, que vive del país real, pero se avergüenza de él, quisiera suprimirlo: considera a las lenguas nativas meros ruidos guturales, y a la religión nativa, pura idolatría, porque para los indios toda tierra es iglesia, y todo bosque, santuario.

Cuando el Ejército guatemalteco pasa por las aldeas mayas, aniquilando casas, cosechas y animales, dedica sus mejores esfuerzos a la sistemática matanza de niños y de ancianos. Se matan niños como se queman las milpas hasta la raíz: «Vamos a dejarlos sin semilla», explica el coronel Horacio Maldonado Shadd. Y cada anciano alberga un posible sacerdote maya, portavoz de la imperdonable tradición comunitaria. Los mayas todavía piden perdón al árbol cuando tienen que derribarlo.

La represión es una cruel ceremonia de exorcismo. No hay más que mirar las fotos, las caras de los oficiales y los grandes figurones: éstos nietos de indios, desertores de su cultura, sueñan con ser George Custer o Buffalo Bill y ansían convertir a Guatemala en un gigantesco supermercado. ¿Y los soldados? ¿Acaso no tienen las mismas caras de sus víctimas, el mismo color de piel, el mismo pelo? Ellos son indios entrenados para la humillación y la violencia. En los cuarteles se opera la metamorfosis: primero, los convierten en cucarachas; después, en aves de presa. Por fin, olvidan que toda vida es sagrada y se convencen de que el horror está en el orden natural de las cosas.

El racismo no es un triste privilegio de Guatemala. En toda América, de Norte a Sur, la cultura dominante admite a los indios como objetos de estudio, pero no los reconoce como sujetos de historia: los indios tienen folklore, no cultura; practican supersticiones, no religiones; hablan dialectos, no lenguas; hacen artesanías, no arte.

Quizá la próxima celebración de los quinientos años pueda servir para ayudar a dar vuelta a las cosas, que tan patas para arriba están. No para confirmar el mundo, contribuyendo al autobombo, el autoelogio de los dueños del poder, sino para denunciarlo y cambiarlo. Para eso habría que celebrar a los vencidos, no a los vencedores. A los vencidos y a quienes con ellos se identificaron, como Bernardino de Sahagún, y a quienes por ellos vivieron, como Bartolomé de las Casas, Vasco de Quiroga y Antonio Vieira, y a quienes por ellos murieron, como Gonzalo Guerrero, que fue el primer conquistador conquistado y acabó sus días peleando del lado de los indios, sus hermanos elegidos, en Yucatán.

Y quizá así podamos acercar un poquito el día de justicia que los guaraníes, perseguidores del paraíso, esperan desde siempre. Creen los guaraníes que el mundo quiere ser otro, quiere nacer de nuevo, y por eso el mundo suplica al Padre Primero que suelte al tigre azul que duerme bajo su hamaca. Creen los guaraníes que alguna vez ese tigre justiciero romperá este mundo para que otro mundo, sin mal y sin muerte, sin culpa y sin prohibición, nazca de sus cenizas. Creen los guaraníes, y yo también, que la vida bien merece esa fiesta.


3
Identidad y creación en América Latina

Carlos Ossandon B.

Carlos Ossandón es ensayista y profesor de historia. Vive en Chile.

1. Se dice que Fontenelle, a los noventa y nueve años, preguntado por su médico si tenía molestias, respondió: «ninguna, ninguna, sólo... una cierta dificultad de ser».

La dificultad del escritor francés refleja bien una de las molestias cruciales de América Latina; aquella que ha entorpecido la posibilidad de afirmar una determinada personalidad cultural y social. «Todavía no tenemos un nombre, estamos prácticamente sin bautizar: que si latinoamericanos, que si iberoamericanos, que si indoamericanos», señaló Fidel Castro en el décimo aniversario de la victoria de Playa Girón. Otro cubano, José Martí, tuvo también en mente esta molestia crucial cuando habló de sus «repúblicas dolorosas de América». Cual auténtica aflicción, su instalación terminó por dañar nuestros órganos vitales. No es necesario insistir en lo que esto ha significado para los pueblos de este continente: es demasiado sabido y forma parte de nuestra cotidianeidad.

2. Desde su inicio América Latina viene preguntándose y bregando por su ser. La necesidad de darnos un orden político y social, una forma cultural, de configurar naciones o pueblos, es una tarea de larga data y no acabada aún. La expresión material del fracaso ha obligado a difundir explicaciones interesadas. «Somos pobres por culpa de los indios» o «somos subdesarrollados por culpa de la flojera e irresponsabilidad de los pobres» son algunas de las respuestas divulgadas tendientes a racionalizar este fracaso o nuestra concreta dificultad de ser. Es evidente que el hambre de los más tuvo que movilizar necesariamente el cacumen de los menos. Si bien esto no calmó la carencia, pudo momentáneamente desorientar respecto de sus causas.

3. «No hace mucho tiempo -señaló Jean Paul Sartre en su prólogo a Los condenados de la tierra de Fanón-, la tierra estaba poblada por dos mil millones de habitantes, es decir, quinientos millones de hombres y mil quinientos millones de indígenas. Los primeros disponían del verbo, los otros lo tomaban prestado». La pregunta y la lucha activa por la identidad tiene una base y un dramatismo singular en los países colonizados. Es carne viva. En América Latina es el resultado de choques y crisis profundas, de mundos no constituidos o a la deriva, de dioses caídos. Desde distintos ángulos, y tocando planos muy diversos, esto ha sido advertido. Desde una perspectiva europea, el filósofo Ernesto Grassi concluyó que en América Latina no había ni mundo ni historia, sólo naturaleza: «...estos Andes, tétricos puesto que no toleran al hombre, no toleran proyectos humanos, no toleran la historia». Sigue Grassi: «Aquí sientes, y sin descanso constatas, que no tienes un mundo, que no lo has traído contigo de Europa; poco a poco el tiempo de la ciudad humana desaparece, el tiempo señalado por los juegos olímpicos que deben recordar la conquista de la naturaleza, la victoria sobre la selva virgen, todos aquellos tiempos en que nosotros vivíamos habitualmente.» Según esto, nuestro continente viviría en un tiempo previo a la creación cultural. En América Latina, Hércules no ha vencido aún al león. La naturaleza americana es una potencia absorbente, disolvente y demoníaca. Ella aplasta toda creación: por ejemplo, el templo maya de Bonampak, verdaderamente devorado por la selva. Otro europeo, el Conde de Keyserling, en sus Meditaciones suramericanas, abriendo un futuro de esperanza para América Latina, definió a ésta como «el continente del tercer día de la creación». Por lo mismo, fuertemente arraigado a la tierra, al paisaje, a la sensibilidad y a la irritabilidad. También a lo primordial, a la materia y a la «gana». Advirtamos que la «gana» es anterior al acto libre; es igualmente anterior a un acto que como la creación requiere del espíritu y no sólo de las vísceras.

4. Cuando se preguntó a Bertrand Russell por qué no había incluido en su Historia de la filosofía occidental al pensamiento latinoamericano, éste respondió: «Latinoamérica no ha pensado.» Russell tenía razón, advirtió el panameño Ricaurte Soler, si lo que aquel deseaba expresar era que en nuestra historia cultural no se encuentra ningún sistema de creación filosófica verdaderamente importante, nuevo y con capacidad de irradiación, tal como lo han sido Platón o Aristóteles. Esta constatación ha llevado a concluir que el pensamiento latinoamericano es sólo un reflejo o una copia del original europeo. Habría una radical inautenticidad en nuestras ideas: tributarias, descolocadas, sin raíces. Esta conclusión ha podido apoyarse en autores tan importantes como impactantes. Es sabido que Hegel se despreocupó de la historia de América aduciendo que ésta «no es más que un eco del Viejo Mundo y la expresión de una vitalidad ajena». Esta visión ha cuadrado con concepciones incluso progresistas que han justificado esta realidad acudiendo a nuestra dependencia económica y cultural. La sospecha sobre la existencia misma de una cultura con personalidad propia, la evidencia de nuestra precariedad filosófica o científica, la ausencia de sistemas creativos a la manera europea, nuestros complejos, explica el desinterés de buena parte de nuestros intelectuales por la historia o el estudio del pensamiento latinoamericano. Este desinterés es un ingrediente más de la mencionada dificultad de ser.

5. «He aquí los hechos:-señaló el argentino Murena en El Pecado original de América- en un tiempo habitábamos en una tierra fecundada por el espíritu, que se llama Europa, y de pronto fuimos expulsados de ella, caímos en otra tierra, en una tierra en bruto, vacua de espíritu, a la que dimos en llamar América.» ¿Cómo justificar la preocupación por el desarrollo cultural en América Latina? ¿Por qué no ocuparse de los inventos o las creaciones intelectuales que más repercusión o utilidad han tenido para la humanidad; de las ideas-matrices, originadas en un espacio no latinoamericano? Utilizando la nomenclatura de Unamuno, ¿no es más pertinente interesarse por las opiniones que por los opinantes, meros revividores o matizadores de ideas creadas por otros? ¿No vale más la pena leer a los románticos franceses que a nuestro confuso aunque simpático Francisco Bilbao? ¿No es más ilustrativo quedarse con Comte que con los hermanos Lagarrigue, fanáticos del positivismo en nuestro país? ¿Tiene algún sentido perder el tiempo con Jenaro Abasólo, primer hegeliano chileno, y no entregárselo entero al mismísimo Hegel? Cabe igualmente la pregunta por la validez o corrección de estas preguntas. La historia ideológica y política latinoamericana está cruzada por falsas disyuntivas: «Civilización o Barbarie» sentenció en 1845 Domingo Faustino Sarmiento.

6. Quizá lo que habría que hacer es enfrentar la aporía, el callejón aparentemente sin salida. Más allá de lo que comúnmente se cree, hay una buena cantidad de ejemplos que prueban que esto se ha venido haciendo en América Latina. Tal como ocurre con la filosofía, la reflexión ha tenido entre nosotros un fundamento no racional: la sensación de desamparo, de vivir a la intemperie, de no tener dioses tutelares. La dificultad de ser ha estado en la base de nuestro proceso creativo o productivo. La extrañeza, el ser perdido o no recobrado, ha dado lugar a respuestas muy distintas, algunas más radicales que otras, algunas más enajenadas, otras más liberadoras. Y esto en diferentes planos: mientras el bolero nos sitúa en una atmósfera donde no reconocemos ni el tiempo ni el espacio, el tango, en cambio, practica mejor el sentido de ubicación y si bien no es aún conciencia para sí, su pesimismo es revelador de un mundo que no satisface nuestras expectativas. Es al menos un buen comienzo. Encarar nuestra molestia crucial (la dificultad de ser) requiere de un esfuerzo particular. Hacerse cargo de ella tiene poco que ver con consideraciones que aludiendo a nuestro retraso rápidamente clausuran o soslayan el problema. Propongo hacer de esta dificultad más un punto de partida que de arribo.


4
12 de octubre de 1492:
El Descubrimiento de Europa. Breve crónica de civilización y barbarie

Abel Posse

Abel Posse es escritor argentino, ganador del premio Rómulo Gallegos de Novela en 1987 con Los perros del paraíso.

La llegada de los europeos fue motivo de doble perplejidad. Durante muchos años la subestimación del indígena y el racialismo consecuente postergaron que se tome en cuenta la versión de los vencidos. Imaginemos una interpretación de los hechos teniendo en cuenta ese asombro mutuo.

Los vieron llegar en bote bajo el solazo de la mañana de octubre. A lo lejos, esos extraños palacios flotantes en las frescas aguas caribeñas. Lo que más pudo sorprenderlos eran las barbas rojizas o renegridas, el color anómalo de los ojos, la blancura irritante de la piel y la insistencia en tanta ropa, coraza y sombrero (los locales no podían saber que la ropa, más que vestidura era investidura).

Ninguno de los dos bandos, ni los desnudos ni los foráneos revestidos, podía comprender que ese acto inauguraría un ciclo decisivo en la historia de ese planeta que ambos habitaban ignorándose. Colón y su gente estaban convencidos de que habían llegado a las Indias Orientales y que aquella gente no eran más que extravagantes recolectores de especias o, tal vez, una colonia penitenciaria del Gran Khan, cuya crueldad era conocida desde los tiempos de Marco Polo.

Para los locales, los recienvenidos no eran otra cosa que los asombrosos dioses venidos del mar en cumplimiento de profecías tan antiguas como la de Kukulkan, Quetzalcoatl, Viracocha. Con una facilidad que les costaría el genocidio y la dependencia -hasta nuestros días- les otorgaron categoría divina y aceptaron su mandato con resignado pesimismo.

Desde los primeros días habían comenzado a distinguir las jerarquías de los dioses: el jefe, alto y rubio de ojos azules, los capitanes y un resto de gente marinera, seguramente dioses menores, juguetones, toqueteadores y proclives a los objetos de metal amarillo.

El jefe parecía un dios malhumorado, caviloso, ceñudo, con muchos desconcertantes detalles de mero mortal. Era curioso que aquellas deidades pudieran estar mortificadas por el dolor de muelas, el lumbago oceánico o curiosas nostalgias de amor y terruño.

Habrán notado que el jefe, el llamado Colón, hablaba con un acento o musicalidad distinta de la mayoría de los dioses menores. No podían saber que se trataba de un genovés que aprendió el español para la aventura de América y que su parla era una mezcla bastarda muy similar al porteño de Buenos Aires (al de la Boca de los inmigrantes genoveses) que cuatro siglos después invadiría los tangos con palabras como bacán, pibe, morfar, palandrún y otras.

En aquellos años de la Conquista, cuando nacía el moderno Occidente, el genovés, el francés, inglés o el alemán eran parlas de provincia. Sólo en español se podía hacer carrera y moverse en la banca. Era como el latín para los humanistas de antes o el inglés de los comerciantes de hoy.

La bondadosa naturaleza de los dioses venidos del mar se puso pronto en evidencia: el jefe ordenó que se repartiesen algunos bonetes colorados y cascabeles.

Los locales pagarían estos alegres chirimbolos durante siglos. (Es si origen de la famosísima «deuda externa».)

Nada puede haber más trágico que ver a los dioses transformarse no sólo en hombres, sino en torturadores, en exterminadores de una comunidad.

Los europeos y los americanos protagonizaron en aquellos primeros meses de encuentro uno de los más trágicos malentendidos de la Historia.

Haber entendido que los barbados venían cumpliendo profecías desarmó -en el plano psicológico y metafísico- la convicción necesaria para resistir un invasor militar.

Tempo de Cubrimiento

La fascinación y la sana admiración sería apenas un momento a inicios de los sucesivos descubrimientos que componen ese asentado malentendido que designamos con la palabra «Descubrimiento» (totalización que va en un solo sentido: desde Europa hacia una América pasiva, mero objeto).

En los primeros cronistas, protagonistas vivenciales, podemos leer los pasos que llevan hacia lo que denominaría el «Cubrimiento de América». La tarea de negar la importancia de ciertas grandes civilizaciones locales, de su forma de vida y de sus dioses.

El mandato económico de ocupar, poseer tierras y pueblos para someterlos al Imperio, y el mandato teológico de imponer el dios único del Imperio, obligaban a ocultar de evidencia. Era necesario descalificar, llevar al «punto cero», transformar a los hombres en salvajes o infieles, a los dioses locales en demonios, a su forma de vida en «barbarie». La Corona no estaba para admirar sino para imperar.

Se inicia entonces la descalificación de América.

El «otro» es negado in totum. Esto necesariamente conlleva el genocidio, como primer paso. La dominación militar va seguida del sistema de esclavitud encubierta bajo las encomiendas y otras formas sobre las cuales se legisla con abundancia, detalle y «espíritu humanista».

Es innegable que los americanos originales han sido anonadados y luego mestizados. Los datos de Ángel Rosemblat sobre Hispaniola (la primera experiencia colonial), nos dicen que de 250.000 indios en 1492, sólo quedaban 500 en 1538. En 1492 la población original era, naturalmente, de un 100 por 100 local; en 1942, cuando Rosemblat editaba su libro, sería solamente en un 6 por 100. Para Rowe en el Perú de 1532 había unos 6.000.000 de seres; en 1628 sólo eran 1.010.000. Los datos son inciertos, pero las evidencias son incontestables. El «impacto» (para hablar toynbeeanamente) fue feroz. Guerra, esclavitud, suicidios, enfermedades, humillaciones. El americano fue desde entonces un habitante de segunda en su propia tierra.

No hay que culpar sólo a España: el general Custer, Rozas o el general Roca, no eran españoles. El exterminio siguió en el siglo pasado en Estados Unidos, Canadá y Argentina. En este siglo el aborigen es sistemáticamente perseguido, hoy mismo, en Brasil, Centroamérica y en muchas otras partes.

Alcanzado el «punto cero», España extendió la forma de vida de su Imperio mediante una administración y virreinatos a su imagen y semejanza.

Al genocidio lo acompañará el teo-cidio. La guerra de dioses seguiría a la guerra de hombres.

La salvación del catolicismo imperial se impondría a punto de lanza. La Inquisición en América cumpliría el objetivo de perseguir los demonios locales. Los castigos por conservar las creencias religiosas americanas fueron terribles. Los Templos de México y del incario fueron arrasados. Los locales, en muchas partes, enterraron sus dioses a la espera de un renacimiento teológico, de una improbable teofanía.

El catolicismo imperial -implacablemente a-cristiano- se impuso. El obispo Landa, en Yucatán, mandaría a la quema toda una biblioteca de Alejandría americana: miles de códices quichés.

El horror de Las Casas y el cristianismo profundo de Montesinos y de tantos otros nada podrían impedir. La guerra contra el paganismo americano, el panteísmo y la relación hombre-cosmos, serían perseguida hasta el fin. (Este es un tema muy duro. El catolicismo en América no hizo su mea culpa y esto conlleva consecuencias graves. Se sigue confundiendo religión con poder imperial.) Lo cierto es que la tarea de cubrimiento del alma americana fue uno de los elementos más importantes del proceso de la Conquista. (Sintetizaría estos horrores con sólo una cita de Oviedo, incluida en mi novela Los Perros del Paraíso. Elogia la conducta del can llamado Becerrillo por su capacidad moralizadora: «Era ferocísimo lebrel defensor de la fe católica y de la moral sexual, descuartizó más de 200 indios por idólatras, sodomitas y por otros delitos abominables, habiéndose vuelto con los años muy goloso de carne humana».)

La Nueva Raza

Al descubrimiento de la tierra siguió el de los cuerpos. El grupo ibérico actuó como un verdadero Banco de esperma que reparó -por vía erótica- el genocidio imperial.

Casi de todos los imperios e imperialismos europeos, hay que reconocer que sólo el español tuvo esta cualidad. Ni los británicos en África y la India, ni los holandeses y franceses en Asia y África, crearon una nueva etnia. (Su desprecio incluía almas y cuerpos.)

Los españoles no despreciaron los cuerpos. Colón en su Diario queda fascinado por la belleza de los indios tainos. Eso se repetirá en México (la relación Cortés-La Malinche) y en Perú, donde el padre Valverde autorizó la violación de la Accla-huasi, las vestales del Sol.

En muchos casos el conquistador, a veces de noble extracción, casó con princesas americanas. El concubinato en público fue lo corriente. Los ingleses o franceses ocultaban estas relaciones.

Lo cierto es que España fue la simiente de un Continente mestizo.

Este proceso seguiría con las sucesivas oleadas de inmigración europea. Los latinoamericanos son una etnia surgida del mestizaje agudo.

Los hijos de los conquistadores se acercarán al color de los conquistados. Como bien lo afirmara Alejo Carpentier, somos un «Continente mestizo». Alberto Salas describió esta realidad minuciosamente en su «Crónica Florida del Mestizaje de Indias».

Los mestizos quedan unificados, instalados por medio de un gran elemento unitivo: el idioma español, el castellano.

1992

Ante el Descubrimiento y el Cubrimiento (cuyo predominio alcanza en España hasta el fin del franquismo), se impone una necesidad de síntesis, reflexión y revaloración para que el marco de la conmemoración del V Centenario puede ser el más propicio.

Mil novecientos noventa y dos podría ser la oportunidad de sustituir un festival folklórico-triunfalista por una meditación conjunta -de europeos y americanos- de lo que fue nuestro pasado. Sólo así podremos conducir desde el presente el camino de integración transatlántica al que estamos determinados históricamente.

Iberoamérica será un espacio de poder de importancia mundial cuando sepamos poner en valor los aportes de esa gran cultura de habla castellana (o mejor: hispamericana).

España tiene un destino bifronte, como el águila imperial de los Habsburgos.

En América siempre encontró su grandeza, su profundidad, las energías para enfrentar la decadencia.


5
Las efemérides tienen dueño

Manuel Vázquez Montalbán

Manuel Vázquez Montalbán es uno de los más conocidos escritores españoles actuales. Cultiva una amplia gama de géneros: novela, poesía, crónica, ensayo.

Hace pocos años, con motivo de un encuentro de intelectuales europeos y latinoamericanos en La Habana, tuve ocasión de comprobar el escaso interés que entre los latinoamericanos despertaba la conmemoración española del V Centenario del llamado Descubrimiento de América. Entre el desdén y la retórica familiar, pero con más desdén que retórica, Latinoamérica acoge la inevitabilidad de una conmemoración imposible. La inmensa mayoría de los que podrían representar la memoria del colonizado no va a disponer de «su memoria» en 1992, por más que el criollismo dominante en casi toda la América Latina trate de constituirse en heredero de la razón histórica indígena. En cuanto a la «memoria» del colonizador, está francamente en decadencia, porque no han pasado en balde cien años de saber y crítica del imperialismo como para que la España actual asuma su pasado imperial sin importantes dosis de mala o falsa conciencia.

¿Qué hay que conmemorar pues y para qué?

¿Conmemorar un acto de anexión imperialista, el genocidio de millones de seres humanos, bajo la coartada de la cristianización y de la dolorosa, pero necesaria, universalización de las relaciones humanas?

Si se conmemorara y al mismo tiempo se hiciera un ejercicio de reflexión sobre el imperialismo pasado y presente, 1992 podría llegar a tener un sentido histórico positivo: desarme de mitos y metafísicas históricas y adquisición de un compromiso democrático y emancipador por parte de España y de las vanguardias latinoamericanas. Se me ocurre que ésta hubiera sido la salida más coherente, más ética y más política para el gobierno socialista español. Pero en vez de asumir directamente esta responsabilización histórica, ha optado por la peor disposición táctica ante el advenimiento de la efemérides. Habida cuenta de que 1492 forma parte de la mística y la metafísica de la derecha tradicional española, los socialistas consideraron que era peligroso dejar que se apropiara de ellas, pero sin atreverse a ofrecer una alternativa cultural profunda a la celebración. Fueron esclavos del «qué dirá la derecha si no demostramos una vinculación patriótica con nuestro propio pasado» y trataron de demostrar que estaban en condiciones de afrontar patrióticamente los fastos del V Centenario.

Pero desde 1982 hasta ahora y a tres años de la llegada de tan proceloso año, el poder político y cultural socialista se ha limitado a poner el cartel de anfitrión y no ha brindado pautas culturales alternativas para la aprehensión del sentido histórico del V Centenario. Nadie sabe qué tesis o qué hipótesis van a iniciar el ejercicio de racionalización dialéctica y se teme que todo se reduzca a un precioso discurso de Octavio Paz y al silencio prudente de Castro a cambio de concesiones comerciales o de favores de trastienda política. Los socialistas españoles piensan que un bello discurso de Paz y una discreta tolerancia de Castro son piezas fundamentales para que el V Centenario no sea un desastre, pero paulatinamente se ven engullidos por la sustancia misma de la fiesta. Porque así como Lewis Carroll en Alicia en el país de las maravillas sospecha que las palabras tienen dueño, las efemérides también lo tienen y contagian de maldición al usurpador que se atreve a la apropiación indebida. 1492 es una fecha de derechas y 1992 también y los socialistas han caído en la trampa de meterse en techas que no les pertenecen.

Trampa que ha derivado a un auténtico zafarrancho de no combate, de un no saber qué hacer. Los obligados a «pensar» 1992 no saben qué pensar o se alinean decididamente en un repudio de la conmemoración. El gobierno ha destinado una partida presupuestaria a la producción de «cultura» del V Centenario y hasta ahora se ve asediado por propuestas de visiones críticas o de visiones retóricas enmascaradoras, no hay término medio, no puede haber término medio. Si asume la conciencia crítica teme indisponerse con el españolismo imperial sociológico y con los votos que pueden proceder de ese sector socio-cultural. Quiere ser el gobierno de todos los españoles y sospecha que son muchos más los españoles convencidos de la inevitabilidad y la mediana justicia de la acción española en América, que los convencidos de lo contrario. Números cantan y es casi evidente que de aquí a 1992 se irá imponiendo la decantación hacia la sabiduría más convencional y más establecida sobre el Descubrimiento, es decir la visión eurocentrista-ética, que reconoce su inevitabilidad y los aspectos globales objetivos, a pesar de injusticias evidentes. Hay genocidio europeo, pero los indígenas no eran buenos salvajes, sino caníbales y practicaban sacrificios humanos; hay gangsters depredadores al frente de la colonización, pero también hay que poner en el otro fiel de la balanza a Las Casas. Si Las Casas no existiera habría que inventarlo.

De momento, las dos actitudes dominantes tienen sus máximos representantes en dos intelectuales españoles opuestos por el vértice. Rubert de Ventos asume la inevitabilidad del llamado «encuentro» y la necesidad de asumir lo ocurrido y lo realmente resultante sin graves revisiones ni traumas. Sánchez Ferlosio denuncia la historificación del descubrimiento como una fascistización de la memoria colectiva y no quiere entrar en las rebajas éticas del justo término medio o de la inevitabilidad de lo histórico. Cabría aprovechar 1992 para hacer un inventario de «la obra» de Occidente en América y la actual relación de dominación y de interdependencia entre el mundo subdesarrollante y el llamado mundo subdesarrollado. Pero eso implicaría un ajuste de cuentas a las actuales relaciones transnacionales, a la actual división internacional del trabajo y al papel que le toca en esa división a la América que sigue colonizada, más directamente por los Estados Unidos y las oligarquías nacionales cómplices, pero indirectamente también por las grandes potencias europeas. En la medida en que España se ha integrado en ese sistema mundial de dominación, difícilmente podrá ofrecer una función intermediaria, sólo utilizable en algunos discursos y siempre con un par de copas de más. Podrá fletar aviones chárter para que los intelectuales más vistosos y los oligarcas más presentables posen para la gran fotografía del V Centenario. Pero no estará en condiciones de sentar las bases de un nuevo saber y de una nueva conciencia en relación con ese saber.

Algunos observadores de los futuros fastos sevillanos de 1992 denuncian el retraso de las obras de infraestructura para conseguir un gran escenario mundial. Me parece que aún llevamos más retrasos en la simple comprensión de la fiesta. ¿Qué estamos celebrando? ¿Para qué? Hasta ahora la única respuesta creíble es la siguiente: estamos celebrando el V Centenario para que no se diga que no lo celebramos.


6
El futuro comienza en 1992

Luis Yáñez Barnuevo

Luis Yáñez Barnuevo es secretario de Estado para la Cooperación Internacional y para Iberoamérica y presidente de la Comisión del V Centenario del Gobierno Español.

Se cumplen cuatrocientos ochenta y seis años de la llegada del almirante de la corona de Castilla, Cristóbal Colón, a la isla de Guanahaní (que él rebautizará San Salvador), creyendo que había arribado a las Indias por Occidente.

A partir de ese viaje, en los años y décadas subsiguientes tiene lugar una de las más impresionantes obras transformadoras de la historia de la humanidad.

Para muchos autores, la fecha de 12 de octubre de 1492 marca el comienzo de la era moderna. La visión euroasiática del mundo se transforma en concepción global o universal de la humanidad, el hombre europeo descubre un nuevo continente y el hombre indígena precolombino descubre la existencia de seres humanos de facciones, color, religión y cultura distintos. La expresión descubrimiento está plenamente justificada, y la historia se encargó de consagrarla.

Destacar exclusivamente a estas alturas el carácter épico-heroico de la conquista española del nuevo mundo, como importantes sectores de la historiografía nacional han hecho desde tiempos inmemoriales, no es sólo un ocultamiento de toda la verdad, sino caer en el más trasnochado patriotismo.

Y resucitar a finales del siglo XX los más conocidos tópicos de la no menos trasnochada leyenda negra sólo demuestra escasa frescura e inquietud intelectuales. Refugiarse, por pura comodidad mental, en las doctrinas fabricadas por los ideólogos de las potencias europeas que disputaban a España las nuevas colonias no es la mejor forma de acercarse a la verdad.

El V Centenario es una magnífica ocasión para investigar, con rigor y con el menor apasionamiento posible, lo que existía en aquellas tierras antes de 1492 (incluidos los imperios y sus formas de dominación y explotación de otros pueblos) y lo que ocurrió después, sin ocultar nada.

Los claroscuros de una obra tan inmensa no pueden entenderse tampoco en clave reduccionista. Cuando el profesor Guerra demuestra que la mayor parte de los indios del Caribe murieron como consecuencia de las enfermedades contagiosas transmitidas por los españoles y que aquellos desconocían, este dato no puede despacharse a la ligera por los que siempre han pensado que hubo un genocidio programado. La brutalidad de muchos de los expedicionarios y la sobreexplotación en el trabajo a que fueron sometidos los indígenas son, sin embargo, realidades que sistemáticamente se nos han ocultado a muchas generaciones de españoles.

Pero lo que resulta más sorprendente es que también se haya escondido, o al menos enseñado poco en las escuelas, la ingente obra civil (creación de ciudades, carreteras, puertos, universidades) levantada en los primeros cien años de presencia española, y las expediciones científicas que tuvieron lugar en los siglos XVII y XVIII, que dejaron una huella imperecedera.

Otra obra por hacer, en gran parte, es la historia de las grandes corrientes migratorias de España a América, que contribuyeron a poblar, y en muchos casos a construir, países hasta entonces escasamente habitados, con grandes regiones prácticamente desiertas.

En realidad se trata de un acontecimiento, el de la presencia de España en América, singular, sin equiparación posible a la presencia de otros países europeos en África, o Asia, por ejemplo. La mayoría de los habitantes de América Latina es de origen español, remoto o reciente, mientras que en los otros dos continentes citados no existió ese vaciarse del país europeo en las tierras descubiertas.

Otra gran diferencia es el profundo y extenso fenómeno de mestizaje que tiene lugar en América Latina y que no se realiza -o se produce muy escasamente- en África y Asia.

Por citar, finalmente, una tercera e importante diferenciación, en América Latina se hereda de España, con transformaciones propias del nacimiento de naciones distintas, la organización social, la institucionalización, el derecho, el municipalismo, etc. Lo que permite decir que América Latina comparte, en gran manera, nuestro sentido de la vida, nuestra jerarquía de valores, nuestros defectos -cómo no- y, frecuentemente, nuestros demonios familiares.

Pero lo que allí nace es algo distinto a España, como no podía ser de otra manera. La identidad latinoamericana y de los países del continente individualmente considerados es el fruto de un choque de diversas corrientes culturales: la grecolatina, aportada por los europeos, especialmente España y Portugal, y las indígenas, diferentes entre sí. Es también la consecuencia de una profunda mezcla de razas, fundamentalmente la blanca europea, la india autóctona y la negra africana, aportada por los grandes contingentes de esclavos llevados a la fuerza en aquellos siglos.

Pasar como de puntillas, a escondidas y vergonzantemente, por el quinientos cumpleaños del comienzo de tan espectacular acontecimiento hubiera sido extraordinariamente negativo. Como lo hubiera sido celebrar triunfalistamente, a bombo y platillo, una obra histórica de España que, sin duda, tiene grandes luces, pero también grandes sombras.

De ahí que hayamos elegido la vía de la conmemoración -que no celebración- como motivo de reflexión colectiva de la comunidad iberoamericana, pero no sólo sobre el pasado, sino, sobre todo, analizando el presente y construyendo el futuro.

Hoy podemos congratularnos de que, a partir de esa filosofía, más de 30 países estemos empeñados en programas de largo aliento, que tienen la voluntad de dejar una huella para convertir 1992 en un punto de partida y no en una meta; que para el año 2000 la comunidad iberoamericana de naciones sea más realidad de lo que era en 1982.

Debemos revisar nuestro pasado común, pero a condición de que ese debate no nos esterilice, no nos paralice y no nos impida construir un futuro también común.


El final aciago de Tupac Amaru

Hernán Neira

«A cualquiera que entregare, muerto o vivo, al expresado
traidor José Tupac Amaru, se le dará 2.000 pesos (...)
quedando, si fuese plebeyo, sin más que este hecho,
por noble toda su familia.»

«Porque los caballos no fuesen muy fuertes o porque el
indio fuese de fierro, no pudieron dividirlo.»

Archivo de Indias, Audiencia de Lima.

Aquel 18 de mayo de 1871, Juan Gabriel Tupac Amaru contemplaría el instrumento de su muerte al amanecer. No serían los hombres quienes se encargarían de él. Así como en la Conquista se mataba indios soltándoles los perros, de él también se encargarían las bestias. Pero no los canes, sino cuatro caballos de tiro acostumbrados al aire enrarecido en las alturas y a jalar los pesos por las pendientes. Para escogerlos se organizó un concurso, no bastaban aquellos que subían provisiones desde Callao hasta los Andes y se buscó también en las haciendas. Los ganaderos se disputaban el honor de que las más preciadas de sus reses fueran escogidas para el descuartizamiento. Un oficial y dos soldados recorrieron los alrededores hasta dar con el cuarteto.

-¡Tira, tira, para que ajusticies al maldito! -gritaban mientras un sirviente indígena guasqueaba al percherón en el examen.

No se le concedieron los privilegios de la espada con los que se ejecuta a los nobles, ni los de la horca con la que se da fin a los villanos. Reclamaba su sangre real y la legitimidad del levantamiento, pero hasta su nombre se le negaría en el juicio para aniquilarlo antes de morir. Jamás fue consignado su apellido como el propio. Convocado a declarar su identidad, en las actas siempre consta «pretende ser», jamás «es». Menos que forajido, menos que indio, menos que nadie, Tupac Amaru, último descendiente de Manco Capac, moriría sin identidad y por descuartizamiento. Sanción para el rebelde, derrota del estratega prematuro, fracaso de una empresa que oponía indios a criollos en lugar de unirlos.

Tan sólo hacía unos meses remontaba el Urubamba, corría entre senderos y dominaba o creía dominar montañas y altiplanos, habiendo incluso descendido hasta la capital. Libre, conduciendo a sus valientes, oía los ecos del futuro que él forjaría para su raza y escuchaba truenos que atemorizarían al enemigo en los precipicios. Al llegar de incógnito a los caseríos sentía, en silencio, un resoplo mudo que le daba la bienvenida. Entraba clandestino y se sentía seguro en las ciudades de piedra; tal vez había olvidado que Pisac fue para sus ancestros la fortaleza inútil contra la ocupación. No un extranjero, sino un hermano, su compadre, reveló su identidad y su escondite en Langui. Orientados por guías indígenas que sirvieron de brújula, de mapa, de traidores, desde Cuzco salió a capturarle una multitud de picas, mosquetes, herraduras, soldados y tenientes.

Cuando vio aparecer a esa partida, incrédulo, imprevisor hasta entonces, no se explicó lo sucedido. Ser preso era ser muerto y trató de luchar, pero no le dieron tiempo a defenderse. Cautivo le bajaron del monte y durmieron, él y sus guardianes, en una aldea cercana. Después, le llevaron encadenado hasta el cuartel y desde allí a la mazmorra. En el camino los transeúntes, curiosos, se detenían preguntando quién era el preso que merecía esa custodia, quién era el criminal al que traían con tanto aparato. Corrió la voz más que los soldados y al llegar a Cuzco la muchedumbre le esperaba con rencor. Tupac Amaru se hallaba solo en la ciudad. Si tuvo aliados, escondían: en la capital, todos estaban o parecían estar contra él. Los suyos, sin jefe, sin armas, desmoralizados, estaban dispersos, y los que no habían sido capturados huían por los cerros. Su raza estaba vencida y la memoria de ella olvidada con la mita y los tributos. Entre mulatos e incluso entre los indígenas, salvo excepciones, el sometimiento físico se había transformado en esclavitud del alma, grillos que, por ligeros e invisibles, eran más difíciles de romper que los de hierro. El Inca no tuvo en cuenta esas cadenas y, extrañado, contemplaba a sus iguales abominando de él:

-¡Traidor, bandido, animal, indio! -le gritaban hombres casi tan morenos como él.

El juicio estaba decidido desde antes de realizarse. Sin embargo, se llenaron fojas y fojas que se pondrían amarillas antes de que en la última se inscribiera la conclusión fatal. El juez Areche no se detuvo en su despacho a discutirlas, temía que, en América, la sangre de los Tupac Amaru rivalizara con la sangre real. En Lima, dictó y firmó sentencia:

-Que arranquen de una vez cuatro caballos, de forma que su cuerpo quede dividido en otras tantas partes.

En aquella mañana la claridad del día en el altiplano le hizo transparente el destino de quien nunca más tendría destino. Ya no podría mirar cara a cara el sol ni el brillo de su estirpe en el reflejo de las nubes. Al asomarse a la plaza desde uno de los costados de la catedral, no había sorpresa en Tupac Amaru por la cantidad de público que presenciaría su muerte, sólo miedo. Las montañas que hasta entonces habían sido su sitio natural y que rodeaban la ciudad le hicieron sentirse aplastado por primera vez. La geométrica cerrazón de la explanada, llena de centinelas, y lo imponente de las cumbres, impedía toda escapatoria. Le llevaron hasta el centro, donde no había otro patíbulo que animales y verdugos. Le soltaron las cadenas y en su lugar se le ató con cueros que, ligándole a los caballos, le arrancarían brazos y piernas. Las bestias relincharon y comenzaron a agitarse.

-¡Sooo, quietos! -gritó el mozo que se encargaba de ellas.

Tupac Amaru pudo sentir el olor de las crines transpiradas el mismo tiempo que la textura de las correas alrededor de las muñecas y de los tobillos. Su rostro, desfigurado y manchado de sangre, decía lo que él, con la lengua cortada, no podía decir. El verdugo se cercioró de los nudos y de las ataduras en los caballos. Entonces se acercó un sacerdote y, con latines, dio la extremaunción al desdichado. Tupac Amaru sólo hablaba quechua.

Al finalizar hubo silencio. La muchedumbre, que había cesado de dar voces, se retiró ligeramente cuidando de no hacer ruido y formando un círculo con Tupac Amaru y las bestias al centro. El sol relucía, las nubes resplandecían contra un cielo de azul intenso, el aire era límpido y se podía ver el horizonte a muchos kilómetros. Una brisa suave acompañaba la ceremonia. Los animales fueron separados y dispuestos en forma de cruz. Obligado por las ataduras, el Inca cayó y hubo de desplegar sus miembros siguiendo los tirones previos al suplicio. Sudaba en frío y sólo se mantenía quieto por no asustar a las bestias y apresurar su fin. Pero los caballos sólo obedecían a sus amos y éstos aguardaban órdenes. Alguien tenía aún que dar el visto bueno y certificar que todo estuviera preparado sin posibilidad de error. Se revisó cada detalle y se comprobó que los mozos estuvieran listos para fustigar los percherones. Entonces un oficial leyó la sentencia y fue señal de que comenzara el tormento.

Situado en el vértice de las fuerzas animales, oponiendo y equilibrando los vectores, el cuerpo de Tupac Amaru es levantado al tensarse las cuerdas y se desplaza de un lado a otro según las reses se cansaran o los guascazos fueran eficientes. El dolor se refleja en sus ojos y parecen querer saltarle de las órbitas. Pronto, al sentir los tendones forzados, pero todavía unidos, el Inca se desahoga con un ruido gutural que la algarabía de la muchedumbre apaga. La multitud quiere ver resultados de prisa, quiere ver el desgarro y quiere ver galopando a los caballos con un trozo del Inca. Pero los caballos parecen impotentes para romper la integridad del condenado y la separación tarda. La demora transforma el júbilo en voces de sorpresa que pronto serán de mutismo y de perplejidad. Oficiales y jueces no saben qué hacer para apresurar el desmembramiento y repiten con insistencia las órdenes iniciales. Los mozos golpean las fustas con más fuerza y, nerviosos, asustan a uno de los equinos. Los caballos resoplan, las herraduras resbalan sobre los adoquines, no se sabe, no se comprende cómo un indio endeble, debilitado, puede resistir por los cuatro costados.

-¿Qué sucede, qué pasa? No es más que un simulacro -aventuran algunos sintiéndose burlados.

La voz del engaño corre como antes la noticia de la captura y el descontento se hace sentir más que los quejidos de la víctima. Algunos protestan, no para liberar el indio, sino exigiendo la evolución normal del espectáculo. No faltan quienes insultan a las autoridades y le arrojan frutas recién compradas en la plaza. Se empuja a los militares y se quiere apresurar la ejecución por medio de un linchamiento. Los oficiales interpretan el desorden como un motín de Tupac Amaru y de sus cómplices. Vuelven las picas hacia el gentío y lo controlan tras haber hecho un herido. Como advertencia contra la labor incumplida o tal vez como presagio, una súbita ráfaga de viento azota la ciudad golpeando los postigos, derribando el asta de una bandera y obligando a cerrar los párpados para soportar el polvo sobre los ojos. Asustados, los perros aúllan, y algunas personas, tal vez atemorizadas, tal vez con otras cosas que hacer, abandonan la plaza pretextando negocios.

-Quizá el indio es brujo y nos eche una suerte -dice un anciano al mismo tiempo que se va.

Entonces una mestiza que, absortos con el suplicio, nadie había visto, deja su balcón y baja. Elegante, de ojos negros, ennegrecidos todavía más a causa de la furia, toda de negro, corre por las escaleras dejando el hogar. Su sirviente trata, como es costumbre, de seguirla, pero apenas tiene tiempo y se rezaga, perdiéndola, preocupada de no poder cumplir con su deber. La mujer se desplaza rápido entre la muchedumbre, se abre paso imponiéndose gracias a sus vestidos, al dominio de sí, al don de mando adquirido por generaciones.

-¡Matadle, matadle!, ¿es que no os atrevéis? -grita a un oficial.

Este no responde y ella insiste aún más fuerte:

-¡Cobardes!, ¿tendré que hacerlo yo?

De improviso se acerca a un militar y le arranca su espada. El uniformado no alcanza a detenerla y ella, blandiéndola, se escurre nuevamente en medio del público para aparecer, segundos más tarde, al centro del corro. Frente a ella está Tupac Amaru, quien la mira esperando un milagro y preguntándose si viene a liberarle o a darle fin. Le invade una esperanza vana, Tupac Amaru se cree salvo y sólo aguarda el momento del alivio. Desea concluir con el dolor y se convence del pronto rescate ignorando que, si se soltasen las cuerdas, jamás podría escapar. Sus huesos están desencajados y no recuperaría el movimiento de los miembros. Sólo piensa en vivir, ha olvidado la revuelta y ya no sabe quién es él.

Un superior la percibe y, temiéndola compañera del insurrecto, grita «¡detenedla!» y la amenaza con un arma de fuego. La mujer se detiene y deja caer la espada aunque no por ello cesa de gritar instigando a terminar con el tormento. En el público unos dan vítores mientras otros enmudecen. Ante el desorden, Areche, que ha subido a Cuzco, da una orden que nadie escucha. Un subordinado se acerca entonces a Tupac Amaru, que ya no siente nada, y con un movimiento de sable, cercena una cuerda que a ella han impedido cercenar. Roto el equilibrio de las fuerzas, una de las bestias tira y descuartiza al Indio. Más tarde, arrestada, la mestiza jamás confesaría si fue por odio, o por piedad, que quiso matar al Inca.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03