Exilio y fraternidades

EXILIO Y FRATERNIDADES

Guillermo Quiñones

Araucaria de Chile. N 34, 1986.

Cuando a través de los altoparlantes, el piloto nos advirtió: -Señores pasajeros, ahora cruzamos la Cordillera de los Andes, La tripulación de nuestra nave aprovecha de desear a los exiliados chilenos una grata permanencia en Europa y un pronto retorno a su patria... entonces, entonces me pareció que el caballo de mi rival había dado un respingo. Levanté la vista del pequeño tablero magnético de ajedrez en el que me había refugiado con otro compañero en un tácito acuerdo de pensar en otra cosa y miré las cumbres nevadas, la pétrea consistencia de esas moles adustas, los numerosos arroyos que se descuelgan de los cerros y a saltos también, como un rápido cordillerano, se agolparon mis recuerdos, atropellándose, confundiéndose abruptamente.

-Usted debe asilarse, compañero. El secretario acaba de considerar su caso entre varios otros. La represión está en su apogeo en esta zona... Si. si. entiendo, pero eso ya se arreglará. Salga usted primero. Vayase a Santiago y tome contacto con la compañera Viola; ella lo va a ayudar.

Claro, es muy fácil decirlo. Sobre todo con la convicción y la tranquilidad de los viejos militantes como el compañero Leopoldo; pero otra cosa bien distinta era acercarse a la embajada de Argentina y encontrarse con un centenar de personas paradas frente a la reja de Fierro guarnecida de cadenas y policías.

-Este asesinato de Alberto Molina, de Juan Antonio Chávez y los otros cinco militantes de "La Jota" fue planeado como un escarmiento contra nosotros... Y si este crimen alevoso lo presentan por la prensa como que fueron muertos cuando trataban de asaltar el polvorín del Regimiento Tucapel, bueno, esa es una burda mentira que no cree nadie, pues bien se sabia que desde más de una semana los compañeros estaban detenidos y sometidos a torturas allí, en el mismo regimiento. Tales embustes pretenden justificar, creo yo, seguramente futuros crímenes. Háganos caso, compañero, usted no debe permanecer aquí, y yo no sé si pueda volver a verlo.

No, no era fácil asilarse, mientras sentimientos de frustración, de derrota, de impotencia, de inseguridad, te envolvían como redes viscosas, y un no poder y un no querer pensar y un no saber qué hacer... hasta que un día, una mano fraterna me puso en contacto con Paúl -llamémosle así-, quien mientras bebíamos una cerveza en un restaurante lleno de alemanes rozagantes y satisfechos del nuevo rumbo que había tomado el país, me conminó en voz baja: -Si usted acepta asilarse, lo espero el próximo sábado aquí mismo.

No, no era fácil asilarse. Atrás quedaban mis cuatro hijos diseminados en casas de diversos familiares, mi mujer luchando sola allá en el sur de Chile, mi casa, mis libros, mis discos con las zambas de Yupanqui, Los Fronterizos, Zitarrosa; atrás quedaban mi cargo en la Universidad, del cual fui exonerado, mis alumnos, mis compañeros, nuestra lucha...

Mirando nubes, distancias, fue creciendo en mi la dolorosa intuición de que, en la misma medida en que ya perdíamos de vista la Cordillera, todo este mundo, toda mi vida hasta ahí vivida se transformaba de pronto en un recuerdo...

-A usted le corresponde jugar, compañero.

Si, jugué ajedrez hasta aturdirme, así como poco tiempo después trabajé obstinadamente, hasta aturdirme en la fábrica de automóviles Sachsenring de la RDA, luchando desesperadamente con mi máquina -Rohrbügel se llamaba-, oprimiendo botones de marcha, manipulando tubos, limando rebordes, mientras a mi pecho retornaba a ramalazos el recuerdo de una ciudad agreste. A veces, cerrando el puño, sentía que allí, en el hueco de mi mano, cabían mi ciudad, mis compañeros, nuestros ideales. Eran las primeras experiencias del exilio. Nunca antes imaginé siquiera que en mi soledad llegaría a tomar cariño y casi a entenderme con una máquina, a comprender sus debilidades, su ritmo e, incluso, algunos caprichos de una máquina que parecía un altar de acero.

Ahora, cuando reconstruyo aquellos días en los que por primera vez debí trabajar como obrero, hay imágenes que retornan con insistencia. Quizás prevalezca esa visión alucinante de aquel día que crucé por primera vez algunos talleres de esa enorme industria con más de diez mil trabajadores, entre un ruido ensordecedor de golpes, chirridos, máquinas, motores, timbres, voces; entre un movimiento incesante de poleas, ejes, engranajes, la cinta sin fin... La primera impresión que me causó la VEB Sachsenring -la sigla inicial significa industria propiedad del pueblo- fue la de un enorme animal acezante. Años después, entre el trato deferente de mis colegas alemanes de la Escuela Superior de Pedagogía Ernst Schneller de Zwickau, que se esforzaban por hacer más grato el exilio del "chilenischer Genosse", el primer chileno que habían conocido en sus vidas, de vuelta entonces a mis libros y a mi trabajo académico, recordaría esa industria como un formidable esfuerzo colectivo.

Durante el primer año de exilio, sentí que crecía en mi la necesidad de escribir que esporádicamente me acuciaba en Chile. Seguramente coayuvaron en esto el trabajo manual y una violenta carga de emociones que se vinieron acumulando a partir de 1973. Quizás lo fundamental fuera la necesidad de comunicación a un nivel que en el plano oral no siempre es fácil transmitir. A veces me despertaba por las noches y mientras escuchaba el tenue traqueteo de un tren lejano, sentía el deseo irreprimible de desahogarme y ordenar un poco mi confusión espiritual. El hecho es que volví a escribir con una relativa periodicidad y volví a escribir -curiosamente- poesía. La verdad es que mi sensibilidad desgarrada sentía una apremiante necesidad de poesía. Escaso de libros, varias veces me leí las Obras Completas de Neruda, mientras en mis recuerdos se entremezclaban centenares de poemas y me perseguían versos como "podemos eludirnos, huir de todo, menos del corazón" de Hart Crane o como "mansa es la noche de un poeta nacido en Buenos Aires / que cumple en un rincón de Amsterdam los 40" de Vicente Zito Lema.

Sin temor a la digresión, contaré que un exiliado argentino nos observaba con humor gauchesco: -Mira, decían en otro tiempo que cuando a un argentino lo engañaba una mujer, entonces el argentino escribía un tango. Moraleja: así se explicaría que los tangos sean innumerables. Pues fíjate que ahora yo he descubierto que este cuento podría adaptarse a los chilenos, de la siguiente forma: cuando a los chilenos un golpe de estado los manda al destierro, cada exiliado chileno se siente en la obligación de escribir poesía y... bueno, pone vos la moraleja... Sí, es cierto, no dejaba de tener razón mi jocundo amigo respecto a la profusa producción poética del exilio chileno.

...Pues bien, en esos poemas fundamentalmente catárticos, donde quedaron impresas mis nostalgias, mis dolorosos sueños y mis esperanzas, juegan también un rol insoslayable el socialismo y la clase obrera. Detrás de ellos estaban mis experiencias vivas -no teóricas- del duro trabajo del obrero y de las difíciles condiciones en que se afirma y avanza el socialismo real. Entre esas duras experiencias está la obsesionante visión de las siluetas de mis dos hijos mayores -él 19, ella 18 años, estudiantes ambos en Chile- al separarse de nosotros, perdiéndose en la noche, rumbo de sus respectivas secciones de trabajo, a las cinco de la mañana y con quince grados bajo cero. Tarde o temprano, sin embargo, llegamos a entender que nuestros esfuerzos tenían un sentido, particularmente cuando fuimos capaces de mirar mejor a nuestro alrededor y de valorar los ejemplos de laboriosidad y disciplina que entregaban los trabajadores de la RDA. Y hubo muchos otros chilenos -la mayoría- que también lo entendieron así, que afrontaron valerosamente el duro trabajo en la producción y que en sus horas de descanso se dieron tiempo para participar activamente en la solidaridad con Chile, Vietnam, Cuba, Nicaragua, El Salvador, organizando bazares, concurriendo a mítines, aprendiendo artesanías, ojos y oídos siempre atentos a cuanta noticia proviniera de Chile. En tal sentido, la periódica, disciplinada y efectiva solidaridad internacional que se practica en la RDA, fue un poderoso acicate y una experiencia aleccionadora inolvidable. Los escolares de la RDA -por poner un ejemplo- sólo el año 1976, enviaron más de un millón de tarjetas postales a la Junta de Gobierno en Chile, con un solo objetivo: exigir la liberación de Luis Corvalán, y hechos como éste -dicho sea de paso- no son casos aislados, sino que son elementos integrantes de la formación moral e intelectual del niño y del ciudadano dentro de la democracia y del humanismo socialistas. Otro buen ejemplo de esta inagotable solidaridad internacional que no queremos olvidar lo constituyen los cineastas Heynowski y Scheumann, quienes han realizado más de una decena de documentos sobre Chile, documentales acusadores, de rico lenguaje cinematográfico y de categórico compromiso con las luchas y las esperanzas del pueblo chileno.

Pero no todo es color de rosa en la vida, ni menos en el exilio. Existe también, por ejemplo, una picaresca -sí, una especie de novela picaresca- del exilio, cuyo nutrido anecdotario crece, cobra alas y contornos desmesurados, hiperbólicos, cruza fronteras y va construyendo, finalmente, una mitología del exilio.

Ahí está el caso de "El Cóndor Pasa", que, según supimos, ha llegado hasta Australia y que. arriesgando a que aquellos que no lo vieron tengan versiones más fabulosas, pasamos a referir brevemente. Alberto era un boliviano doblemente exiliado: primero en Chile y, tras del 11 de septiembre del 73, en la RDA. Obsesionado por recuperar el mar para su patria, era, sin embargo, buen amigo de los chilenos. Locuaz y amistoso, a todos los trataba de hermanos y cuando bebía, gritaba estentóreo que viva el internacionalismo proletario o bromeaba, parodiando una cueca boliviana, "en esta banda y en la otra banda/ el Alberto es el que manda". Una mala noche, asediado de alcohol y agravios inmerecidos, se lanzó por la ventana de su departamento. La vecina del piso inferior lo vio caer y dio la alarma. Felizmente, Alberto era fuerte como una roca y su vuelo sólo le costó la quebradura de un brazo. De ahí su folklórico apodo de "El Cóndor Pasa".

No olvidamos tampoco al "Cara de Hombre", de gesto adusto y rostro como labrado a machetazos, en el que las torturas -para colmo- también habían dejado sus huellas. Demasiado grande, demasiado ancho, demasiado torpe, era su voz, sin embargo, bronca, disonante y violenta, la que ponía la nota culminante en su aspecto de homicida, de quebrantahuesos que asustaba a los niños. Una mañana primaveral, "Cara de Hombre" salió a la puerta de calle, miró hacia el cielo azul y. bostezando, exclamó con voz tronante: -¡Qué lindo día!... La mitología del exilio registra que al instante mismo, desde los árboles del frente, comenzaron a caer pajaritos muertos.

"El Angolano" es un caso distinto. Periodista desinhibido como el que más, un día, echando mano a toda su simpatía y sus dotes persuasivas, confidenció a su mujer que había sido destinado a una misión urgente en Angola, le encareció que guardase estricto secreto de tal misión, la besó y se fue. Antes de un mes, la afligida esposa se enteraba que el viaje de su marido había alcanzado hasta una pequeña ciudad próxima a Berlín y que la "misión secreta" consistía en una hermosa, en una soberbiamente hermosa valquiria alemana.

Claro está que el exilio, como experiencia categóricamente compulsiva, tiende a acentuar y a hacer más visibles nuestras obsesiones y manías, nuestros defectos y debilidades, manías como la de aquel profesor de matemáticas, enfrascado día y noche, año tras año, con su computadora o como la de aquel jubilado que con su taladro eléctrico abría hoyos diariamente, atronando el edificio, mientras el vecindario se preguntaba preocupado hasta dónde resistirían nuestras paredes tan infatigable obsesión taladradora.

Por los resquicios de nuestros recuerdos, aún sin intención, se filtran también personajes más ingratos, como aquellos que, renuentes y suspicaces, huyeron despavoridos hacia países capitalistas ante las primeras experiencias adversas con el socialismo real, o como aquel funcionario que desde su escritorio en Berlín escribía y arengaba: -"Hay que ir a la producción, compañeros. No teman ensuciarse las manos. ¡Vayan a la producción!..." Claro está que algunos que por esos días leíamos "La Rueda Dentada" de Nicolás Guillen, nos quedábamos cavilando: -¿Vayan?... ¿Y por qué no: vamos?... Este tipo de personaje que en Chile llamábamos "padre Gatica" (que predica y no practica) lamentablemente no ha sido escaso en el exilio, como tampoco lo han sido los eternos descontentos, aquellos que, destilando amargura, apodaban a Zwickau como "el lugar donde mueren los valientes" y que no fueron capaces de captar la estructura medieval ni el rastro de siglos en la dignidad arquitectónica de la vieja ciudad. (Todavía tengo viva mi sorpresa de esa mañana de domingo cuando, caminando por los alrededores de La Laguna de los Cisnes -la que siempre asocié con la temática del poema "La Fuga de los Cisnes" de Augusto Winter-, me encontré de pronto y maravillado con una posada idéntica a aquellas que pintaba Goré en El Peneca. Esta posada de Zwickau era "El Mesón de los Cazadores". Al acercarme, pude leer sobre el pesado portón de madera la fecha de su construcción: 1535... es decir, el mismo año en que Almagro descubría Chile... Cuando pocos meses después de mi descubrimiento, se incendió "El Mesón de los Cazadores", yo pensé con alegría que esa posada había subsistido más de cuatro siglos para que yo la viera, y pensé también con tristeza que había desaparecido materialmente la última de las posadas de La Isla del Tesoro de mi infancia.)

En el inventario de nuestras astucias y debilidades nos quedan todavía los fabuladores, los enfermos imaginarios y a perpetuidad (que era una manera de sacarle el cuerpo a la jeringa) o aquel que descubrió que. pese a sus pocas luces y gracias a la solidaridad internacional. podía presumir de escritor.

Del nutrido anecdotario del exilio, no podemos omitir a nuestro amigo "el Filólogo", quien, uniendo humor y rigor científico, realizó su tesis doctoral en Lingüística basada en acepciones de la palabra "hueva" y derivados, original estudio en el cual encontramos ejemplos dignos de memoria como "Los milicos se tiran las huevas" o como "Augusto es más huevón que el zapato izquierdo".

Claro está que los reclamos, las incitaciones de la vida son casi siempre más poderosas y se sobreponen a las más amargas adversidades; sin embargo, el exilio deja también su impronta, pone su gota de nostalgia, de inseguridad, de angustia, aún ahí, en la misma alegría, en la misma vitalidad, en los momentos más dichosos del desterrado. A los pocos meses de mi exilio, descubrí que en la catedral de Zwickau -que tiene más de ocho siglos- se ofrecían conciertos de órgano y de música coral. Con cuánto ansioso agrado concurría allí y cuánto me ayudaron esas veladas en la vetusta catedral. Sin embargo, la primera audición de ese órgano electrónico de formidable registro fue y es inolvidable: sentí que esa ola de sonoridad infinita que inundaba los ámbitos, que bajaba por las columnas, que tremolaba en los vitrales, se derramaba también en mi sangre, subía y bajaba por mis arterias, me cubría de sal los párpados, de prisioneros y de camaradas muertos mi impotencia, de tiranos mi odio... sentí que torturaban a Juan Sebastián Bach.

La raíz del problema reside en que el exiliado navega entre dos aguas: su necesidad de inserción a la nueva sociedad en que vive y sus dificultades de adaptación motivadas por diferencias de orden idiomático, de idiosincrasia, de organización social y de modo de vida. Sin embargo, el factor más poderoso en estas dificultades de inserción al nuevo medio radica en la actitud con que asume su exilio el exiliado, quien salió no voluntariamente de su patria, sino que presionado, violentado y que. por consiguiente, entiende su exilio como un periodo transitorio, que ha de transcurrir con la perspectiva de un fin determinado, cual es el retorno a la patria, a nuestra gente, a nuestras luchas. Ahí están los que "aún no desempacamos"...

Y aún más, una de las reacciones más típicas del exilio es esa especie de nostalgia chauvinista que va de un "aquí" peyorativo a un "allá" paradisiaco. Aquello de que los tomates eran en Chile ¡de este porte!, y las paltas ¡tan sabrosas!, de que aquí llueve tanto -la nostalgia olvida que en Temuco llovía exactamente el doble que en la RDA-, en fin. "que allá era eterna primavera"... Naturalmente, si uno hurga con un poquito de cuidado, lo encuentra la hebra a esta madeja: tras de tales idealizaciones y despropósitos, subyace evidentemente un mecanismo defensivo, una inconsciente necesidad de defensa de lo nuestro y de nuestra identidad, finalmente. Por ejemplo, un profesor universitario amigo -el "Chico Goloso" se autoapoda- reemplazó su cesantía permanente allá en Alemania Federal, por aficiones culinarias -cocina chilena, naturalmente- y por un obsesivo afán de husmear productos chilenos. Hace años nos confesó nostálgico: -Si de sólo pensar en los vinos y en los mariscos chilenos, se me hace agua la boca... Por mi parte, debo reconocer que, pese al largo trecho de mi exilio, aún me persiguen levemente imágenes, olores, sabores del sur de Chile. Es cierto que no me acuerdo bien del sabor del vino "Tarapacá ex Zavala" o del pipeño de uva Italia que desde Portezuelo traía a Temuco "el Paco 21" y que tanto gustó alguna vez a Pablo Neruda. Es cierto que los, he reemplazado por el "Sangre de Toro" húngaro o algunos vinos blancos de las riberas del Danubio; sin embargo, también es verdad que aún me gusta caminar por el viejo barrio de Planitz en Zwickau, donde no ha llegado aún la calefacción central y donde algunas estufas exhalan en los días fríos un grato olor a leña quemada, semejante al que aspiráramos largos años en la región de La Frontera. Igualmente, en la biblioteca de la Escuela Universitaria de Pedagogía de Zwickau, donde han transcurrido muchas horas de mi exilio, siempre me gustó sentarme en un rincón que mira hacia un viejo estante que me reconstruye, que me devuelve un pedazo de mi pieza de trabajo en Chile. Y anudando recuerdos, me viene también a la memoria cómo alguna vez, por comparación contrastante, descubrimos la dulce, la tierna gracia de los bosques de Turingia, tan distintos de los bosques del sur de Chile, enmarañados, indómitos, de lúbrica belleza.

El "duro oficio" del exilio, acumulando traumas, frustraciones, desequilibrio, nos ha arrebatado también valiosos compañeros. Quizás no son muchos, quizás no son pocos; pero son una parte nuestra que, incapaz de resistir, pagó con sus vidas la ausencia de nuestra tierra, de nuestro mundo. Gerardo era un estudiante de medicina que amaba la vida, la belleza y la revolución. Lector fervoroso e incansable de Gabriel García Márquez, repetía a menudo que la vida debiera tener la intensidad deslumbrante de Cien Años de Soledad. Una noche estival, escudriñando el cielo escaso de estrellas de Europa Central, con nostalgia y alegría dionisiacas, nos pusimos a gritar: -¿Dónde está la Cruz del Sur?... ¿Dónde está Piséis?... ¿Dónde están las Tres Marías?... ante la sonrisa condescendiente de los escasos alemanes que transitaban a esa hora. (Porque los alemanes son así, no alborotan, no escandalizan.) Alguna vez, mi padre -que quiso venir a vernos antes de morir-, almorzando en un restaurante, en la avenida Unter den Linden en Berlín, me observó preocupado: Aquí nadie se ríe fuerte, nadie grita, como en los boliches de Valparaíso..." Meses después, tras escuchar una y otra vez "Maldigo del Alto Cielo" -amarga canción en que Violeta Parra, herida de amor, reniega de todo-, el amigo Gerardo, herido de incertidumbres y desesperanza, desde el balcón de un undécimo piso, se arrojó en busca de su muerte.

Conscientes de que la memoria tiende a retener más lo particular y lo insólito que lo general y lo acostumbrado, repensamos y hacemos un poco de balance de estos años. Y tratando de abarcar el largo y amplio entorno de nuestro exilio, vamos concluyendo una vez más que. a la fraternal acogida que nos ha dispensado la RDA, la mayoría de los chilenos ha sabido responder con comprensión y responsabilidad.

Ya hemos hablado de los cientos de compañeros que en la producción derramaron su esfuerzo, su tenacidad y su sudor. Pero hay más. Están los jóvenes -los escolares y los estudiantes- quienes, luchando con el idioma y con desfavorables desniveles, particularmente en el área de las ciencias exactas, fueron capaces de superarse y obtener buenos y, en algunos casos, excelentes resultados. Seguramente, hacer un catastro de los jóvenes chilenos que han obtenido sus diplomas como técnicos, sus títulos universitarios y la graduación como doctores, entregaría un resultado harto halagüeño y anticiparía que, a su retorno a Chile, el contingente de jóvenes que han estudiado en la RDA está preparado para entregar un aporte eficaz en bien del país.

Igualmente, en el ámbito cultural, el exilio chileno ha sido particularmente activo. Poetas, novelistas, autores y directores teatrales, actrices, cineastas, coreógrafos, pintores, músicos, cantantes y periodistas chilenos han realizado en la RDA una valiosa acción cultural, comprometida también con la causa del pueblo chileno y con los más altos ideales de la humanidad.

Por encima de lo excepcional o lo anecdótico, éste es el verdadero rostro del exilio chileno.

Desandando nuestro exilio ya con la perspectiva del retorno, pensamos también en cuánto hemos visto y comprendido en estos años y en cuánto nos ha entregado este pequeño y gran país llamado República Democrática Alemana.

El desarrollo dinámico y rigurosamente planificado del socialismo desarrollado, que permite al pueblo disfrutar progresivamente de mejores condiciones de vida, tanto en el aspecto material como en el cultural, es un hecho objetivo que hemos podido palpar con admiración todos aquellos que hemos vivido algunos años en este país. Igualmente, cuántas veces hemos aplaudido con alegría y también con un poquito de orgullo los extraordinarios éxitos internacionales de los deportistas -y muy especialmente de las mujeres- de la República Democrática Alemana.

Cómo olvidar todo esto...

Ahora, en nuestro caso personal, cuando retornemos a nuestra patria, seguramente persistirán con mayor vehemencia en nuestros recuerdos, aquellas imágenes vinculadas a la tradición cultural y artística del pueblo alemán. El monumental museo pictórico que es la Gemáldegalerie de Dresden o esa deslumbrante visión de la antigüedad grecolatina y del Asia Menor, que es el Museo de Pérgamo en Berlín, son tesoros de la cultura universal que quienes los hayan contemplado no los olvidarán jamás. La catedral de Erfurt, el castillo de Meissen o los museos dedicados a Goethe y a Schiller en Weimar y a Juan Sebastián Bach en Eisenach, son igualmente testimonios del celo y amor con que se conserva el patrimonio cultural en suelo de la RDA.

Pero hoy también otras experiencias vinculadas con el sistema social en que hemos vivido que tampoco podremos olvidar.

Hemos vivido en un país donde no hay miseria, donde la miseria y el hambre fueron abatidos para siempre, un país donde no hay desocupados, donde el derecho al trabajo está garantizado en la Constitución y donde nadie puede apropiarse del trabajo ajeno. Hemos visto con nuestros propios ojos la práctica de una genuina justicia social, tanto en la esfera económica, laboral, educacional, como en los planos de la ciencia, la salud o la cultura.

Nuestra condición de profesores nos ha hecho admirare! profundo carácter democrático, realista y revolucionario de la escuela politécnica de enseñanza general de diez años que se imparten la RDA, en la que no tienen ninguna influencia el origen social o la riqueza de los padres. Enseñanza general -además- de algo nivel científico y vinculada íntimamente a la producción, a la construcción del socialismo y a la vida. Principios éticos básicos de esta enseñanza son la lucha por la paz y un inclaudicable antifascismo. En esta escuela se asientan, pues, las bases reales para que todos los hijos del pueblo disfruten de las mismas oportunidades, sin otras diferencias que las que determinan el talento personal y la laboriosidad de cada cual.

En el plano de la cultura, cómo olvidar un país donde el valor de un libro o de la entrada a un concierto o al cine -también la entrada a los espectáculos deportivos- tienen un valor inferior a una cajetilla de cigarrillos y donde el único problema reside en saber proveerse oportunamente del libro o la entrada pertinente, que se agotan rápidamente, porque hay en el pueblo un real interés cultural y artístico. En los días en que escribo estas notas, apareció de repente una edición de bolsillo de La Náusea -¡Cómpramela! Aquí ya desapareció...- me reclamó mi hijo menor desde Berlín. En vano busqué en quioscos y librerías: a los dos días de su aparición, la novela de Jean Paúl Sartre se había agotado totalmente... Retorno a los recuerdos de los primeros años cuando un poco enmudecido por mi mala pronunciación alemana, logré, sin embargo, pasar gratas horas de esparcimiento en la sala de conciertos "Neue Weit" y antes en la "Gewandhaus" de Zwickau. Recuerdo que una vez, instalado en un balcón muy próximo al escenario de la sala "Neue Weit", conmovido y deslumbrado por la brillante interpretación de la solista en un concierto para arpa de Haendel, aplaudí con tanta vehemencia que la arpista Jutta Zoff, al salir por cuarta o quinta vez a agradecer los aplausos, me dirigió una venia especial de reconocimiento. Algo azorado, sólo entonces me di cuenta que las manos me ardían de tanto aplaudir... Ah, y para el serio problema de no quedar sin entrada, un amigo melómano me enseñó la receta: lo primero es abonarse, comprometer un abono por la temporada completa de conciertos y cuando, como buenos chilenos, olvidemos este requisito fundamental, bueno, entonces echamos mano al recurso número dos, es decir, llegar media hora antes del concierto a la boletería, pues como los alemanes son tan organizados y reservan sus entradas de un año para otro. no falta nunca quien, por imprevistos de última hora, vaya a devolver sus tickets. El recurso no me falló nunca.

Tengo también vivo el recuerdo de una temporada de conciertos en que fui vecino de butaca de Frau Inge, una viejita que hacia el aseo en la sección Germanística de la Escuela Universitaria de Pedagogía donde yo he trabajado y que llegaba de punta en blanco, primorosamente peinada y acicalada para estas ocasiones, con falda larga, incluso. En el intermedio, mientras bebíamos una copa de champaña y ella me decía cuánto le gustaba Robert Schumann -nacido en Zwickau, acotamos- y cuánto la fastidiaba Bela Bartok, yo recordaba la aguda observación de un pintor y humorista chileno: -"Se imaginan ustedes...?-, dijo a un grupo de amigos alguna tarde de domingo, saliendo de un bar frente a la estación Mapocho, mientras corros de niños, propagandistas de taxis, voceaban: ¡Al Estadio Santa Laura'... ¡Al Estadio Nacional! ....¿se imaginan Uds. el día en que estos niños griten aquí mismo: ¡A la Biblioteca Nacional!... ¡Al Museo!... Al concierto Sinfónico?..." Y tal recuerdo y tal asociación no eran antojadizos para un país que ha liberado a la cultura de los intereses comerciales y del lucro y donde, ya desde el jardín infantil, se impulsan el respeto y el interés por el arte y la cultura. Releo en la prensa de estos días que los 648 museos existentes en la RDA registran más de treinta y tres millones de visitantes al año, es decir, casi el doble de la población del país.

En fin, hemos vivido en un país donde se proyectan los más altos valores de la revolución y del humanismo, de Marx, de Engels y Lenin, de Karl Liebknecht y Rosa de Luxemburgo, de Goethe, Schiller, Beethoven, Heine, Thomas Mann y Bertolt Brecht.

Para tales vivencias -lo repetimos- no habrá olvido.


Guillermo Quiñones es poeta, critico literario y profesor de literatura hispanoamericana. Ha vuelto ha Chile en estos meses después de largos años de exilio. De éste da cuenta en este artículo


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03