La emoción y la risa entre el «smog» y el miedo

LA EMOCIÓN Y LA RISA ENTRE EL «SMOG» Y EL MIEDO

Fernando Quilodrán

Fernando Quilodrán, es escritor, autor de Había una vez un pueblo, poemas, y de dos novelas: Los organismos del tiempo y Vitales mereciéndolo. Vive en Chile, a donde retornó después de diez años de exilio en Holanda.

Araucaria de Chile. Nº 36. Madrid 1986.

«Los Chilenos»

No pude evitarlo. Y puesto que lo que debo escribir son impresiones de mi retorno, las ciertas, y no disfrazarlas de bonitos colores ni cuidarme demasiado de «quedar bien», explicaré eso de «los chilenos».

«Los chilenos son impuntuales», «los chilenos no entienden», y algunas otras categóricas afirmaciones de ese estilo, abundan en la conversación de muchos de los que hemos vuelto desde algún lugar de la tierra a donde nos hubieran ido a botar las olas de la historia. Nos sentíamos ajenos, además. Fueron muchos años sin estar, o sea sin «ser». Muchos años sin conocer a aquellos que, en condiciones normales hubiéramos conocido. Muchas amistades y relaciones de todo tipo, que no anudamos, que ni siquiera fueron esbozadas. Calles nuevas habían aparecido sobre lo que nos parecía un dibujo familiar, el de nuestra ciudad. Otras, simplemente, habían cambiado de nombre. Algunos nombres no nos decían nada, otros eran hostiles, como el de la Avenida «11 de Septiembre». Para los santiaguinos. San Diego y Arturo Prat habían trocado lo que nos parecía entonces el sentido «natural» de su tránsito. Habíamos dejado un país con provincias y lo encontrábamos organizado en «regiones». Y regiones anónimas, con tan sólo un número en su portada, la «Primera Región», la «Octava», etc. Anonimato, disfraces, tras de los cuales nos costaba reconocer a Chile. Multitud de edificios nuevos, orgullosos de lujo, se repartían por las principales avenidas, mostrando, dicho sea de paso, una excluyente preferencia por los llamados «barrios altos». Ningún «caracol» en la Avenida La Feria, ni en Departamental, ni en Recoleta o Gran Avenida. Américo Vespucio, siempre en la capital, se había prolongado hasta convertirse en un cinturón que rodeaba toda la ciudad. Seguirla, era conocer como en un apretado documental, los dos rostros, lo que alguien nos dijo que eran los «dos Chiles», coexistiendo sin otra relación que la del temor mutuo, de la sumisión económica: el Chile de las mansiones ¡«lindas se ven las casas, señor turista...»/ y el de las poblaciones populares, el de los marginales al «modelo» ("...pero no le han mostrado las callampitas»). Y de todo eso echábamos la culpa a «los chilenos». ¿Injusto? ¿Torpe? Claro que sí: injusto y torpe. Pero es que a una niña que recién llegaba de Europa, y a la que indignaba y sacaba lágrimas la miseria, sobre todo la miseria, el hambre y la indefensión de los niños, una tía suya, buscando consolarla, le dijo: «ya te acostumbrarás, m'hijita. Las cosas son así. Ya te acostumbrarás». Y la niña le respondió con un violento: «¡Yo no tengo por qué acostumbrarme a huevadas!» Y hacía bien, es claro que hacía bien. Como bien quería hacer su tía, «la chilena», de este pequeño episodio, pequeño pero tan dramático y tan demostrativo del Chile de hoy.

Y esto duró hasta que alguien nos dijo: ¿pero ustedes, qué se creen con hablar de «los chilenos»? Ustedes, ¿qué son? Y tomamos conciencia, y dimos disculpas, y nos miramos con cierta vergüenza y comentamos que a «los chilenos» no les agrada mucho el que los traten de «chilenos».

Del «apetito» y otros eufemismos

Antes, en aquellos tiempos («los buenos tiempos de don Jorge», como ironizaba o sutilizaba Jorge Arrate, de quien espero que no me tome a mal la cita), la gente común, aquellos que tenían un trabajo, alguna pensión, renta y otra fuente de ingresos confesable, sentía, al acercarse el mediodía, o la noche, crecerle el «apetito». Incluso podía decirse «tengo hambre», porque ello denotaba la inminencia del manyar. «Vengo con un hambre...», era el saludo del escolar confiado en la sopera hirviente, el buen pan, el guiso convocante. ¿Tiene hambre ya?, preguntaba la dueña de casa al disponerse a extender sobre la mesa del comedor los platos y las fuentes. ¡Si hasta se hacía propaganda a tónicos para el apetito!

Bueno, ha pasado el tiempo. Y aclaremos que no es cosa de echarle la culpa a él, el tiempo, o Tiempo (con mayúscula). Aunque no es de responsabilidades que quiero tratar aquí. Tan sólo consignar las variaciones semánticas que en él, en el seno del tiempo, se van dando. Pues un vocablo cambia no sólo cuando su sentido se modifica, se ve alterado por el uso. No, también cambia cuando su uso, el del vocablo, se amplia o restringe. Y es que antes era muy raro, casi excepcional diría, que la palabra «hambre» tuviera esa carga de «filosofía» que tiene hoy. «Tengo hambre», dice la anciana que nos pide una moneda o que le compremos algún alimento en el quiosco más cercano. «Tengo hambre», dice el niño en la puerta del metro, en cualquier punto de la ciudad, por la que vaga todo el día. «Tengo hambre», nos dice la mujer que se aplasta contra las pilastras de los edificios del centro. «Tengo hambre», repite el hombre demacrado que busca inútilmente un lugar donde aplicar una capacidad de trabajo ya no intacta.

De manera tal que ya la palabra «hambre» no es sinónimo de «apetito». Ahora significa que se desfallece, alerta que es urgente calmarla, a riesgo de extinción. Las convenciones sociales, el prejuicio de prosperidad, que quería que no se la mencionara por su nombre si no era en contexto claramente indicador de sinonimia con el mas «decente», más «conveniente» y aceptable vocablo «apetito», han quedado en el olvido. Ya los que tienen hambre lo dicen. Tienen urgencia de decirlo. El hambre dejó de ser una palabra, una idea, un concepto, para convertirse en un fantasma que recorre las calles y caminos de Chile, esa «fértil provincia»...

La redistribución

Dicen los economistas que la renta nacional se reparte entre las clases sociales, tocando las «superiores» la parte mayor y quedando para los de abajo, a veces, tan sólo unas migajas. De la plusvalía y otras yerbas... Bueno, como no soy economista, me quedo hasta aquí. Pero algo habría que agregar en este aludir «técnico» a la realidad social de Chile. Pues es de Chile que hablo. La renta nacional se redistribuye. Esto significa que a los unos se les saca algo, no tanto como para que les duela, de lo mucho y superfluo, y ello con el propósito de «redistribuirlo», o sea, de repartirlo entre los otros. El Estado solía hacer esto a través del Presupuesto Nacional, que no era secreto, destinando fondos a la educación, por ejemplo, que fue en otros tiempos «función preferente del Estado», o de la salud, o de diversas obras públicas, etc., etc. (Cada etcétera, aquí, representa la ignorancia del autor en temas tan complejos.)

Bueno, eso, como se sabe, ya pasó.

Ahora el Estado es «subsidiario». O sea, que si en algún lugar del territorio cierta catástrofe natural, terremoto, inundaciones, sequías, ha causado daños al aparato productivo, a los bienes y a las personas, el Estado se abstiene de actuar. ¿Para qué lo haría, verdad? ¿A quién se le ocurriría enviarles Chicago Boys a los damnificados por un temporal? (Debe ser esa la razón profunda por la cual esta especie tan refinada, los Chicago Boys, no surgió en las épocas de la peste negra ni de otras calamidades colectiva.) Bueno, decía: ya el Estado no redistribuye... O, mejor dicho, no redistribuye así, como antes, como debiera hacerse. Redistribuye, es cierto, pero quitando más a los que tienen menos y para dárselo a los que tienen más.

Pero, al pueblo le quedó en su conciencia esa idea de la redistribución y ya que nada puede hacer para influir en los Presupuestos estatales (asunto de exclusiva incumbencia de los «chilenos de primera»), redistribuye a su manera y posibilidades. Porque, ¿qué otra cosa que una redistribución -de la pobreza, ya que no de la riqueza- es lo que se practica diariamente en las ciudades de Chile? Sube a la micro un niño repartiendo estampitas, santos, paisajes, y el pasajero echa mano al bolsillo y le da una moneda. Suben dos muchachos con guitarra, cantando cosas de Silvio y de Víctor, de Patricio y de los Inti, y el pobre pasajero echa mano al bolsillo y le da unas monedas. Sube el vendedor de Superocho, el que «le trae» la billetera con monedero y con llavero, y el sufrido pasajero echa mano al bolsillo y se hace de tan tentadora mercancía. Sube el vendedor de libros. Acecha en las veredas el de los pañuelos de papel o el que simplemente pide porque tiene hambre (es evidente que la tiene, no le hace falta ni decirlo), y el transeúnte echa mano al bolsillo ... y redistribuye su pobreza. Eso es Chile. Todos «redistribuimos» nuestra pobreza. Las veredas y las micros son los grandes mercados, la Bolsa del pueblo, en la que se transan los valores de la subsistencia (la supervivencia) contra la moneda siempre alerta de la solidaridad. Así vamos.

El idioma

Durante años caminé por calles, anduve en metros, buses, trenes, me senté a mesas de restaurantes, rodeado de un silencio hecho de voces que me hablaban un idioma que mis oídos se negaban a registrar. Voces en otros idiomas, lenguaje cuyo desciframiento exigía un acto de voluntad: la decisión de asumir aquel otro registro. Como a tantos otros, cada vez que me llegaba era la cadencia familiar del castellano, sus voces, sentía sorpresa, curiosidad, emoción. Era volver a transitar viejas avenidas. Es curioso eso de que a uno el lenguaje, su lenguaje, le sea tan natural, tan como el aire, que respiramos sin proponérnoslo. Pero más curioso aún resulta el que a veces, en plena Alameda, o caminando por las viejas calles de la ciudad, Compañía, García Reyes, Grajales, sea sacado de mi mismo por la irrupción del propio castellano. Créaselo, pues nos ha ocurrido a todos: que nos sorprenda el sonido, la cadencia, las voces, de nuestro propio idioma, como si vueltos a la montaña nos asombrara repetidamente la pureza del aire.

El Existenciómetro

Yo siempre he sostenido que existir no es una simple cuestión de estar en el mundo, de ocupar en él un lugar, de ser hijo o padre, hermano, empleado, cesante, técnico o jugador de ajedrez. No. Existir es tener un «peso», una forma de «gravitar» en sociedad. De, en otras palabras, serle también a otros. Y esa intensidad existencial es lo que marca un delicado instrumento al que he bautizado así, «existenciómetro». Pero, no les voy a contar todo de él. Básteme citarlo para, sobre el concepto, o intuición, que encierra, hacer descansar las reflexiones que me sugiere todo cuanto me rodea: calles y casas, árboles, rostros, destinos personales y colectivos, historia pasada y haciéndose, futuro (con todo lo que éste encierra de futuros, los de cada uno), paisajes ideológicos, y ecológicos, temores, decires y callares.

Y lo que cuanto he dicho me sugiere es la idea, la convicción, de que estoy, soy, más «concernido» que cuando estaba afuera, cuando era un exilado que podía desentenderse de cuanto no fuera el presente, de cuanto no lo golpeara con insistencia. Egoísmo... Sí, es claro: egoísmo. O sea: ensimismamiento en un yo, el ego, que más que un yo individual era el yo colectivo de cuantos compartíamos sobre la misma porción de tierra la misma condición. Y esa condición era la de estar afuera, la de «externados» (forma pasiva del participio del verbo «externar», o sea, dejar, echar y mantener afuera). Ahora estoy adentro. El yo colectivo se ha ampliado. El presente me importa porque me importan el pasado y el futuro, los futuros. Todo me concierne. Nada me es ajeno. Mi «existenciómetro» registra mi estar en mi mundo. Existo a plenitud. Me integro, aporto. Lo que puedo aporto, pero aporto. Aporto estando. Sumando mi existencia, mi forma de existir, a las otras miles. No soy indiferente, no me soy indiferente, no les soy indiferente. Vuelvo a ser ciudadano de la vieja polis. Algo me dice en las nieves que empiezan a cubrirla, que también ella, la cordillera nuestra, me necesitaba como yo a ella. También su «existenciómetro» lo registra. Todo registra mi paso, mi estar.

Los «paseos» de la capital

Son dos: Ahumada, el primero; Huérfanos después. Otros seguirán. Por ellos sólo pueden circular los vehículos de la represión. Y los «paseantes», por cierto. Lucen fuentes, plantas, bancos para quedarse a disfrutar del tiempo cuando éste es amable. A la entrada del de Ahumada, el acceso a la estación del metro. Bancos, comercios de lujo. Caracoles semi desiertos porque el «boom» fue un espejismo ya resuelto: era un espejismo. Pero espejismo que dejó muchas fortunas, muchas cuentas en bancos del exterior. También muchos quebrados, endeudados, desesperados. La Polla Gol, ese impuesto al sueño que semanalmente paga un pueblo que no encuentra en su realidad un lugar para anclar sus esperanzas. Esperanzas que se reducen a comer hoy y no morir de hambre mañana. A tener cómo mandar a los niños al colegio. A no enfermarse, porque los hospitales... A final del paseo Ahumada, la Vicaría de la Solidaridad y la Iglesia Catedral. Frente a ella, multitud de artesanos exhiben sus audaces mercancías: tarjetas, pétalos, hojas, con los rostros y las palabras de Víctor Jara, de Violeta, de Pablo Neruda, de otros, que andan repartidos por el globo, o que desde sus tierras nos dicen su esperanza para que no nos sintamos tan desamparados. Y lo logran, pues la solidaridad es alimento sustancial. En las vitrinas de los comercios, se ofrece crédito para comprar desde una camisa y una corbata, hasta lo más moderno de la ciencia y la técnica... Miríadas de vendedores ambulantes gritan sus «ofertas». Allí hay de todo: artesanía, productos de la industria local y extranjera. Hacer el inventario de los artículos en venta, es tarea imposible. Pero el paseo Ahumada, como el de Huérfanos, así como otras calles del centro, es escenario de otra actividad, de una lucha sin cuartel entre los vendedores ambulantes, «comercio clandestino» lo llaman, y las fuerzas represivas. Cuando se acercan los «verdes», uno puede observar las maniobras de los comerciantes ambulantes: los avisos, que llegan desde las esquinas cercanas, y luego el rápido meter toda la mercadería en los mismos paños, o bolsas de plástico, que les servían para ser expuestas al público. Y a correr. Sí, a correr, pues el trato no suele ser muy blando. Que lo digan si no los vendedores ciegos, a los que se golpeó hasta expulsarlos del centro, y que se fueron a protestar mediante una huelga de hambre (o sea, hambre esta vez con testigos) al local de un sindicato. Y que lo diga el trágico fin de uno de ellos, que se ahorcó de noche, en el baño del sindicato, desesperado por la falta de apoyo, sin esperanzas.

Pero hay otro aspecto: los cantores. Los muchachos que en grupo, o de a dos, se instalan en algún lugar de los «paseos» y, con guitarra, charango, flautas, cantan no sólo por el dinero que el público, generoso, les dará, sino por la necesidad de largar al aire las verdades del pueblo.

Alicia va en el coche carolín
Alicia va en el coche, carolín
a ver a su papá, carolín-ca cao-olé-olao
a ver a su papá, que tienen relegao.

O textos ilustres como tantos que han ido registrando a través de los años la historia de los chilenos, la germinación de su conciencia. Y el público aplaude, celebra, los protege cuando llegan los de siempre a averiguar qué pasa, qué rara, extraña cosa ocurre que la gente se esté riendo en ese lugar tan lleno de smog y miedo en que han querido convertir a la patria.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03