Los organismos del silencio

Poemas

Fernando Quilodrán

Araucaria de Chile. Nš 21, 1983.

Los organismos del silencio

Ahora estoy aquí, esperando el sueño,

poblada la cabeza de símbolos sin mármol,

fracasada la pluma de vivencias sin verso.

Desde la patria inmóvil, lagar de eternidades,

martirizada esquina de la tierra,

un silencio con modos de niebla me persigue.

Amanece:

falta la mano,

y el paisaje de líneas exactas

para entrar en el día;

la espesura del aire,

por ejemplo.

Te ocurrirá tal vez otro verano.

Una generación de helechos y amapolas te alejará de mí,

te vaciará de nombres,

sólo indeterminada geografía ya desnuda de peces,

donde se instalarán los organismos del silencio,

ya abandonada de cóndores,

un silencio que no será de ausencias,

herido el verde de tu hondo sur lluvioso,

un silencio de ríos soportando cadáveres rebeldes,

y tu ferrocarril dorsal,

y tus bosques secretos donde iba a reposar el tiempo,

creciendo desde el vientre de una ola varada en tus orillas

amanecidas por testigos también inmóviles.

Porque el tiempo no es eso que deshacemos entre unos pocos,

eso que se nos cae en el hueco de las palabras:

más bien es una ola creciendo desde una región sin palabras,

y que a veces traza en nuestra frente su helado signo.

Atiende:

quiero decir que el silencio no es un vacío;

será más bien un río donde naufraga la voz;

será más bien el jadeo del dolor,

y la faena clandestina que vuelve el aire en lágrimas;

será más bien el odio en que las vísceras resuelven los datos del día;

será más bien la galería oscura llena de restos de hombres,

pantalones, cabellos, uñas desvencijadas, paternidades interrumpidas,

y que la memoria señaliza de cruces y guitarras violadas al caer la aurora.

Yo sé que vienen, vienen y desamarran las distancias,

vienen formados en batallas,

lanzas de sol, palabras minerales,

duras sentencias que el mar repite con soberbia.

Vienen mordiéndose los puños amputados,

estableciendo ventanas,

con una bala abierta para siempre donde estaban los ojos,

crucificados, muertos, luminosos acribillados, muertos,

vienen por el silencio,

crecen desde la raíz del tiempo.

Mis visitantes

Esos hombres eran robustos y enérgicos

y me vinieron a ver a mi piecita de tercera.

Andaban pidiendo precios por pasiones

pues se habían cansado de usarlas de prestado.

(O tal vez sería que ya se les notaba demasiado.)

Me dijeron que les hablara de mis instintos.

Ellos llegaron con su grabadora a pilas y sus razones a cheques.

(Con lo que me pagaron por esa sesión pude comprar un libro de Queiroz y actualizar mis deudas.)

Les hablé de mi certero instinto de no propietario,

de esa viva convicción que me invadía a cada comercio,

a cada auto, así como a cada casa

y aun ante los más humildes objetos: no son míos.

Les expliqué que esa certeza era la base metafísica

de mi relación con el mundo,

y por consiguiente de mi existencia.

(Creo que me entendieron porque borraron la cinta:

es seguro que para algo tan simple ellos no necesitarían acudir a su ayuda-memoria.)

Entonces me preguntaron si era feliz.

(Previamente y con suma discreción uno de ellos había revisado mi armario en busca de camisas.)

Yo les respondí que en verdad sí.

Yo les respondí que en verdad no.

No me agrada mi estado, caballeros, les dije;

estoy un tanto cansado de no tener nada.

Por eso me gustaría mucho no tener nada.

Como aparentaran no comprender,

(yo me di cuenta de que sólo para inducirme a continuar),

proseguí: no deseo los bienes del prójimo,

y por eso quisiera no desear los bienes del prójimo.

Y les aclaré que de todos los bienes de la tierra,

sólo deseaba todos los bienes de la tierra.

Quisiera, les insistí, perder alguna vez esta molesta relación de no propietario

(y les confesé que a veces me daba un poquito de envidia)

y por eso sueño con sentirme alguna vez a gusto

con mi instinto de no-propietario.

Ellos comprendieron con suma amabilidad

y en seguida me preguntaron si sentía odios.

Les dije que sí, que muchas veces,

pero que cuando eso me sucedía me calmaba, simplemente, odiando.

Estuvieron muy gentiles y uno de ellos me dijo al irse algunas frases amables,

y que me parecieron conocidas: algo así como "vanidad de vanidades..."

Perdone usted, señor, le dije, pero sucede que yo soy

un gran admirador de la realidad.

El más alto de los dos cerró la puerta con suavidad

y me dio a estrecharle su blanca mano.

Mi vecino me informó que se sospecha que van a montar una candidatura,


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03