Los sucios veinte pesos

Los sucios veinte pesos

Fernando Quilodrán

Literatura Chilena, creación y crítica. N 19 marzo 1982

El frío del invierno siempre la aplastaba contra las casas. Caminaba ligero, la bolsa vacía colgando desde su mano izquierda; en la otra, apretadas, las monedas; y repitiéndose el encargo: dos kilos de pan, un cuarto de azúcar, yerba un paquete y un paquete de velas. Sonia casi corría, su cuerpo siguiendo el ritmo de las casas, al galope de esa tarde de cielo cerrado, nubes violentas, viento de la costa. Unas pocas casas más, y ya estaría. De vuelta, la patrona le iba a dar su pan, su taza de leche y las órdenes para ayudar a la comida. Sus piernas flacas casi no oían la distancia; y su andar semejaba el alocado y solitario discurrir de los vientos en medio de los matorrales. Llegaba. La puerta siempre abierta del almacén y doña Sara esperando adentro, arrebujada en su chal descolorido, montados los anteojos sobre la nariz como un gato sobre las aristas de una silla. Doña Sara y su pan caliente, su memoria infinita, sus sobrinos siempre sacándole las monedas del bolsillo del delantal oscuro. Doña Sara siempre. En la madrugada, al mediodía, al anochecer, cuando ya nadie camina por esas calles de dios como no sea algún muchacho que va a encontrarse con su china, o algunas beatas arqueadas por la búsqueda de su parcela definitiva. Sonia acerca las monedas al mostrador y repite el encargo. Azules las manos, como las piernas, como la canta de Sonia. Toda ella sabe a invierno. Desnuda para el invierno, el invierno la busca y se la apodera. La bolsa se ha llenado de panes, la yerba olorosa, el calor que pondrá más vigor en las piernas. ¡Aquí faltan veinte pesos! Doña Sara se estremece y sumisa Sonia tiembla a su compás. Faltan veinte pesos... Veamos, ¿qué fue lo que te encargaron? Sonia repite.

Ya lo sabe de memoria: el pan para la noche, la yerba para la media tarde; las velas para cuando el sol que espía detrás de sus cortinas se aburra y deje a todos en lo oscuro; el azúcar para el mate dulce de la patrona, azúcar de panes que doña Rosario quema en el brasero y con hojitas de naranjo mete en el mate con angelitos de todas las tardes. Pero faltan veinte pesos. Doña Sara cuenta las monedas. Allí están. Sobre el mostrador indiferente y luego en las manos de doña Sara, siempre las mismas, ni una más. Y faltan. ¿Cuánto te dio? Ya los sucios... Sonia no sabe nada. Revisa las monedas, las hace correr entre sus dedos, las pesa, las mide, las estrecha contra su vestidito blanco, blanco de viejo como la cabeza de la almacenera. Siempre son las mismas. Le pregunta: ¿Cuánto hay?

Doña Sara no responde. Doña Sara le quita la bolsa de entre las manos, suavemente. Le confisca el calor, la deja sin luces para ir a dar la comida a los perros, le deja apenas el aroma de la yerba, metidita allí al fondo, y el azúcar quemada para el mate de doña Rosario. Porque hay prioridades, doña Sara lo sabe. Sonia mira los panes y pregunta: ¿veinte pesos? Desde su altura le responden ceñudos los ojos de doña Sara: ¡qué descuido! ¡Vendrías por allí mirando sabe Dios qué!

Sonia lleva la bolsa con sus dos manos y no corre. Ni se pega a las casas. El viento se la encuentra en medio del camino, le arremolina el vestido y su pelo negro, le averigua la desesperación. Sonia no se queja nunca del frío. Veinte pesos... Doña Rosario, ¡qué irá a decir! Le va a dar un buen golpe en la cabeza, la va a mirar con desprecio, ¡qué niña tan inútil!, va a poner a quemar los azúcares en el brasero. Lentas lágrimas asoman a sus ojos. La tarde es gris, cada vez más negra- Tal vez llueva. De los ojos, las lágrimas bajan a las mejillas de Sonia. Mejillas con el sólo color del invierno.

Una vieja escondida entre chales pasa gritando su mercancía. Si no fuera por los veinte pesos, Sonia llegaría a su casa y doña Rosario la oiría: doña Pichi vendía poco hoy, ha de ser por el frío. No me topé con nadie. Si hasta parece que va a llover. Calientito el pan, ¿no?

La última esquina, v la casa de barro cocido, con el gran jarrón y el Nerón ladrando desde su camello. ¡Pobre Nerón! Si está tan viejo que ya da pena verlo vivir. Doña Rosario sabe sin ver... ¡Es tan sabia! Otros dirán más lindas las cosas, pero de sus ojillos cansados, fijos, agudos, no hay quien se libre. A ver, ¡qué te pasó ahora, quieres decirme? Las piernas tiemblan, y la bolsa casi vacía se quiere escapar de las manos de Sonia. En el momento de la prueba siempre nos quedamos solos. Hasta Nerón le ladra, y por primera vez consigue ponerle miedo. Yo no sé, doña Sara dijo que faltaban veinte pesos... No le dicen nada. Esperarán... Ya bajará al pueblo su madre y entonces le contarán. ¡Te las estoy anotando! , le había dicho hace poquito la patrona. ¡Te las estoy anotando todas!

Sonia no podía determinar si su permanencia en ese sótano húmedo y poblado de ratones era un castigo referido a una culpa específica, o si constituía un destino, y a una condición de su existencia. Ella no podía, porque a sus pocos años le estaba velada la reflexión, y porque apenas se sentía existir a través de escuras sensaciones y callados sufrimientos. Pero ya al cuarto día de su encierro, la continuidad del hambre, del frío y la palpación que hacía de la suciedad en medio de las tinieblas que la envolvían haciendo de su rincón un punto aislado, le dieron el sentimiento de una condena definitiva y, sin saberlo, se preparó para morir. No había nada de extraño ni de indefinible en esa decisión que la dejaba allí, sin alarma por la debilidad que aún de quererlo le habría impedido incorporarse, gritar, abrir la pesada puerta con su alto picaporte, si hubiera podido arrastrarse hasta ella. No había nada de indefinible y la propia Sonia, pese a que sus cortos años le hubieran impedido formularlo, sabía que en ella estaba su oportunidad de vengarse. Iba, por una vez al menos, a ser plenamente, con existencia total, excluyente. Ella pudo pensar en doña Rosario, era mejor que hacerlo en los ratones que la circundaban, y seguramente lo hizo. Era mala, sin duda: ahora lo veía con claridad, pero muy poderosa. ¿Es que no tenía en su cajita de madera con dibujos de nácar, bajo siete llaves al fondo del ropero, otros, muchos otros veinte pesos? ¿Es que no salían de allí, como de una nube repleta, interminablemente los billetes y las monedas para el pan, para la carne, para las cuatro carretadas de leña del invierno, para las piezas nuevecitas del género de sus vestidos que parecían grandes jardines en penumbras? Y entonces, ¿por qué la había castigado por esos veinte pesos que se le perdieron donde doña Sara? Ándate a la pieza del fondo y no salgas hasta que yo te llame, le dijo, y ella bajó la cabeza, en sus ojos se avergonzaban algunas lágrimas de invierno, y con sus pasos desvalidos se fue, calladita, a obedecer. Pensó llevarse a la Mariana, pero si doña Rosario la encontraba con ella se enojaría, y hasta era capaz de dejarla sin su muñeca. No, mejor se quedara afuera la Mariana, sin ensuciarse en la ratonera. Además, no podía demorar mucho que la llamaran porque había que ir a comprar las cosas que siempre faltan para la comida. Iría la Matilde a decirle que ya podía salir, la miraría con desaprobación, no hagas rabiar a doña Rosarito, chiquilla, y le metería un pan con chicharrones entre las manos. ¿Qué se habrá hecho la Matilde? O, a lo mejor, no faltó nada para la comida...

Cuatro veces se hizo un horizonte bajo la puerta espesa, y cuatro veces se cerró ese horizonte sin que nadie viniera a llamarla. De vez en cuando le parecía oír pasos, voces, y suspendía la respiración. E! quinto día ya esos mismos ruidos de esperanza la empezaron a asustar. Temía los golpes con la varilla de membrillo, porque doña Rosario tendría que estar muy enojada para haberla castigado tanto. Nunca había sido tan largo el encierro; lo más, una noche y un día, para después salir con la cabeza gacha y escuchar el reto. Tenía que haberse portado muy mal para todo esto. Hasta quizás doña Rosario estuviera enferma, como siempre le decía que, con tantos malos ratos que le daba, un día de éstos la iba a matar. ¿Y si se hubiera muerto? Estaría tendida en la cama, con un crisantemo maduro en la boca y rodeada de los velones del altar, mientras el cura y el médico, y doña Sara y el notario, le cerraban los ojos a cada padrenuestro. Sonia se quedó quieta; en sus oídos lloraba la Mariana con el ruidito de trapo de sus entrañas. El horizonte se había cerrado hacía largo rato, y ni el hambre ni el frío, ya sólo los ratones saltando sobre su cuerpo, comiéndose los últimos movimientos del tedio.

Cuando la encontraron, después de buscarla por todas las piezas, debajo de las camas, adentro de los altos cofres olorosos a naftalina, en la acequia que pasaba por el corral y el gallinero; después de haberle contado al comisario lo inquieta que estaba la señora, la pusieron en una cama que no era su cama, una cama como nunca tuvo, y el médico firmó el certificado donde constaba que había sido por la epidemia de sarampión que hubo a la entrada de las lluvias, y te dio a la señora unas gotitas para el corazón, y salió diciendo a cuantos encontraba: ¡pobre doña Rosario, la afectó tanto la muerte de esa niña! Pero yo la dejé en la cama. Otro disgusto como éste y no respondo, doña Rosario, le dije, no respondo. Se metió al club, fue al almacén de doña Sara, se lo dijo al boticario y al cura, a la empleada de los Álvarez y a la de los Hinojosa que comadreaban a un costado de la plaza, y bajó por la calle maestra del pueblo repitiéndolo y certificándolo incansable, tenaz, doctoral y conmovida.


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