Llanto de viuda

Claves para un reconocimiento de chile

Rodrigo Quijada
Literatura Chilena, creación y crítica. N 16 Junio 1981

Ibamos por un corredor largo, de dos en dos, como en un safari.

Adelante, casi pegada a mí, la Marilú, deliciosa y rotunda.

Le decían la Brigitte Barrientos.

En un momento se volvió y me dijo:

- Aquí deberías quedarte, enano.

Yo me reí con una risa estúpida. Otros se rieron también, estúpidos igual. Seguíamos en eso de las risas, cuando desembocamos en una sala cochambrosa con bancas y una especie de mostrador. Había un tipo ahí, un tipo tan cochambroso como la sala, que vestía un traje de loquero y usaba una gorra sebosa de caspa.

No bien nos dispersamos un poco, la Marilú se pegó a mí. Sentí una de sus tetas casi en mi hombro. Era dura (la teta) y a mí me gustó.

- Ahora viene lo bueno, enano - me dijo. Se le movían las aletas de la nariz como si estuviera oliendo la fetidez que había ahí. Yo le dije:

- Te protegeré, si se puede.

El Profe se adelantó. Avanzó con un aire de dueño del mundo y le ordenó autoritario al casposo:

- Como de costumbre, José.

José, el casposo, movió la cabeza asintiendo. Repitió en un canturreo; "Como de costumbre, como de costumbre ". Después giró la cabeza hacia un agujero como ésos que hay en las cocinas de los restoranes y gritó:

¡ Dos esquizos y un paranón !

Canturreó de nuevo: "Como de costumbre, como de costumbre", mirando ahora al Profe con los ojos brillantes. Este se hizo el desentendido y se acercó a la Marilú y a mí. Como de milagro, la lela dejó de anunciarme su calor en el hombro.

- 'La esquizofrenia es de todos - dijo el Profe y exhibió los dientes. Aunque no le entendimos el chiste, exhibimos también los dientes. Adulones y lambiscones nos rodearon. Todos hacían comentarios y preguntas idiotas. Uno dijo: "Curiosa cosa ésta ". Pero nadie lo infló. Ni siquiera el Profe que, con disimulo, atisbaba a la Marilú y ésta a aquél. De pronto, una puerta se abrió en un extremo y salieron de allí cuatro fulanos: un enfermero muy gordo y tres desharrapados; estos últimos ciertamente los dos esquizos y el paranón. Estaban algo sucios y nos miraban con expresiones a lo Bronson, es decir, herméticas e imbéciles.

El Profe les dijo:

- ¡ Ea, ea, vamos a pasear al jardín ! La Marilú aprovechó para cuchichearme:

- ¿ Y cuál será el paranoico? Galíndez intervino:

- El que está afeitado - dijo.

Yo pensé que eso era una tontería. ¿Acaso los esquizos no se afeitan?

Más tarde, en el jardín. Al menos, era más limpio que lo demás, aunque flotaba siempre algo así como una nebulosa de mierda. El Profe les hacia preguntas capciosas a los esquizos. Luego, a gritos, nos ilustraba:

"Vean, vean, ahí tienen el autismo", o si no, "ojo, que ése es el pensamiento fragmentado ". Algunos se atrevían a hablarles a los fulanos. Les preguntaban:

"¿Y es buena la comida? ", "¿Cuándo piensan salir? " Cosas así". Hasta la Marilú intentaba desarrollar diálogos. Sin éxito. Especialmente los esquizos eran del todo indiferentes a sus delicias, Me empecé a aburrir.

Sin prisa, me aparté del grupo y fui por un senderillo hasta un grupo de árboles que tenían como frontera un letrero de "Zona Restringida". Me paré en ese punto atisbando más allá de los árboles por si vela algo interesante. Nada.

Noté que llevaba desabrochados los zapatos. Me encuclillé. Estaba operando ahí cuando vi una sombra y casi al mismo tiempo sentí el jadeo de una respiración cerca de mi nuca. Me volví". Estuve a un tris de cagarme de susto. Inclinado, en el mismo ángulo que yo hacia, estaba el paranón. Me miraba fijamente, con los ojos redondos bailándole en las órbitas. Traté de decir algo para no salir corriendo. Sin embargo, el paranón apoyó una de sus garras en mi cabeza y siseó:

-¿Tú también quieres saberlo?

Yo tosí y busqué la agujeta para librarme de la garra de uñas carcomidas. Fue inútil.

-Creo que yo dije al fin con un hilo de voz. El me soltó. Dijo:

- Es imposible. No se puede saber.

Yo me incorporé ya sin miedo porque el paranón, además de soltarme, había cambiado la expresión ansiosa por otra indefinible de búsqueda. Repitió:

- No se puede saber.

Me entró el animalejo de la curiosidad.

-¿Y qué es lo que no se puede saber? El soltó una carcajada hueca.

- Sabia que no lo sabias - dijo. Volvió a posar su garra, ahora en mi brazo. Confidencial, echó su rollo.

- En el mundo hay millones de moscas, ¿estamos?

- Sí- dije yo.

- Día con día nacen millones de moscas, ¿estamos?

- Sí- dije yo.

El paranón acercó su boca hasta mi rostro abrumándolo con una tufarada de aguas pantanosas.

- Pero Día con día mueren millones de moscas, ¿estamos?

- Si - dije yo.

La garra apretó mis esmirriados bíceps como una tenaza y el aliento pareció hacer una aureola de caca en torno mió.

- En consecuencia, debería haber millones de cadáveres de moscas, ¿estamos?

- ¿ Y dónde están, ah ? ¿ Dónde están esos malditos cadáveres ? Apretó y soltó.

Antes de que yo me echara a correr, él se alejó. A menos de tres metros, se detuvo y me miró de nuevo.

- ¿ Dónde mueren las moscas, ah ? Al regreso, en el autobús, la Marilú, que iba sentada junto a mi", preguntó despacito: " ¿Qué hablabas con el paranoico? ". Tenía la blusa entreabierta y una gota de sudor empezaba a formarse en el profundo valle de sus tetas. Me dieron ganas de ella. Pero insistió,

- ¡Enano! ¡Dime lo que hablabas con el paranón!

Se lo conté.

Por unos instantes se mostró pensativa. Dijo al cabo:

"¿Raro no?". Tocó a Galíndez en el hombro y le preguntó:

-Oye, ¿dónde mueren las moscas? Galíndez se encogió de hombros.

-Huevadas - dijo.

La Marilú me observó interrogante. Por salir del paso, le dije: "Quizás sean como los elefantes y tienen un cementerio". Ella hizo un mohín bardotesco, sabroso. Sin embargo, esta vez no me tentó. El mugroso paranón estaba en mi cabeza.

- ¿Dónde mueren las moscas, áh?


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