La «dicha sin quebranto» en Matilde Urrutia

LA «DICHA SIN QUEBRANTO» EN MATILDE URRUTIA

Robert Pring-Mill

Robert Pring-Mill es el más importante especialista inglés en la poesía nerudiana. Es profesor en
St. Catherine's College, Oxford, Inglaterra. Este trabajo fue leído en una ceremonia realizada en Santiago, Chile.

Araucaria de Chile. Nº 40, Madrid 1987.

Se me ha pedido que hable, durante un par de minutos, de Pablo y de Matilde en el aniversario de la muerte de ésta. Es un honor para mí, como extranjero, el poder hablarles así, en nombre de la multitud de amigos que tenían allende los mares, y de poder juntar así el testimonio de mi propia amistad (y del cariño que sentíamos todos los de mi familia para con Matilde y Pablo) al de Uds. aquí presentes. Entraron en mi vida cuando vinieron a Oxford, para que le pudiéramos otorgar a Pablo su doctorado Honoris causa, y su entrada en mi vida fue algo como un deslumbramiento: Pablo con su torrente de poesía, su copia de imágenes, su profunda humanidad, y Matilde con su sensibilidad, su ternura, y la belleza inenarrable de aquella sonrisa que le subía del corazón a los labios y la transformaba. Poder contarme, desde entonces, entre sus amigos fue una de las experiencias humanas más profundas de mi vida.

Hablé de un «deslumbramiento» y así fue: eran dos personas que fueron dos luceros en la vida, dos luceros en el firmamento de Chile. Si Pablo fue el sol, Matilde fue la luna. Y cuando se puso el sol, y Chile entró en una larga noche, siguió brillando la luna. Hasta que ella también nos dejara. Ausente el sol, la luna se deja ver más claramente, y durante esta tenebrosa noche se vio la luz y la fuerza de Matilde en su actuación por los derechos humanos, por los desaparecidos, por el pueblo. «Perfecto» distinguía, como otra chillaneja, lo negro del blanco; conoció, como todo su pueblo, dicha y quebranto, que fueron los materiales no sólo del canto de Violeta Parra sino también del canto de Pablo Neruda.

En esta ocasión, sin embargo, quisiera recordar un canto más personal: un poema basado enteramente en «dicha» -sin «quebranto»- rememorando lo que Pablo era para Matilde y Matilde para Pablo. No se trata de ninguno de Los Versos del Capitán, que todos conocemos, sino de un poema mucho menos conocido, pues viene de uno de los libros quizás menos leídos de Pablo: Las Uvas y el Viento. Hay en este libro, en las fotocopias de cuyos borradores estoy trabajando en estos días, dos ciclos de poemas que se refieren al idilio italiano de la pareja enamorada: «Nostalgias y regresos» y «La patria del racimo». Los borradores de este último están en la letra no de Pablo sino de Matilde, y fueron dictados (como consta en carta de Pablo) «directamente a mi Reina Patoja», en altamar, mientras viajaban en el «Giulio Cesare». Quisiera leerles el último de estos poemas, dictado el «4 de Agosto» del 52 en el «mar navegando hacia Brasil». Se llama «Te construí cantando», y recuérdense que fue dictado a Matilde Urrutia, que ahí lo fue escribiendo de su propio puño y letra:

Te construí cantando
Yo te creé, yo te inventé en Italia.
Estaba solo.
El mar entre las grietas
desataba violento
su seminal espuma.
Así se preparaba
la abrupta primavera.
Los gérmenes dormidos entreabrían
sus pezones mojados,
secreta sed y sangre
herían mi cabeza.
Yo de mar y de tierra
te construí cantando.
Necesité tu boca, el arco puro
de tu pequeño pie, tu cabellera
de cereal quemado.
Yo te llamé y viniste de la noche,
y a la luz entreabierta de la aurora
encontré que existías
y que de mí como del mar la espuma
tú naciste, pequeña diosa mía.
Fuiste primero un germen acostado
que esperaba
bajo la tierra oscura
el crecimiento de la primavera,
y yo dormido entonces
sentí que me tocabas
debajo de la tierra,
porque ibas a nacer, y yo te había
sembrado
dentro de mi existencia. Luego el tiempo
y el olvido vinieron
y yo olvidé que tú estabas conmigo
creciendo solitaria
dentro de mi, y de pronto
encontré que tu boca
se había levantado de la tierra
como una flor gigante.
Eras tú que existías.
Yo te había creado.
Mi corazón entonces
tembló reconociéndote
y quiso rechazarte.
Pero ya no pudimos
La tierra estaba llena
de racimos sagrados.
Mar y tierra en tus manos
estallaban
con los dones maduros.
Y así fue tu dulzura derramándose
en mi respiración y en mis sentidos
porque por mí fuiste creada
para que me ayudaras
a vivir la alegría
Y así, la tierra,
la flor y el fruto, fuiste,
así del mar venías
sumergida esperando
y te tendiste junto a mi en el sueño
del que no despertamos.

Ahora bien, la Matilde que Pablo fue «construyendo» en este poema -elevándola del mar como nueva Afrodita- va cobrando en sus versos una estatura mítica, pero por debajo del mito estaba la persona: la Matilde que todos los aquí presentes conocíamos y queríamos como persona. Esta Matilde no la «construyó» Pablo: fue mujer «de carne y hueso», antes de convertirse - junto con él- en símbolo. Recordémoslos juntos, y demos gracias por sus vidas que nos dieron tanto. Yo diría de ellos, y de la poesía de Pablo, lo que él dijo -de su partido- en un poema bien conocido: Los dos nos hicieron «ver la claridad del mundo y la posibilidad de la alegría». Sigamos siempre, pues, construyendo en su memoria «sobre la realidad como sobre una roca».


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03