Aníbal Ponce, medio siglo después

Aníbal Ponce, medio siglo después

Volodia Teitelboim

El presente texto fue leído por su autor el 18 de mayo de 1988, en la Sociedad Argentina de Escritores,
en Buenos Aires, en el acto de entrega del Premio Aníbal Ponce.

Araucaria de Chile. Nº 42, Madrid 1988.

Como soy un poco tardo, después de medio siglo me pongo a pensar: si hubiésemos sabido en el verano de 1937 que Aníbal Ponce viajaba en el ferrocarril transandino y atravesaba Chile para tomar en Valparaíso el barco que lo conduciría a México, habríamos tratado de encontrarlo, nosotros, los estudiantes de la época, para llevarlo al Salón de Honor de la Universidad a fin de que nos hablara. Porque reconocíamos en él a un guía espiritual. Como en Mariátegui, sobre cuya obra y trayectoria la Federación de Estudiantes convocaba a foros y discusiones que caldeaban el ambiente y en las cuales solía participar el poeta Vicente Huidobro. Pero no supimos nada de ese viaje, porque se hacía, de seguro, más o menos reservadamente, tras la expulsión de sus cátedras en Buenos Aires, en razón de «su conocida actuación ideológica». Nos perdimos esas conferencias, pero de haber sabido la noticia de su pasada nos hubiese consolado, tal vez, la idea de que el maestro era joven, tenía menos de cuarenta años, y ya lo escucharíamos de regreso.

Pero hace hoy exactamente medio siglo que su vida se apagó en México. Una muerte tan prematura y tan funesta para la cultura y el pensamiento revolucionario latinoamericano como la de otro muerto Precoz, José Carlos Mariátegui, fallecido a los treinta y cinco años.

De haber vivido la edad promedio, ignoramos cuál hubiera sido el volumen, la extensión de su obra ulterior, aunque no es un misterio su sentido y dirección. No tenemos duda que habría enriquecido el movimiento revolucionario latinoamericano, que mucho necesita del poder creador de la inteligencia y del alimento diario de la cultura.

A los círculos avanzados del magisterio y del estudiantado chilenos de aquella época habían llegado los ecos de las conferencias dictadas en 1934 por Aníbal Ponce en el Colegio Libre de Estudios Superiores, que tres años más tarde se editaron en libro bajo el título Educación y lucha de clases. Todavía recuerdo el impacto que me produjo asimismo la lectura de Humanismo burgués y Humanismo proletario, igualmente nacida de un curso dictado en las mismas aulas, en 1935. Para mí fueron obras resplandecientes. Con inesperado fulgor iluminaron toda una trastienda a oscuras de la historia. Fueron una fascinante invitación a profundizar en su secreto.

A través de Aníbal Ponce por primera vez se nos perfiló en toda su grandiosa ambigüedad la figura de Erasmo de Rotterdam. Corrían los días del cuarto centenario de su muerte. Hitler estaba en el poder. La palabra «humanismo» cobraba una nueva y terrible urgencia. Otra idea se nos hacía presente con angustia, porque era una alternativa de vida o muerte: el concepto controvertido de la paz. Erasmo de Rotterdam la volvió a la consideración de su tiempo con un opúsculo que escribió hace cuatrocientos años, el Elogio a la locura. Poniendo al desnudo su absurdo, la guerra aparecía como una suprema fatalidad de la historia.

Un escritor escoge sus temas y sus personajes, aunque sean del pasado, conforme a un interés contemporáneo, a una concepción del mundo, a una definición ideológica, a una visión moral y a ciertas afinidades individuales. Ponce fijó sus ojos en Erasmo porque el humanista, que alguien llamó después el Voltaire del 1500, en un momento determinado alentó lo que algunos estimaron en él una obsesión: la condena a todas las formas de guerra, las grandes y las chicas, la execración de las armas, en una Europa entonces ensangrentada por conflagraciones fratricidas y exteriores. Era una orgullosa civilización que no vacilaba en proyectar la masacre a millones de habitantes aborígenes de un nuevo continente recién descubierto al otro lado del océano. Erasmo hace el alegato por la paz universal, describe el horror de los conflictos bélicos y lo hace con un sarcasmo que golpea como martillo.

Erasmo vivió en el otoño de una época. El suyo, al decir de Huizinga, es el otoño de la Edad Media. Como su analista Aníbal Ponce, como todos nosotros, la nuestra es una tormentosa estación de tránsito hacia un tiempo nuevo, hacia un tercer milenio, donde asomen esplendores de primavera, pero se sufren tercos rigores de invierno.

En la frontera de las épocas suele plantearse con más agudeza el problema de la naturaleza de las guerras. Durante los días de Erasmo se difunden las armas de fuego y los ejércitos de masas, formados a menudo por mercenarios. Hoy día su gravedad se lleva a la enésima potencia porque el efecto del poder aniquilador podría desembocar en el apocalipsis nuclear. Erasmo en La confesión del soldado pinta el reino lóbrego de las cenizas, las aldeas en llamas, los labradores masacrados, las vírgenes violentadas, la carestía en las ciudades, la justicia sepultada, la libertad suprimida. Uno construye las ciudades; el otro las destruye. Uno crea la riqueza; el otro la dilapida. «Yo no exhorto... imploro: busquen la paz». Pide, conmina que se entiendan en torno a ella los que están divididos por sus concepciones sobre la tierra y el cielo. Esta idea fue también la de Tomás Moro y del cardenal Nicolo Da Cusa, que en su ensayo La paz de la fe habla del diálogo entre el hebreo y el griego, el cristiano y el árabe, el escita y el tártaro, el armenio y el persa.

Si Aníbal Ponce tomó en aquel entonces tan a pecho el asunto de la paz como tema crucial de su preocupación fue porque el riesgo era inminente. El fascismo, un régimen que hacía de la guerra el medio para dominar el mundo, estaba preparando ya la segunda conflagración mundial.

Cincuenta años después de su muerte deberá producirse un hecho que hace algún tiempo hubiese parecido inverosímil y para muchos delirante quimera. El presidente norteamericano más conservador del último medio siglo vuelve a encontrarse con el máximo representante del socialismo, de la paz, la perestroika y el glasnost, ahora en Moscú, la ciudad adonde Ponce llegó cincuenta y tres años antes, como lo decía a su hermana Clarita, «con emoción y alegría».

Se cumple en cierta forma aquella previsión anotada por Ponce en El viento en el mundo, cuando recordaba que un lector de Byron, también poeta, el de los Premios, un contradictorio Alfred Nobel, fabricante de explosivos, augura, tal vez como un descargo de conciencia: «El día en que dos ejércitos posean armas tan mortíferas que estén en condiciones de destruirse en menos de un minuto, las naciones civilizadas retrocederán de espanto». Aníbal Ponce murió siete años antes de que se lanzaran bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. Tenía la ancha visión precursora. Estaría hoy entre los que creen que se da un paso por el buen camino con la eliminación de los misiles de alcance medio y corto, pero que es necesario asegurar un mundo sin armas a fines de nuestro siglo. Gorbachov recalca la idea de que por primera vez el hombre, que se sabe mortal, pero que hasta ayer creyó que la humanidad era inmortal, corre el albur de ver derrumbarse esta ultima certidumbre si se comete el suicidio termonuclear. Como vemos, las ideas vuelven a retomarse y cobran cada día una vigencia más estremecedora. La zozobra de Erasmo, que fue también la de Ponce y la de Gabriela Mistral, defensora pública de la paz, «palabra maldita», se torna en una causa cada día más imprescindible y multitudinaria.

Dichas conferencias de Ponce, su vivida y contrastada evocación de Erasmo, tuvieron en aquella fecha lejana para un muchacho recién llegado de provincia a la capital, la fuerza de un impulso que lo arrastraba a audacias indudablemente superiores a sus fuerzas. Un día, cuando cursaba los primeros años de Derecho, en un cuaderno de composición escolar, manuscribimos una ambiciosa disertación sobre el tema, que, en el fondo, era un alegato antifascista primerizo, una precipitada perorata antibélica, tal vez un ingenuo llamado a que los estudiantes asumiéramos nuestros deberes frente a la gran amenaza. Teníamos diecisiete años. En esa velada vespertina advertí que el más conspicuo asistente era un desgarbado sujeto de casi dos metros, con un físico parecido al de Miguel Ángel Firpo, que había nacido en un barrio obrero de Buenos Aires, conceptuado uno de los más grandes narradores chilenos, Manuel Rojas.

Decidimos seguir la pista a Aníbal Ponce. Leyendo su obra nos topamos, entre muchos nombres, con el del más opulento banquero de la época, Jacobo Fugger. Alguien que eche una ojeada a un libro mío de juventud, El amanecer del Capitalismo y la conquista de América, descubrirá de algún modo la huella de Aníbal Ponce. Allí está el aludido Fugger. Fue un indicio que nos permitió más tarde conocer el episodio, en apariencia sorprendente, en que este banquero de Carlos V recibiera del monarca entonces más poderoso, en pago parcial por los préstamos que le hiciera para comprar la corona del imperio alemán, las tierras incógnitas que se extendían al sur del Perú, que acababan de conquistar Pizarro y Almagro. Así nos percatamos que un Chile, aún innominado y todavía no conquistado, se transfería a los más ricos prestamistas del orbe, quienes, finalmente, desistieron de la empresa por no considerarla negocio rentable y garantizado. Con la punta del ovillo hallado en la obra de Ponce fuimos moviéndonos en un laberinto de causas, intereses, ambiciones y codicias que nos mostraron cómo este continente fue descubierto hace cerca de medio milenio por navegantes de unos barcos a vela que movía el motor del dinero del capitalismo naciente. Necesitaba éste el mundo como escenario de su acumulación primitiva. Buscando el oro de las Indias se las apropió a sangre y fuego. Por aquellos años de nuestras mocedades, en su Hitler me dijo, de Rauschning, leímos que el Führer invocaba el derecho a recuperar en América las posesiones de los banqueros alemanes Fugger y Welser. En este capítulo Aníbal Ponce nos vinculaba al mundo de hoy hablándonos del ayer.

Hora de precursores

Nos atraían los grandes ejemplos, las voces insignes, los héroes de esta América conforme al modelo de Martí. Poco antes había muerto en emboscada el General de los Hombres Libres. En hora temprana Sandino fue señalado por nuestra Gabriela Mistral como el hombre representativo del lacerado subcontinente. La chilena convocó a la juventud al sur del Bravo a alistarse en la legión dispuesta a dar su sangre por la independencia de Nicaragua, signo de la libertad de América Latina.

En ese año de la muerte de Aníbal Ponce, un mes antes, había fallecido otro revolucionario latinoamericano entrañable. Era un hombre desgarrado hasta el tuétano, que siente al infinito el dolor de España asaltada por el fascismo. Al peruano César Vallejo el tiempo lo agiganta. Es poeta fuerte, originalísimo, a la cabeza de la vanguardia histórica. Es tiempo del surgimiento de unos cuantos adelantados, cuya influencia sigue adentrándose. Si su compatriota, camarada y auspiciador José Carlos Mariátegui lo publica y lo destaca en las páginas de «Amauta», Los Heraldos Negros y Trilce son en poesía algo tan trascendente como Residencia en la tierra nerudiana, y en el plano ideológico cultural como Siete Ensayos de Interpretación de la realidad peruana, Educación y lucha de clases. Humanismo burgués y Humanismo proletario. Nos hablan de una galería de colosos muy disímiles, pero unidos por un vínculo común. El poeta Vallejo declara haber nacido «un día que Dios estuvo enfermo, grave». Rafael Alberti lo considera «el primer gran poeta comunista de lengua hispana. Sabía mucho marxismo -agrega- y en Madrid fue el maestro de algunos jóvenes poetas. Tenía un gran amor al pueblo español y escribió esa obra genial, que es España, aparta de mí este cáliz». Este hombre tuvo la premonición de su muerte. Vaticinó: «Moriré en París con aguacero, un día del cual tengo ya el recuerdo». La realidad no desdijo su profecía. Falleció en Viernes Santo, el 15 de abril de 1938, un mes antes de Aníbal Ponce.

Fueron ambos hombres ejes que comprometieron sus vidas incondicionalmente. Se sumaron a los que quieren cambiar la relación humana, al precio de la entrega radical, del sacudimiento de las conciencias. Fueron discípulos de lo nuevo y también del oficio repetido, pero siempre necesario de ser hombres, para quienes no están hechos los renunciamientos, el oportunismo ni los fines triviales. Son seres angustiados porque profesan una alta moral. Ya en esto Ponce continuó en otro plano y hora, a José Ingenieros. Ambos viajaron por separado a la misma tierra de sus sueños y escribieron sobre ella, a sabiendas que la vida de un revolucionario siempre es dramática, «el dolor nos agarra, hermanos / hombres, / por detrás, de perfil».

Para inexpertos aspirantes a poetas, otra atracción magnética nos seducía en el argentino: el pensador que era también el artista. Poseía una trabajada y soberana condición de escritor. Tenía el don del estilo, sin dejadez, infatigable en la búsqueda de la perfección. El autor revolucionario, que ocupaba una primera fila entre los hombres que anhelaban contribuir a la liberación política, económica, intelectual, o sea, total de América Latina, transmitía su ceñido mensaje con el más estético decoro.

Entre los ensayistas latinoamericanos Ponce es de los que escribe con sobrios destellos y garantiza a su lector una simultánea lección de cernida profundidad y hermosura. Su castellano no es nunca precipitado. Despide la serenidad del que controla sus penas, mejor que ese Vallejo, el cual de súbito comunica una noticia trágica: «Murió mi eternidad y estoy velándola».

Entendemos que Ponce nunca fue un insensible. No contempla al mundo con gesto olímpico, sino con un sentido de conciencia de la necesidad del que nunca se coloca al margen de la tormenta, ni tampoco pasa distraído haciendo la vista gorda frente a los demonios internos y externos del hombre.

Aboga por los desventurados. Aníbal Ponce lo hace con un lenguaje que es hoy clásico, Vallejo asume la misma causa con el idioma del dolor y del descarnado respeto profundo al sufrimiento causado por una sociedad cruel. Su sentimiento linda con la idea de lo sagrado:

«Amado sea el que vela el cadáver de un pan con dos cerillas». Estos hombres quieren tocar la verdad, volver el enigma evidencia, descifrar y revelar las razones de la injusticia en nuestro tiempo e intentar la solución real.

Personas así niegan la negación del hombre para afirmarlo. Pasan del polo negativo, de la desintegración y la desesperanza, de la desolación pasiva, al polo positivo, en que el padecimiento se transforma en energía para asumir su responsabilidad ante el mundo.

Aníbal Ponce insurgió contra la expoliación, el caos y el desorden, que son cada día peores, sobre todo en nuestro medio latinoamericano. Como su casi contemporáneo peruano de vida y muerte lo recuerda, «el dolor crece en el mundo a cada rato, crece a treinta minutos por segundo, paso a paso».

Hombres así no están hablando sólo de sí mismos. El martirio traspasa los límites. Los tiranos con la espada y las oligarquías con el hambre quieren hacer caer de rodillas a los pueblos. Los combatientes quieren terminar con «el pan crucificado», superar la queja, el improperio inútil. El poeta aconseja: el único modo de desterrar el dolor del mundo es actuar. Porque «hay, hermanos, muchísimo que hacer», insiste Vallejo. Por eso titula un poema en prosa «Voy a hablar de la esperanza».

Preocupó a Ponce, buen lector de Marx, la «alienación del hombre», que, como decía el fundador, sólo se podrá suprimir eliminando la alienación misma y las causas que la generan.

Aníbal Ponce fue camino hacia el porvenir, evolución ideológica, maduración reflexiva, lector y escritor copioso en hallazgos. Avanzó por una senda que las generaciones nuevas tendrían que recorrer haciendo un trayecto a menudo imprevisible, plagado de retrocesos, marcado por falsas señalizaciones de carretera. Sin embargo, el viento en el mundo no ha cambiado de rumbo. Los deberes de la razón y la cultura, ensanchados y ahondados, más complejos que nunca, continúan siendo los que apuntó el pensador argentino.

Todo libro que ha hecho época, todo hombre que dejó por herencia páginas memorables, tiene que ser leído dialécticamente, ubicándolo dentro de su tiempo y circunstancias, distinguiendo entre lo efímero y lo permanente, extrayendo del fondo de su mensaje lo que

mantiene vigencia.

Un exiliado se complacerá por añadidura en señalar en Ponce su apertura a la cultura universal. Se sostiene que es Buenos Aires la ciudad latinoamericana más abierta y permeable a la información europea. Y a la vez se considera al argentino un entusiasta de lo suyo. Sería una afortunada amalgama. El hombre expulsado de sus cátedras que tiene que buscar -como decenas de miles de sus compatriotas, especialmente intelectuales, en las décadas siguientes- el trabajo y el pan en el destierro, alcanzó a columbrar antes de su viaje por la mala ruta de Morelia a Ciudad de México nuestra entrañable interdependencia latinoamericana. En ello valorizaba el cimiento que da la cultura del mundo sin coincidir con el exceso de la «frase célebre» de Jorge Luis Borges, bibliotecario del universo, que se calificó a sí mismo y consideró a sus compatriotas «europeos en exilio».

Si Ponce hubiese vivido medio año más habría alcanzado a conocer el triunfo del Frente Popular en Chile. Falleció un año antes del estallido de la II Guerra, respecto de la cual advirtió con argumentados alertas.

No llegó a la edad que le permitiera el goce de comprobar, con el acontecimiento cardinal de la gesta cubana, que la Revolución no es un sueño ni un accidente en América. Ponce, como todos los luchadores que dejaron escrito su signo y su mensaje, no se encuentra sujeto a prescripción de largo tiempo. Está presente en cualquier hora nueva. No es ajeno, en la línea larga y profunda a los gérmenes de la epopeya sandinista. A la trayectoria de un muchacho nacido hace setenta años en su tierra que bien hubiera podido ser su alumno y se convirtió en maestro de las juventudes latinoamericanas, el Che Guevara. Se hubiera sentido realizado en la obra y el pensamiento, en la personalidad titánica de Fidel, la más alta expresión de la teoría viva, de la práctica revolucionaria en el continente.

A todos nosotros, a los sobrevivientes de aquella época, a los nuevos portadores de la antorcha, a los pueblos dispuestos a liberarse, nos ha correspondido vivir un medio siglo en que hay que rendir examen todos los días y enfrentar desafíos que no dan un minuto de tregua.

La de Ponce, para emplear una expresión que él recordó, fue «palabra pública», por excelencia. Pertenecía al contratipo de ese escritor al cual filósofos griegos atribuían, como al orador y al político, la tarea de «apaciguar al populacho amotinado». Discrepaba de Platón en cuanto veía en la muchedumbre «una especie de monstruo feroz». En América Latina los «monstruos feroces» son otros. Son los fabricantes de desaparecidos, los que reclaman a cada vuelta de esquina el poder y saquean la economía como un botín de guerra.

Como a su pueblo, a él le tocó vivir y sufrir este drama en carne propia. Argentina empezó a padecerlos en tono desdichado mayor y en términos cíclicos a partir de 1930. Sobrevino la hora del «hombre prisionero», algo más que el título preciso de un libro testimonial que un joven encarcelado, que luego sería biógrafo y compilador de Aníbal Ponce, Héctor Agosti, me enviara en los años en que ambos comenzábamos nuestra tarea, teniendo como un ejemplo al autor de El viento en el mundo.

Décadas después Roberto Fernández Retamar reiteraría un cambio de papeles en ciertos personajes shakesperianos de La Tempestad. A diferencia de Rodó, no pondría en el centro a Ariel, encarnación del espíritu y la gracia, genio del aire, sino al feo Calibán, representante de la masa sufrida, el que trabaja con sus manos, el hombre de la tierra. Ya antes Aníbal Ponce lo había señalado en su inolvidable ensayo Ariel o la agonía de una obstinada ilusión, directamente entroncado con la idea de la segunda independencia de nuestra América de la coyunda imperial y con los deberes de la inteligencia.

En el país donde vivo mi exilio escucho hoy voces semejantes. La revolución es una obra del pueblo y del espíritu de avanzada. Es la creación conjunta de los trabajadores manuales e intelectuales.

No incurriré en el desatino de decir a los argentinos nada nuevo sobre su Aníbal Ponce, que de alguna manera pertenece también a la cultura revolucionaria latinoamericana. Constatamos una vez más, porque es un escándalo que debe ser denunciado en alta voz, que en nuestro continente, el mutismo organizado sobre grandes nombres del pensamiento ha hecho su labor de zapa para que su obra y su magisterio no sean el patrimonio de todos ni ocupen el campo extenso del conocimiento que corresponde a la magnitud de su talento y a la importancia de su aporte. En este orden ojalá nos concertáramos para intentar algo a nivel de continente.

«Amigos de Aníbal Ponce» mantienen encendido el fuego de su memoria con una labor que no sólo es fidelidad a la justicia histórica, sino también siembra para una cosecha futura que le reconozca el influjo latinoamericano debido a su grandeza.

Un premio para el pueblo chileno

El Premio Aníbal Ponce ha sido concedido a argentinos eminentes, en reconocimiento a una línea de vida intelectual, moral y civil que autoriza a los agraciados a mirar con la frente alta a sus contemporáneos.

Hasta ahora sólo en un caso el Premio fue otorgado a un no argentino, a un escritor del otro lado del río, a un maestro por muchos títulos, Jesualdo el uruguayo. Lo merecía por todo. Porque cumplió hasta el fin con las tareas de la conciencia como «levadura indispensable de la Revolución». Mayor valor moral tiene tal actitud y conducta en un continente donde, por lo general, ser un revolucionario no es motivo de laureles, sino de muerte, carcelazos, exilios, discriminaciones, listas negras, condenas al hambre y a la mil veces mentada, pero brutalmente efectiva, «conspiración del silencio». Jesualdo fue objeto del honor ponciano por valores propios, intrínsecos y abundantes. Recayó también sobre su frente ese signo luminoso en un momento deliberadamente preciso en que las tinieblas se cernían sobre su patria, aherrojada por la dictadura castrense. Aníbal Ponce, que en 1933 había participado en Montevideo, inaugurando el Congreso Latinoamericano contra la Guerra Imperialista, en su carácter de Presidente de la comisión organizadora, cruzaba de nuevo el río de la Plata para decir con este gesto al pueblo uruguayo que los argentinos eran solidarios.

En el caso de esta noche es también un secreto público -(lo ha dicho Raúl Larra en su generosa intervención)- que al otorgarse en 1988 el Premio Aníbal Ponce se quiere expresar toda la simpatía que merece no sólo al jurado que lo discernió, sino al pueblo argentino, la causa de la democracia y de la libertad en Chile. Soy, por cierto, el primero en entenderlo así. Es una expresión más entre las muchas manifestaciones de apoyo recibido en este país, por esa grande, porfiada e invencible muchedumbre compuesta por los combatientes contra el fascismo al otro lado del monte.

Estamos unidos por la vecindad y la historia, por los infortunios del pasado, por ideales comunes y esperanzas sin desmayo. Tenemos innumerables vínculos contraídos antes y después de la epopeya del ejército de los libertadores cruzando los Andes, muchos más de los que se enseñan en la escuela. Los indómitos araucanos nos vinieron de este lado de las cumbres; el tráfico de capitanías con límites cambiantes, la imagen del joven Sarmiento atravesando también la cordillera para escribir en la mole granítica un lema que se hizo clásico, aunque se volvió cita de almanaque y aún no termina de aprenderse: «Bárbaros, las ideas no se degüellan». El dato transmitido por el autor de Facundo a Alberdi, no escapó al ojo penetrante de Aníbal Ponce: «En Copiapó -le explica el sanjuanino- se pagan 14 pesos al barretero rudo y 50 pesos al barretero inglés».

Si Aníbal Ponce no pudo dar en Chile la conferencia que me hubiera gustado oír cuando él viajó silenciosamente a México, algunas escuché, en cambio, a su fiel Agosti. No olvido que durante años compartimos la sala de redacción de El Siglo, recién fundado, con un poeta argentino que escribía en mi presencia su «Himno de pólvora» y luego redactaba a velocidad supersónica sus diarias columnas «De Sol a Sol» y el «Diablo Cojuelo». Raúl González Tuñón volvió de España en guerra, junto con Neruda, precisamente en el año de la muerte de Aníbal Ponce. Allí se quedó a trabajar con nosotros por un largo tiempo. Aprendimos mucho de él. En ciertas temporadas solía venir a visitarlo Roberto Arlt. Los tres juntos visitábamos la cárcel de Santiago para ver presos políticos. Me conmovía como hombre y como escritor ese acongojado autor de Los siete locos. El juguete rabioso, y tantas otras obras.

Tanta hermandad retornó en día posterior a Santiago, personificada en un gigante del cuerpo y del alma, un hombronazo delicado, de sorprendidos ojos azules. Venía a decir sí al Chile de Allende y a saludar, de paso, la aparición en los suburbios de un pequeño barrio fantástico, una agrupación de casas improvisadas de la noche a la mañana, recién florecidas en la frente coronada de espina de los extramuros. A esa población precaria, edificada a cuartas, los moradores le dieron por óleo y crisma una denominación anticonvencional: Pablo Neruda. La mirada atónita de Julio Cortázar fue leyendo, en toscos rótulos, con pintura todavía fresca, los nombres de las calles apenas trazadas: «Tentativa del Hombre Infinito», «El Habitante y la Esperanza», «Tercera Residencia», «Canto General», «Arte de Pájaros», «Una casa en la arena«, «La espada encendida». El padre de Rayuela quedó estupefacto viendo cómo manaba esa agua pura del pozo ancestral del pueblo, cómo subía de la raíz de la gran pobreza. Sintió nacer, estallar un manantial capaz de empinarse y de hacer de la vida un acto fundador y de la poesía una pila bautismal. Le parecía tal vez como una página no escrita de su obra.

El noble Cortázar se daba entero a los empeños más dignos. Era un gran bueno sin fronteras. ¡Cómo se entregó a la causa de Nicaragua libre! Con nuestro pueblo fue un solidario absoluto. Viajó a distintas ciudades del mapa -México, Thorun- para decir su opinión antidictatorial sin eufemismos. Escribió con total desprendimiento, con la mejor y la más sonriente voluntad en Araucaria de Chile. No se me desvanecerá su estatura, su tan elevada imagen, su gesto de niño grande, su expresión inefable de la última vez que lo vi, rememorando a su amigo Pablo en la sede de la Unesco. ¡Qué hombre, qué escritorazo, qué argentino límpido, qué amor por la vida, por la palabra insinuante, misteriosa y justa a la vez, por la gente que la pronuncia y la hace verdad en la práctica; qué pasión por la belleza y por la libertad!

Tantos lazos nos unen a través de las distancias de la pampa y por encima de los Andes. Pero no es una de las montañas altas del mundo la que nos ha separado más. Son esas dictaduras de ambos lados que se intercambian muertos. Los 119 desaparecidos que, según los esbirros de Pinochet, murieron en tierra argentina a causa de supuestos enfrentamientos intestinos hablan, como un hecho entre mil, de la complicidad de los déspotas.

Este acto de los Amigos de Aníbal Ponce, celebrado en la Sociedad Argentina de Escritores, nos confirma la indivisible comunidad de destinos de dos pueblos fraternos, de dos culturas contiguas, de un solo sueño, de justicia y de verdad, ése que se sigue soñando como un recado al mañana en las páginas del hombre que hace cincuenta años partió sin decirnos adiós, pero nos continúa señalando la perspectiva del tiempo como un horizonte que nunca se agota.

Desde la otra ladera han venido algunos chilenos para convivir el episodio solidario. Al fin de cuentas, este acto es un abrazo para todos los que en nuestra patria se están jugando la vida contra el fascismo, que ahora pretende seguir eternizándose en el poder a través de un simulacro de plebiscito. La nación casi entera reclama democracia. Pero la fractura opositora bloquea todavía la conquista de la anhelada libertad. Un sector se prepara para incorporarse al sistema y otro brega todos los días para terminar con el dictador y la dictadura, única forma de evitar los nuevos asaltos del tigre y las reincidencias de la tragedia. El pueblo no quiere más golpes de Estado, no quiere más muertes, no quiere más seres humanos esfumados en la operación «noche y niebla». El pueblo no quiere venganza pero exige justicia. No acepta el olvido porque si se borra el pasado se está irremisiblemente condenado a repetirlo. Para esos valientes no hay día sin batalla. Están en la brecha la mujer, el hombre. Actúan el obrero, el campesino, el poblador. Lucha el estudiante y el académico, el profesional, el intelectual.

Se encuentran, coinciden en la demanda los vivos y los muertos que permanecen. Pablo Neruda anda por la calle, no sólo en sus días aniversarios del nacer y morir. Su herencia es una bandera que se despliega, como la de Recabarren, como la de Allende, en cualquier momento y en todas partes. A pesar del rescripto de la Junta decretando el «apagón cultural», el pueblo y sus artistas se lo pasan encendiendo luces en medio de la noche larga. En julio se desarrollará en nuestra patria una gran ofensiva del espíritu, con participación de figuras de la cultura mundial, en torno al emblema de la libertad y al común denominador Neruda, bajo el lema «Chile Crea». Porque así es. De eso se trata. De crear una vida nueva.

Medio siglo después de su desaparición física nos ayuda en la batalla uno de los intelectuales más irradiantes de nuestra América. El nombre de Aníbal Ponce señala el deber de la inteligencia, que no practica la soledad, sino que hace de la cultura obligación social, algo tan común como el pan cotidiano. Ella ha de ser elemento básico de un esfuerzo secular que libere a nuestra América de todas las servidumbres y convierta el humanismo en hecho real y concreto, garantía para nuestros países que nunca jamás volverán a desatarse las orgías de la muerte y a erigirse el crimen en primera razón de Estado.

Gracias, Amigos de Aníbal Ponce, argentinos solidarios, por este acto sin olvido, por esa distinción destinada a honrar el sacrificio y el coraje de un pueblo que, al otro lado de las nieves eternas, no está a la espera, sino impulsando la salida del sol y de la libertad por encima de la enorme, difícil cordillera.


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