Poesía en Concepción

POESÍA EN CONCEPCIÓN

Carlos Decap; Tomás Harris; Edgardo Jiménez; Juan Pablo Riveros

Araucaria de Chile. Nº 29. Madrid 1984

En medio de una desoladora soledad (y todas las redundancias están permitidas), grupos fervorosos se reúnen y hablan de poesía, trabajan la poesía, estudian, escuchan poesía. Todo lugar es bueno, cualquier espacio donde quepan diez o cien personas. En este ámbito limitado, pero tremendamente poderoso, estremecido, casi alucinado, todo acto poético es un acontecimiento. No nos engañemos. En la pavorosa intemperie.

Hoy saludamos a cuatro poetas, verdaderos poetas de/en Concepción. Podrían ser diez. Más podrían ser. Ellos, Decap, Harris, Jiménez, Riveros, desde la hondura de un trabajo literario de sólidas raíces, ponen en su voz los elementos que hoy son presente y un día historia serán. El espacio íntimo y extendido de sus sabores y sus obsesiones.

No nos engañemos: la poesía no se arredra.

Omar Lara


CARLOS DECAP

Carlos Decap. N. 1958, Mulchén. Estudios de español en la Universidad de Concepción. Co-editor de la revista Posdata. Inéditos: Asunto de ojos y una Antología de la poesía social chilena viva.

bajo un mismo cielo

1

aquí bajo un mismo cielo
la vida parece haberse detenido hace mucho tiempo.
las mismas lavanderas lavan las mismas ropas
en los colectivos de siempre.
bajo un mismo cielo en blanco y negro
los niños juegan a ser los hombres que son
bajo ese mismo cielo en blanco y negro.
aquí nada nuevo anuncia ese sol
que se cuartea los cuerpos de la mujeres:
sólo dice que es hora de colgar, otra vez, los sueños de siempre.

2
estamos rodeados de fantasmas
que nos hablan bajo desde abajo
para recordarnos lo que ya no vemos:
los recuerdos colectivos escondidos
bajo un mismo cielo.

3
el mundo -tu mundo-
se desmorona imperceptiblemente
bajo nuestros pies cansados de andar
y desandar este polvorín lotino en busca
de alguna seña que diga que todavía la vida
que todavía esperanza que todavía mañana.

la casa del horror

ahí se llega sin saber cómo
y con los ojos tapados por el dolor.

espejismo

yo estaba sentado ahí en la ribera del biobio
cuando los vi pasar como si nada
delante de mis propios ojos.
aunque había neblina
se veían como veleros
los cuerpos por el río.

El pronóstico del tiempo

Encendió la radio para escuchar el pronóstico del tiempo.
Doña Inés le dijo que sí, que saliera con su paraguas nuevo
y su impermeable blanco y, de pasada, que tuviera cuidado
en las esquinas porque podría encontrarse de sopetón con la muerte.

Para todo espectador

Las cortinas se abren
Columbia Picture Corporations Presents
Y nuestra propia película por segundos
Es un ojo oscuro mirando de reojo
A nuestras vecinas de fila
Las cortinas se cierran
Y por de pronto tropezamos
Con la vida.

Conde de Lautréamont

Escucho Angie de los Rolling Stones
con cierto dejo de tristeza.
Tenía razón el Conde de Lautréamont
al decir que la poesía personal
había pasado de moda.

el golpe de gracia

la noche puede durar y durará todavía
el alba es oficio de sobrevivientes
tendrán que volar más plumas de este país
para que el sol sea una cuestión de todos.
por mientras seguiremos reptando en la
oscuridad a la espera del momento adecuado
para dar el golpe de gracia.

TOMAS HARRIS

Tomás Harris. N. 1956, La Serena. Estudios de español en la Universidad de Concepción. Co-editor de la revista Posdata. Próximamente Ediciones LAR publicará su libro Zona de peligro.

12 P. M.

La violencia, dice Bataille, es silenciosa.
Cuando nada parece alterar nuestros inmutables cuerpos.
La violencia, dice Bataille, es silenciosa.
Si esta noche descerrajaran las puertas de nuestras casas
serian nuestros cuerpos, entre el silencio de los objetos,
los primeros objetos del silencio.
La violencia, dice Bataille, es silenciosa.
Hagan la prueba de esperar el transcurso de un minuto,
en silencio,
segundo a segundo,
como en la Hora del Lobo.
Un minuto entero de todas las horas de la noche.
La violencia, dice Bataille, es silenciosa.
Hagan la prueba de desempañar los vidrios de la ventana.

Apocalipsis Now

El actor que representa la comedia de la muerte,
aparentemente bajo los efectos de la droga,
aspecto que ha quedado más allá de la percepción del
espectador,
ahora, frente a la superficie como de laguna urbana de un
espejo,
al comenzar el solitario rito del castigo como una masturbación,
tensa los músculos del abdomen,
dobla la cintura sobre los calzoncillos verdes,
(mañana partirá a Camboya)
se rasga el pecho con un vidrio u otro objeto cortante.
(abrelatas, navaja, tapa de conservas)
y la sangre se refleja en la superficie como de laguna urbana
del espejo del ropero del hotel, lejos,
en el Oriente,
el actor que representa la comedia de la muerte
distiende los dedos, acelera las pulsaciones de su carótida,
tose, hipa, eructa, solloza, sobre todo, solloza,
el actor que representa la comedia de la muerte,
en un hotel del Oriente,
suda, sangra,
por las persianas entreabiertas cae a tajos la luz del sol
naranja
del fin de la tarde.

El actor que representa la comedia de la muerte
desciende ahora las escaleras desmoronadas del Hotel King.
Está oscuro. El silencio del pasadizo se puebla
de los rumores de la intemperie: gemidos, sirenas, grillos;
el actor que representa la comedia de la muerte
se dobla atravesado del dolor de los ecos de la calle,
de los reflejos en rojo vivo de la noche:
el actor que representa la comedia de la muerte
desciende las escaleras desmoronadas del Hotel King
inventando cada paso: se orienta por los autos, la lluvia, la sensación del viento:
el actor que representa la comedia de la muerte
desciende incorpóreo, trémulo, inexacto: ya no cruje el fuego
por las calles de Concepción,
ya nadie grita por las calles de Concepción,
las calles de Concepción son ahora un desierto rojo.

El actor que representa la comedia de la muerte es un cuerpo en fuga:
floraciones de rojo vivo empapan el pasamanos de la escalera,
los vértices humedecidos, las toscas desprendidas de los
peldaños: como si el pasadizo sangrara,
como si la humedad hiciera orgánica la construcción.
El actor que representa la comedia de la muerte
es un cuerpo en fuga:
ya no cruje el fuego, ya nadie grita en las calles.
La calle late como un rescoldo, pero son las luces de los
semáforos, el neón rojo del Tropicana.
El actor que representa la comedia de la muerte
es un cuerpo en fuga.
Son las 12 p.m.

El actor que representa la comedia de la muerte
tiembla de imaginación bajo el dintel quemado del Hotel King
La lluvia desenfoca el cuerpo del actor que representa la
comedia de la muerte.
Las gotas de lluvia se adhieren a la lente oculta
haciendo irreal la imagen
del actor que representa la comedia de la muerte.
La calle vacía es un desierto rojo.

El actor que representa la comedia de la muerte
remonta las aguas de un río mítico infectado de simios y miradas,
el actor que representa la comedia de la muerte,
los Rolling Stones y la muerte,
se oculta en los zaguanes, cruza jadeando baldíos,
se pierde entre los transeúntes,
el actor que representa la comedia de la muerte
remonta las calles de una ciudad gris y en Estado de Sitio,
es un cuerpo móvil,
el actor que representa la comedia de la muerte
remonta las aguas de un río mítico iluminadas de postes y reflejos.

El actor que representa la comedia de la muerte no se traga la papa de la otra vida:
tose, hipa, eructa, solloza, sobre todo, solloza,
el actor que representa la comedia de la muerte
se le infla el cuerpo, revienta, le chorrea sangre
u otro líquido rojo y espeso,
saluda al público,
se retuerce,
sobre todo, se retuerce,
el actor que representa la comedia de la muerte
grita, escupe, eyacula,
sobre todo eyacula:
el semen sobre el espejo del ropero del Hotel King
es un friso,
un mapa de sudamérica,
un gobelino de leche:
el actor que representa la comedia de la muerte
remonta las aguas de un río de leche pobladas de coágulos y
deseos.

EDGARDO JIMÉNEZ

Edgardo Jiménez. N. 1943. Profesor de Español por la Universidad de Concepción. Fue uno de los miembros fundadores del grupo "Arúspice". Publicaciones en revistas. Prepara la publicación de su primer libro.

Bonzo
(A Sebastián Acevedo.)

A la hora en que los perros del sol
muerden las piernas de una primavera un tanto envejecida.
A la hora en que nosotros-indulgentes peatones-nos desplazamos
soñolientos
acosados por disimulados rencores.

A la hora en que las palomas picotean el cemento
y luego miran hacia un cielo de plomo.
A la hora en que todos jugamos a vivir una tarde más:
una tarde sin brillo.
A la hora de los calculados encuentros bajo los tilos
de nuestra Plaza de Armas: La Plaza Independencia.
A esa hora tan nuestra y tuya. Tan de todos ahora y para siempre.

Ahogado en kerosén y fuego, en humo, en kerosén, en fuego: envuelto en llamas, amargo, sumiéndote en un horno de aire ardiente, tan personal, flamígero, tan tuyo, tan singular en la ciudad a estas horas: corres bajo las hojas que caen calcinadas, bajos los tilos estupefactos, caen las hojas sobre los que huyen al grito, mientras tú te vas quemando, calcinando, resecándote la piel a un fuego veloz que reseca piel y hueso: tu piel que ya crepita en nuestras bondadosas conciencias: miramos y contemplamos, miramos sólo el fuego, el humo negro de tu cuerpo caído, calcinado para siempre en el cemento.

Entonces despertamos en medio de la tarde de plomo
sorprendidos por la lluvia de cenizas.
La caliente ceniza sobre nuestra piel.
La lluvia calcinada sobre los pálidos transeúntes.
Sentimos su calor, su aspereza: la reseca lluvia caliente: las brasas de polvo.
La ceniza de la tarde cayendo (su quemante sabor) sobre los pálidos tilos.

Y mientras intentamos huir de su peso salobre
alcanzamos a divisar una paloma que cae -aturdida- y con las
alas chamuscadas
desde la pálida Cruz de la Redención.

Concepción, noviembre 1983

Alguien vendrá...

Alguien vendrá después de mi
a conquistar las calles de este pueblo,
alguien que yace oculto en la exclusividad de mi sangre,
cercano como un temor,
extendido como una hoja.

Alguien vendrá después de mi...
Porque yo nada he sido...
Sólo un poco de aire...
Sólo un poco de sueño...
Unas cuantas voces multiplicadas hacia adentro.

Alguien vendrá después de mí A caminar con paso más seguro:
Reirá con una amplia sonrisa y su canto será hondo como un árbol.

Vendrá a decir lo que yo no he dicho;
a golpear las puertas ausentes de mi mano;
a amar lo que yo no he amado.

Vendrá a llenar con un gran grito Este imperdonable ahogo.

Toque de queda
(lentísimo)

Ahora sólo el viento recorre las calles,
los rincones.
ahora sólo intentan desplazarse los sucios papeles
el polvo en las sucias aceras,
las hojas detenidas, muertas, en las negras calzadas.
Ahora nadie osa aventurarse. Nadie, sino el viento
que golpea los árboles.
Ahora nadie espera a nadie.
Nadie habla a nadie.
Ahora.
Ahora solos, tú y yo, adentro
adentro de nosotros
recordando los viejos rincones,
los tarros vacíos de basura repartida, los sucios papeles.
Ahora nadie sino nadie camina por las calles.
Ahora sólo flota el polvo
el polvo de la noche.
Y nosotros, adentro, solos
esperando, esperando, esperando
esperando
que la aurora nos limpie
nos lave con su manto de virgen.

JUAN PABLO RIVEROS

Juan Pablo Riveros. N. 1945. Punta Arenas. Ingeniero Comercial, con mención en Economía. Ejerció la docencia en diversas universidades chilenas. En 1980 publicó Nimia, poemas en prosa. En preparación Cantos peninsulares, poemas.

En la carcajada maravillosa de la tarde,
cuando el viento juega con los niños en las calles
y la noche aproxima su joyería y su avaricia,
te descubrí oculta en la polvareda violeta de la aurora.

He conducido mi rebaño por toda la península.

Miramos con ansia a la gente y continuamos viaje por estos canales extranjeros.

Una oveja intentó abandonarnos pero un ladrido profundo la hizo retornar llena de mundo. Otra tecleó la palabra tristeza junto a una iglesia verde que tosió de frío.

Sin querer caí en una fosa nevada que muchos construimos pero el piño casi sin conciencia me lanzó su balido. Una alfombra de estrellas protagonizó los silbos más suaves de la ruta polar.

"El gusano cascabelea", dijo la multitud.

Pero construimos el hogar en lo alto de este abismo. El sol alzará nuestro mar a lo alto de estos cielos.

Ocurre, sin mucha frecuencia, que las nubes -manojo de flores frescas que palidecen en el tiempo-, se concentran frente a mi ventana para luego desplazarse con invisible parsimonia hacia el occidente dogmático del mundo.

Ello permite, dejando de lado cualquier otra consideración, que una bandada irregular de íntimas gaviotas equilibren el desolado paisaje de oriente.

Lo demás es el murmullo indescifrable del viento.

Excusas

Caminando por los parques del sur. entre los insaciables abedules invernales, comprendí que, posiblemente, la verdad, en efecto, no existiera.

Sobre todo al imaginar mis manos que, con habitual nerviosismo, se extraviaban en los raídos bolsillos de la costumbre. Ocurrían ahí transbordos que el viento de la soberbia pretendía imprescindibles.

¡Excúsenme! Pero mientras me abrigaba con los fantasmas de mi Antiquísimo Sur, sentí piedad de mí. Es vergonzoso confesarlo, pero oí que me llamaban con urgencia. Y entonces me sentí importante.

Pero no mucho.

Libra

Mirando el zodíaco con tristeza, me detuve desconcertado ante la puerta de la Justicia.

Una procesión de vírgenes lascivas, como mantos de nieve hollados por zorros polares, perdíanse a lo lejos en las dolorosas guaridas zodiacales.

¡Pobre Cangrejo asustado!

Esas calles arropadas de aguas puras, alargan sus gaviotas por sobre las casitas azules de lejos, pero muy lejos. Un charco aislado pugna por el penúltimo rayo de luz. tímido aún por la tormenta.

A la izquierda, y muy, pero muy adentro, una blanca bruma musical, por fortuna, nos sonríe: la gente del barrio viste de una dulzura y bondad desacostumbrada en esta época.

Un rebaño inmenso de veleros extranjeros sobrevuela la ciudad.

(Y los hombres sufren)


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03