Pezoa Véliz: poeta entre dos siglos

PEZOA VELIZ: POETA ENTRE DOS SIGLOS

Luis Enrique Délano - Guillermo Quiñones

Araucaria de Chile. Nº 9, 1980.

Luis Enrique Délano

I

En una época se dijo que Chile era un país sin imaginación, lo que en literatura se traducía por la ausencia de una buena producción de ficción, en cantidad y calidad, y sobre todo, de poesía. Por mucho tiempo circuló la sentencia de que Chile era un país de historiadores.

Tal cosa pudo ser válida en nuestra producción literaria del siglo pasado. En la de éste no lo es, puesto que ya en la primera década, precisamente, alcanzan su apogeo dos figuras, Pedro Antonio González y Carlos Pezoa Véliz, demostrativas de que la poesía comenzaba a cobrar categoría como un género con personalidad y rasgos peculiares. González y Pezoa Véliz fueron poetas caracterizados por un sello personal. El primero, receptor del modernismo de Rubén Darío, lo reflejó espectacularmente, con toda su carga de sonoridad, de mitología, de exageración interior y formal, con toda su joyería y hasta su chatarra verbal, sus esdrújulos retumbantes, sus adjetivos barrocos, de diccionario, su cantidad increíble de vírgenes: núbiles, blandas, báquicas, tísicas, ebúrneas, inocentes y voluptuosas. De todo había en los jardines balsámicos de Pedro Antonio González: océanos procelosos, ensueños bajo nimbos, hebras de luz que las odaliscas peinan tranquilas, arpas de plata en horizontes de oro, trémulos arcoiris, follajes de inefable aroma, efluvios de olímpica ambrosía, alfombras de rosas y alelíes, alcázares de electro, sierpes de áspero cascajo. Carlos Pezoa Véliz, aunque recibe también la correspondiente influencia modernista propia de la época, sólo la devuelve en una parte de su obra, quizá la menos sólida.

Y después de ellos, la literatura chilena comienza a poblarse de poetas, sobre todo a partir de la segunda década, cuando surgen Gabriela Mistral y Vicente Huidobro, cuya poesía goza de estimación en determinados círculos europeos; Pablo de Rokha y otros menos divulgados fuera del país, como Pedro Prado, Manuel Magallanes Moure, Víctor Domingo Silva, Daniel de la Vega, Ángel Cruchaga Santa María, Domingo Gómez Rojas, Roberto Meza Fuentes, etc. En la década del 20, Pablo Neruda encabeza una generación importante de poetas que penetra con actitud beligerante y renovadora en un movimiento que corresponde, más por su espíritu, su ímpetu y por la búsqueda de caminos no transitados, que por otra cosa, a los ismos europeos contemporáneos.

Si Chile fue un país de historiadores, la poesía venció en la justa y luego pasamos a ser un país de poetas. Por algo, pensamos, dos de los tres premios Nobel otorgados a escritores de América Latina, lo han sido a poetas y ambos chilenos.

II

Leer a Carlos Pezoa Véliz es sentirse inmerso en un mundo oscuro y desventurado, el mundo proletario y bohemio de su época, los albores del siglo. Pezoa Véliz provenía de una capa social muy baja, había sido criado en hogar ajeno y asistido poco a la escuela. En 1898 tuvo que interrumpir, a los 19 años, sus estudios en el Instituto Superior de Comercio, para enrolarse en el ejército, como consecuencia de los frecuentes amagos bélicos entre países limítrofes. Después vivió de míseros empleos burocráticos, hasta rematar en la secretaría de la municipalidad de Viña del Mar.

Nada tiene pues de raro que se proyectaran en su vida y en su poesía las influencias políticas predominantes en los sectores desposeídos de la población, esto es, las ideas anarquistas, que en los veinte primeros años del siglo pesaron en el ambiente obrero, en las incipientes organizaciones gremiales y en los centro culturales proletarios, los cuales fueron, ciertamente, importantísimos en el aspecto de la divulgación ideológica y la organización de los trabajadores. Paralelamente a sus colaboraciones en las revistas literarias y de actualidades, como Instantáneas, la famosa Lira Chilena, Chile Ilustrado, Zig Zag, etc., Pezoa Véliz publicó innumerables poemas, cuentos y artículos en periódicos anarquistas de escasa circulación y vida efímera.

¿Qué encontramos en su poesía? Primero, seres desarraigados que vagan por ciudades y campos, se mueren de hambre, son sepultados en el seno de la tierra sin mucha compañía; personajes tan desconocidos que "tras la paletada, nadie dijo nada"; individuos anónimos que mueren en la soledad del campo y son llevados a enterrar al atardecer:

Cuatro faroles descienden
por Marga-Marga hacia el pueblo,
cuatro luces melancólicas
que hacen llorar sus reflejos;
cuatro maderas de encina,
cuatro acompañantes viejos.

("Entierro de campo").

Se trata de campesinos explotados, ignorantes, dolientes, de organilleros cuya música mecánica sirve de consuelo o exacerba el rencor de los vagos, de los peones de los campos, que añoran los días

Cuando la tierra era buena:
cuando no había patrones
que hicieran siembra de penas
y vendimia de pulmones.

("El organillo").

Días que, por lo demás, no han conocido ni ellos ni sus padres, pues el viejo sistema de la encomienda, que les significó la esclavitud fue implantado más de tres siglos antes.

Hay que preguntarse qué es lo que lleva a Pezoa Véliz a mantener en su poesía este espíritu de rebeldía, de resistencia al status, de denuncia de la injusticia. No se trata, desde luego, de una actitud cabalmente consciente, como se puede observar en nuestros días en una buena cantidad de poetas: la creencia de que la literatura puede constituir un factor de ayuda en la transformación social; la conciencia de que a veces es necesario dejar de lado la rosa y el beso para dar cabida a la política. No, en aquella época no. Además, Pezoa Véliz, aparte de ese vago sentimiento de rebeldía, no tenía, que se sepa, una militancia ni un ideal político, no sabía qué vendría, qué hacer una vez que se pudiera prescindir de los patrones sembradores de amarguras y vendimiadores de pulmones.

Es preciso pensar, pues, que el poeta recibió en los lugares que frecuentaba sólo un puñado de ideas más o menos vagas, las que unidas a su propia experiencia de semi-proletario, pues pertenecía a una capa muy pobre de la pequeña burguesía, le ayudaron a incubar una actitud de resistencia, aunque no una clara conciencia política. Estas nociones impresionaron su espíritu y se expresaron predominantemente en su poesía: los humildes, los explotados del campo que no manifiestan hacia afuera su rebeldía; los explotados en la industria, sobre todo en el salitre, obreros que comienzan a mostrar incipientes tendencias a la agrupación, las cuales no tardarán en manifestarse en movimientos de miles de personas que el régimen ahoga a sangre y fuego; los artistas abúlicos, como el pintor Pereza, que ya casi no esperan nada de la vida y, sobre todo, los vagos, los que deambulan por los caminos del campo, alimentándose de lo que pueden. Nótese que en la poesía de Pezoa Véliz estos vagabundos pueden ser hombres, pero también pueden ser perros, como ese can "flaco, lanudo y sucio" que mientras escarba los desperdicios, no deja de buscar un mendigo ciego a quien servir de lazarillo.

No toda la poesía de Pezoa Véliz posee este carácter de protesta. Si él hubiera tenido una ideología clara, si hubiera sabido a qué clase de mundo tenía que consagrar su llama poética rica y ardiente, las cosas habrían sido distintas. Tenía sólo la intuición de que era necesario condenar ciertos hechos, ciertas atroces injusticias y a ello dedicó extraordinarias estrofas que el tiempo ha preservado. Como ocurre siempre con poetas espontáneamente ácratas, desprovistos de un bagaje orgánico de ideas, sus producciones son amargas como la hiel y definitivamente pesimistas, si se piensa que son producto de la comparación frecuente de la miseria proletaria con el mundo dorado de la burguesía. En otros poetas chilenos de esa época, de parecidas tendencias, se observa igual fenómeno, como en Magno Espinoza, Francisco Pezoa o Antonio Acevedo Hernández. Los títulos de algunos poemas de esta época hablan por sí mismos: Carlos Mondaca, "El suburbio"; Carlos Pezoa Véliz, "La pena de azotes", "Libertaria", "Entierro de campo"; Diego Dublé Urrutia, "Las minas"; Magno Espinoza, "Hastío"; Francisco Pezoa, "Canto de venganza", "Anarkos", "De vuelta del mitin", etcétera.

Pero Pezoa Véliz vive en los primeros años del siglo, en que, como queda dicho, si por una parte hay algunas ideas incubadas en el seno de la clase obrera que lo atraen irresistiblemente, el modernismo, por otro lado, le señala otros caminos, menos ásperos y difíciles. Siente una gran admiración por Manuel Gutiérrez Nájera y hasta a veces trata de imitar su perfección formal, así como su anhelo de originalidad, en ciertos poemas de índole amorosa. Pese a la casi invencible incomunicación que separa a los países en la época en que Pezoa Véliz alcanza su mayor nombradía literaria -y que por lo demás no ha sido del todo superada en nuestros días- la poesía se las arregla para ir y venir, invisible y sin pasaporte. Gutiérrez Nájera ha muerto en 1895, pero sus versos son sobradamente conocidos ya en el confín austral del mundo y Pezoa Véliz paladea con delicia y adoración la Tristíssima nox del poeta mexicano.

Lo mejor de su producción, y en ello coinciden los críticos chilenos que han estudiado la obra de Pezoa Véliz, no son estos poemas de naturaleza amorosa y expresión rebuscada, en los cuales parece dar gran importancia a la parte formal. No, todos están de acuerdo en que el verdadero Pezoa Véliz fue el que se vació en esos poemas con espíritu criollo, con temas populares y altiveces sociales. La forma no es en ellos ni rebuscada ni elaborada. Es más bien sencilla, a veces dotada de evidente rudeza. No faltan quienes hablan de feísmo en esos poemas. Nosotros creemos que no estuvo desacertado el poeta que, seguramente por intuición, hizo coincidir de esa manera contenido y forma.

III

La vida de Carlos Pezoa Véliz no fue feliz y esto no podía menos de reflejarse en su obra amarga. Nació en Santiago el 21 de julio de 1879, y como ya hemos dicho, apenas pudo estudiar algunos años en el Liceo de San Agustín y en el Instituto Superior de Comercio. Después de su experiencia como soldado de la guardia nacional, enrolado para una guerra que felizmente no estalló, entró a trabajar como empleado civil del ejército. ¡El ejército! El, que abomina de todas las instituciones que el hombre ha creado para la coerción y que dice en una ingenua y quizá un poco torpe estrofa del poema "Libertaria":

Cuando más me atormentan mis pesares
y me hiere, implacable, el cruel dolor,
yo pienso en la dulzura de una vida
sin Dios, ni leyes, ni amistad, ni amor.

Son las contradicciones que a veces los hombres deben afrontar. Más tarde, para obtener y conservar su cargo en el municipio de Viña del Mar, debe plegarse a candidaturas burguesas en los procesos electorales y quizá hasta redactar discursos que, en el fondo, seguramente considera llenos de mentiras y promesas demagógicas.

Pero el poeta teme verse obligado a regresar al submundo de ese proletariado todavía informe y de la miseria amarga. Le gusta comprar libros y vestir bien. A veces nos hemos quedado mirando la única fotografía suya que conocemos y la verdad es que en nada difiere el hombre retratado allí de un joven dandy de la buena sociedad: abrigo con solapas forradas de seda, guantes de cabritilla, un bastón con empuñadura metálica...

Viña del Mar representa para él una etapa de trabajo y lucha antes de caer en la trampa burocrática de la burguesía. Publica poesías en un periódico de combate. La voz del pueblo, y artículos en La Comedia Humana, al mismo tiempo que hace algunas clases en un liceo. Sus versos le han abierto algunas puertas, entre ellas las del Ateneo de Santiago, donde van a consagrarse los poetas leyendo sus versos. Cuando se presenta Pezoa Véliz y lee "Pancho y Tomás", muchos corazones vibran de solidaridad con los campesinos maltratados de que la composición habla, gentes a quienes la vida opresivamente estrecha, la brutalidad patronal, la explotación y la miseria, han borrado ya los sueños, las esperanzas, la rebeldía y hasta el deseo de luchar que alguna vez pudo alentar en ellos. Los rasgos de esos marchitos hombres del pueblo que más acentúa la pluma amarga de Pezoa Véliz son la resignación y el fatalismo. En el Ateneo se agitan las capas, más de un chambergo cae al suelo, más de una lágrima rueda por alguna mejilla.

Quizá 1905 sea el año más pleno en la breve vida de este poeta. La jornada electoral en que triunfa su candidato le asegura la designación de secretario del municipio de esa ciudad con olor salino de mar y aroma de buganvillas. Los proyectos literarios menudean. Dos libros, sí, va a publicar dos libros, uno de prosa, otro de versos, que se llamará nada menos que Las campanas de oro. Campanas que nunca van a sonar.

La noche del 16 de agosto de 1906, un pavoroso terremoto sacude el centro del país, particularmente despiadado en Valparaíso, ciudad de la cual Viña del Mar es como un suburbio hermoso. Todo se viene abajo, se tambalean los edificios más sólidos, los barcos son lanzados por la marejada a las calles del puerto, las gentes despavoridas se instalan en las plazas, cubiertas con mantas que una lluvia cruel y diluvial traspasa, un par de horas después que la tierra ha cesado de agitarse.

Las vigas de la casa de pensión se han venido abajo y Carlos Pezoa Véliz yace aplastado entre escombros y desvanecido en medio del polvo que se desprende del derrumbe. Alguien lo encuentra y lo lleva al hospital, donde pasa largos meses de dolor y soledad. Lo operan una y otra vez. Las piernas han quedado inservibles y cuando puede levantarse de la cama, debe apoyarse en un par de muletas. En una pieza del Hospital Alemán de Valparaíso, donde pasa un invierno, escribe uno de sus más bellos y finos poemas, "Tarde en el hospital":

Sobre el campo el agua mustia
cae fina, grácil, leve:
con el agua cae angustia:
llueve.

La tristeza que llega con la lluvia empapa su corazón. Todo es ahora dolor y melancolía para el poeta en cuyo organismo quebrado, maltrecho, los médicos han descubierto además otro mal: la tuberculosis. Enfermedad de pálidas doncellas del romanticismo y del modernismo, también suele hacer presa de los artistas que alguna vez han pasado hambres. ¡Hay que salvar a Pezoa Véliz! Los escritores reúnen dinero en el Ateneo para cubrir los gastos de hospital y de medicamentos. El mal avanza.

Ahora se halla en el hospital de San Vicente de Paúl, en Santiago. Entre sufrimientos y esperanzas, sus días se deslizan rápidamente hacia el fin. Un médico inteligente que lo atiende, el doctor Cienfuegos, anota que había en él una dualidad de personas:

"Por un lado había un hombre fino, exquisito, que sabía conducir la conversación y el trato a su gusto; y por el otro, un roto, un hombre de la plebe, con el lenguaje propio de un hombre del pueblo; los ademanes del huaso, el gesto, todo, hasta la manera de tomar el cigarrillo. Las sesiones en que se le hacían curaciones a la herida eran famosas. Decía cuanta obscenidad y garabato se le venían a la mente. Al preguntársele cuál era la razón de tanta blasfemia, nos contestaba que aquello lo aliviaba. En efecto, a pesar de los padecimientos físicos y el estrago consiguiente que le causaba la enfermedad, Pezoa Véliz era sensual en extremo. Cuando visitaba el hospital una mujer hermosa, sus ojos le brillaban y sus deseos se agudizaban en forma increíble. Era sumamente macho, pese a la situación en que se hallaba, atado a aparatos clínicos."

Este médico ha anotado una dicotomía en el carácter de Pezoa Véliz, que en su poesía se traduce en los aspectos que hemos señalado: la expresión fina, amanerada, dotada de brillante carga verbal y de un fuerte deseo de originalidad, que le viene del modernismo, y más directamente de Gutiérrez Nájera, y la ruda poesía en que baraja elementos populares, criollismos campesinos y, en fin, la rebeldía proletaria. Esa es la parte de su poesía que amamos.

No van a salvarlo. Muere en Santiago el 21 de abril de 1908, antes de llegar a la treintena. Los libros que pensaba publicar se han desvanecido. El terremoto los aplastó. Pero tres años más tarde, en 1911, un fiel amigo del poeta, el escritor Ernesto Montenegro, recoge buena parte de la producción de Carlos Pezoa Véliz y la publica en un grueso volumen de formato 16, al que da por título Alma Chilena. Mucho más adecuado y elocuente que Las campanas de oro que proyectaba el poeta. "Alma Chilena" es, por lo demás, el título de uno de los poemas del libro.

Ha muerto antes de cumplir los 29 años. No sabemos si lo que la muerte frustró en él iba a ser más amplio, más rico, más poderoso que lo que alcanzó a realizar. Lo que dejó, sin embargo, lo seguimos considerando, a más de setenta años de su muerte, un valioso legado, una rica herencia. Nada se ha perdido. Lo fundamental de su producción ha sido respetado y preservado por el tiempo, que no es sólo el mejor sino el único juez en materia de producciones intelectuales. Modas, críticas, traducciones, número de ejemplares, grandes campañas publicitarias: todo eso es efímero, dura lo que dura el afán periodístico, el impulso de amigos generosos o los intereses de editores con empeño. Lo auténtico resiste toda clase de corrientes y vientos contrarios, sobrevive al olvido que "es tan largo" y al silencio, que suele pesar como una lápida. Esto es lo que ha ocurrido con los poemas de Pezoa Véliz, que el pueblo de Chile, al ver quizá reflejada en ellos su propia imagen, o un fragmento de su imagen, ha adoptado como cosa propia y preserva con amoroso cuidado.

(Del libro en prensa Estudios literarios chilenos)


2

GUILLERMO QUIÑONES

A mi padre, el poeta Quiñones

Carlos Pezoa Véliz, el primer poeta representativo de Chile, nace el 21 de julio de 1879 y vive una breve y dolorosa existencia que se extingue en una sala de hospital el 21 de abril de 1908, antes de que el poeta cumpla los 29 años de edad. Su vida se enmarca, por consiguiente, entre la Guerra del Pacífico y las proximidades del "Centenario". Pezoa nace junto al nacimiento masivo de la clase obrera chilena y muere algunos meses después de la masacre obrera en la escuela Santa María de Iquique. Su precaria existencia transcurre mientras el proletariado urbano y del salitre crece significativamente y madura políticamente en las luchas reivindicativas, al mismo tiempo que se producen en el país relevantes fenómenos económicos, sociales y políticos. La producción salitrera supedita a todas las otras fuentes de producción, particularmente a la producción agrícola y transforma a Chile en un país monoproductor salitrero. El auge económico del salitre va aparejado de la acentuación de la explotación capitalista, del incremento de los conflictos sociales y de la represión. La clase obrera, aún en proceso de formación, carece del partido político que la represente y predominan en ella tendencias socialutópicas y anarquistas. Esta clase obrera, pues, apreciablemente desarrollada, pero aún orgánica e ideológicamente débil, se enfrenta a un adversario en ascenso, potente, que en 1891 se había reacomodado sólidamente en el poder y que ampliaba su base de sustentación a través de sectores de la pequeña burguesía, como asimismo de relaciones y diversas formas de dependencia y apoyo de parte del imperialismo inglés. La pequeña burguesía, a su vez, se reforzaba con núcleos cada vez más significativos de profesionales y pequeños y medianos industriales y comerciantes, cobrando auge las tendencias socialdemócratas que los representan.

En el plano literario, el paso del siglo diecinueve al veinte se encuentra expresado a través del Modernismo, movimiento literario complejo que se orienta en dos vertientes fundamentales: una primera corriente que tiende hacia una literatura evasiva, basada en el refinamiento, el juego verbal y el exotismo y que se halla representada principalmente por Azul (1888) y Prosas Profanas (1896), libros ambos de Rubén Darío; la segunda vertiente modernista, guardando coincidencias con la anterior, apunta cardinalmente en sentido opuesto, hacia la observación de la realidad social y económica de Latinoamérica.

Pezoa Véliz, que es el primer poeta de procedencia proletaria en Chile, no escapa, sin embargo, a este entrecruzamiento de tendencias literarias dispares y al conflictivo proceso histórico-social que se vive en nuestra patria en el paso de uno a otro siglo. Sus contemporáneos evocaron al poeta como un espíritu soñador y al mismo tiempo mordaz, sarcástico, de un humorismo burlón y de un carácter rebelde, arisco. En contraste con su origen proletario, en el que incluso se insertan las dudas respecto de su verdadera procedencia familiar, se han señalado sus afanes por un mundo refinado y selecto. Literariamente se encuentran en Pezoa rasgos de uno y otro siglo: reminiscencias del romanticismo, simbolismo y naturalismo decimonónicos junto a rasgos de la literatura latinoamericana que empezaba a indagar en la realidad humana del nuevo mundo. En el juego de estas dualidades contrapuestas se conjugan en la obra del autor de "Tarde en el Hospital", la poesía galante a la manera del siglo diecinueve, por ejemplo, con la poesía social naciente en Latinoamérica. Asimismo, el tedio, el pesimismo, la abulia, de visibles vínculos con los "poetas malditos", se contraponen en Pezoa con los raptos de sensual exaltación vital y el tono epicúreo que asume a menudo su poesía. De otro ángulo, la preeminencia de lo popular y la sencillez expresiva que fluyen con espontaneidad de esta poesía, no excluyen las frecuentes tentaciones de nuestro poeta hacia el juego verbal y la rima novedosa o llamativa. Igualmente, el profundo amor al pueblo que corre caudalosamente por esta poesía no es tampoco óbice para que surjan de repente románticas poses de aislamiento y desdén a la masa y la muchedumbre ("la canalla").

Los asideros decimonónicos en que se afinca una fase de la poesía -principalmente la inicia!- de Carlos Pezoa Véliz, se reflejan bien en la poesía de énfasis romántico y de amor; esta última, por ejemplo, asume a menudo el tono de la dedicatoria ("A una rubia", "A una morena"), es un poco lírica de álbum, de aquella que alcanzó su más fina expresión en la sensitiva lírica de Gustavo Adolfo Bécquer. A la tradición del género aporta Pezoa algunas pinceladas de un humor travieso muy chileno. Llama la atención esta actitud lúdica de galanteo criollo (dos picaros ojos femeninos "como dos cucharadas de café") en una lírica perseguida de imposibles, de "sorbos de hastío"... Claro está que -también contrastantemente- en la poesía de Pezoa Véliz caben un humor desfachatado e incluso el exabrupto propio de los sectores populares, como también algo de la malicia campesina.

Dos poemas, de sugerente título ambos, nos ofrecen la clave de esta fase romántica de la poesía de Pezoa. En "Brindis Byroniano" se levanta "la copa del suicida" para saludar al "banquete de la vida", revelándonos que es en el desajuste, en la marginación social del poeta donde residen las raíces de la melancolía y del tedio que lo hieren aún en "la dulce soledad". El poema "Cansancio del Camino" expresa otro matiz del distanciamiento social: la renunciación a la lucha. "Yo no nací para luchar. De niño/ a hombre sin pensar jamás en .músculos,/ debí sólo ver llores, ver cariño,/ campiñas, alboradas y crepúsculos", dice el poeta, transfiriendo a su temperamento lo que en el fondo es respuesta a un orden social adverso.

Fue seguramente el juego de rasgos antitéticos el que llevó a los críticos de comienzos de siglo a ver en Pezoa un poeta de "claroscuros". Nos gusta el símil. Sin embargo, nosotros queremos, con perspectiva histórica, visualizar en tales contrastes la presencia del primer poeta que, sin desprenderse totalmente del siglo en que nació, fue el que dio el paso inicial -un paso enorme, que cruzó largo las barreras iniciales del siglo- y abrió un nuevo filón de responsabilidad social y combate, la más rica veta de la poesía chilena del siglo veinte.

Corresponde aclarar que el hallazgo de la realidad chilena en la poesía de Pezoa Véliz forma parte de un esfuerzo colectivo de los escritores del novecientos, esfuerzo en el que cada cual, de acuerdo a sus posibilidades, trató de volcar la mirada sobre la realidad circundante. Así, Baldomero Lillo descubre al minero del carbón y su patética existencia, Federico Gana contempla con filantropía la humilde vida de los campesinos pobres y Augusto D'Halmar se atreve a denunciar el prostíbulo y la hipocresía de la clase dominante en una novela. A la sazón, también poetas como Diego Dublé Urrutia en "Del Mar a la Montaña" (1903) y Víctor Domingo Silva en "Hacia Allá" (1905) se inspiran en nuestro paisaje y nuestro pueblo. Tal coincidencia de intenciones o búsquedas obedece al proceso de desarrollo económico-social y de la conciencia social a comienzos de siglo. Los escritores reflejan cada uno con su temperamento y su pertrecho estético e ideológico esa realidad y esa conciencia social.

Mirando a la distancia el afán común de los escritores del novecientos por labrar en el fértil terreno de nuestra realidad, surge entonces la pregunta: ¿Hacia dónde volvió la mirada el autor de "Tarde en el Hospital"? Releemos sus poemas más representativos: "Nada", "Entierro de Campo", "La Pena de Azotes", "El Organillo", "Pancho y Tomás", "Alma Chilena", "Teodorinda", "El Pintor Pereza", "El Perro Vagabundo", "Vida de Puerto", y la respuesta surge espontánea: -Hacia el drama de nuestro pueblo. Es ilustrativo constatar, por ejemplo, que el mundo ambiental que reflejan poemas y prosas de Pezoa se reducen al campo, a la pampa salitrera y al barrio, al suburbio urbano, más algún vivaz cuadro costumbrista del puerto. Resulta aleccionador comprobar entonces que el poeta escogió para su obra aquellos planos ambientales en que se reproducía más agudamente el conflictivo proceso de tránsito de la sociedad chilena. De ahí que esta poesía, penetrando agudamente en rasgos de la idiosincrasia del pueblo, nos remita también compulsivamente a la época en que fue creada y logre constituir en su conjunto un vivido cuadro social del proletariado chileno a comienzos de siglo.

Algunos críticos han observado el carácter narrativo que tienen diversos poemas de Carlos Pezoa Véliz. Aunque nos parece que más que poesía narrativa o "cuentos en verso" lo predominante en nuestro poeta es una poesía que tiende al cuadro de costumbres, es decir una poesía que traza una anécdota muy somera, la que se funde con el ambiente (véase, por ejemplo, "Nada", "Entierro de Campo", "Al Amor de la Lumbre", "El Perro Vagabundo"), está claro que en dos o tres poemas se da un hilo argumental, aunque siempre -pensamos- en función de un medio ambiente. Sea como sea, lo que importa señalar aquí es el carácter de tal anécdota o cuento, qué es, finalmente, lo que se narra... Y lo que Pezoa Véliz narra o describe es siempre una situación genérica: es el organillo que cuenta la historia del inquilino, la historia de "gente pobre, vieja, inculta", se trata del "dolor de los vagos" en general o de "algún pobre diablo anónimo", cualquiera, en fin, el caso típico del pobre labriego. Veamos someramente algunos poemas.

Uno de los poemas más conmovedores que escribiera Pezoa y que demuestra cómo su alma poética supo sufrir con el humilde, es "Entierro de Campo". La visión algo sonambulesca a través del entrecruzamiento de mortecinas imágenes visuales y auditivas de un funeral campesino, lleva al poeta a meditar dolorosamente en el triste sino del labriego pobre que "halló una tarde el olvido,/ enfermo, cansado, viejo". La tipización de la situación es, pues, nítida.

Con repetidas alusiones al transcurso del tiempo ("y pasa un día, otro día,/ una semana y un mes"), el poema "Pancho y Tomás" traza una historia común de la vida en el campo chileno en el último cuarto del siglo diecinueve. Primero es el cuadro de la familia campesina arraigada a la tierra, con sus destinos determinados por generaciones mediante el sistema de servidumbre imperante en las faenas agrícolas: "la tierra es siempre fecunda,/ duro el amo, manso el buey". Tal orden riguroso, de feudal explotación, pero de limites ciertos, es interrumpido de pronto por la guerra. Nunca antes en nuestra literatura se ofreció una tan honesta y acusadora visión del carácter clasista de la guerra, como también del deterioro y disgregación de la estructura familiar campesina que ocasionó la Guerra del Pacífico en Chile.

... Cuatro años idos...
La guerra... Morir, matar...
Una tarde los bandidos,
de kepi y dormán vestidos
asolaron el lugar...

Pancho se fue. Los sargentos
daban orden de partir;
iban cantando. Los vientos
repetían los lamentos
de las madres. ¡A morir!

¿Por qué la guerra? La tierra
no es de Pedro ni es de Juan.
Desde el mar hasta la sierra
el amo es dueño. A la guerra
los amos no van, no van.

y los hombres que peleamos
de ésta y esta patria son
todos víctimas con amos...
Somos pobres. Nos amamos
y peleamos en la acción. (1)

Pancho y Tomás son dos temperamentos, dos tipos de campesinos, dos destinos diferentes dentro de un mismo cuadro social: uno será el trasplantado que trueca su actividad laboral y asciende, al servicio del orden represivo, en los escalafones inferiores del ejército; el segundo tipifica el abandono y el incierto destino del campesino pobre... El poema termina con dos imágenes contrastantes: la casa patronal cuya techumbre exuda crueldad y el acongojado campesino que, evocando su núcleo familiar destruido, se pregunta: -¿"Cuándo hallar la dicha aquella?/ El viento sopla: después..."

Pezoa incorporó a la poesía chilena otros rasgos significativos de nuestra realidad: la vida del suburbio, del barrio proletario y de su plural conglomerado humano, en el que se entremezclan obreros, peones, vagabundos, el submundo del lumpen proletario. Conviene anotar que por los mismos años en que Pezoa escribía, también en otras latitudes el suburbio se incorporaba a la poesía; en Argentina, por ejemplo, con Evaristo Carriego, el cantor del arrabal bonaerense, poeta también de origen proletario y que coincide con nuestro poeta, además, por una existencia azarosa y breve. El suburbio emergía, pues, en la poesía a la par que en Santiago, Buenos Aires y otras capitales latinoamericanas, se conformaban y crecían los desarticulados barrios marginales, a la par que surgían nuevas y miserables poblaciones. A la sazón, en Santiago, con una población de poco más de trescientos mil habitantes, sobre cien mil personas vivían en el hacinamiento y la promiscuidad de los conventillos, como denunciara Luis Emilio Recabarren. "El conventillo es una ignominia. Su mantenimiento o su conservación constituyen un delito", leemos en "Ricos y Pobres".

En el poema "El Organillo" -verdadero cuadro de costumbres suburbanas- traza Pezoa, a través del modesto artefacto musical tan vinculado a la vida popular de la primera mitad del siglo, otra historia genérica: la del lumpen proletario. Con ese dejo de ironía y sarcasmo propios de nuestro pueblo y que nuestro poeta expresa en imágenes de desenfadada autenticidad, el poema empieza: "Para el dolor de los vagos/ que hacen a gatas la vida,/ bebiendo su vino en tragos/ de un sabor casi homicida,/ también hay consuelo. El pobre/ suele encontrar quien le entienda/ cuando echa su cuerpo sobre/ el jergón de la vivienda./ En los rezongos lejanos/ de algún organillo viejo"... El agrio sonido del organillo es al mismo tiempo compensación y reflejo. Por un lado es evasión enajenante "como el sueño, como el vino,/ como el vicio, como el tedio". De otro lado es también implacable reflejo que acosa la amarga existencia del pueblo: "¿Y cómo quieres que calle/ toda esa vida penosa/ que a su paso no hay quien no halle?"

"Pobre peón, en otros días
la tierra era de los viejos;
de ellos el parrón, sus guías,
las bestias, sus aparejos.

Cuando la tierra era buena:
cuando no había patrones
que hicieran siembras de penas
y vendimias de pulmones.

Cuando el amo aún no había
echado su cuerpo sobre
la carne de la alquería
o sobre la hija del pobre.

Y cuando sobre los piques
de los rotundos faldeos
iban los viejos caciques
a contemplar los rodeos.

Y eran dueños de la tierra,
del arado y la picota,
del machete y de la sierra
que rasga el árbol que brota.

¡Pobre peón! Más tarde vino
a la aldea. (¡Adiós montaña!.)
Y fue ladrón y asesino
con gente de estirpe extraña."

Dos observaciones todavía.

La añoranza de otro tiempo, de una comunidad primitiva y de una relación armónica hombre-naturaleza que encontramos también en otros dos poemas -"Pancho y Tomás" y "Hacia el Sur"- surge en vinculación con la brusca quiebra del sistema económico predominantemente agrario que prevalece en Chile hasta comienzos del último cuarto del siglo diecinueve. Al iniciarse la explotación del salitre, se resquebraja tal sistema económico. Miles y miles de inquilinos, medieros y asalariados agrícolas son "enganchados" hacia el norte, atraídos por salarios superiores al que se ofrecía en el campo. Tales migraciones modifican bruscamente la estructura económica y social del país, engrosan notablemente la clase obrera y resienten la explotación semi-feudal y paternalista del campo chileno,' con la familia campesina "uncida" a la tierra y un orden jerárquico vertical y aparentemente eterno.

De otro ángulo, el conflictivo trasplante del campesino, atraído a la vida urbana por una quimera de bienestar y fortuna, encuentra una amarga réplica de desajustes sociales: miseria, vagabundaje, lumpen proletario, delincuencia ("y fue ladrón y asesino/ con gente de estirpe extraña"). Es decir, la historia genérica del campesino que, de dócil siervo degrada en delincuente urbano al ser trasplantado. (2)

La sinceridad con que Pezoa Véliz comparte los sufrimientos del pueblo hacen que su prosa y su verso retornen frecuentemente al tema del vagabundo. Del espectro social popular, son sin duda los desplazados, los marginados, "los pobres diablos que matan el tiempo a la espera de nada" quienes preferentemente atraen la doliente mirada y despiertan la conmiseración del poeta. Una concepción todavía romántica del mundo, una valoración moral influida por el credo tolstoyano en boga y la fuerza de un sentimiento sincero se conjugan en el poema "Nada", lograda estampa que perdurará en la poesía chilena como expresión del desamparo del humilde, como denuncia de la indiferencia y la insensibilidad sociales, al mismo tiempo que como un llamado a la solidaridad y a la responsabilidad social.

Anotemos todavía que en la galería de estos "pobres diablos" cabe también el artista decadente, taciturno, abúlico. "El Pintor Pereza" es expresión del artista al mismo tiempo marginal y fracasado.

En el conglomerado popular que esta poesía despliega con vivacidad, surge a retazos la imagen de la clase obrera; en el fondo, es un poco la visión de una clase obrera en formación, en los umbrales de su tránsito histórico. En el poema "Alma Chilena" se valora a los obreros como "rotos de alto rango" que, con "la espontaneidad robusta/ de la alegría chilena" construyen con su esfuerzo un formidable cántico de martillos. Cabalmente se señala también el origen rural y la naciente organización de nuestra clase obrera: "huasos que fueron un día,/ hoy ya en la secretaría/ de un Centro de Unión Obrera". El mensaje final del poema exalta una cualidad que la clase obrera chilena ha cultivado con amplitud, cual es la solidaridad: "Eran todos generosos./ Ellos daban sin consejos"...

El poema "De vuelta de la pampa" traza una optimista valoración del trabajo concebido como sacrificio, triunfo y fuente de alegría, y es también un canto a la voluntad férrea de un luchador incansable que, indiferente al vicio y a la fatiga, hace fortuna "por la razón o la fuerza". Obviamente, Pancho Ureta y aquellos que retornaron victoriosos de las salitreras fueron la excepción. Obviamente, el ideario de la prosperidad a base de la acción individual capaz, incluso, de posponer valores colectivos y de clase ("la huelga era la desidia"), refleja la visión limitada del trabajo propia de la pequeña burguesía. Necesariamente, una poesía de tan sostenido y sincero contacto con el mundo circundante no podía permanecer impermeable a la ideología socialdemócrata imperante a la sazón en los sectores progresistas y populares, ideología que ponía el acento en el individualismo y en los elementos materiales de la realidad.

Expresión del conflictivo proceso de transición que vive la sociedad chilena a comienzos de siglo, esta poesía se identifica con el pueblo y expresa la visión del mundo del proletariado emergente, en pleno crecimiento; pero aún orgánica y políticamente débil y carente de una conciencia del papel que objetiva e históricamente le corresponde. En dicha visión del mundo caben también desviaciones y limitaciones provenientes de la ideología pequeñoburguesa como el reformismo y el anarquismo. De ahí que la poesía de Carlos Pezoa Véliz visualice bien desigualdades, injusticias, la explotación que sufren obreros y campesinos y que exprese su repulsión ética hacia la burguesía y los ricos, a quienes más de una vez identifica con la grasa. De ahí también que en algunas de sus prosas como "El Candor de los Pobres" deje "un testimonio vibrante de protesta contra la corrupción de los gobiernos y contra falsos conceptos de independencia nacional", como ha observado Fernando Alegría. De ahí también su pesimismo, su fatalismo y esa carencia de confianza en la eficacia de la acción humana que afloran con frecuencia en esta poesía. No deja de llamar la atención, por ejemplo, que la mayor parte de los poemas más significativos de nuestro poeta remate en soluciones negativas, dolorosas o que entregan la visión de un mundo precario y sin salida. Es indudable que tales soluciones son trasunto del penoso mundo que reflejan como también de la perspectiva inherente al pueblo en un momento crítico de su desarrollo y cuando enfrenta obstáculos aún superiores a su capacidad. Este sentimiento de impotencia frente al opresor orden existente deriva en la resignación y el fatalismo, actitudes que Pezoa reflejó con frecuencia en sus escritos y que en "El Pintor Pereza" acuñó en una expresión de sabor muy chileno: "¡Qué diablo! La vida es así..."

En este terreno, la ironía y el sarcasmo -reacciones comunes del pueblo y del chileno medio- que cruzan a menudo la poesía de Pezoa Véliz son igualmente soslayadas modalidades de denuncia, mecanismos de compensación, como también expresiones de impotencia. El soneto "La Pena de Azotes" es, por ejemplo, una acusación llena de furia contenida que se resuelve en sarcasmo frente a la degradación de la dignidad humana: "una estatua cubierta de galones/ mira impasible la salvaje escena".

Otra de las formas de atenuada negatividad es la evasión. La última estrofa de "El Organillo", por ejemplo, dice: "Y el peón huye. La grosera/ polca le sigue, le amarga,/ mientras anda por la acera/ que se estira larga, larga..." En "Entierro de Campo", tras la observación de un mísero cortejo funerario el poeta, sobre su caballo, se aleja conmovido... Tales desenlaces se repiten curiosamente en otros escritores contemporáneos a Pezoa. Varios cuentos de Baldomero Lillo se resuelven con el alejamiento, el aislamiento. "La Compuerta Número Doce" termina cuando el minero acosado huye tapándose los oídos para no escuchar los clamores del hijo aterrorizado en el fondo de la mina. A su vez, "El Pago" concluye con la imagen del obrero que, angustiado e inerme, se aleja y se duerme bajo de un cobertizo abandonado. Con un dejo de humor, González Vera observó alguna vez que todos los cuentos de Federico Gana terminan cuando el narrador monta a caballo y se aleja de la escena... La repetición de tales desenlaces, más que una moda o una herencia maupassantiana, encuentran su explicación en el trasfondo de los conflictos sociales a comienzos de siglo en Chile, cuando no madura aún una confianza en la capacidad transformadora del mundo de que es portadora la clase obrera y cuando la ideología imperante pone el acento en los obstáculos que hay que superar. El "evasionismo" de los escritores de comienzos de siglo implica, por consiguiente, una respuesta social, un alejamiento de lo socialmente ingrato o doloroso y conlleva también desconfianza y una concepción ideológica pesimista respecto a la superación del mundo injusto o viciado que se denuncia.

A no dudarlo, el poema más célebre de Carlos Pezoa Véliz es también un poema de tristeza. "Tarde en el Hospital" es el poema chileno que ha expresado con mayor profundidad y sencillez el angustioso presentimiento de la muerte. La brevedad del poema y sus vínculos con el triste fin del poeta han contribuido a que perdure en la memoria de sucesivas generaciones en Chile. Sin embargo, creemos que es esa doliente visión del mundo de un ser apresado por la angustia y su expresión en un lenguaje al mismo tiempo coloquial y tibio de una afectividad muy chilena los que han hecho de este poema una pequeña obra maestra de nuestra poesía. Con certera intuición, otro escritor proletario, el novelista Nicomedes Guzmán, escribió alguna vez que en la obra de Pezoa Véliz viven el desamparo y la angustia de todo un pueblo.

Nacida en los comienzos del siglo, entre penumbras y albores, la poesía de Carlos Pezoa Véliz, con su instinto popular y sus contradicciones, con su generosa humanidad y sus limitaciones, inicia una vertiente poética que busca en el pueblo, en sus grandezas y miserias, su materia nutricia. He aquí su más alto aporte y su permanencia... Tras la muerte del poeta, tras Santa María de Iquique. tras la euforia burguesa nacionalista del "Centenario" esta vertiente tiende a atenuarse un tanto. Pasarán los años y en otro duro trance de nuestra historia, el pueblo retornará caudaloso y combatiente a la poesía chilena en el canto torrencial de un poeta venido de los bosques del sur de Chile.


Notas:

1. Esta y las restantes citas poéticas están tomadas de Antología de Carlos Pezoa Véliz, Selección y prólogo de Nicomedes Guzmán. Ed. Zig-Zag, Santiago, 1957.

2. Esta es también la tesis del drama "Tierra Baja" del escritor español Angel Guimerá.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03