Conversación con Elena Pedraza

LAS PASIONES DE UNA ABUELA
Conversación con Elena Pedraza

Pamela Jiles

Araucaria de Chile. Nº 42, Madrid 1988.

«Yo me encuentro una mujer común y corriente... pero que camina bien por la vida y no se cae», dice picara esta señora, Elena Pedraza, que evidentemente no es una mujer cualquiera. Rompió esquemas ya en los años treinta y lo sigue haciendo a los setenta y seis años, insistente en vivir la vida de cuerpo entero.

Hay pasión en ella, hay un rasgo a la vez sereno y turbulento en cada cosa que hace y dice. Llevamos varias horas conversando y el medio siglo de edad que nos separa parece que no existiera en verdad. Ella es demasiado joven para sus canas y sus años.

«Hasta hace poco me gustaba coquetear», confiesa divertida, alegre, con unas pestañas largas que aletean en sus ojos inquietos. Hace planes, quiere estudiar, quiere aprender, quiere saber.

Habla de su amor por Ricardo Fonseca -secretario general del Partido Comunista chileno desde 1946 hasta su prematura muerte en 1949- y entre recuerdos personales va apareciendo, en ráfagas certeras, toda una etapa de la vida militante y también de Chile. Porque esta abuela -que ahora vive en La Habana y ocupa su tiempo en la formación de fisioterapeutas y la preparación de dirigentes femeninas- tiene la facultad de hacer sentir lo que cuenta, llenarlo todo de su energía y contagiar ese entusiasmo de quinceañera con que ha vivido.

«Uno puede hacer mil veces la vida y mil veces cambiarla. Es increíble. Yo tuve la felicidad en el amor, por ejemplo, una gran felicidad... Pero después me llené la vida de otras cosas que también me hicieron feliz. Yo recuerdo los años duros... los niños estaban pequeños. Pero lo recuerdo todo maravilloso, sin embargo: mis hijos, el trabajo del Partido. Tanto amor, tanta pasión con Fonseca».

-Me gustaría que me contara, como si lo estuviera viviendo, el día que conoció a Ricardo Fonseca.

-Mire, resulta que yo no iba a estudiar Educación Física. Fue una cosa muy graciosa que hay que contarla. Yo había estudiado en el Liceo de Viña del Mar, allí conocí a Laurita Allende; ella fue reina de belleza de la sociedad viñamarina. Yo era de origen modesto y salí la mejor alumna del Liceo. Debe haber sido el año 28. Y me hicieron una entrevista donde me preguntaban qué quería estudiar. Yo dije que filosofía y biología... Era muy lectora, mi hermano era pintor, intelectual, y tenía una muy buena biblioteca. En la entrevista dije que quería doctorarme en filosofía en La Sorbonne, ¡imagínese! El año 28. Mi hermano recibía en Valparaíso libros de Europa. Yo leía muchas cosas en francés... Bueno, resulta que llegué a Santiago donde una señora que sabía poco de los asuntos universitarios; hubo un cambio, se suprimió el bachillerato, y yo iba a Santiago a dar el bachillerato. Nadie me orientó. No di los exámenes porque no sabía cómo hacerlo, simplemente. Me había leído a Kant y a todos los grandes filósofos de los siglos precedentes, pero no supe cómo dar los exámenes.

-Y eso ¿qué tiene que ver con el día que conoció a Fonseca?

-Espérese, pues. Todo tiene que ver. Resulta que en eso estaba cuando una amiga me dice que tampoco pudo entrar a lo que quería; que nos metamos al Físico para no quedarnos de brazos cruzados.

El Físico, me apasionó, la vida sana, estudiar danza moderna, danza rítmica. Conocí a grandes maestros que llegaban desde París, a gente como la Yerka Luksic, Patricio Búnster y otros. Eran los primeros años de la década del 30. Yo estaba muy metida en lo de la danza, llena de vitalidad, juventud, fuerza física, amor a la vida. En eso, ingresé al Partido. En ese tiempo nosotros íbamos a la Federación de maestros...

-¿Por qué iban a la Federación? ¿Qué pasaba en Chile en esos años?

-Los profesores con los estudiantes eran una fuerza motriz muy grande. La clase obrera crecía en el norte, era una cosa tremenda, pero ya estaban pauperizados, todo lleno de ollas comunes. En Santiago había surgido un proletariado incipiente. Entonces los que más se movilizaban eran los estudiantes y los profesores primarios, que hacían toda la lucha por la reforma educacional... Ahí conocí a Fonseca. A muchos compañeros. A la Aída Parada, la Delfina Gutiérrez, a Robinson Saavedra, a Antonio Quintano, a Gerardo Seguel. Gente toda del Partido, sobre la que algún día se escribirá mucho. Y con justicia, porque fueron figuras muy extraordinarias, gente cultísima, con un tinte de bohemia muy interesante. Era gente que se había bebido todo lo posible sobre la Revolución Rusa... A veces me he preguntado cómo fui tan liberada en esos años, recordando algunas cosas bien increíbles para la época. Y creo que tiene que ver con que en la década del 30 ya habíamos leído las cosas anarquistas, lo del amor en libertad, esa fuerza increíble de la juventud que rompía con los moldes establecidos de una sociedad burguesa decadente ¿no?... Era el final de la Belle Epoque. Surge una época más industrializada, de desarrollo económico. A una mujer joven le interesaba un muchacho que anduviera con un libro bajo el brazo, porque era un intelectual; no tenía pajaritos en la cabeza, tenía la cosa intelectual, muy fina, muy refinada, que a una la atraía. Y los profesores fueron una vanguardia en lo cultural en Chile. Todos eran pensadores, poetas, artistas, qué se yo.

Nosotros íbamos a la Federación porque ahí se reunían los estudiantes, los comunistas, la gente del Partido. En San Antonio 58... ¡famoso! Eso tiene que pasar a la historia, igual que Arturo Prat 1111, donde escuché por primera vez La Internacional tocada al piano. Fue lindo eso. Era un galpón: la casa del Partido, pero todo oscuro, frío, con unas bancas sobre piso de tierra, en condiciones muy pobres. A veces poníamos un brasero para el frío... Y también daba luz. Era el local del Partido.

-¿Y a usted, qué le había motivado a entrar al Partido!

-Una formación un poco anarquista de mi hermano, el pintor. Porque yo a los doce años era «hija de María». Salté de «hija de María» a ser totalmente anticlerical y antirreligiosa. Y fue por todas las lecturas de mi adolescencia. En Santiago, al final de la dictadura de Ibáñez, me encuentro con una efervescencia estudiantil muy grande; nos juntábamos en la Federación, e ingresé al Partido Comunista. Fue algo natural, como respirar.

En ese tiempo había un gran movimiento de una serie de mujeres muy destacadas de la escuela de Medicina, como la Adriana Vergara, por ejemplo, una mujer que se paraba en cualquier parte y era una gran oradora en las luchas agitativas contra la dictadura de Ibáñez. Esa mujer fue capaz de levantar masas, ella y toda una generación sobre la que no se ha escrito. Siempre se habla de la participación en esa época de la clase obrera y también de los estudiantes, pero no se menciona a los maestros. Y nosotras ahí entremedio, participamos en toda la caída de la dictadura, en peleas en la calle, veíamos dar sablazos a la gente, los carabineros llevaban sables y lanzas... ¡He visto cómo le partían la cabeza a algún compañero y chorrear la sangre! Era una cosa bestial, no se crea que no... Las arremetidas en la Alameda, las grandes masas en la calle, masas oscuras... No sé por qué encuentro que ahora uno ve a todo el mundo vestido de colores. Aquello era todo más gris, poca iluminación, no sé.

-¿Con qué se defendían ustedes en esa época, en la calle?

-Con nada. Se arrancaba no más... Fueron períodos de mucha persecución al Partido. Había comunas enteras que se venían al centro a protestar. La Legua, por ejemplo, era comuna roja. Vivían allí muchas familias de las desplazadas del norte, de las salitreras, después de la depresión del año 30. Ahí en La Legua o El Salto nos juntábamos, en casas de compañeros, apenas unas chocitas, con acequia y todo, un brasero, un poco de té. Así nos reuníamos. Eran años duros.

-¡Usted no me quiere contar cómo conoció a Ricardo Fonseca!

-Sí, le voy a contar. Para allá voy, es que me apasiona la lucha... Bueno, yo lo conocí un 30 de agosto del año 1931. Yo ya estaba en el Partido. Se conmemoraba el «día antiguerrero.» El Partido tomaba la lucha contra la guerra. Había pasado la Primera Guerra Mundial.

Después estalló la Guerra Civil Española, y después la Segunda Guerra Mundial. Y en ese tiempo el Partido hacía un gran mitin antiguerrero, en la calle, el 30 de agosto. Ese año fue dentro de la universidad. El orador principal era Ricardo Fonseca. Había obreros y estudiantes... Fonseca era apasionado y gran orador. Tenía una personalidad muy interesante. No era muy alto, con unos ojos muy bellos, una mirada limpia, los ojos entre verdes y celestes, muy grandes y profundos. Tenía una sonrisa maravillosa. Y un color, como dijo Neruda de él, de sementera. Un color así dorado. Por supuesto que, aparte de que su físico era de mi gusto, me pareció que habló muy bien denunciando lo que había sido la guerra y que había que prepararse para combatir el intento de una nueva guerra mundial. Era un agitador... Y, bueno, él hace todo un análisis ahí, y cuando está en eso se apagan todas las luces y empiezan a entrar los carabineros y nos sacan a golpes para afuera. Violaron la Universidad y entraron y nos sacaron a palos. Había que arrancar, tener buenas piernas para correr. Yo era muy deportista y corría y corría... Me encuentro con Carlos Contreras que era el Secretario General del Partido; un gran camarada, Carlos Contreras Labarca. Me dice, vamos, corramos. Y corrimos hasta un teatro que no me acuerdo el nombre. Abrimos las puertas para que la gente se refugiara porque venían los lanceros con sus sables. En eso, llega Fonseca, corriendo y jadeando. Así eran las cosas también en ese tiempo. Para mí fue muy agradable verlo cerca. Entonces me lo presentan y entramos al teatro mientras se armaba la debacle afuera, con lanzazos y sablazos y todo... Después ya no lo vi más hasta que lo encontré en el local de Partido y en la Federación de Maestros. Hacíamos reuniones del Grupo Avance. Yo era militante del Grupo Avance.

-¿Qué era el Grupo Avance?

-Era un grupo muy numeroso de estudiantes de orientación marxista. De izquierda marxista-leninista, de varias escuelas universitarias. Estudiábamos todos los documentos que llegaban de la Correspondencia Internacional. Estaba muy viva la Revolución de Octubre. Lenin había muerto recientito, el año 24. El proceso de la revolución estaba muy nuevo, búllante. Nosotros sentíamos un gran interés, un gran amor por la Revolución. Devorábamos todo lo que llegaba de literatura. La Revolución era un faro que iluminaba las posibilidades del mundo. Era un entusiasmo casi religioso el que sentíamos. Allí conocí más a Fonseca...

El tenía su pieza en el barrio Dardignac. (En esos tiempos se arrendaba por piezas). Ahí nos veíamos. Pero yo también tenía mi independencia ¿no? Yo arrendaba aparte en una pensión... Nos juntábamos, nos amábamos. Fonseca tocaba el violín y a mí me gustaba mucho escucharlo y mirarlo. Aprendió bastante bien el violín. Leíamos, estudiábamos. El fue un hombre siempre muy disciplinado en el estudio. Era medio jodido porque para estudiar tenía que estar poco menos que solo, esa era su teoría ¿no?... Bueno, la primera etapa en el amor siempre es muy violenta, terrible, encendida. Pero yo me iba a mis cosas. Después fue muy necesario que viviéramos juntos, y arrendamos una pieza un poquito más grande y nos fuimos a vivir ahí, sin ningún problema de prejuicio ni nada, absolutamente nada, me importaba un pepino. En la escuela sabían y opinaban que yo era una gran puta. Pero a mi no me importaba nada...

-¿Cómo es eso que no le importaba algo así en los años treinta?

-Es curioso, mi 'jita, pero realmente no me importaba. Sí me dolió mucho cuando mi familia supo de mi relación con Ricardo, y que no estábamos casados, y me cortaron la pensión. En ese tiempo yo estudiaba y no ganaba nada. Vivía con muy poca plata. Cuando me quitaron la pensión me puse a trabajar como secretaria en un club deportivo y con eso me las arreglé.

-Cuénteme ¿por qué no se casaron y se acababa el problema?

-Ni yo lo planteé, ni él tampoco, en esos términos. Nunca me he detenido a pensarlo así... Tal vez porque era una vida libre, porque estábamos totalmente claros y convencidos de que así era mejor, así estaba bien. Nunca nos interesó casarnos hasta mucho después. Resulta que él cayó preso y fue relegado a Aysén. Estaba en una reunión de Comité Regional de Santiago. Era el gobierno de Dávila parece. Ricardo era miembro de la Dirección. Había una huelga ferroviaria, me acuerdo... Ellos fueron tomados en una reunión del Partido, y lo relegaron. Yo le mandaba libros, le mandé El Capital, que lo leyó por primera vez. Me lo comentaba en las cartas, estaba muy interesado estudiando todo el problema de las crisis, y lo relacionaba con la situación económica que vivía Chile, que era muy dura en la década del treinta.

Estuvo seis meses en Aysén. Teníamos una correspondencia bastante regular. Pero un poquito antes de ser relegado fue que yo le dije de casarnos, por las razones familiares. Y él, quiero acordarme bien como fue eso, porque Fonseca era bastante elegante para decir 'no'... El venía saliendo de una mala experiencia. Se sentía muy bien conmigo, pero arrastraba un problema... No sé bien qué pasó con ella, nunca logré averiguar bien porqué no le gustaba hablar de eso y yo tampoco preguntaba. Como que tenía cierta desconfianza de un segundo fracaso. Y yo se lo entendí y se lo respeté.

Pero cuando volvió mi amigo -como siempre, los hombres son bien machistas aunque sean muy revolucionarios, pues- se enteró de que yo había estado bastante asediada todo ese tiempo. En verdad, más de un camarada estuvo bien preocupado de mí, pero yo no estaba interesada en ninguno porque estaba totalmente enamorada de Fonseca. Y todos le hablaron muy bien de mi comportamiento. ¡Lo que son los hombres! Por supuesto que se sintió hinchado como un pavo real ¿no? Entonces me propuso casarnos. Y yo... yo le dije que no. Ahí le dije que no y que no. Pasaba el tiempo y él me rogaba. Yo fui firme. Total, a mí de verdad me importaba un pepino; en el Partido todos sabían que él era mi compañero y punto... Aunque en ese tiempo había que estar casada por todas las leyes, pero en el Partido yo fui muy respetada siempre como compañera de Fonseca, mientras vivió, que fueron muy pocos años, pero una etapa bellísima para mí... Sin ninguna amarra de ninguna especie. Porque mientras Fonseca estuvo relegado yo no me encerré tampoco a esperarlo, sino que estudié, trabajé, participé en todo. Vivía como mujer joven, activa, llena de amigos... yo disfruté mucho de amistades masculinas, tuve muchos y buenos amigos hombres, y supe mantener esas relaciones en el plano de la amistad ¿no?

-¿Quiénes eran esos amigos?

-Había un maestro que estaba enamorado de mí pero me respetaba porque sabía que yo estaba enamorada de Fonseca. Me acompañó mucho en el período en que Ricardo estuvo relegado, nuestras relaciones fueron muy claras y seguimos siendo amigos durante muchos años... Igual me pasó después, cuando quedé viuda... Me lo colgaban al profesor, y yo nunca ni me acosté con él ni nada... Yo no podía, no podía quererlo. Es muy terrible ser la viuda de un hombre importante. Al dolor de haber perdido al hombre amado se suma que ningún otro hombre se le acerca a una con alguna intención sentimental. Incluso me lo decían: «Fonseca es irremplazable», me decían... Yo deseaba vivir, mi'jita. Y no me pude enamorar más ¿se da cuenta qué desgracia?

Sabe que yo a ninguna mujer que se quede viuda le aconsejo que se quede sola, por mi propia experiencia. Es cierto que fue muy importante ese amor, muy grande. Pero la vida es la vida. Y a mí me llenó mucho su recuerdo, un recuerdo maravilloso que yo sentía con amor y con dolor por la pérdida. Pero ya eso después se va transformando en algo más sereno. Y yo no pude enamorarme nunca más, fíjese. Y me da pena, porque yo sentía el deseo de vivir.

Lo que pasa es que fue muy plena la vida con Fonseca. Físicamente y en todo sentido. Estábamos a la par en todo, éramos camaradas, nadábamos, corríamos, hacíamos ejercicio, jugábamos, subíamos una montaña, nos reíamos...

-Me gustaría volver a sus primeros años de vida de pareja con Fonseca, los hijos, las tareas de la casa, su vida de pareja comunista, cuéntame un poco.

-Mira, habría que decir cosas tan importantes. Yo tuve la dicha de tener un hombre que no era machista. La única escenita que recuerdo es cuando yo me llevaba mucho en mis clases de danza y él me quería más en la casa. Pero nunca una cosa así, coercitiva. El participaba y me ayudaba en las cosas de la casa, todo eso lo hacíamos entre los dos. Yo no recuerdo haber pasado metida en la cocina ni nada de eso. El se preocupaba mucho de que yo estudiara, que leyera. Yo siempre trabajé y tenía mi independencia económica. El me decía que yo leía poco los materiales políticos, pero es que como hablaba mucho con él estaba enterada de todo y analizábamos la situación política, así que tenía una visión clara de lo que pasaba. Fonseca estudiaba mucho, leía y me comentaba sus cosas. Salíamos a caminar en la noche, me acuerdo en el verano o la primavera. El llegaba, comía, y me decía: «vamos a caminar, a conversar; que no la aten los niños que para eso les ha dado atención en el día». Yo estaba mucho con los niños en los ratos que no trabajaba, me quedaba con ellos jugando hasta como las diez de la noche en que se dormían, después de las tareas y todas sus cosas. Entonces salíamos con Fonseca y caminábamos por los senderos del cerro San Cristóbal, por Loreto... todo eso es muy lindo acordarme porque fueron los años de mi juventud con ese hombre que yo amaba.

Fonseca fue un autodidacta. El combinaba mucho la cosa política con la inquietud cultural. Yo me formé mucho con él, pero nunca me sentí por debajo de él, digamos, como una niñita que lo miraba con la boca abierta ¡jamás! Estábamos a la par, coincidíamos mucho, nuestras conversaciones eran ricas, llenas de sensibilidad, vuelo e imaginación. En Fonseca me impresionaba sobre todo esa cosa tan comunista de manera de ser que yo aprendí a su lado: la generosidad frente a la vida, frente al que de repente está hablando, y es un compañero obrero, por ejemplo, que no sabe hablar bien ni con palabras bonitas... Con qué respeto escuchaba Fonseca a ese compañero, aprendiendo de él. No había autoritarismo en su actitud. A la casa llegaba todo el mundo, intelectuales, gente modesta, artistas, camaradas. Se recibía a todos con mucho cariño. Nunca fue un dirigente autoritario, escuchaba a todos y le interesaba la opinión, la participación, el aporte de los compañeros. Y yo nunca estaba marginada tampoco... ¿Sabes? por eso a mí me da mucha pena esas mujeres que están esperando lo que el hombre diga, que él diga la primera y la última palabra. Yo en cambio tuve una relación igualitaria, a pesar de que Fonseca por supuesto tenía un nivel político muy superior, pero yo no me quedaba atrás, no tenía un pelo de tonta.

-Y además de tanto hablar... ¿Cómo era su vida de pololeo, de pasión?

-Como el primer día, siempre. Qué cosa más absurda si se oye decir por el común de la gente, porque el matrimonio, la convivencia prolongada, mata mucho la emoción del encuentro físico. Pero nosotros, fíjate, quiero recordarlo... fue siempre pasión, siempre nos necesitamos y nos amamos como jóvenes. El deseo crecía ¡qué maravilla es el amor! Fue así hasta que murió, cuando tenía cuarenta y tres años. Yo tenia 36.

-¿Cómo se organizaban para las tareas de la casa?

-Bueno, Fonseca salía mucho fuera. Viajaba. Y yo nunca le preguntaba dónde iba. Salía y volvía... Y yo fui una mujer que afirmó mucho la casa, el presupuesto del hogar, porque casada con un militante del Partido, con un revolucionario, en esos años en que además el Partido tenía muy pocos recursos, todos pasaban muchas pobrezas, muchas apreturas... Entonces yo siempre fui la que mantuvo a la familia, con mi trabajo. Pero eso a mí no me sumió en una vida doméstica o embrutecida... Cuando me acuerdo, digo: ¡pero cómo podía hacer tantas cosas! Trabajé, estudié, tuve una profesión. Me gané tres becas al extranjero. La primera era a Estados Unidos, pero no me dejaron entrar por ser la mujer de un comunista. Después me gané otra beca a Francia, pero tampoco me dieron la visa. No pude viajar.

-¿La tercera vez fue la vencida?

-La tercera fue cuando ya estaba viuda, cuando tenía cuarenta y tantos años, y me gané una beca por dos años para estudiar inglés, para perfeccionar estudios sobre el tratamiento de la parálisis cerebral... Desde entonces trabajaba en las mañanas en el hospital y en las tardes tenía una consulta privada donde cobraba lo mínimo, pero tenía mucha clientela. Ganaba para vivir, y le pude dar una educación y un bienestar a mis hijos. Cuando me gané la beca dejé todo organizado en la casa y unas colegas que estaban atentas por cualquier cosa. Y los tres hijos se manejaron solos, muy bien... Había una invitación primero para diez mujeres chilenas para conocer China. Iba la Irene Frei. Me fui a China primero con ellas y de ahí a Inglaterra... Ya en esos años me preocupaba el problema de la mujer, el desarrollo de la mujer... Y hasta hoy.

-¿ Usted es feminista? ¿ Una comunista-feminista?

-En mi tercera edad sigo preocupada del problema de la mujer, fíjese. Me interesa lo que plantean las feministas: que nosotros no hemos sido capaces, por ejemplo, como gobierno de la Unidad Popular, de legalizar el aborto. A mí me tocó conocer en Chile ese horror, ver ese horror: el trauma de la mujer humilde para el goce sexual, lo tremendo que es no poder vivirlo plenamente por temor al embarazo, la frigidez que resulta de eso, el no tener derecho sobre la fertilidad de su propio cuerpo, hoy día, a fines de este siglo ¡es increíble!... Y las feministas tienen mucha razón en decir que nosotras, las mujeres políticas, nos hemos preocupado de la lucha general, claro, sabemos que el cambio va a resolver muchos grandes problemas, pero también sabemos que hay cosas muy serias que van a ser resueltas en un proceso muy largo, como lo estamos viviendo aquí, en la propia Cuba, con todos los logros del socialismo, pero en que igual a casi treinta años de Revolución todavía la discriminación de la mujer está vivita y coleando. Y en Chile para qué decir, las mujeres arrastran problemas muy serios, muy graves, y nosotros los comunistas no hemos sido capaces de tomar el asunto de la mujer.

Por ejemplo -insisto con el aborto-, en Chile la cifra de lo controlado es de 120.000 abortos al año... Los que están controlados, las mujeres que llegan muriéndose al hospital. ¡Cuánto será el total!... ¿Y cómo no nos va a interesar ese problema de hoy día? Entonces lo han tomado las feministas... Y yo que soy una vieja quiero seguir tratando de aportar un poco al trabajo de nuestro Partido, en la preocupación por que en sus programas haya medidas concretas que aborden el problema de la mujer. Tenemos que hacerlo, es justo, pero yo me doy cuenta de que no existe todavía una comprensión. Sabemos que hay que hacer un cambio de 180 grados en la sociedad, pero estas cosas no se recogen.

-¿Y por qué cree usted que hay esa diferencia?

-Estudiando la historia del movimiento femenino, yo me he dado cuenta de que éste es un problema que no lo hemos sabido plantear nosotras las mujeres. La liberación del oprimido es producto de su propia lucha, la clase obrera es la que tiene que conquistar su liberación. Y nosotras, las mujeres comunistas, no hemos sido capaces de luchar más por estos problemas. Grandes dirigentes, estupendas combatientes, brillantes oradoras, maravillosas agitadoras, fantásticas todas... Claro, pero la problemática de nuestra sexualidad, de nuestras reivindicaciones, nuestra historia de lucha femenina, la politización de la mujer, la educación política de la mujer, nunca lo hemos tomado a fondo.

-¿Pero no cree usted que en la situación de Chile en que existe un enorme problema que es Pinochet suena como absurdo preocuparse del orgasmo, del aborto, de la sexualidad, de la frigidez?

-Ocurre que esos problemas también son de ahora, de hoy y de mañana. La mujer del pueblo tiene seis o siete chiquillos, lo pasa mal, va donde la comadrona que le mete cualquier cosa por la vagina para interrumpir el embarazo... Yo priorizo igual que todos nosotros la lucha contra Pinochet. Pero digo que hay que hacer planes perspectivos. Porque mañana, cuando cambie la cosa... qué presentamos, ¿a última hora nos ponemos a hacer el programa?, ¿ahí empezamos a ver lo que nos preocupa de la mujer?... Yo creo que se puede hacer paralelamente, sin ponerlo en primera plana. Pero hay que planificar. Y se trata a final de cuentas de salud, de calificación, de legislación laboral; se trata de que los jóvenes puedan hacer una vida sexual normal apoyada en una buena educación sexual y en la posibilidad de control de su fertilidad, de conocimiento de su estado biológico... Y eso no lo hemos tomado nosotros.

-Volvamos a Fonseca, como dirigente, como líder leninista del proletariado chileno... Entiendo que a él le preocupaban especialmente los jóvenes.

-Sí. Fonseca decía que los jóvenes tenían que trabajar, luchar y vivir como jóvenes. En esos años la juventud trabajadora era muy tempranamente frustrada, sin posibilidades de desarrollo cultural ni profesional. A fines de la década del treinta Fonseca fue dirigente de la Alianza Libertadora de la Juventud, que permitió agrupar a muchos sectores juveniles que no reconocían filas en los partidos, sectores muy diversos unidos en base a los intereses propios de la juventud. La Alianza fue muy importante por su amplitud. Se crearon allí espacios de recreación, los jóvenes se juntaban a cantar, a bailar, a crear, hacían excursionismo y arriba de los cerros discutían los problemas nacionales y políticos, con alegría, con entusiasmo.

-¿No había federación universitaria en esa época?

-Sí había. Y también había Juventudes Comunistas, desde el año 36, me parece. Pero muchos jóvenes obreros, de clase media, muchachos que eran empleados, cristianos, de todo, no tenían nada que ver con los problemas específicos de los estudiantes. En la Alianza encontraron un programa de reivindicaciones propias, en las que se contemplaba la lucha por mejores condiciones de vida, por el derecho a la educación, a la salud, a la recreación, a tener calificación en el trabajo... Hasta entonces no se conocía el problema juvenil, nadie hablaba de eso. Y la Alianza fue un despertar muy grande.

-Y, después, ¿qué tareas asumió Ricardo Fonseca con más fuerza en su vida de luchador?

-La educación popular. El se preocupó mucho de eso. Habló de una «universidad popular» y pensó en una universidad progresista que fuera capaz de interpretar la época que se vivía y que se proyectara a reforzar la lucha de la juventud trabajadora. Fonseca decía que se puede tener mucho empuje, mucha conciencia por instinto..., pero hay que tener convicción, decía, y la convicción surge del conocimiento, de una base teórica sólida. El trabajó mucho dentro del Partido en el área educacional; para él la formación de cuadros era algo prioritario. Y desde Fonseca, ésa ha sido una constante en el Partido.

-¿Y cuándo llegó a la máxima dirección del Partido, a la Secretaría General?

-En el Partido se destaca el cuadro que hace aportes en toda una trayectoria; la promoción de un dirigente es por sus méritos, por la experiencia que ha ido acumulando y por su entrega a la lucha. Fonseca era miembro del Comité Central, había sido director de El Siglo, había estado en las comisiones de Educación y en Agitación y Propaganda... En ese tiempo, los comunistas participábamos en el gobierno de González Videla. El compañero Carlos Contreras, que era el Secretario General, pasó a ser ministro... Entonces fue promovido Fonseca. Eso fue más o menos en el 46. Ya en el 47, González Videla, el traidor, comienza la persecución.

-Y el Partido Comunista, con Fonseca a la cabeza, pasa a la clandestinidad...

-Se imagina usted lo que fue pasar de la más amplia legalidad a la clandestinidad más absoluta en horas. Fonseca ya no se sentía bien, pero igual juega su papel. El era diputado. No se sabía que estaba planificada toda esa traición. La presión del imperialismo era tan grande que se crearon todas las condiciones para perseguir al Partido... Se discute en la Cámara... Fonseca hace entonces el discurso más maravilloso, que tiene mucha actualidad, que aparte de su contenido político justo y profundo es de una tremenda belleza de lenguaje, en el que desenmascara el contenido fascista de la Ley Maldita; de Defensa de la Democracia, la llamaron.

Gabriel González ganó con un programa muy progresista, según el cual se empezaba a avanzar hacia un cambio de la sociedad, con nacionalizaciones y reformas agrarias. Pero, nada... Y Fonseca debió preparar al Partido y sumergirlo a la clandestinidad, en unas horas, sin que se desbaratara y todo siguiera funcionando... Y por otro lado proteger a todos los cuadros dirigentes, entre ellos a Pablo Neruda. Muchas veces lo acompañé a diligencias para cuidar o para trasladar a Pablo, que Fonseca hacía personalmente. Yo nunca dejaba a Ricardo en esa época, a pesar de que él salía siempre armado... que para esos tiempos era increíble porque no teníamos en la cabeza que así se defendía un proceso.

-¿Cómo llegó a la decisión de andar armado?

-El entendía que era absurdo dejarse tomar así no más, y aprendió a disparar. Fonseca siempre tuvo en la cabeza que habría que defenderse. Y en una conversación que tuvo con César Godoy Urrutia, cuando estaba ya en su lecho, muy mal de salud, le dijo que había que prepararse para la lucha más dura, hay que conquistar el pan a tiros, le dijo. Violentamente, a tiros. Decía que la violencia nosotros no la íbamos a contestar poniendo la otra mejilla. A la violencia, el pueblo tenía que contestar también con violencia, cosa que hoy estamos viviendo. No se le podía dejar abierto el paso al enemigo para que nos aplaste. En ese momento estábamos solos respecto de los aliados, de los sectores progresistas, pero teníamos al pueblo detrás. La ley se aplicó nada más que a los comunistas, se echó a treinta mil gentes a la calle, se borró a todos los pro-comunistas de los registros electorales.

Yo encontraba tan correcto y tan justo que Fonseca anduviera armado, porque no se iba a dejar matar sin defenderse. El salía a encontrarse con todos los compañeros clandestinos, los que se daban las contraseñas, los cuadros que andaban de una parte a otra, tarde en la noche o de amanecida. Tenía que defenderse a tiros si era necesario, tenía que responder, el Partido no debía parar su actividad ni un mi- ñuto. Porque nosotros no somos Gandhi, somos marxistas, ¿no? Y cuánta gente nos han matado. Cuánta gente se habría podido defender si hubiera tenido un arma.

-¿Qué significaba el Partido para Fonseca?

-Quiero recordar sus palabras... Hace tantos años que él me lo dijo... Una vez él me dijo «para mí el Partido es todo, es la vida». Yo creo que eso fue lo que lo ayudó en su firmeza hasta el final, porque él sabía que se iba a morir, aunque nunca hablamos entre los dos nada de eso. El sabía que yo sabía que se iba a morir. No había ningún secreto... Tomamos la situación de una manera tan natural. Lo menos que hacía Fonseca era comentar su enfermedad. Toda su preocupación era el Partido, hasta el día que murió. Por eso es que encuentro tan justo que el Partido haya planteado que Fonseca fue un combatiente ejemplar, un ejemplo de comunista, tan firme e intransigente en sus principios, sin ser sectario; tan fogoso en la lucha; tan dúctil también frente a los problemas humanos, nada le era indiferente. Yo observé durante toda su vida ese carácter fresco, joven. Y Neruda le dice eso: «eres la juventud». Fonseca escuchaba mucho, tenía el don de escuchar a la gente, nunca estaba apurado. Jamás fue indiferente a la miseria, al abandono, al desamparo de los pobres... No tuvo ambiciones, estaba compenetrado de que el comunista entrega todo sin esperar recibir nada.

-¿Ustedes vivían pobremente?

-Pero, lógico. En la gran crisis del 30 éramos muy pobres. Yo supe, mi'jita, lo que era sentir hambre y no tener qué comer. Me acuerdo que miraba vidrieras. Y para una Pascua Fonseca pasó por la Vega para que le dieran un poco de verdura los compañeros. Eso lo pasé con él. Con el hambre a uno le duelen las tripas. Es duro. Claro, no fue una etapa muy larga porque yo después empecé a trabajar y aporté un poco más. Pero Fonseca era un funcionario del Partido, que imagínese usted que era un partido que vivía su segunda década recién... A veces le pagaban algo, pero no había recursos. El local era como un conventillo en Arturo Prat 1111, bien pobre.

Me estoy acordando de una anécdota que no sé si contarla o no, a propósito de esto...

-Cuéntela no más...

-Resulta que lo que ganaba Fonseca a veces alcanzaba para pagar el arriendo. También cuando fue diputado, porque los comunistas le daban la dieta al Partido y la organización daba a sus parlamentarios una cuota de acuerdo al número de familiares y a las necesidades, en fin. Entonces un día él me contó que el Partido le había asignado equis dinero y él había dicho que quería recibir menos, porque según él, aunque fuera secretario general no podía ganar más que el compañero Lafferte que era el presidente del Partido, y cuya mujer trabajaba en la casa y tenía dos hijos. En cambio, dijo, yo trabajaba fuera y era profesional... Yo me indigné, la verdad. No por una cosa de dinero, sino porque como que él no consideraba que yo era la que estaba apechugando. Tenía que trabajar mucho. Teníamos tres hijos que atender, que educar, todos los gastos de la casa... Y él: «quiero que me rebajen, mi mujer trabaja». Fue como una rabia que me dio. Pero así era Fonseca... Y a mí no me quedó más que el derecho a pataleo, porque para las condiciones que se vivían él tenía la razón.

-Señora Elena, ¿qué siente usted cuando hacemos este recorrido, cuando mira hacia atrás y evalúa su vida?

-A los setenta y cinco años puedo seguir trabajando en salud pública acá en Cuba, puedo seguir elaborando y estudiando el problema de la mujer, la historia del movimiento femenino, que me gusta y me acerca a la política. Para mí la vida es el trabajo. He trabajado mucho. Tenía treinta y seis años cuando murió mi compañero y he vivido hasta ahora siempre llena de deberes, de tareas, de esfuerzos. Mi carrera de kinesiología la he hecho bien, hasta ahora puedo hacer clases y tengo un prestigio a partir de estar estudiando siempre, atenta a lo nuevo... Pero hay cosas que habría querido hacer: escribir, ser escritora. Pero sobre todo dedicarme a la lucha política, al Partido. Y podría haberlo hecho porque fui dirigente gremial con mucho arrastre y también fui nominada pre-candidata a diputado por el tercer distrito... Me habría gustado dedicarme al trabajo político, fíjate. Pero hubo que tomar este camino, y lo hice, creo que bien. Y hasta hoy tengo contradicciones. Ahora ando pensando qué estudiar, llena de curiosidad todavía...

He sido feliz, no exageradamente feliz, pero feliz... ¿sabe por qué? Me realicé mucho con mi compañero. Después he tenido una soledad terrible. Envejecer sola no es muy grato. Uno tiene los nietos, los hijos, pero la pareja es lo fundamental, el compañero.

Pero he estado plena porque aprendí a querer a la gente. Yo he tenido muchos amigos que me quieren, que me dicen «Elenita» a esta altura, todavía me dicen así... Yo quiero a la gente, me da pena ver a alguna amiga angustiada. El otro día hablábamos con Mireya, Mireya Latorre, que es una mujer muy sabia. Y ella me decía: «estamos envejeciendo, ¿te das cuenta?», y nos reíamos. «¿Qué pensaste tú que iba a pasar cuando envejecieras?», le pregunté. «Bueno, vivir con Augusto (Olivares) felices, y pasear por nuestro país tan bello, tan hermoso, escribir y envejecer juntos», me respondió... Yo pensé que lo mismo me dijo Fonseca: «Envejeceremos juntos, caminando, leyendo, mirando la vida, juntos». Pero la cosa no fue así. Y aquí en Cuba, trabajando, lavando, planchando, cocinando, trapeando el suelo, porque aquí las cosas son así, aquí hemos sido felices. Eso decíamos con la Mireya, que estamos contentas con este pueblo que nos quiere y al que queremos.

-¿Y Chile?

-Chile... qué pregunta. Es una espina. Chile es una espina clavada, con un dolorcito que toca un solo punto, no un dolor generalizado. Un dolorcito que está ahí. Ya el tiempo que me queda por recorrer no es mucho, y me da pena pensar que no envejecí en Chile... Claro que si me pongo a hablar como la comunista que soy, me hubiera gustado estar allá, participar en la lucha, vivir esta etapa... Pero le tengo miedo a ser una carga para los demás, y no tengo ya la fuerza y la energía que se requiere para la batalla en Chile.

Para mí Chile es la etapa más feliz, más plena... Pero yo hoy día miraba, antes que usted llegara, y la vida ya es corta, lo que me queda es poco. Se lo digo sin dramatismo, anótelo tranquilamente, no es un lamento, la vida es corta. Ya no es lo mismo, no puedo salir a cualquier hora ni llegar tarde en la noche, ir a una reunión y después a otra. No puedo olvidar arroparme, ¿ve usted? Chile es todo eso, mis recuerdos, Fonseca, ese hombre al que amé con pasión...

-¿Nunca se aburrieron?

-Nunca, nunca. Se lo juro mi'jita. En esos años juntos yo siempre fui la amante, el amor... Una cosa hermosísima. Ahora suena algo racional tal vez, pero los primeros años sin él yo miraba la vida, miraba la belleza, la naturaleza de la que siempre había estado tan cerca... Y todo lo encontraba feo, terrible, duro. Me costó mucho volver a disfrutar de la vida. Porque fue muy plena la vida con Fonseca. Si mirábamos una nube, era esa nube la única nube, la primera nube... y no como una cosa de cursilería, sino algo muy natural, una relación quizás un poco primitiva, un poco primaria, salvaje... Porque él tenía muchas cosas de campesino, de muchacho que se crió en el mundo, en el campo, en la calle. El tenía esa fuerza tremenda... esa fuerza.


ELENA CAFFARENA, 85 AÑOS DE JUVENTUD
Jeanette Fuentes

Su nombre se ha transformado en símbolo de valentía, consecuencia y lucha. Elena Caffarena de Jiles representa el pasado y el presente del movimiento femenino junto a otras valerosas mujeres de Chile. Ella continúa siendo atacada por lo que ella llama «el virus incurable de organizar y luchar por la igualdad de la mujer en todos los ámbitos de la vida».

¿Cómo contrajo ella este virus? Recordemos su vida, aunque sea con breves pinceladas.

Su abuelo, un marinero mercante genovés, de un barco de vela de esos de cuatro palos, se cansó de la vida del mar y con unos cuantos dólares juntados con esfuerzo, decidió volver a tierra y comprarse un terreno en Estados Unidos. Los únicos a su alcance estaban en Dakota y allí empezó a trabajar con su mujer y sus dos hijos.

El mayor, llamado Blas, sería después padre de Elena.

Las cosas no eran fáciles en aquel tiempo en Dakota. Un año se inundaban las cosechas y al otro se secaban, cuando no aparecían los indios que, con razón, querían expulsar de sus tierras a ese «rostro pálido».

El ex marinero vendió su parcela y partió a Iquique, en ese país angosto y largo al sur del continente. Allí tenía un primo y una pulpería. Trabajó con sus dos hijos, como esclavos, sin días domingos ni festivos, con sólo dos días de descanso al año: el 20 de septiembre, día de los italianos, y Navidad.

Blas, ya un joven, decidió independizarse y abrió su propio negocio en la capital del salitre. Cuando quiso casarse se fue a Génova a buscar novia y la encontró en una procesión. Una joven rubia y hermosa con quien regresó a Iquique.

Allí nació Elena Caffarena, el 23 de marzo de 1903. Asistió al Liceo de Niñas de la ciudad hasta el quinto año de Humanidades. Pero el negocio de la pulpería de Blas Caffarena no andaba muy bien por lo que éste decidió ir a aprender los secretos de la industria textil a Estados Unidos.

Allí se empleó en una fábrica y supo cómo se hacían las medias. Volvió con cuatro máquinas para fabricarlas en Chile. La suerte le hizo un guiño amistoso porque en esa época las faldas subieron hasta la rodilla y las mujeres se volvían locas por las medias «color champagne», como dice la canción.

La familia después se trasladó a Santiago y Elena cursó el último año de la educación secundaria en el Liceo 4, de Recoleta. Conoció allí a María Marchant y empieza una amistad a la que se agrega después Olga Poblete, que dura hasta hoy.

En 1921 llega a la Universidad de Chile a estudiar Derecho. Un mundo distinto donde todo está en ebullición. Ella y María Marchant son las primeras mujeres que se inscriben en la Federación de Estudiantes de Chile, donde son recibidas con honores y se les ofrece hacerse cargo de la atención del aseo y ornato del local.

Elena Caffarena se ríe al contarlo y dice que lo más grave de esta discriminación es que a ellas les pareció «¡estupendo!», por lo que ella deduce que el machismo está especialmente asentado en las propias mujeres.

En la Universidad conoce a un estudiante de Derecho que ya está en tercer año. Jorge Jiles. Un joven comunista que estaba a la cabeza de un consultorio jurídico de ayuda a obreros y universitarios. Allí se incorpora también Elena Caffarena. No fue amor a primera vista y después de años de insistencia de Jorge, como cuenta Elena, se casaron. Ella recuerda su matrimonio como algo muy importante en su vida.

«Jorge era un ser extraordinario, nos dice. Serio, leal, honorable. Yo quiero mucho a los comunistas, pues pienso que si son como Jorge, son dignos de toda confianza.»

En la Federación de Estudiantes de Chile se sucedían los debates y las conferencias, con visitas de anarquistas argentinos y norteamericanos que se enfrentaban con los socialistas. Muy cerca del local de la FECH estaba la Federación Obrera de Chile, la FOCH, y allí, Elena Caffarena conoció personalmente a Luis Emilio Recabarren.

Ella cuenta que el único diario que acogía la lucha de las mujeres era El Despertar de los Trabajadores. Años más tarde ella publicó en El Siglo un artículo titulado «Recabarren feminista», citando discursos y escritos del gran dirigente obrero en favor de los derechos de la mujer.

Como estudiante de Derecho Elena Caffarena se dio cuenta de la discriminación de la mujer. En esos años no podían servir ni siquiera como testigos de testamentos y la ley señalaba que si eran sorprendidas engañando al marido, éste tenía el derecho a matarlas, sin caer en pena alguna. ¡Y no pasaba lo mismo si la situación era la inversa, naturalmente!

Esta disposición legal duró largos años en vigencia y fue derogada hace apenas dos decenios.

En 1935, Elena Caffarena funda, junto a otras destacadas mujeres, el MEMCH, Movimiento de Emancipación de la Mujer Chilena, organización de la que fue elegida su máximo dirigente. Desde allí surgen las grandes luchas por los derechos de la mujer chilena.

Se da la pelea y se gana, por el término de la prohibición que afecta a las mujeres, de trabajar en oficinas públicas como Impuestos Internos e Inspección del Trabajo.

Se lucha contra la carestía de la vida y durante los años de la guerra en Europa, el MEMCH levanta la bandera antifascista.

Así, el MEMCH, crece y se transforma en la mayor organización de mujeres, con 66 filiales en todo el país.

Más tarde, integrado a la FECHIF, Federación Chilena de Instituciones Femeninas, da la gran batalla por el derecho a voto de la mujer.

Cuando el MEMCH desaparece, Elena Caffarena no mejora de su pasión y sigue organizando. Trabaja en el Consejo de Defensa del Niño como directora, cargo al que es obligada a renunciar por la Junta Militar después del golpe de 1973.

En 1979, en pleno régimen fascista, crea junto a otras mujeres el PIDEE, Protección a la Infancia Dañada por los Estados de Emergencia, que se transforma en una gran institución de ayuda a los hijos de los desaparecidos, de los presos políticos, de los exiliados y retornados.

Y continúa sin descansar. En estos días se dan los últimos detalles para la creación de AMAD, idea de Elena Caffarena y cuyo nombre lo dice todo: Ayuda a Mujeres Afectadas por la Discriminación. Esta corporación, como lo señalan sus estatutos, atenderá prioritariamente los siguientes casos: mujeres retornadas, presas políticas y relegadas, familiares de detenidos-desaparecidos, de ejecutados políticos, exiliadas y exoneradas de sus cargos por razones políticas.

Se podría hablar horas y horas de a extraordinaria vida de Elena Caffarena de Jiles, de su actitud creadora, de su sentido del humor, de su crítica valiente a los errores del movimiento femenino; de sus numerosos libros sobre temas jurídicos; de su pasado y su presente, pues aún está activa y vigente cuando acaba de cumplir sus jóvenes ochenta y cinco años.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03