La muerte de un actor

LA MUERTE DE UN ACTOR

ROBERTO PARADA VUELVE VOLANDO
Volodia Teitelboim

Le mostró tres dedos a su mujer.

La voz -su poderosa, célebre, insinuante voz de actor- ya no le salía. Pero ella entendió que quería escuchar la Tercera Sinfonía de Beethoven. Pusieron el casette. Cerró los ojos para oír mejor. ┐Sólo para ello? No. Se trataba de algo más. Se despedía envuelto por la música, esa materia preciosa. Pero la despedida ahora era total. Equivalía al adiós de los adioses. A las ocho de la mañana del 19 de noviembre de 1986 Roberto Parada -seguramente el más memorable actor chileno de la segunda mitad del siglo XX- partió para juntarse con los grandes comediantes de este mundo, hacia los escenarios del cielo de Shakespeare, de Chejov y de Brecht.

Como hombre del futuro, volador después de su último suspiro. Pasado mañana domingo, acompañado por su esposa María y su hija Soledad, emprenderá un largo viaje por el cielo. Recorrerá más de 15 mil kilómetros para volver a casa. En ese avión que cruzará Europa, África y Sudamérica, retornará a Santiago, porque si él nunca quiso ser un exiliado en vida, tampoco lo será en la muerta En Chile nació, en Chile vivió y allá dormirá su "sueño eterno".

Lo veo joven, alto, gallardo, hace cincuenta años, en la puerta de la Universidad de Chile. Era un profesor de Inglés graduado hacia poco. Pero el maestro actuaba con seriedad histórica y desenfado nato en la desaforada Orquesta Afónica del Pedagógico.

Nació en Concepción, accidentalmente. "Mi madre buscaba las ciudades para dar a luz". Pero sus raíces están en el campo, en tierras de Linares, allá por Longaví, aunque su aventura creadora es urbana (también el buscaba las ciudades para procrear algo). En Santiago funda -junto a Pedro de la Barra y a tanta muchacha precursora - el Teatro Experimental, columna inaugural de la revolución escénico S." Chile. El día en que los nazis invaden la Unión Soviética, da su función de estreno en el Teatro Imperio. Roberto hace ese día el Sargento de "La Guarda Cuidadosa".

En los años de la segunda guerra -cuando había que disparar contra los nazis- la pareja estuvo trabajando en la BBC.

Roberto desempeñó el papel de Sancho Panza en la radioteatralización del Quijote, que se transmitió desde Londres por largos meses. Sacó chispas a la sabiduría de ese hombre de pueblo. El rechoncho escudero del Hidalgo de la Mancha estaba enriquecido por sus rurales vivencias linarenses y sus conocimientos de huaso ladino. El físico no correspondía. Pero la radio -como todo el mundo sabe- no transmite la imagen. La civilización audiovisual se impondría algo más tarde. Y él también la enfrentó con éxito.

En sus mocedades anduvo participando en Festivales de la Juventud.

En verdad, fue siempre un joven imponente y majestuoso. Cubrió la escena nacional de punta a cabo con autores clásicos y modernos. Quien lo viera actuar en El Círculo de Tiza Caucasiano no podría olvidarlo. O en Herr Puntilla y su criado Matti. Interpretó centenares de papeles teatrales. Fue probablemente el más laborioso de nuestros actores. Su versatilidad le permitió recrear los roles más disimiles. Con profunda propiedad de compenetración psicológicos hacia de cada personaje una creación nueva.

Prácticamente fue comunista toda la vida. Un solemne y fascinante maestro de ceremonias en los magnos caupolicanazos de otro tiempo mejor. En cada recital de Neruda se veía y oía a la famosa troika, compuesta por el poeta, Roberto y María Maluenda, su compañera, diciendo la poesía, como si ellos hubieran inventado el poder revelador de la palabra. Cuando Pablo, en "La Chascona", su casa en el faldeo del Cerro San Cristóbal, dio a conocer su obra teatralizada La Espada Encendida, la troika lectora se transformó en cuarteto, pues se sumó José Manuel Parada Maluenda, que tenía mucho de su padre y de su madre, y era un joven fuerte y delicado que daría su vida por la libertad, la justicia y por defender los derechos humanos.

Tenía Roberto cierto parecido físico con Neruda, siendo el actor más airoso. Cuando Antonio Skármeta decidió presentar una imagen cinematográfica del poeta en Ardiente Paciencia (aquella que recomendara Rimbaud y Neruda evocó, como virtud capital, en su discurso de aceptación del Nobel, en Estocolmo) no vaciló en confiar la tarea a Parada. En Portugal se filmó la película.

Cuando el fascismo se abatió sobre nuestra patria, él diría su discurso por la libertad de cualquier modo. María escarbó en la historia más antigua de la dignidad. Del proceso a Sócrates, hace más de dos mil años, de su apología ante los jueces atenienses, extrajo, con fidelidad estricta, la defensa de los derechos del hombre en el Chile en el umbral del año 2.000. Roberto encarnó al viejo filósofo por teatros en muchas ciudades y pueblos pequeños, en casas particulares, como quien defiende sus puntos de vista, expresa sus principios, su derecho al libre examen, en medio del fanatismo salvaje, que pretende suprimir con la violencia y la muerte el derecho a discrepar. En esas representaciones, el actor-ciudadano no se estaba defendiendo ni justificando. Razonaba en profundidad, alegando por la vuelta de Chile a la libertad. Esa apología era un ataque mordaz contra la tiranía. El dictador y la dictadura nunca se lo perdonarían.

Durante una representación de Primavera con una Esquina Rota, de Benedetti, le comunican que su hijo José Manuel ha aparecido degollado por los cuchilleros de Pinochet, junto a Manuel Guerrero y Santiago Nattino. Se le propone suspender el espectáculo. El se yergue y responde: "El público no espera". Los asistentes -enterados del hecho- escuchan al actor dedicar la función al hijo atrozmente inmolado. No le descubren un trémolo en la voz. Pero algo se la ha quebrado adentra Un resorte, por ahora invisible, está roto.

Cuando la Editorial Emisión publica el libro de poemas de su hijo asesinado, con un nombre a propósito. Pido respeto, Roberto en uno de los prólogos subrayará, serenamente, pero en verdad con el corazón deshecho, que José Manuel "estaba recién llegado a su plena madurez cuando malas manos pusieron fin a su vida física". Esas malas manos las subraya en cursiva, para esclarecer que es una expresión de Gabriela Mistral, otro de sus grandes amores literarios. Aquel crimen de marzo del 84 fue un desquite contra la inmensa, noble y arriesgada tarea cumplida por José Manuel en la Vicaría de la Solidaridad. Pero de algún modo constituyó también una especie de "vendetta" de Pinochet contra la familia que, entera, luchaba noche y día por la vuelta a un Chile democrático.

Después vino una noche trágica. Hacía dos horas que había abandonado el escenario donde representaba Algo anda en el aire, obra en que desarrollaba el papel de un profesor que averigua el paradero y destino de un muchacho secuestrado. Algo que le recordaba demasiado su propio caso. Sucedió dos años más tarde, ese 17 de mayo de 1986. El cuchillo manejado por la dictadura, al rebanar la existencia de José Manuel, entonces dejó ver el quiebre profundo que habla causado en la humanidad de su padre, sometido a todas las tensiones por el universo infernal de la tiranía. Un derrame cerebral lo dejó parcialmente inmovilizado esa noche. Pocos meses después viajó a Buenos Aires, de allí a Estocolmo y a Moscú en busca de tratamiento.

Aquel golpe que cercenó la vida del hijo, con el tiempo cortó la respiración del padre, dificultada por las sucesivas avalanchas del terror de más de trece años, por esa plétora de sangre, que nunca le hizo bajar los brazos, sino alzar la voz de incomparable actor, nobilísimo monstruo sagrado de los escenarios chilenos.

Fue un privilegio y un honor para nuestro teatro haberlo tenido durante medio siglo agitando los corazones y las conciencias del público. El artista clásico era un romántico. El hombre que cantaba viejos blues y canciones de la guerra de España e himnos revolucionarios con voz potente queda para siempre en la historia teatral, con su figura de coloso y su repertorio de hombre completo hasta lo inolvidable.

Un lazo de amor lo ligó a los espectadores y a todo su pueblo, el cual estaba orgulloso que fuera uno de los suyos. Muchos, en estos días de duelo, sentirán la nostalgia de sus antiguas representaciones, revivirán las emociones de antaño, cuando Roberto Parada actuaba, por ejemplo, en el Teatro Antonio Varas y lo recibían con enorme entusiasmo. Permanecerá fresco como uno de los rostros del arte escénico y del arte, de la vida. Ningún signo de exclamación puede exagerar, sin embargo, el lugar que ocupará en la memoria de su pueblo. Dicen que a los ojos olvidadizos de la historia no existe la gloria eterna. ┐Pero quién olvidará la calidad de la representación que hizo en el teatro y en la sociedad este artista, este hombre buenísimo, puro y sin tacha?

Un día alguien escribirá su biografía, porque será un texto necesario. Contendrá -es de esperar- páginas ilustradas con fotografías que fijen instantes de sus actuaciones. Todo irá componiendo, más allá de las expresiones fugitivas de su perfil, la imagen perdurable, el retrato definitivo del gran artista -que alcanzó a ratos una grandeza patética- del magnifico ciudadano y revolucionario cercado y golpeado por la canalla fascista. Fue un héroe romántico, un hombre casi mítico, un seductor de la escena, que desempeñó cien primeros roles, pero cuyo primerísimo rol fue ser un maravilloso ser humano.

Pasado mañana recorrerá medio mundo, para volver a casa. Tanta era y es su pasión de regreso que, aún después de muerto, sigue vivo y volando, porque tiene una última cita con la gente digna, decente de su patria.

Moscú, 21 de noviembre de 1986


ADIÓS CON ELEFANTES Y MARIPOSAS
Antonio Skármeta

Conocí a don Roberto de profesor de inglés en mi liceo de Santiago Como todos los actores, necesitaba de otra profesión para sostener la economía doméstica; sólo que a las aulas, se trata todo el histrionismo de la noche anterior sobre el escenario. Aun cuando uno estuviera en mitad del patio de las palmeras del Instituto Nacional se podía oír con nitidez la voz de don Roberto recitándole a sus alumnos Longfellow o Edgar Allan Poe. No sé si porque era profesor de inglés, siempre me lo imaginé salido de una obra de Shakespeare. Tenía una voz operática, deliciosamente timbrada, gracias a la cual le daban siempre en el teatro papeles de autoridad: reyes, gobernadores, capitanes. Le gustaba cantar: solista o en coros. En la época de mi adolescencia lo vi hacer con Héctor Duvauchelle -el notable actor asesinado en el exilio en Venezuela - La ópera de 3 centavos de Brecht. Duvauchelle era Mack "The Knife" y Parada el "Tigre Brown". Inventó en esa ocasión un personaje maravilloso que habla aprendido su rol en films y novelas detectivescas. Su teatralidad la aplicaba con rigor. Aún hoy lo veo decir, cubriéndose los ojos con las manos, elegante cual un bailarín, congelando el gesto: "No, no, Macky, no me mires así". Durante años ese gesto y esas palabras lo repetimos en Chile y lo popularizamos en el exilia "No me mires así. Macky" eran palabras para pedir amor, comprensión, disculpa por algún error.

Dentro del conjunto de actores chilenos su porte robusto y encumbrado, totalmente armónico con su voz, lo llevó a un tipo de actuación controlada, poco gesticulatoria, tal vez siguiendo la receta técnica que se aplicó con generosidad Richard Burton: "Quédate quieto, para que te noten". En Parada todo fue mesura, la cual nunca inhibió ni con sordinas, ni ahorrando acentos reclamatorios. Pero con la gesticulación era implacable. Cuando enseñaba actuación a los actores noveles, les gritaba desde la platea: "No, hombre, no mueva los brazos como aspas de molino".

Aunque durante mucho tiempo sólo lo vi actuar en salas grandes, siempre tuve la impresión que estas le quedaban pequeñas, que Parada necesitaba estadios para su voz. Y en efecto, en campañas políticas solía recitar versos de Neruda u otros poetas chilenos complacido de estar al aire libre, donde su voz podía remontarse sin problemas hasta la cordillera. Era un histrión, y le encantaba serlo. El lenguaje era una fiesta en su lengua, explotaba en sus dientes, se aterciopelaba en el cálido aire insuflado por sus abundantes pulmones. Yo era un obseso espectador de teatro y coleccioné sus actuaciones de teatro clásico español, Shakespeare o dramas rusos con la manía de un filatélico. Un día, presumo que estarla en mi primer año de universidad, vi anunciado a Parada en una mínima sala llamada "Talía" como protagonista de una obra de cámara extremadamente contemporánea: El cuidador de Harol Pintor. Fue una especial emoción ver a don Roberto acomodar su voz, ritmo, gesticulación y mentalidad al novedoso lenguaje del nuevo teatro inglés. De alguna manera -en mi juvenil inmadurez- no habla creído que Parada también podía ser un actor para "ese" tipo de teatro. Pensé que si algún día la vida de la bohemia me llevara a hablar sobre las obras que escribía, a escribir realmente una obra, me gustarla que Roberto Parada actuara en ella.

Pasaron muchos años, el golpe contra la Unidad Popular en Chile, el exilio, hasta que mi sueño pudo cumplirse. No era una obra de teatro sino un film. Se llamaba Ardiente Paciencia y había un rol que yo quería llenarlo con Roberto Parada. El de Pablo Neruda.

A los pocos días de enviarle el guión, me confirmó su aceptación por teléfono. Vendría a Portugal a filmar la historia de Isla Negra, donde nuestros decoradores se habían dado maña para ubicar una casa que evocara atinadamente a la de Neruda. En cuanto al mar, la naturaleza había hecho su trabajo con la discreta eficiencia de siempre, y en la playa de Murtinheira, el oleaje hacía su festival casi con las mismas fanfarrias del Pacífico. Cuando el productor alemán me preguntó por qué deseaba filmar mi historia en Portugal, no quise decirle argumentos sentimentales como que Chile y Portugal eran igualmente sureños y extremos -cada uno en su continente- ni que con los portugueses los chilenos compartíamos cierta discreción en la expresividad más una melancolía que la reciente historia de nuestro exilio había acentuado. Le dije algo delirante e irrefutable: "Los crepúsculos en Portugal acontecen por el lado correcto".

Llegó a Lisboa un día de marzo o abril, en 1983, su rostro finamente trabajado por los años, un humor que había sobrevivido al desastre chileno, la serena y contagiosa certeza del militante de que Chile estaba movilizando en la lucha por la libertad. En la pieza del hotel, le tenia como sorpresa a su partenaire en Ardiente Paciencia: el actor Óscar Castro.

- "Don Roberto" -dijo Óscar.

- "Cuervito" -dijo Roberto, abrazándolo.

Ese abrazo fue para mi un símbolo, y una señal del estilo que debiera tener mi film. Don Roberto tenía tal vez setenta años. Óscar Castro algo más que treinta. Don Roberto había sido profesor en el mismo liceo donde Castro y yo estudiamos, el Instituto Nacional. Más tarde. Castro habla sido alumno mío en la Universidad Católica, mientras paralelamente matizaba muy originalmente el teatro chileno con su grupo "Aleph". Desde ese abrazo, y desde la primera prueba, supe que mi labor de director se limitaría a poner acentos, a limar algunos énfasis.

Provenían del mismo tronco, de una tradición libertaria, inclaudicables en sus ideas y en su fantasía, más profundos, sensibles, alertas, generosos, tras la experiencia del dolor colectivo y el individual. Castro había estado años en campos de concentración y su madre es uno de los detenidos-desaparecidos. Años después. Parada sufriría por el asesinato de su hijo José Manuel en Santiago, y a este dolor se sumaría la indignación de ver como los culpables eran detectados y luego se suspendía la investigación y se les aplicaba una amnistía. Al elenco de Ardiente Paciencia se sumarían luego dos actrices exiliadas y decenas de extras chilenos en la misma situación. Si la película tiene algún mérito, éste proviene del aporte de los actores que establecieron en la ficción el Chile fraternal, solidario, mareado de futuro y utopías tan brutalmente golpeado en Septiembre del 73.

Don Roberto traía de Chile su rol perfectamente aprendido. Solo de oír-lo hablar, me convencí de que mi proyecto había encontrado su intérprete ideal. Parada tenía poesía, humor, melancolía, ironía, profundidad y dolor en las proporciones que yo las había soñado. Quedaba un problema por resolver: esta vez no se trataba de una obra de teatro, sino de un film, y su experiencia en este campo era limitada. Todos los que lo amamos en las tablas, sabemos que cuando don Roberto actuaba lo hacía para la galaxia. Su voz no se achicaba ni ante la Vía Láctea. Fue lo primero que discutimos en los ensayos: el exceso de expresividad, con que emocionaba en teatro, pero que de alguna manera se reñía con el estilo cinematográfico.

Gracias a Dios, los primeros intentos de readecuar su expresividad para el camarógrafo portugués, fracasaron. De estos pequeños reveses, salió de pronto la solución definitiva. Una mañana en que lo hacia ensayar una y otra vez en la arisca arena de una playa meneada por un viento como el de Playa Ancha, le susurró una queja a su interlocutor en la escena, Oscar Castro: "No me resulta, cuervito, no se qué crestas quiere este director". Lo que no sospechaba aún, era que esos micrófonos inalámbricos que colgaban de su pecho eran capaces de captar sus susurros y que yo había oído nítidamente su muy discreta protesta fuera del libreta Avancé con el sonidista hasta él, le puso los audífonos en su noble cabeza, y lo dejé oír su "privada" queja contra mis exigencias. Mientras me miraba con sonrisa culpable, aún chequeando por los adelantos de la técnica, le dije: "Don Roberto, ese es el volumen y tono que tiene que mantener durante todo el film".

Me respondió con un giro popular de los que ahorraba; "Caché, maestrito".

Desde ese momento redujo su expresión a lo esencial, con tanta consecuencia, disciplina y éxito, que la filmación comenzó a fluir, y disminuyeron las repeticiones. Feliz de que las cosas fueran resultando, un día me abrazó, y me dijo: "En cine, maestro, se trata de convertir a los elefantes en mariposas".

íMi querido elefante, mi tierna e inolvidable mariposa! Moriste fuera de Chile donde la muerte te fue rondando y minando durante años. Te asediaron con dolor. Recibiste más dolor que lo que un ser humano puede soportar, incluso un hombre lleno de esperanza y optimismo como tú.

En diciembre de 1985 te visité en el teatro "La Comedia", donde ensayaban una obra que te daría un nuevo premio internacional, que ya habías obtenido por tu actuación en Ardiente paciencia. Era mi primer retorno a Chile después de doce años, y lo que tu actuabas en el escenario estaba tan cerca del drama que hablas vivido con el asesinato de tu hijo que yo como simple espectador, sentí que no lo resistiría. Y tú eras noche a noche el interprete de tu propio drama. Lo que te quedaba de vida lo entregabas generosamente, te alentaba pensar en ese futuro -tan esquivo- por el cual tantos compañeros y parientes tuyos morían.

Sentí que alrededor tuyo, la gente cambiaba.

Se hacían mejores a tu lado, los contagiabas con tu humanidad, eran más tiernos, más valientes, más humanos, más solidarios. Mi última imagen tuya es la de un maestro en el cual se concentraba la historia y la fantasía chilena: todos querían estar a tu alrededor y quererte.

Que tu obra y tu recuerdo nos inspire y aliente.

Berlín Occidental, noviembre 1986


Partido Comunista de Chile

DECLARACIÓN

Ha muerto hoy el gran actor Roberto Parada, cuyo arte sublime resplandeció por más de medio siglo en los escenarios teatrales y en el cine de nuestro país.

Roberto Parada militó desde su más temprana juventud en las filas del Partido Comunista. Fue un militante ejemplar, que defendió siempre, aún en las más difíciles circunstancias, las posiciones y las ideas comunistas con firmeza e inteligencia.

Con su trabajo artístico, con su ejemplo y con su constante esfuerzo de reflexión y discusión creadora entregó una valiosa contribución al desarrollo de la cultura democrática.

Durante el negro período de nuestra historia iniciado en 1973 con la implantación del régimen fascista, Roberto Parada asumió una actitud de suprema dignidad, valerosa hasta el heroísmo, proclamando de manera pública su condición de militante comunista, cuando arreciaba en el país la histeria anticomunista de la dictadura y la matanza de los mejores hijos del pueblo.

Puede ser hoy portaestandarte del Partido y en ciertos momentos su personificación misma. De manera natural, actos públicos convocados en homenaje a su cumpleaños, a su prolongada actividad teatral tomaron al mismo tiempo el carácter de conmemoración del aniversario de la fundación de nuestro Partido.

El atroz asesinato de su hijo, degollado por un comando policial de la dictadura en marzo de 1985, no fue solamente una represalia por la labor de José Manuel Parada en la Vicaría de la Solidaridad, si no además una venganza abyecta, ejecutada según los métodos y la lógica del fascismo contra Roberto Parada y su compañera María Maluenda por la actitud de ambos frente a los enemigos de la patria.

La salud de Roberto Parada sufrió un grave quebranto en el presente año. Afectado por un derrame cerebral que le ocasionó una parálisis parcial, viajó a Europa en el mes de septiembre. Los intensos esfuerzos desplegados por los médicos por mejorar su estado y salvar su vida, resultaron finalmente infructuosos.

El pueblo chileno ha perdido a una de las más altas figuras de la cultura nacional, a un luchador valeroso por la causa de la libertad, la democracia y el socialismo.

El Partido Comunista de Chile presenta su más sentida condolencia a su compañera, a su hija, a todos sus familiares y amigos, e inclina sus banderas en recuerdo del artista, del militante, el patriota revolucionario, del ser humano de espléndida grandeza llamado Roberto Parada.

Santiago, 19 de noviembre 1986

Fotografía: Roberto Parada en Apología de Sócrates (Foto de Hildegund Ruge).


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03