Carlos Ossandon B.


La "emancipación mental" en el siglo XIX

Una tarea del liberalismo latinoamericano

Carlos Ossandon B.

Carlos Ossandón B. es profesor de filosofía. Vive en Santiago.

Esta tarea fue planteada por sectores representativos del pensamiento liberal a mediados del siglo XIX. Ella propendió a liberar nuestros pueblos de las huellas mentales provenientes de la Colonia para que, consumado el impulso revolucionario de 1810, esta América se orientara por la senda del "progreso" y la "democracia", en los marcos de un espíritu "libre" y "americano". La consecución de esta "emancipación íntima", como la llama Alberdi, exigió la puesta en movimiento de un programa de educación tendiente a disponer las mentes a la adquisición de las nuevas ideas; implicó, además, un esfuerzo de incorporación y participación activa en el desarrollo del mundo moderno, como también la necesidad de crear una "cultura americana" capaz de superar la hispano-colonial. Intentaré mostrar los rasgos principales de la tarea indicada deteniéndome en cinco autores: tres argentinos y dos chilenos. En el estudio de ellos, he privilegiado sus elementos comunes y no sus diferencias. Pienso que estas diferencias, que agrupan a Francisco Bilbao (1823-1865) y Esteban Echeverría (1805-1851) por un lado (representantes de un liberalismo más social), y a Juan Bautista Alberdi (1810-1884), José Victorino Lastarria 0817-1888) y Domingo Faustino Sarmiento (1811 -1888) por otro (representantes de un liberalismo más individualista), no ponen significativamente en entredicho la unidad que entre estos autores se produce en relación con dicha tarea.

Antes de empezar, debo reconocer el papel orientador que para la confección de estas notas jugó la obra de Leopoldo Zea.

I. Condiciones que justifican la emancipación mental

Una de las limitaciones más profundas que tuvo la realización misma del proceso emancipador en Hispanoamérica fue, según el pensamiento liberal postindependentista, la escasa comprensión por parte del pueblo de la ideología que conllevaba la lucha contra España. No se supo ligar la independencia política de América con la nueva filosofía que se proponía, viéndose en esa lucha un hecho separado de las cuestiones que el pensamiento moderno había derribado. El pueblo quedó así antiguo en sus creencias. "Nuestra revolución fue reflexiva en sus promotores y espontánea en el pueblo", señala Bilbao (1). Aun habiendo participado en la gesta de 1810, éste no interiorizó cabalmente los principios libertarios de ella. Incluso los mismos capitanes, rectifica Lastarria, que habían servido a la revolución llevaban en su educación y en sus instintos el espíritu colonial (2). El nuevo sistema de creencias, continúa Bilbao, no se pudo imponer de manera total, porque ocupados solamente de la critica del pasado no se llegó a entregar soluciones científicas o racionales a los asuntos de fondo que pedía la sociedad de la época. Sin el concurso de la ciencia, "nuestros revolucionarios, armados tan sólo de la filosofía crítica, se encontraron con un peso entre las manos que no supieron dónde apoyarlo". En esta situación, los ojos se volvieron al pasado buscando afirmar lo conquistado "en los restos de la columna misma que se había derribado" (3). Así surgió la reacción, mejor dicho, la contrarrevolución. Esta se vio facilitada por la incapacidad de incorporar reflexivamente al pueblo al proceso emancipador. Un pueblo sólo formalmente libre, inculto, conservaba en sí mismo los elementos ideológicos capaces de mantener y de volver a reproducir la mentalidad colonial.

A partir de este (su) diagnóstico el liberalismo saca dos conclusiones. La primera: la realidad de la Colonia, de sus ideas y hábitos, se halla todavía presente y actuante en América. La segunda: la obra de la Independencia, dada la vigencia del espíritu colonial, no está aún i terminada. En suma, se ha obtenido la emancipación política al romper con España, pero falta una segunda emancipación, capaz de liberar a América del mencionado espíritu. Completar la inacabada Independencia y emanciparnos de la mentalidad hispano-colonial forman parte, según el liberalismo, de una misma y única tarea. Esta, a su vez, se pone en relación con un mismo y único fin: el deseo de estos americanos de incorporar estas tierras al desarrollo de la civilización moderna.

II. Los aspectos generales de la emancipación mental

No es posible entender el contenido de la segunda emancipación si no lo vinculamos con el objetivo y los logros contemplados para la primera. Para Lastarria, el verdadero y gran objetivo de la revolución que proclamó la Independencia y estableció la República fue "la emancipación del espíritu" (4). Hacia allá se creyeron dirigir todos los esfuerzos. Sin embargo, la guerra contra España no fue suficiente, se dice, para el conseguimiento pleno del mismo. Fuimos capaces de obtener la "emancipación política", señala Echeverría, pero no hemos resuelto aún la "emancipación social". A la joven generación toca, pues, despedazar los grillos de la revolución y "conquistar la gloria de la iniciativa en la grande obra de la emancipación del espíritu americano" (5), que se resume en las dos cuestiones señaladas. La emancipación mental (o "social" como la denomina Echeverría) se dispone precisamente a alcanzar ese objetivo de la revolución, a través de un trabajo capaz de eliminar y reemplazar las huellas mentales coloniales.

En un sentido lato, la noción "emancipación del espíritu" se refiere a una ancha y liberada atmósfera intelectual, política y social. Por oposición al ambiente opresivo de la Colonia, se habla de la necesidad de un espíritu social emancipado. En un sentido más restringido, esta noción designa el desarrollo libre y sin ataduras de la razón humana. Un espíritu emancipado es el que ha roto los lazos de la servidumbre espiritual para alcanzar la libertad. Es aquel que ha reemplazado los argumentos de autoridad para dejarse guiar exclusivamente por los principios de la razón misma. Se le opone, además, todo lo que sea ideas convenidas u obligadas, los lugares comunes, los sofismas, las frases de convención, etc. (6) Para Bilbao, la independencia o soberanía de la razón -verdadero "derecho de los derechos" (7), "autoridad de autoridades" según los estatutos de la "Sociedad de la Igualdad" (8)- consiste en el no reconocimiento de autoridad dogmática alguna sobre el propio pensamiento. Se le opone "el dogma católico de la obediencia ciega" (9).

Un espíritu emancipado es, entonces, un espíritu libre, que ha roto con el convencionalismo colonial, no teniendo ya que rendir cuentas frente a la Inquisición española, sino sólo frente a sí mismo.

Aclarada esta noción, podemos ahora comprender mejor el rol que la emancipación mental desempeña en el afán por completar la gesta de 1810: ella no tiene otra pretensión que alcanzar el gran objetivo de ésta. No se parte, claro está, de cero. De hecho, dice Echeverría, hemos ya emancipado nuestro cuerpo. Pero vista la vigencia de las ideas y hábitos coloniales, falta por realizar la emancipación de la inteligencia americana (10). Terminada la época heroica de nuestra historia, dice Alberdi, entramos ahora en la del pensamiento (11). El rol de esta segunda emancipación no consiste pues en blandir la espada, en pasar a la acción, sino en crear una mentalidad distinta a la colonial, compatible con los nuevos principios proclamados.

III. Los aspectos particulares de la emancipación mental

1. La primera cuestión que se destaca es su contenido educativo y social. La realización de esta tarea exige, como era de suponerse, un trabajo de orden educativo con las más amplias capas de la población. En efecto, el instrumento más importante que se propone para cambiar el antiguo sistema de creencias es precisamente la educación del pueblo. Para alcanzar un espíritu liberado es necesario, se dice, emprender un esfuerzo educacional, de combate a la antigua ideología y de enseñanza de los nuevos valores, tendiente a crear en el pueblo las condiciones mentales de posibilidad para arribar a ese espíritu. Un empeño de esta naturaleza permite hacer frente a una de las principales causas que se daba para explicar la presencia de la herencia española en América, a saber, la no comprensión por parte del pueblo de la filosofía que proclamó la gesta de 1810. Es posible, dicen los autores liberales, desligarnos de esta presencia si realizamos un trabajo de educación en los nuevos principios. De aquí que emancipar tenga el sentido de ilustrar (12).

2. Otro aspecto importante de la nueva emancipación es la intención de asegurar, en el propio trabajo de destrucción de la mentalidad colonial, la participación de América en el desarrollo de la civilización moderna. La particular relación que se establece entre nuestros países y aquella civilización representada por las naciones adelantadas de Occidente (la Europa moderna y los Estados Unidos de Norteamérica) determina en forma significativa tanto el contenido de la emancipación mental como, en términos más amplios, el destino de nuestro continente.

Cuáles son las razones que se esgrimen para justificar este afán por participar en la elaboración de ese mundo?

Se dan al menos dos razones. La primera se refiere a la creencia de nuestra propia pertenencia a las naciones que llevan a cabo esa elaboración. Según esto, los pueblos americanos que forman parte de la familia europea tienen, en consecuencia, el legítimo derecho de ocupar un lugar en el desarrollo de la modernidad que propicia Europa. "La América del Sur, dice Sarmiento, es europea como la del Norte, y los idiomas, las creencias, tradiciones e ideas de la Europa, se dan la mano por una serie de poblaciones desde Patagonia hasta el Canadá" (13). Para Alberdi, las repúblicas americanas no son sino el resultado y el testimonio de la acción de Europa entre nosotros. "Lo que llamamos América independiente no es más que Europa establecida en América" (14). Nuestra revolución es sólo la ruptura de un poder europeo en dos partes, que hoy se manejan por separado. En 1810 se dio término a la acción de la Europa española en este continente y fue reemplazada por la acción de la Europa anglosajona y francesa. "Los americanos de hoy, continúa Alberdi, somos europeos que hemos cambiado de maestros: a la iniciativa española ha sucedido la inglesa y francesa. Pero siempre es Europa la obrera de nuestra civilización" (15). Según este enfoque, la revolución de la Independencia no cambia en nada el ser esencialmente europeo del hombre de estas tierras.

La segunda razón es la comunidad de fines que existe, según creen los pensadores liberales, entre América y esas naciones. "La América y la Europa, dice Lastarria, aunque en general están pobladas de distinta gente, de condiciones sociales profundamente diversas, tienen, sin embargo, tradiciones, sentimientos y costumbres procedentes de un mismo origen, y sobre todo se encaminan a un mismo fin social" (16). En el esquema liberal, los pueblos americanos que son de procedencia europea no tienen otro horizonte que aquel general abierto por aquella civilización. De aquí la necesidad de la incorporación de América a la senda que van trazando los que llevan la vanguardia del proceso. La manera concreta de colaborar en la consecución de estos fines comunes es, se afirma, propagando y realizando los ideales de la modernidad entre nosotros. Este es el sentido que adquiere la emancipación mental cuando se propone librar las mentes de las ideas antiguas para así disponerlas a la adquisición de esas nuevas.

3. El tercer aspecto relevante de la emancipación mental es su propensión a buscar y desarrollar una cultura americana. Junto con el deseo de arrancar el legado mental colonial, está, a la par, el afán de averiguar y destacar los elementos propios de América.

Lastarria plantea la necesidad de crear una "literatura nacional", no española ni retrógrada, que sea expresión de nuestra sociedad y de sus anhelos. Alberdi hace ver la urgencia de redactar una Constitución adecuada a la realidad argentina. Bilbao incita a escribir la Biblia o el Koran americano. Se propone la creación de una "filosofía americana", etc.

La voluntad es, por medio de estos ensayos, dar un contenido americano al propósito de olvidar la Colonia. Según el liberalismo, sólo en la formación de una cultura nuestra, que refleje lo que somos y lo que queremos, se asegura la destrucción de aquella concebida como extraña e impuesta por España. Si no le damos este sentido a la "regeneración mental", dice Lastarria, la estamos contrariando, la retardamos y extraviamos de su curso natural. Esto hacemos si trasplantamos "a la América netamente y sin reflexión el criterio histórico, político y moral dominante en las sociedades europeas" (17).

Pero, cómo se compagina una propuesta de esta naturaleza con el deseo de incorporación y participación que indicábamos en el número dos de la exposición? No puede significar esto último la negación de nuestro ser, de nuestra cultura y temporalidad? Cómo es posible que negándonos a nosotros mismos se plantee, al mismo tiempo, la creación de un pensar y de un hacer adecuado a su realidad?

En efecto, veo aquí una tensión entre el afán de ser auténticos y el anhelo de seguir la marcha del mundo "adelantado". En los hechos está la entrega de las burguesías locales a los intereses económicos predominantes de Europa. Y obviamente frente a esta maciza realidad no hay argumentación de autenticidad que se sostenga. Esta es justamente la razón que explica el fracaso del liberalismo de dar un aporte propiamente americano al desarrollo del "progreso" vanguardizado por las naciones modernas. La disociación que existe en el pensamiento liberal entre el nivel político-ideológico y el plano económico-social es "un factor que entre otros, dice Bernardo Subercaseaux refiriéndose al liberalismo chileno, explica la distribución de sus aportes y desaciertos: contribuciones en el desarrollo de la educación y la cultura, en la laicización de la sociedad y en una relativa democratización política; y fracasos al entregar los recursos básicos del país a capitales extranjeros, mostrando una absoluta incapacidad para orientar un desarrollo económico independiente y de beneficio general" (18). Además de esta razón, pienso que es posible aventurar otra que dé cuenta del mencionado fracaso: el ofrecimiento de una contribución específicamente americana al desarrollo en cuestión no es fruto de una concepción independiente -por así decir- de ésta nuestra América. América Latina no es visualizada aquí como un conjunto de pueblos pobres y explotados por las naciones colonialistas y, en consecuencia, como radicalmente diferente y opuesta a su polo dominador. Si bien el liberalismo desea que América tenga una personalidad propia, este deseo se manifiesta dentro de una concepción burguesa y europeizante de la realidad americana. Es así como el afán -muy estrechamente ligado a la emancipación mental- de conseguir formas adecuadas a las exigencias de nuestro mundo, al darse bajo el arquetipo (y la dependencia práctica) del llamado mundo moderno, adquirió el sentido de una búsqueda inauténtica de lo auténtico.

Empero, si la tensión arriba mencionada no se resuelve a mis ojos, sí lo hace a los ojos liberales. Desde esta óptica, el rastreo de una expresión propia no se entiende como el denuedo de enfrentarse u oponerse a Europa. Para el liberalismo, el hecho que nuestro continente tenga una identidad es una de las maneras de garantizar y de hacer ver a todos la necesidad de su participación en el nuevo desarrollo. Qué es el cuidado por la autenticidad sino la aspiración a ser algo diferente del resto, conforme a sí mismo, y digno, por consiguiente, de ser tomado en cuenta? Es nuestra propia sustantividad la que puede crear las condiciones para la incorporación activa y creadora de América al avance de ese mundo al cual se cree obstinadamente pertenecer. La elaboración de la civilización occidental tomará así el carácter de una colaboración. La posibilidad de América de configurar una cultura constituye, en este esquema, la prueba más clara de la necesidad de contar con este continente en ese desarrollo. La actitud crítica que a veces se tiene hacia Europa no representa una tentativa de separación del rumbo general trazado por ésta, sino sólo una voluntad de autoafirmación. El ensayo de una "cultura americana", no separada ni opuesta al desarrollo "universal", manifiesta otra de las ideas liberales, de fuerte raigambre romántica: si bien el progreso propiciado por las naciones modernas es necesario, cada uno de los pueblos lo realiza a su modo, en conformidad con sus condiciones de tiempo y espacio.

No oponiéndose a Europa, el afán de tener un ser propio toma, en repetidas ocasiones, el sentido de una demanda de reconocimiento a ésta de la capacidad nuestra de poseer una cultura, y de poder, consecuentemente, entregar un aporte a la marcha de su mundo (19). El propio estudio de la realidad social americana tiene, a ratos, esta misma intención: la de enterar a Europa de la sórdida lucha que entre nosotros se despliega entre "los últimos progresos del espíritu humano y los rudimentos de la vida salvaje, entre las ciudades populosas y los bosques sombríos" (20). Al enseñar nuestra acucia por negar la "barbarie" y afirmar la "civilización" se espera el reconocimiento europeo de este fin que se cree común.

Lo dicho no significa, sin embargo, que se postule una cultura puramente imitativa. Si bien no se puede separar el interés por conquistar una expresión americana del anhelo de ser reconocido por Europa, tampoco es legítimo reducir completamente lo primero a lo segundo, sin ver en ello una cierta autonomía. En efecto, el esfuerzo por darse "una forma propia y adecuada" exige, dice Alberdi, la depuración de "nuestro espíritu de todo color postizo, de todo traje prestado, de toda parodia, de todo servilismo" (21). Según este enfoque, debemos proceder de acuerdo con nuestras propias fuerzas e intereses, sin imitar a pueblo alguno, en correspondencia con las condiciones individuales de nuestro ser.

Planteadas así las cosas, la creación de una cultura de participación y reconocida, pero no por eso menos americana, es, para el liberalismo, la forma más conveniente de llevar a cabo la tarea de destrucción del antiguo sistema de creencias, como también su momento positivo, este es, la formulación de una respuesta cultural alternativa a la colonial. Obrando de esta manera -es decir, negando de raíz el pasado colonial y afirmando la americanidad en el marco señalado- nuestro continente podrá dar, según esperan los autores liberales, un paso decisivo en la completación definitiva de su independencia.

Más adelante otros latinoamericanos percibirán los enormes problemas que dejaron tanto esta osada tabla rasa cultural como el esfuerzo de "participación" en el desarrollo propiciado por las naciones capitalistas avanzadas.


Notas:

1. Bilbao, Francisco: Sociabilidad chilena, en Obras Completas. Imprenta de "El Correo", Santiago de Chile, Tomo I, 1897, p. 29.

2. Lastarria, José Victorino: Don Diego Portales. Juicio histórico. Imprenta y oficina de la Democracia, Santiago de Chile, 1896, p. 47.

3. Bilbao, Francisco: Op. cit.

4. Lastarria, José Victorino: La América. Imprenta de Eug. Vanderhaeghen, Gante, 1867, p. 191.

5. Echeverría, Esteban: Dogma socialista de la Asociación Mayo, precedido de una ojeada retrospectiva sobre el movimiento intelectual en El Plata desde el año 37. Imprenta del Nacional, Montevideo, 1846, p. 54.

6. Lastarria, José Victorino: Discurso inaugural de la reinstalación del "Círculo de Amigos de las Letras", 23 de mayo de 1869, en Recuerdos literarios. Zig-Zag, Santiago de Chile, 1968, p. 366.

7. Bilbao, Francisco: El evangelio americano, en Obras Completas. Imprenta de "El Correo", Santiago de Chile, Tomo I, 1897, p. 268.

8. La "Sociedad de la Igualdad" fue fundada principalmente por Santiago Arcos (1822-1874) y Francisco Bilbao en 1850. Organización de vida muy efímera, pero que logró aglutinar a sectores populares significativos de la sociedad chilena, siendo capaz de levantar un programa dirigido a atacar los intereses del poder social y económico de la oligarquía.

9. Bilbao, Francisco: El evangelio americano, p. 270.

10. Echeverría, Esteban: Op. cit., p. 49.

11. "Nuestros padres, continúa Alberdi, nos dieron una independencia material; a nosotros nos toca la conquista de una forma de civilización propia: la conquista del genio americano. Dos cadenas nos ataban a la Europa: una material que tronó, otra inteligente que vive aún. Nuestros padres rompieron la una por la espada: nosotros romperemos la otra por el pensamiento. Esta nueva conquista deberá consumar nuestra emancipación. La espada, pues, en esta parte, cumplió su misión. Nuestros padres llenaron la misión más gloriosa que un pueblo tiene que llenar en los días de su vida.

Pasó la época homérica, la época heroica de nuestra revolución. El pensamiento es llamado a obrar hoy por el orden necesario de las cosas, si no se quiere hacer de la generación que asoma, el pleonasmo de la generación que pasa. Nos resta que conquistar, sin duda, pero no ya en sentido material. Pasó el reinado de la acción; entramos en el del pensamiento. Tendremos héroes, pero saldrán del seno de la filosofía. Una sien de la patria lleva ya los laureles de la guerra; la otra sien pide ahora los laureles del genio. La inteligencia americana quiere también su Bolívar, su San Martín. La filosofía americana, la política americana, el arte americano, la sociabilidad americana, son otros tantos mundos que tenemos que conquistar." En fragmento preliminar al estudio del derecho. Librería Hachette, Buenos Aires, 1955, pp. 55-56.

12. Sobresale en este quehacer Domingo Faustino Sarmiento.

13. Sarmiento, Domingo Faustino: San Martín y Bolívar, en Escritos sobre San Martín. Instituto Nacional Sanmartiniano, Buenos Aires, 1966, p. 58.

14. Alberdi, Juan Bautista: Bases y puntos de partida para a organización política de la República Argentina. La Cultura Popular, Buenos Aires, 1933, p. 81.

15. Ibídem. p. 84.

16. Lastarria, José Victorino: La América, p 5.

17. Lastarria, José Victorino: Discurso inaugural de la reinstalación del "Circulo de Amigos de las Letras", 23 de mayo de 1869, en Recuerdos literarios, p. 369.

18. Subercaseaux, Bernardo: "Diego Portales y la Junta Militar chilena. Singularidad histórica e interpretación retórica", en Araucaria de Chile. Madrid, núm. 2, 1978, p 44.

19. "La preocupación por la originalidad de la cultura en América, señala Leopoldo Zea, es así una preocupación que tiene su origen en un afán de reconocimiento: el que puede otorgarle la cultura occidental al quehacer americano". En América en la historia. Ediciones de la Revista de Occidente, Madrid, 1970, p. 13.

20. Sarmiento, Domingo Faustino: Facundo. Editorial Losada, Buenos Aires, 1963 p. 15.

21. Alberdi, Juan Bautista: Fragmento preliminar al estudio del derecho, p. 53.


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