«Nuestra América» de José Martí

«NUESTRA AMERICA» DE JOSE MARTI

Carlos A. Ossandon Buljevic

Araucaria de Chile. Nº 10, 1980.

I. La significación más inmediata del concepto Nuestra América, creado por el cubano José Martí (1853-1895), se puede delimitar diciendo que éste se refiere al conjunto de pueblos que en nuestro continente se ubican al sur del Río Bravo. Esta América nuestra, donde nació Juárez, se diferencia de la otra América, la que no es nuestra, donde nació Lincoln.

El alcance de este concepto no se agota, sin embargo, en la sola fijación de límites o fronteras geográficas, presentándose sobre todo como una concepción determinada de nuestra realidad: la visión de lo que es esencialmente y de lo que puede históricamente llegar a ser esta América nuestra. El presente trabajo tiene precisamente la intención de mostrar, en sus grandes rasgos, la concepción americana que encierra el concepto en cuestión.

II. Basta echar una mirada superficial sobre la historia de América Latina para comprobar cómo este continente ha tenido distintas denominaciones desde su descubrimiento hasta nuestros días. Una mirada un poco más atenta nos puede enseñar cómo estos nombres corresponden a concepciones singulares de América Latina.

Ahora bien, mientras que un buen número de estas concepciones responden, en lo fundamental, a utopías e intereses ajenos, Nuestra América de Martí representa, a nuestro entender, uno de los primeros intentos que se hacen por repensar nuestra realidad a partir de nosotros mismos. Esto hace que la concepción martiana de América no sea un ensayo más, al lado de otras concepciones «interesadas» que se han presentado.

En el estudio de los elementos que contempla esta peculiar idea de América habrá que considerar el contexto histórico en el cual estos elementos se originan. La determinación de escribir, en una tierra que como la cubana no es libre todavía, «la última estrofa del poema de 1810» (1) constituye una de las motivaciones históricas principales que será preciso tener en cuenta. En verdad, el presente concepto se halla bastante condicionado por motivaciones de este tipo, que en lo inmediato significan la lucha por la independencia de Cuba y en lo más mediato la prevención de los efectos de la política expansionista que comenzaba a implementar los Estados Unidos de Norte América. El concepto que analizamos no se explica sino en el marco de estos grandes objetivos históricos, siendo este concepto un resultado -en buena medida- de esos objetivos.

III. Con el propósito de precisar la noción que nos ocupa, hemos querido ponerla en relación con otra concepción de América, inmediatamente anterior a la de Martí. Nos referimos, en general, a la visión del movimiento liberal, post-independentista, y, en especial, a la que nos ofrece el argentino Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888). La comparación -no en todos sus puntos, sino tan sólo en aquellos que hemos creído ver como fundamentales- de estas dos concepciones de América, es lo que intentaremos hacer en lo que sigue:

Antes de entrar en los elementos de diferenciación, veamos brevemente los elementos comunes más importantes que se pueden apreciar en estas dos visiones del continente:

Quizás lo más sobresaliente sea el hecho que tanto los liberales del XIX como Martí aspiran a una América no colonial.

Los primeros, valorizando en muy alto grado la independencia que nuestros pueblos han obtenido con respecto a España, entienden, no obstante, que los fines de la misma no están aún plenamente realizados. La presencia en las entrañas de América de huellas importantes del pasado colonial es la razón que explica, según estos pensadores, la realización incompleta de la obra de los Libertadores. De aquí la necesidad de llevar a su término el impulso independentista, liberando definitivamente a América de los restos del edificio colonial. (2)

Para el segundo, no habiendo logrado Cuba lo que ya tenían la mayoría de los países latinoamericanos, la independencia de la isla de la metrópoli española es concebida como un objetivo de primerísima importancia.

Tanto en los primeros como en el segundo, encontramos pues la voluntad de forjar una América emancipada del antiguo régimen, no colonial sino republicana, capaz de combatir los residuos mentales y estructurales del pasado -para el primer caso-, y completamente independiente del poder español -para el segundo caso.

Para ambos también, este combate no se dirige contra los españoles, sino contra las ideas, costumbres e instituciones dejadas por el sistema colonial -en el esquema liberal-, y contra este mismo sistema que impide la plena soberanía del pueblo cubano -en la situación de Martí. «Sarmiento y Martí -señala en este sentido Ezequiel Martínez Estrada- pensaban más que en la España peninsular en la España americana y no se levantaban contra el pueblo español ni contra sus viejas instituciones democráticas y liberales, sino contra el poder despótico del gobierno de España, de la injusticia de España, del fanatismo de España y de sus secuelas en los sostenedores vocacionales tanto como en los mantenedores autocráticos» (3). Aún más, vemos en Martí el deseo de incorporar a los propios españoles a la lucha contra la opresión, como también a la sociedad que resulte de esta contienda. «En el pecho antillano -señalan Martí y Gómez- no hay odio; y el cubano saluda en la muerte al español a quien la crueldad del ejercicio forzoso arrancó de su casa y su terruño para venir a asesinar en pechos de hombre la libertad que él mismo ansia. Más que saludarlo en la muerte, quisiera la revolución acogerlo en vida; y la república será tranquilo hogar para cuantos españoles de trabajo y honor gocen en ella de la libertad y bienes que no han de hallar aún por largo tiempo en la lentitud, desidia, y vicios políticos de la tierra propia» (4). En la lucha contra «la ineptitud y corrupción irremediables del gobierno de España» (5), Martí propicia el agrupamiento de todos aquellos que, españoles o americanos, estén en contra de esa España y se hallen dispuestos a abrazar la causa americana. Así se explica que Juan Ramón Jiménez haya dicho, con razón, «que Martí, contrario a una mala España inconsciente, era hermano de los españoles contrarios a esa España contraria a Martí». (6)

Destaquemos ahora las diferencias esenciales que existen entre las dos visiones de América que estamos comparando:

Formulada de golpe, nuestra tesis es la siguiente: la concepción americana de Martí representa un salto cualitativo con respecto a la concepción liberal. De aquí que se haya señalado, en cierta ocasión, la imposibilidad de estar a la vez de acuerdo con el facundo de Sarmiento y con Nuestra América de Martí. (7)

En oposición a una concepción dicotómica de América, que levanta a costa de la sangre «bárbara» el emblema pretencioso de la «civilización» europea, Martí presenta a ésta Nuestra América como el lugar del mestizo, del criollo, del indio, del negro y del mulato americano, como la tierra que convida «a la fortuna de su hogar a las razas todas» (8). En oposición pues a una América despedazada y dependiente (con respecto a Europa), Martí nos presenta otra que incorpora a los «infelices», que hermana «la vincha y la toga» (9), y que está al acecho de los peligros externos que la amenazan. Comienzan a aparecer aquí los primeros atisbos de una concepción popular y anti-imperialista de América.

Detengámonos un poco más en estos elementos nuevos que trae Martí:

1. Es por todos sabido que la polaridad «Civilización o Barbarie» consagrada por Sarmiento constituyó la alternativa de principios dentro de la cual se intentó encerrar a esta América. Podemos afirmar, sin temor a equivocarnos mucho, que esta polaridad representó durante un buen tiempo el horizonte de comprensión de América, al interior del cual los americanos se sintieron obligados a elegir. No había aquí posibilidad alguna de transacción o de pacto, ya que se debía necesariamente escoger entre la «civilización» o la «barbarie». En concreto, se trataba de inclinar la balarla por la ciudad o por el campo, por el americano de origen europeo o por el indígena, por el letrado o por el ignorante, por las ideas e instituciones modernas o por las antiguas, por la República o por la Colonia, por las naciones modernas o por España, etc. Es lógico que, planteadas así las cosas, fuera el proyecto «civilizador» el propuesto para este continente.

Pensamos que Martí es uno de los primeros que intenta romper con el esquema clásico del liberalismo. Esta ruptura se lleva a efecto proponiendo un nuevo marco de interpretación de América.

«No hay batalla -dice Martí- entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza». (10)

El auténtico dilema no consiste en enfrentar una América pretendidamente civilizada a otra considerada bárbara, sino en una que se concibe artificialmente, sin tener en cuenta los componentes híbridos y peculiares de estas tierras, a otra América que rechazando lo que no le conviene, busca aquellas expresiones que corresponden a su ser.

«La incapacidad -indica Martí- no está en el país naciente, que pide formas que se le acomoden y grandeza útil, sino en los que quieren regir pueblos originales, de composición singular y violenta, con leyes heredadas de cuatro siglos de práctica libre en los Estados Unidos, de diecinueve siglos de monarquía en Francia». (11)

Una de las tareas más urgentes que demanda esta realidad «de composición singular y violenta» es la búsqueda -a través de una práctica muy seria de conocimiento, capaz de argüir los elementos peculiares y los factores reales de América- de formas sociales y políticas adecuadas a esa realidad, más bien creando formas nuevas y originales que utilizando «antiparras yanquis o francesas» (12). Gobernar en este continente no es lo mismo que hacerlo en Europa. Las características específicas de esta América imponen un gobierno propio, independiente, fiel a su circunstancia, y orientado a superar la colonia y el atraso.

Una América así proyectada no puede dejar de considerar los componentes sociales específicos de su mundo, «los elementos todos» que, al nacer como pueblos libres, se levantaron para fundar nuestras patrias (13). En la necesidad de abrir «los brazos a todos» (14), Martí da un significado completamente distinto a los términos de la polaridad sarmientina. Ya no se trata de la contradicción irreconciliable entre un polo «civilizado» que hay que potenciar y otro «bárbaro» que es preciso negar, sino de recuperar la importancia que cada uno de estos términos tiene en la determinación del ser que somos, eliminando de paso la connotación mítica que tenía el primero y peyorativa el segundo. Si, a pesar de esto, se quisiera forzar la entrada del concepto que analizamos en la disyuntiva liberal, Roberto Fernández Retamar tiene razón cuando señala que «Martí toma partido por la segunda» (15). Nuestra América es, en efecto, el continente que tiene que hacer causa común con «los oprimidos», «para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores». (16)

Esto último no debe, sin embargo, provocar expectativas desmesuradas. Si la concepción martiana de América contempla como deseable la incorporación del pueblo a nuestras repúblicas, si incluso -cuando se trata de escoger- esta concepción privilegia a los sectores populares y naturales de estas comarcas, esto no quiere decir que ella plantee derechamente el proyecto de una América popular, en el sentido fuerte del término. Una opción de esta naturaleza, con tal radicalidad, no se encuentra en Nuestra América, y menos aún en otras concepciones de esa época (piénsese en el Ariel de Rodó o en la Raza Cósmica de Vasconcelos).

No obstante, la «línea de demarcación» (17) que aquí hemos querido establecer, no puede conducir a ver en la concepción que estudiamos una cierta tibieza o inadecuación entre ésta y las exigencias concretas de la realidad americana de ese entonces. Muy por el contrario, pensamos que el proyecto martiano recoge bien el sentido y las demandas particulares de su momento histórico, siendo capaz de impulsar, con signo positivo y progresista, las posibilidades más radicales que ofrecía su tiempo. Lo interesante del mismo es que, sin que se pueda definir como un proyecto de las clases desposeídas en el sentido marxista -no habían aún condiciones ni subjetivas ni objetivas para ello, y las exigencias de la lucha independentista imponían la necesidad de un frente amplio- representa uno de los primeros intentos de acercarse, desde una óptica no liberal, al mundo de esas clases. Su novedad reside en la voluntad de valorizar y aceptar lo que la visión liberal quería estigmatizar y negar. La concepción americana de Martí apunta pues a comprender y a equilibrar los diversos componentes de nuestra realidad, los distintos grupos sociales y culturales que coexisten entre nosotros, reformulando con ello los términos de la contradicción consagrada por Sarmiento. Ninguno de estos grupos puede ser desconocido, menos aún el mundo popular, y todos ellos deben ocupar un lugar en este continente.

Las expresiones superestructurales (de orden jurídico, político, etcétera) que se ensayen deben corresponder a este ser que somos. Estas expresiones no deben ser ni «civilizadas» ni «bárbaras», sino «tout court» americanas. El dilema no está en ser lo uno o lo otro, sino en dejar o no dejar manifestarse a nuestra realidad. Se trata, en definitiva, de ser o no ser auténticos, de optar por una América postiza o por otra real, sin que esto signifique la adopción de un autoctonismo retrógrado y paralizante. La afirmación de lo nuestro no indica, en Martí, la negación de todo lo extranjero y del progreso. Es precisamente esta afirmación la que posibilita una adecuada recepción de lo que viene de afuera. Su americanismo no se contrapone, pues, ni con un bien entendido universalismo -«Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas» (18)- ni con la necesidad de domar la selva, llevando «el libro y el periódico, el municipio y el ferrocarril». (19)

2. La polaridad «Civilización y Barbarie» incluye, además de su acepción más explícita, una serie de otras acepciones, algunas de ellas nombradas en» el desarrollo anterior. A la mencionada polaridad -de orden más bien ideológico- corresponde -en otro orden- la división entre litoral e interior, como también la que se establece entre las ideas e instituciones nuevas que trae la modernidad y las antiguas que consagró la Colonia. En el orden político, por citar otro caso, la contradicción entre «Civilización y Barbarie» corresponde a la lucha entre unitarios y federales en la Argentina, aunque es preciso indicar la distancia que la generación de Sarmiento va a ir tomando con respecto a estos dos bandos políticos. La dicha contradicción ideológica incluye también, y es esto lo que nos interesa destacar ahora, la oposición entre una América concebida como abierta o, mejor aún, integrada al desarrollo del progreso que van-guardizan las naciones modernas, y otra encerrada en sí misma, salvajemente americana, como la que practican el doctor Francia en el Paraguay y el caudillo Facundo y el dictador Rosas en la Argentina. Huelga decir cómo la apertura propiciada por el liberalismo significó, en los hechos, la instauración de una nueva dependencia para nuestros pueblos. Del dominio ejercido por España se pasó al de las nuevas potencias europeas.

Una vez más la concepción americana de Martí rompe con el esquema liberal, mostrando ingredientes nuevos del ser de América: la revelación de una identidad propia -por un lado-, la lucha antiimperialista como defensa de esta identidad -por otro lado. Ya no se trata, en el pensamiento del cubano, de contraponer una América ensimismada (cosa imposible, dada la necesidad de la interdependencia) a otra alterada (es decir, dependiente), sino más bien de reconocer los componentes característicos y las necesidades específicas de nuestra realidad, siendo capaces, con este prisma, de aceptar los elementos exógenos que nos convienen y de rechazar aquellos que atenían contra nuestro ser.

Veamos con mayor detalle los dos nuevos ingredientes que hemos mencionado:

a) El concepto que estudiamos contiene una idea que hoy, debido a la lucha de los pueblos contra el colonialismo y el neocolonialismo, no constituye una novedad, pero que sí lo era más en los tiempos de Martí. Es lo que Cintio Vitier llama, refiriéndose a nuestro autor, el descubrimiento «de la especificidad hispanoamericana» (20). Aunque no nos atrevemos a afirmar que Martí sea el primero en darse cuenta de esto (en el propio movimiento liberal -piénsese en Francisco Bilbao, por ejemplo- es posible hallar algunas formulaciones en este sentido), está claro, no obstante, que su aporte es verdaderamente significativo. La incitación al estudio «de los factores del país en que se vive» (21), el tener que atender a «lo que es» para gobernar bien (22), así como la necesidad de crecer conforme a nuestras propias características y con métodos que resulten de ellas (23), son algunas de las afirmaciones que prueban la consistencia ontológica, por así decir, que Martí le atribuye a su América.

El modo de ser particular que Martí descubre en Nuestra América tiene que determinar para ella un destino también particular. América tiene que ser tal como la quiere en literatura Santiago Pérez Triana, es decir, «americana, no madrileña o rubia» (24). Es preciso desechar las soluciones importadas que no se avienen con nosotros, para buscar el camino que corresponde a nuestro ser específico. «Con un decreto de Hamilton -señala Martí- no se le para la pechada al potro del llanero. Con una frase de Sieyés no se desestanca la sangre cuajada de la raza india» (25). Y el gobierno, termina diciendo, «ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país. La forma del gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país. El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país» (26). El descubrimiento de una América que es nuestra, con rasgos peculiares, conlleva una América futura también nuestra, con formas políticas acordes a su peculiaridad. Una proposición de este tipo se aleja bastante, creemos, de las fórmulas europeizantes del liberalismo decimonónico.

b) La conciencia de sí que Nuestra América alcanza con Martí, le permite reconocer los peligros de orden interno y externo que la amenazan. El descubrimiento de una identidad americana es precisamente la condición que posibilita el conocimiento de los factores que ponen en entredicho este descubrimiento.

El mayor peligro externo que corre América, una vez que se hayan eliminado los últimos vestigios de la dominación española, es la política expansionista y anexionista de los Estados Unidos:

«Pero otro peligro corre, acaso, nuestra América -advierte Martí-, que no le viene de sí, sino de la diferencia de orígenes, métodos e intereses entre los dos factores continentales, y es la hora próxima en que se le acerque, demandando relaciones íntimas, un pueblo emprendedor y pujante que la desconoce y la desdeña» (27)

Frente a la ambición manifiesta de la América del Norte, «el deber urgente de nuestra América es enseñarse como es, una en alma e intento, vencedora veloz de un pasado sofocante» (28). La conquista de la independencia de Cuba tiene, por su parte, el objetivo de impedir a tiempo «que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América» (29). Junto con esta acción particular, está también, como se decía, la obligación de promover y desarrollar la unión de nuestros pueblos. Si Nuestra América es capaz de entender la solidaridad fundamental que existe entre sus partes, si uniéndose formula un proyecto histórico dirigido a superar los vicios del pasado, si se da así a conocer y se hace respetar, puede encarar entonces, con buen pie, la avalancha imperialista que se le avecina. Frente al expansionismo del país vecino del norte, nuestros pueblos tienen pues principalmente el arma de la unión:

«Ya no podemos -dice Martí- ser el pueblo de hojas, que vive en el aire, con la copa cargada de flor, restallando o zumbando, según la acaricie el capricho de la luz, o la tundan y talen las tempestades; ¡los árboles se han de poner en fila, para que no pase el gigante de las siete leguas! Es la hora del recuento, y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes». (30)

El «gigante de las siete leguas» no pasará si las todavía débiles repúblicas americanas se vuelven fuertes, conscientes y fieles a su común destino continental.

El resguardo de la integridad y de la independencia de América cara a nuestro codicioso vecino exigen, además de la implantación de una política de unidad, la existencia de condiciones concretas que garanticen lo primero. La libertad de nuestros pueblos no se afirma tanto en discursos grandilocuentes, sino más bien en el cuidado de las cuestiones de orden material que la posibilitan. Esto significa que si Nuestra América quiere conservar su libertad debe prestar atención, por ejemplo, a los asuntos relativos a su comercio. Dice Martí:

«Quien dice unión económica, dice unión política. El pueblo que compra, manda. El pueblo que vende, sirve. Hay que equilibrar el comercio, para asegurar la libertad. El pueblo que quiere morir, vende a un solo pueblo, y el que quiere salvarse, vende a más de uno. El influjo excesivo de un país en el comercio de otro, se convierte en influjo político /.../. El pueblo que quiera ser libre, sea libre en negocios». (31)

Nuestros pueblos deben tomar las medidas concretas capaces de proteger y permitir el valor indicado. En esto, lo decisivo es la asunción, por nosotros mismos, de nuestra propia historia. «¡Sólo perdura, y es para bien -dice Martí-, la riqueza que se crea, y la libertad que se conquista, con las propias manos! » (32)

Y dado que los Estados Unidos están decididos a extender sus dominios entre nosotros, a Nuestra América le ha llegado la hora de «declarar su segunda independencia». (33)

A punto de cerrarse el ciclo colonialista, Martí prevee el surgimiento del neocolonialismo. Los Estados Unidos, en el caso de Cuba, comienzan a ocupar el sitio que deja libre España. En este nuevo ciclo de nuestra historia, los pueblos de América deben aprontarse a iniciar un nuevo combate: contra el imperialismo, por su liberación. Expresado en términos actuales es éste el significado preciso que tiene la declaración de la «segunda independencia».

Una América concebida anti-imperialísticamente representa, como decíamos más atrás, un cambio sustancial frente a la concepción liberal, en la versión que nos ofrece Sarmiento especialmente. Con este nuevo ingrediente, Martí confiere a Nuestra América una dignidad no conocida, en una tal dimensión, hasta ese entonces. Más adelante se verá la línea de continuidad existente entre las tareas de liberación nacional asignadas por el cubano a esta América y las actuales tareas revolucionarias que están planteadas para nuestro continente y que la patria de Martí ya ha emprendido.

Es significativo constatar cómo la necesidad de una «segunda independencia» indicada por Martí, ha sido reasumida, utilizando esta misma expresión, por los pueblos latinoamericanos que luchan hoy contra el imperialismo. Como ejemplo, basta recordar la interpretación que tuvieron algunas de las más importantes realizaciones del Gobierno de Salvador Allende.


Notas:

1. Martí, José, Discurso pronunciado en la velada artístico-literaria de la Sociedad Literaria Hispanoamericana, el 19 de diciembre de 1889, a la que asistieron los delegados a la Conferencia Internacional Americana. En Obras completas. Nuestra América, vol. 6, Editorial Nacional de Cuba, La Habana, 1963, p. 134.

2. Sobre este tema se puede consultar la obra de Leopoldo Zea: Dos etapas del pensamiento en Hispanoamérica. Del Romanticismo al Positivismo. Fondo de Cultura Económica, El Colegio de México, México, 1949.

3. Martínez Estrada, Ezequiel: Sarmiento y Martí. En Cuadernos Americanos. Año V, vol. XXVIII, 4, México, julio-agosto, 1946, p. 213.

4. Martí, José y Gómez, Máximo: Manifiesto de Montecristi. El Partido Revolucionario Cubano a Cuba. Montecristo, 25 de marzo de 1895. En Obras Completas. Cuba, vol. 4, Editorial Nacional de Cuba, La Habana, 1963, pp. 97 y 98.

5. Ibid, p. 99.

6. Citado por Martínez Estrada, Ezequiel, Op. cit., p. 214.

7. Cfr. Martí, José: La guerre de Cuba et le destín de l'Amérique Latine. Chronologie, Choix de textes, traduction et introduction par Jean Lamore. Prologue de Cintio Vitier. Aubier Montaigne, Collection Bilingüe, Paris, 1973, p. 272, nota 17.

8. Martí, José: Discurso pronunciado en la velada artístico-literaria de la Sociedad Literaria Hispanoamericana, p. 139.

9. Martí, José: Nuestra América. El Partido Liberal, México, 30 de enero de 1891. En Obras Completas. Nuestra América, vol. 6, Editorial Nacional de Cuba, La Habana, 1963, p. 20.

10. Ibid., p. 17.

11. Ibid., pp. 16 y 17.

12. Ibid., p. 17.

13. Martí, José: Discurso pronunciado en la velada artístico-literaria de la Sociedad Literaria Hispanoamericana, p. 138.

14. Martí, José: Nuestra América, p. 21.

15. Fernández Retamar, Roberto: Martí en son (tiers) monde. En Martí, José: Notre Amérique. Anthologie présentée par Roberto Fernández Retamar. Traduction d'André Joucla-Ruau. François Maspero, «textes á l'appui», París, 1968, pp. 16 y 17. (La traducción es nuestra.)

16. Martí, José: Nuestra América, p. 19.

17. Expresión leninista retomada por Louis Althusser en Curso de filosofía para científicos. Editorial Laia, Barcelona, 1975.

18. Martí, José: Nuestra América, p. 18.

19. Martí, José: Discurso pronunciado en la velada artístico-literaria de la Sociedad Literaria Hispanoamericana, p. 139.

20. Vitier, Cintio: Martí et «Notre Amérique». En Martí, José: La guerre de Cuba et le destín de l'Amérique Latine, p. 25. (La traducción y el subrayado son nuestros.)

21. Martí, José: Nuestra América, p. 18.

22. Ibid, p. 17.

23. Martí, José: La Conferencia monetaria de las repúblicas de América. La Revista Ilustrada, Nueva York, mayo de 1891. En Obras Completas. Nuestra América, vol. 6, Editorial Nacional de Cuba, La Habana, 1963, p. 167.

24. Martí, José: Palabras en la Sociedad Literaria Hispanoamericana de Nueva York sobre Santiago Pérez, Triana. En Obras Completas. Nuestra América, vol. 7, Editorial Nacional de Cuba, La Habana, 1963, p. 428.

25. Martí, José: Nuestra América, p. 17.

26. Ibid.

27. Ibid., p. 21.

28. Ibid., p. 22.

29. Martí, José: A Manuel Mercado. Campamento de Dos Ríos, 18 de mayo de 1895. En Obras Completas. Cuba, vol. 4, Editorial Nacional de Cuba, La Habana, 1963, p. 167.

30. Martí, José: Nuestra América, p. 15.

31. La Conferencia monetaria de las repúblicas de América, p. 160.

32. Martí, José: Discurso pronunciado en la velada artístico-literaria de la Sociedad Literaria Hispanoamericana, p. 139.

33. Martí, José: Congreso internacional de Washington. Su historia, sus elementos y sus tendencias. La Nación, Buenos Aires, 19 de diciembre de 1889. En Obras Completas. Nuestra América, vol. 6, Editorial Nacional de Cuba, La Habana, 1963, p. 46.


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