Sufrir y gozar a Chile

SUFRIR Y GOZAR A CHILE
Ejercicio del regreso

Héctor Orrego Matte

El autor es médico e investigador. Trabaja como profesor de Medicina,
Patología y Fisiología en la Universidad de Toronto, Canadá.

Araucaria de Chile. Nº 29. Madrid 1984

Al volver a Chile después de once años de exilio, amigos y colegas me solicitaron que pusiera por escrito mis impresiones sobre la vuelta a mi tierra. Estuve en Chile dos meses, julio y agosto de 1984. Cuando me pidieron que escribiera este artículo, a fines de julio, era tal la confusión en mi espíritu que me pareció imposible escribir algo coherente dentro del plazo solicitado, y, sobre todo, mientras estaba viviendo la experiencia de enfrentarme con Chile y con mi pasado. Lo postergué, dije que lo entregaría en septiembre; en ese momento no esperaba que, a mi vuelta a Toronto, donde vivo, se desataría en mí una tormenta espiritual mucho más grande que la que sufrí mientras estaba de visita en Chile. Sólo ahora, después de más de un mes en Canadá, encuentro la relativa tranquilidad para sentarme y tratar de no defraudar a mis amigos. En el intertanto, en Toronto, los verdes árboles del verano se han tornado primero rojos y luego han ido perdiendo sus hojas: días con viento frío anticipan un nuevo invierno nórdico, la larga estación de nieve. Mientras miro por mi ventana, pienso en los almendros en flor, en los aromos perfumados, los verdes cerros, los cactus en flor de Isla Negra, todo eso que dejé atrás, en agosto, el invierno de mi Chile.

He decidido escribir esto basándome en una carta que contesté a un amigo que me felicitaba por haber visto mi nombre en la famosa lista de 1983 (la que permitía la entrada). Mi carta expresa las reacciones que experimenté al saber que podía volver, lo que sentí antes de ver de nuevo a mi país.

Como soy un hombre que se ha dedicado a la ciencia, es posible que haya quienes esperen de mí un juicio "científico" del exilio y del Chile que vi. Los defraudaré; lo que sentí lo puedo describir sólo en términos emocionales. Por lo demás, las emociones son una parte tan integral de la realidad como las descripciones "objetivas". En ciertas circunstancias, estas últimas, por su seco. "cientifismo" conducen a una deshumanización tal de los hechos que pretenden describir, que resultan una caricatura de la forma como ellos fueron percibidos por la persona. Para mí el exilio, como cualquier otra tragedia, como el dolor, el placer, el amor, la pena y la alegría, es sobre todo una experiencia emocional. El exilio yo lo siento, no lo analizo.

Mi primera reacción al saber que se me otorgaba el permiso para volver a mi país es probablemente difícil de comprender para quienes no han estado sometidos a lo que el exilio significa. Marshall McLuhan dijo: "Si un pez pudiera hablar, lo último que identificaría como parte de su ambiente sería el agua". La historia del exilio es en esencia la pérdida de lo que se da por descontado, lo inamovible. Para alguien que, sabiéndose inocente, ha recibido un monstruoso castigo, el "indulto" después de diez años, no produce precisamente agradecimiento. Además, resulta difícil agradecer cuando gran parte del daño al que se nos sometió tan arbitrariamente es ya irreversible.

¿Qué pasa durante diez años de exilio? Para entender esta situación es bueno pensar que el ser humano nace incompleto; la etapa final de su crecimiento no está sólo determinada por su pasado biológico, por su herencia genética. El ser humano se completa con un tipo extrabiológico de herencia, dado por el medio ambiente, su tradición cultural y social. Soy un producto, el resumen de todos los chilenos, españoles y tantos otros que contribuyeron al medio donde viví cuarenta y nueve años de mi vida. Mi visión del futuro es también el resumen de la perspectiva de una cultura, y, por tanto, también resume las perspectivas de todos los chilenos. En un momento dado del presente, cada ser humano es la expresión de un pasado y de un futuro compartido por muchos. Todo eso, que trasciende con mucho los límites de mi cuerpo, resulta que soy yo, mi ser completo, este conglomerado de elementos es tan integral a mí, como es integral el agua al pez. En esa percepción reside, por lo menos para mí, el meollo del problema del exilio, su increíble malignidad y la razón por la cual su injusta aplicación debiera agobiar para siempre las conciencias de quienes fueron responsables de esta situación.

El primer período del exilio es una pesadilla, se hacen esfuerzos para intelectualizar la inexorable realidad de haber sido violentamente arrancado de sus raíces. Toma tiempo interiorizar este concepto de la realidad de la pérdida de nuestro habitat. Durante el período inicial, cuando se sueña, en los sueños se está en Chile; cuesta despertar a la nueva realidad. Se cree que va a ocurrir un milagro, que en pocos meses el error se corregirá, que las cosas que parecen imposibles son en realidad posibles. Se cree que se está viviendo una transitoria ilusión.

Luego viene la necesidad de adaptarse a otra cultura, a otra historia, a otro idioma, a otros climas y paisajes. Que debemos pasar a pertenecer a un mundo extraño que de ahora en adelante pasará a ser nuestro mundo.

Una vez en el extranjero es difícil aceptar una vida marginados del ambiente, encerrados en ghettos, o resignarse a ser meros espectadores de la sociedad que nos rodea. Pero es exactamente eso lo que ocurre al comienzo del exilio: uno se siente un extraño, un ser solitario, incomprendido, que vive en un estado de permanente presente, cargado con un pasado que no calza con el de la sociedad en que se va a vivir, que se enfrenta al mundo con un código de señales que ya no funciona para una integración a la comunidad. En este vacío no hay posibilidad de formular un futuro coherente. Yo llevaba veinte años enseñando a varias generaciones de estudiantes de medicina, eran veinte años de diario intercambio con los jóvenes de mi patria. Recuerdo mi sorpresa cuando comencé a enseñar en la Universidad de Toronto y constaté que había perdido mi fácil comunicación con la juventud. Estos muchachos tenían una visión del mundo completamente diferente de la que existía en Chile. Fue un enorme esfuerzo llegar a entenderlos y poder comunicarme con ellos en la forma a la que ellos estaban acostumbrados.

Hay que adaptarse a este nuevo mundo si se quiere sobrevivir en condiciones de salud mental. Por supuesto que la adaptación, salvo en los más jóvenes, es siempre postiza, nunca es completa. Siempre en el fondo se está desesperadamente tratando de amar a lo que no se ama, de interesarse por lo que no nos interesa. Es por este fundamental intento de adaptación que cuando nuestros nombres aparecen en estas listas, cuándo la imposibilidad del regreso se hace menos evidente, la fuerza esencial para la adaptación también se debilita. Esta confrontación con el nuevo dilema, con la posibilidad de un nuevo cambio en las vidas, trae problemas y complicaciones emocionales. La dura y difícil armazón de aparente normalidad construida durante tantos años en los cuales no había otra alternativa, tiembla. Hay quienes son invadidos por el pánico, por la confusión de verse retrocediendo a los terribles años iniciales. Otros evaden el tema, prefieren seguir aferrados a la situación del presente, pretender que la nueva alternativa no existe, suprimir Chile del futuro, no agitar más el débil edificio que tan difícilmente han construido. Ambas actividades son comprensibles. No hay que olvidar que, como decía Thoreau, estamos hablando de seres humanos que "viven vidas de callada desesperación".

Por todo lo dicho, es claro que, a pesar de la inmensa gratitud que siento hacia Canadá, a pesar de la generosidad extraordinaria que este gran país tuvo hacia mí y mi familia, a pesar de que han sido muchos los buenos momentos que en estos largos años hemos vivido en este país, nunca podré sentir por Canadá lo que siento por Chile. La verdad es que ningún otro país puede pasar a ser parte de mi existencia, o de mi yo, por lo menos en forma determinante, como lo es Chile, el país donde aprendí a vivir, a relacionarme, a mirar al mundo; nunca podré interesarme por la prestigiosa Universidad de Toronto (que me ha dado muchos más honores y reconocimientos que la Universidad de Chile), con su bello "campus", su amable gente, los problemas del sobredesarrollo, su millonario presupuesto, la super eficiencia y su prístina limpieza, como me interesaba por nuestra desvencijada Universidad de Chile, la Universidad de mi padre y de toda mi familia, la Universidad donde yo me eduqué, donde compartí mi juventud y mi madurez con amigos de toda la vida. Cuan incomparablemente más grande era el desafío y, por tanto, el estímulo en Chile. Qué inmensa era la felicidad cuando se podían lograr pequeños avances. A todo eso hube de decirle un definitivo e irrevocable adiós.

Con el tiempo otras cosas pasan y se abren otras dimensiones del exilio, la del daño que significa para otras generaciones, la de nuestros padres y otros familiares que quedan separados y a veces solos en su vejez, y la de los hijos y los nietos. Con estos últimos se va generando el irreparable conflicto entre nosotros, ya viejos para adaptarnos completamente al nuevo país, y ellos, los que por haber llegado muy jóvenes, ya no podrán adaptarse a Chile en el caso de un retorno. Como decía, con el tiempo, crecen los hijos, se casan, vienen los nietos. Para ellos Canadá es comprensible, es su tierra. Tres de mis cuatro nietos ni siquiera hablan castellano. Para ellos Chile no significa nada. Más aún, eventualmente, sacarlos de aquí pasa a ser para ellos una condena al exilio. El peso de eso es agobiador para mí.

Soy también consciente de que haber sido exiliado, haber tenido un pasaporte con una "L", podría algún día ser un motivo de orgullo para mí y, tal vez, para mis descendientes. Ello va a ser una prueba irrefutable de que en esta época de la historia de Chile estuve entre los perseguidos y no entre los perseguidores. Entiendo que éticamente, es más honroso haber estado del lado de los torturados, que en el de los torturadores; en el de los débiles, pobres y desamparados, que en el de los ricos, los insaciables y los guerreros. Pero también comprendo que es poco probable que alcancemos a paladear el happy ending. Tener una posición éticamente respetable es un consuelo muy relativo en el mundo actual. Vivimos un momento de la historia donde la suerte del planeta está en manos de líderes militares y políticos poseídos de "misiones supremas", tales como la de "salvar a la civilización occidental", lo que los lleva a construir los elementos nucleares, químicos y bacteriológicos que pueden llevar a la destrucción de toda la humanidad. Esto es una realidad de una vigencia extraordinaria para alguien que vive en una ciudad que posiblemente sea blanco de misiles nucleares. El hecho de que esta inimaginable, aunque por desgracia muy pensable, destrucción pueda sobrevenir con la idea de defender a la civilización occidental es, si no fuera tan trágico, casi risible. Civilización presupone, en este concepto, sociedades en las que sus energías y sus esfuerzos van dirigidos hacia el progreso de las artes, la ciencia y la creatividad, con la meta de elevar la condición del ser humano. Con este concepto, la "civilización occidental", tan violenta, como irracionalmente defendida por líderes que contradicen sus más esenciales principios, no es más que una esperanza o un sueño que todavía espera llegar a ser una realidad. Una vez un periodista le preguntó a M. Gandhi: "¿Qué piensa usted de la civilización de Occidente?" Gandhi respondió' "Pienso que sería una muy buena idea".

Cuando recibí la noticia de que se me permitía regresar, me confronté con la posibilidad que el Chile que añoraba, el de mis nostalgias, correspondiera a una imagen detenida en mi mente desde hacía diez años, a un país obsoleto, una ilusión romántica del pasado, un fantasma ya sin vigencia. ¿Con qué me encontraría al volver después de estos años tan dramáticos? Mi Chile era tan rico intelectualmente, aquel país que, considerando cuan relativa es esta terminología en el mundo actual, nos daba la posibilidad de sentirnos más libres que en la mayoría de los otros países del mundo. El Chile de mis recuerdos era aquel país de la discusión, de los experimentos sociales, académicos y de toda índole, un rico caldo de cultivo humano, lleno de desafíos intelectuales. Tal vez ingenuamente, porque como es obvio, las fuerzas que llevaron al país a lo que pasó estaban vigentes y presentes en esos días. yo vislumbraba en Chile la posibilidad de llegar a realizar alguna vez lo que considero el principio cardinal de una democracia. Es decir, un sistema donde la gran prioridad es la solución de los problemas que afectan a los intereses de todos los ciudadanos y no sólo los que afectan a instituciones o grupos aislados. Fue en ese Chile, con todos sus problemas, sus errores, sus mezquindades y tragedias, en el que me tocó educarme; allí crecí y maduré, sintiendo que esos estímulos eran la sal y el agua de la vida.

En buenas cuentas, temí que mi nostalgia de la patria fuese una nostalgia equivocada, la de la juventud perdida, de las cosas no recuperables, ya extraviadas en el pasado. Debe considerarse que cuando se ha estado afuera, la persona se ha marginado de los mecanismos sutiles de adaptación a una dictadura, a la arbitrariedad como sistema. Para nosotros, el tiempo chileno se detuvo, estamos fijos en el período anterior a la partida. Hay rencores, imágenes y situaciones que, por esta detención del tiempo, persisten en nosotros, mientras que los que permanecieron en Chile ya sanamente las han olvidado. Todo podría resultar ser bien incomprensible después de este escape del transcurrir de la historia. Además, volver a Chile, inevitablemente, traería otra vez a mi mente los momentos horrendos del golpe, esos días en que por primera vez en mi vida me vi confrontado con la brutalidad absoluta, donde perdí mi confianza en el hombre. Volvieron a mi memoria mis amigos muertos o desaparecidos, el día en que se invadió mi casa, y yo tuve que atravesar los jardines de mi hospital, como un delincuente, con las manos en alto y con una metralleta en la espalda.

Por ello, cuando le escribí a mi buen amigo, como un extranjero en Canadá, lo hacía temiendo que también sería un extranjero en el Chile de los últimos, diez años. Paradojalmente, pareciera que tengo más cabida en Canadá, donde se me acepta generosamente como soy y como pienso, que en el Chile actual, donde pensar como pienso podría constituir un permanente riesgo.

El ver mi nombre en aquella lista, saberme "perdonado" de haber respetado las leyes de mi país, me dio, por un lado, la alegre esperanza de ver nuevamente a familiares y a tantos amigos queridos. Era atractivo y emocionalmente extraordinario, pero no euforizante: además, no me devolvía a mi Chile, a mi lugar en este mundo, eso se había perdido irremediablemente en el torbellino de estos últimos años.

Hasta aquí la carta de antes de mi viaje a Chile. Seguir con la vuelta a Chile, cómo vi a mi patria, sería interminable. Seria ridículo describir la dictadura a quienes la viven, hacer notar la obscena presencia de las armas, instrumentos creados para la muerte y la destrucción, la suprema pornografía, a quienes las ven diariamente. No obstante, todo eso que vi y sentí, ese no es el recuerdo que guardo de Chile. Esta vez otras cosas se sobrepusieron al drama, la imagen que ahora tengo de mi país es la de su admirable gente, tan cálida, tan hospitalaria y valiente; me queda la admiración y el profundo respeto hacia tantos, la alegría de constatar la extraordinaria calidad de la amistad de mis amigos. Pasé días extraordinarios. Desde el momento en que me bajé del avión y me enfrenté con el indiferente y frío funcionario de la policía internacional, me sentí completo, todo se me hizo comprensible, había recuperado mi personalidad de chileno. Qué placer más inefable que dar seminarios en mi idioma, ver a mis amigos, a varios de mis maestros entre los que me oían; había olvidado la increíble sensación de comunicación que se experimenta cuando se habla con su propia gente. Con qué deleite gocé mi Chile, sus paisajes, los rincones de Santiago, Valparaíso, las rocas y el mar de Isla Negra, la increíble cordillera. ¡Todo tan comprensible, tan mío!

Volví a Toronto con el alma encogida de nostalgia. Me ha costado mucho poder volver a funcionar como antes.

Termino este testimonio, emocional como prometí, mirando a través de mi ventana torontiana cómo los árboles pierden sus hojas en el viento que traerá las nieves, y pensando en los aromos y almendros floridos que dejé, por allá, en el agosto chileno, justo antes de la llegada de la primavera.


2

EL LARGO VIAJE DE SEIS "GLOBOS-SONDA"
Pía Rajevic

Pía Rajevic es periodista y vive en Madrid en el exilio.

"Hay que aceptar que vengan los exiliados, dicen... ¿Cómo es posible? Ahora tengo unos fulanos allá en Colombia y llegan las presiones. |NO, SEÑORES!"

(Pinochet, en mensaje improvisado a integrantes del Club Arturo Prat, octubre de 1984.)

Esta es la historia de los "Globos-sonda". Ejercicio de retorno que bien merece unas líneas de reflexión, transcurrido un tiempo desde la aventura emprendida por seis exiliados políticos, que en el mes de septiembre intentaron ingresar a Chile, a pesar de la prohibición expresa a cada uno de ellos por las autoridades del país. Retorno en tres tiempos, cuyo resultado es algo más que el seguir agregando a sus nombres de pila el apellido de "exiliados", que van llevando a cuestas durante el módico período de casi doce años.

Obligados a la penuria del extrañamiento, los seis exiliados, hombres públicos durante el gobierno de la Unidad Popular, decidieron emprender viaje a Chile el primer día de septiembre del año pasado. El viaje comenzó en Buenos Aires, cuando Jorge Arrate, Jaime Gazmuri, Luis Guastavino, Edgardo Condeza, Eduardo Rojas y José Vargas cogieron un avión de Air France que los llevaría a Santiago de Chile. Momentos antes de dirigirse al aeropuerto de Ezeiza, cuatro de ellos -en una despedida brindada por unos amigos-, entonaban inspirados en su regreso la clásica canción mexicana "y volver, volver, volver..." El viaje, marcado por su inquebrantable decisión, llevaba carga de incertidumbre. El periodista Jorge Andrés Richards, que hizo el viaje hacia Santiago con los exiliados, le preguntó a Edgardo Condeza qué pensaba silencioso junto a la ventanilla del aparato. Este respondió: "Fíjate que hacía un repaso de las ciudades donde he vivido como exiliado (Bogotá, Buenos Aires). Estaba también haciendo un balance de lo que nos ocurrirá al llegar y me preguntaba: ¿entraremos, nos detendrán, nos expulsarán? En definitiva, ¿dónde vamos a ir a parar?"

Era apenas el comienzo del primer eslabón de una aventura cuyas etapas sucesivas relatamos a continuación.

1º de septiembre: Primer intento de ingreso a Chile de los seis exiliados. Parten desde Buenos Aires en un vuelo de Air France. El avión se mantiene durante doce horas en la losa del aeropuerto de Santiago. Los seis exiliados son impedidos de descender del aparato por veinticinco policías civiles. Son golpeados, esposados y obligados a regresar a Buenos Aires escoltados por los matones. El diputado nacional argentino Augusto Compte, que junto al jurista Octavo Garsens -también argentino-, acompaña en el viaje a los seis chilenos, le hace llegar un mensaje, escrito por Jorge Arrate, al capitán de la nave: "Capitán, le envío esta nota esposado. Disculpe la caligrafía. A nombre mío y de mis compañeros le reitero por escrito que estamos siendo transportados por la fuerza, esposados y contra nuestra voluntad. ¿Seguiremos esposados a París?"

2 de septiembre: Segundo intento de ingreso a Chile de los seis exiliados, en 24 horas. Esta vez en una nave de Avianca. Permanecen una hora en territorio nacional dentro del avión. Son obligados a continuar viaje a Bogotá, Colombia, ante la negativa absoluta de permitirles el ingreso por parte del gobierno chileno.

11 de octubre: Tercer intento de ingreso desde Buenos Aires, en vuelo de Alitalia. Han debido desplazarse desde Colombia a Argentina ante la negativa de la empresa Avianca de llevarlos hasta Chile. Tal negativa tiene su origen en una carta hecha llegar a la empresa por el Consulado de Chile en ese país, en la que se manifiesta la prohibición del gobierno a la entrada a Chile de los seis exiliados, con la recomendación de que Avianca se "abstenga de embarcarlos". Tensa espera de tres horas en Pudahuel, dentro del aparato de Alitalia, línea aérea que también ha recibido un mensaje del gobierno chileno que manifiesta la prohibición de ingreso a Chile para los seis exiliados, negándose ésta a acatar la recomendación de no embarcarlos. El grupo es reprimido por unos treinta policías civiles, y deben continuar viaje a Roma, escoltados por los agentes de la dictadura.

"Tercera pata del caso de los exiliados", titulaba al día siguiente en primera página, en titulares gigantes y burlones el diario La Tercera, como si de una cueca se tratara, agregando que "una treintena de policías subió al aparato e impidió que los exiliados se asomaran ni a las ventanillas." Lo que es una cobardía y un despropósito: recurrir a cinco agentes para reprimir el deseo y el derecho de cada uno de los seis exiliados. Pero las tercas autoridades deben haberlo sentido como una victoria.

La inquietud colectiva, el descontento creciente de los chilenos, las masivas jornadas de protesta que el estado de sitio pretende acallar, los confinamientos de centenares de personas dentro del territorio chileno, están significando, en conjunto, el sentimiento y la necesidad de cambio. El clamor por el retorno a la democracia, es inexistente para las autoridades chilenas, o es apenas el producto de "un plan orquestado desde el exterior". "Apoyamos lo que es nuestro: la libertad. Yo no sería anticomunista si no estuviera mirando que el hecho de ser comunista va contra el derecho natural de la libertad que tiene el hombre al nacer. Eso es lo que estoy defendiendo. La libertad que nace con el hombre, no estoy defendiendo otra cosa. Porque el comunismo ahoga la libertad. Por eso es que estoy contra él", expresaba Pinochet sin metáforas.

Por estos "superiores principios", centenares de chilenos han sido obligados al éxodo, y se ha abierto una herida en cada hogar donde ha quedado el puesto vacío de un exiliado. Algunas de esas familias, que llevan aguardando más de una década por sus hijos, hermanos y esposos, o simplemente por sus vecinos o amigos, estaban el 1° de septiembre en el aeropuerto de Santiago. Durante doce horas vivieron largos y penosos momentos de angustia y se dieron situaciones con diálogos como los siguientes:

-Pero entiéndame, señor Hernández, es mi único hijo. ¡Y ya está once años afuera! -le decía a Gabriel Hernández, asesor del Ministerio del Interior, que actuaba en esa ocasión como vocero del gobierno, la madre de Jorge Arrate.

-Acabamos de pedir un ingreso por treinta días. ¿Qué más podemos hacer? Y él está tratando de entrar legalmente, porque no han podido acusarlo de nada- planteaba desesperada la esposa de Edgardo Condeza.

-Es gente que viene dispuesta a acatar las disposiciones legales vigentes- manifestaba otro familiar.

-El ministro Jarpa anda en el campo. Yo estoy circunstancialmente asesorándolo en esto- respondió ante el acoso, finalmente, Hernández.

-Ah, él anda a caballo, mientras otros cabalgan el drama del dolor aquí- dijo por último otro familiar de los chilenos prisioneros en el avión.

El exilio no es un problema de números. Estos seis exiliados ni siquiera han contado con la posibilidad de saber de qué se les acusa. Ellos no tienen ningún proceso judicial pendiente, situación que se repite con miles de exiliados. Cuando a mediados de septiembre del año pasado el gobierno entregó a las líneas aéreas que viajan hacia Chile, la lista de 4.942 chilenos que tienen prohibición de ingreso al territorio nacional, buscaba, como explicó el Canciller Jaime del Valle, evitar con ese procedimiento la repetición de hechos como los suscitados por los seis exiliados. Pero el gobierno perdió esa batalla porque el trámite del listado resultó anticomercial e ilegal para las empresas aéreas. La S.A.S. -aerolíneas escandinavas- se negó a recibirla por considerarla ilegal, y Alitalia hizo caso omiso de ella transportando desde Argentina a Chile a los seis exiliados, en una tentativa posterior a la publicación de la lista.

La lista suscitó tal revuelo de inquietud, que el gobierno tuvo que publicarla, a pesar de lo expresado por Jarpa: "Si nosotros la hacemos pública, perjudicamos a las personas que están incluidas en ella, porque van a perder su trabajo fuera de Chile" y agregó que "de alguna manera hay que hacerse cargo de la situación de los familiares. Si alguna persona pierde el trabajo, por muy pecador que haya sido, tiene a hijos inocentes que pueden sufrir las consecuencias". Es un alarde de bondad que sobraba. Nadie en un país democrático pierde su trabajo por figurar en la "lista negra" de una dictadura. Hay razones políticas de fondo que han hecho confeccionar esa lista ahora y no antes.

Muchos, innumerables, han sido los pormenores del largo viaje de los seis exiliados. Recibieron centenares de gestos de solidaridad en Argentina Colombia, Italia, desde todos los rincones del mundo. En el mismo Chile se oyó la protesta a favor del ingreso de los seis exiliados y por el fin de todo exilio para los chilenos. Los exiliados no son seis, ni siquiera sólo los 4.942 de la lista, sino todos los obligados a emigrar por la dictadura de Pinochet. El fin del exilio es una necesidad. Su mantención, sustentada "en bien de la libertad" por el gobierno chileno, esconde el temor, la inoperancia y la incapacidad del mismo para resolver los problemas de Chile con todos los chilenos en Chile. El estado de sitio impuesto por el régimen es una prueba de ello. Pero el derecho a vivir en la patria, a entrar y salir de ella, que exigen los chilenos es para el gobierno parte de una campaña orquestada. "Siempre son los mismos... se sabe que son señores que están tratando de hacer un show, con mucha insistencia", dice el canciller de Pinochet. Por su parte, el diario Las Ultimas Noticias, informa, entre provocativo y estridente: "Desbaratan plan masivo de retorno". "Operación retorno masivo, convenida por los grupos de extrema izquierda se puso ayer en movimiento. La intentaron en un primer esfuerzo seis exiliados llamados los 'Globos-sonda'."

"No desmayaremos, y recorreremos todos los caminos hasta ver cumplida nuestra legítima aspiración: ejercer el derecho a vivir en el país en que nacimos", declaran los "Globos-sonda", confiados en que su ejemplo se va a multiplicar.

Los capítulos de esta aventura no han terminado.

20 de diciembre: Veintiún exiliados chilenos entran a Chile por el túnel internacional de "Las Cuevas", viajando en un autobús de la empresa TAC, que cubre el recorrido Mendoza-Santiago. Fueron "decididos a pisar tierra chilena y a lograr nuestro ingreso, o a ser expulsados por la fuerza, como finalmente ocurrió", por el momento.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03