Las certidumbres de "Araucaria"

LAS CERTIDUMBRES DE "ARAUCARIA"

Carlos Orellana

Araucaria de Chile. N║ 42, Madrid 1988.

Este año -pronto- se cumplirá medio siglo de la aparición de la primera edición española de España en el corazón. En verdad, la primera edición estricta es un poco anterior: data de noviembre de 1937 y fue publicada en Chile. Pero es la de aquí la que más ha hecho por incorporar una aureola mítica a su recuerdo. Fue preparada, como se sabe, por el Ejército del Este e impresa en el Monasterio de Montserrat, cerca de Gerona. Dícese que en la fabricación del papel, junto a la materia prima tradicional, se recurrió a los más diversos desechos, sin excluir banderas capturadas al enemigo y también, como dice el propio Neruda, "alguna túnica ensangrentada de un soldado moro". La imprimieron los propios soldados, bajo la dirección del poeta-tipógrafo Manolo Altolaguirre.

Con España en el corazón Pablo Neruda fijaría las coordenadas de una relación entre ambos pueblos que habrían de marcar la conciencia de varias generaciones de chilenos. Viviríamos a partir de entonces -sobre todo, aquellos que el 36 no cumplíamos siquiera los diez años- con la imagen de la "España rota" (con que León Felipe prolongaba la iracundia y la congoja de Neruda) oscurecida por la otra imagen: la de la España que después de la derrota veíamos siguiendo con severa y lúgubre fidelidad la línea de los que vivaban a la muerte.

Pertenezco a una promoción que arrastró, sin poder resolverla, la contradicción alimentada por la existencia de dos Españas que tampoco habíamos vivido: para nosotros había una España ausente -la nuestra- que sólo podíamos revivir a través de nuestras lecturas, lo que era como acudir al auxilio efímero de nuestros sueños. Nunca -pensábamos- podríamos ya llevar a cabo aquella quimera cultivada a los dieciocho años, cuando imaginábamos hacer como Azorín, a pie, la ruta de don Quijote. España se había quedado para nosotros -pensábamos que para siempre- en las páginas de sus escritores.

De la otra España no queríamos saber nada. Era una realidad que los de mi generación teníamos como hibernando, sepultada entre lo que para nosotros era su atributo verdadero: las sombras. Habíamos decretado expulsarla de nuestro afecto, relegándola en el olvido. Estábamos educados en la conciencia de que debíamos mirar hacia el futuro, avizorar amaneceres, buscar siempre la luz. De aquella España algo aprendimos: a distinguir lo que nos era ajeno, a separar nuestros códigos de los de quienes encarnaban la regresión y la crueldad.

Pero el puente tendido por Neruda con España en el corazón iba más lejos. No sólo nos asociaba al drama de la Península. Sus versos resonarían como un escopetazo de dolor y de furor, que prevenía al mundo del nuevo Apocalipsis que empezaba a amenazarlo. El poeta, o sea, el vate, el que avizora lo que viene, presentía que la Guerra Civil española era sólo el primer acto de una tragedia mayor. Cuando Pablo Neruda responde al que le pregunta, con su imprecatorio "íVenid a ver la sangre por las calles!", la desgarrada letanía que le habían inspirado los rincones destruidos de Madrid proyectaba en gran pantalla futurista la imagen de la sangre que luego ahogaría en su holocausto a todas las ciudades de Europa.

Luctuosa misión la del poeta, que nos transmitió, junto con la lancinante belleza de sus versos, nuestra primera lección de lo que era el fascismo, esa forma perversa de la política y de la conducta que atravesó el océano y que nos fue legada como herencia indeseada por este Continente.

Hay que decir que la aparición del fascismo agregó un componente perturbador en nuestra visión de los valores predominantes de la cultura europea. Con razón el protagonista de una novela de Alejo Carpentier habla de la perplejidad de un intelectual latinoamericano ante la dificultad para asumir esa flagrante contradicción que sugiere la barbarie engendrada en el vientre de la más esplendorosa civilización de la Historia.

Toda la sobrecarga profética de España en el corazón no podía hacernos presentir que, muchos años después, se abatiría sobre Chile un cataclismo de proporciones similares. Llegó septiembre de 1973, y la dictadura militar, con su secuela de persecución y muerte, nos obligaría a desembarcar en España, haciendo el viaje inverso de aquellos miles de españoles que, huyendo de parecidos quebrantos, treinta y cinco años antes, Neruda había llevado a Chile a bordo de una nave ya legendaria, el "Winnipeg".

Éramos muchos centenares de miles, así que tuvimos que repartirnos en cincuenta países diferentes, buscando en ellos lo que nuestra propia tierra nos negaba: la posibilidad de reconstruir vidas, proyectos e ilusiones.

En todos esos países ocurrió lo que en todos los destierros: se afincó y floreció una cultura nacional. Los chilenos debieron luchar para vivir y sobrevivieron, luchando, además, por no perder y aun desarrollar su identidad, las señas de su origen, las referencias que le dan sentido a su nacionalidad. Los cantantes y conjuntos musicales siguieron haciendo su música, mientras a su lado surgían otros grupos, se componían nuevas canciones y se desarrollaban nuevos estilos; los pintores recogieron en sus telas croquis y cromos de paisajes físicos y espirituales distintos al de su país; no renunciaron a seguir pintando; los cineastas hicieron en una década de exilio casi tantas películas como en toda la historia anterior del cine chileno; y así los teatristas, los narradores y los poetas, que aunque no era fácil, se atrevieron a ir más lejos que sus predecesores. La creación cultural, tanto como el trabajo político, nos ha servido para resistir la tentación de ser meros náufragos o vagabundos.

Entonces nació en Madrid, con ramificaciones en París y en otras ciudades, Araucaria de Chile. De ello hace ahora diez años. Es algo más que una revista; es como un libro, no sólo por su volumen, sino por la naturaleza de la verdad que procura transferir al lector, que no está formulada de manera trivial o como cosa esporádica; no es una verdad de circunstancias, ni está dicha para que sea olvidada apenas se ha doblado la última página. La nuestra se define con una frase breve: es la verdad de Chile. Como fue la verdad de España que conocimos en los diversos países de América a través de tantas revistas publicadas por quienes buscaron en nuestro continente, como nosotros hoy, aquí, un sitio donde vivir y un espacio donde poder hacer escuchar el pregón de nuestro pueblo traicionado.

Araucaria ha acompañado a los chilenos en su exilio, en esos cincuenta países donde se han visto obligados a expatriarse. A ellos les lleva la visión de los problemas de Chile y Latinoamérica, y la posibilidad de reflexión sobre nuestro pasado y nuestro presente. Abarca muchos dominios: la historia, la economía, la política, la educación, los problemas de la ideología y de la creación artística. Publica textos literarios -poemas, cuentos, capítulos de novelas, obras teatrales- y procura seguirle la pista a los acontecimientos de la actualidad del trimestre en Chile por la vía de la crónica, el reportaje, la entrevista y el testimonio.

Araucaria es una revista política en cuanto a la connotación inevitable de sus trabajos. No podía ser de otro modo en los tiempos que corren. Es una revista política que procura unir, aglutinar, abarcar a todos los chilenos que tienen algo que decir en el campo de la creación y que están de acuerdo con nosotros en lo esencial: acabar con la tiranía de Pinochet. Todos sabemos cuánto ha prolongado la vida del dictador el que la oposición chilena no haya sido capaz en todos estos años de unirse y conformar el bloque unitario, sin exclusiones, que se necesita para cambiarle la cara al país.

Araucaria ha mostrado que, a pesar de la derrota, nuestro pueblo -tanto el de fuera como el de dentro- no se siente espiritualmente demolido: piensa y crea, y en algunos dominios, con una intensidad y profundidad casi sin precedentes. El haber sido vencidos nos ha obligado a reflexionar; a pesar de todo, el exilio nos ha hecho más maduros, y la revista refleja fielmente ese itinerario, ese proceso que ha permitido sacar inteligencia y fuerzas de nuestra aflicción. En sus diez años, no sólo es la historia del destierro la que podemos hallar en sus páginas, sino la historia de cómo, en la década, la cultura chilena ha ido acreditándose como un componente en la vida de nuestro país perfectamente responsable y consciente de los graves deberes que tendremos que afrontar cuando en Chile se haya recuperado la democracia.

Araucaria nos ha ayudado, también, a compenetrarnos de nuestra filiación latinoamericana. Esto pueda quizás sorprenderlos, a pesar de que hoy ya casi no ocurre en España aquello de otros tiempos, en que la dificultad para precisar fronteras o delimitar nacionalidades, llevaba a muchos a encomendar misiones imposibles al viajero que se dirigía a Latinoamérica, como entregarle, por ejemplo, a quien iba a Buenos Aires un encargo para algún pariente que residía en Colombia o en México. Ya no es así, pero tal vez no se comprenda siempre con claridad que cada país de nuestro continente tiene un perfil propio, y que en el empeño de probarlo, a veces se va muy lejos y nos da por marginarnos los unos de los otros, por aislarnos, buscando afirmar una identidad a fuerza de cerrar los ojos ante la del vecino. Los chilenos hemos pagado caro esta ceguera, que estaba tan cerca de la soberbia como de la ignorancia. Un siglo de una cierta estabilidad institucional nos hizo pensar que éramos distintos. Mientras alguna nación no lejana se autocalificaba de "la Suiza de Sudamérica", nosotros solíamos engolosinarnos con la tontería de sentirnos los "ingleses de la América Latina". El golpe de Estado y sus consecuencias devastadoras pusieron fin de modo brutal a estos espejismos y probaron que nuestros problemas no eran en lo esencial diferentes de los que tienen los demás pueblos latinoamericanos.

Araucaria se ha propuesto profundizar en esta constatación, pero no sólo en cuanto a establecer proximidades a propósito de nuestras tristezas. La identificación es más profunda y se da en todos los órdenes, de manera que compartimos el dolor de todas las derrotas así como el júbilo por todas las victorias. Son comunes ahora las ansiedades, las pesadumbres y las alegrías. Esta comunidad, por supuesto, alcanza también al campo de la creación cultural. Los chilenos nos sentimos, por eso, tan orgullosos del genio poético de Pablo Neruda, como de la magia novelesca de Gabriel García Márquez, o de la luz prodigiosa de la pintura de los campesinos de Solentiname. Todos estos son ahora dones igualmente nuestros.

Diez años es mucho tiempo para una revista del exilio, y más cuando los hemos ido contando uno a uno, con pocas ganas de homologarlos y no muchas más de festejarlos. Cada nuevo año de una publicación como la nuestra, así como de cualquiera otra muestra del quehacer y la vida en el destierro, es la prueba viva y dolorosa de la prolongación de éste. Es decir, la comprobación de que todavía no hemos sido capaces de poner fin a la dictadura. Con todo, en el fondo de nuestro ánimo no dejamos de hallar razones para desterrar la tentación de sentirnos deprimidos. Cumplir diez años también puede interpretarse como una señal de triunfo, porque a Pinochet le gustaría vernos sin fuerzas, incapaces de hacer nada, sumidos en el derrotismo y la decadencia, y revistas como Araucaria prueban que seguimos vivos, que nuestro corazón y nuestro entusiasmo no cesan de latir y están en buena salud, y que nos mantenemos enteros a la espera de ese anhelado tiempo de cambio que ya no puede, ya no debe tardar tanto.

El tiempo de esa espera no es un tiempo de inmovilismo. El pueblo está en constante actividad y los trabajadores del frente de la cultura aportan su cuota de contribución propia desde el ángulo de sus competencias específicas. Este año, en el mes de julio, habrá en Santiago, la capital chilena, una masiva manifestación: Chile Crea, el Primer Encuentro Internacional del Arte, la Ciencia y la Cultura por la Democracia en Chile. Queremos, por supuesto, que concurran muchos españoles. Oportunamente se tomarán las providencias necesarias para darle una forma orgánica a esta participación. Pero, mientras tanto, aprovechamos la coyuntura que nos ofrece esta velada, para hacer el primer anuncio público de su realización.

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Aludimos al principio a los cincuenta años de España en el corazón. Lejos de nuestro ánimo establecer un parangón entre aquel hito de la producción poética chilena y la modesta revista que los ha convocado a ustedes esta tarde. Pero sí nos interesa establecer que somos tributarios suyos. La estirpe es la misma, la de aquellos que asumen su propia historia dentro del contexto de la Historia mayor, con el ánimo no sólo de entender ambas, sino también de intentar transformarlas.

Volvemos a decirlo. Nuestros diez años de vida no son, en fin de cuentas, años de derrota. Nos sostiene, como a nuestro poeta mayor, una sabia certidumbre apenas extraviada que él expresaba en estos versos:

"Alguien me está escuchando y no lo saben

Pero aquellos que canto y que lo saben

Siguen naciendo y llenarán el mundo.

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Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03