Asesinato en la gran ciudad

ASESINATO EN LA GRAN CIUDAD

Omar Saavedra

Omar Saavedra es novelista y dramaturgo, autor de numerosas obras publicadas en alemán. Vive en Rostock. R.D.A. El texto que publicamos es un capitulo de su novela inédita La gran ciudad.

Araucaria de Chile. N 34, 1986.

Durante las semanas y los días que precedieron a la votación en el Congreso Nacional, el país entero se convirtió en un gato engrifado que perdió el sueño pero en ningún caso el apetito o la sed. Todos los establecimientos culinarios, desde el comedero más pelagatos pasando por los bares de empleados públicos hasta llegar a los encumbrados restaurantes de cinco estrellas, se convirtieron en fogosas ágoras que funcionaban sin interrupción todo el día y la noche, donde las razones o sinrazones que se esgrimían para referirse a los proyectos de ley que el Presidente había enviado al Congreso, corrían en las mismas proporciones que el vino y se renovaban con la misma celeridad que las fuentes vacías de causeos.

Que la abrumadora mayoría de la población civil, contando a moros y cristianos, exactamente un ochenta y siete por ciento, estuviera en indiscutible acuerdo con lo principal de los proyectos del nuevo Gobierno, no significaba ni por asomo que las discusiones en torno a ellos fueran disminuidas, desleídas o desabridas. Por el contrario, este consenso ofrecía posibilidades magnificas para el deporte de buscarle la quinta pata al gato. para el despliegue de todas las artes del argumento, para el desenrollo de diatribas peripatéticas, en fin. para todo aquello que a uno le permitiera estar en desacuerdo con algo, y así poder ponerle un poco de color a esa grisácea democracia, que en algo había que usarla, aunque fuera en esas eternas discusiones sin destino.

Esta inclinación nacional a la acalorada discusión política, aún entre partidarios fanáticos de la misma idea, era junto con el amor por el fútbol y la práctica de la brisca uno de los rasgos más típicos del hombre del país, y había llevado a algunos antropólogos berlineses a registrarlo en sus catálogos como Homo discordabilis. Definición vaga y estrecha de aquellos naturales que raras veces usaban las manos para aplicar bofetadas o puñetazos en hocicos contrarios, sino que las usaban más bien para dibujar en el aire los argumentos que se pronunciaban con la boca o para representar el gesto inequívoco que indicaba que el contradictor tenia un perno suelto.

Está claro que esta expresividad, tomando en cuenta los 33º2" latitud sur, en que estaba anclado el país para toda su vida. no alcanzaba en ningún caso las dimensiones gestuales de un comedor de guayabas o la temperatura de un bebedor de cachaza. Era simplemente una expresividad como para los días martes, chiquitita y latiguda, pero que bastaba para satisfacer las modestas necesidades de comunicación del ciudadano medio y para demostrarle al resto del mundo y de la historia, que esa aseveración de que el hombre era un animal social, también se podía aplicar a ese país que se vestía de plomo incluso para los carnavales.

Los aspectos de esta más bien indefinida idiosincrasia le interesaban sólo a los turistas porque los nacionales ya se habían acostumbrado a ella sin pesares. Esta forma de ser se había plasmado, según algunas leyendas, después dé la llegada a las extensas costas del país de sucesivas olas de españoles, que con medios pacíficos, luego de exterminar a dos tercios de los nativos con los otros, lograron establecer una profunda amistad con los sobrevivientes. Y muy prolifera. Pero a las costas habían llegado también durante siglos, grupos de otras nacionalidades y religiones que constituyeron minorías muy activas para mezclarse entre si y con los cariñosos dueños de casa. El resultado de este ir y venir por las sábanas de la historia fue un ejemplar algo oscurito y de más o menos un metro sesenta y cinco de alto en el que se habían mezclado grupos sanguíneos diversos, sin que resaltara en particular ninguno de ellos, y por el contrario. parecía que uno trataba de ocultarse detrás del otro. Lo que más podría asemejarse a un prototipo de hombre común era aquel que vociferaba como un napolitano durante los partidos de fútbol, lloraba como un judío si su equipo perdía, trabajaba como burro gallego, cantaba valses peruanos, se amurraba como indio, sufría como chino, comía pescado crudo como un danés, tenia la fe de un musulmán y era desconfiado como un gitano. Pero en ese mismo nativo, si se lo miraba bien, se observaban además leves gustos franceses, rastrojos de una tozudez prusiana, elementos de ingenuidad norteamericana, pizcas de temperamento africano, porciones de paciencia budista y muestras de asombroso coraje irlandés. Este cóctel de clichés etnológicos no había conocido a ningún cosmopolitismo real o ideal, sino a un exagerado amor por el terruño, que rozaba con un chovinismo animal. Tanto condimento para un solo plato, lo habían hecho consistente aunque de un sabor harto raro.

Lo único quizás que distinguía a ese nativo medio de otras etnias continentales era su filosófica tendencia al escepticismo y su práctica, una irrenunciable ternura hacia los niños, los animalitos, los pajaritos, las florcitas, el mar, la mujer propia y las otras. Ternura que disimulaba bajo un débil caparazón de ironía y un caminar medio ladeado, como pidiéndole permiso al aire. Para los senectos miembros de la Real Academia de la Lengua, lo que constituía un enigma era el uso desmedido que el hombre del país hacía de diminutivos y fonemas reductores, en cualquier lugar y bajo cualquiera condición. En los bares, los mozos ofrecían un vinito, una cervecita, una chichita o un pisquito. Los clientes consumían una empanadita, unos loquitos, una sopita, un bistequito o unos duraznitos. Se recibían cartitas, se daban besitos, se tomaba solcito, se echaban cachicas, se bebía tecito. Es decir, se hacían todas las cosas normales de las veinticuatro horas sólo que como en una casa de muñecas.

Había sido esto uno de los principales motivos de la simpatía que el país se había granjeado a lo largo de meridianos y paralelos. Nadie habría imaginado jamás que un pueblo así, pudiera vencer en alguna contienda política a los girondinos inventores del sistema, derrotar nada menos que a los propios dueños de la pelota. Mucho menos podían imaginarse algunos que estos vencedores en lugar de aprovechar la ocasión conquistada, para tomar con el derecho de cualquier vencedor lo que les habían robado durante doscientos años, en vez de no dejar hidra con cabeza, se dedicaban bonachonamente a creer que todos -incluso el trece por ciento de los verdaderos derrotados- eran así como ellos, y se mostraban dispuestos a seguir peleando, según las estrictas reglas que los perdedores habían promulgado sólo para sí mismo. Pero esta gente simpática, apacible, amorosa, ascética. buena para los asados de cordero y paseos a la playa, esta gente pobre pero honrada, tenían también una paciencia con rayita roja que ellos llamaban con cariño "el mierdómetro". Y fue este aparato de medición el que explotó el día del asesinato de Lucho Herrera, diputado demócrata por la tercera comuna de la Gran Ciudad. Hasta ese día el asesinato político, aunque no desconocido, había sido un recurso extremo y en las estadísticas policiales un lugar más bien inferior. Lo que sí era hasta entonces desconocido fue la brutalidad del hecho, que se les aparecía todavía mucho más brutal a los que habían conocido a Lucho Herrera: maestro de educación básica que les había enseñado a leer y escribir en la única escuela pública de la Gran Ciudad durante más de cuarenta años a varios miles de niños. Buen tocador de guitarra y parroquiano apacible del "Luigi" de la calle Independencia, en donde le gustaba entretener a la gente contando minucias privadas de algunos políticos conservadores y republicanos.

Tres días antes de la votación en el Congreso Nacional, Lucho Herrera había sido encontrado por unos perros hambrientos en el basural de Laguna Verde. Lo habían decapitado y escrito en su tórax un mensaje:

"El resto del diputado Herrera llegará por correo."

Al día siguiente, el Presidente del Congreso Nacional, rival político del Presidente y católico honrado, sufrió un desmayo de horror al recibir un paquete que contenía la cabeza de su antiguo contrincante Lucho Herrera, a quien le habían pegado a la frente, un triángulo de tres plumas de gallina.

La reacción del ochenta y siete por ciento del país fue un aullido de protesta de cuarenta y cinco minutos exigiendo una investigación pública y a fondo que permitiera dar con los autores materiales e intelectuales del crimen. Para demostrar que esta vez estaban hablando sin ironías y con gran intuición política, los hombrecitos se tomaron cuatro predios del senador Ocaña en las provincias del sur, dos industriales textiles de la familia Banna en la capital y exigieron su expropiación incontinenti. En la Gran Ciudad los adoquines de las calles se hundieron bajo el peso de una marcha de tres horas frente a la Banca Etchepare y la redacción de El Monitor, que se efectuó después de la misa in memoriam por Lucho Herrera y que culminó con el apedreamiento concienzudo de los dos edificios. El Presidente de la República llamó al jefe del Servicio Coordinado de Inteligencia, coronel Bruno Perthel, y lo conminó a esclarecer el hecho en un plazo de brevedad mínima o a presentarle la renuncia al cargo, en el que lo había dejado sólo por respeto a la carrera funcionaría.

Pero fueron los funerales del diputado Lucho Herrera, lo que despertó en esos hombres mansos la certidumbre de que los caminos de la montaña recién comenzaban y un deseo inexorable de vencerlos. Aquel día el comercio de la Gran Ciudad, los servicios públicos y las iglesias, mantuvieron sus puertas cerradas y un pendón negro clavado en ellas. El Cementerio Principal de la Gran Ciudad, a las cinco en punto de la tarde, fue un hormiguero de cólera y dolor. Un relámpago pareció perpetuarse en el cielo, cuando los cinco mil dolientes escucharon una voz juvenil de profundidad marina que venía de la tribuna funeraria embanderada de rojo y azul. Era una voz huracanada que entregaba un mensaje sin tregua.

Al fin de la batalla,
y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre
y le dijo: No mueras; te amo tanto
Pero el cadáver ¡ay!, siguió muriendo.

Se el acercaron dos y repitiéronle:
No nos dejes ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!
Pero el cadáver ¡ay!, siguió muriendo.

Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil.
clamando: ¡Tanto amor. y no poder nada contra la muerte!
Pero el cadáver ¡ay!, siguió muriendo.

Le rodearon millones de individuos.
con un ruego común: ¡Quédate hermano!
Pero el cadáver, ¡ay!. siguió muriendo.

Entonces, todos los hombres de la tierra
le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado:
incorporóse lentamente,
abrazó al primer hombre; echóse a andar...

Los hombrecitos habían sentido entonces que una luz se les había metido por los oídos, que golpeaba como en una marimba todas sus baterías de esperanzas. Y esa mezcla de luz y de golpe los emborrachó. los afirmó sobre la tierra y les futurizó el presente. Los cinco mil que en representación del ochenta y siete por ciento de todos habían llegado al cementerio de la Gran Ciudad, sin que nadie dijera algo, en una improvisación más perfecta que un plan previo, se tomaron de las manos y formaron una ronda infantil que cantó el vals del ciego Osvaldo, para decirle a Lucho Herrera cualquier cosa menos chao. Los giros de la ronda fueron levantando una nube de polvo que el sol de las cinco de la tarde fue poniendo de oro. Entonces, el viento de la Gran Ciudad levantó esa nube dorada para que la vieran todos, luego la dispersó y la regó sobre campos v ciudades como una llovizna de trigo. Y aún mucho después que hubieran cesado el canto y cuando todos los pueblos dormían, se habían seguido oyendo todavía los rumores del vals. como si el mar lo siguiera tarareando a su modo. Y en la oscuridad de la noche se pudieron ver pelusas amarillas.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03