Introducción a Humberto Díaz Casanueva

INTRODUCCIÓN A HUMBERTO DÍAZ CASANUEVA

José Olivio Jiménez

Literatura Chilena, creación y crítica. N 19 marzo 1982

La obra de Humberto Díaz Casanueva se inscribe en una de las tradiciones poéticas más fecundas y brillantes de la América hispana, la chilena, a la que viene a enriquecer con la originalidad y el vigor de su personalísima voz. Iniciada con El aventurero de Saba (1926), y desplegada a lo largo de medio siglo y de más de una decena de títulos significativos, esa obra ha conocido en los dos últimos años una merecidísima reactualización que debe ser destacada. En 1980, Oasis Publications (de Toronto, Canadá) da a luz su libro más reciente, El hierro y el hilo, ilustrado con collages de Ludwig Zeller. Muy poco después, Monte Avila, de Caracas, reúne en un solo volumen tres libros anteriores que, como todos los suyos, estaban desde hace mucho tiempo agotados: La estatua de sal (1947), El sol ciego (1966) y Los penitenciales (1960). Y ya en 1981 la editorial Oasis, de México, inaugura su nueva colección Percance con el rescate y reedición de otro de esos volúmenes agotados: El blasfemo coronado (1940). Sobre la oportunidad de estas salidas editoriales, intento aquí una incursión, bien que somera y rápida por razones de tiempo, en el mundo lírico de este importante poeta de nuestra lengua.

En unos versos de Vigilia por dentro, su segundo libro (1932), se encuentran dos versos sorprendentemente vaticinadores de lo que sería el sentido esencial de la poesía de Díaz Casanueva: Este es el testimonio doliente del que no puede labrar sus formas puras / porque se lo impide su ser hecho de peligros y de cruel sobresalto. O sea: la naturaleza de su ser vislumbrada en términos de los riesgos e incertidumbres del existir; y la imposibilidad por ello de arribar a unas formas nítidas de pensamiento y concreción. Y adviene así la consecuente necesidad de asumir la poesía como testimonio doloroso de esa quiebra o amputación. Tal designio logra entonces su natural adecuación expresiva a través de un lenguaje que apura hasta el máximo las posibilidades todas, de signo irracionalista, de sus libertades imaginativas y verbales. Mediante ellas el poeta va dando cuerpo, en dialéctica continua e incesante, a conceptos y nociones de sentido por lo común opuestos y aún irreductibles: el delirio y el dolor, el canto y el llanto, el jadeo y la fatiga, la abundancia y la pobreza Y ya, con un alcance en rigor trascendente: la vida y la muerte, la búsqueda del ser y la asunción de la nada.

El mismo autor, en su libro La estatua de sal ha registrado una casi literal transcripción de esa ineludible antinomia esencial. Allí" escribe; "Crece nuestra soledad bajo el almendro como la imagen mítica de una polaridad terrible. ¿Podrá el cantor tornar»-el instinto de la muerte en energía vital? ¡El debiera! ¡El debiera! " Y Díaz Casanueva ha cumplido el deber de mirar cara a cara esa polaridad terrible, y de hacer de esa mirada sustancia de su canto. Y los resultados advienen a la escritura bajo apariencias textuales de una continuada y voraz calidad visionaria. No es ya la imagen radiante, que busca conexiones inéditas en el mundo de la realidad, sino más propiamente la visión: ese sondeo último, e interior, en lo aparentemente turbio e irracional, cuyos hallazgos devienen entidades visibles pero también tangibles y que desde la página nos llaman como un signo sugeridor, abridor, inquietante y misterioso. Porque lo que esas visiones traducen, apunta ya a un nivel simbólico y trascendente. Los párpados caídos hacia lo terrible, dice en un poema expresivamente titulado "La visión", concluyen por divisar y palpar, en una de esas intuiciones mágicas y premetafísicas tan suyas, ese nivel último y supratemporal aludido: Tocaba aquella cima donde el alba mana con mis manos que traslucían un mar en orden mágico.

Es la de Díaz Casanueva una poesía que se ensaya así como un intento de revelación de ser desde las contingencias inestables y precarias de lo temporal. Una poesía que voluntariamente se acoge al frenesí, a lo insólito y a la embriaguez de lo dionisíaco -términos repelidos por el autor para describir sus propias voliciones poéticas-, y que por ello se resuelve en un lenguaje casi arborescente de visiones sorprendentes y entrecortadas, cargadas siempre de un inagotable potencial simbólico. Una poesía que busca la luz y que de modo misterioso la va alcanzando y perdiendo por entre llamas de sombras, vértigos y alucinaciones.

Pero la meta es tan alta, tan arriesgada, que sólo podrá medio alcanzarse en términos confusos, nublados, irracionales y aún herméticos. De aquí que alguna vez Díaz Casanueva se haya reprochado el hecho de que su poesía no haya incorporado frontalmente el compromiso, que él considera debido, con la realidad histórica. Y esto ha aguijado y preocupado, hasta conturbarle, al hombre noblemente político -inevitablemente político - que hay en él. Sin embargo, un impulso decisivo de amplia solidaridad humana, un reconocimiento del otro y los otros que nos habitan y con quienes habitamos, sí lo ha sentido fuertemente, e incluso como uno de los incentivos que puede colmar el proceso de la creación poética. En su discurso de aceptación del Premio Nacional de Literatura de su país, que le fue concedido en 1971, adelantó estas ideas: "La poesía ha sido para mí un constante acecho en la sombra, como si fuera a salir de mí un hombre presentido, enigmático, más libre, más solidario, como si todo lo real proyectara una posibilidad que lo trasciende". Y de todas sus definiciones de la poesía, tal vez sea ésta la más comprensiva por cuanto apunta, a un tiempo, a las más altas tensiones del espíritu: enfrentamiento al misterio y la revelación, conciencia ética de la libertad y la solidaridad conjugadas, y un agudo sentido prospectivo de lo humano integral.

Y su palabra poética misma no ha sido ajena a ese movimiento de apertura hacia el otro, y de búsqueda y encuentro con la realidad inmediata de la vida y el mundo. Y esto casi siempre al final de sus libros. Es como si al término de la caza afiebrada de algún signo del ser, el empeño incluyese reclamándole su cuidado de aquéllos que le acompañan en la ignorancia, el desvelo y la orfandad, y que son al cabo su única hacienda. En un ensayo mio de mayor extensión ("Hacia el pensamiento poético de Humberto Díaz Casanueva", de próxima aparición en la revista Hispámerica), y allí con mayor espacio he rastreado la recurrencia del tema de la solidaridad "o más bien, de este sentido o proyección de su voluntad poética- a todo lo largo de su obra. Sin embargo, y para que la cuestión no quede sólo apuntada y como en el aire, accedo a dar lectura ahora a un breve pasaje suyo, de esos más luminosos y abiertos que, como dije, el poeta nos reserva comúnmente para el cierre de sus entregas. Son estas líneas que pertenecen precisamente al "Epílogo" de El blasfemo coronado. "Comienzo a descubrir a los otros hombres, sus diálogos sublimes, sus terribles estelas, ay hemos de vivir juntos, abrazarnos comiendo este pescado azul que la pesca efímera nos depara, no nos miremos ceñudos que el uno vuelve en el otro y en todos la misma fuerza para el vislumbre que el enigma de la existencia concede".

Este hallazgo cálido y a la vez doloroso del hombre, y ya con mayor especificidad del hombre en su conflictiva situación histórica del presente, se ha convertido en una de las obsesiones vitales del poeta en estos años, y ha cristalizado, junto a otras constantes de su mundo poético, en El hierro y el hilo, su último libro, que abre una nueva etapa en su obra y la cual el mismo autor ha calificado de "apocalíptica". Lo que ese libro significa dentro de su evolución, y el proceso ético-crítico que a él le ha llevado, han sido meridianamente clarificados por el propio Díaz Casanueva; y aunque la cita sea larga, merece que la escuchemos. En unas conversaciones que recogió la revista Insula (en su número 400-401, de marzo-abril de 1980), me decía aquél: "Con El hierro y el hilo ingreso en una etapa de desesperación y tomo más en cuenta el proceso de alienación del hombre de nuestra época. Hace ya tiempo que estamos en una crisis de la cultura y de la sociedad, pero nunca había culminado como en la actualidad, precisamente cuando la ciencia y la técnica triunfan. Hay matanzas, genocidios, explotación, miseria, hay trivialidades para las masas, hay desastres ecológicos de todo tipo, hay napalm, hay una feroz carrera armamentista, hay perfidia, sadismo, mediocridad. El hombre es acosado y denigrado, es el 'hombre hueco' de Eliot. Al ser testigo y participe del drama del mundo, añado en lo que a mí concierne, el drama de mi patria y el drama íntimo. El poema no se aparta demasiado de mi línea tradicional, pero es más dramático: hago intervenir personajes, trozos del habla corriente, hago referencias a problemas humanos concretos. Es violento, entrecortado, delirante... pero no le quitaría ni un verso. Seguiré siendo un solitario, arrinconado, pero creo que he sido fiel a este don que me ha sido otorgado; una poesía que es misteriosa en su esencia, apoyada en símbolos, en que resuenan las voces, los silencios, los sueños del hombre atormentado de nuestro tiempo".

Y es que a Díaz Casanueva, al lado de su conciencia de la poesía como ejercicio órfico-y por ello secreto, ciego, casi críptico-se le han impuesto, y voy glosándole libremente, la nostalgia que siempre ha sentido por realizar su yo más en la comunicación que en la evasión, su amor por la luz de lo real, y su voluntad de participación en el drama del hombre sobre la tierra. Esa impecable lucidez moral (la cual suscribe fielmente su ejecutoria de hombre público, y de hombre integralmente bueno y honrado) ha acompañado siempre a Díaz Casanueva. Y a veces con dolor, pues tal lucidez se le ha presentado como un espejo inquiétame frente al cual rendir explicaciones. No han faltado ocasiones en que ha sido excesivo en ese personal ajuste de cuentas; y ha llegado en él muy lejos, en su autoinculpación, hasta casi ser injusto consigo mismo. Pero razones le sobran cuando hace aún muy poco sostenía, y le cito de nuevo de aquellas conversaciones arriba mencionadas, que "en esta época menesterosa el poeta debe ser un revolucionario integral".

Y precisamente esto es lo que creo: que Humberto Díaz Casanueva ha sido, en su obra y en su vida, un revolucionario integral. Revolucionario es quien al empeñarse en subvertir el orden falso y corrompido de los valores, lucha igualmente por la libertad plena -del espíritu, de la palabra, de la existencia en sus niveles social e individual-, pero que entra a esa lucha rebelde ya en principio a todo dogmatismo y toda restricción. Y este poeta chileno ha llevado la liberación del lenguaje, en uno de sus flancos posibles -liberación imaginativa, visionaria, simbólica- hasta límites donde muy pocos han podido seguirle -sin por ello tener que sumarse mostrencamente a la ya hoy abundante legión de homicidas y destructores de la palabra, hacia la cual, él, por el contrario, profesa una firme devoción y fe.

La América Latina va siendo una triste tierra asediada, se diría que tenaz y fatalmente, por tantas formas, toscas y sutiles, de represión y coerción sobre el espíritu y la dignidad del hombre; lo cual, al obrar sobre el lenguaje, resulta en inercia, rutina y esclerosis -cuando no en vana palabrería, ese mal tan hispano. Y sobre este fondo, turbio y doloroso, Díaz Casanueva ha cumplido, en su palabra pero también en su conducta, ese otro imperativo o deber que, por necesaria reacción, se nos define de igual modo como raigal e indefectiblemente americano; el deber de defender y practicar la libertad, dentro de las posibilidades de cada quien. En su caso, como artista, apurando extremadamente la libertad de la palabra y de la visión poética. Y como hombre público, negando siempre su nombre y su voz a los rostros de la opresión, que históricamente y personalmente, haya tenido que enfrentar. Y a esta doble causa -que es la misma - ha dedicado toda su vida, sellada así por la más rigurosa autenticidad moral tanto como por la entrega, sin quiebras ni vacilaciones, a su vocación poética, que en él tiene todas las marcas luminosas de una pasión secreta.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03