Inevitable universo

Inevitable universo

Agustín Olavarría

Araucaria de Chile. Nš 21, 1983.

El Dorado

A Lope de Aguirre, Omagua 1560

Joaquín Renán de Sierra hizo una parte del viaje con Lope de Aguirre, el tirano.

Atravesó varias veces el Marañón. Vivió 16 meses con los indios motilones. Aprendió entre ellos el arte de liar y tejer lianas. En 1567 cruzó por última vez el Marañen y siguió viaje al interior. A pocas leguas de la aldea de Boquiza construyó un puente colgante sobre las cúpulas de la ciudad de El Dorado.

Una piedra de río

Mucha agua había pasado por años y años sobre una verde piedra de río sin moverla de su sitio original. Un día domingo, hace ya varios veranos, una mano la sacó de su antigua tranquilidad, como sucede a otras miles de piedras en el mundo y, tomándola del fondo la guardó en un bolsillo después de un atento y curioso control.

Llegó el atardecer y se volvía a la ciudad.

Los bolsillos se vaciaron y dejaron sobre las mesa los tesoros encontrados en un día de sol: una rama para hacer una honda, un vidrio azul torneado por las aguas, dos llores violetas, un ala de mariposa y esa piedra verde que al ser depositada sobre la mesa creció y creció transformándose en una montaña desde donde un niño inició su esperado viaje hacia las estrellas.

Simple

Yo conozco varias historias, algunas simples y otras más complejas. Una simple es, por ejemplo, aquélla de la escalera de un rascacielos que se cansó de subir y bajar y se convirtió en una sola y gran línea recta.

Erase una vez...

un rey que no tenia ninguna hija casadera y que se compró una espada de Toledo para defenderse de todos los aspirantes a su manto de armiño y a su corona de lata.

La espada envejecía en un muro del palacio porque ningún joven y audaz caballero de lejanas comarcas tenía la más mínima intención de combatir contra un reino sin hija casadera de trofeo.

Con el pasar de los años, el rey y su espada de Toledo envejecieron entre los muros del palacio. Después de agudas y variadas reflexiones, la espada y el rey se vieron obligados a trabajar como jardineros en los extensos prados de su propio reino.

Baila, Josefina

Josefina era una buena bailarina. Bailaba en un circo, sobre la cuerda floja. Pero era una prisionera del circo, más prisionera que los tigres y las panteras.

Durante el día bailaba sobre la línea de acero del circo. Sola, en las noches, bailaba sobre las sutiles líneas de su mano.

Así se sucedían sus horas y sus días, en la hermosa pero rutinaria tarea de bailar y bailar sobre la delgada cuerda en la pista del circo. Un día algo cambió en Josefina: bailando su número en la función de la noche, aprovechó la recta trompa de un elefante y, sobre butacas, luces y gente, escapó.

En su libertad nadie la quiso acompañar. Vivió sola y sola emprendió un largo viaje de danzas. Partió con ímpetu danzando sobre el humo de las fábricas, saltó luego a los cables del teléfono e inició un complicado baile sobre la línea del horizonte.

Danzando y danzando y jugando quedó definitivamente prisionera y enamorada, bailando sobre la calurosa línea del Ecuador.

Josefina fue siempre una buena bailarina.

Run, run

Lucenda decía siempre que ella era una moneda redonda. Esa voz llegó a un herrero de las cercanías, que la tomó y la trabajó hasta dejarla como a un plato grande y redondo, le hizo dos hoyitos y fabricó un run-run de buenas proporciones. Lo movió con gran fuerza y lo hizo volar hasta las montañas.

Creo que así nació la leyenda del herrero volante que más tarde escuché en un pequeño pueblo al borde de un abismo.

Cuento chino

Li-Thai-Cheng se durmió un día debajo de un manzano. Soñó que un gusano de seda se comía el interior de una manzana. Al despertar, ya mariposa, voló y se posó entre las manos juntas de Li-Thai-Cheng.

Más allá de la metamorfosis

Cuando la montaña se transforme en castillo y el castillo en hombre y el hombre en escarabajo y así escarabajo el hombre pueda mirar desde el castillo la montaña podré dormir tranquilo en mi tumba de escarabajo excavada por el hombre en el suelo de un castillo sobre la montaña.

El turbante

Tenía tantas ideas en su cabeza. Tantas imágenes absurdas que decidió comprarse un turbante para no dejarlas escapar y, sobre todo, para que los demás no se rieran de él.

Usó el turbante por muchos años.

A su muerte, su hermano menor le sacó el turbante y, extendiéndolo sobre un pino, pudo leer una historia del mundo.

Había una vez

Mentira, no hubo nunca.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03