Testimonio ante el consejo de la Unesco

Testimonio ante el consejo de la Unesco

Guillermo Núñez

Literatura Chilena en el Exilio. N 6, abril de 1978.

El día 3 de Mayo de 1974, a las 3 de la tarde, cinco coches de los Servicios de Inteligencia de la Fuerza Aérea de Chile, rodeaban mi hogar. Soldados con cascos, uniforme de guerra y ametralladoras fueron dispuestas en posición de combate apuntando desde todas las direcciones hacia mi casa.

Todo este despliegue guerrero para detener a una sola persona, sin más armas que sus pinturas y pinceles, que vive en soledad en un lugar apartado de Santiago. Dirigía la operación de este comando, en el que no faltaban ni siquiera los walkies-talquies para comunicarse con otros coches apostados en las cercanías, el tristemente célebre comandante Ceballos, un sicópata torturador de mirada escurridiza a quién incluso la revista Time le ha dedicado varias paginas por su celo exquisito en torturar patriotas chilenos. Ceballos ó Cabezas, como solfa también hacerse llamar, tuvo el descaro de decirme que estaba a merced de ellos, que nadie sabría de esta operación, lo cual era cierto y que podrían hacer conmigo lo que se les viniera en ganas, torturarme, fusilarme, hacerme desaparecer y el mundo no se enteraría de mi suerte, lo cual era también cruelmente cierto cómo lo han demostrado hechos anteriores y posteriores. La casa fue allanada, todo minuciosamente registrado y dado vuelta: libros, fotografías, cartas, dibujos, ropas, todo fue inspeccionado y botado al suelo en un desorden infernal. Me esposaron, luego de registrarme en busca de armas quizás, y me llevaron en la parte trasera de un furgón Citroën custodiado por soldados armados, a los subterráneos de la Academia de Guerra de la Aviación (A.G.A.) lugar de torturas donde permanecían presos en unas 6 ó 7 salas, una población fluctuante de 50 a 100 personas más ó menos, las cantidades variaban día a día. Todas incomunicadas, vendados los ojos y muchas amarradas con cadenas a las camas, como animales.

Me acogió un largo pasillo con puertas a ambos lados custodiadas por soldados armados, por el cual se veía deambular prisioneros vendados conducidos por soldados hacia los baños o los lugares de interrogatorio y tortura. Se sentía al entrar un aire pestilente al que luego terminaría por habituarme. Inmediatamente fui fichado, se me asignó un número, se me vendó la vista y conducido a la sala de interrogatorios donde una persona a quien yo no veía nunca, me interrogarla mezclando la suavidad exquisita con la violencia, llegando incluso al halago o al aterrorizamiento brutal.

Me pusieron frente a una luz potente, donde personas supuestamente conocidas por mí, que yo no debía ver, parecían identificarme, grosera artimaña ideada para amedrentarme y hacerme confesar conexiones políticas, militantes que sólo existían en la mente de mis aprehensores. Soy un hombre de ideas de izquierda, pero no tengo militancia política. Me fueron explicando minuciosamente todas las torturas a las cuales podrían someterme si no confesaba. Estaba acusado de haber escondido en mi casa a un político de izquierda buscado por la policía militar. Esta persona en verdad había estado alojada en mi casa pero yo ignoraba su verdadera identidad y filiación política, sólo motivos absolutamente humanitarios me habían llevado a albergarlo.

Durante 15 días fui interrogado exhaustivamente sobre mi vida privada, mis estudios, mis viajes, mis ideas políticas, sobre profesores y alumnos de la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Chile de la cual yo había sido profesor. Se me preguntó por la filiación política y supuestos contactos o actividades de profesores, alumnos, artistas, intelectuales en general, incluso sobre su vida privada o afectiva, por los conocidos, por mis amistades de derecha o izquierda. Todo parecía serles útil incluso los detalles mas banales. Se me obligó a hacer retratos hablados de las personas que visitaban a mi huésped o conocidos míos. Durante este lapso de tiempo convirtieron mi casa en una ratonera, se establecieron en ella, saqueando mi despensa, robaron alimentos, ropas, aparatos caseros, útiles y materiales para mi trabajo, fotografías, libros, pinturas, pisotearon mis dibujos, destruyeron obras únicas, lo ensuciaron todo esperando allí agazapados que cayeran supuestos contactos, evidentemente nadie llegó nunca.

Éramos 10 ó 12 presos en una antigua sala de clases con ventanas en la parte alta, que permanecían clausuradas para no dejar escapar la luz, pues en aquella época se realizaban en ese mismo edificio los juicios de la FACH en los cuales fueron condenados a largas penas una decena de diligentes políticos y soldados.

Estábamos mezclados hombres y mujeres durmiendo en camarotes dobles. A mí se me asignó un colchón en el suelo. Algunos prisioneros considerados más peligrosos, eran esposados a los catres para dormir. Teníamos un cartón con un número pegado a nuestra ropa, era nuestra identificación, hablamos perdido nuestro nombre, nuestra calidad de seres humanos, éramos sólo un número como los jardineros de la Reina de Corazones en Alicia en el País de las Maravillas.

La luz artificial permanecía encendida día y noche haciéndonos perder la sensación del tiempo, éramos algas flotantes. En los últimos tiempos luego de terminados 'los juicios', se nos permitió abrir las ventanas y podíamos ver algo de una realidad diferente y luminosa.

Durante el día, desde las 6 de la mañana a las 10 de la noche, debíamos permanecer sentados en una silla con los ojos vendados constantemente, sin derecho a comunicarnos entre nosotros, bajo la estricta vigilancia de un soldado con metralleta que permanecía en la pieza día y noche. Cualquier infracción verdadera o supuesta era motivo de castigos corporales duros y vejatorios, sin derecho a protesta, debíamos tragarnos nuestra rabia e impotencia. Se obligaba, por ejemplo, al prisionero, a permanecer medía hora o una hora, con las rodillas flectadas, apoyado solo en la punta de los pies y con los brazos estirados a la altura de los hombros sin subirles ni bajarlos, al cabo de algunos minutos todo el cuerpo era agitado por fuertes convulsiones que provocaba la hilaridad de los carceleros y el dolor y la humillación del prisionero.

Teníamos opción a permanecer sin venda durante una medía hora cada 3 ó 4 horas aproximadamente por turnos y de acuerdo a la cantidad de presos existentes. En este lapso teníamos derecho a leer y a escribir a un solo familiar una sola hoja semanal, correspondencia que, por supuesto, era rigurosamente censurada, lo mismo que la que recibíamos desde fuera. A esta garantía se tenia derecho solo después de los primeros 15 ó 20 días de detención. Durante la noche la radio aullaba estruendosamente de modo que casi no se dormía y si alguien a consecuencia de esto era sorprendido durmiendo durante el día, también era severamente castigado.

La tensión nerviosa era permanente, en una atmósfera contaminada de humo de cientos de cigarrillos, el aire enrarecido, el silencio obligado, la inactividad, la ausencia del tiempo, los días repetidos, uno igual al otro, el terror a la tortura, de la cual uno nunca estaba seguro de librarse. Velamos llegar constantemente a los compañeros después de los interrogatorios, muchas de las veces torturados o golpeados salvajemente. Los dejaban botados en el suelo como guiñapos o rastrojos, forma humana que demoraba dos o más días en poder moverse.

A veces en medio de gritos, golpes de fusil, el ruido siniestro del martilleo de la bala que pasa pronta a disparar, los aullidos veíamos arrastrar a algunos prisioneros por el pasillo. Nunca mas se sabia de ellos. Eran los que no habrán resistido y se insubordinaban o enloquecían. Vivíamos bajo la presión de constantes alarmas precautorias a cualquier hora del día o de la noche, a veces reales, producto de la torpeza o el terror de los propios soldados, en las cuales éramos obligados a botarnos en el suelo helado con los pies separados y las manos en la nuca, en las que los guardias, con bala pasada en sus metralletas y apuntándonos directamente, tenían orden de disparar al menor movimiento nuestro.

Para ocupar los baños debíamos ir de a uno, siempre vendados y muchas veces defecar con la puerta abierta, mientras el guardia nos apuntaba con su fusil y todo esto casi corriendo. En el último tiempo se nos permitió salir agrupados por piezas al jardín que rodea el edificio de la Academia, era hermoso tomar el sol y aspirar el aire puro en medio de tanto verde, con la cordillera nevada al fondo, durante medía hora cada semana o a veces 15 días, pero esta medida que nos permitía sentirnos seres humanos durante un rato estaba cnturoiada por anomalías que se arrastraban por meses, en el servicio de agua, además que los pozos de desagüe estaban congestionados, todo esto se traducía en desperfectos y problemas en los baños que nunca fueron reparados. Nos pasábamos meses sin agua durante todo el día, la que llegaba solo medía hora en la mañana y otro tanto en la noche, tiempo absolutamente insuficiente para que 50 u 80 personas se asearan. Los escusados estaban tapados y sin agua para evacuar los detritus, los orines y excrementos se amontonaban, era horrible defecar u orinar sobre esa inmundicia. el olor en todo el subterráneo era insoportable; las moscas abundaban y las posibilidades de enfermedades o epidemias muy grandes. No tuvimos duchas durante meses y el sólo hecho de conseguir permiso para orinar era una victoria. Uno aprende allí' lo intolerable y angustioso que puede ser el simple hecho de retener obligadamente sus necesidades primordiales.

Pero todo eso resultaba vivible al lado de la tortura constante de la venda en los ojos. Es un tormento gratuito, sutil y brutal de presión síquica solo destinado a deshacer al ser humano, a reducirlo a un estado larvario, en que la única manera de escapar a la locura es hundirse en los recuerdos hermosos, en la vida y en el futuro que siempre se quiere imaginar más humano y luminoso. Pero aún así, los que estábamos en una pieza y con cama debíamos considerarnos privilegiados, al lado de los que cada día iban ingresando. Estos recién llegados eran obligados a permanecer durante días o semanas de pie en el pasillo, muchas veces sin comida durante días y a veces hasta sin agua y en la mayoría de los casos sin derecho a un colchón por la noche y a veces, gran condescendencia, se les permitía dormir sentados en una silla. Encontrarla a muchos de estos compañeros, después en los campos de concentración de Tres Alamos y Puchuncaví.

Salí de este infierno el día 9 de Octubre, sin cargos con 15 kilos menos y con la obligación, bajo pena de arresto de firmar una vez por semana en el Ministerio de Defensa, con absoluta prohibición de abandonar la ciudad de Santiago y mucho menos el país. Seguía preso, sólo que mi cárcel era ahora un poco más vasta y podía ver y hablar...

Toda esta cruel experiencia fue convirtiéndose en estos días de libertad condicionada, en dibujos, pinturas, grabadlos, poesías y formas escultóricas, que me decidí a exponer en cuatro salas diferentes de Santiago, entre los meses de Marzo y Mayo de 1975.

En estas exposiciones hablaría del hombre alienado, destruido aniquilado, humillado, con ojos vendados, obligado a mirar realidades distorsionadas, atravesando el espejo de Alicia, un cadáver con movimientos obligados, sin tiempo, automáticos, el cadáver que yo había sido durante 5 meses y 6 días. Sólo la primera de esas exposiciones pudo inaugurarse, después de mi segunda detención, las otras no pudieron realizarse por orden de la junta Militar, bajo amenaza de prisión a los encargados de las galenas. La inauguración tuvo lugar el 19 de Marzo a las 7 de la tarde en la galería del Instituto Chileno-Francés de Cultura, organismo dependiente de la Embajada de Francia en Chile.

Las autoridades francesas en Chile conocían las obras a exponerse y no vieron en ellas ningún motivo que pudiera considerarse injurioso a las autoridades militares. La exposición la conformaban objetos cotidianos dispuestos de un modo inhabitual al igual que los 'ready-mades' de Marcel Duchamp de hace medio siglo atrás en las que al decir de Pierre Cabanne: ' la elección deliberada del artista cambia destinación primaria del objeto, le asigna una vocación expresiva imprevista '. ( Pierre Cabanne: Entretiens avec Marcel Duchamp, editions Pierre Belfond, Paris 1967, p. 11. ... le choix deliberé de le artiste change le destination premiére de l'objet, lui assigne une vocation expressive imprévue'.)

Yo allí le daba a objetos corrientes que me eran habituales. un valor de diálogo buscado o encontrado. El objeto corriente se desborda por una suerte de mágico sortilegio, éste se carga de un poder nuevo, abismante.

Es un arte que nace de la realidad vivida, con pleno vigor tan visceral y con el mismo derecho a ser observado como cosa artística, como la pintura o la escultura que hemos heredado de los viejos maestros y ningún generalote inculto, con la fuerza de las armas y bajo ninguna circunstancia podrá negarle vigencia como obra de arte, porque hasta incluso con ese acto que los artistas conceptuales firmarían está ayudando a darle trascendencia y lograr lo que el arte siempre busca: hablar, comunicar y hasta indignar.

Había allí jaulas de pájaros, cedazos, mallas, parrillas, rosas, trampas de ratones, nombres, reproducciones de pinturas: Delacroix guiando al Pueblo, telas desgarradas, manos azules, la Gioconda y Violeta Parra sonriendo para siempre, zapatos viejos, espejos para reflejarse y hundirse en ellos, falsos retratos, panes amarrados, jaulas amarradas y una corbata. .... una simple corbata rayada de 3 colores: azul, blanco y rojo, comprada en Nueva York, anudada y colgada al revés sobre una superficie acerada.

La D.I.N.A., aparato represivo de la junta, vio allí la bandera de la Patria como horca, la vio así porque es en eso en lo que ellos se han convertido. ┐Comenzaban a hablar los espejos?.

Allí no había títulos insultantes, sólo arte hablando. .. Vió una injuria a la Junta Militar en una corbata puesta al revés en las jaulas la libertad encadenada, el aire prisionero, los presos numerados y vendados, los muertos en las calles, en los espejos el terror, en la sonrisa de la Gioconda, el arte pisoteado.

Lo vieron porque ellos hicieron posible verlo; lo vieron porque la Patria ha sido convertida en una inmensa jaula: han ahorcado la palabra, enjaulado el arte, le han puesto vendas a la verdad y se la han quitado a la justicia. Matan y encierran a los intelectuales, a los obreros, a los estudiantes, profesores y profesionales, amarran la cultura y silencian el canto popular. Quisieron acallar el arte y al darse cuenta de que aún seguía vivo y aullante cerraron la exposición mientras hablan de libertad y respeto a las opiniones. Al día siguiente antes del mediodía, personal de la DINA obligó a las autoridades francesas a descolgar las obras y sólo la firmeza del agregado cultural francés impidió que estas fueran destruidas. Ellos mismos silenciaron la prensa y mi nombre fue proscrito de toda publicación. Así, esta exposición había permanecido abierta 4 horas, denigrante record de la dictadura.

A las 5 de la tarde de ese mismo día el señor Embajador de Francia me recibía en la Embajada para expresarme su repudio por este acto arbitrario y el respeto y apoyo de Francia hacia los artistas y, a la vez, informarme que al presentar él su protesta a la Cancillería chilena se le había asegurado que yo no tenía nada que temer. Sin embargo media hora más tarde yo era detenido en mi casa por agentes de la DINA que me esperaban con una orden de detención en blanco, que fue llenada allí, en mi presencia, con mi nombre y datos que me fueron preguntados y como testigos de este acto firmaron ellos mismos. Asimismo se incautaron de algunos dibujos y catálogos y artículos de prensa dedicados a mi pintura.

De nuevo desaparecía sin que nadie supiera de mi paradero. Me vendaron, me amarraron con cordeles y me tiraron al suelo de una camioneta Chevrolet que acompañaba a un FIAT 125 amarillo, para llevarme a un lugar desconocido donde permanecí totalmente incomunicado en celda solitaria durante 20 días, sin tener derecho a leer nada ni a tener siquiera un lápiz o mi reloj; separado totalmente del mundo. Durante este tiempo sentí siempre las voces y los llantos de dos niñitas pequeñas que estaban prisioneras junto a su madre en las mismas condiciones mías.

Supe después que este lugar era Cuatro Alamos, un pabellón especial, que posee la DINA en el campo de concentración de Tres Alamos, para los incomunicados y que aún permanecen allí' largas temporadas a pesar de la Nueva Ley de Seguridad Nacional que explícita que no podrá nadie permanecer incomunicado mas de 48 horas. A este pabellón les está vedada la entrada incluso a Carabineros encargados de la custodia de Tres Alamos y los presos pasan directamente sin ningún control de ellos.

El día 27 en la mañana fui llevado en las mismas condiciones, amarrado y vendado, en otra camioneta a Villa Grimaldi, una de las casas de tortura de la DINA en Santiago, allí andando a tropezones fui insultado, pateado y empujado en una celda de madera de 80 X 80 centímetros, sin más luz ni ventilación que la que podía penetrar por un agujerito de más o menos 1 pulgada de diámetro practicado en la parte alta de la puerta. Una especie de ojo vigilante.

A pesar de la obscuridad se nos obligaba a permanecer con la venda puesta. La celda olía espantosamente, una maraña nauseabunda que casi podía tocarse con los dedos, producto de la larga permanencia de los presos que deben subsistir allí. Por semanas o meses sin que nadie sepa de ellos, sin derecho a lavarse nunca, ni mucho menos su ropa si es que han tenido suerte de caer vestidos. Viven en ellas, las más de las veces hacinados de dos o tres de modo que resulta casi imposible dormir.

Sentado en el suelo, en esa oscuridad sentía desde las piezas vecinas los gritos de los que eran torturados en la parrilla, un somier metálico en el cual se amarra desnudo al prisionero o prisionera y se le aplica electricidad por todo el cuerpo, especialmente en los ojos, la lengua y los genitales.

Escuché durante todo el día los aullidos y los interrogatorios, los golpes, que la música de una radio trataba inútilmente de amortiguar. Incluso tuvieron la osadía de colocar un disco de Víctor Jara, el primer mártir del canto popular.

Era imposible dejar de temblar, el cuerpo se estremecía aterrorizado y mi mente con toda mi voluntad puesta en ello no podía controlar el castañeteo de los dientes y las convulsiones espasmódicas de las manos. Un terror abismal en el cual el ser consciente desaparece para dejar paso a una animalidad asustada que no puede responder de su cuerpo y de sus actos.

En varias ocasiones durante el día pedí se me sacara a orinar, nadie respondía. Sólo pude salir en la noche. Yo había llegado después de la ronda de la mañana, puesto que solo se permite orinar y defecar, dos veces en el día a horarios fijos, en la mañana y en la noche.

Salimos en una larga fila de ciegos tomados unos con otros por los hombros. Fue una sensación insólita de poder tocar un ser humano con tanta solidaridad y apreté fuertemente el hombro del compañero que me precedía y que tiritaba de frío. Imposible hablarle.

Se nos ordenó numerarnos, siempre a ciegas, en esa ocasión éramos 56 recluidos en el sector que me había tocado. Luego se nos hizo avanzar, el que encabezaba la fila tropezó violentamente contra un muro en medio de las risotadas y las groserías de los guardias.

Deberíamos esperar ahora a la intemperie nuestro turno: cuando me tocó a mí aún no había alcanzado a orinar, cuando ya me estaban sacando afuera a empujones. Después se me llevo a declarar y los interrogadores llegaron a la conclusión que existía un error, que mi detención era absurda y que estimaban que yo debía salir libre porque el Gobierno Militar era respetuoso de las ideas ......

Hube de estar preso 4 meses y 10 días sin que jamás se establecieran cargos en mi contra y mucho menos se me juzgara.

Muy entrada la noche fui trasladado en la camioneta a mi celda primitiva y llegué a sentir irracionalmente esa prisión como una bendición luego del horror del cual salía.

( Y yo había pasado allí sólo un día! .... Dejaba atrás a 56 compañeros o quizás más, que yo no había visto condenados a sufrir ese infierno por semanas o meses en condiciones mucho peores que las que yo había vivido.

Una semana después fui sacado por segunda vez a Grimaldi, otro día en circunstancias parecidas con el solo objeto que anotaran en una nueva ficha el color del pelo, de la piel, y de los ojos, mi peso y mi estatura.

El día 9 de Abril pasó en libre plática a Tres Alamos, recién se me empezaría a considerar oficialmente detenido. Fui de nuevo fotografiado de frente y de perfil, vuelto a fichar y se me inventó una filiación política que no poseo, porque me dijeron, que allí no habían independientes.

A cargo del campo esta el carcelero Conrado Pacheco, un sanguíneo y venal oficial de carabineros quién se dedica sin descanso y corno diversión, a hostilizar, insultar y vejar en toda ocasión tanto a los presos como a sus visitas, sometiendo a los detenidos a constantes allanamientos y revisiones ultrajantes.

Se vive allí en condiciones penosas, en un espacio reducido, con gran hacinamiento de prisioneros donde cuesta mantener el aseo, poca y mala comida, carente de proteínas y vitaminas, lentejas, garbanzos y porotos al infinito. Existen solo 4 tazas de escusados, para una población que fluctúa en cada pabellón entre las 100 y a veces hasta 300 presos.

Tres formaciones diarias, en las cuales se nos pasa lista y luego se nos cuenta y si por casualidad alguien se atrasa es castigado sin visita por 1 o 2 semanas. Estas visitas son de duración arbitraria, a veces medía hora y otras de no más de 5 minutos entre los gritos y groserías de Conrado Pacheco.

En Tres Alamos dormí en el suelo más de una semana antes que fuéramos trasladados al pabellón que habían ocupado las mujeres. Unas barracas de madera con piezas muy estrechas provistas de camarotes de 3 camas superpuestas como nichos, en las cuales no habla espacio para permanecer sentado, sólo era posible estar acostado. Allí en compensación teníamos menos frío por el hacinamiento y los baños eran más numerosos y amplios. El 28 de Abril fui trasladado junto a unos 50 presos más, en medio de un operativo impresionante: 3 buses, 1 camión, 1 coche celular y alrededor de 40 o 50 carabineros con metralletas. Algunos Íbamos botados en el suelo y teníamos estricta prohibición de hablar entre nosotros o movernos y hablamos sido terminantemente advertidos que a la menor acción sospechosa no trepidarían en dispararnos. Llegamos a Puchuncaví, una colonia veraniega construida durante el Gobierno Constitucional que la Junta Militar transformó en campo de concentración, a cargo de tropas de infantería de marina.

Resulta sarcástico contemplar el hermoso paisaje de la costa chilena, rodeado de colinas de infinitos verdes, con atardeceres llenos de nubes y color, resulta cruel contemplar esta belleza a través de las alambradas, las torres con centinelas armados y los fusiles de los soldados dentro del campo. Allí hay más espacio, mejor comida, menos promiscuidad y el trato es más correcto, si se quiere, en relación a los otros centros carcelarios, pero se depende mucho de los estados emocionales de los comandantes (oficiales de la Marina) que se van rotando cada semana y la disciplina se hace más o menos rigurosa o arbitraria, según sea el criterio más o menos estrecho de cada uno de ellos.

No vivíamos violencia física ni insultos, pero sí una fuerte presión sicológica muy estudiada. No se nos consideraba presos políticos sino contingente militar, y por lo tanto afectos a una dura disciplina de regimiento.

Debíamos soportar 5 formaciones diarias y contarnos, dos de las cuales para repartir el trabajo y contarnos, a veces en plena lluvia por la estupidez de algún comandante, La bandera debía ser elevada en la mañana y arriada en la tarde cantando el himno nacional con el agregado vergonzante que si bien existe en el original, cobra en esas circunstancias un macabro sentido al tener que cantar loas a nuestros nobles y valientes soldados.....

A estas ceremonias debíamos ir y volver marchando y cantando himnos marciales y guerreros. Por supuesto, no faltaba allí Lily Marlene ....

Debíamos someternos a ejercicios de infantería; marcha, giros, posiciones firmes, formaciones en las cuales cualquier error debería pagarse con flexiones o ejercicios vejatorios más que físicamente violentos.

Trabajos 'voluntarios' que no lo eran, las más de las veces inútiles y gratuitos, sin ningún destino concreto. Los escusados estaban al descubiertos, sin puertas. Por cualquier estupidez o acto considerado como de indisciplina éramos sometidos a plantones de varias horas en posición firme.

Se trataba de degradarnos ' reeducarnos ' reducidos a meros autómatas manipulados con señales. Una pedagogía dirigida a convertirnos en entes mecanizados; borrar de nuestra mente el pensamiento creador y el libre arbitrio. Un intelectual allí era considerado peligroso.

En la noche en forma absurda, antes de ser encerrados en las cabañas, a las 8, debíamos cantar 3 ó 4 veces canciones militares idiotas, aburridas, de dudosa inspiración poética, saturadas de un patriotismo chauvinista, hueco y ramplón. Nuestra obligación era aprenderlas de memoria. Esta era llamada la hora de la retreta, según ellos destinada a liberarnos de nuestras tensiones. Se termina por no pensar y sólo se obedece maquinalmente.

Vigilados constantemente, toda correspondencia, lectura o actividad cultural era estrictamente censurada. Una selección de recortes de periódicos y revistas de circulación normal en el país destinados a ser afichados en un diario mural, eran sometidos a estricta censura y las más de las veces rechazados.

Libros que hablaran de problemas económicos, sociales, humanos o de grupo eran interceptados porque afectaban la 'salud mental' de los prisioneros. Los libros de Celso Furtado y hasta 'La noche quedó atrás' de Jan Valtin fueron rechazados por peligrosos.

La revista ' Mensaje ' publicación de los jesuitas que circula libremente, aunque auto-censurada, por todo el país, fue prohibida en todos los campos.

Un número de la revista ' Ercilla ' en el que aparece, una entrevista al ex-presidente Frei, fue prohibido porque según palabras textuales del comandante de esa época, la revista había sido confiscada por e! Gobierno' a pesar que el propio Ministro de Interior había declarado por la prensa que este número no había sido requisado sino que se había agotado en todo el país. Alguno de los dos mentía.

Se trataba así, con sutilezas, de destruir en forma consciente a veces hasta con respeto formal, todo atisbo de pensamiento, de dignidad humana. No les bastaba con privarnos de la libertad, sino que se proponían destruir nuestra integridad moral al manipularnos como bultos que ellos debían vigilar, que no pareciesen muy estropeados y que podían trasladar de un lugar a otro sin ninguna explicación.

El día 11 de Julio fui llevado nuevamente a Tres Alamos con un decreto de abandono del país por ser 'peligroso para la seguridad nacional' sin haber sido jamás procesado. Pude abandonar Chile, la prisión, el 30 de Julio, gracias a la solidaridad internacional a la cual no es ajena este foro. Gracias a los desvelos de las autoridades diplomáticas de varias naciones y especialmente de Francia, que se movilizaron para obtener mi libertad y luego me han acogido en su Patria.

Obtuve mi libertad gracias a la presión de cientos de artistas e intelectuales de todo el mundo que se sintieron conmovidos por este atropello a los derechos inalienables del ser humano y así lo exigieron con sus firmas a la junta Militar. Fui obligado a abandonar mi patria tan sólo porque creo en un ser humano digno y creador y porque mostré con el arte que la libertad de pensamiento, los derechos del hombre y la cultura entera son una inmensa mentira en el Chile de hoy.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03