Vivir en París: testimonios de un exilio

VIVIR EN PARÍS
Testimonios de un exilio (1)

Eugenia Neves

Eugenia Neves. Profesora de Literatura. Universidad Paul Valery, Montpellier, Francia
Publicado en 'Araucaria de Chile' N 9, 1980.

Cuando uno llega acá en las condiciones en las que llegamos nosotros ahora, lo primero que pasa es que te encuentras frente a la policía y notas de inmediato que los franceses son chovinistas y que toda esta llegada de los extranjeros no les es agradable. Los funcionarios de las Prefecturas, aunque no son "flics", actúan de mala manera porque no les gustan los extranjeros..., y después te encuentras con los vecinos. Entonces es distinto cuando uno viene solo que cuando viene con niños, porque los niños hacen ruido. Y como a nosotros nos gusta vivir en grupo, llega mucha gente a la casa, y es otro problema. Luego aparecen cosas muy curiosas como, por ejemplo, cuando la propietaria me reclamó que no teníamos muebles burgueses. Porque, claro, si tú miras en el contrato de arriendo que tienes, ahí dice que uno debe organizar el departamento de manera burguesa, o sea, debe tener un contenido de cortinas, un contenido de muebles, cierto contenido de alfombras, etc., y, por supuesto, que uno no los tiene. Luego, se te impone una represión con los silencios que hay que guardar, los tonos de voz en que hay que hablar, una cantidad enorme de normas que jamás hay que pasar por encima de ellas porque si un francés las sobrepasa ya es una molestia, pero cuando es un extranjero: ¡es algo terrible! Lo consideran algo hecho en contra de toda la sociedad francesa. Cada francés se siente representante de toda la sociedad francesa, por eso te habla desde Francia hacia el extranjero desde el momento en que tú sobrepasaste en lo más mínimo las normas, como, por ejemplo, dejar abierta la "boite aux lettres", o hacer ruido con el excusado a las doce de la noche, o cualquier cosa de ese tipo. Indudablemente que los franceses cotidianamente son bastante menos soportables. Entonces uno tiene dos posibilidades, andar continuamente peleando con la gente o simplemente decirles que bueno, que de acuerdo, que sí. Ahora he llegado a tener una segunda personalidad, o sea, que cuando tengo que discutir con los franceses lo hago sabiendo cómo son ellos, no propongo la personalidad mía y la espontaneidad que nosotros tenemos para las cosas, sino que me propongo como ellos son, guardo los mismos silencios que ellos, planteo las cosas en el terreno más racional y esquelético que puedo, quitándole toda la parte afectiva, porque si no, no nos entienden.

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Yo me siento muy extraña viviendo en este país, por las costumbres muy diferentes a las nuestras y que no es fácil adaptarse, yo he tratado de ambientarme un poco, pero no logro acostumbrarme en este ambiente, en este país, no es que yo me desespere ni mucho menos y aunque estemos de paso, no estamos con las maletas hechas, hay que tratar de instalarse y tratar de vivir en la forma mejor posible que uno pueda dentro de las posibilidades, pero yo no me quedaría viviendo para siempre aquí, aunque me ofrecieran este mundo y el otro, para mí no es mi futuro, o sea, yo pienso en la posibilidad que haya dentro de las medidas que se pueda, yo vuelvo, yo no podría vivir aquí, además, no me gustaría que mi hija estuviera en su juventud viviendo en este ambiente, esa libertad para la juventud a mí no me gusta, es bueno por un lado y es malo por otro, porque cuando hay una libertad y los cabros toman la libertad como corresponde, bien responsablemente, está bien, porque es bueno que tengan esa libertad, pero cuando ya pasa a ser que la niñita ya tuvo su primera regla y la mamá parte al médico y le da su pastillita para que la niña se acueste tranquilamente y sin problemas, creo que no está bien porque los padres se desligan de lo que les pueda pasar a los cabros, ya no se preocupan de que la niña siga estudiando, de que si está bien, de que si tiene algún problema, o sea, que por el hecho ya de darle la pastilla como que se quitan un peso de encima por si la niña queda embarazada. Entonces yo no me quedaría aquí, realmente no. Allá uno tiene todas sus amistades, está su familia, por último es su tierra. Aquí siento que no estoy haciendo lo que a mí me gustaría hacer, incluso en el trabajo mismo. Yo estoy trabajando para algunos patrones, pero para el futuro yo veo que no es nada productivo. En Chile yo sabía que estaba trabajando para el país, yo sabía que estaba haciendo algo para ayudar a la gente y aquí, por sobre todo, siento que no estoy ayudando a los míos, no hablo de mi familia, sino que no estoy ayudando a la gente nuestra en general y como no estamos ya por volver, aquí estamos trabajando para sobrevivir.

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En ese sentido yo te decía denantes que no ha dejado de crear problemas incluso con mi compañera, porque en muchas cosas yo la he obligado a pensar como chilena, le he dicho incluso que si tú trabajaras en tal cosa, cuando volvamos a Chile eso sería re-bueno, serviría bastante. Y, finalmente, ella se ha puesto a trabajar en una cosa que yo estimo que va a ser útil en Chile. Te digo que quizá en ese sentido incluso yo he sido medio pesado con ella. Ella está consciente de la cosa. Pero en ningún momento yo he hecho planes para integrarme aquí, en ningún momento. Yo me sigo sintiendo un sujeto de paso, viviendo algo provisorio, con las maletas a medio hacer, ahora quizá no tanto, pero sí hubo un momento que estuvimos con las maletas a medio hacer, que sólo faltaba cerrarlas. Pero ahora, debido a otras circunstancias personales, hemos sacado algunas ropas de la maleta, pero la dejamos abierta en todo caso para llegar y meter las cosas. Ahora, yo me estoy adelantando, porque todavía no está dicho que ella quiera efectivamente partir para allá. El hecho es que mi decisión en ese sentido es inalterable, ella lo sabe, ya sabe a qué atenerse a ese respecto.

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El rol que juega un científico en Francia es pobre, yo lo veo muy pobre, un engranaje más de una máquina que está hecha para hacer cosas que a lo mejor tú no quisieras hacer, pero si tú quieres trabajar en Francia como científico, naturalmente tú tienes que formar parte de esa máquina y tienes que ser un engranaje de esa máquina. Las chances existen de que en Chile no sea así y de que tú tengas la posibilidad de hacer algo más valedero en el contexto general, si bien científicamente vas a tener problemas para desarrollarlo.

Con respecto a mis hijos, las opiniones en relación a la vuelta a Chile son distintas. Los más chicos están con ganas de irse a Chile. Los más grandes comienzan a tener dudas. Los más chicos aunque se acuerdan muy poco de Chile tienen una imagen sentimental muy profunda a través de nosotros, en cambio los grandes, especialmente la mayor que tiene 17 años, ve el retorno con mucha reticencia.

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Tenía a mi gente sin sueldo allá en Chile, sin plata. Fui con otros dos compañeros, uno boliviano y otro chileno, fuimos los únicos tres que respondimos a la oferta de ir a trabajar, pero fui yo el único que me quedé porque los otros compañeros no quisieron trabajar, el boliviano dijo que eso no era para él porque él era estudiante universitario y el chileno dijo que él era un ingeniero, y no se quedaron no más.

Fueron como cuatro meses que estuve trabajando allí. Tuve problemas de enfermedad, tuve una hernia que se me inflamó, partí al hospital, perdí la pega, no es que la perdí sino que realmente no volví a trabajar allí porque me quedaba muy lejos y ahí me pasaban dos cosas, me alegraba de estar trabajando porque eso significaba un sueldo mensual. En el foyer donde estábamos éramos sólo dos personas las que trabajábamos entre la totalidad. Pero encontraba y lo sigo encontrando que el trabajo era muy brutal, encontraba y sigo encontrando que si comparo mi trabajo con Chile yo diría que allá también era duro pero que veo como que aquí uno se embrutece porque los horarios de trabajo son muy intensos, muy largos, y no es que sean más horas, sino que es el ritmo del trabajo, pero en horas también, porque en ese primer trabajo yo trabajaba diez horas diarias, yo no sabía nada, los pericos te hacían trabajar diez horas. Después supe que si tú trabajas más de ocho horas, las otras horas son horas extraordinarias, pero en aquellos tiempos yo trabajaba diez horas porque me decían que trabajara diez horas, y nada más. Pero más que las horas era el ritmo el que jodia. Por ejemplo, en una cierta ocasión cuando fui al baño llegó un portugués y me habló dos o tres palabras e inmediatamente llegó el jefe de turno, ¡y puta!, retó al portugués y me retó a mí porque no estábamos trabajando. Tú no tienes un respiro para conversar con la gallada, de tener un poquito de vida social, no te quedaba un minuto de respiro, además nos hacían trabajar en forma intensa, en forma mecánica, además que era un trabajo como en cadena, en una empresa de repuestos de automóviles, además que eso me significaba una hora caminando al trabajo y otra hora volviendo a pie y era pesado.

Ahora, en los primeros tiempos yo me sentía muy solo, echaba mucho de menos a la familia, me bajaba mucha depresión. ¿Te fijas que ahora tenemos un nuevo término chileno, "la depre"? Me afectaba mucho esa cosa, como salía muy tarde del trabajo, me venía caminando y me sentía muy penca. Después he hecho otros trabajos, he lavado platos en una cocina de una clínica y el hecho práctico resultó que era tan duro como el otro, pero por lo menos uno podía respirar porque en la industria no había aire, el aire era contaminado, los ventiladores no funcionaban..., uno usaba un pañuelo que siempre terminaba negro. Y en la clínica era la temperatura. Tú sabes que en las cocinas hay una temperatura muy alta. Hace mucho calor. Te deshidratas, hay que tomar mucha agua, mucho líquido. Yo lavaba grandes ollas, grandes marmitas, esos asuntos para los enfermos y tampoco tienes un respiro entre el desayuno que después viene el almuerzo y así para adelante. Y finalmente trabajaba nueve horas con una hora de descanso entre medio, que estaba dentro de lo normal si tú quieres, pero estaba muy mal pagado. En la época yo ganaba 1.100 francos, muy poco. La tercera pega fue trabajar en la construcción. Ahí trabajaba conmigo otro cabro boliviano que venía de Chile refugiado y que estudiaba sociología, era un cabro joven pero como comía mal, y yo también, se le doblaban las patas cuando tenía que ir caminando. ¡Puta!, a mí me daba mucha pena el cabro estudiante, yo entendía que no había trabajado nunca y que se le doblaran las patas. A mí me pasó una vez esa cuestión, se me doblaron las piernas, fíjate, y tú te das cuenta que yo soy medio "costó", se me doblaron las piernas y era producto de la mala alimentación, yo creo. Tú vas caminando con una caja en el hombro y se te doblan las piernas. Eso me provocó una rabia, una especie de rebelión, como una amargura, ¡te das cuenta!, porque me sentía débil, era la primera vez que me pasaba y me di cuenta que no me quedaba otra alternativa que seguir caminando. Porque en Chile yo no tenía estos problemas de la comida, porque yo parto de la base de que nosotros los chilenos, sobre todo los trabajadores, comemos mal, pero comemos mucho, qué sé yo, dos platos de porotos, las cazuelas no se ven mucho pero por lo menos hay una cazuela semanal, había, digo, no estoy hablando de ahora, y durante la Unidad Popular, no teníamos grandes problemas de alimentación, lo que hubo fue un problema de abastecimiento, pero por lo menos en mi sector, en Valparaíso, en mi cerro, no eran problemas gravísimos, la gente comía. Yo en estos momentos como bien, pero en los primeros tiempos no. Era jodido. Porque uno no se planificaba bien, porque no tenía idea de lo que era la plata, porque el sueldo no era mucho tampoco. Para los franceses, por el hecho de que tú seas emigrante y que más encima no sepas hablar francés, se permiten darte el sueldo que se les ocurre, excepto en algunos sectores de la construcción, donde los pericos se hacen pagar bien. Pero es un producto de la necesidad. Los franceses no tienen otros gallos que meter allí que no sean extranjeros, los franceses no van a trabajar en eso y si trabajan son los jefes del equipo. Ese es un trabajo para emigrantes aquí porque los franceses se van a la especialización, sin llegar a palabras mayores tampoco pero se puede decir que el obrero francés presenta una calificación altísima, aunque no tan altísima tampoco, pero hay una diferencia entre el obrero especializado francés y el emigrante extranjero, porque si no, ¡no tendrían razón de ser aquí los emigrantes tampoco! Y tú seas obrero especializado o no, yo creo que aquí el que es extranjero es considerado como extranjero y nada más, es como el ser inferior, el que viene de Portugal, por ejemplo, es un campesino ignorante, en cambio, yo que soy francés, soy yo el que le doy la oportunidad a este tipo que no se muera de hambre en mi país. Es un poco la relación que yo percibía.

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Pero no somos tan fantásticos. Antes era un poco chovinista en el sentido de pensar que éramos mejores que los argentinos, que los brasileros, que los peruanos, que los bolivianos, y en realidad era bien poco lo que conocía de ellos, pero era lo que todo el mundo decía, o sea, nuestra Universidad era la mejor, éramos los ingleses de Sudamérica, todo ese tipo de cosas. Creo que no es cierto. Tenemos miles de defectos, somos en general bastante mediocres en un montón de cosas. Ahora he puesto a Chile más a su altura, no como una cosa fantástica, ni mucho menos, en absoluto, y a los chilenos tampoco los encuentro tan fantásticos, los veo llenos de prejuicios, complejos y cosas raras, mediocres en general, la actitud de tantos chilenos en el exterior que después de cinco años no entienden nada de nada, siguen siendo como eran, siguen viendo las cosas desde una perspectiva muy provinciana, y no se trata de que se hayan adaptado o no, sino que no han tratado ni siquiera de comprender lo que pasa alrededor: eso es trágico. Lo vemos incluso en muchos de los dirigentes que a pesar de que han pasado miles de cosas terribles, siguen con la misma actitud que tenían en Chile, siguen en Parral o en Chuchunco, con las mismas actitudes sectarias. No han aprendido nada a pesar de todos los golpes que hemos recibido, y que se ve bien claramente en el modo como han llevado las cosas y en la vida partidaria misma. En general, los chilenos son poco permeables a comprender lo que pasa alrededor de ellos, se encierran demasiado, cierran los ojos a todo lo que ven alrededor y siguen siendo tal cual como llegaron, no entienden nada, ni de la realidad francesa, ni de la vida, ni de nada, afortunadamente que salieron porque si no en Chile estarían muertos o desaparecidos hace tiempo. Las mujeres chilenas se han adaptado mejor que los hombres, son más dúctiles a adaptarse a una situación distinta, en general se las han arreglado mejor.

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Ha crecido mucho en mí la latinoamericanidad y eso lo adquirí aquí, en París. Es una de las adquisiciones del exilio: el recuperar mi patria en una dimensión más amplia y no tan provinciana. La Iglesia chilena también se consideró un poco como la Iglesia de vanguardia en América Latina. ¡También! ¿Increíble, no? Ahora, mirando otras Iglesias desde el punto de vista de su compromiso, de su abertura, me doy cuenta que la Iglesia chilena está entre las últimas, ha quedado enormemente atrás. Fue quizá una de las Iglesias más progresistas hasta los años 60, 64, por ahí, pero a partir del 67 las cosas cambiaron radicalmente. Basta con ver lo que es la Iglesia brasileña en la defensa de los derechos humanos. ¡Todos los obispos chilenos se quedan chiquititos! Uno ve con qué firmeza los obispos brasileños y sectores de la Iglesia brasileña toman posiciones frente a la dictadura militar. Uno ve ahora que Chile está muy a la retaguardia.

Nosotros los chilenos tenemos hacia el resto de América Latina la misma actitud que tienen los franceses frente al resto del mundo, ese orgullo de haber sido vanguardia, ese orgullo de ser los mejores, de tener las mejores soluciones, de ir más adelante y no entender que Chile no somos la vanguardia en América Latina ni somos el centro de América Latina. Chile hay que situarlo como un país más de América Latina, que tiene sus grandes aportes, en todos los campos, en lo político, en lo cultural, en todo, pero los hay mejores también en otros países.

Cristianos por el socialismo éramos unos doscientos curas más o menos, pero hay un fenómeno muy curioso, que a partir del 70, si un cura se va y se casa, sigue cascando en lo mismo, no en el sentido de decir misa, confesar, dar sacramento, sino en el sentido de jugar un cierto liderazgo más político que cristiano. Los curas llegaron a entender mucho más el fenómeno político por dentro. Antes el cura entraba en una población y lo compartía todo con la gente pero por compasión, en el buen sentido de la palabra, en un sentido más de caridad, muy sentimentalmente, pero uno de los efectos que produce la Unidad Popular es que politizó a la base de la Iglesia, no solamente a los curas, sino que politizó a los dirigentes cristianos laicos. Hoy día encuentras una gran cantidad de curas, laicos, cristianos, que son militantes de izquierda y que siguen siendo cristianos: ese es un fenómeno nuevo. Antiguamente, un cristiano evolucionaba hacia la izquierda y automáticamente dejaba de ser cristiano, pero lo nuevo es que los cristianos se radicalizan y politizan y son militantes como cualquier otro militante, pero son cristianos también.

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Hay múltiples formas de integrarse y en el fondo yo creo que hay mucho de una disposición personal. Quien rechaza a priori una cultura, un pueblo, una civilización, está jodido, tiene que cambiarse de país porque no podrá jamás integrarse y si no se integra jamás, está embromado. Yo no creo que la vida aislada sea lo mejor, nunca me pareció que la experiencia de Robinsón Crusoe fuese imitable, por lo menos no atrayente. Así es que yo no quise hacer como Robinsón Crusoe aquí y encerrarme en un "petit studio", tomar el metro, irme a la Facultad, escuchar y copiar los cursos y volverme a la casa. No me parece que sea eso una vida.

El extranjero que llega a París generalmente llega con dos camisas y nada más, no conoce a nadie. Aquí uno es un trasplantado, entonces cuesta echar raíces. A las plantas siempre les ha costado retomar cuando se les cambia de tierra. Entonces yo creo que es un poco nuestro problema también: nos sacaron de una tierra y nos ponen en otra y obviamente que es difícil dar los frutos en la primera estación. Así es que yo creo que esa es una dificultad y la sigue siendo en la medida en que uno no se aclimata en cuatro años en un país a pesar del hecho de haber llegado ya con una cierta predisposición y a pesar de estos cinco o cuatro años que ya han pasado aquí y a pesar de haber llegado yo a los 18 años, a pesar de todo eso es difícil. Obviamente que cuando se llega de 45 años, de 50 años, ¡es mucho más difícil, pues! El trasplante es casi prácticamente imposible. Yo veo a los españoles, por ejemplo, o los italianos que están aquí, igual, la integración es muy, muy difícil, por no decir imposible. Los árabes, igual. Claro que la integración a otro país es mucho más fácil si uno llega joven. Tengo hermanos que llegaron cuando tenían 8 y 6 años y hoy día son europeos. Tengo otro hermano que nació acá y ése lo es completamente. Entre ellos hablan el francés, se les ha olvidado el español prácticamente. Yo lo encuentro dramático, ¡pero en fin! No pueden ni leer en español, su mundo es éste, es como si aquí hubieran nacido y están sólo desde hace 4 años. Yo pertenezco a una generación intermedia, a una generación bisagra que va de los que llegaron a los 15 años hasta los 25 más o menos, que son los años en que hay más posibilidades de integrarse, ¡pero que no están todas dadas!

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En mi relación de amistad aquí, me ha pasado algo curioso. En Chile yo tenía fundamentalmente amigos hombres y en Francia tengo fundamentalmente amigas. Eso prueba, por un lado, que la mujer es mucho más liberada en Francia y trasciende el ámbito doméstico al que está sometida en Chile por una serie de razones. Por otra parte, creo que la mujer francesa es muy distinta al hombre francés en sus relaciones. De hecho la palabra de una francesa es muy distinta a la de un francés, en el sentido que la palabra del hombre es un discurso que se mide, que se autovalora, es un discurso que compite. La palabra de la mujer es más directa, más sincera, algunos dicen que es más banal, pero no en un sentido peyorativo, sino en el sentido de que es más directo, más espontáneo. En París sucede algo muy curioso que es la vida en los bares. El hombre que llega a la barra y empieza a discutir con el barman, siempre la historia que cuenta es prácticamente la misma, es algo extraordinario que le sucedió, algo relevante que le ocurrió y que lo ha hecho resaltar por múltiples razones, pero es distinto al cuento chileno que está siempre referido a las mujeres, que se la pudo con diez mujeres, soy choro. Pero aquí, con respecto a las mujeres son muy discretos. Yo nunca he oído a los hombres fanfarronear con las mujeres. Nunca he oído hablar de las mujeres.

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Yo sigo siendo muy conservador en algunas cosas, en muchas cuestiones que son típicas del chileno, por ejemplo, un sentimentalismo, un nostalgismo que se puede manifestar en un momento dado y la tendencia a hacer grandes discursos para contar nada.

Yo no estoy injertado, sino que ahora yo formo parte del francés porque me casé con una francesa y formo parte y estoy en una familia francesa, entonces muchas cosas de la familia francesa se extienden poco a poco a mí, yo reacciono como francés, por ejemplo, en la cosa de la comida, las costumbres de las comidas o con la costumbre de las vacaciones. Yo nunca en mi vida hice vacaciones antes de llegar aquí. Y también cuando llegué creía que los franceses eran personas que hacían grandes teorías sobre cada cosa que vivían. Entonces, dije yo, voy a prepararme y voy a leerme toda la literatura y toda la filosofía importante desde Pericles hasta hoy, entonces con eso yo podré competir en el medio francés, podré conversar con la gente. Pero hay que decir que no es para tanto.

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Aquí hay una cultura que es producto de exportación y que pertenece en el país mismo a un reducido círculo. Es cosa de ir a las "banlieuex" y ver qué es lo que ocupa realmente a la gente. Esas películas que veíamos nosotros en Chile del cine francés, ni siquiera se ven en París en los grandes cines, son películas de estudio que ahora ya ni se hacen con ese afán que han agarrado de imitar a los yanquis. Hay que ver solamente las cosas que lee la gente en los trenes o en los Metros y las cosas que se publican. Y cuando uno llega aquí descubre que hay en Francia explotadores y explotados... Es curioso cómo se venden esas imágenes... Pero es curioso también cómo la gente asimila su situación de exilio contra el país que están. Yo conozco a mucha gente que odia Francia "y este país de mierda", como si fuera este país el origen de todas sus desgracias y la verdad es que si no fuera por este país todavía andaríamos como el holandés errante.

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¡Es que somos tan provincianos y somos tan tiernos! Y somos tiernos porque tenemos el espíritu de provincia. Yo me acuerdo de unos primos de Linares. Tú sabes que los linarenses no pueden ver a los talquinos, porque ¡dicen que Linares debió haber sido la ciudad más importante...!, y cada vez que pueden tratan de demostrar la superioridad de Linares, los habitantes de Linares, la ciudad de Linares, cualquier cosa de Linares. Entonces aquí se produce esa misma actitud y todo les cae mal, todas las costumbres les caen mal. Hay compatriotas que siguen diciendo que el vino chileno es mucho mejor. No vamos a negar que hay vinos ricos en Chile, pero hay vinos mucho mejores en Francia.

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La verdad es que yo llegué aquí con el mismo ánimo con el cual habría llegado a cualquier otra parte del mundo, que era un ánimo de ruptura con la cultura. Llegué con el ánimo de dedicarme a otro tipo de actividades y de hecho traté de hacerlo o sea estaba dispuesto a hacer cualquier tipo de trabajo manual, a estudiar algo que pudiera servirme para vivir, por ejemplo, informática, que simplemente no tiene ninguna relación con lo que yo hacía anteriormente. Ahora, como desgraciadamente hay una especie de hado maligno que a uno lo va empujando, realmente sin quererlo mucho me vi de nuevo sumido en este medio en el que había estado viviendo toda mi vida, a pesar de haber hecho una serie de trabajos que me hubieran alejado de esta vida intelectual. Pero la verdad es que yo ya sabía que con ese tipo de trabajo manual simplemente tú no puedes vivir. Yo quería romper con mi actividad anterior porque estaba aburrido, estaba aburrido de hacer clases, por ejemplo, estaba aburrido de la política universitaria y además porque el 11 de septiembre no solamente fue una derrota de todo lo que nosotros habíamos venido haciendo hacía sus buenos 10 o 15 años, o sea, a todos nos derrotaron en nuestros propios puntos o lugares de batalla. Todo lo que cada uno de nosotros había venido haciendo terminó abruptamente ese día del Golpe, como si nos hubieran puesto a todos un cartel que decía que todo lo que tú has hecho no sirve para nada o no sirvió para nada.

Para mí el exilio ha sido como vivir una temporada en el limbo. En una tierra de nadie, ni en el bien ni en el mal, es como esa condenación que dice la biblia o los curas, de alguna gente. No es que esté siendo quemado y devorado por las llamas del infierno, no es que me ocurra ninguna cosa terrible, pero lo terrible que ocurre es que no se ve a Dios, vale decir: Chile. Algo así me parece. No te niego que al principio el exilio me pareció que podía ser una experiencia humana interesante. Salí naturalmente de Chile contra mi voluntad, no hubiera querido salir, pero cuando ya salí de la Embajada donde pedí asilo y salí del país, pensé que sería un capítulo interesante de mi vida, lleno de ricas experiencias. Creo un poco que mi vida se detuvo junto con salir de Chile aunque felizmente he hecho lo que he podido por Chile dentro de mi oficio de periodista.

Si bien me parece que el exilio es como el limbo, si bien ha sido doloroso comprobar cómo se queman cinco años de mi vida en una edad en que yo estoy en el declinar de la vida, inevitablemente cuesta abajo, porque en 15 o 20 años más seré un viejo, sentir que se queman en la nada, ha sido por supuesto doloroso. Los tres primeros años lo único que deseaba era regresar a Chile. Si tú me preguntaras, así, con la mano en el corazón, ¿quieres regresar a Chile en este momento?, tendría que decirte, como militante, que sí, por supuesto que es mi deber y lo haría apenas me lo pidieran, pero en lo íntimo, empiezo a sentir cierto terror del regreso. Me parece que sería como la resurrección de un cadáver para mis amigos, para la gente que me interesa en Chile. Creo que muchos me han olvidado ya, lo noto por el correo. Al principio me llegaban muchas cartas, ahora me llegan muy pocas, casi ninguna. Mucha gente ya ha perdido el interés por comunicarse conmigo. Yo le temo más que a ninguna otra cosa, más que a la cesantía, más que a cualquier problema que pudiera tener, más que a la represión, le temo a esta resurrección mía en Chile que a lo mejor ya nadie quiere.

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Para una generación el exilio, con todo lo terrible, con todo lo que lo produjo y con todo lo que lo mantiene, puede ser algo positivo. Pero depende. Para el que se encierra, se margina, para el que no trata de superarse, evidentemente que no es positivo sino que más bien regresivo. Pero puede ser positivo para los que tratan de superarse en función de un aporte mañana a Chile como toda esta gente que está estudiando o los que ya han terminado sus estudios y siguen especializándose y podrán aportar mucho a Chile mañana. En ese sentido el exilio es positivo, haciendo abstracción como te decía de todo lo terrible que nos condujo al exilio y que nos mantiene en exilio.

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Ya van a ser cinco años que estoy acá y lo único que te puedo decir es que yo tuve la peor actitud que se puede tener, yo soy una "handicapée" típica del exilio, siempre estuve durante mucho tiempo con una pata aquí y otra allá, irracionalmente esperando siempre el momento de poder volver, de poder integrarme de nuevo a lo que pasaba en Chile y digo que es la peor actitud sicológica porque tú no haces nada y ese es mi caso. Yo me instalé en mi depresión profunda el día que yo supe que no podía volver. Lo que pasa es que nosotros no teníamos conciencia de la magnitud de la historia que nos estaba pasando. Entonces, aquí, yo tuve una pésima actitud de la cual creo que voy a empezar a salir ahora, casi al cabo de cinco años. Eso no significa que no haya hecho absolutamente nada, pero he hecho la cuarta parte de lo que podía haber hecho. Yo necesité estos cinco años de vivir en un hoyo para salir afuera. Viví sin ningún tipo de integración al país, a pesar de que yo te vuelvo a decir que pertenezco a la clase de lo privilegiados, hablaba francés correctamente, elementos que pudieron haberme sido útiles, pero yo no he querido por ningún motivo integrarme a ninguna parte, entonces he estado siempre como entre cuatro paredes o haciendo trabajos muy específicos que tienen que ver con Chile, que eran las únicas cosas que me motivaban. Y como yo, además, no tengo militancia, no tenía ni siquiera eso en qué apoyarme, he tenido participación en términos de solidaridad por supuesto, pero no queriendo integrarme, no creciendo como persona y ahora comprendo que la única cosa que uno puede hacer es crecer en cualquier oficio que uno tenga, aprender más y sacar lo bueno que tiene este país, que tiene muchas cosas buenas, estoy recién empezando a aceptar que los franceses no solamente tienen cosas negativas, sino que hay muchas cosas efectivas y que el pasado en este continente y en este país juega mucho. La única alternativa que tenemos nosotros y ese es un punto de vista personal por supuesto, es llegar a Chile que por supuesto es mi objetivo, habiendo subido dos escaleritas aunque sean dentro de tu campo.

De modo que yo he vivido el exilio como una enfermedad.

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El exilio para nosotros dos ha sido muy provechoso, nos ha abierto como te decía una visión del mundo, nos ha dado una lección de humildad, nos ha hecho interesarnos por otras cosas, culturalmente ha sido enriquecedor, profesionalmente igual y creo que ahora estaríamos maduros para reemprender nuestra aventura de los tres años de Unidad Popular. Pero hay muchos chilenos que han venido, que lo han visto todo y que no han aprendido nada, absolutamente nada y eso es terrible, ni siquiera saben que hay otros tipos de quesos que los que se hacían en Chile.

Deberíamos haber hecho al revés, deberíamos haber estado en el exilio primero y luego haber hecho la Unidad Popular. ¡Si éramos tan incultos! Lo grandioso del exilio, para los que lo han aprovechado, es que nos ha dado una visión global del mundo. Eramos muy provincianos, sólo sabíamos y a penas, lo que pasaba en Chile. Yo he venido a descubrir con asombro absoluto la revolución argelina. ¡Argelia para mí era un país de gallos del desierto! Y de repente encuentro la revolución argelina. Comienzo a leer y me doy cuenta, por ejemplo, que el Golpe de Estado y la represión en Chile son exactamente iguales a los que hizo Guillard en Argel en 1957. Y eso nadie lo leyó nadie nos dijo: léanse esto y, cuidado porque así es como se hace una represión! De las batallas del Tercer mundo, de África, ¿qué sabíamos?

Tampoco teníamos una conciencia latinoamericana. Ese es el gran aporte del exilio. Aquí hemos empezado a tomar una conciencia latinoamericana. Y hemos podido darnos cuenta que en realidad no éramos tan descueves: ¡que éramos como las huevas! Lo que nos ha enseñado a ser modestos.

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No va a ser fácil volver ni desde el punto de vista político, ni desde el punto de vista del trabajo, ni desde el punto de vista de la comprensión mutua. Las cosas han cambiado en ese sentido. Antes se pensaba que la gente que salía era la más comprometida. Salir era como un mérito, era una prueba de tu alto grado de compromiso. Pero con el tiempo se fue haciendo evidente que no bastaban los compromisos anteriores y que había que pensar un poco en el compromiso actual y que ahora quienes estaban comprometidos no eran los de afuera, sino los que estaban adentro. El exilio es un trauma que va a marcar la vida de la gente y el regreso habrá que tratar de vivirlo con modestia porque sería muy insoportable e ignominioso que los que vuelvan lleguen dictando cátedra. Debería ser todo lo contrario.

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Yo conversaba con una compañera que me decía: mira, los malos elementos son malos adentro y afuera. Los buenos se quedan adentro y los malos se quedan afuera. Yo creo que hay mucha gente que se ha separado, que vive su vida, que tiene su ritmo de vida a la francesa, y yo en definitiva no los critico, porque es legítimo que hagan lo que quieran. Yo creo que hay mucha gente en esa onda. Hay otra gente a juicio mío que ha pasado cinco años preparando maletas, que mañana nos vamos, por tanto no compramos nada, la gente adquiere un ritmo de espera. Yo no hablo de los militantes porque no sé. Yo no encuentro que haya problemas con los militantes. Yo creo que en general es gente consciente.

En mi casa hacemos como podemos. Mi compañera es de una extracción de clase bien proletaria, que tiene una tercera o cuarta preparatoria, por lo tanto trabajaba yo solo, ella se quedaba en la casa, a la chilena, la mujer en la casa y el hombre trabaja. Entonces mi primera preocupación es que ella tratara de aprender francés. Yo aprendí rápido pero mal, por obligación, aprendí el francés de los emigrantes que era bastante malo, después tuve la posibilidad de hacer un curso de francés, que me permitió juntar la base gramatical con la práctica y he mejorado bastante. Hablo con el acento chileno, pero hablo. Mi compañera hizo algunos stages de francés, pero no resultó muy bueno porque se necesita tener elementos culturales. Ella ha trabajado en varias cosas, sobre todo como "femme de chambre" en los hoteles, hace el aseo y hoy día trabaja en eso. Yo trataba de que ella trabajara para que pudiera aprender el francés y para que fuera un elemento más en la familia, porque estimo que la mujer tiene que tener una ubicación al mismo nivel que el hombre, pero resulta que hay un problema producto de nuestro pasado cultural por lo que estas cosas en la práctica no se dan, porque yo puedo decir que la mujer tiene el mismo papel, pero en la práctica no se da esa cuestión así. ¡Por lo menos en mi caso impera mi carácter machista que me sale a cada rato!

Y tengo que reconocer que estas cosas empezaron a aparecer aquí. En Chile jamás pensé que mi mujer podía trabajar, no se me pasó jamás por la cabeza que ella trabajara fuera de la casa, que tuviera un empleo y un sueldo. ¡No, jamás! Y aquí no es que me haya puesto a pensar sino que hubo necesidad de plata porque con mi sueldo no alcanzaba. Y en Chile, sí que alcanzaba, es decir, no vivíamos el descueve, no, vivíamos en una media agua en el cerro con mi suegra, que la tengo ahora en Francia, ella vendía plástico en la Feria y ahí revolvíamos todas las platas y llegábamos al fin de mes no sé cómo, pero llegábamos. Pero nunca se me ocurrió que mi compañera pudiera salir a trabajar afuera. Ni a ella tampoco. Aquí ella tuvo que trabajar porque nos faltó la plata y no porque haya sido una decisión política. Al comienzo a ella como que no le entusiasmó mucho, pero no decía que no. Tú sabes que hacer el aseo en los hoteles no es fácil, son muy pesadas esas pegas. Ella llegaba muy cansada a la casa, no entendía el francés, tenían que repetirle como cincuenta veces y se iban creando problemas y duraba muy poco tiempo en los trabajos, no más de dos o tres meses a lo más. A ella la retaban y se iba. Es cierto que ella es muy humilde, es tímida, ahora ya no tanto, pero en los primeros tiempos era muy tímida. Pero era todavía más tímida en Chile. Fíjate que nosotros vivíamos en un cerro y ella cuando bajaba al plano, le temblaban las piernas. Esto te da una idea de la confianza en sí que ella tenía. Pero ahora está trabajando en una cuestión inmensa, multinacional debe ser, es una cadena de hoteles y se siente muy contenta, ha adquirido yo diría una nueva personalidad, tiene mucha confianza en sí misma, ella siente que aporta su sueldo, se siente a mi mismo nivel, lo que no deja de ser un problema para mí, pero son problemas normales, porque ella se impone, porque siente que su sueldo vale tanto como el mío. Me dice: estamos igualitos los dos. Yo tengo la manía de decir: aquí soy yo el que manda, ¿no? Es un poco lo que queda de detrás, te das cuenta, y eso lo digo un poco para tomar decisiones, para comprar o no comprar. De repente cuando ella se da cuenta que no queda plata al fin de mes entonces dice: ¡cómo que no queda plata!, y yo tengo que mostrarle los gastos en la chequera.

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Yo en ningún momento he dejado de vivir esto como un exiliado político, con lo bueno y lo malo que eso implica. Tiene de malo porque tú sabes que tú no dispones de fecha de retiro de aquí. Un turista cuando se aburre de un lugar o cuando no se encuentra lo suficientemente bien acogido, se va y hace bien. Un refugiado político tiene que operar de manera contraria, tiene que simpatizar forzosamente con el lugar en que está. Y yo pienso que París, porque he conocido otras ciudades, permite más fácilmente esta operación a condición de que haya un grado de voluntad muy férrea comprometida, porque esta ciudad es una ciudad cosmopolita y ese estereotipo sí que es verdad. París es una ciudad por la que han pasado desde sus primeros días como ciudad, miles de millones de extranjeros de todo el mundo. Por ejemplo, leí hace tiempo que a partir del siglo XIV es notable la cantidad de orientales que pasaban por París, la cantidad de extranjeros inscritos en las universidades parisinas en ese momento es realmente revelador de una cierta vocación cosmopolita de París. Entonces la aparición de un extranjero en este lugar no sorprende a nadie y yo soy el primer sorprendido de esa no sorpresa. Eso es decepcionante evidentemente. Por el contrario. Chile es un país insular y esta insularidad chilena no es solamente geográfica, es de mentalidad también. Un extranjero en Chile es recibido no como una sorpresa, sino que como una especie de verificación palpable de que existe el mundo detrás de las barreras naturales que separan a Chile del mundo. La simpatía que un extranjero puede recibir en Chile viene menos del hecho de que sea personaje curioso, como del hecho de que es una verificación de que efectivamente lo que uno sabe o le han dicho del resto del mundo es verdad, de que efectivamente hay franceses en Francia y de que además, existe Francia.


Nota:

1. Selección de textos de un libro inédito. La obra está basada en las conversaciones sostenidas con 50 exiliados chilenos residentes en París: 25 mujeres y 25 hombres, de edades entre 21 a 70 años, militantes de todos los partidos políticos de la izquierda chilena, de profesiones y clase social diferentes.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03