Los rostros de Neruda

LOS ROSTROS DE NERUDA

Luis Alberto Mansilla - Jorge Bellet

Araucaria de Chile. Nº 47-48, Madrid 1990.

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El poeta y el entrevistador

Luis Alberto Mansilla

Luis Alberto Mansilla es periodista. Retornado a Chile en abril de 1989, dirigió hasta su número final, publicado en diciembre del 88, el Boletín Informativo del Comité Exterior de la Central Unica de Trabajadores. En el exilio, cumpliendo siempre tareas Periodísticas, vivió en Moscú, en París y en Berlín, ciudades en las que su permanencia se prolongó en total durante más de quince años.

En Santiago dirige un Boletín publicado por la Fundación Neruda.

En el curso de quince años -desde 1958 a 1973- entrevisté unas doce veces a Pablo Neruda para el diario El Siglo o la revista Vistazo, en los cuales inicié y desarrollé mi oficio de periodista. Las entrevistas rara vez fueron con grabadora y ni siquiera con muchos apuntes. Cuando ya nos familiarizamos el uno con el otro, estimamos que era mejor conversar libremente en la biblioteca de su casa en Isla Negra o dando paseos frente al mar o comiendo a veces de manera pantagruélica en la abundante mesa del poeta o en la hostería de ese bello lugar de la costa chilena. A veces lo encontré donde sus amigos en Santiago o en La Chascona, su casa al pie del cerro San Cristóbal, la de la cascada de agua cristalina de origen misterioso, y en la cual se escuchaban constantemente los rugidos de los leones del zoológico cercano. También estas entrevistas se realizaron en Valparaíso, en otra casa suya que era una torre que dominaba el puerto y en la cual había colecciones de los objetos más inverosímiles. Entonces caminábamos por las calles de los cerros del puerto, bajábamos y subíamos escaleras o nos sentábamos en unos funiculares destartalados, viejos y lentos que hacía un breve trayecto que le encantaba al poeta.

Cuando me despedía de él después de estos encuentros le decía a menudo: «Pablo, no sé que voy a publicar en el diario» y él me respondía:

-Pon lo que se te ocurra, inventa cosas. Te autorizo a que digas lo que no dije. Tú me conoces a mí.

Naturalmente, me cuidaba de no inventar demasiado, pero también de no reproducir algunas opiniones de Neruda que no eran oportunas o eran confidencias que podrían herir la epidermis siempre delicada de algunos escritores y políticos nacionales. El diario o la revista para la que trabajaba tenían que cuidar las alianzas políticas del momento y no escandalizar con Pablo Neruda, que era miembro del Comité Central del Partido Comunista de Chile.

A veces Neruda me decía:

-Tú vienes sólo para explotarme. Olvida alguna vez tu nefasto oficio, ven a Isla Negra, hay sitio para ti y cuéntame lo que sucede.

En varias ocasiones acepté estas invitaciones y los encuentros fueron mucho más interesantes que en mis entrevistas. Conocí allí a algunos viejos amigos del poeta: al extravagante músico Acario Cotapos -por ejemplo- que se negaba a dar la mano a la gente por su terror a la transmisión de microbios; al escritor Rubén Azocar, que preparaba maravillosos curantos en el patio de la casa; al silencioso poeta Juvencio Valle, a la escritora Margarita Aguirre, y sobre todo, al secretario del poeta, Homero Arce, que copiaba y hasta corregía con aportes propios las primeras versiones de los poemas de Neruda.

A todos nos gusta acordarnos de la primera vez que hicimos o leímos algo. ¿Cuándo leí por primera vez algún verso, algún libro de Neruda? Creo que fue a los catorce años y ese libro fue exactamente 20 poemas de amor y una canción desesperada. Era un volumen blanco con título azul de la editorial Nascimento de Santiago. El «Poema 20» lo repetía para mí mismo con los ojos en blanco y en un asiento de la Quinta Normal, cerca de un museo que poseía el impresionante esqueleto de una ballena. Creo que nadie había interpretado mejor mis propios sentimientos de entonces. Aquello de «puedo escribir los versos más tristes esta noche, / escribir por ejemplo la noche está estrellada y tiritan azules los astros a lo lejos». Y más aún, «Farewell» o «Mariposa de Otoño». Hasta me ofrecí para recitar «Farewell» en una fiesta escolar. Y una maestra me dijo que eso era inadecuado para la ocasión y que era mejor que aprendiera un espantoso poema patriótico llamado «Al pie de la bandera».

Un hombre de voz extraña

Después leí en el diario El Siglo uno de los «Cantos de amor a Stalingrado» y luego «España en el corazón». No sabía entonces lo que había pasado en Stalingrado ni en España y aunque no entendí del todo los versos de Neruda me parecieron impresionantes, soberbios.

Me desilusionó escuchar en un mitin al poeta tan amado. Me pareció un hombre de voz extraña, lenta y nasal, nada de elocuente y muy aburrido.

Supe que era comunista, pero a los quince años no me interesaban en absoluto los partidos políticos. Leía entonces a Rubén Darío, a Gustavo Adolfo Bécquer, a Gabriela Mistral, a poetas que escribían sobre el amor o la muerte y que me parecía se ocupaban de asuntos menos prosaicos que hablar en mítines de obreros.

No obstante, no olvidaba el «Poema 20» o «Farewell». De pronto, el nombre de Neruda apareció en los títulos de los diarios sensacionalistas. Le perseguían, lo buscaba la policía, se ocultaba nadie sabía dónde. Me pareció una barbarie. Y tomé la decisión de ingresar yo también al partido de Pablo Neruda. No sé cómo ni quién ayudó a mi ingreso. Después confirmaron esa definición libros como La sangre y la Esperanza de Nicomedes Guzmán o Las uvas de la Ira de John Steinbeck. Confieso honestamente que el Manifiesto Comunista lo leí mucho después, cuando ya había conseguido mi objetivo de ingresar a las juventudes del Partido de Pablo Neruda.

Hacia 1954, un grupo de ex alumnos de la escuela primaria Salvador Sanfuentes de Santiago, ubicada en la frontera de un gran barrio proletario, decidió volver al establecimiento tan querido y formar allí un centro cultural. Ese año se celebraron con gran pompa los cincuenta años del poeta, que ya había vuelto del exilio. Viajaron para estar presentes en los festejos grandes figuras de la cultura mundial: Ilya Ehremburg. Jorge Amado, el arquitecto de Brasilia Oscar Niemeyer, entre otros. Se realizaron un inmenso mitin, ciclos de conferencias, banquetes con centenares de comensales. Yo era el Presidente del Centro y propuse la audaz idea de traer a Neruda a la escuela y sumarnos a los homenajes a su medio siglo de edad. A todos les pareció un proyecto imposible. Traer al poeta hasta una escuela primaria de un barrio santiaguino fue considerado casi como una ofensa a los galardones nerudianos. Pero mi tenacidad consiguió el milagro.

Fue la primera vez que traté personalmente a Neruda. Venciendo mi timidez, viajé en un bus hasta su casa en Los Guindos, llamada «Michoacán». Encontré la verja abierta y parecía que en el interior había una alegre fiesta. Alguien abrió la puerta del salón y no hizo caso de mí. Me encontré en medio de gente que bebía y reía y a quienes desconocía o cuyos retratos había visto en los diarios. Tragando saliva le dije a alguien que deseaba hablar con Pablo Neruda. Me señaló un rincón: «Ahí está», me dijo. Efectivamente, allí estaba Neruda con un sombrero mexicano que contrastaba con su aire de Buda.

Recital con aromos

Le hablé del centro de ex alumnos y de nuestra invitación para que diera un recital en la Escuela Sanfuentes. No sabía dónde estaba ni que era eso. Pero se volvió hacia uno de los contertulios y le preguntó «¿Crees que podría ir al recital que ha organizado este muchacho?» El hombre dijo que era posible, que a lo mejor resultaba simpático. Acordamos el día y la hora. Y yo regresé eufórico a comunicar mi éxito y a organizar con mis compañeros el acontecimiento.

El día tan esperado el teatro de la escuela lucía en el escenario una bandera de Chile y una profusión de aromos colocados por una maestra. El detalle me pareció muy provinciano y protesté. Pero ya no había cómo sacarlos sin ofender a la dama.

Fui a buscar a Neruda a Los Guindos en el auto de un amigo. Me esperaba junto a su compañera de entonces Delia del Carril. Y también esperaba toda una caravana en la que estaban Jorge Amado y su mujer, Oscar Niemeyer, los actores Roberto Parada y María Maluenda, el poeta Juvencio Valle, Volodia Teitelboim y otros. En el interior del auto, Pablo y Delia me interrogaron con cierta inquietud.

-¿Tú crees, muchacho, que vendrá público a ese recital? ¿No habrá muchos niños pequeños que armarán ruido? A mí no me importa pero las visitas se han empeñado en venir conmigo y ojalá no se sientan defraudados.

Protesté con cierto amor propio herido. Dije que todo resultaría bien y hasta mejor de lo que imaginaban.

Y así fue. Una multitud esperaba al poeta y a sus acompañantes en la puerta de la escuela. Los aplaudieron, los vitorearon, les pidieron autógrafos. En el salón de actos el poeta se extasió con los aromos y hasta le entregó una rama a Jorge Amado y a su mujer. Después de unos terribles números musicales y del discurso del director de la escuela, ante un auditorio que repletaba la sala subió al escenario Neruda y leyó poemas del Canto General y del recién aparecido Memorial de Isla Negra, durante hora y media. El público no lo dejaba ir. Gritaban que leyera «El poema 20» o «Los muertos de la Plaza» o «Me gustas cuando callas». Fue una apoteosis. Neruda estaba feliz. Me abrazó emocionado después. Fui por ese día todo un héroe de una jornada memorable.

Los años pasaron. No muchos, apenas cuatro. Empezaba a escribir en la revista Vistazo y trataba de hacer méritos para que me designaran cronista cultural, cosa insegura. El director de la publicación, Edesio Alvarado, me dijo que era necesario hacer una entrevista a Neruda pero que el poeta se negaba porque sospechaba que en la redacción había un grupo de amigos de su rival Pablo de Rokha, con quien libró una guerrilla que duró hasta la muerte. Además de eso, Neruda estaba disgustado con la revista porque en una ocasión le había concedido una entrevista a un escritor y poeta indiscreto e irreverente, que habló de sus casamientos, del alto costo en las librerías de sus obras, y contó sarcásticas opiniones del poeta acerca de algunos de sus vecinos en Isla Negra.

Sólo aceptaba el encuentro si el reportero reunía dos condiciones: que no fuera poeta y que no tuviera nada que ver con Pablo de Rokha, además, que no mostrara opinión alguna acerca de su reciente decisión de hacer pública su relación con Matilde Urrutia. Yo reunía esas condiciones.

Entrevistas gratas e ingratas

Fui a su casa del San Cristóbal. Esperaba que me recibiera con afecto y que recordara el hermoso acto en la Escuela Sanfuentes. Ante mi desilusión me encontré con un hombre nada amable, impenetrable y sin ninguna cortesía. Desde luego, no reconoció al organizador de aquel acto y me dijo desde el comienzo:

-Sólo tengo diez minutos para usted. Y no contesto preguntas sobre casamientos ni sobre el precio que cobran los libreros que venden mi poesía.

Sus respuestas a mis preguntas fueron breves e insuficientes. Y apenas transcurridos los quince minutos se despidió de mí sin hacer caso de que yo expresara que no había contestado ni la mitad de las preguntas que deseaba formularle y que se referían, por lo que recuerdo, a algunas situaciones de la lucha política en esos momentos. Era muy delicado inventarle nada, cosa que hacemos a menudo los periodistas en Chile, y las dos páginas con título en la portada que pensaba dedicarle se redujeron a un recuadro destacado sólo por la importancia del personaje.

«¿Y qué te pareció Pablo, cómo te trató?», me preguntó el director.

Le respondí: «Me pareció detestable y te ruego que no me envíes de nuevo a entrevistar a un hombre tan antipático.»

No obstante, esta impresión no afectó mi devoción por su poesía. Recuerdo haber escrito encendidos elogios sobre Memorial de Isla Negra y sobre Odas Elementales y también un largo artículo con su biografía completa para El Siglo en uno de sus cumpleaños. Naturalmente, estos artículos tienen un estilo monocorde. Se le atribuyen a los personajes todas las cualidades y se les convierte en santos del cielo o en monumentos inalcanzables. Para estos ídolos hay sólo luces y ninguna sombra. Y los seres humanos no somos así. Y Neruda era un hombre lleno de notables virtudes y de evidentes defectos. Es innecesario transformarlo en un mito. A él mismo le horrorizaría. No le gustaban los héroes ejemplares de las novelas y los hombres sin mácula. Le entusiasmaba más bien la gente un poco loca o los pecadores empedernidos.

Pasó más de un año antes de que surgiera una segunda entrevista. El poeta había realizado a fines de 1960 una gira por Europa y por la Unión Soviética. Al regresar, su secretario Homero Arce llamó por teléfono diciendo algo sorprendente: «Pablo quiere relatar todo lo que vio en su viaje y pide que venga a Isla Negra un periodista, ojalá sea Mansilla.»

Emprendí el viaje hacia la costa, a regañadientes, con Togo Blaise, un fotógrafo talentoso. Me imaginaba nuevos desaires del personaje, irritantes antesalas o respuestas evasivas. Pero no fue así. Era una luminosa mañana de verano y más que hacer entrevistas daban deseos de sacarse la ropa e ir al encuentro de las olas del océano Pacífico, que se veían majestuosas desde los grandes ventanales de la casa del poeta.

Ante mi sorpresa fui acogido casi como un personaje; con el secretario Homero Arce en la puerta de la casa esperando, con una ancha sonrisa y un abrazo de Matilde, con el poeta con pulover a rayas y gorro de marinero, que me sonrió con toda la dentadura y que me dijo que la entrevista la haríamos por los alrededores de la casa y paseando por la playa. Agregó que luego estaba invitado a almorzar con otros comensales, pero que entre ellos había un profesor francés muy aburrido, erudito en teorías literarias, que no había llegado aún y que era mejor que esperara.

El fotógrafo tomó muchas y muy bellas fotografías, algunas de las cuales han dado la vuelta al mundo y que incluso le sirvieron a Antonio Skarmeta para dar con Roberto Parada una imagen de Neruda, en su película Ardiente Paciencia. Neruda habló del viaje con profusión de detalles: se había encontrado con Picasso, con Aragón, con Paúl Eluard en París, con Kirsanov y el joven Evtushenko en Moscú, con Elsa Morante, Alberto Moravia y Curzio Malaparte en Italia. Describió Praga y la reconstrucción de Varsovia, expresó sus simpatías por Nikita Jruschov, trazó un cuadro de la política internacional. Todo más que suficiente para una excelente entrevista que sólo pude grabar en mi cabeza y con esbozos de apuntes cuando nos deteníamos en algún lugar. De pronto se acordó de sus amigos de juventud, de la bohemia de la calle Bandera de Santiago y de dos grandes poetas muertos en la flor de la vida: Alberto Rojas Jiménez y Aliro Oyarzún. Rojas Jiménez murió de una bronconeumonía fulminante a consecuencia de haber dejado su abrigo como parte de pago en un bar en una noche de invierno, lo que le obligó a caminar sin protección bajo la fría lluvia; y Aliro Oyarzún era un pequeño Rimbaud chileno también muerto antes de los treinta años. Neruda se sentó bajo uno de los mascarones de proa de su casa y recitó para mí, completo, «El barco Amarillo» de Aliro Oyarzún. En verdad era un hermoso poema, estremecedor, de imágenes cercanas a las de Residencia en la Tierra. «Es el único poema que me sé de memoria», me dijo Neruda. Después, en nuestro trato posterior, comprobé que eso era verdad. No podía repetir sin el texto a la vista, incluso sus poemas más famosos, aquellos que millares de personas se saben de memoria. A menudo yo lo sorprendía con acotaciones completas y correctas de sus poemas y me decía resignado: «Yo hubiera sido un fracaso como actor. Se me hubiesen olvidado los parlamentos en la escena misma.»

De regreso a la mesa el almuerzo fue magnífico. El vino ofrecido en botellas verdes y servido también en copas verdes. Hubo profusión de pescados y mariscos y la conversación con los otros invitados fue intrascendente y divertida. Sólo el profesor francés insistía en hablar de las raíces ontológicas, antropológicas y sociológicas de la poesía de Neruda. El poeta lo miraba con sus entornados ojos irónicos hasta que dijo:

-Es mejor que hablemos de la cocina francesa. Es más interesante que esas raíces de mi poesía.

A partir de entonces las entrevistas fueron frecuentes. Era invitado a los cumpleaños del poeta, que eran fiestas con globos y serpentinas, con disfrazados, con canciones en coro, con regalos.

El tono amable de estos encuentros se interrumpió cuando regresó de un viaje a los Estados Unidos, en 1967, invitado entonces a una reunión del Pen Club. Había sido recibido triunfalmente. El dramaturgo Arthur Miller hizo un discurso en su homenaje, en un acto en Nueva York en el que Neruda ofreció un recital ante miles de asistentes. De regreso pasó por Perú y fue recibido por el Presidente Belaúnde Terry, quien lo condecoró por el significado para el pueblo peruano de su poema «Alturas de Macchu Picchu».

La visita a Estados Unidos y la recepción de Belaúnde Terry suscitaron la indignación de los escritores cubanos, que publicaron un manifiesto contra Neruda reprochándole su visita a Estados Unidos y a Perú como una inconsecuencia repudiable a sus principios y a su poesía.

Me llamó con el manifiesto en la mano para dar explicaciones que deseaba que se publicaran en nuestra prensa. «En Estados Unidos, dijo, hablé contra el imperialismo y el Pentágono, leí "Que despierte el Leñador", defendí la Revolución cubana. Y en Perú sólo me comí unos huevos fritos con el Presidente. No comprendo cuál es mi delito.»

Le dolía que entre los firmantes del manifiesto estuviesen amigos suyos como Nicolás Guillen y Fernández Retamar. No le extrañaba, en cambio, que entre los firmantes figurase también Alejo Carpentier, con quien mantuvo siempre una visible enemistad.

Es evidente que el manifiesto de los escritores cubanos fue un golpe que no pudo olvidar jamás. Sin embargo su actividad a favor de Cuba y su revolución no sufrió alteración alguna.

El guerrillero De Rokha

Todos los chilenos conocemos la guerrilla en contra de Neruda que durante unos veinticinco años sin cesar desató el poeta Pablo de Rokha. Ignoramos sus orígenes. Al parecer, en sus comienzos fueron amigos, pero después De Rokha no pudo soportar el gran éxito de Neruda. Ahora que el tiempo ha pasado podemos hacer justicia a De Rokha. Fue un gran poeta, dueño de un poderoso lenguaje, escribió uno de los más grandes poemas de la lírica chilena: «Elogio de las comidas y bebidas de Chile» y libros memorables como Escritura de Raimundo Contreras, Los Gemidos o Acero de invierno. Fue siempre marxista, aunque nunca militó en el Partido Comunista. Más bien su único problema con los comunistas era Neruda, contra el cual escribió las más espantosas diatribas, incluso un libro llamado Neruda y yo. De Rokha tenía un grupo de incondicionales y de admiradores de su poesía, algunos de los cuales conservaban el equilibrio. Pero no se podía ser rokhiano y nerudiano a la vez. Significaba caer en desgracia en alguno de los dos bandos de esta guerrilla. Neruda, en general, permanecía imperturbable, pero de vez en cuando lanzaba de manera elegante algunos bofetones a su enemigo, que le daban a éste tema para nuevos panfletos e incluso carteles que se vendían en la vía pública. Pues bien: durante unos dos años fui director de una revista literaria llamada Portal, que financiaban unos mecenas culturales particulares que encontré en mis andanzas periodísticas. Las revistas literarias en Chile son frecuentes pero rara vez pasan allá del quinto o sexto número por quiebra total de sus editores. La revista Portal alcanzó un pequeño récord: llegó a diez ediciones en dos años. Por esos días murió Rubén Azocar, amigo de toda la vida de Neruda. El poeta escribió un hermoso poema llamado «Corona de Archipiélago para Rubén Azocar», que leyó en el cementerio en sus funerales. En una de las estrofas de ese poema se dice que Azocar fue víctima en una ocasión de un «ladrón de gallinas vestido de negro» que lo abandonó en un hotel en provincias como rehén por una cuenta no pagada. El hecho era cierto: De Rokha hizo alguna vez una gira literaria por las ciudades del sur con Rubén Azocar y los resultados financieros fueron un desastre. De Rokha prefirió huir y Azocar debió quedarse en el hotel como camarero durante una semana para saldar la cuenta. Generosamente, Neruda me cedió la primicia, la exclusividad de la primera publicación de ese poema en mi revista. La edición se agotó rápidamente. Al poco tiempo un amigo llegó a la redacción de Portal esgrimiendo un panfleto. Se llamaba «Sonetos Punitivos Contra Casiano Basualto» y era una filípica feroz en contra de Neruda y en contra de la revista. Empezaba con unos adjetivos irreproducibles en letra impresa y continuaba con una lista de acusaciones contra Neruda y sus amigos que pasaban las fronteras del delirio. Al referirse a mí decía «Regolucionario a lo Mansilla». Con g y no con v con lo que me negaba toda condición de revolucionario del mismo modo que a Neruda y a todos los demás insultados.

La guerrilla duró hasta el fin trágico de Pablo de Rokha, que terminó suicidándose después de una cadena de desgracias familiares.

El Premio Nobel

El Premio Nobel le preocupaba a Neruda, a pesar de que no se atrevía ni siquiera a declararlo a sus amigos más íntimos. Todos los años aparecía en la nómina de la Academia Sueca. Los expertos decían que ahora sí que era inevitable. Nos quedamos muchas veces con las respectivas monografías listas. Y en dos ocasiones un grupo de amigos fuimos a esperar la feliz nueva a su casa en Santiago. Matilde preparó cocteles y bocadillos para hacer más amable la tensa espera de un llamado desde Estocolmo. En una ocasión el agraciado fue Sartre y en otra el poeta griego Seferiades. Neruda sin mucha tristeza aparente, sólo decía: «¿Ven ustedes?, no me lo darán jamás». Algunos enemigos de Neruda hacían campañas para que la recompensa no le llegara. El poeta me llamó para que respondiera las calumnias incalificables de un crítico uruguayo llamado Ricardo Paseyro, que afirmaba nada menos que Neruda junto con David Alfaro Siqueiros habían sido en México los autores del plan del asesinato de Trotsky. Era una barbaridad, pero la especie circuló en los diarios derechistas y fue publicada con grandes caracteres por El Mercurio en Santiago. Me correspondió hacer un largo artículo para El Siglo probando que la peregrina acusación no tenía fundamento alguno, ya que entonces Neruda ni siquiera vivía en México. Pienso que cuando el premio le fue concedido finalmente en 1971, siendo Neruda Embajador de la Unidad Popular en París, ya no le interesaba demasiado. «No lo esperaba definitivamente, dijo, y ahora me parece que es más oportuno para mi país que para mí.»

Las fallidas ediciones «Isla Negra»

Ser parte del entorno de Neruda tenía sus inconvenientes. En la medida que cualquiera le conocía puertas adentro, se daba cuenta de que jamás dejó de ser un niño un poco caprichoso. Incluso era posible detectar su timidez. Adoptaba en público un aire de Buda porque en realidad estaba confundido. Cuando soltaba sus amarras entre los amigos, que jamás faltaban a su mesa, era un conversador incansable, lleno de humor y de historias vividas en diversos lugares de la tierra. Siembre estaba buscando objetos curiosos: conchas marinas increíbles, baúles, llaves, botellas y jarrones extraños, libros viejos con ilustraciones fascinantes. Entre sus tesoros bibliográficos contaba con algunas cartas escritas de puño y letra por Rimbaud -que era el poeta que más admiraba- y por su hermana Isabelle. También primeras ediciones de libros como Las Flores del mal de Baudelaire o Los miserables de Victor Hugo. Le gustaban las bellas ediciones y él personalmente dirigió algunas con dibujos originales de Picasso, de Fernand Léger, de Venturelli, de Siquieiros y Diego Rivera, etc.

Concibió en una conversación conmigo las Ediciones Isla Negra. Se trataba de publicar en tirajes pequeños para los bibliófilos obras también extrañas. Empezaríamos con la publicación de una colección de cartas de amor de Bernardo 0'Higgins. Neruda haría el prólogo y yo todo lo demás. No existía el dinero ni nada. Yo tendría que interesar a algún editor e incluso conseguir las cartas de 0'Higgins, que estaban en poder de una persona que era conocida por su mitomanía, y que naturalmente no poseía tales misivas galantes del austero Bernardo 0'Higgins. Debo confesar que soy mal organizador, nulo financista y además sin ninguna pasión por la búsqueda de documentos de difícil pesquiza. Era la peor persona a quien se le podían confiar estas ediciones Isla Negra. Hice algunos trámites pero me aburrí pronto y confié en que los viajes o la mala memoria del poeta anularan el proyecto. Pero no fue así. Dos o tres veces a la semana aparecía en el fono Neruda para darme instrucciones sobre algunos detalles y sin pensar que yo no había hecho nada. Imaginé muchas veces cómo le confesaría que no tenía habilidad alguna para poner en marcha las ediciones Isla Negra. Pero no alcancé a decirle la verdad. Un feliz viaje con Matilde, de unos cuatro meses, me salvó. Cuando regresó me llamó para la acostumbrada entrevista y para encomendarme otro proyecto: ir a solicitar la sala de exposiciones de la Universidad de Chile y los patios de la Casa Central de ese plantel para una exposición de trabajos en piedra de su amiga la escultora y artesana María Martner. Me pidió hablar en su nombre con el Rector, que era en ese entonces el profesor, escritor y conocido político socialista Eugenio González. Este aceptó de inmediato sin vacilar, con lo cual todos quedamos felices: Neruda, porque se accedía a su petición, María Martner porque haría su exposición en tan privilegiado local, y yo, porque desde entonces el poeta no volvió a mencionarme nunca más su proyecto de las ediciones Isla Negra. (1)

Dos caras de la medalla

Los rasgos de generosidad del poeta eran a veces conmovedores y tan insólitos como lo fueron otras actitudes suyas mezquinas y rencorosas. Recuerdo dos ejemplos al respecto. En una ocasión me preguntó cuál era mi sueldo como periodista de El Siglo. Le señalé la exigua cantidad, y le hablé además de la irregularidad en los pagos. No hizo mayores comentarios. Pero al regresar a casa encontré en el bolsillo de mi abrigo unos billetes que representaban más de dos meses de sueldo. Pensé que Matilde los habría metido allí por equivocación y llamé a Homero Arce al día siguiente. Homero me contestó que él había puesto los billetes en mi bolsillo por orden del poeta y que el compromiso era no hacer comentario alguno y olvidar el asunto.

La otra cara de la medalla la conocí a raíz de una entrevista solicitada por la Agencia Novosti desde Moscú. Le entregué a Neruda un cuestionario que me fue devuelto con todas las respuestas, salvo una que se refería a su opinión sobre el realismo socialista en la literatura y las artes plásticas. Envié la entrevista y fue publicada en varios periódicos del mundo. Al poco tiempo me encontré con Neruda en una recepción de la Embajada Soviética. Se apartó de un grupo para llevarme hacia un rincón. Estaba furioso.

-Te has permitido -me dijo- censurar mis declaraciones y eso yo no lo tolero. Nunca más volverás a entrevistarme, y además te advierto que a una muchacha reportera que hizo lo mismo en una revista la despidieron de inmediato porque yo me quejé.

Le respondí con un tono más bien brusco:

-No te felicito por la hazaña, porque es seguro que ese trabajo significaba para la muchacha su única posibilidad de ganarse el pan. Puedes también llamar y ordenar que me despidan.

Y me alejé con un seco «Hasta luego».

Lo dejé allí y no obedecí a su llamado para que volviera. ¿Qué había pasado? Su secretario Homero Arce me lo explicó más tarde. Neruda le había dictado a él las respuestas a mi cuestionario y en lo que se refería al realismo socialista expresó que eso no podía ser un dogma para un creador revolucionario; que él mismo no se reconocía como realista, que la realidad tenía mil ángulos y que recomendaba la fantasía, los sueños y el surrealismo si alguien estimaba eso como su lenguaje.

A Homero le pareció una declaración demasiado fuerte para una agencia soviética y simplemente suprimió la respuesta en la versión que me fue entregada.

El poeta se enteró con el tiempo de todo y cuando fue proclamado candidato a la presidencia de la República en 1969, me dijo después de la ceremonia de anuncio de su postulado:

-Homero me lo explicó todo. Y aquí no ha pasado nada, ¿verdad, Luis Alberto?

La difícil camisa del teatro

Un periodista venezolano me llamó en 1967 a la redacción de El Siglo para que le ayudase a conseguir una entrevista con el poeta. Neruda me dijo: «Estoy lleno de preocupaciones en este momento y muy nervioso, y preferiría que vinieses tú a "La Chascona" para acompañarme». No obstante, insistí en la entrevista para el venezolano. Accedió: «Vengan después de la siesta, a las cinco de la tarde.

En la entrevista se mostró distraído y, en buenas cuentas, habló mucho más el periodista que el personaje. De repente Neruda no se contuvo:

-Ocurre que hoy en la noche estrenan Fulgor y muerte de Joaquín Murieta, mi primera obra de teatro; temo que sea un desastre y lo malo es que debo ir a la premiére.»

Matilde se encontraba de viaje, en Buenos Aires, arreglando asuntos de negocios con Losada. Neruda no tenía compañía para ir al teatro y me pidió que lo acompañara y lo socorriera en ese momento difícil. Quien sacó provecho de la situación fue el venezolano, que se regaló sacando fotografías de la casa y del poeta. En su nerviosismo, Neruda se mostraba extrañamente dócil y obediente.

-No sé cómo se escribe teatro -me dijo-. Ignoro todas las técnicas de la escena. Fue Orthus quien me convenció que transformara ese poema sobre Joaquín Murieta en una pieza para el Instituto del Teatro. Yo no soy Picasso, a quien le toleran todo, y que también ha escrito una obra extraña e imposible. Dicen que Orthus ha hecho una buena puesta en escena pero no sé si el público va a abandonar el teatro en masa después del primer acto.

Lo acompañé al Antonio Varas luego de comer algo. Dijo que era mejor llegar temprano a la sala para que nadie notara su presencia. Cuando aparecimos allí -a las 20 horas- se realizaba un ensayo final. No quiso verlo:

-Es mejor la sorpresa -le dijo a Orthus que acudió solícito a recibirle-. Le expresó el deseo de ver la función desde la última fila de la platea alta y de subir allí sólo después de que las luces estuviesen apagadas. Mientras tanto, esperamos en una oficina a puertas cerradas. Aparecieron algunos amigos para darle ánimo. Roberto Parada y María Maluenda le dijeron que no debía preocuparse, que estaban seguros que la obra sería un éxito. Estarían presente varios ministros del Gobierno y hasta esperaban al propio Presidente Frei.

-Eso es demasiado -dijo el poeta-. Ellos son bien educados y aunque les parezca horrible van a aplaudir. No debieron invitar a gente tan importante.

Me pidió informaciones sobre otros montajes del ITUCH y mi opinión sobre el talento de Pedro Orthus:

-Es un gran director -contesté-. Es capaz de hacer milagros con cualquier texto.

-¿Ves tú? Sólo un milagro puede hacer digerible mi obra. No debí meterme en esta difícil camisa del teatro.

La verdad es que los temores del poeta no eran infundados. La obra no tenía progresión dramática y se reducía a una serie de estampas más o menos épicas y esquemáticas, con personajes buenos muy buenos y malos muy malos. La magia la produjo Orthus con una bella puesta en escena, apoyado en la música y las canciones de Sergio Ortega. Los excelentes actores del ITUCH fueron muy bien aprovechados. Así, María Cánepa, Mario Lorca, Jorge Lillo, Peggy Cordero, Héctor Maglio hicieron cuanto les fue posible por animar personajes apenas esbozados. En la pausa, Neruda volvió de nuevo a la oficina a puertas cerradas.

-¿Qué te parece? -preguntó ansioso.

-No está mal...

La verdad es que a mí me parecía que la obra no se salvaba ni con el talento de Orthus ni con la música de Ortega. Yo la hallaba declamatoria y consignista, pero al parecer el público no pensó lo mismo. Al caer el telón hubo aplausos clamorosos, los actores salieron al escenario una y otra vez. Orthus y Ortega fueron vitoreados. Y los más entusiasmados parecía ser los ministros, entre ellos Gabriel Valdés y Máximo Pacheco. Orthus pidió silencio y le dijo al público que en la platea alta, en la última fila se encontraba el autor. Neruda se levantó de su asiento en medio de aclamaciones, me abandonó y no le vi en el resto de la noche. Subió al escenario. Recibió flores, besos y abrazos. Los aplausos se prolongaron hasta no dar más. Parecía una función de la ópera con algún divo prodigioso. Fue un éxito rotundo que se prolongó en las demás funciones.

Después he visto en otros países unas ocho versiones distintas del Murieta, pero ninguna me parece que supera la del ITUCH. Sigo pensando que nadie ha hecho hasta aquí el milagro de que funcione de verdad como una obra de teatro.

La música y los gustos culturales

Neruda siempre estaba leyendo algún libro y su cultura literaria era notable. Leía en cama en la noche o por la mañana, continuaba en su biblioteca y cuando algún libro le apasionaba hasta abandonaba un par de horas su diario y sistemático trabajo en las nuevas obras que sin cesar estaba escribiendo. Le interesaban además las artes plásticas, el cine, la antropología, la ornitología, la historia. En cambio, su cultura musical era desastrosa. Es curioso: no le interesaba la música, su discoteca era pobre y nunca le sorprendí escuchando alguna sinfonía y ni siquiera canciones populares. Fue gran amigo de Acario Cotapos, de Armando Carvajal y de su mujer, la cantante Blanca Hausser, pero ellos no consiguieron interesarlo demasiado por algún compositor o escuela musical. A veces concurría a los conciertos de Carvajal con la Orquesta Sinfónica pero era sólo una atención al amigo. Detestaba la ópera y creo que sólo en la Unión Soviética u otros países socialistas no pudo evitar el concurrir a alguna función lírica. A veces hacía comentarios entusiastas de la opera Boris Godunov de Mussorsky pero se referían al vestuario y al alma rusa del personaje. Lo entusiasmaron las mediocres y patrioteras tonadas o canciones que compuso Vicente Bianchi con sus poemas del Canto General dedicados a Manuel Rodríguez, 0'Higgins y Carrera. Cuando alguien le decía que no eran gran cosa, que estaban al nivel de algún bolero de moda, contestaba como si lo hubiesen sorprendido en alguna culpa:

-A mí me gustan mucho y creo que al pueblo también. Tenemos mal gusto.

Sus devociones cinematográficas no eran tampoco demasiado exigentes. Admiraba a Cantinflas y apenas veía en el diario algún anuncio de una película del bufo mexicano decía que tenía que verla.

Recuerdo un almuerzo en el departamento de su amigo Orlando Oyarzún, en la calle San Isidro. Luego de una siesta, más breve que lo acostumbrado, nos pidió que lo acompañáramos a dar un paseo por los alrededores. Subimos hasta llegar a la calle Diez de Julio. Doblamos a la derecha y de pronto nos encontramos en las puertas del Cine Portugal que exhibía ese día El embajador, una de las tantas películas de Cantinflas. Nos invitó a la función rotativa. Confesó que el paseo era sólo un pretexto para llegar al cine. No podía perderse a Cantinflas en un nuevo film, que me pareció vulgar y convencional, pero -claro está- Cantinflas es gracioso aunque raramente genial en sus interminables discursos de lógica perogrullesca. Neruda salió radiante del cine y se reía todavía de los incidentes muy repetidos del rutinario film del cómico.

Retrato de Picasso

Luego del Premio Nobel y de su gestión como Embajador en Francia, en la cual debió renegociar en el Club de París las deudas de Chile, Neruda regresó definitivamente a Chile, en octubre de 1972, en medio de grandes tensiones desestabilizadoras para el gobierno de la Unidad Popular. Venía ya gravemente enfermo. Lucía un color ceniciento y un rostro demacrado; además, apenas podía caminar. Le hubiese gustado recluirse de inmediato en Isla Negra y escribir varios libros proyectados para su setenta cumpleaños en 1974. Pero debió asistir a un gran homenaje popular en el Estadio Nacional y dar vuelta a la elipse, de pie en un auto descubierto. El discurso de homenaje del país estuvo a cargo del Vice Presidente de la República en esos días. General Carlos Prats González, asesinado después -como se sabe- por agentes de Pinochet en Buenos Aires, en septiembre de 1974.

Después les fue imposible a los periodistas y a los estudiosos y admiradores del poeta que venían de otros países obtener algún encuentro con él. La verdad es que no quería mostrarse como un inválido ni que lo fotografiaran ni que se comentara su mal estado. No intenté siquiera ir a visitarle hasta que en marzo de 1973 los cables transmitieron la noticia de la muerte de Picasso. Un día sonó el teléfono del diario con la voz de Matilde.

-Pablo -me dijo- quiere que lo visites. Desea contarte sus recuerdos de Picasso pero exige que vengas solo, sin fotógrafo.

No estaba en Isla Negra, entonces, sino en un hotel de Viña del Mar, cerca de un hospital donde le hacían unos tratamientos con cobalto. Lo encontré en cama y de muy buen ánimo. La cortisona le había dado una redondez chocante a su figura. Pero mostraba un buen humor contagioso.

-Antes que nada -me dijo- cuéntame, cuéntame qué es lo que pasa en este país. Veo todos los noticiarios de la televisión, leo los diarios y escucho la radio y no creo nada de lo que me dicen oficialmente. Tú sabes mucho más que yo, de manera que cuéntame todo.

Le dije entonces que me interrogara y estuve largo rato respondiendo a sus preguntas hasta que Matilde interrumpió el diálogo:

-Pablito, usted dijo que llamaba a Luis Alberto para hablar de Picasso. No me gusta que se preocupe tanto de lo que pasa. No se olvide que está enfermo.

Entonces habló. Inició sus recuerdos de Picasso y ahora sí que tomé minuciosas notas. Retrató al personaje en todos sus aspectos: sus amores con una dama chilena a los comienzos de su carrera, sus conversaciones con él, las invitaciones a su taller, sus extravagancias, sus amigos. Todo apareció en una edición dominical de El Siglo que nadie después ha intentado rescatar, a pesar de que se trata de Picasso visto al revés y al derecho por Pablo Neruda.

Ultima visita

Le vi por última vez en agosto de 1973. El golpe ya se sentía en el aire. En el diario habíamos iniciado grandes transformaciones gráficas y la revista dominical de la que era director se imprimía ahora en sistema Offsett y a color con máquinas nuevas adquiridas en la RDA. Por esos días cumplió noventa años el ilustre sabio Alejandro Lipschutz, el notable fisiólogo y antropólogo a quien Neruda -que era su amigo- había llamado alguna vez «el hombre más importante de mi país». Le dedicamos toda la edición a su vida, a sus trabajos científicos, a sus opiniones. Me atreví pedirle a Neruda que escribiera algo, que me hiciera alguna declaración por teléfono por lo menos. Me pidió que le fuera a ver a Isla Negra y que ojalá dispusiera de todo el día para este encuentro con él.

Era invierno y los días eran oscuros y fríos. Lo encontré sentado frente a la bella chimenea de su rica biblioteca. No mostraba la misma jovialidad de nuestro encuentro anterior. Nos embarcamos en una conversación sombría. Dijo que los «Sonetos de la muerte» de Gabriela Mistral eran de lo más profundo y desgarrado que había escrito alguien en español. Intenté contar algunas anécdotas, algunas historias divertidas o picantes de personajes de la vida santiaguina que tanto le divertían en otros tiempos. Pero no logré animarlo. Sólo cuando le hablé de sus setenta años, que cumpliría al año siguiente, conseguí que se interesara en la conversación. Me dijo que aunque ya no estaba para homenajes debía utilizarse la fecha para traer a Santiago a grandes figuras literarias, a políticos, a célebres artistas que podrían ser defensores de la Unión Popular. De inmediato me dio algunas tareas: redactar un llamado, hablar con Volodia y con la Sociedad de Escritores, etc.

Cuando por fin le recordé el objeto de mi visita me pidió que me sentara frente a la máquina de escribir. Me dictó un bello artículo sobre el doctor Lipschutz, le brotaron las imágenes con facilidad, sin vacilaciones. Habló de la responsabilidad de los artistas y los científicos ante la suerte de su pueblo y de su país. Llené tres carillas de bella prosa nerudiana. Luego me pidió lo escrito y corrigió varias frases con su tinta verde. Regresé al atardecer. Matilde me dijo que Pablo seguía peor de salud pero que no había que comentar nada.

El diario publicó ese artículo postrero de Neruda y luego el doctor Lipschutz, llamó para agradecer con viva emoción.

Fue el último encuentro. Después asistí a sus funerales y todos cantamos «La Internacional» en la puerta del cementerio.

* * *

Tendría mucho más que contar. Conforme escribía estas carillas iba advirtiendo que mis recuerdos se amontonaban, que tenía en verdad una infinidad de vivencias más asociadas al conocimiento del poeta. Pero hay que saber en qué momento detenerse, sobre todo si uno cree que con lo escrito ha logrado, aunque sea parcialmente, su propósito: mostrar a Neruda, al hombre, tal como fue. ¿Son mis impresiones quizá demasiado periodísticas? Puede ser. Mi oficio es el periodismo y es a él, justamente, a quien debo agradecerle el haber conocido a Pablo Neruda.


2
Cruzando la cordillera con el poeta

Jorge Bellet

De Jorge Bellet dijo el propio Neruda que es «un antiguo piloto de aviación, mezcla de hombre práctico y explorador». Nunca había relatado antes por escrito los hechos que se consignan en este testimonio.

En su vida de político, como senador del Partido Comunista de Chile, Pablo Neruda tuvo que enfrentar la dramática persecución de que fue objeto por parte de Gabriel González Videla, Presidente de Chile desde 1946 hasta 1952.

No vamos a recordar los detalles de la querella que dividió a González Videla de los comunistas, a pesar de que éstos habían sido partidarios decisivos en su elección como presidente. Entre los diversos sucesos a que dio lugar esa ruptura, uno de los más sonados fue el del proceso que el gobierno ordenó hacerle al poeta a raíz de un célebre discurso pronunciado en el Senado. Yo acuso, lo tituló el poeta, y tuvo una enorme difusión en Chile y en todo el mundo. González Videla pidió su desafuero para poder procesarlo, éste fue concedido y a partir de ese instante el poeta tuvo a todos los policías de Chile detrás suyo.

Lo persiguieron con extraña saña. El presidente estaba obcecado, se había dado como tarea de honor castigar al político-poeta. Había que golpearlo, rebajarlo, y todos los medios fueron puestos a disposición de sus perseguidores, que no pudieron sin embargo dar con su paradero.

Es en medio de este conflicto y a propósito de él que aparece en mi vida un personaje cuya historia me propongo narrar: el ornitólogo Antonio Ruiz Lagorreta, 45 años, nacido en Santiago, soltero, con sus obligaciones militares cumplidas, de profesión empleado, lee y escribe y vive en la calle Carmen 49. Su parecido con Neruda es grande pero se diferencia de él por una hermosa barba.

Citas en el Hotel Schuster y en el Parque Forestal

Conviví con don Antonio durante poco más de tres meses. Lo que voy a narrar, comienza una tarde de septiembre de 1948, cuando al llegar al Hotel Schuster de Valdivia donde yo me hospedaba habitualmente, me dicen que un caballero delgado y elegante me esperaba en el bar.

Fui al bar y vi sentado en un rincón tomando agua mineral a un viejo, grande y buen amigo, el ingeniero español nacionalizado chileno y profesor de nuestra Universidad Víctor Pey Casado. Un fuerte y cordial abrazo. No creí que fuera él quien me buscaba, el caballero elegante y delgado, y miré para todos lados; en la sala del bar no había nadie que demostrara la menor inquietud por mi entrada. Víctor, sonriente, me dijo entonces: «Soy yo el que te busca, ¿te parece extraño?» Con su calma tan grata y tan cordial me dijo que me sentara a su lado y agregó: «He viajado desde Santiago para hablarte. Iba a seguir a tu fundo cuando supe que tú venías los viernes y que te hospedabas aquí. ¿Recuerdas cuando fuiste a mi oficina en Santiago para consultarme sobre el transporte de energía eléctrica, porque te proponías instalar un generador de 200 KWA? ¿Recuerdas que describiste el sitio en que trabajabas? ¿Recuerdas que hablabas largamente de los caminos que construías en la montaña, de las máquinas de las que disponías, del transporte de madera en carros-coloso que cruzaban los dos lagos en balsas?» Claro que lo recordaba.

Charlamos largo, con esa cordialidad que Víctor Pey como muy poca gente sabe dar al vivir, y al final, tarde ya, cuando nos íbamos a acostar, me dijo: «Jorge, he venido porque conozco la ubicación de tu fundo, sé de tu modo de pensar, y creo que en este momento eres de las pocas personas que puede contribuir a sacar a Neruda de Chile. No sé si recuerdas que la última vez que hablamos en Santiago tú mencionaste un camino que estabas construyendo en el fundo en que trabajas y que llegaba muy cerca de la frontera argentina. Me gustaría visitar el fundo y ver ese camino.»

El sábado fuimos a la hacienda. Visitamos el camino en construcción y discutimos amigablemente, pero con antecedentes muy claros a la vista, todos los detalles que tendrían que ser superados en el caso que se determinara usar esa vía para sacar de Chile al fugitivo.

El lunes estábamos en Santiago. El dueño del fundo en el que yo trabajaba era José Rodríguez Gutiérrez, un comerciante con una personalidad muy fuerte, que había ganado mucho dinero en importaciones de Brasil; era hijo de un hábil comerciante español radicado en Valparaíso, y sentía mucha estimación por mí. A menudo me alojaba en su hermosa mansión, en la calle Bernarda Morín en Providencia, cuando viajaba a Santiago. En esa oportunidad yo tenía especial interés en alojarme en su casa, ya que su posición económica y política lo hacían estar muy cerca del gobierno de González Videla, lo que me convenía en ese momento por razones de seguridad.

El martes fui llamado a mediodía para decirme que debía estar en auto, a las 11 de la noche, en la esquina nororiente del Parque Forestal a la salida del puente Purísima.

Llegué allí e inmediatamente se acercó un hombre que estaba apoyado en un árbol, y me dijo: «¿Bellet?» Sí, contesté, y subió al auto. «Camina derecho, me dijo, y estaciónate pasado el puente Loreto». Apenas lo había hecho, cuando ya tenía otro hombre en el auto. Mis pasajeros eran Ricardo Fonseca y Galo González.

Ellos me expusieron su programa para llevar a Pablo a Valdivia. En resumen, quince o veinte hombres en un bus, todos armados y todos dispuestos a enfrentar cualquier dificultad y entregarme a Pablo en Lago Ranco, en un pueblecito que se llama Futrono, desde donde yo seguiría adelante con mis medios. Les hice ver que no me parecía bien, que consideraba un error mover a tanta gente. Les planteé que yo prefería un auto en muy buenas condiciones mecánicas, muy bien revisado, con toda clase de repuestos para una falla eventual y con un chofer mecánico que no estuviera informado sino hasta el último momento de su misión. Pedí además direcciones de militantes muy antiguos y muy firmes en los diversos pueblos por los que tendríamos que pasar obligadamente, de tal manera que en la eventualidad de una falla mecánica o cualquier entorpecimiento del viaje, yo tuviera un sitio donde entregar a Pablo hasta que pudiera volver a recuperarlo. Tratamos larga y amigablemente las dos alternativas y aceptaron mi proposición, previa consulta a la dirección clandestina del Partido.

Nos reunimos nuevamente el jueves de aquella misma semana. Mi posición había sido aceptada no sin largas discusiones y fuerte oposición de algunos compañeros. Fue la última vez que vi a ese amigo incomparable, Ricardo Fonseca.

Quiero aclarar que siendo muy joven milité en el Partido Comunista. Tiempo después, por haberme encargado el partido misiones especiales, me alejé de la militancia activa y sólo trabajaba conectado directamente con la dirección. La vida y las obligaciones con mi familia me alejaron del trabajo político más adelante, aunque siempre he conservado una gran amistad con los miembros de la antigua dirección. Hago este recuerdo aun cuando se arranca un poco de lo que estoy narrando, porque contribuye a aclarar mi curiosa actitud, que me permite alojarme y salir en el auto de un hombre rico, amigo y partidario del Gobierno que persigue a los comunistas, y al mismo tiempo trato de tú a los altos jerarcas de un partido político que con todos sus defectos se destaca por su firmeza de principios y por la rectitud de sus cuadros.

Partida hacia el Sur

Pasó un mes, pasaron dos. Estábamos a fines de noviembre y el camino no llegaba a nada que pudiera conectar con una ruta argentina, aun cuando su construcción cada día se justificaba más por la riqueza maderera que íbamos incorporando a nuestra futura explotación. Víctor Pey me llamaba desde Santiago para decirme que era indispensable sacar a Pablo lejos lo antes posible.

Algo era necesario hacer, el camino era lento y una lluvia torrencial, esas no tan extrañas lluvias de verano del interior de Valdivia, alejó la posibilidad de encontrar una solución por esa vía.

Reuní a mis mejores vaqueros en un asado con cualquier pretexto, y charlando planteé la posibilidad de ir a Argentina, exactamente a San Martín de Los Andes, en un viaje para conocer las posibilidades de explotaciones madereras, y ver si existía camino al otro lado de la cordillera que nos permitiera eventualmente exportar directamente maderas procesadas en nuestros aserraderos.

La opinión de todos fue negativa, esa posibilidad era muy remota, muy costosa y requeriría una enorme inversión. Además, en el mejor de los casos, llegaríamos a una región argentina de bajo consumo y muy distante de Buenos Aires, que era donde nosotros estábamos vendiendo madera. Insistí y propuse ir en un viaje de exploración. Me hicieron ver que el camino era duro pero viable, tendríamos que usar una ruta que usaban los contrabandistas de ganado, que cruzaba la cordillera desde el paso del Lilpela e iba a dar a la ribera oeste del Lago Lacar, en cuya ribera Este se encontraba el balneario argentino y un pequeño pueblo llamado San Martín de los Andes.

Era un fin de semana y con dos buenos vaqueros partimos a conocer el camino. Casi sin dormir, en dos días fuimos hasta el paso del Lilpela, penetramos en la cordillera y regresamos; la conclusión era que, al no haber otro camino, con bastante esfuerzo y precauciones sería posible hacer pasar a un hombre que no dominara mucho el caballo.

Regresé al fundo y partí a Santiago a buscar al perseguido. Desde ese momento había que actuar con gran serenidad, rápidamente. Estábamos a mediados de diciembre y teníamos hasta la primera quincena de marzo como plazo fatal. No era mucho tiempo, necesitábamos hacer un jinete de un poeta y un jinete capaz de cruzar la cordillera por el paso de los contrabandistas.

¿Cómo salir de Santiago? ¿Cómo sacarlo de la casa o departamento donde se encontraba muy vigilado por la policía política? Manuel Solimano, un grande y viejo amigo de Pablo, tal vez uno de sus más cordiales compañeros, trabajaba en compra y venta de vehículos. Sin decirle nada, yo había recurrido a él para que le arrendara a mi firma un auto que reuniera las condiciones de seguridad necesarias para un viaje duro hasta el Sur. Dispuse así del auto que necesitábamos.

Había que salir de Santiago, pasar por el retén de carabineros de Angostura y eso no era fácil. Recurrí a uno de los mejores amigos que he tenido, Raúl Bulnes, que era el hombre que necesitaba: era médico de carabineros con grado de capitán, vecino en Isla Negra de Neruda y gran amigo de él.

Alojé en su casa, en la calle Pío Nono a una cuadra del cerro San Cristóbal. Le pedí que me acompañara al día siguiente a las ocho de la tarde y tal vez hasta cerca de las doce, porque yo tenía algo muy importante que hacer. Me dijo que era imposible, tenía un compromiso que no podía eludir.

Discutimos un rato, un poco en broma y a veces en serio, porque yo me había hecho la promesa de no decir sino lo que fuera absolutamente indispensable. No podía exponer a Neruda; yo no lo había visto y sólo hacía una hora que Galo González me había dado la dirección donde debía encontrarlo al día siguiente, a las 20 en punto.

Víctor Pey fue siempre nuestro enlace, y fue él quien viajó en el auto en que haríamos el viaje al Sur con Neruda. Quedamos de encontrarnos en el cruce de la Panamericana con el camino a Graneros alrededor de las 21 horas. Ese día, después de desayunar en casa de Raúl, subí a su auto para que me llevara al centro de Santiago. «¿Todavía crees que te voy a acompañar esta noche?» «Claro que sí, Raúl, me vas acompañar hasta Graneros, a las ocho, y vas a ir con el banderín de carabineros para que nadie nos moleste, porque entre tú y yo en el asiento delantero de este auto va a ir Pablo Neruda.»

Silencio, un silencio profundo pero muy corto. Raúl era inteligente, capaz, preparado profesionalmente, culto, tranquilo, pero por sobre todas las cosas bueno, sano. Me dijo: «Casi no lo creo, pero si es verdad, es tal vez la única razón que me haga dejar el compromiso de esta tarde; es un compromiso sagrado, pero algo voy a hacer, de alguna manera lo voy a arreglar. Cuenta conmigo.»

Fue así como a las 20 horas de ese día, nos bajamos con Raúl en la calle Monseñor Cabrera 66, en Providencia, poco antes de llegar a Pedro de Valdivia, y subíamos al segundo piso. Estaba Neruda, su antigua compañera la Hormiguita (Delia del Carril), Galo González, Elías Lafertte y Carlos Contreras Labarca.

Todo fue muy breve; ahí partía la misión, el compromiso que yo había adquirido: el destino me entregaba al más grande poeta contemporáneo, al hombre que con su poesía había hecho conocer en el mundo a Chile y lo había honrado.

La Hormiguita me abrazó y me llevó a un rincón de la pieza para pedirme que la llevara con nosotros, me prometía no molestar en nada. Con cuanto placer hubiera accedido, que gran dolor tuve en ese momento porque no podía decirle que sí. Fue tal vez el momento más amargo que tuvo mi misión.

Elías Lafertte, Galo González y Carlos Contreras nos abrazaron. Todo se dijo en esos tres abrazos que jamás olvidaré. Después vino el último adiós, con un tierno beso de la Hormiguita.

Yo tenía cosas que decir, pero Raúl y Pablo disponían sólo de una hora y tenían tanto de qué hablar. Creo que entre Santiago y el camino a Graneros ni siquiera intenté interrumpirlos; sólo me limité a escuchar a los grandes amigos, a los vecinos de Isla Negra, hablar hasta de las piedra que separan sus casas, de las flores, del mar, de las grandes rocas, del cuidador y del amigo que tenía un Hotel al costado del camino antes de entrar al pueblo.

Esa hora fue tal vez la más corta que yo haya vivido; casi sin darme cuenta, estábamos estacionados al lado de un Chevrolet rojo oscuro del que se bajó Víctor Pey, primero, y después un militante del PC que nos iba a acompañar. No sé de dónde salieron cinco vasitos que Pablo llenó con un poco de whisky y brindamos por el pronto término del dramático momento que vivía Chile; no recuerdo lo que se dijo, pero fue corto y hermoso. En el auto de Raúl Bulnes regresaron a Santiago él y Víctor Pey; en el hermoso Chevrolet de Solimano partimos hacia el Sur yo, manejando, y Pablo en el asiento delantero. Atrás, el camarada que retornaría con el auto a Santiago.

Qué lástima no recordar todo lo que habló Pablo en el viaje. Pero no he olvidado que todavía no terminaba de poner la tercera velocidad en el auto cuando me dijo: «Creo que desde este momento, me debes llamar Antonio; yo soy Antonio Ruiz Lagorreta, ornitólogo, que viaja hacia el Sur para trabajar en un fundo maderero que tú administras. Esto será así hasta que me entregues a unos camaradas en Argentina, en San Martín de los Andes. De ahí seguiré a Europa».

No existía entonces la panamericana Sur pavimentada por la que hoy nos desplazamos a cualquier velocidad sin sentirlo. Corríamos sobre un camino de tierra bien mantenido, pero que no permitía más de 75 kilómetros por hora.

Manejando, vencía mi somnolencia con los documentados comentarios que sobre todo lo que nos rodeaba hacía don Antonio Ruiz. El sabía el nombre del insecto que acababa de morir en el parabrisas; los años de vida y cómo había llegado a Chile el hermoso árbol que cercaba el camino; por qué San Fernando, Curicó, Talca se llamaban así; dónde nacía y cómo iba a caer al mar en Constitución el río Maule. Este admirable don Antonio todo lo sabía y todo lo narraba con una ternura infinita.

Cuando salimos de Santiago él sentía que había perdido algo de la alegría de vivir, tanto tiempo entre cuatro pareces ocultándose de la policía. Viajando comenzaba a vivir de nuevo.

Habíamos salido de Chillán hacia Bulnes, cuando a poco andar se divisa un carabinero que con su bastón nos hace señas para que nos detengamos. Don Antonio hunde sus uñas en el cojín del asiento y me mira con angustia. Me detengo y el policía se acerca a la ventanilla del auto para preguntarnos si lo podemos llevar unos pocos kilómetros; va a casa de su madre. Intenta subirse atrás pero don Antonio se corre hacia el centro del asiento delantero y le cede espacio. ¡Qué charla tan grata y cordial se estableció entre los dos! Creo que hasta se habló de un poeta perseguido por el Gobierno y que se llamaba Neruda. No estoy seguro, pero es probable.

Qué buen auto nos había entregado Manuel Solimano. Pudimos marchar siempre a una buena velocidad. Los Angeles, Mulchén, Collipulli. Después de Temuco, el viaje se hace cada vez más entretenido; ya don Antonio se ha olvidado de la persecución de que era víctima Neruda, y se siente libre en el auto corriendo por la carretera sin mayor preocupación.

El Valdivia cargamos gasolina y partimos hacia Futrono. Era una carretera que yo conocía muy bien, la hacía una vez a la semana. Allí tal como estaba programado, nos esperaba una embarcación de la empresa en la que yo trabajaba y que nos llevaría a Llifen, donde teníamos un jeep. En él viajamos hasta Los Llolles en el lago Maihue, en el que otra embarcación nos transportó a nuestro primer paradero, la Hacienda Hueinahue.

Interludio en Hueinahue

Habíamos cumplido la primera etapa. Neruda ya era Antonio Ruiz, el ornitólogo que se incorporaba a la administración de Hueinahue para aconsejar, y eventualmente ayudar, en esa hermosa empresa que era una de las primeras en incorporar la maquinaria y la técnica modernas en la explotación maderera en Chile. Debía prepararse para un largo y accidentado viaje; volver a montar a caballo, lo que no hacía desde su niñez cuarenta años atrás. Pero el tiempo era hermoso y el paraje fascinante. Además, la policía más cercana estaba a un lago y 12 kilómetros de carretera de distancia, en Llifen.

Antonio Ruiz era un hombre verdaderamente feliz, un hombre que iba a tomar unas vacaciones, que tenía una agradable pieza para dormir, con un buen escritorio donde instaló su maquinita de escribir; buen vino, buen whisky, buena comida y noticias del mundo gracias a una buena radio. Con cuanto gusto se levantaba por la mañana para tomar su desayuno, encerrarse un par de horas con su máquina de escribir y salir después a montar, cada día un poco más en un caballo. Lo acompañaba mi hijo Juan, de once años, quien me dijo una vez: «Papá, ¿don Antonio sabe tanto de todo o es que inventa?» La verdad es que para él el nombre de los árboles, de las malezas, de la tierra, de los insectos y de los pájaros, la vida de cada cosa, el porqué de todo no era un misterio.

Todo marchaba bien, el buen don Antonio ya había alargado sus caminatas, mis contactos con gente que cruzaba la cordillera me permitían establecer que la salida por el Lilpela era viable, y mis informes de Santiago me hacían saber que la policía seguía allanando casas en la capital y creyendo que tenían cercado a Pablo Neruda.

Un sábado del mes de febrero de 1949, en uno de mis viajes a Valdivia me encuentro con un telegrama que dice más o menos lo siguiente: «Viajo con mi padre y tres amigos próximo miércoles. Llámeme por teléfono. Saludos, Pepe.»

No podía todo caminar tan bien, este viaje del dueño de la hacienda me creaba un serio problema que había que afrontar de inmediato. Pregunté por teléfono y la noticia fue confirmada. José Rodríguez se embarcaba en el tren del miércoles con su padre y tres amigos para conocer el fundo y las faenas madereras.

Mi problema era que Antonio Ruiz tenía que desaparecer. ¿Cómo justificar su estada en la hacienda? Viajé a los aserraderos y tomé contacto inmediato con él.

Fue duro en un comienzo porque volvió todo el tiempo de la persecución, que ya había quedado atrás. ¿Qué hacer? Lo primero: ¿dónde alojaría a Antonio en los días siguientes? Resuelto esto, había que afrontar el problema de su estada en la hacienda, de la que fatalmente se iba a enterar Pepe Rodríguez.

Lo discutimos largamente y después de una descripción detallada de la personalidad del dueño de la hacienda, de analizar su preparación cultural, su calidad humana, su condición de capitalista no definido políticamente y muy emprendedor, llegamos a la conclusión de que lo mejor era decirle que en su hacienda estaba escondido Neruda. En el peor de los casos, cuando Pepe Rodríguez se fuera, nosotros tendríamos cuatro días hasta que llegara la policía en el caso de una denuncia inmediata.

Había también otro problema. Al construir el camino hacia los aserraderos cruzábamos la pertenencia del jefe de la Reducción Indígena y éste, mal informado, había disparado su escopeta hiriendo una pierna del capataz de los obreros. Yo había ido a reclamar y cuando lo vi levantar su escopeta, traté de impedirlo, y al hacerlo, destruí parcialmente en forma involuntaria su casita. Esto había provocado el reclamo al juzgado de indios de Valdivia y la visita de un inspector, el cual, previo pago de los daños, había dado el asunto por liquidado. El camino valorizaba los terrenos del indio y además, plenamente autorizado por José Rodríguez, yo lo había indemnizado ampliamente con tierras y dinero. Pero un «tinterillo» de Valdivia había hecho que el indio recurriera a Santiago al Ministerio de Tierras, el cual había designado otro inspector, al Jefe Suplente del Juzgado de indios. Yo todavía no estaba informado del viaje de este funcionario; había dado por superado el incidente del camino.

El más equilibrado, el mejor organizado, el que tenía una situación económica estable de todos los miembros de la reducción indígena era don Ricardo Monsalve; hombre agradable, inteligente, con un núcleo familiar bien formado; tenía terrenos cultivados y un grupo de vacunos y ovejunos de cierta importancia. A él recurrí para pedirle que durante los días de visita del dueño de la hacienda mantuviera en su casa a don Antonio Ruiz. Me cedió la planta baja de su casita, que era muy agradable, y él se fue a la alta con su familia. Estaba resuelto el primer problema: Antonio se iba a un kilómetro de las casas del fundo.

Un amigo inesperado

El jueves por la mañana don José y los suyos llegaban a Paillaco en ferrocarril. De allí a Futrano se viajaba por carretera; luego se tomaba una lancha para cruzar el Lago Ranco hasta Llifen, jeeps hasta los Llolles en el lago Maihue; ahí, nuevamente, lancha para cruzarlo y una vez más jeeps hasta las casas del fundo, a poco más de un kilómetro, pero a más de 120 metros sobre el nivel del lago.

Todo en orden, todo muy bien, energía eléctrica propia, buena agua potable de vertiente, buenos baños, agua caliente a discreción. Una larga y detenida visita a los aserraderos al día siguiente después de un abundante desayuno. Al parecer la opinión de todos fue positiva, porque la cordialidad hacia mí aumentó abiertamente, y en el fondo al parecer la visita llevaba involucrado conseguir el visto bueno o el rechazo del padre a las inversiones del hijo.

Después del almuerzo, alrededor de las 18 horas, pasé a visitar a Antonio y también todo había marchado bien, realmente bien. Charlamos un largo rato y le confirmé que aquella noche yo lo visitaría con Pepe Rodríguez.

Terminamos de comer, don José se quedó en la mesa con sus tres amigos y sacó un juego de naipes. Yo invité a Pepe a ver los aserraderos. Subimos al jeep y partimos. A poco andar y ya con la luz de un aserradero encima me detuve y le dije de golpe que el poeta Pablo Ne-ruda estaba escondido en el fundo. Agregué que me veía obligado a renunciar a mi trabajo, porque me había extralimitado en la confianza que él había depositado en mí. Me escuchó con extraña atención y lo noté impactado, impresionado. Tuvo una reacción sorprendente, casi instantánea. Dijo: «¿Dónde está? Vamos a verlo inmediatamente.»

Yo no podía preguntarle nada, esperaba lo mejor pero todo podría ocurrir. La casa de Ricardo Monsalve estaba a unas diez cuadras del sitio donde estábamos. Partimos y en menos de dos minutos llegábamos a ella. Me detuve y al ruido del motor Neruda, ahora nuevamente Neruda, salió a la puerta de la cabaña. Pepe Rodríguez se acercó con los brazos abiertos y le dijo: «Tú eres Pablo Neruda, un hombre al que siempre he deseado conocer, el poeta al que tanto admiro, al que tanto he leído». Habíamos saltado la primera valla. Después fue todo fácil. Se conversó sin parar. Pepe recitaba poemas de Neruda que se sabía de memoria, y Pablo sacó unos borradores y leyó unos versos recién escritos. Sin darnos apenas cuenta la noche transcurría veloz. Nos separamos a las dos de la mañana.

No pude pensar nada en la ruta de regreso. Mil cosas me pasaban por la cabeza más rápidas que el camino. Pepe Rodríguez decía: «Esta es una de las noches más hermosas de mi vida; conocí al más grande poeta de este siglo. ¡Qué me importa a mí que sea comunista! Hizo muy bien usted en esconderlo y no le reprocho que no me haya consultado para traerlo. ¡Qué lástima que no pueda contarle esto a mi padre! Procure que nada le falte.»

En los aserraderos había mucha gente trabajando. Construíamos caminos, se transportaba madera en bruto, se volteaban árboles macizos, todo había que vigilarlo, tomar nota de los mil detalles que determinan una buena e industrializada explotación maderera.

Al mediodía, abundante almuerzo con las visitas, y cuando llegó una vez más la noche, Pepe Rodríguez la esperaba con ansiedad; él quería ir a casa de Pablo y volver a leer y a charlar acompañados de un buen whisky. Otra vez hasta las dos de la mañana.

Así pasaron varios días y mientras tanto se acercaba la fecha en que debían regresar a Santiago los Rodríguez y sus amigos, y también se acercaba el plazo en que yo debía llevar a Pablo a San Martín de Los Andes.

Neruda ya era amigo de Pepe Rodríguez y en una de esas para mí interminables noches le planteó francamente que le contestara si él podía confiar en que su permanencia en el fundo Hueinahue, no llegaría a oídos de las autoridades.

Pepe Rodríguez estiró su mano y le dijo: «te doy mi palabra de honor, Pablo, que aun cuando me agradaría relatar con orgullo que he estado a tu lado aquí en mi fundo, tú puedes contar conmigo; soy capitalista con todas las fallas del capitalista, pero cuando soy amigo, sé ser amigo de mis amigos y tú eres un amigo del cual me siento orgulloso.»

Al día siguiente, Pepe y los suyos partieron de vuelta a Santiago.

Comienzo de la travesía

Estamos a fines de ese corto mes de febrero. El 5 de marzo don Antonio Ruiz tenía que volver a ser Pablo Neruda en una lujosa hostería en San Martín de Los Andes. Teníamos a lo menos dos días de viaje por la cordillera.

Todo se venía encima, llevar a Valdivia a mi mujer con el niño, dejarlos instalados por unos días y yo regresar. Con ella llegamos al acogedor Hotel Schuster y al llegar me entregaron un telegrama urgente: «Representante juzgado de indios señor Víctor Bianchi Gundián lo esperará Hotel Futrono 26 pte.» El asunto me complicaba mucho; Víctor era un buen amigo mío y yo no temía su visita, porque iba a verificar, si es que venía por el incidente con el indio, que nosotros nos habíamos portado muy bien. ¿Pero, y Neruda? No había tiempo, el 5 de marzo tenía que entregarlo en San Martín de Los Andes.

Regresé de inmediato a Hueinahue y ahí estaba el nuevamente alegre camarada Antonio Ruiz, contento con la cercanía de su viaje a la libertad. Lo llamé aparte y antes de que yo le hablara me preguntó «¿Me traes otro Pepe Rodríguez?» Mi cara, mi actitud deben haberle dicho algo. «Sí, le dije, ¿conoces a Víctor Bianchi Gundián?» «Sí, hombre, sí; no sólo lo conozco, es un amigo al que quiero entrañablemente: Víctor es un tipo estupendo, alegre, cordial, abierto como el horizonte, gran amigo; ¡no sigas, hombre, no sigas!» Qué peso me quitaba de encima. «Víctor llega mañana, tengo que ir a esperarlo al lago Raneo.» «Te acompaño, los dos vamos a tener un gran gusto al vernos.».

La embarcación que hacía la ruta entre la estación Lago Raneo y Llifen había salido a las diez de la mañana. Salimos a su encuentro y la abordamos en mitad del lago. Pregunté por Víctor Bianchi y un pasajero se acercó a la borda y saltó al interior de nuestra embarcación. Víctor me miró con cierta sorpresa; la verdad era que no sabía que era yo a quien debía contactar por el incidente con el mapuche. Antes de que pudiera decirme nada, su sorpresa se hizo mayor: de la cabina salía en ese momento un caballero de poblada barba canosa. Lo sorprendente fue que reconoció a Neruda de inmediato, pero como no sabía que yo estaba enterado, no se atrevió a decir nada y no supo cómo reaccionar. Palideció y no atinó sino a callarse. Pablo lo sacó de su mutismo dándole un fuerte abrazo y manifestándole cuánta alegría le producía el encuentro. Me tocó después a mí abrazarlo y a partir de ese instante todo fue cordialidad y jolgorio.

Lo notable del caso es que Víctor, fuera de ocuparse de la querella con nuestro vecino -cuestión que quedó resuelta en menos de dos días y que ya no dio origen a conflicto alguno en el futuro- tomó la decisión de incorporarse a la misión, integrándose al grupo que se proponía llevar a Neruda al otro lado de la frontera.

Fue así como en la mañana del 3 de marzo de 1949 iniciamos nuestro viaje, cruzando en lancha desde nuestro puerto en el extremo oeste del lago hasta el rincón norte, en la desembocadura del río Curringue. Allí nos esperaban nuestros tres vaqueros, los tres Juanes, con los caballos ensillados listos para comenzar la cabalgata. En esa primera jornada nos proponíamos alcanzar hasta los baños de Chihuío y pernoctar allí.

El cruce del río Curringue fue evocado por Neruda veintitrés años después en su discurso de aceptación del Premio Nobel:

Teníamos que cruzar un río. Esas pequeñas vertientes nacidas en las cumbres de los Andes se precipitan, descargan su fuerza vertiginosa y atropelladora, se tornan en cascadas, rompen tierras y rocas con la energía y la velocidad que trajeron de las alturas insignes: pero esa vez encontramos un remanso, un gran espejo de agua, un vado. Los caballos entraron, perdieron pie y nadaron hacia la otra ribera. Pronto mi caballo fue sobrepasado casi totalmente por las aguas, yo comencé a mecerme sin sostén, mis pies se afanaban al garete mientras la bestia pugnaba por mantener la cabeza al aire libre. Así cruzamos. Y apenas llegamos a la otra orilla, los vaqueros, los campesinos que me acompañaban me preguntaron con una sonrisa:

-¿Tuvo mucho miedo?

-Mucho. Creí que había llegado mi última hora -dije.

-íbamos detrás de usted con el lazo en la mano -me respondieron.

-Ahí mismo -agregó uno de ellos- cayó mi padre y lo arrastró la corriente. No iba a pasar lo mismo con usted.

Los baños de Chihuío eran rústicos, piezas de adobe con techos de paja y barro y puertas de troncos, el piso recubierto con pieles de oveja. Sobre éstas uno montaba su cama echando encima los pellones de las monturas.

No anochecía todavía cuando llegamos. Nos sacamos el cansancio en las aguas termales y pasamos enseguida a comer carne y queso en el gran galpón que hacía las veces de posada. Alrededor de una gran fogata, sentados sobre ladrillos o en las monturas de sus cabalgaduras, o instalados simplemente en el suelo, había una treintena de hombres de diversas edades, con la cara del dolor de vivir. Bebían vino en jarras o en cachos de buey y comían trozos de carne recién tostada sobre las brasas o queso ensartado en un largo fierro. Junto a ellos nos instalamos, cerrando el círculo, don Antonio, Víctor Bianchi, los tres Juanes y yo. Llenaban el barracón las conversaciones salidas de algunas gargantas gastadas por el tabaco, interrumpidas a veces por el sonido opaco de una mala guitarra y el cantar triste de algún comensal.

Don Antonio comenzó en un momento a narrar cosas del Sur, de la vida de su gente, de cuando llegaron y se pusieron a criar animales o a cultivar malamente esos difíciles terrenos, salpicadas con historias y leyendas de cuatreros y bandidos cuyos nombres alguna vez se hicieron famosos. Al principio no me di cuenta, sumido en la somnolencia que produce la cercanía del fuego, hasta que de repente lo vi rodeado por todos aquellos hombres, que parecían cautivados por los relatos del poeta. Parecía saberlo todo, tenía respuestas para todas las preguntas que le formulaban aquellos sencillos arrieros y campesinos. Así, hasta la medianoche. El propio Pablo cuenta aquella experiencia en su discurso de Estocolmo:

Más lejos, ya a punto de cruzar las fronteras que me alejarían por muchos años de mi patria, llegamos de noche a las últimas gargantas de las montañas. Vimos de pronto una luz encendida que era indicio cierto de habitación humana y, al acercarnos, hallamos unas desvencijadas construcciones, unos destartalados galpones al parecer vacíos. Entramos a uno de ellos y vimos, al claror de la lumbre, grandes troncos encendidos en el centro de la habitación, cuerpos de árboles gigantes que allí ardían de día y de noche y que dejaban escapar por las hendiduras del techo un humo que vagaba en medio de las tinieblas como un profundo velo azul. Vimos montones de quesos acumulados por quienes los cuajaron a aquellas alturas. Cerca del fuego, agrupados como sacos, yacían algunos hombres. Distinguimos en el silencio las cuerdas de una guitarra y las palabras de una canción que, naciendo de las brasas y de la oscuridad, nos traía la primera voz humana que habíamos topado en el camino. Era una canción de amor y de distancia, un lamento de amor y de nostalgia dirigido hacia la primavera lejana, hacia las ciudades de donde veníamos, hacia la infinita extensión de la vida. Ellos ignoraban quiénes éramos, ellos nada sabían del fugitivo, ellos no conocían mi poesía ni mi nombre. ¿O lo conocían, nos conocían? El hecho real fue que junto a aquel fuego cantamos y comimos, y luego caminamos dentro de la oscuridad hacia unos cuartos elementales. A través de ellos pasaba una corriente termal, agua volcánica donde nos sumergimos, calor que se desprendía de las cordilleras y nos acogió en su seno.

Chapoteamos gozosos lavándonos, limpiándonos el peso de la inmensa cabalgata. Nos sentimos frescos, renacidos, bautizados, cuando al amanecer emprendimos los últimos kilómetros de jornada que me separarían de aquel eclipse de mi patria. Nos alejamos cantando sobre nuestra cabalgaduras, plenos de un aire nuevo, de un aliento que nos empujaba al gran camino del mundo que me estaba esperando. Cuando quisimos dar (lo recuerdo vivamente) a los montañeses algunas monedas de recompensa por las canciones, por los alimentos, por las aguas termales, por el techo y los lechos, vale decir, por el inesperado amparo que nos salió al encuentro, ellos rechazaron nuestro ofrecimiento sin un ademán. Nos habían servido y nada más. Y en ese «nada más», en ese silencioso nada más había muchas cosas subentendidas, tal vez el reconocimiento, tal vez los mismos sueños.

Cruzando la cordillera

El 4 de marzo iniciamos lo que sería la jornada más dura: la travesía de la cordillera por el paso de los contrabandistas.

En el paso del Lilpela, al pie del macizo cordillerano, donde nos detuvimos antes de comenzar el cruce, Pablo me preguntó, sonriendo: «¿Cómo dijiste que se llama este sitio?» Se lo repetí y él me pidió entonces que grabara con una navaja unos versos en el tronco en que estábamos apoyados. Todavía los recuerdo:

Qué bien aquí se respira
en el paso de Lilpela
donde aún no ha llegado la mierda
del traidor González Videla.

Al comienzo de la travesía, en medio de un impresionante marco natural, se produjeron dos breves incidentes: la caída de la cabalgadura de Pablo, con jinete y todo, y el encuentro con una calavera de vacuno, alrededor de la cual cumplimos un rito que es obligatorio para los viajeros que llegan a pasar por tan remoto paraje. A ambos se refiere también en el citado discurso:

Seguimos hasta entrar en un túnel natural que tal vez abrió en las rocas imponentes un caudaloso río perdido, o un estremecimiento del planeta que dispuso en las alturas aquella obra, aquel canal rupestre de piedra socavada de granito, en el cual penetramos. A los pocos pasos las cabalgaduras resbalaban, trataban de afincarse en los desniveles de piedra, se doblegaban sus patas, estallaban chispas en las herraduras: más de una vez me vi arrojado del caballo y tendido sobre las rocas. Mi cabalgadura sangraba de narices y patas, pero proseguimos empecinados el vasto, el espléndido, el difícil camino.

Algo nos esperaba en medio de aquella selva salvaje. Súbitamente, como singular visión, llegamos a una pequeña y esmerada pradera acurrucada en el regazo de las montañas: agua clara, prado verde, flores silvestres, rumor de ríos y el cielo azul arriba, generosa luz ininterrumpida por ningún follaje.

Allí nos detuvimos como dentro de un círculo mágico, como huéspedes de un recinto sagrado: y mayor condición de sagrada tuvo aún la ceremonia en la que participé. Los vaqueros bajaron de sus cabalgaduras. En el centro del recinto estaba colocada, como en un rito, una calavera de buey. Mis compañeros se acercaron silenciosamente, uno por uno, para dejar unas monedas y algunos alimentos en los agujeros de hueso. Me uní a ellos en aquella ofrenda destinada a toscos Ulises extraviados, a fugitivos de todas las raleas que encontrarían pan y auxilio en las órbitas del toro muerto.

Pero no se detuvo en este punto la inolvidable ceremonia. Mis rústicos amigos se despojaron de sus sombreros e iniciaron una extraña danza, saltando sobre un solo pie alrededor de la calavera abandonada, repasando la huella circular dejada por tantos bailes de otros que por allí cruzaron antes. Comprendí entonces de una manera imprecisa, al lado de mis impenetrables compañeros, que existía una comunicación de desconocido a desconocido, que había una solicitud, una petición y una respuesta aun en las más lejanas y apartadas soledades de este mundo.

El tiempo estaba muy bueno, lo que nos permitió llegar pronto al lado argentino. Allí la bajada ofrece mucho mejores condiciones, la vegetación aparece más ordenada. En San Martín de Los Andes hay un jefe de Parques Nacionales que recorre y cuida con cierta regularidad toda la zona. Al atardecer estábamos en Huahum al costado poniente del lago Lacar, a unos quinientos metros del último retén fronterizo chileno. No hubo problemas en el control de los policías argentinos, y hacia el final de la tarde abordamos en uno de sus últimos viajes la lancha que cruza el lago para alcanzar a San Martín de Los Andes.

La etapa más difícil e importante de nuestra misión quedaba así cumplida.

De golpe dejamos de ser los sucios y rústicos montañeses en que nos habíamos convertido. En el Hotel de Turismo del pueblo, donde nos admitieron no sin alguna dificultad inicial, pudimos bañarnos, afeitarnos y comer normalmente. Y disponernos luego a esperar.

No fue tranquilizadora ni corta aquella espera. El día 5 empezamos ya a inquietarnos. Salimos a caminar y visitamos el pueblecito, que era muy agradable. Pero yo no me sentía tranquilo. Tenía a mis vaqueros al otro lado del lago, problemas pendientes en la Hacienda Huainahue, y a mi mujer con el niño esperándome en Valdivia en un hotel. Y los enlaces no daban señales de vida.

El día 6 la preocupación fue en aumento. Nos inquietaba la posibilidad de llamar la atención de las autoridades. No era normal, después de todo, nuestra presencia en ese remoto pueblo. Fue por eso que resolvimos tomar el toro por las astas invitando a comer al Gobernador, al Comandante del Regimiento y al jefe de Parques Nacionales. Así como suena. Urdimos una explicación relativamente verosímil sobre comercio con maderas -lo que era efectivo-, unido a nuestro deseo de pasear por la zona. Yo me hice pasar por el dueño de la hacienda Hueinahue, don Antonio era mi secretario y Víctor un alto funcionario público de vacaciones.

Cenamos en el hotel de Turismo con los oficiales y sus esposas y en aquella cena, aunque los comensales eran tan diferentes a los de la noche pasada en Chihuío, se volvió a repetir la atmósfera envolvente y mágica que Pablo lograba con su charla. Nuestro anfitriones quedaron completamente cautivados con el personaje y con las historias que contó en aquella velada, y esa fue a la larga la clave que nos permitió resolver el problema de nuestra espera.

Las horas finales

En la mañana del día siguiente -ya era 8 de marzo- se presentó al hotel un jeep del regimiento y el soldado que lo conducía nos indicó que su jefe lo enviaba para llevarnos a conocer los alrededores del pueblo. Pablo y Víctor dormían todavía, así que aproveché para decirle al soldado que necesitaba hacer una llamada telefónica a larga distancia. Me dijo que era imposible, que el único contacto con el exterior era la radio del regimiento y que si yo quería me llevaba hasta allá. Acepté porque no tenía otra alternativa. Nuestra única esperanza era ahora que yo pudiera conectarme con Benito Marianetti, el diputado comunista mendocino.

La radio funcionaba no lejos de allí y el soldado me presentó como un chileno amigo de los jefes a quien había que atender. Expliqué que era industrial maderero y que necesitaba comunicarme con el abogado de mis clientes, porque traía unas muestras de madera para durmientes. El abogado era un tal Marianetti de Mendoza. «Pero, che -me dijo con algún sobresalto- Marianetti es un diputado comunista». «Yo no sé nada -le dije- pero resulta que es el abogado de mis clientes, que andan ahora en Europa, y necesito hablar con él». El tipo terminó por aceptar el encargo y me dijo que esperara, que llamaría por radio a Mendoza y haría citar a Marianetti. Al cabo de una larga media hora se estableció la comunicación. Cogí el fono. Era Marianetti, que me llamaba desde un establecimiento militar en Mendoza. La comunicación era bastante clara. «Señor Marianetti -le dije-, primero que nada quiero decirle que no estoy equivocado, que la persona con quien necesito hablar es usted». «Muy bien -me contestó- dígame de qué se trata». «Yo vengo de Chile atravesando la cordillera; me acompaña mi secretario Antonio Ruiz, ¿me oye? Antonio Ruiz, y traigo unas muestras de madera». «Señor, usted está equivocado, no conozco a ese señor Antonio Ruiz y no tengo nada que ver con madera...» En ese momento se acerca a mí un personaje que no había visto antes, un hombre como de treinta años que hace ademán de interrumpirme y alcanza a decir: «Señor...» Simultáneamente, Marianetti acaba de darse por enterado; tartamudea y en un tono que siento emocionado alcanzo a oírle: «¡Pab...! Sí, Antonio Ruiz; ¡ya le comprendo!» «Así es, y estoy preocupado porque no ha aparecido nadie a buscar la muestra. Aunque ahora acaba de abordarme alguien que parece ser la persona que yo esperaba.»

El hombre me llevó a un lado y me dijo: «Oí que hablaba de Antonio Ruiz. Yo lo ando buscando.» Le pedí que se identificara y me mostró entonces discretamente un carnet del partido Comunista argentino. Las cosas estaban finalmente claras. Agradecí a los militares que me habían facilitado la comunicación y me despedí de ellos, y ya en el hotel planificamos con don Antonio y Víctor los pasos siguientes. No era posible que el poeta partiera de inmediato porque las autoridades, en reciprocidad 9 la cena de la noche precedente, nos tenían convidados para que termináramos con ellos la jornada de ese día en un centro nocturno del pueblo. Quedamos de acuerdo, así, con el enlace, que mostró ser una persona puntual y eficaz. Nos esperaría hacia la una de la madrugada, hora en que le entregaríamos a Pablo para llevárselo en auto a Buenos Aires.

Habíamos tenido en todo mucha suerte y aquella jornada final nos fue también muy propicia. Tengo que decir que en la «boite» de San Martín de Los Andes pasamos una velada muy grata. Comimos, bebimos, se charló hasta por los codos, cantamos, nos reímos y Pablo recitó un poema humorístico que recuerdo todavía perfectamente. Lo hizo disfrazado con un turbante en la cabeza y con el cuello envuelto en una larguísima bufanda que le llegaba hasta el suelo. Los versos decían así:

Fue en una tarde triste y pálida
de su trabajo a la sálida
(pues esa chica neurótica
trabajaba en una bótica)
que la encontré por vez priméra.
Fue una pasión efímera
me dejó alelado y estúpido
con sus flechas el dios Cúpido
Y su puntería sábia
mi corazón herido hábía.

Me acerqué y le dije histérico
señorita, soy Fedérico
y yo, contestó la chica
yo me llamo Verónica
y en el parque a oscuras solos
nos amamos cual tórtolos.

Rápido pasó el tiempo árido
y a los tres meses el marido
era yo de aquella quién
creía pura y virgén

Llevábamos un mes de casádos
lo recuerdo, fue un sabádo,
la encontré besando a un chico
feo, flaco y raquítico.
De un combo lo maté cási
y a ella le dije ási
«Te creía pura y cándida
y has resultado una bándida,
venganza mi honor indica
mujer perjura y ciníca;
Después de tu devanéo
debo volarte el cráneo».
Y yo maté a esa mujer
de un tiro de revolver.

Para mí, especialmente, todo aquello resultaba muy grato porque los problemas se habían resuelto satisfactoriamente. La difícil pero apasionante misión quedaba cumplida en muy pocas horas más.

La partida se produjo alrededor de las dos de la mañana. Oficialmente nos íbamos a la mañana siguiente en una de las primeras lanchas que hacían la travesía del lago. Pero a don Antonio Ruiz, que empezaba a ser de nuevo y ya definitivamente Pablo Neruda, lo estaba esperando esa noche en el hotel el camarada argentino que tomaba el relevo. Subió rápidamente a su habitación a recoger su equipaje, que era muy sumario, nos abrazamos fuertemente y se instaló en el automóvil que lo llevaría a Buenos Aires. De allí debía partir hacia Montevideo y seguir inmediatamente hacia Europa. Quince días después, en efecto, Pablo Neruda aparecía públicamente en París. González Videla había perdido la batalla.

* * *

Han transcurrido casi diecisiete años desde que Neruda partió para siempre. Si hubiera estado vivo no habría podido o no habría querido vivir en su Patria, aunque tal vez viviendo él en ella la tiranía no hubiera podido mantenerse tanto tiempo.

Pablo: les has hecho falta a nuestra gente, al progreso, a la historia de Chile. Te hemos echado terriblemente de menos.


Nota:

1. Neruda tenía mejor memoria que lo que la anécdota sugiere. Prescindió del autor del artículo pero no canceló el proyecto. Se lo encomendó a otro escritor, Germán Marili, y trató de interesar a la Editorial Universitaria. Pero era demasiado ambicioso para la pobreza de nuestro medio editorial. Alcanzó a publicarse únicamente un volumen, dedicado no a Bernardo 0'Higgins sino a José Miguel Carrera (N. de la R.)


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03