Perennidad de Neruda

Perennidad de Neruda

Volodia Teitelboim - Pedro Gutiérrez R. - Luis Enrique Délano

Araucaria de Chile. Nº 40, Madrid 1987.

Perennidad de Neruda

Contra la perennidad de los nombres cimeros de la cultura universal y de ciertos hechos históricos esenciales, no pueden ni las modas, ni las veleidades ideológicas, ni las omisiones u olvidos deliberados. Una corriente de algún modo dominante en la Historia y en la política, hoy, en España, ha ido imponiendo, por ejemplo, un modo de ver su Guerra Civil que trastrueca todo el aparato conceptual que se había manejado hasta ahora. Se trata, para decirlo de un modo simplificado, de que los fascistas a lo mejor no lo eran tanto, y en cuanto al bando republicano, florece una suerte de entusiasmo por relevar todo lo que pueda ir históricamente en desmedro suyo. La apoteosis de estos propósitos (o despropósitos) se alcanzó con el Congreso de Valencia celebrado en el mes de junio de este año, donde le ha correspondido no a un español, sino a un latinoamericano, Octavio Paz, la dudosa dignidad de desarrollar una novísima tesis (¿la llamaremos postmodernista?): los verdaderos triunfadores de la sangrienta contienda del 36-39 fueron... «la Democracia y la Monarquía constitucional». Con su asombroso discurso inaugural dio el vamos a lo que habría de convertirse en un proceso y crucifixión delirantes de quienes participaron en el cónclave antifascista de 1937. Aunque el poeta mexicano prefiera, por supuesto, calificar el lamentable torneo de este año de «acto de reflexión» y «examen de conciencia». Cómo no.

¿Acaso podría sorprendernos, en estas condiciones, que el medio siglo de España en el corazón de Neruda -cuya primera edición apareciera en Santiago, Chile, en noviembre de 1937- pasara en la Península en el más taimado de los silencios? Ciertamente, no. Aunque algunas de las mejores conciencias españolas, las más lúcidas y jóvenes -Rafael Alberti es uno de ellos, a los ochenta y cinco años- no han olvidado el acontecimiento.

Los chilenos no podríamos pasarlo por alto. Aquel libro no sólo marca, según todos, el tránsito en la poesía nerudiana del recogimiento intimista de Residencia en la tierra al exultante universo colectivo del Canto General. Es, además, el puente que vuelve a unirnos con el Continente cuya civilización nos ha prohijado. Sólo que los versos del poeta nos instalan en una conciencia que tal vez siga siendo tributaria, pero que es ahora, sobre todo, una conciencia crítica. De Europa nos ha llegado lo mejor del aliento civilizador, pero también lo peor: el fascismo y la guerra. Y Neruda fue también, al advertirlo, el Vate, es decir, el que ve más allá que la gente de su tiempo.

Modas aparte, Neruda -su poesía- es una entidad inamovible. Como todos los grandes de las letras de todos los tiempos, sus lectores se multiplican con los años, y con ellos no hace sino crecer el afán por descubrir y redescubrir las claves de la enorme obra poética. En España en el corazón están algunas de ellas, y seguramente no las menos importantes.


España en el corazón, Chile en el corazón
Volodia Teitelboim

Hace medio siglo apareció publicado el libro de Pablo Neruda España en el Corazón.

Lo escribió en Madrid en 1936 y 1937, escuchando el rugido de la guerra.

Rafael Alberti lo consideró la obra poética más impresionante nacida del conflicto. Al mismo Neruda España le cambió la vida y la poesía. El libro contiene un poema donde él clarifica el impacto que le produjo. Lo llama muy derechamente: «Explico algunas cosas». Es una confesión personal. Pero lo que pasó no sólo le cambió a él la existencia. Se la trastornó sobre todo a los españoles. Y de algún modo a los europeos, pues lo de España (los historiadores parecen hoy de acuerdo en ello) fue el prólogo a la segunda conflagración mundial.

Por lo tanto, la experiencia nerudiana en España, tan revestida de circunstancias cuotidianas, es una página que se refiere al hombre y al mundo de ese tiempo. Vivía entonces entregado a la «poesía sin pureza», porque en ella entraba todo, la lluvia, las lilas, hasta «la metafísica cubierta de amapolas». Y la compartía con sus amigos, porque fue un individuo de nuestro sur. A diferencia de lo meridional español y europeo, en Chile el sur es sinónimo de frío, de cielos encapotados y vientos polares. Su padre, un ferroviario de Temuco, solía pararse a mediodía a la puerta de su casa de húmeda madera, para convidar a compartir el plato humeante y el vino tinto al primer transeúnte, aunque fuera un desconocido. Para Neruda el sentimiento de la amistad era ancestral. En ese poema le pregunta a sus amigos, a sus hermanos de entonces, Federico García Lorca, Rafael Alberti, al argentino Raúl González Tuñón, si se acuerdan de su casa del barrio de Arguelles. Uno de ellos sólo podía recordarlo con memoria de ultratumba, Federico. Después de que «una mañana todo estaba ardiendo» comenzó a trabajar con su memoria «debajo de la tierra».

Como se sabe, el libro tuvo un destino marcado por las condiciones anómalas de su nacimiento. El papel -según lo rememoró su editor, el poeta Manuel Altolaguirre- sacó su pulpa de materiales varios y gastados, incluyendo la pasta «ropas y vendajes, trofeos de guerra, una bandera enemiga y la camisa de un prisionero moro». Para completar el cuadro, la composición y la impresión estuvieron a cargo de soldados, porque los libros, especialmente en circunstancias extraordinarias, nacen corriendo las grandes aventuras de su entorno, como si fueran seres humanos.

El autor salió de esa aventura transfigurado. En el Chile de aquella época recibimos España en el Corazón como si fuera un libro nuestro, no sólo por la nacionalidad del autor, sino, en primer término, porque España era nuestra causa y seguíamos las alternativas de la lucha minuto a minuto.

Pero pienso que hoy día la obra posee para los chilenos aún mayor vigencia de la que tuvo entonces. Por una simple razón: porque esa España en el Corazón podría llamarse Chile en el Corazón. Y no en el noble sentido que le dan Rafael Alberti y muchos poetas españoles. No olvidemos que en castellano, catalán, éuscaro, gallego, como una especie de vuelta de mano al libro de ese nombre, ellos publicaron en España, después del golpe fascista del 73, de la muerte de Allende, de Neruda, de tantos compatriotas, una preciosa antología con ese título homólogo, Chile en el Corazón. La compilación, por encima del tiempo, de diez mil kilómetros de tierra y mar, nos extendió la mano y el pecho solidario de la cultura y el pueblo españoles.

Identidades en la diferencia

Pero la razón del por qué España en el Corazón tiene hoy para nuestra gente tanto sentido, en primer término, es otra. Se debe a que, modificando nombres de personas y de lugares, mudando toponimias y la forma de los hechos históricos, la situación de fondo es demasiado parecida.

Pinochet hizo desenfadados votos porque España continuara siendo franquista hasta el tuétano por los siglos de los siglos. Su simpatía viene del hecho que él es un franquista, que en otro escenario y sin haber mediado guerra civil ninguna, desató a traición la guerra contra el gobierno legítimo de la República chilena, contra su pueblo. El la llama abiertamente la guerra interna.

De ahí que España en el Corazón es hoy para los nuestros Chile en el Corazón. ¿Los versos del «Bombardeo» no traen a las mientes el bombardeo del palacio de la Moneda, a mediodía del 11 de septiembre, donde un Presidente constitucional, que era un valiente, decidió morir antes de rendirse?

La maldición se hace extensiva a los que «con hacha y serpiente» dejaron el suelo empapado acá y allá, a los que adelantaron a la patria no «el pan, sino las lágrimas».

Países distintos, todo tan diferente y con tantas cosas tan análogas, sin embargo. Entre otras, generales traidores, madres «como una campanada de voz negra... Hermanas como el polvo caído / corazones quebrantados, / tened fe en vuestros muertos». Cambian los nombres de los pueblos, que el poeta enumera saboreándolos. Pero ¿acaso «la muerte española, más acida y aguda que otras muertes», no puede ser tan acongojada como lo es ahora la muerte chilena? ¿Si, nombrándolos reserva el infierno, como venganza agregada a la Divina Comedia, a los generales dantescos de entonces, cómo no extender la imprecación a sus colegas que ayer, hoy o mañana en Chile derraman todos los días sangre, carbonizan a los que tienen veinte años, y que el poeta, en su tribunal particular, sentenció a la pena de «una eternidad de manos muertas / y ojos podridos, solo en una cueva / de tu infierno, comiendo silenciosa pus y sangre / por una eternidad maldita y sola?»

Y vale también la transferencia y la asimilación de situaciones porque en la raíz están los pueblos, porque todos ellos «en la lucha, en la ola, en la pradera, / en la montaña, en el crepúsculo cargado de acre aroma, / lleváis un nacimiento de permanencia, un hilo / de difícil dureza».

Quevedo o el todo por el todo

Quien espigue en los anchos campos de la obra nerudiana descubrirá muy pronto que España en el Corazón es el pomo más concentrado, mezcla de pólvora y de sangre, de amor y odio hacia los que un día la arrasaron.

En rigor, lo de la América Hispana, y Neruda sin duda entre ellos, tienen a España metida hasta el hueso y comienzan a decir y leer su poesía antes que la nativa. Todos fuimos formados estudiando a Gonzalo de Berceo, el Romancero del Cid y La Araucana. Todos aprendimos de memoria, cuando teníamos diez o doce años, las «Coplas por la muerte de su padre», de Jorge Manrique. Desde luego, lo hizo el muchachito pálido y aceitunado de ese Temuco recién nacido en tierras arrebatadas a los indios que resistieron al conquistador español durante más de dos siglos y luego siguieron enarbolando la lanza contra la aristocracia chilena descendiente de los encomenderos.

Neruda siempre recordó al «buen caballero de la muerte». Le gustaban las estrofas de Manrique, cortadas como diamantes, que quedaron convertidas en piedras inamovibles del idioma. Pero así como España en el Corazón admite cuarenta, cincuenta años más tarde una traducción chilena, Neruda con su oda a Jorge Manrique está traduciendo para sí mismo el sentido de la muerte y también de la vida. Son dos trovadores que guerrearon por la paz y la decencia. Entendiéndolo así, da las gracias por partida doble al hijo del «Maestre don Rodrigo Manrique, tan famoso y tan valiente». Primero porque, deslumbrado, lo recitó de pequeño como autor de unos versos profundos. Segundo porque, cuando ya le asoma el invierno, descubre que está más cerca de él, que una Oda puede responder a unas coplas elegiacas e intentar en ella una apretada definición de la vida y del anuncio de la muerte.

Lo que no aprendió de literatura española en Chile -y que era, con todo, mucho- seguirá completándolo en Madrid. Desenterrará para sí mismo al Conde de Villamediana, sobre el cual vuelve en poesía y en prosa, tal vez porque cada uno busca en los libros y en la historia, en el polvo lo que le despierta dentro una oculta resonancia y le ayuda a descifrar su propio secreto.

Pero de los siglos pasados ningún español habló tanto a Neruda como Quevedo. Comienza el viaje al corazón de su antiguo colega pesquisando que «en el fondo del pozo de la historia, como un agua más sonora y brillante, brillan los ojos de los poetas muertos. Tierra, pueblo y poesía son una misma entidad encadenada por subterráneos misteriosos. Cuando la tierra florece, el pueblo respira la libertad, los poetas cantan y muestran el camino. Cuando la tiranía oscurece a la tierra y castiga las espaldas del pueblo, antes que nada se busca la voz más alta y cae la cabeza de un poeta al fondo del pozo de la historia...».

No está hablando del siglo XVII solamente. Habla de todos los siglos. Desde luego del siglo XX. Cayó la cabeza de García Lorca. La tiranía en Chile intentó cortar la cabeza de la poesía; pero tanto en España como en Chile «... la voz en el fondo del pozo vuelve a los manantiales secretos de la tierra y desde la oscuridad sube por la boca del pueblo». Insiste en subrayarlo. No hará este viaje al fondo de la historia para hacer historia, sino para pronunciarse ante el presente. Cuando interroga al pasado busca respuestas a las preguntas, a los martirios, a las luchas de hoy. Porque el viaje al polvo, revolver el polvo enamorado es una búsqueda de la vida futura.

Tengo para mí muy claro que si Pablo Neruda se sintió tan fascinado por don Francisco de Quevedo y Villegas -a quien consideraba, según sus palabras, el más grande de los poetas espirituales de todos los tiempos- se explica también porque, por temperamento y posición ante la vida, él también será poeta y político participante, acerbo retratista del poder arbitrario, «del rico abusador»; también pintor enternecido del rostro innumerable de la muchedumbre hambrienta que más tarde se llamará «el pueblo». Neruda observa en Quevedo, con ojo reconocedor, la cara marchita de las meretrices, los gestos del buscavida, el ademán del pretencioso, las industrias del pícaro, porque, con trajes diversos, esos tipos sobreviven y andan por todas partes. Lo sobrecoge esa crítica que derrama a manos llenas hacia los más disímiles ámbitos de su época. De ella recibe una lección, que trata de aprender bien: la lección de no callar. «¿No ha de hablar un espíritu valiente? ... ¿Nunca se ha de decir lo que se siente?»

Esto Neruda lo volvió norma de su existencia. Fue siempre, desde niño, un rasgo de su personalidad. Sin embargo, para él lo que entrañó en este dominio el descubrimiento más exacto y abismante fue lo que dijo José Martí sobre Quevedo: «Ahondó tanto en lo que venía, que los que hoy vivimos con su lengua hablamos». Para Neruda está claro que el libertador cubano no se está refiriendo a un problema idiomático, sino a una actitud, a una manera de tomar la vida, con toda la responsabilidad y el peligro que encierra el peso de decir las verdades más tremendas, jugándose el todo por el todo. De allí su conclusión que la singularidad de Quevedo reside en que en él «la grandeza es más grande». ¿A qué grandeza se refiere? No tanto a la de la forma, no tanto a la gracia, no tanto a la dulzura, no tanto al toque celestial, sino a lo que llama la «grandeza humana». ¿Y qué es para él esta grandeza? Que el hombre sea capaz de erguirse sin que le doblen las rodillas las persecuciones, los rigores más terribles de este mundo y que, por el contrario, se alce entero, aunque la muerte lo esté mirando, por el delito de tratar, sólo o junto a otros, de mejorar la vida de los hombres. Si el chileno lo coloca tan alto es porque se lo está proponiendo como modelo. Sus vidas serán muy distintas por mil causas, pero la actitud será análoga.

Quevedo en España más bien le resultó un encuentro consigo mismo. Neruda declara que España debió haber sido su punto de partida en el viaje por el globo; pero comenzó por tierras exóticas y vivió varios años de su juventud en posesiones coloniales de Asia, que lo reconcentraron en la soledad y en la escritura de una poesía crepuscular, de la cual sólo saldría, años más tarde, sobre todo bajo el resplandor del incendio de España.

Quede constancia que antes de pisar su suelo, ya sentía a Quevedo en su sangre. De verdad sentía a España, a la cual llama «una parte original de mi existencia... base roquera donde está temblando aún la cuna de la sangre».

La agricultura de la muerte

Este reencuentro sigue a un desencuentro. No sólo de Neruda. Entre los grandes olvidadizos de la historia, de su propia historia, figuran España y América española. Nuestro poeta, hablando precisamente de Quevedo, lo explica: «Pero, si España ha olvidado con elegancia inmemorial su epopeya de conquista, América olvidó y le enseñaron a olvidar su conquista de España, la conquista de su herencia cultural. Pasaron las semanas, y los años endurecieron el hielo y cerraron las puertas del camino duro que nos unía a nuestra madre».

Neruda se propone ser un reparador del olvido. En el fondo porque sentía a España y a América Hispana como dos partes de un solo todo separadas por el tiempo, la distancia, el océano, por el prurito español de sentirse Europa, un poco África, pero América no, de ningún modo.

Estamos a cinco años del medio milenio del primer viaje de Colón. Hasta ahora se ha hablado del descubrimiento de América. Algunos latinoamericanos, entre ellos personalidades muy notables, políticos, historiadores, filósofos, están objetando la palabra descubrimiento. Prefieren usar el vocablo «encuentro»; encuentro de culturas, de continentes, de seres humanos que vivieron durante muchos miles de años ignorándose a la recíproca, en hemisferios del planeta que habían hecho una evolución separada y diferente. Otros consideran demasiado diplomático el vocablo encuentro. Con cierto dejo cáustico proponen el término «encontrón». Será un tema de examen para los próximos años.

Pero Neruda, que habló de «encontrón -(y de encontronazos entre conquistadores españoles e indígenas americanos están pobladas hasta los topes muchas páginas de su Canto General)- llegó a España para un reencuentro. Y advirtió de entrada una familiaridad de problemas que lo habían atormentado en su país. Trató de explicárselos y de expresarlos, pero sólo en España vio más diáfanamente las raíces de su angustia americana. Los convivió casi como un español más, en esos años de la guerra, no sólo a través de lo que estaba pasando, sino también de lo que había pasado antes. Mirando, observando, sintiendo, «sufriendo España», comprendió más profundamente los dramas de su propio pueblo. «Los mismos oscuros dolores que quise vanamente formular, y que tal vez se hicieron en mi extensión y geografía, confusión de origen, palpitación vital para nacer, los encontré detrás de España, plateada por los siglos, en lo íntimo de la estructura de Quevedo. Fue entonces mi padre mayor y mi visitador de España. Vi a través de su espectro la grave osamenta, la muerte física, tan arraigada a España. Este gran contemplador de osarios me mostraba lo sepulcral, abriéndose paso entre la materia muerta, con un desprecio imperecedero por lo falso, hasta en la muerte. Le estorbaba el aparato de lo mortal: iba en la muerte derecho a nuestra consumación, a lo que llamó con palabras únicas "la agricultura de la muerte". Pero cuanto le rodeaba, la necrología adorativa, la pompa y el sepulturero fueron sus repugnantes enemigos.»

Tripulante en la máquina del tiempo, del tiempo de Quevedo, Neruda está leyendo en la mano de España y en la mano de Chile el futuro. Un día España sería tierra para «la agricultura de la muerte». Y en los días finales de la vida del poeta «la agricultura de la muerte» removería con sus arado, vale decir con su espada, el cuerpo de Chile, para establecer la muerte física, lo sepulcral, aunque en nuestro país, como en Argentina, Uruguay, etc., en ese Cono Sur que de repente se puso tan trágico, no era tan fácil contemplar los osarios, porque los muertos no tenían derecho a sepultura, incorporados al enigma de los cementerios secretos. El mismo Neruda pidió en la hora de su muerte no «la necrología adorativa», la última pompa, sino que vagó de mausoleo en nicho, porque no era bien visto por los señores de los sepultureros.

Chile se ha transformado en un país de Quevedo. Allí no es sólo la vida la enfermedad que mata. Cada día la negación de la vida se impone desde lo alto. El asesino no es el tiempo, sino el fascismo. Condenan a morir a los que recién nacen, convierten en hogueras a la juventud, vuelven la muerte imprevista parte casi natural de la existencia. La doctrina quevedesca de la muerte Pinochet la lleva más lejos. Y si el español no fue para nuestro poeta una lectura sino la vida misma, tanto la pintura de Quevedo como la adivinación nerudiana se vieron sobrepasadas en nuestra propia patria por la técnica del aniquilamiento, llevada a extremos y primores de ejecución nunca antes conocidos en nuestra América.

Así Neruda, tal vez sin saberlo, vino a aprender a España algo sobre un nuevo capítulo de tragedias reservado a su patria.

Quevedo habla, como es natural, del destino de los españoles. García Lorca, encarnación de la gracia andaluza, no tenía nada de quevedesco; sin embargo, lo mataron como a un personaje de Quevedo. Su amigo Pablo no podía dejar de decirlo. «... Federico vio en Granada antes de morir una visión terrible, quevediana, del infierno.»

También le resulta quevediano, sobre todo por su fin, un gran poeta de Castilla, don Antonio Machado, haciendo la peregrinación de España derrotada, hacia los Pirineos, en medio de la muchedumbre fugitiva, junto a su madre y a sus dos hermanos. El muere al otro lado de la frontera, en Francia, pero sus ojos hasta el último instante estaban fijos en la tierra que había dejado. Aquí cabía un verso de Quevedo: «Miré los muros de la patria mía...». Esos muros eran tan altos y tan gruesos que parecían una cárcel. Eran su propia tumba.

Muerte quevediana tuvo también Miguel Hernández, que traía a la ciudad «el canto de los ruiseñores levantinos, ... parte material de su sangre». Y que como Quevedo sufrió cárceles, hasta la muerte.

Quevediana en algún sentido fue asimismo la muerte de Neruda, aunque cada uno tiene su estilo de morir y en el caso de los poetas españoles, los mataron también con estilos diferentes.

Poco antes de morir, Federico García Lorca le contó que en sus giras por las aldeas, con el carro de «La Barraca», entró a una iglesia y comenzó con dificultad a deletrear los nombres escritos en las lápidas. Quedó sobrecogido cuando leyó: «Aquí yace don Francisco de Quevedo y Villegas, caballero de la Orden de Santiago, patrón de la villa de San Antonio Abad...». Federico decidió marcharse de inmediato. Tal vez era un presagio. Un presagio de la ejecución en Viznar. Neruda evocó el episodio intuyendo quizás oscuramente que un día su amigo Federico, inmolado junto a la «Puente de las Lágrimas», sería amontonado, junto a otros muertos de noche en una fosa estrecha sin nombre. Como Neruda -que nunca llegó a ser Caballero de la Orden de Santiago- sería velado en su casa de Santiago, salteada, robada e inundada, ha terminado, por ahora durmiendo en el nicho común, ya que le correspondía, por derecho propio, dormir incrustado en la pared de los caídos de septiembre.

El poeta, sin embargo, sabía que, aunque Quevedo durmiera en la iglesuca de un pueblo olvidado, aunque Federico no tuviera tumba reconocida y él mismo no pudiera descansar, como lo pidió mil veces, frente al mar, junto a su casa de Isla Negra, con todo, en última instancia no serán los representantes de la muerte quienes triunfen. «Pero yo os lo repito, al final de este viaje al corazón de Quevedo, porque fértil es la vida, imperecedera la poesía, inevitable la justicia y porque la tierra de España no es sólo tierra, sino pueblo, yo os digo a través de aquellas bocas que continúan cantando: "Su cuerpo dejarán, no su cuidado. / Serán cenizas, mas tendrá sentido. / Polvo serán, mas polvo enamorado".»

Los riesgos del olvido

El autor de Estravagario siente la negra fascinación de los humoristas trágicos y de los locos geniales de España. Neruda ve en Ramón Gómez de la Serna a un surrealista, con sus greguerías, con sus invenciones, porque él también era hombre de esa vertiente. Cuando invita al descubrimiento de su amigo Ramón, dice como disculpándose: «No sé por qué lo hago». Lo hacía -creemos- porque él también estaba interesado en el negocio del invento verbal, de administrar sus dosis de desarreglo, de expresar el goce oscuro del humor de horca que corresponde a países tan trágicos y tan alegres y tan descabellados como España y los de la América hispánica.

No es que Neruda disfrutara con el culto de la muerte. Como tuvo una infancia triste, una adolescencia melancólica y una juventud bastante famélica, fue un hombre que buscaba lo divertido, la buena mesa, el disfraz y los amigos magos. Entre otras cosas, por eso lo sedujo el gesto de bufón serio que tenía Ramón Gómez de la Sema. Más que por la payasada y la diablura le atraía porque veía en él otra dimensión de España, «país de descubridores perdidos, de inventores ignorados».

Además, se trata de una península fronteriza con muchos expatriados. Poblaron éstos la mayor parte de un continente y se repartieron por otros. Los empujó la aventura y la madre de la aventura, que muchas veces es el hambre. En otros casos los aventó la Inquisición, que expulsó por cientos de miles a moros y judíos. Pero también ese delirio de exiliar condujo a que por los finales del treinta de este siglo naciera la expresión «España Peregrina».

También están los autoexiliados como Picasso. Para él «Picasso es una raza, es una isla, un continente poblado por argonautas, caribes, toros y naranjas. Si en una isla nuestra se encontraran las capas sucesivas de Picasso, su monumental abstracción, su creación rupestre, sus joyas exactas, sus cuadros de felicidad y de terror, los arqueólogos asombrados buscarían los habitantes, las culturas que tanto hicieron acumulando fabulosos juegos y milagros».

Neruda nunca fue un autoexiliado, pero sí un exiliado. Y esto lo acercó mucho a los españoles que conocieron el ostracismo.

En castellano las palabras entierro y destierro están relacionadas. De los entierros, como se sabe, tal vez ninguno lo golpeó tanto como ese, tan informal, que le dieron a su amigo Federico. Se refirió muchas veces a él, a su vida, a su poesía, a su teatro y a su muerte. Poco después de ella, en 1937, pronunció una conferencia en París donde terminó diciendo: «Y perdonadme que de todos los dolores de España os recuerde sólo la vida y la muerte de un poeta. Es que nosotros no podremos nunca olvidar este crimen, ni perdonarlo. No lo olvidaremos ni lo perdonaremos nunca. Nunca». Como se ve, nuestro poeta no es ni perdonador ni olvidadizo. Tampoco pide venganza. Lo que quiere es justicia. Y eterna memoria.

Neruda cuando habla de Federico se disculpa porque tiene que escoger un solo nombre entre tantos que quedaron silenciosos.

Al proclamar ese nombre único que habla por todos los inmolados, evoca cómo recibió Buenos Aires a Federico García Lorca, donde él lo conoció, se hicieron tan amigos, donde «las grandes multitudes oían con emoción y llanto sus tragedias de inaudita opulencia verbal».

Neruda anota: «Una noche, en una aldea de Extremadura, sin poder dormirse, se levantó al aparecer el alba. Estaba todavía lleno de niebla el duro paisaje extremeño. Federico se sentó a mirar crecer el sol junto a algunas estatuas derribadas. Eran figuras de mármol del siglo XVIII y el lugar era la entrada de un señorío feudal, enteramente abandonado, como tantas posesiones de los grandes señores españoles. Miraba Federico los torsos destrozados, encendidos en blancura por el sol naciente, cuando un corderito extraviado de su rebaño comenzó a pastar junto a él. De pronto, cruzaron el camino cinco o siete cerdos negros que se tiraron sobre el cordero y en unos minutos, ante su espanto y su sorpresa, lo despedazaron y devoraron. Federico, presa de miedo indecible, inmovilizado de horror, miraba los cerdos negros matar y devorar al cordero entre las estatuas caídas, en aquel amanecer solitario. Cuando me lo contó de regreso a Madrid su voz temblaba todavía porque la tragedia de la muerte obsesionaba hasta el delirio su sensibilidad de niño. Ahora su muerte, su terrible muerte que nada nos hará olvidar, me trae el recuerdo de aquel amanecer sangriento. Tal vez a aquel gran poeta, dulce y profetice, la vida le ofreció por adelantado, y en símbolo terrible, la visión de su propia muerte».

La anécdota espeluznante de los cinco o siete cerdos negros que se precipitaron sobre el cordero representa con mortal exactitud el drama de los generales facciosos abalanzándose sobre un pueblo entonces tan pacífico, tan inerme, tan crédulo, tan inofensivo como un cordero, al cual los cerdos negros le declararon la guerra interna en nombre de Dios y de la Patria. ¿De qué Dios? Solo puede ser del dios de los cerdos negros. ¿De qué Patria? Sólo puede ser de la patria de los cerdos negros. Estos no se privaron del placer de morder a Neruda en su lecho de muerte. Se la adelantaron con el último suspiro hacia la eternidad del presidente Allende. El poeta vio repetidamente con sus ojos febriles y desesperados el fin del Presidente constitucional de Chile. Era la muerte de la democracia, de la libertad. Y también el anuncio de su propia muerte. No lo mataron como a Federico; pero su muerte fue una variación sobre el mismo tema ejecutada por los cerdos negros de Chile a los cuales Federico, al alba, en medio de la niebla del paisaje extremeño, junto a estatuas derribadas, vio matar y devorar al cordero.

Dos, tres, cien Federicos

Treinta y un años más tarde, en San Pablo, Neruda habló en la inauguración del monumento a la memoria de Federico García Lorca. Allí dijo: «Hay dos Federicos: el de la verdad y el de la leyenda. Y los dos son uno solo. Hay tres Federicos: el de la poesía, el de la vida y el de la muerte. Y los tres son un solo ser. Hay cien Federicos y cantan todos ellos. Hay Federicos por todo el mundo. La poesía, su vida y su muerte se han repartido por la tierra. Su canto y su sangre se multiplican en cada ser humano. Su breve vida crece y crece».

Hasta el día del levantamiento en África, Neruda no era un militante político. Federico García Lorca menos, aunque tenía una definición clara ante la sociedad. Tenía otro amigo poeta que no sabía nada de política, que nunca salía de su casa porque estaba enfermo desde hacía muchos años y al cual iba a ver una vez a la semana. Era curioso. El chileno Neruda le llevaba al español Vicente Aleixandre «la vida de Madrid», los viejos poetas que descubría en «las interminables librerías de Atocha, los viajes por los mercados de donde extraigo -decía- inmensas ramas de apio o trozos de queso manchego untados de aceite levantino». Al hombre que vive casi inmóvil él le cuenta sus andanzas y Aleixandre se entusiasma con las descripciones que Neruda le hace de sus aventuras por calles de toneleros y cordeleros. Luego leen juntos a Pedro de Espinoza y Soto de Rojas.

Pero Neruda tiene un maestro en política. Es «el poeta más apasionado de la poesía que me ha tocado conocer». Rafael Alberti.

Diez años más tarde, el chileno se dio un gusto en Santiago de Chile, un gustazo que no imaginó en los días madrileños: recibirlo en su casa. Allí hace una declaración apasionada y tal vez un poco excluyente. «Ningún pueblo en América sufrió las desventuras de España como nuestro pueblo, y nadie ha permanecido tan leal como nosotros a vuestra lucha y a vuestra esperanza.» La causa de España fue compartida a fondo por todos los pueblos de nuestra América con un ardor que sólo se dedica a lo más entrañable.

Muchos republicanos españoles se fueron a México, Argentina, a otros países de América Latina. Pero de los compañeros con los cuales Neruda compartió la vida literaria en España llegaron pocos a Chile. «Hubiera querido traerlos a todos -decía- y no he desistido de ello. Trataré de traerlos, de México, de Buenos Aires, de Santo Domingo, de España». Se lo decía a sus escasos amigos que habían llegado a Santiago, algunos de los cuales trabajaban con nosotros en la revista Qué Hubo, como Arturo Serrano Plaja y Vicente Salas Viú.

Encontró en muchos de los escritores españoles de su tiempo buenos hermanos: «Me habéis mostrado una amistad alegre y cuidada, y vuestro decoro intelectual me sorprendió al principio: yo llegaba de la vida cruda de mi país, del tormento. Desde que me acogisteis como vuestro, disteis tal seguridad a mi razón de ser, y a mi poesía, que pude pasar tranquilo a luchar en las filas del pueblo. Vuestra amistad y vuestra nobleza me ayudaron más que los tratados».

Era hombre agradecido y hospitalario, devolvedor generoso de la buena mano. Confiesa que le agradó desde un comienzo la palabra Winnipeg, un hermoso barco viejo, largamente bañado por todos los mares. Antes cargó sobre todo sacos, provisiones, metales. Pensó que debía ser ahora un buque que salvara hombres de la guerra que acababa de terminar y de la otra que venía. Lo llenó con dos mil españoles, que habían cruzado la frontera de Francia. El los recogió sobre las arenas, en apartados campamentos. Bajaban de la pisadera de los trenes rumbo al embarcadero. Las mujeres se juntaban con los maridos perdidos, los hijos con los padres. Y vino el momento de los adioses, de los llantos, de los abrazos. «Yo -rememora el poeta- decretaba el último sí o el último no. Pero yo soy más sí que no, de modo que siempre dije sí.» A última hora el gobierno de Chile desautorizó al Cónsul encargado de la inmigración española. ¿Qué hacer? Ya el barco estaba repleto hasta los mástiles. Fue la única vez en su vida que pensó dispararse un tiro. O tal vez debería partir y llegar con el barco desautorizado hasta el puerto de destino. El Chile popular se movió, hubo amenazas de crisis de gabinete, pero el Winnipeg, con dos mil republicanos, que pasaron del llanto al canto, levó anclas hacia un lejano puerto que un conquistador español del siglo XVI, exageradamente retórico, fundó y bautizó con toponimia poética: Valparaíso. Allí estuvimos todos esperándolo. Y el poeta no cabía en sí de orgullo. «Que la crítica borre toda mi poesía, si le parece. Pero este poema, que hoy recuerdo, no podrá borrarlo nadie», el poema del Winnipeg.

La poesía es un caballo y una bandera

En Madrid se le perdió un Caballo Verde, revista que al principio molestó mucho a Juan Ramón Jiménez. Le extravió la guerra precisamente un número dedicado al poeta uruguayo Herrera y Reissig, con colaboraciones, al parecer para siempre desaparecidas, de Ramón Gómez de la Serna, Vicente Aleixandre, Miguel Hernández y Federico. No sabemos si el misterio de la última entrega de Caballo Verde sigue errando como un fantasma galopante por la calle Viriato, donde entonces vivía Neruda; pero el hecho es que sus amigos españoles muertos en la guerra o en el exilio continuaron acompañándolo como presencias. Aunque mal heridas, las sentía fosforescentes e iluminadas.

Nunca olvidó al escultor de Toledo, al cual dedicó el cuarto volumen de su poema autobiográfico Memorial de Isla Negra, que tituló con el nombre de una escultura de Alberto Sánchez, El cazador de raíces. A veces fui con el poeta a visitarlo en Moscú. Admiraba su obra que era como su cuerpo, un cuerpo que, según su inofensivo estrabismo patriótico, tenía la longitud y la flacura de su largo Chile. Pero era el semblante huesudo del hidalgo manchego. Su rostro enjuto era natural de Castilla, había sido en su mocedad panadero. Y Picasso hizo notar que alargaba las masas y les daba un ritmo de vuelo de pájaros y carreras de animales. Cuando pasó de la panadería a la escultura, prosiguió la talla, esta vez sin harina, con piedra, pedazos de hierro, materiales duros. Dejaba intrigado y pasmado con el «Pájaro de mi invención». Cuando le llegó la hora del exilio, colaboró en la Unión Soviética, con el director Kosintzev, a la puesta en escena del film Don Quijote. Quien canta las canciones de la época es el antiguo panadero, el escultor, Alonso Quijano, Alberto Quijote. En febrero del 64, cuando supo que su amigo había partido, Neruda opinó que sus obras «permanecerán en la historia de la cultura como monumentos erguidos por una vida que se consumió buscando la expresión más alta y más verdadera de nuestro tiempo». No hace mucho fuimos a ver algunas de ellas expuestas en el Museo de Arte Moderno de la ciudad de Toledo, porque a España han regresado Clara Sancha, su mujer, Alcaen, su hijo, y algunos de sus trabajos, entre otros el «Pájaro de mi invención».

En Geografía infructuosa Neruda se hace preguntas alusivas. Son interrogaciones a propósito. ¡Dejó de ver cosas y gentes! ¿Por qué? Dejó la Calle de la Luna y la Taberna de Pascual. Miguel y Federico se hicieron invisibles. Pero ¿Por qué no ve a Caballero «pintor terrestre y celestial, / con una mano en la tristeza / y la otra mano en la luz»? A ese lo vio, más bien dicho lo vio hasta que el mismo Neruda se hizo invisible, como ya tampoco puede ver lo que amaba y seguía amando, las calles, las tierras de España y la Plaza Mayor, porque los separaba una rosa blanca ensangrentada.

Ahora ha llegado la época de la devolución de mano. Neruda no alcanzó a ver España sin Franco, y murió con la desdicha de dejar a Chile en las garras de Pinochet. Necesitamos -lo decimos sin rubor a los poetas españoles- que hagan por Chile lo que Neruda, con inmenso amor, quiso hacer por España. Sabemos que lo están haciendo, desde el primer momento. Un día de septiembre de 1973 vi en Roma a Rafael Alberti partiendo en coche hacia Florencia para hablar esa tarde por Chile en la capital del Renacimiento. Porque lo que requerimos son renacimientos de la libertad, de la democracia, de la poesía.

Cuando se habla de un poeta, como él decía, se habla de todo un pueblo. También en Chile los hijos de Neruda, no sólo los poetas, sino el pueblo «están despiertos para que la palabra no muera». Abren la puerta terrestre hacia la intemperie.

Emergiendo de las tinieblas, conteniendo las lágrimas, surge un movimiento que rompe todos los silencios. Viejos y jóvenes, ellas y ellos, llevan al poeta como bandera. Los niños que no conocieron a Neruda y que hoy ya son hombres, criados en los años del miedo para que fueran silenciosos perpetuos, salen a la calle blandiendo la esperanza y la insurrección.

Regularmente van en son de batalla y peregrinación al patio México del Cementerio General, para vocear versos suyos como santo y seña. Junto al muro de los caídos de septiembre, junto a la pobre lápida que dice con letras ya golpeadas por la lluvia, simplemente: Pablo Neruda, 1904-1973.

Algún poeta del siglo XXI, como Federico en la nave de la iglesia del pueblo, leerá mañana esta inscripción con el mismo sobrecogimiento con que aquél deletreó el nombre de Francisco de Quevedo. Sólo que entonces esperamos que ya la noche de Chile se haya disipado mucho tiempo atrás. Y no sea la «agricultura de la muerte» la que reine, sino la vida que necesita cantos.


Neruda en España: «La calle destruida»
Pedro Gutiérrez Revuelta

Pedro Gutiérrez Revuelta es español. Profesor en el Departamento de Lenguas Hispánicas de la Universidad de Houston (Houston, Texas, Estados Unidos). Ha estudiado extensamente la presencia de España en la obra de Neruda.

Si en la Tercera Residencia los lectores te encontrarán tal como te forjaste y te quisiste, tal como sigues siendo al término de tanto fabuloso libro, yo te digo y les digo que los poemas de las primeras Residencias contienen toda tu poesía futura y te contienen, lo creas o no, en tanto poeta revolucionario (Cortázar, 1973, 23).

Introducción

La mayoría de los poemas de Residencia en la tierra pueden ser fechados sin mucha dificultad. O para ser más exactos: sabemos, por ejemplo, que el poema que abre Residencia 1, «Galope muerto» (1), como también «Serenata», «Madrigal escrito en invierno», «Fantasma»... fueron escritos y publicados en Santiago entre 1925-1927 antes de salir para Rangún. Así como sabemos qué poemas de Residencia 1 fueron escritos durante sus años «en el infierno» (1927-1932) (2); o qué poemas de Residencia 2 fueron escritos en Chile, en Argentina o en España (1932-1935). Pero existe un poema de Residencia 2, «La calle destruida» (Neruda, 1935), que todavía no se ha podido datar con exactitud (3). El interés de su fecha no es debido a un prurito de precisión anecdótica, sino interpretativa. Este trabajo propone un lugar y una fecha de escritura: España, invierno 1934-35; un contexto referencial: revolución de octubre de 1934; y una lectura: «La calle destruida» no presenta simplemente «el espectáculo de desintegración universal» (Alonso, 30) producto de los efectos corrosivos del tiempo, sino también la percepción de otra muerte. Una muerte en retroceso: «sabor mortal a retroceso». De cuyos efectos fue testigo Neruda a los pocos meses de su llegada a España (1934). Fuerza mortal representada en el poema por una «lengua de polvo podrido». No hay que esperar a España en el Corazón para encontrar en la poesía de Neruda el tiempo como fuerza organizada. En este caso concreto es la representación de un tiempo que organizadamente lucha contra la vida. Paradójicamente es un tiempo que mata deteniendo el tiempo. Las siguientes páginas proponen una adjetivación de esa muerte.

La politización de los poetas

Haciendo una acertada generalización Stephen Spender señaló que the thirties fue la década en que los jóvenes escritores empezaron a «meterse» en política. Spender, en una compleja estructura lingüística, da su explicación:

La actitud de la joven generación de los treinta en relación con esto se puede resumir en la siguiente frase: «¿Cómo puede ser que hayas estado tan equivocado?» Ampliándolo, esto debe interpretarse así: «¿Cómo puedes haber sostenido siquiera por un instante que los comunistas tenían en algo la razón?» La respuesta a esto es, por supuesto, bastante simple. Sea que estuviéramos equivocados o no, lo cierto es que nos enfrentábamos a la elección entre comunismo y fascismo, esto es, entre un sistema autoritario como el de Stalin, de cuyo carácter opresivo sabíamos menos entonces que hoy día -un sistema que tenía una filosofía y una economía que sigue siendo una alternativa a lo que nosotros llamamos democracia- y otro sistema, el de Hitler, abiertamente brutal, oscurantista, malvado y apoyado en premisas que eran filosóficamente absurdas, y cuya economía era simplemente la guerra (15). *

Las tendencias «comunistoides» de los escritores españoles empezaron también a comienzos de los años treinta. «Con otros muchos de mi generación -comenta Sánchez Barbudo- yo empecé a interesarme por la política durante los últimos años de la Dictadura de Primo de Rivera, cuando las huelgas estudiantiles. En diciembre de 1930, me encontraba yo con otros muchos estudiantes, en la cárcel modelo de Madrid» (cito por Camón Soler. 227). Los «otros muchos» que señala Sánchez Barbudo eran los jóvenes intelectuales españoles que por un u otro motivo se encontraban al comienzo de los años treinta entre huelgas, manifestaciones, cárceles...

El nacimiento en España de movimientos profascistas como la Falange (1933); la victoria de las derechas en las elecciones de noviembre de ese mismo año y el compromiso político de muchos intelectuales europeos aceleró la politización de los jóvenes intelectuales españoles. Politización no exenta de crisis de identidad.

Neruda, al parecer, llegó a España en el «momento álgido» de la crisis de los escritores españoles (4). Comenta Gil-Albert:

Era el momento [1934] álgido de nuestra crisis; todos nosotros, escritores, pasamos, de un modo o de otro. por esa fase: horror al nacismo alemán, desprecio por el reaccionarismo español..., confianza si no ciega sí bastante embriagadora por Rusia (cito por Camón Soler, 70-71).

El elemento aglutinante o agitador para la mayoría de los escritores jóvenes españoles -según algunos de ellos han afirmado- fue Alberti. Comenta Serrano Plaja que en ciertos círculos literarios del Madrid de los treinta una noticia cayó como una bomba: «un poeta [Rafael Alberti] está en el frente que forma el partido comunista alemán»! (Montero passim).

Pero Alberti fue también elemento agitador entre los escritores latinoamericanos en España durante esos años. «Rafael [Alberti] fue uno de los primeros profesores de política que tuvo Neruda» (Teitelboim, 148).

Alberti, después de su viaje a Alemania y la URSS, funda en 1933 Octubre, órgano de expresión de los Escritores y Artistas Revolucionarios Españoles. Revista concebida según las líneas -consignas- establecidas en el Congreso Mundial de Amsterdam (5). Las siguientes palabras de Sánchez Barbudo nos introducen en el umbral de nuestro tema:

Como otros muchos de mi generación yo empecé a interesarme por la política durante los últimos años de la dictadura de Primo de Rivera. Mi ideología entonces era un vago republicanismo anticlerical y anarquistoide. Tras la consolidación del estalinismo y el éxito del primer plan quinquenal, Rusia empezó a parecer como el paraíso, la ola del futuro... Los intelectuales, sobre todo, en todas partes, se sentían atraídos hacia el comunismo, y yo también. Un elemento catalizador importante, fue el regreso de Alberti a Madrid, hacia 1933. Su casa fue el centro principal de donde partían las iniciativas. Pronto se fundó la revista Octubre. Bajo esa influencia se radicalizaron muchos por aquellos días, entre ellos Neruda y (aunque pasajeramente sólo) Luis Cernuda. Yo visitaba sobre todo la casa de Neruda. Convivía y simpatizaba con muchos atraídos y entregados, con mayor o menor dedicación, al comunismo» (cito por Camón Soler, 227).

La revolución de octubre de 1934 y la represión posterior fue la experiencia más honda y dramática y el factor desencadenante de la radicalización de la mayoría de los jóvenes escritores. «Fue necesario -comenta Manuel Altolaguirre- que llegara el año de la sangrienta represión de Asturias, para que todos, todos los poetas, sintiéramos como un imperioso deber adoptar nuestra obra, nuestras vidas, al movimiento liberador de España» (6) (6). Surge así una eclosión de poemas dedicados a la revolución de Asturias: el libro de Raúl González Tuñón La rosa blindada (Homenaje a la insurrección de Asturias); el de Emilio Prados Llanto de Octubre (7); el de Pascual Pla Beltrán Voz de la tierra (Poema en rebelión). Los jóvenes poetas también cantan a los héroes de la revolución. Sobre la heroína asturiana Aída Lafuente o la Libertaria (como la llamara Alberti) escriben el propio Alberti, Serrano Plaja, Pla Beltrán, González Tuñón... «En los versos de los poetas de aquellas fechas [1934] aparecen ya los Lina Odena, Coll, Ramón Collar, Pedro Rojas que inmortalizará Vallejo» (Fuentes, 159).

¿Y Neruda? ¿Testigo indiferente a los acontecimientos sangrientos que conmovieron a «todos, todos los poetas»?

Sobre el mundo llameaban nubes de tempestad; ¡los fascistas quemaban libros en Berlín y fusilaban a los mineros asturianos! Pablo Neruda no fue un espectador indiferente de esta tragedia (Ehrenburg, 16) (8).

Como tampoco lo había sido durante los años veinte a los sucesos de su país. Lo mismo que los escritores españoles Neruda también andaba durante sus años en Santiago (1921-1925) entre protestas y manifestaciones en apoyo de las reivindicaciones populares: «éramos apaleados -dice Neruda- por la policía en las calles de Santiago. A la capital llegaban miles de obreros cesantes del salitre y el cobre. Las manifestaciones y la represión consiguiente teñían trágicamente la vida nacional» (cito por Sola, 23). Existe también como prueba una declaración contra el golpe militar en Chile del 4 de septiembre de 1924 firmada por Neruda, Juan Gandulfo, Eugenio González y otros estudiantes:

Para nosotros, no está reducido el problema a determinar en qué gobierno existe mayor o menor tiranía, sino en establecer que todo gobierno, sea el que fuere, civil, obrero o militar, es tiránico y opresor por el hecho solo de ser gobierno. .. no vemos tanto un atentado contra los postulados republicanos, cuanto una campaña enderezada en bien del capitalismo y del robustecimiento del Estado (cito por Concha, 1972, 232).

En una carta de 1933 al escritor argentino Eandi el propio Neruda le confesaba: «Yo fui anarquista hace años, redactor del periódico síndico-anarquista Claridad, en donde publiqué mis ideas y mis cosas por primera vez» (cito por Pring-Mill, XIX) (9). La ideología anarquista del Neruda recién llegado a España llamará la atención a los escritores españoles ya iniciados en los estudios del marxismo. Las siguientes palabras del escritor español Serrano Plaja nos dan ejemplo de ello: «Con [Neruda], la relación fue más compleja. Si por un lado, su Residencia en la tierra me dejó literalmente deslumbrado, por otra parte, en términos políticos, sus actitudes me parecían... anarquistoides» (cito por Camón Soler, 234). Las tertulias, los amigos (algunos ya militantes comunistas), la ebullición social, política y artística en el Madrid de aquellos años determinaron la dirección política de Neruda. Sus «actitudes anarquistoides», como las definiera Serrano Plaja, se encaminan hacia el marxismo: «aunque el carnet militante lo recibí mucho más tarde en Chile, cuando ingresé oficialmente al partido, creo haberme definido ante mí mismo como comunista durante la guerra de España. Muchas cosas contribuyeron a mi profunda convicción» (Neruda, 1980, 156). (10)

Quizás las raíces de algunas de las «muchas cosas» que contribuyeron a la profunda convicción de Neruda habría que buscarlas en los sangrientos sucesos de octubre de 1934. El fascismo español pone entonces en prueba el poder destructivo de sus máquinas de guerra: el Palacio de la Generalidad y la Catedral de Oviedo bombardeados, bombas en las calles de Madrid, en Bilbao, en Sevilla... Saldo: 10.000 muertos y ajusticiamientos posteriores. Tomemos por curiosidad las descripciones de dos testigos. La primera es de uno de los miembros que visitaba la casa de Alberti y la de Neruda y que también había empezado a radicalizarse -aunque pasajeramente, según palabras de Sánchez Barbudo- durante esos años. Escribe Luis Cernuda en su diario:

Madrid, 5 octubre:

Huelga general... Ni metro, ni tranvías, ni taxis; algunos coches mal conducidos. .. calles apenas alumbradas; gente escasa, motos con guardias carabina empuñada.

Huelga, huelga. Pocas veces he tenido un disgusto, una preocupación colectiva como anoche. Qué asco, qué vergüenza que haya podido formarse semejante engendro de gobierno.

12 de octubre:

Hoy he paseado por Madrid. La revolución, que no llegó a serlo, está acabada. Ya pueden contar cuentos quienes quieran; esto terminó. Ahora, a enterrar los muertos, sin que se ponga en evidencia que los hubo y cuántos fueron y por qué murieron. Las gentes acuden con fervor a cines y teatros; los cafés y tranvías corren igual que antes. Sólo hay esos muertos desconocidos entre los días pasados y éstos. Y nadie parece darse cuenta que faltan en medio de nosotros (Cernuda, 1.414-15-16).

El otro testimonio es del chileno Augusto d'Halmar, que se encontraba viviendo también en Madrid por esos años:

Madrid ayer y hoy [14 de octubre] vagaba por las calles y divagaba por sus pensamientos, con la vieja sensación de hallarse en vísperas de algo que ya no podía ser socialismo parlamentario, ni deberá ser pacífica democracia, ni nada de lo que pudo ser y no fue» (61). (11)

El 14 de octubre el diario madrileño El Sol hace un resumen del panorama de Madrid: Madrid paralizado, ni autobuses ni tranvías (sólo los conducidos por la fuerza pública y acompañada de parejas de la guardia civil carabina en mano), «sin pan ni paz», escombros, muertes, detenciones... (12). El domingo 14 de octubre la revolución ha sido sofocada y se ha traducido en desengaño y fracaso.

«La calle destruida»: Ecos de una revolución silenciada

En este contexto surge el poema «La calle destruida». La destrucción constante de las cosas no está simplemente causada por los efectos destructores del tiempo. En el horizonte de Neruda empiezan a perfilarse históricamente los agentes del tiempo. Para profundizar en este tema hay que indagar en las semejanzas (y diferencias) entre «La calle destruida» de Residencia 2 y «Canto sobre unas ruinas» de España en el Corazón .

La crítica (Meléndez, 1940; Alonso, 1951; Sicard, 1981) ha venido señalando en el poema de Neruda «Canto sobre unas ruinas» resonancias del conocido poema de Rodrigo Caro «A las ruinas de Itálica». Pero ha pasado por alto que el título del poema «La calle destruida» proviene también del poema de Caro. Dice éste en la cuarta estrofa:

Fabio, si tú no lloras, por atento
la vista en luengas calles destruidas,
mira mármoles y años destrozados (300, subrayado nuestro).

Entendemos así que las primeras ruinas que le hicieran a Neruda recordar las palabras de Caro no fueron durante la guerra civil. Una calle destruida durante la revolución de octubre le había producido un sentimiento semejante de destrucción, de desmoronamiento material, de pulverización de las cosas que luego se repetirá en «Canto sobre unas ruinas». Una de las semejanzas entre los dos poemas ya fue mencionada agudamente por Concha Meléndez en 1940: Los versos de «Canto sobre unas ruinas»,

El polvo se congrega,
la goma, el lodo, los objetos crecen (32),

representaban para Meléndez «el desmoronamiento material, el trabajo de "molino invisible" descrito ya en poemas como "El desenterrado" y "La calle destruida" (Meléndez, s. pág.)» (13). La aparición y meditación en «Canto sobre unas ruinas» de la pulverización de las cosas arrastran el mismo sentimiento de destrucción y pesimismo que encontrábamos en Residencia en la tierra. Es significativa la predilección que han sentido los críticos por este canto de Neruda. Alonso abiertamente se declara en su favor: «la mejor flor de esta nueva poesía política» (Alonso, 326); y Concha Meléndez recurre a él como eslabón necesario entre la nueva poesía de Neruda y Residencia en la tierra: «"Canto sobre unas ruinas" serviría de eslabón firme entre aquellos volúmenes [Residencia en la tierra 1 y 2] y éste [España en el Corazón ]». Tanto Meléndez como Alonso querían esencialmente establecer lo que ahora se presenta como evidente -quizás no tanto entonces: que a pesar del cambio (14) producido en su poesía (y en su vida) a raíz de la guerra civil española Neruda seguía en España en el Corazón los mismos procedimientos que usara en Residencia en la tierra. (15)

La madera de España en el Corazón ya se percata como tiempo fecundo: tiempo social, tiempo de trabajo. La fuerza que destruye la madera en «Canto sobre unas ruinas»,

ved cómo
la madera se destroza
hasta llegar al luto: no hay raíces
para el hombre: todo descansa apenas
sobre un temblor de lluvia (33),

es una fuerza a su vez aniquiladora de la materia (16). De nuevo hace su aparición en la poesía de Neruda el tiempo acuático -«fantasmal» (Sicard, 121), «visión fantasmagórica» (Concha, 1985, 111, nota 7)- de «El fantasma del buque de carga» y de «El sur del océano». La fuerza que ha destrozado la madera ha desmaterializado también el tiempo: «un temblor de lluvia». Esta desmaterialización del tiempo fecundo -entendida como regresión- es lo que ha llamado la atención de los críticos y en donde encuentran semejantes planteamientos poéticos y vitales entre España en el Corazón y Residencia en la tierra.

Pero Sicard establece una importante diferencia entre «Canto sobre unas ruinas» y la muerte residenciaría. Retoma Sicard el mismo poema, «Canto. ..», en su acertada «meditación poética sobre la historia» (259). En oposición directa al tiempo vivo -la madera- surge una fuerza destructiva. Según palabras de Sicard una fuerza «estéril porque es la expresión definitiva de fuerzas sociales esterilizadoras»: la muerte fascista (263). Contra la fuerza organizadamente destructora y estéril que aniquila la fecunda y dialéctica fusión entre vida y muerte se opone en «Canto sobre unas ruinas» otra fuerza organizada, colectiva y humanamente popular.

Aunque todavía en «La calle destruida» no hay una fuerza determinada que se le oponga a la muerte -existe un «tal vez»- sí existe un reconocimiento de la fuerza esterilizadora y mortal: «una lengua de polvo podrido». A Miguel Hernández le llamará la atención esta imagen. Cano Ballesta señaló cómo el cambio ideológico de Hernández se produce una vez instalado en Madrid y ocurrida la revolución de Asturias (164-64) y comenta que al poco de conocer a Neruda, Hernández comenzó a escribir «poemas nerudianos» (152) (17). El poema de Hernández «Vecino de la muerte» -que significativamente incluyó Neruda en el primer número de su revista Caballo verde- es un meditar nerudiano sobre la destrucción material de las cosas (18). Pero con referencias históricas más concretas:

¿Qué queda en este campo secuestrado,
en estas minas de carbón y plomo,
de tantos encerrados por riguroso orden? (242).

En el poema de Hernández la muerte se acerca:

con un collar de cencerros castrados en la lengua (244).

Identificándose también la muerte con el polvo:

Y es que el polvo no es tierra (243).

Verso que conlleva claras referencias anticlericales ante la negación del estigma eclesiástico: «Polvo eres...». Miguel Hernández no pasó por alto la fuerza de esta imagen: «una lengua de polvo» destruyendo las cosas. Que nos reafirma la existencia de ramificaciones contextúales de «La calle destruida» con los sucesos de Asturias.

El poema de Neruda nos introduce en una calle que ha sido atacada en lo más significativo y visceral de su existencia: las alcobas (19). Nace así la enumeración de las cosas: trapos, papeles, objetos personales, la intimidad de la vida compartida en una casa. Pero la calle ha sido también atacada repetidamente -tres veces- en la víscera de su función social:

cines, almacenes, tranvías. Lugares de aglomeración, de movimiento, de vitalidad humana. Es una calle anónima. Pero no es una calle cualquiera. Es una clase determinada de calle porque la muerte se detiene principalmente sobre las poblaciones populares:

Sobre las poblaciones
una lengua de polvo podrido se adelanta
rompiendo...
... un sabor mortal
a retroceso y humedad y herida. (20)

El tiempo tiene ahora un efecto retroactivo. No mata el paso del tiempo, sino un tiempo en retroceso, impidiendo la evolución natural. Hay una fuerza que contradictoriamente mata deteniendo el tiempo. La ejecución del porvenir está determinada por el tiempo asesino:

los tomates asesinados implacablemente,
el paso de los caballos de un triste regimiento.

Las «lanzas de los geranios» -¿anuncio de la casa de las flores?-, un regimiento de caballería, los «tomates asesinados» (21) que reflejan los restos recientes de una revolución.

La última estrofa del poema es un conjunto de exclamaciones frente a la muerte de hombres y cosas -«rosas rotas», «guitarras azules»-, a las que se ¡es ha negado el derecho a ser como se habían forjado:

Ola de rosas rotas y agujeros! Futuro
de la vena olorosa! Objetos sin piedad!
Nadie circule! Nadie abra los brazos
dentro del agua ciega!

Oh movimiento, oh nombre malherido,
oh cucharada de viento confuso
y color azotado! Oh herida en donde caen
hasta morir las guitarras azules!

No son solamente exclamaciones producidas por el dolor de la herida al contemplar la desintegración universal. Son exclamaciones entre ecos de órdenes militares negando el movimiento, los quehaceres diarios en las calles de las ciudades. Movimiento visto como amenazante por los que imponen el retroceso destructivo al movimiento creador. Orden que se impone como trágico final a una revolución sangrientamente reprimida. Premonitoria, a su vez, de sucesos también trágicos: calles, hombres, mujeres, niños destruidos por «una lengua de polvo podrido».

Qué queda
[se preguntaba M. Hernández]
... de tantos encerrados por riguroso orden

Obras Citadas

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Camón Soler, Manuel. Pensamiento literario y compromiso antifascista de la inteligencia española republicana. Barcelona: Laia, 1978.

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Neruda. Huidobro

Luis Enrique Délano

Luis Enrique Délano (1907-1985) escritor y periodista, autor de Las veladas del exilio, Viento del rencor, La Base, Puerto de fuego (novelas). Sobre todo Madrid (crónicas) y muchos otros títulos. De sus memorias, inéditas todavía, extractamos el capítulo presente.

En 1925 publiqué el primer poema en Santiago. Versos míos habían aparecido en Thermidor, Floreal y Abanico, una revista que fundamos en Quillota y que aparecía cuando podía. También en un diario de la tarde de Valparaíso, La Estrella. Pero publicar en Santiago, para los provincianos venía a ser como una especie de consagración. La revista Zig Zag había abierto, por iniciativa de Ángel Cruchaga Santa María, una especie de concurso permanente. Cada semana se publicaba un poema y su autor recibía como premio una pluma-fuente, que entonces era un artefacto de cierta categoría, no al alcance de cualquiera. Mandé el poema y dos o tres semanas estuve esperando que se publicara. El día que llegaba Zig Zag a Quillota conseguía con un suplementero amigo que me dejara echarle una ojeada. ¡Con qué ansiedad volvía las hojas! Cuando el poema salió publicado, compré dos ejemplares de la revista y corrí a mostrarla a mis amigos. La pluma-fuente me llegó por correo. Mientras escribo estas líneas le he dado una mirada a ese poema, que aún conservo y que se llama «En la tarde de otoño». No está mal pero es nerudiano del primero al último verso. Era la avasalladora influencia de los Veinte poemas de amor, que por lo demás no se proyectaba sólo sobre mí sino sobre casi todos los poetas jóvenes, incluso en algunos que habían publicado libros y eran más o menos conocidos. Debe haber sido un par de años más tarde cuando se publicaron dos o tres poemas de amor, quizás los únicos que escribió, de Manuel Eduardo Hübner. La influencia era tan notoria que recuerdo que le dije a Pablo: «Son iguales a los suyos». Sonrió con picardía y me respondió: «Sí, pero son mejores que los míos». Gerardo Seguel, que como Pablo Neruda había venido de Temuco, donde su padre era un carpintero de religión protestante (de ahí le venía a Gerardo su repudio por el alcohol, que le duró varios años), había publicado un primer libro muy nerudiano, Hombre de otoño, y el segundo lo tituló Dos campanarios a la orilla del cielo, un verso de Pablo, que luego éste cambió por «un campanario en las manos de un loco».

En Quillota yo conocía a un maestro primario que luego se transformó en el autor de tres novelas maestras, Carlos Sepúlveda Leyton, y él me aconsejó que mandara poemas al periódico Nuevos Rumbos, que publicaba la Asociación de Profesores, bajo la dirección de César Godoy Urrutia, un impetuoso dirigente del magisterio por cuyas batallas en favor de los niños y el profesorado yo sentía gran admiración.

-Los encargados de la página literaria son Salvador Fuentes Vega y Humberto Díaz Casanueva -me dijo.

¡Díaz Casanueva! Bueno, su nombre sonaba ya bastante como el de un original poeta joven. Lo recordé en los días del Liceo de Aplicación, unos siete y ocho años antes, donde habíamos sido compañeros en la preparatoria. Un muchacho alto, de frente ancha y prominente y de piernas flacas, que escribía ya poemas en una libretita de las que repartía como propaganda el agua mineral Jahuel, de propiedad del señor Carlos Délano, que debe haber sido pariente lejano mío. Alguna vez Humberto, que era bastante reservado, me dejó leer algunas de sus poesías en la libreta. Se me ocurre que debemos haber sido los únicos alumnos de preparatoria con tendencias literarias (después entró Julio Barrenechea). Yo hice por esos días mi primer (o segundo) intento literario: una composición escolar sobre Chaplin, que le gustó o le divirtió tanto al profesor, señor Erazo, que me mandó a leerla a los alumnos de cursos paralelos y hasta superiores al mío. Yo llegaba muy ufano, leía el par de páginas que había escrito y salía entre aplausos que daba la cabrería, más por diversión que por otra cosa.

Fue, pues, a manos de mi viejo compañero que llegó ese poema. Me sentí muy feliz de verlo publicado en Nuevos Rumbos, que no era, como Zig Zag, una revista comercial sino un periódico sindical de combate, agresivo y revolucionario.

El año 1925 hice dos viajes a Santiago, uno a los funerales de Romeo Murga y el otro no sé con qué motivo. Lo que sí sé es que fue muy importante, porque se cumplió uno de mis deseos más fervorosos: conocer a Pablo Neruda. Mi hermana debe haberme visto muy agitado esa tarde que llegué a pedirle prestados dos pesos cincuenta. Horas antes me había encontrado con Gerardo Seguel, quien me dijo:

-¿Quieres comer esta noche con Neruda? Consíguete dos pesos cincuenta y te vas a las ocho al Jote.

El Jote era un restorán muy popular de la calle San Pablo. Cuando llegué, había una larga mesa ocupada por escritores y artistas. Allí vi por primera vez a Pablo Neruda y debo haberlo observado con mucha atención y además con la gratitud que se siente por quien es capaz de proporcionarnos tantos momentos de ensueño. Era muy alto y flaco, con cabellos oscuros. Las embestidas que la frente hacía en ellos indicaba que no iban a durar mucho. Sus ojos eran oscuros y penetrantes, bajo dos cejas gruesas que se juntaban en el nacimiento de la nariz prominente. Una mirada a ratos lejana, perdida. Es indudable que en la famosa fotografía que le hizo por esos días Sauré hay bastante idealización. Vestía un traje oscuro, el clásico sombrero alón y corbata negra larga y angosta. Esa noche no habló mucho. La conversación corría más bien a cargo de quienes lo rodeaban, una verdadera pléyade de poetas y artistas. Muchos ya lo imitaban y según un comentario de Alone, no sólo escribían sino que vestían, hablaban, caminaban y vivían como Neruda.

Muchas veces me he preguntado quiénes estaban ahí esa noche. He tratado de reconstruir la mesa donde se produjo para mí el milagro de conocer no sólo a Pablo sino a la plana mayor de la joven poesía de 1925. Veamos: estaba desde luego, Tomás Lago, pálido, con ese aire un poco desdeñoso, falsamente desdeñoso cuando uno llegaba a conocerlo bien. Estaban Gerardo Seguel, Humberto Díaz Casanueva y Rosamel del Valle, que formaban una especie de dúo poético, como dos eslabones de una misteriosa cadena de poesía. Rosamel publicaba por esos días la revista Ariel. Me acuerdo también de los hermanos Arce, Hornero y Fenelón, quien fue muy amigo mío; murió joven, sin llegar a publicar un libro de vanguardia que había escrito, Tita Juan y sus películas. Juan Florit, con sus grandes ojos claros. Otro poeta que andando los años desapareció, al menos públicamente, como tal: Moraga Bustamante. ¿Tal vez Diego Muñoz? Conocí también esa noche a Georges Sauré, que era un hombre muy simpático y lleno de iniciativas. Fue el creador de la fotografía artística en Chile, el introductor del cubismo, el iniciador del «vitrinismo» cuando empezó a darles un aire sofisticado a las vitrinas de la compañía de electricidad, etc. Un poeta joven, Eric Gouzi, que parece que no siguió escribiendo; el dibujante chillanejo Ricci Sánchez, Orlando Oyarzún... Y hasta ahí alcanzan mis recuerdos de esa noche memorable.

Repito que Pablo no habló mucho. Después de comernos el menú de dos pesos cincuenta, incluido el vino, Neruda nos invitó a ver una película al teatro Esmeralda, en San Diego con Avenida Matta, al lado de un cabaret que se llamaba El Gato Negro o algo por el estilo. Mientras iba toda la pandilla en el tranvía Matadero, que arrastraba por la calle Bandera y luego por San Diego su espeso ruido de ferretería, me preguntaba yo de dónde iba a sacar Pablo dinero para pagar tantas entradas. Nada de eso. Era amigo del administrador y a una señal de éste, el portero se hizo a un lado y entramos catorce personas a la platea de una sala no muy llena. Estaban dando una de esas horrendas películas bíblicas de Cecil B. de Mille.

* * *

Si bien Neruda era el poeta que más entusiasmo despertaba, no por eso la gente de mi tiempo dejaba de admirar a otros, chilenos y extranjeros. Conocíamos en traducciones y ediciones extranjeras poemas de Apollinaire y de Reverdy; de Borges, Girondo y Molinari; de Vallejo, Hidalgo, Peralta y otros peruanos; de los estridentistas mexicanos Manuel Maples Arce, Germán Lizt Arzubide y Arqueles Vela. Circulaban libros como Literaturas europeas de vanguardia, de Guillermo de Torre y La deshumanización del arte, de Ortega y Gasset y a veces algún número de la Revista de Occidente, de Amauta o de Horizonte, que los estridentistas publicaban en la ciudad de Jalapa, capital del Estado de Veracruz.

¿Y Huidobro? Claro que lo admirábamos mucho, pero la leyenda, el aura que lo rodeaba, era la de un poeta francés. Pasaba largas temporadas en París, donde se hacía llamar Vincent Huidobro y donde había publicado una media docena de libros de poemas en francés, Tout á coup, Autónomo regulier, Hallali, Horizon carré, etc. En las revistas chilenas se le incluía, naturalmente, pero más bien como a un huésped elegante y gentil.

Sin embargo, un día decidió instalarse en Santiago y dedicarse no sólo a la literatura sino a la política. La primera vez que lo vi fue en una velada literaria en la Asociación de Profesores, en el viejo local de la calle Rozas, donde supongo que Díaz Casanueva y otros maestros escritores lo habían invitado a dar una conferencia sobre el creacionismo. Era el poeta un hombre de color mate, con esa palidez de los aristócratas cuya sangre nunca se ha mezclado con la del pueblo; peinado al medio y vestido con elegancia. Tenía ojos de extraordinaria viveza y grandes, aunque no tanto como en el dibujo que le hizo Picasso, que le puso pestañas de estrella de cine. Se expresaba muy bien sobre su materia. A ratos traducía algunos trozos de un libro suyo sobre el creacionismo y solía olvidársele una que otra palabra en castellano.

-Levier, levier... ¿Cómo se dice en español? -le preguntaba a Pablo Neruda, que estaba sentado en la primera fila.

-Palanca.

-Eso es, palanca... -Y proseguía la disertación.

La actividad política que empezó a desarrollar Huidobro se realizaba a través de un periódico que él financiaba y que, si no me equivoco, se llamaba La Epoca y del cual era jefe de redacción Ángel Cruchaga. La Epoca revolvió bastante el aletargado acontecer político, por la forma en que enfocaba ciertos problemas del país y la agresividad con que atacaba a gentes del gobierno, parlamentarios, oligarcas, financistas. Muchos no le creyeron, pensaron que era una nueva forma que Huidobro acababa de descubrir para llamar la atención. Resultaba extraña esa posición en una persona que provenía de una de las familias más acaudaladas y aristocráticas de Chile. Pero a los jóvenes nos entusiasmó el valor que encerraba esa acción y cuando una noche alguien lo golpeó con un laque, protestamos en los tonos más airados. Hubo quienes sostuvieron que el atentado no era sino otro truco de Huidobro para que se hablara de él. Y recordaron al respecto que años antes, con motivo de la publicación de un folleto anti inglés, Finis Brítannia, en París, Huidobro había sido acusado de fingir un secuestro por parte de dos scouts irlandeses.

Pero el caso es que la campaña política «sanitaria» del poeta siguió adelante y un día tuvimos la sorpresa de saber que se presentaba como candidato independiente a la Presidencia de la República, cosa que por efectos de la confusión política que yo tenía en la cabeza, me pareció maravillosa. Huidobro tenía en un pueblo vecino de Quillota un admirador apasionado en la persona de un farmacéutico de apellido Pizarro, hermano mayor del Mono Pizarro, mi compañero del liceo.

-Usted no tiene idea de su talento -me dijo.

-Bueno, soy gran admirador de su poesía.

-Yo también. Pero eso no es todo... Hay que conocer su voluntad, su audacia. Si Huidobro me dijera «Vamos a tomamos la Moneda», créame que yo no vacilaría un instante, agarraría un arma y me iría con él.

Aunque yo no tenía derecho a voto, no me alcanzaba la edad, me plegué a la candidatura porque me parecía estupendo e insólito que un poeta se decidiera a hacer algo así. El farmacéutico debe haber pagado la impresión de centenares de volantes llamando al pueblo a votar por Vicente Huidobro, el hombre valiente, capaz de decir al pan pan y al vino vino, afrontando la muerte por la verdad. Volantes que el Mono Pizarro -que tenía una cabrita, un vehículo pequeño de dos ruedas, tirado por un caballo- y yo pegábamos en las paredes y repartíamos en Quillota y los pueblos vecinos.

Confieso que no he leído ninguna biografía de Vicente Huidobro y no sé por tanto si esta aventura política del autor de Altazor ha sido registrada. Pero es real, tan real que yo mismo fui un agente de la propaganda electoral huidobriana. Tan real como fue, después que se hizo desaparecer el Congreso Termal de Ibáñez, la candidatura independiente a diputado por Santiago de Pablo de Rokha, cuyos carteles de propaganda decían, bajo la fotografía del poeta: «Yo voy al Congreso a defender el orden, pero no el orden sino el orden».

Es casi innecesario decir que en un país como Chile, donde son los partidos los que rigen y manejan la política, Vicente Huidobro obtuvo escasísimos votos, que no habrían alcanzado ni para elegirlo regidor por la comuna más pequeña del país.


Notas:

* El texto original en inglés es el siguiente:

The attitude of a younger generation to that of the «30's can be summarized in a phrase:

"How can yor ever even have for one moment have thought that the communists could have been right about anything?"» The answer to this question is of course, rather simple. It is that rightly or wrongly there appeared to be in the Thirties' a choice been Communism and Fascism, between, that is, an authorian system of Stalin which although oppressive, far less was known about that is today, a system which had a philosophy and an economy which, even today still remain the alternative to what we call democracy-and another system, of Hitler, openly brutal, obscurantist, wicked, and supported by views which were philosophically absurd, and whose economy was simply war.

(La traducción al español es de responsabilidad de la redacción.)

1. «Galope muerto» apareció publicado por primera vez en la revista Claridad 133 (agosto, 1926). (Loyola, 1985, 132, nota 3.)

2. Loveluck define esos años de Neruda como: «su temporada infernal en el mundo colonizado de Asia» (219). Cortázar hace una generalización semejante: «tus primeras Residencias son en tu terreno de poeta esa bajada a los infiernos sin la cual jamás habrías retornado "a riverder le stelle"» (24).

3. A la consulta que le hiciera a Hernán Loyola sobre este poema me envía (XII-12-86) en manuscrito las Notas a «La calle destruida» y a «Estatuto del vino» para su edición de Residencia en la tierra (Madrid: Cátedra) que saldrá en breve. Leemos en las notas a «La calle destruida»: «No conozco anticipaciones de este poema, que presumo escrito en la Casa de las Flores, Madrid, a fines de enero o comienzos de febrero de 1935». Palabras que confirman nuestras sospechas.

4. Neruda llegó a España por primera vez en julio de 1927, camino de su puesto consular en Rangún y permaneciendo entonces solamente unos días en Madrid. En mayo de 1934 llegará a España por segunda vez, donde permanecerá hasta 1937. (Poco después de empezar la guerra se trasladará a París.) Sobre las repercusiones de su primera estancia en Madrid ver mi artículo 83-91.

5. Alberti asistió como representante español al Congreso Mundial contra la Guerra, organizado por Barbusse y celebrado en Amsterdam en 1932. Este congreso estaba organizado por la Asociación de Escritores y Artistas Revolucionarios dirigida por Barbusse y otros comunistas (y simpatizantes) del partido comunista francés. El objetivo de esta asociación era agrupar a las fuerzas intelectuales democráticas contra el fascismo. Al mes de su regreso a Madrid, y antes de fundar Octubre, Alberti publica su libro Consignas (mayo, 1933), primeros poemas revolucionarios de Alberti. Dice Xavier Abril en el prólogo da este libro: «En Alemania, el poeta se ha dado cuenta material de la verdadera estructura de la sociedad capitalista». Un mes después Alberti funda Octubre con el mismo objetivo que tenía la Asociación de Escritores Revolucionarios: la lucha contra el fascismo. Comenta Alberti cómo muchos amigos se distanciaron de él por sus ideas políticas. De la generación del 98 -y de la de los «hermanos mayores» del 27: Ortega, J. R. Jiménez...-, el único que colaboró en la revista Octubre fue Antonio Machado, el reconocido «tardíamente» como maestro. Para un estudio de la revista Octubre consultar Montero

6. Lechner comenta también: «La revolución de Asturias fue, sin duda, la expresión más honda, más determinante en su actitud posterior [Alberti], así como lo fue para la mayoría de los artistas e intelectuales de aquellos días» (tomo I, 68)

7. Altolaguirre llama a este libro «la iniciación de nuestro Romancero de la guerra civil» (Blanco Aguinaga, 560).

8. Fuentes coincide al señalar que «en aquel ambiente [Madrid, 1934] es donde se puso a buscar Neruda el camino del humanismo» (159).

9. Pring-Mill comenta: «Pero en esos días él expresaba únicamente sus ideas políticas en su prosa, con la sola excepción de un único poema escrito en defensa de un poeta amigo (Joaquín Cifuentes Sepúlveda) encarcelado en Talca. Su forma anuncia la técnica del verso corto que treinta años después será una peculiaridad de su estilo en Odas Elementales (1954): «... Compañeros / los jueces lo mantienen encerrado / sin sol / sin luz / sin aire / por un delito que no cometió / y aunque lo hubiera cometido. Era / un poeta...» Un romanticismo ingenuo, sentimental y terminante teñía sus ideas políticas en esa época de estudiante» (XIX). Loyola por su parte señala ya en Crepusculario un intento de «oponer el poderío del canto lírico a las fuerzas sórdidas que envilecen la realidad. En cambio, como buen anarquista, desconfía de la acción y de la lucha organizada». Loyola razona esta afirmación en las lecturas de Neruda en esos años de «fervor anarquista» y «la influencia de ese muchacho puro, íntegro e idealista que fue Juan Gandulfo» (1964. 71-72).

10. Neruda ingresa en el Partido Comunista Chileno el 8 de julio de 1945. Comenta Volodia Teitelboim: «No entró solo. Siguiendo, recogiendo su ejemplo, se incorporó aquel día públicamente una brillante legión de los más altos creadores de la literatura y el arte. entre otros, Ángel Cruchaga Santa María, Nicomedes Guzmán, Francisco Coloane, Armando Carvajal... A partir de ese instante, el PC, que había sido desde su nacimiento un partido de obreros, pasó a ser también el partido de los intelectuales revolucionarios de Chile. Gracias en gran parte a Neruda, se restableció la herencia y la costumbre de Luis Emilio Recabarren» (1972, 103).

11. Este libro de D'Halmar fue publicado en el tiempo récord de un mes (Santiago de Chile: Ercilla, 1934). Que nos hace recordar la prontitud (dos meses) con que fue también publicado por la misma editorial el libro de Neruda España en el Corazón . Esto prueba el interés que había despertado en Chile, y en Latinoamérica en general, el proceso republicano español

Aprovecho la ocasión para mencionar un error que cierto sector de la crítica ha venido repetidamente cometiendo. Me refiero al adjetivo que algunos le han dado a Neruda de «antiespañol». Las siguientes palabras de D'Halmar puede que sirvan para aclarar esto: «Llama la atención el hecho de que las simpatías de los republicanos de América, por los republicanos españoles, sean tan débiles, siendo que al independizarse ellos mismos, no lo hicieron tanto de la madre patria, cuanto del Régimen monárquico» (passim). Es precisamente debido a esta confusión que algunos critican a Neruda (antimonárquico y antifranquista) de antiespañol.

12. Todos los diarios obreros estuvieron suspendidos durante los diez días que duró la revolución. Y la «afanada y difamada» (26) opinión pública, como la llama D'Halmar, no tenía más intérprete que los diarios de derecha como el ABC, Informaciones, La Época y La Nación.

13. La imagen del «molino invisible» se complementa con las siguientes palabras de Jaime Concha: «Estas aspas gigantes quizás permitan entrever mejor por qué, inmediatamente después de las imágenes inaugurales de Galope muerto, emerge la figura de molino, como avatar tecnológico del gesto del hondero. El diálogo con la noche es ahora un combate, pues el corazón ha exteriorizado su dinamismo y se presenta luchando a la intemperie de las fuerzas del cosmos. Hay que meditar esta figura, como primer signo de una exploración del movimiento que no pasa por las geometrías de la historia a que nos tiene acostumbrados la vieja Europa, sino que a lo mejor se vincula con dominios y regiones percibidos, siglos atrás, como un Nuevo Mundo» (1985, 112). Si a esto añadimos la mención que hiciera Meléndez a «El desenterrado» y recordamos las páginas que Jaime Concha dedicara a este mismo poema en su libro Neruda (271-273) se entrelazan profundas ramificaciones de exploración y análisis.

14. «La conversión poética de Pablo Neruda» lo llamó Alonso (311-328). Meléndez lo define como un «intento de diafanidad, de hacerse inteligible a mayor número de lectores.» Blas de Otero, retomando con cariñosa ironía las palabras de Amado Alonso, llama a Neruda nuevo «Saulo» (66).

15. El mismo Neruda mencionará años después: «Debo explicar que mi libro España en el Corazón nunca me ha parecido un libro de fácil comprensión. Tiene una aspiración a la claridad pero está empapado por el torbellino de aquellos grandes, múltiples dolores» (Neruda, 1980, 288). Luis Rosales posteriormente irá todavía más lejos señalando que no sólo en España en el corazón, sino que también en el «Canto general como en sus libros posteriores se mantiene, con ligeras variantes, la técnica expresiva de Residencia en la tierra. (Salvo en las Odas elementales, donde el tono general es distinto.) Era lógico y necesario ya que el poeta había encontrado en ella su estilo personal, y nadie puede abandonar su expresión propia» (72). Pero se debe establecer también un eslabón en la otra dirección. En Neruda no se dan, exactamente, conversiones. Son confirmaciones, descubrimientos anteriormente presentidos y buscados muchas veces en la oscuridad y en el misterio, y que irreversiblemente le llevan a una praxis -práctica profesional- social. A nosotros nos parece más atractiva la idea del desarrollo en la poesía de Neruda: «Veremos que el desarrollo de la poesía de Neruda se orienta precisamente hacia una comprensión histórica, no sólo del trabajo social, sino de toda la realidad del hombre. Incluyendo su muerte» (Loyola, 1967, 141). Las palabras de Cortázar al comienzo de este trabajo se refieren también a este proceso.

16. Apunta Jaime Concha: «Sin pretensiones heideggerizantes, anotaremos un étimo significativo. El pensamiento griego llamó "hylé" a lo que nosotros llamamos materia. Pero "hylé" es también, en griego corriente, bosque o madera (bois, wood). Los latinos tradujeron "materia", que da en castellano el culto materia y el popular madera. Nuestro idioma nos devuelve, pues, por azarosa gracia, el elemento singular perdido en la generalidad del concepto materia» (1972, 62).

17. En Madrid, dice Cano Ballesta, «frecuenta la casa de María Zambrano, de Manuel Altolaguirre, de Pablo Neruda, del cual se hace amigo entrañable. El poeta chileno se convierte muy pronto en uno de los ídolos en torno a quienes gira su vida en esta época» (211). Creemos que se necesita un análisis sistemático de los «poemas nerudianos» de Hernández. En concreto el excelente poema «Oda entre sangre y vino a Pablo Neruda».

18. Actualmente me encuentro trabajando sobre un aspecto de Caballo verde que querría comentar rápidamente. El amplio espectro que recoge la revista de Neruda Caballo verde no puede definirse, como han pretendido algunos, como una revista de compromiso; ni tampoco, como han pretendido otros, como una revista ecléctica, sin dirección alguna. Hay que entenderla dentro de la ideología representada por la izquierda antifascista y defensora de la cultura reunida en París en junio de 1935 y a la que Neruda asistió como delegado chileno. Neruda seleccionó con mucho cuidado los colaboradores del primer número de Caballo verde en el que incluye cuatro delegados del Primer Congreso de Escritores para la Defensa de la Cultura: Serrano Plaja, delegado español; González Tuñón, delegado argentino; Robert Desnos, delegado francés, y el propio Neruda.

19. No pasamos por alto las referencias personales. El ambiente de desmoronamiento familiar vivido por Neruda durante ese período: distanciamiento irrecuperable con su mujer, enfermedad incurable de su hija.

20. Los «dedos sin nombre» del v. 41 Loyola los entiende como «esfuerzos, tentativas de acción». «El texto parece referirse aquí a oscuras (pero portadoras de la luz) y subterráneas tentativas de resistencia al régimen reaccionario, como en los vv. 104-108 de "Estatuto del vino"» (Loyola, manuscrito). De esa fricción, creemos, surgen «los cuchillos» del v. 44.

21. Recordando en el poema de España en el Corazón «Explico algunas cosas» el mercado bullicioso de Argüelles antes de la guerra civil escribe Neruda: "sal de mercaderías / aglomeraciones de pan palpitante / mercados de mi barrio de Argüelles con su estatua / como un tintero pálido entre las merluzas: / el aceite... / metros, litros, esencia / aguda de la vida / ... marfil fino de las patatas / tomates repetidos hasta el mar. // Y una mañana todo estaba ardiendo» (Neruda, 1937, 12-13).


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03