Narrativa Chilena Reciente

NARRATIVA CHILENA RECIENTE

M. Bergholz- R. Brodsky- L. Carvajal- J.F. Campos- J.C. García- B. Montané. J.L. Urbina

Araucaria de Chile. N 12, 1980.

En las páginas siguientes reunimos un conjunto de cuentos, relatos, fragmentos de novela, trozos arrancados quizá de testimonios, crónicas y aún diarios de vida, que representan con bastante fidelidad algunas de las modalidades, estilo y atmósfera de la narrativa chilena más reciente.

Telón de fondo invariable (la cara y el sello): el universo político y social posterior al golpe de Estado, o I.) vida en el exilio. En el primer caso, una aprehensión a veces directa, casi documental, suma simple y seca de citas y fichas, la historia dentro de la Historia; una síntesis por momentos fulgurante.

Lo dominante en los exiliados: el soliloquio, la pantomima ante el espejo, y los signos de un lenguaje que se descompone y se recompone. Uno de los autores dice: "En países lejanos, los emigrados se escuchan a sí mismos." Pero se escuchan en otras lenguas, lo que es un modo, quizá, de no poder escucharse, o de negarse y aún autoagredirse. "No, no, yo no he tomado leche hoy ni he comido pan porque I am getting fat cómo se dice eso... repitan una y otra vez hasta que hablís bien conchas de tu madre." Por eso, el recurso de refugiarse o inventar -Cortázar o Huidobro mediante- una escritura anterior o posterior a la codificación del lenguaje: "Yo que pensaba morirme de un solo azo, así de golpe, sin una dieza, me morí rodeada de estantitos, alfombras peluditas. floridas, ambulitos, los tres tomos, el clavicordio, el quinto cielo..."

Los autores: Miram BERGHOLZ (1950), enfermera, sin antecedentes literarios previos; vive en Noruega. Roberto BRODSKY (1958), estudiante de periodismo, cuentos cortos en diversas revistas; vive en Chile. Leonardo CARVAJAL (1951), cuentista, autor de Definición del olvido. Premio Casa de las Américas de Cuento 1975, vive en París. Javier F. CAMPOS (1947), poeta, trabajos en revistas y antologías, vive en Estados Unidos. Juan Carlos GARCÍA (1944), profesor de literatura; vive en Canadá. Bruno MONTANE (1957), poeta, abundante obra en revistas y antologías; vive en España. Floridor PÉREZ (1938), poeta, profesor primario; vive en Chile. José Leandro URBINA (1949), cuentista, autor del libro Las malas juntas: vive en Canadá.


Miriam Bergholz

EXILIO

Sucedió que un buen día me morí. No es que haya sido en realidad "un buen día", es sólo una forma de decir. Tampoco fue en un día, más bien fue un proceso lento, blando y pegajoso; bueno -digo- resbalativamente (desde que Einstein metió esa palabrita estamos jodidos), dependiendo del punto de la mira, de la escopeta, ¡de la vista! Si bien se piensa, y otros lo dijeron ya antes que yo, uno se va muriendo todos los días un poco, un pedacito, quién sabe, sólo los pájaros se mueren de repente y no los carpinteros ni las lavanderas ni los doctores ni los poetas.

La casa, la cosa, el caso fue que al poco tiempo de habernos mudado de casa, cuando aún desempacábamos cajas, armábamos muebles, releíamos y echábamos a la basura viejas cartas, contabilizábamos ámbulos y fotografías -perdón, álbumes-, colocábamos los tomos en el estante, enchufábamos lámparas, amparábamos paredes y reparábamos viejas cuentas, mejor dicho, sacábamos a la luz viejas cuentas, lo que en el fondo no reparaba nada. Bueno, bueno, coincidamos: un poco (y sólo en consideración a que en algún momento había que hacerlo). En fin, se me ocurrió salir a la calle, como sale la gente, como salgo yo, así, un poco desorientada, un poco pintada, un poco distraída, un poco sospechando que algo malo iba a suceder, medio desabrigada: lo que fue un grave error, un gravísimo error.

Hacía veinticuatro meses que nevaba. Los hielos se amontonan en las aceras a pesar de los esfuerzos comunales y ministeriales. Había que andar con pies de plomo. De los techos de las casas y edificios colgaban amenazantes estalactitas que, me temía, podían caer sobre la cabeza de un desprevenido caminante (como yo) en cualquier momento, pero nadie parecía hacer caso.

Así, entre mi monólogo y la oscuridad, entre los faroles y las sombras de las gentes, caminaba por la calle Karl Johan hacia la estación del Este, mirando como mira la gente, las vitrinas brumosas por la niebla. Las mejillas las sentía húmedas y acaloradas, lo mismo mis manos metidas dentro de los guantes de cuero. Mis pies estaban helados y echaba puteadas contra las mentadas botas a prueba de invierno escandinavo. Parecía todo fiebreza y sobre todo la nariz: eran tantos los copos de nieve que habían caído sobre ella que estaba absolutamente helada. De vuelta a la casa casi no la sentía: fue un largo viaje en tren con la nariz prácticamente en la mano.

Lo primero que hice al llegar a la costa fue acudir a los remedios casi... case... ¡caseros!, compresas calientes y masajes. Un amigo maligno me propuso que rápidamente tejiera un gorrito naricero, cosa que no hice, por supuesto. La cosa, la casa, el caso es que una vez borrado el color azul, la cianóstica, el rojiciamiento con los masajes, y la nariz adquirió un sano color sonrosado, ¡no me preocupé más!, bueno, y para ser más exactios, un poquitito, no mucho.

Algunas semanas después notaba aún una cierta rigidez en la nariz, una cierta heladez en los olores, pero, como era invierno, no parecía tan extranjero. Había otras cosas qué pensar y hacer: trabajar, comer, juntarse, reunirse, salir, volver y, lo más importante, terminar de desempacar, releer contabilizar, ordenar, y parecía que mientras más ordienábamos yo menos me acordaba de mi nariz helada. Eso fue lo que pasó. El desastre se consumó en aquel verano, aquel que llegó sin presa, sin sorpresa a pintar flores y gentes.

Me exclamo, me excluyo, me explaya -no- me explico (pero de todas maneras tiene que ver con la playa). Fuimos a la playa, que es de rocas y no de arienas, es calma como una mano de monja la mar, es des olada, es un alma verde la mar, tan suave, tan murmulleante, tan canto de iglesia pequeña esta mar, esta playa, pero no olia.

Cogí una alga y la aspiré, pero no olía nada. Cogí una segunda alga. Una tercera. La cuarta la suspiré con furia, con fiereza, ¡con honda!, pero la piritaca taca, daca la pírica, pirica la naca, anaca la pirinaca! ¡Este es un mar dórico! exclamé. Nadie me hizo casa Er denne sjoen uten lukt? spurte jeg. Nuevamente nadie me respondió. No estaba ni resfriada ni acalorada, ni resentida, ni adolarada, estaba un poco triste, medio mansa como esa mar, medio preocupada. Y el mar se movía como un ballet japonés.

Volvimos a la cosa tomados del brazo como un buen patrimonio a seguir desempacando, ordienando, revolviendo -no- resolviendo los viejos calendarios, los puzzles, ¡pero no olía! Cuando las flores insistieron en tratarme de usted decidí consultar al mago de las respuestas increíbles. Usted no tiene nada me dijo lo que en cierto domo era cierto. Usted está bien de salud, insistió ¡Señor mío!, me quejé alzando los brazos al cielo, ¡qué inodora esta salud es!, y él sonrió haciendo sonar las panderetas. Me estia un poco adolarada, un poco amebada, olvidada por las huidizas flores. Ellas que se iban a morir se reían y burlaban de mí. Pero como no somos estados defínitivios me las arregliaba y hasta compré una guitarra a precio módico para cantar en las tardes calientes y de sol. También rellené tres estantes, escuché música barroca, el primer acto, el cinclave, el cónclave, los claveles, el clavecín, dies ireae, dies de a diez. -

El segundo desastre sobrivió la primavera. Empezábamos a desempacar, amular las paredes, perder los puzzles, alimentar edades medias, arreglar antiguos floripios con las florias negras, sobre la mesa éstos, y los estantitos se veían bonitísimos con sus cerditos, sus cajitas, sus libritos dos por dos, el recuerdito de azul, el sol indú y la fotografía de mamita y de papito. Perdí el gusto. Quién lo iba a decir. Nadie. Y yo tampoco. Me quedé callada, resentida, más adolarada, ya de antes por tanto tiempo desolfatado, ya de ahora por los vacíos frasquitos de ajo en polvo, de comino en polvo, el calvo de olor, la mimienta, la canela y el cilantro que no teníamos, pero qué se le iba a hacer. Me puse a leer poseía. Ornar Kayyam me hizo una falta dorme.

La primavera cambiaba de color y por callada me quedé muda, destorticolada, a media distancia del mundo, aún adolarada pero no resignada, somos así, ¿verdad? Qué modo, qué miedo, qué sueño -qué digo- ¡qué bueno! Seguimos desempacando, pero guardando un montón de cosas. Qué tiempos aquellos.

Después de la primavera viene el otoño, pero en el fondo (muy en el fondo), sin olfato, sin gusto y muda, llegó el invierno sin traspieces, sin tropiezos. Me vestí de mariposa nocturna: leí de noche, comí de noche, trabajé de noche, escribí largas cartas de noche, de noche hice el amor y desempacábamos también de noche, sobre todo lo más urgente: los gorros de lana, los calcetines, las botas, sin olvidar, por supuesto, de guardar lo más urgente.

Al día siguiente me quedé sorda. Entonces devolví el tercer acto, el prólogo, el primer piano y también las cartas: tanta escritura llena de perros, de pesos, de pasos -digo- de peros. ¡A la mierda las floripias!

Me preguntaba si a esas alturas tendría yo algún color, algún gesto, pero, ¿cómo saberlo? Comenzó entonces la soledad más adicta. Nievaba a chuzos. ¡Qué manera de nievar!, de caer ese blanco oscuro, a sofisticarse en el aire los pocos, los mocos, los copos, como golondrinas pequeñas que han perdido el sur. Ese invierno. Cuando perdí la arista, la vista, los niños jugaban extrañas geas, geomas, geometrías geografías en el suelo.

He de suponer que llegado el otoño perdí el tacto. ¿Llovería? Y morí. Así. Yo que pensaba morirme de un sólo azo, así de golpe, sin una dieza., me morí rodeada de estantitos, alfombras peluditas, floricias, ambulitos, los tres tomos, el clavicordio, el quinto cielo, y lo que es peor de todo sin haber terminado aún de desempacar.

***

Como quien mira desde dentro de un ataúd miraba la urraca -no la jaca, eso es, la vaca taspando en el corral. Esta vaca, que vieja y que fea. Rumia que te rumia, mumia, mumia, mumia. Ese dolor de quijadas acalambradas, de pezuñas que rasguñan el hielo seco. Ya no tiene cachos. Mumia, mumia, mumia. ¿Dónde está la luna? Y las patas delgaditas, la piel tiesa, los ojos mansos que no miran de la vaca se destacan, mumia, mumia, mumia las moscas que la humillan, mumia, mumia, le tiran las tetas y la cola, el sol blanco la hiela, mumia, vaca, mumia, que dolor en las pezuñas. Despierta, el sol que da vueltas y la noche con su luna ha llegado a prenderse en las rejas del corral. La vaca ha muerto sin pena ni gloria.


Roberto Brodsky

LA PIEZA OSCURA

"Flaquito", querido: pensé que estarías en casa, pero mala suerte. Igual no más un beso grande. Trataré de venir mañana a alguna hora. Me fue muy bien en la playa pero te eché mucho de menos. Otro beso y chaíto.

Pelu"

Y luego ésta:

"Mala pata de nuevo, flaquito. Me vine del Instituto pero no te encontré (el instinto femenino me está fallando). Si sales el miércoles déjame una nota diciendo a qué hora te pillo para darte besitos. Te quiere mucho.

Pelu"

No puse la nota, y después de almorzar un par de huevos cocidos y un vaso de leche (no tenía apetito), leí un buen rato hasta dormirme en el sillón, esperando que llegase. Al despertar, me asombré de ver la carta en el piso:

"Artemio: vine dos veces y no estabas (me acalambré el dedo de tanto tocar el timbre). Quiero verte. Ni Susana ni Manuel saben de ti y yo quiero que me quieras mucho y me estoy asustando por todo esto y se me está acabando el papelito así que un beso grandote como nunca y espérame a las seis y cuarto en punto pasado mañana aquí.

Pelu"

Preparé el termo con café y me dispuse a no moverme un segundo a un metro de la puerta. Estuve sentado no sé cuánto tiempo, dispuesto a abrir al menor ruido en el corredor. Nada absolutamente, y sin embargo, allí estaba, con la caligrafía de siempre:

"Esperé no sé cuánto rato pero no llegaste. No sé si enojarme o qué. Por favor comunícate conmigo de alguna forma. Tengo miedo, flaquito. Susana me dijo hoy en el Instituto que Manuel había leído tu nombre en una lista, pero no quería decirme y Susana me lo contó. Te amo muchito y quiero dormir contigo. ¿Cómo hago para encontrarte? Un beso grande grande grande...

Pelu"

No escuché el timbre, ni tampoco cuando derribaron la puerta. Les miré, les hablé. Inútil. Me revolqué frente a ellos tirándome de los pelos arriba de las mesas, pero se marcharon igual sin encontrarme mientras Pelu lloraba en el hombro de Susana. Manuel se frotaba la barbilla. Todo esto es como cuando niños mis hermanos y yo jugábamos en la casa vieja a la pieza oscura.


Leonardo Carvajal

PARALELOS Y COTIDIANOS
(Fragmento)

Ocurrió el 14 de mayo. Hoy es 26 y aún no consigo obtener mi lugar para morir. No conozco a nadie en este país y la ley me prohíbe volver a mi tierra natal. Es raro que en un mundo así exista la ley, ¡en fin! Venia en un tren; observaba a los pasajeros que ocupaban un asiento frente a mi; pensaba en esa insignificante cantidad de dinero que iba a recibir. El tren se detuvo en una estación cualquiera; los pasajeros se bajaron; los vi alejarse por el andén; el tren partió y entonces supe que pronto iba a morir, porque al ver esos asientos vacíos frente a mí, me dije -sinceramente- que no había ninguna diferencia entre esos dos asientos ahora vacíos y hace un momento ocupados por los pasajeros que descendieron.

En cuanto llegué a la ciudad a la que me dirigía, fui a la Morgue a averiguar qué sucedería con el cadáver de un desconocido. Allí me informaron que aquellos que no eran reclamados por amigos o por la familia, los incineraban; razón -me dijo el funcionario-: economía de territorio. La idea de que quemaran mi cadáver me causó repugnancia. Fui al banco a recoger ese dinero y desde entonces voy de pueblo en pueblo buscando mi pedazo de tierra. Me entrevisto con alcaldes y diputados, ofrezco algunos bienes en herencia, pero hasta hoy nadie quiere hacerse cargo de mi muerte. Cada vez que subo a un tren trato de hallar una diferencia entre los asientos ocupados y los que se vacían cuando los pasajeros se bajan. No lo consigo. Lo único que quiero es que no quemen mi cadáver, para que algún día, por azar, un coterráneo me reconozca en mi tumba.


Javier F. Campos

AGUA FINAL

Emergió de aguas tibias
y maternales
para viajar a heladas
aguas finales

Oscar Hahn

Toma la hoja corregida la mujer rubia repasa, por ejemplo, si hubiera estado en Madrid ha hablado el lengua, una línea roja, cuando rayaste esas murallas, más arriba corrige que debería decir habría hablado y lengua por el lengua también hay una cruz roja donde usted puso haviado y no hablado, a ver dónde está éste, donde está la cruz roja, ¿sos ciego mierda?, la v te hace mirar pensativa la nieve ese instante blanco del vidrio fuertemente cerrado como barrotes de prisión que eran más largos y a él sí que lo podrían ver entero como tiritas de miedo hijo de puta, y de frío escuchaba de alguna puerta entreabierta algo así como aguas poderosas que golpeaban la costa de la isla pero son treinta o son cien mil, estudiantes que revisan la hoja rumoreando una lengua que no es la de él que usted está allí profesor de otro país está allí de espaldas y vendado borrando el pizarrón donde hace desaparecer fórmulas físicas alguna palabra de su memoria que no lo traicione como piedra en pleno rostro, coloreadas por la ciudad las consignas y no ve usted su mano pegada y roja, ya has comenzado a repetir la nueva lección página 460 presente del subjuntivo quizás tú hables esta lengua el próximo trimestre, quizá usted hable, tal vez vaya otra vez a Latinoamérica, a dónde, a qué, les gustarán las ruinas incas, dónde está Montevideo, qué se hizo la capital de Argentina, quizá usted hable, quizá, nosotros, tal vez, ellos vayan y vuelvan, yo, tal vez yo vuelva a mi país, escriban países y no país porque cuando son muchos cuando son hartos, ya, dame nombres oíste huevón, siempre es plural además uno más uno más otro ese del sur con ese otro del norte hacen una totalidad común, comunistas, no, comunidad, habla claro mierda, Liz se sentó ya, la ventana le quedó sobre la cabeza y el mar se calmó ahora, se levanta apenas, hay ruidos de ambulancias parece que ahí fuera otra vez las aguas ruidosas y finales o un carro policial, por el campus aquí andan los policías por la universidad, por la costa mamá, andan con una radio portátil uno creen que andan escuchando un partido del sudamericano andan, tal vez yo vaya a verte, me encontrarías tan delgado, ahora un comercial en la TV un tipo con bigotes recoge granos de café y después se va en un caballo, o se fue por entre las rocas, por las llanuras de Colombia, creo que te llevaron en un bote medio atontado y te tiraron en una pieza helada la mano sangraba cuando la pusistes en la pizarra.

Dijo que era de dónde es que era de Argentina o Chile Uruguay parece por el color de su cara debería ser latino los latinos andan detrás de las gringas si supiera hablar, el inglés, podríamos preguntarle sobre su cultura son machistas por allá, tenis cara de maricón, abrió la puerta y con esa parka de siempre y papeles en su lengua sonríe, sonría pues ahora que está la prensa diga lo que le dijimos, se ríe como si entendiera y se saca la parka verde pasa la lista, están todos menos ese que arrancó por las rocas, sólo el first name Thomas, Liz, Cindy y marca, si fuera rico estoy en México, no rico, rica porque you are woman y no estoy sino condicional estaría, se ven que están bien tratados escriban esos todos, si fuera rica estaría en México Río Grande hasta ahí no más mi cuate y vuélvase Thomas, si usted fuera rico iría a Perú, sí, si fueras rico iría a Pero, no, si fuera rico iría a Perú porque la primera persona es fuera y Perú es P-e-r-ú y no pero, que eso es BUT, pero él parece que ya no está en la clase, ya, la conferencia se terminó muchachos, de reojo mira a una mujer de cabellos largos y claros descubre algo rosado suave noruego alemán indio y caliente. Do you like to drink a cup of coffee some day with me, ya, dijo el instructor, ojos verdes enseño danza china dibujo unos monitos antiquísimos no se qué significan estuve casada pienso casarme otra vez tengo dos kids, ya, me invita a su casa tiene un espejo para mirarse cuando hace el amor mientras él cierra los ojos e imagina que ella lo mira de rebote por entre el pelo y una mano que lo mete en la celda, la casa está sobre el Mississippi un barco-casa I am living in a houseboat cómo se dice eso en español, casa-barco, hay casas que parecen barcos viejos en mi país se llaman callampas, mushroom, no, no es eso, una casa así y asá hay hartos chiquillos adentro I dont know really, entro otra vez encierran la puerta reparto papeles página 461 el pasado del subjuntivo el imperfecto el pasado, yo he comido sí, hoy nos dieron comida especial con los periodistas, nosotros hemos comido...

Qué has comido hoy al desayuno, al desayuno no comí nada porque me levanté casi a las ocho si me voy en auto gasto mucha bencina que dirían allá si digo que voy a las clases en auto, si cuando él vivía aquí comadre no tenía ni para pagarse la micro allá debe estar bien no te vengas tu primo quiere que le consigas un trabajo si le mandas los pasajes él te los devuelve nosotros como siempre pero (BUT) tú sabes no alcanzo a vivir con la pensión de viudez no he podido pagar el arriendo este mes, hace mucho frío tirado como animal, si me mandaras algo para comprar carbón, no puedo 'frotarme ni las manos con sangre y barro, te quieren y te recuerdan chao, hoy he comido huevas con jamón y jugo de naranjo no, no se dice huevas sino huevos, así que el huevón no quiere hablar, y naranjo es al árbol, la fruta es la naranja, qué sería del naranjo que tenia naranjas amargas allá en Parral, y usted ha desayunado hoy Jeniffer, sí, hoy he desayunado huevos, no sé de nombres mi cabo se lo juro, y grande fruit cómo se dice grape fruit, así que no sabís mierda, se dice toronja en Cuba le dicen toronja, y ahora por qué no te vas allá a ver responde culiado, hoy he desayunado toronja jugo de eso sí, tampoco se ve la leche hijo el litro cuesta mucho ahora le ponen más agua, mójenle el pellejo con cerveza, así que nos batimos entre el pan y el tesito todo el día la luz la cortaron, y después le largan la electricidad en la huevas, no, no, yo no he tomado leche hoy ni he comido pan porque I am getting fat como se dice eso porque engorda mi querida rubiecita, repitan una y otra vez hasta que hablis bien conchas de tu madre.


Juan Carlos García

EL COMEDOR DE TIERRA

Deambulaba por las calles altas de la ciudad hasta que se sentó a la vera del camino. Buscó un trozo de madera y con él, usándolo de pala, fue cavando entre sus piernas y amontonó la tierra en ambos lados -una vez hacia la izquierda, otra vez hacia la derecha- hasta quedar prácticamente entre dos pequeños cerritos y en su frente un hueco como un pozo.

Los que pasábamos por el camino sospechamos, pero nos guardamos el secreto para que no llegara nadie a quitarnos el espectáculo de ver cómo la tierra se iba desapareciendo a su alrededor. Y sin embargo, para tener la certeza de que estaba utilizando el trozo de madera como una cuchara y que se estaba comiendo la tierra a cucharadas, un día no fuimos a la escuela y nos quedamos, ocultos, observándolo durante todo el día. Allí pudimos verlo ensimismado, cabisbado, inamovible e inmóvil como una antigua estatua, pasar las horas de la claridad y cuando ya la tarde caía y empezábamos a perder las esperanzas alzó, de pronto, el trozo de madera lleno de tierra hasta la altura de su brazo alargado y comenzó a bajarlo lento y perpendicularmente hasta la misma boca.

Sin sospechar que era observado masticó con fruición un largo rato. Y vino la segunda cucharada, y la tercera y entre cada una la cuarta y cada otra la quinta se fue reduciendo el tiempo del mastique la sexta hasta que todo se transformó la séptima en una gran comilona la octava que era tragar la novena y tragar la décima y tragar la undécima rompiendo todos los records que se recuerden en la historia de los concursos de quien come más y más rápido.

Cuando dejamos nuestro secreto lugar ya no quedaban cerritos alrededor y el pozo debió crecer un buen tramo. Pero los muchachos, que somos fieles a las cábalas, continuamos manteniendo nuestro secreto y él continuó comiéndose la tierra por las noches del pueblo.

Una tarde pasó la policía por la escuela. Vinieron a preguntar, claro está. Pero nosotros, tumba. Que dicen que anda vendiéndole la tierra a los peruanos; que no. Que dicen que le venden aguas a Bolivia; que no. Que tiene acuerdos con los argentinos, no. Que tiene pactos con el diablo, no. Y los policías regresaron a sus cuarteles de invierno a preguntarse qué preguntas podrían preguntar después de tanto.

El Alcalde y los Regidores tomaron conocimiento de la situación en la primera sesión de primavera. Por este tiempo nosotros ya dejamos de escondernos para mirar la comilona y por las tardes nuestros abuelos y tíos nos llevaban al camino para ver el espectáculo más asombroso que pudiera recordarse en el pueblo y cuyo único antecedente aproximadamente seguro era el de una muchacha colombiana que alguna vez vivió en Macondo. El Alcalde y los Regidores estuvieron de acuerdo y se publicó un aviso desalarmado a la población posiblemente alarmada y dando seguridades de la puesta en práctica de un conjunto de medidas de seguridad para resguardar el orden público y la tranquilidad de la población. Pero esto no fue necesario porque el pacífico pueblo se volcó al espectáculo en silencio y orden y la Alcaldía sólo debió limitar los márgenes en los que el público debía situarse para mirarlo sin perturbaciones mutuas.

Muy pronto el Recaudador de Impuestos tuvo la idea de cerrar con altas paredes el lugar, a las que se les hicieron pequeños orificios por las cuales se les podía ver, previo pago de algunas monedas. Pero como seguía comiendo, las paredes debieron correrse cada vez más, y con más orificios, pues la fama alcanzó nuevos pueblos y nuevas gentes vinieron a ver el espectáculo.

Con la recaudación de los impuestos se levantaron edificios para caballeros, hospitales para caballeros, escuelas para caballeros, cuarteles para caballeros y señoritas, y se instaló una amplia red telefónica para señoras y caballeros. En una palabra: el pueblo florecía y el cerco continuaba moviéndose hasta que un día nuestro camino se cortó y quedamos divididos. La Alcaldía del lado de allá nos construyó una escuela en este lado, una industria en este lado, y un hospital en este lado, y muchos cuarteles en este lado, hasta el punto en que no supimos exactamente cuándo debimos elegir hasta nuestro propio Alcalde y nuestros queridos y sufridos Regidores.

Con los años, de la alegría de su incesante comedura de tierra se pasó a la indiferencia. Ya no vinieron ni los vecinos de otros pueblos, ni los de allá ni los de acá. La recaudación de impuestos bajó hasta el punto cero y como se tuvo que seguir moviendo paredes la Alcaldía de allá y la de acá pasaron del haber el debe hasta que finalmente en la primera sesión de primavera, y cuando la situación empezó a hacerse alarmante, se decidió botar las paredes y dejarle su actividad completamente libre. Parece que tal medida le provocó más hambre porque a contar de allí comía tierra noche y día y más caminos se fueron cortando y más inmensos pozos fueron apareciendo y nosotros comenzamos a sentir alarma cierta, miedo terrible, terror espeluznante, espanto, y los adultos dejaron de pensar en oficinas, en escuelas, en fábricas, en hospitales, en cuarteles y mientras él comía día y noche la tierra y no sólo la tierra sino las plantas, los pequeños animales, las chozas y las más modestas casas de los barrios modestos, se ordenó un repliegue general, se trató de reparar los caminos cortados, se trató de hacer de las alcaldías una, reconstruir las paredes e imponerle a él mismo un propio impuesto, pero fue todo tan en vano que incluso en nuestra fuga hubo muchos que perdimos a nuestros tíos o nuestras queridas madres que se tragó sin penas ni remordimientos.

Han pasado los años y dicen en las noticias que desde la delicada vera de nuestro camino que nos llevaba a la escuela se ha desplazado a cada pueblo del país destruyendo llores, echando abajo luces, volcando automóviles, destruyendo puentes, devorando fábricas, demoliendo escuelas, tragándose a la gente.

Los que lo conocimos cuando empezó a comer la tierra nunca pensamos en su inacabable poder de engullimiento. Y es por esto que andamos por el mundo.


Bruno Montané

CUANDO LLEGUE EL ATARDECER SERÉ UN SALVAJE PARA SIEMPRE
(Fragmento)

Salíamos a ver las sombras plateadas en el cielo de esas ciudades. Los motores rugían con vuelos prolijamente rasantes, como disparados desde una película de guerra que ahora presenciabas desde lugares que no eran cine ni posible vuelta a la tranquilidad de afuera (la luz de la calle). Y el estómago tejió sus propias aspas, sus partículas de miedo; las paredes que se derrumban, los entretechos llenos de libros. Nuestras ciudades de nuevo naciendo ante el estupor que esta violencia provoca al salirse de los reformatorios-cuarteles. Los soldados llorando: los soldados muertos de miedo, drogados, borrachos, prendidos a una terrible pesadilla en que ellos hacen y deshacen en nombre de conceptos abstractos que en el fondo no entienden. Obreros que miraron las tropas moviéndose en los patios de las fábricas, pertrechados en los muros a la entrada de las industrias; resistir horas, días, sintieron que la fábrica era cuna y trampolín a la felicidad. Los ríos de balas encausándose, pradera nublada donde eso sucede, peces a contracorriente, desesperados gatillos: lo que pensamos esta mañana, un inmenso latido recorriéndoles la columna. Y la casa de los presidentes era bombardeada mientras el presidente resistía bazooka al hombro (un tanque que estalla en la imaginación que antecede a la realidad); las miras apuntando, la arbitrariedad del ahora o nunca. Y los soldados, de nuevo, la tropa empantanada bajo las órdenes de los oficiales de los jeeps que se cubren en las esquinas.

Muertos arrumbados en la memoria, mucha historia, muchísima realidad. Entrábamos a ver por la ventana la bestia plateada que se movía, vértigo a través del cielo, y la luna: unas figuritas demasiado rápidas cruzando la noche. Los veíamos sentados en las graderías como si fueran pájaros enfermos nuestros hermanos. Y el estadio era punto estático, foto fija sudándonos en la cabeza a los que seguíamos vivos. Y podíamos ver nuestras vidas proyectándose: esa continuación de lo que estábamos viviendo. Anécdotas terribles y tiernas a la vez. El universo cerrado sobre un país, una sola ciudad que se arrugaba, complicándose la realidad como una enciclopedia que jamás diría una cosa por otra. Los barrios despiertos, los ahora qué. Un comienzo de verano irónico y negro, un clima casi para llorar. Y cuando el General hablaba por la tele no podías evitar hacer una reconstrucción de los hechos que le permitieron ascender hasta el doloroso primer lugar en la audiencia, todo el país viéndolo, entonces imaginabas reflejadas a sus espaldas panorámicas visiones de cataclismos ciudadanos, rostros chocando con inútil fuerza. Y el miedo que brotaba ya no era el miedo del alumno ante el profesor, sino miedo de lo que sucedería en el país, en tu familia, la decantación forzosa de la represión, y un gusto a nada. Y los monos no tiene que ver con esto, dirías, sólo te atreves a hacer una imagen, una comparación. Pero es otra historia, y podemos exagerar, si quieres, diciendo que más bien es otra biología la que nos hace llorar, algo que pensábamos un poco más cercano a nosotros; pero no: nos paramos a orillas de carreteras distantes miles de kilómetros de cualquier país, y no pasó ningún auto, ninguna nave interplanetaria. Nos quedamos solos. Y yo diría estamos soñando sucio si seguimos tal camino, así pronto nos acordaremos de otros continentes, otras épocas que suponíamos volando hacia Plenitud y Felicidad. (Nuestra burocracia mental nos ata.) Y un muchacho que escribía poemas en una plaza de vuelta de estudiar: los sentidos obligándose a decir cosas, a aprender otros ritmos de búsqueda. Y la gente se daba cuenta de otras formas de vida, obligadas pero puras, a través de la entereza necesaria contra los venideros años de metal.

Recuerdos de terremotos que azotaron la culebra que apenas lograba sobrevivir de otras catástrofes en la piel. Atarantados venenos-remedios momentáneos. Y los cantores, y sus canciones, abriéndose en las radios. En países lejanos los emigrados se escuchan a sí mismos. Miran vasos vacíos de coñac o tequila, pobre vino-cerveza, y contemplan hasta que se quedan dormidos. Sus manos crecidas en oficios nunca sospechados, empleos que resultaron oscuros para las antiguas imágenes soñadas de autorrealización: sólo la sobrevivencia. Un arcoiris de humo revelándoles una inédita mitad de vida a los desesperados. Los chichárreos mezclados del cambio de sintonía.


Floridor Pérez

LA PARTIDA INCONCLUSA

Campo de prisioneros Isla Quiriquina.

Primavera de 1973.

Blancas: Danilo González (alcalde de Lota).

Negras: Floridor Pérez.

1. P4R - P3AD

2. P4D - P4D

3. CD3A - PXP

4. CXP - A4A

5. C3C - A3C

6. C3A - C2D

mientras reflexionaba, un cabo gritó su nombre desde la guardia.

-¡Voy! -dijo, pasándome el pequeño ajedrez magnético. Como no regresara en un tiempo prudente, anoté, en broma, en la plantilla:

7. Abandona.

Sólo cuando el diario El Sur de Concepción, esa misma semana publicó en grandes letras la noticia de su fusilamiento, comprendí toda la magnitud de su abandono (nuestro abandono).

Nació en las minas del carbón, pero no fue el peón oscuro que parecía condenado a ser, y habrá caído con señoríos de rey en su enroque.

Años después le cuento esto a un poeta.

Sólo dice:

-¿Y si te hubieran tocado las blancas...?


José Leandro Urbina

TIEMPO DE ASESINOS

Restablecidas las viejas fanfarrias del heroísmo
-que nos atacan aún el corazón y la cabeza-
lejos de los antiguos asesinos.
Juan Arturo Rimbaud (autor francés)

Otra pregunta que recuerdo fue: "¿Cuál será el futuro de los partidos políticos?" A ello respondí que nosotros habíamos dejado fuera de la ley a los partidos marxistas, por ser los principales causantes y responsables de la crisis chilena, porque sus sistemas, la violencia de sus acciones, su absoluta falta de moral y la forma sistemática en que engañaban al pueblo, conducían irremediablemente al derrumbe de la nación.

Augusto Pinochet Ugarte (... chileno)

Este informe denuncia que dentro de las torturas a que son sometidos los prisioneros, se encuentran simulacros de fusilamiento; obligación de comer excrementos, aplicación de la corriente eléctrica, violaciones; largos periodos de incomunicación y aislamiento con la vista vendada, y una serie de actos demasiado horripilantes para ser relatados.

General Leigh: Sería tonto pensar que no se hayan cometido abusos o excesos, pero lo que afirma el informe que ha leído, sólo cabe en los Tribunales de la Inquisición de la Edad Moderna o detrás de la Cortina de Hierro en los tiempos contemporáneos.

Florencia Varas (periodista chilena)

SANTIAGO FERRU LÓPEZ

Fecha de detención: 11 de diciembre de 1975. Edad: 75 años. Carnet de identidad: 1948002. Santiago. Estado civil: casado. Familia: esposa y dos hijos. Ocupación: ebanista.

Este anciano fue detenido en su hogar, ante la vista de su mujer, el 11 de diciembre de 1975, a las 3 de la madrugada. El arresto fue efectuado por 11 hombres y una mujer, vestidos de paisano, todos ellos fuertemente armados.

Todos los esfuerzos realizados por su esposa para dar con él fueron inútiles. Hasta la fecha, se desconocen su paradero y su destino.

Hay testigos que declaran haberle visto en Villa Grimaldi, en muy malas condiciones físicas, debidas a su avanzada edad y al trato recibido.

JOSÉ BAEZA CRUCES

Fecha de detención: 9 de junio de 1974. Edad: 43 años. Carnet de identidad: 2471897, Santiago. Estado civil: casado. Familia: esposa, dos hijas. Ocupación: comerciante.

José Baeza Cruces fue arrestado el 9 de junio de 1974 en su tienda de Quinta Normal, Santiago. Lo detuvieron miembros del Servicio de Inteligencia de la Fuerza Aérea (SIFA), conducidos por su jefe, Edgardo Ceballos. Se lo trasladó primero a la sede central del Ministerio de Defensa y luego a la Academia de Guerra de la Aviación (AGA). Según testimonios, se lo torturó a diario. Aún seguía incomunicado en la Academia a los seis meses de su detención, cuando los testigos fueron trasladados a otros campos de prisioneros; así llegaron las declaraciones de estos últimos a la familia de Baeza.

La familia del detenido realizó todos los intentos posibles de llegar hasta él; presentación de habeas corpus a la Corte Suprema, averiguaciones ante el SENDET y el Ministerio del Interior. Su esposa visitó a autoridades y todos los campos de prisioneros; asimismo, fue buscado en hospitales. Inclusive se trató de localizar su cuerpo en la morgue, pero todos los esfuerzos fueron infructuosos.

IV

El Proceso Inquisitorial y las penas

Antes de examinar los caracteres peculiares del sistema inquisitorial de enjuiciamiento, conviene enumerar brevemente las principales fases del proceso.

Las primeras pruebas se obtenían mediante los ardides de proclamar tiempo de gracia, que inducía a muchos a entregarse voluntariamente, a fin de aprovechar el trato más benigno prometido a los que así lo hiciesen, y del edicto de fe que obligaba en forma solemne a todo buen cristiano, bajo los más espantosos anatemas, a declarar todos los casos relativos a herejía y los más delitos de la competencia del tribunal de que tuviese conocimiento. La evidencia obtenida por delación, rumores públicos, por diffamatio de un grupo de vecinos, o que podía encontrarse en escritos de personas sospechosas, se sometía a los calificadores, quienes instruían sumario y opinaban acerca de si la persecución era o no justificada. En muchos casos, y en la mayoría de los que se alegaba judaísmo, conversión al mahometismo, bigamia, etcétera, se omitió esta fase, pues el examen de los censores se requería principalmente en aquellos casos que implicaban problemas difíciles de teología.

Si parecía que iba a ser un caso prima facie, entonces el fiscal pedía formalmente, como medida de seguridad, el arresto del acusado.

La detención de la Inquisición podía caer como un rayo. Podía tener lugar a media noche, despertando al acusado y conduciéndole a la prisión secreta de la Inquisición en un estado de confusión y aturdimiento. En ningún caso el detenido sabía el delito preciso que se le imputaba ni quiénes eran sus delatores. Se apropiaban de todos sus documentos, y si el delito imputado era grave, se le intervenían inmediatamente sus bienes, en vista de que, en caso de condena -cosa que, sin embargo, podía no ocurrir durante meses y aún años, si es que ocurría-, le serían confiscados. El alguacil que efectuaba la detención iba con un escribano, que levantaba acta de los bienes del detenido.

La prisión secreta a la que iba a parar el sospechoso era, generalmente, un lugar mucho más desagradable que la casa de penitencia, en donde sería encerrado si llegaba a ser condenado a encarcelamiento. Esto constituía una de las curiosas anomalías de la práctica inquisitorial, pues el arresto del acusado en espera de juicio era, por lo general, más severo que el del que estaba condenado a prisión. Las cárceles secretas eran con frecuencia oscuras, apestosas, lugares terribles infestados de alimañas, aunque parece que otras fueron, en cambio, relativamente limpias, claras, ventiladas y saludables. En algunas de ellas sus ocupantes recibían alimentos buenos y suficientes, siendo atendidos decorosamente por los médicos cuando estaban enfermos; contrariamente, algunas veces existía un gran descuido.

Desde que el acusado entraba en la cárcel secreta, y antes de que se le notificase la naturaleza del cargo que se le hacía, llegaba a transcurrir un período de tiempo considerable. Poco después de ingresar podía ser visitado en su celda e interrogado acerca de si conocía la razón de su arresto, exhortándole a confesar los pecados de que su conciencia le acusara. No cabe duda de que se le imprecaría a hacer todo esto en su primera entrevista con el Inquisidor, en la que, además, le hacía muchas preguntas relativas a su domicilio, ocupación, familia, parientes, amigos y maestros, y lugares donde había residido anteriormente. Era norma que sus respuestas no debían ser interrumpidas, y por esto debían ser cuidadosamente registradas. Se le pedía que rezase las oraciones al Señor, el Padrenuestro y el Avemaría. Esta formalidad servía para descubrir los convertidos al cristianismo, recientes y meramente nominales, y nunca se omitió, aun en el caso de los cultos y piadosos Padres de la Iglesia. El acusado podía ser enfrentado al Inquisidor en las varias audiencias anteriores al juicio. Cuando convenía, la Inquisición podía actuar con gran rapidez, pero por lo general sus procedimientos eran muy lentos, pudiendo transcurrir varios meses desde la detención hasta la primera audiencia, y desde una audiencia a otra; todo el proceso a veces abarcaba años.

Las condiciones bajo las cuales se tramitaba el juicio inquisitorial impedían una defensa verdaderamente completa y eficaz. Cualquier consulta entre el consejero y su patrocinado tenía que verificar delante del Inquisidor; como los nombres de los testigos de cargo no eran revelados a ninguno de ellos y las acusaciones podían carecer de detalles concretos, iban a ciegas y tenían que proceder por conjeturas.

El tormento se utilizaba cuando el acusado era incongruente en sus declaraciones, si esto no estaba justificado por estupidez o flaqueza de memoria; cuando hacía solamente una confesión parcial; cuando había reconocido una mala acción pero negaba su intención herética; cuando la evidencia era en sí defectuosa. Por ejemplo, era un sano principio el que para probar la herejía fueran necesarios dos testigos del mismo acto; pero, por otra parte, la prueba de un testigo, apoyada por el rumor general o la difamación, era suficiente para justificar la tortura. Este razonamiento tenía la curiosa consecuencia de que cuanto más débil era la evidencia para la persecución, más severa era la tortura. Sin embargo, hay que recordar que la alternativa inmediata al tormento era la condenación.

Con frecuencia se ha atribuido a la Inquisición española la creación de nuevos refinamientos y excentricidades de crueldad; de hecho parece haber sido muy conservadora en su proceder. Generalmente empleaba para este fin ejecutores públicos, que utilizaban únicamente los métodos más corrientes entre la gran variedad de los practicados en los tribunales civiles. Los más comunes eran el tormento de la garrucha y el del agua. El primero consistía en amarrar las manos de la víctima a su espalda, atándole por las muñecas a una polea u horca, mediante la cual era levantada. En los casos severos se ataban a los pies de la víctima grandes pesos; se le levantaba durante un rato y después se le dejaba caer de un golpe que dislocaba el cuerpo entero. La tortura del agua era probablemente peor. El reo era colocado en una especie de bastidor, conocido como la escalera, con travesaños afilados, la cabeza situada más baja que los pies en una cubeta agujereada y mantenida en esta posición por una cinta de hierro en la frente. Se le enroscaban en los brazos y piernas cuerdas muy apretadas que le cortaban la carne. La boca tenia que mantenerse forzosamente abierta, y metiéndole un trapo en la garganta, se le echaba agua de un jarro, de manera que nariz y garganta eran obstruidas y se producía un estado de semiasfixia. Estas dos formas de torturas fueron desplazadas, en el siglo XVII, por otras consideradas menos perjudiciales para la vida y los miembros del cuerpo, pero apenas más soportables.

Antes de aplicarle la tortura, la víctima era siempre examinada por un médico, y las incapacidades graves normalmente posponían el acto, cuando no lo evitaban (1). Por otro lado, ni la juventud ni la vejez estaban a salvo; viejas de ochenta años y muchachas de quince a veinte eran igualmente sometidas a tormentos. Todo el trabajo de la cámara de tortura se llevaba a cabo con la mayor deliberación. En cuanto la victima era conducida a la habitación y aparecía la horrible figura enmascarada del ejecutor, se le imprecaba encarecidamente a que se salvase confesando voluntariamente. Si rehusaba, se le desnudaba dejándole sólo unos calzones y se le instaba de nuevo a que confesase. Si el acusado no cedía empezaba la tortura.

Procedían de manera lenta, a fin de que de cada tirón y sacudida se obtuviera el máximo efecto. Era norma no dirigir preguntas concretas al reo mientras estuviera en la escalera o en la polea, pero todo lo que decía -aunque fuese inarticulado-, se anotaba. Había también la norma de que nunca se podía repetir la tortura, pero tal como había ocurrido en los tribunales medievales, en los de España esta prohibición fue salvada de manera casuística, mediante el subterfugio de considerar la segunda o tercera aplicación como continuación de la primera. Las confesiones verificadas durante la tortura debían ser ratificadas dentro de las veinticuatro horas después de salir de la cámara de los tormentos sin hacer uso de amenazas.

Gran parte del odio que la Inquisición española despertó en el espíritu del pueblo ha sido la asociación de aquélla con las crueldades de la cámara de tortura. La idea de infligir graves tormentos físicos a fin de forzar las confesiones de un hombre enjuiciado por sus opiniones religiosas repugna actualmente a la sensibilidad, y ciertamente esta repugnancia tiene que aumentar con la relación de los hechos que se encuentran en los archivos de la Inquisición acerca de todo lo que ocurrió durante la aplicación de los tormentos. Se tomaron notas meticulosas, no sólo de todo lo que la víctima confesó, sino de sus gritos, llantos, lamentaciones, interjecciones entrecortadas y voces pidiendo misericordia. Lo más emocionante de la literatura de la Inquisición no son los relatos de las víctimas acerca de sus sufrimientos, sino los sobrios informes de los funcionarios de los tribunales. Nos angustian y horrorizan precisamente porque no tiene intención de conmovernos. El escribano que de manera metódica registra estos penosos detalles, no tiene idea de que haya en ellos nada conmovedor. Esta actitud de despego por su parte se debe, no al hecho de que fuese un funcionario del tribunal acusador, sino a que vivió en una época de mentalidad distinta a la nuestra.

A. S. Turberville (autor inglés) de La Inquisición Española,
traducida del inglés por Javier Malagón y Helena Pereña,
para Fondo de Cultura Económica.

Copiado y reorganizado sin autorización de los autores ni de las editoriales por

JOSÉ LEANDRO URBINA

Fecha de salida del país: 13 de febrero de 1974. Edad: 31 años. Carnet de identidad: 5920093, Santiago. Estado civil: casado. Familia: esposa y dos hijos. Ocupación: escritor. Exiliado en Ottawa, Canadá, desde 1977.

1. El Inquisidor presidente, normalmente hacía una protesta formal de que si la victima moría o sufría graves daños corporales bajo la tortura, esto debía atribuirse no a la Inquisición, sino al mismo reo. por no decir la verdad voluntariamente


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03