Valparaíso: de poetas y cantores

VALPARAÍSO: DE POETAS Y CANTORES

Osvaldo Rodríguez - Guillermo Quiñones

Araucaria de Chile. Nº 36. Madrid 1986.


Valparaíso, una canción

Osvaldo Rodríguez Musso

Hacia fines de 1961 Nelson Osorio me pidió un poema sobre el Puerto. Organizaba una muestra de poesía ilustrada: «Diez poetas y diez pintores». Me tocó como compañero gráfico Hans Scholbach, pero también participó en la tarea el pintor Jorge Osorio Tejeda quien dibujó con hermosa letra sobre la mitad del cuadro de Hans mi poema Valparaíso.

Luego de la exposición, el cuadro quedó colgado casi diez años en uno de los muros de mi casa, hasta que llegó Thiago de Mello, lo estuvo observando largo rato y dijo: «Esto es una canción». Eso fue por el año sesenta y nueve; entonces le puse la música.

Uno de los primeros en oír el poema cantado fue el propio Osorio, lo que produjo una crítica fundamental. En aquel tiempo éramos todos discípulos suyos. Su tertulia en Quilpué era muy frecuentada. En el Puerto campeaba en el Pedagógico y en el Roland Bar junto a Luis Iñigo Madrigal. Fundamos la revista Piedra y desde ella repartíamos pedradas al arte oficial. Nos manifestábamos contra los salones de pintura, la Sociedad de Escritores, los Institutos Culturales, los diarios El Mercurio y La Nación, y no se libraba ni Neruda con su Club de la Bota en el Bar Alemán de Valparaíso.

Nelson escuchó atentamente la canción. Había un verso que decía: «Porque yo nací pobre y siempre tuve un miedo inconcebible a la pobreza». El Capitán Osorio fue escueto: «Mira -dijo- en primer lugar tú no naciste pobre; en segundo lugar los pobres no le tienen miedo a la pobreza, le tienen rabia, cosa harto diferente». Modifiqué la letra y allí quedó de alguna manera estampada mi condición de clase: la mediana burguesía, la misma de la cual saldría toda la Nueva Canción chilena.

Alguna vez pensé en la conveniencia de grabar un disco con las canciones dedicadas a Valparaíso, pero hay varios inconvenientes. Para empezar desconozco todas las canciones dedicadas al Puerto. Sin duda una verdadera antología daría para una cantata, o mejor, una ópera (teniendo en cuenta especialmente las canciones satíricas de Payo Grondona quien, si bien no le ha dedicado al Puerto una canción global, es autor de estampas porteñas de fino y eficaz ojo periodístico); luego, hay canciones muy difíciles de interpretar aunque uno se identifique con la letra, como es el caso de Valparaíso en la noche, de Ángel Parra; otras cuyo texto es tan personal y complicado quedaría para un estudio lingüístico o semiótico (que un día haré), como es el caso de Valparaíso, de Patricio Manns, una especie de sueño cantado que contiene polvo de otoño, ardor transido de sal, espermas frutales, hondas colmenas en agraz, pan severo, olores inciertos y anclas impotentes, elementos todos de un puerto invisible que resulta ser Celestino. O bien, Valparaíso de Desiderio Arenas, en donde hay besos feroces de amantes que naufragan, sarcasmos gentiles, cuchillos que bostezan y hasta un tren que se busca a sí mismo. Canciones por cierto dignas de ser cantadas e interpretadas (especialmente en seminarios en muchas universidades del mundo que se interesan a fondo por la Nueva Canción), pero con las cuales no me he atrevido aún. Por último, hay otras que he intentado en vano reconstruir, como un bello vals escuchado a lo largo de mi infancia y que comenzaba con estos versos sugerentes: «En los cerros de Valparaíso / siempre hay algo que invita a soñar».

Por otra parte la sola serie de cuecas tristes, alegres, picaras, de guapos y políticas que ha producido el Puerto daría para una antología de varios discos (agregando otra vez a Payo Grondona y sus estupendas cuecas conversadas, grabadas hace años con la gentil colaboración de Isabel Parra, aunque, para decir verdad, por el lenguaje no son tan sólo porteñas, sino nacionales); además, si se sale del ámbito puramente nacional, habría que saber cantar bien en francés y hasta en sueco ya que Sven Bertil Taube tiene una canción preciosa dedicada a «Rosita, chilenita», una puta del Puerto de aquella que los marineros besan y se van y que es lo único que logro entender en la letra. Una de las canciones francesas dice que en el puerto faltan caballeros; yo creo que faltan marineros con agallas, de aquellos que cierta vez se tomaron la flota entera y en pie de guerra produjeron lo que Patricio Manns llama en forma tan bella: «la posibilidad de un acorazado Potemkim elevado al cubo».

Pero vamos a las canciones. He elegido un puñado de varios autores y diversas épocas y comenzaré por una de las que creo más antiguas en la Nueva Canción: Valparaíso en la noche, de Ángel Parra. Es verdad que mi texto es anterior, pero Ángel compuso su canción de una sola vez y ya la cantaba hacia 1965. Además la grabó acompañado por violoncello -instrumento muy adecuado a la nostalgia de los puertos- y con ello se transformó en el precursor del uso de ese bello sonido en la Nueva Canción.

Valparaíso en la noche

Valparaíso en la noche
siento tus pasos de baile
van recorriendo mi cuerpo
van despertando mi sangre
Valparaíso en la noche
eres más libre que el aire.

Tus calles como cuchillos
se van clavando en el cielo
tu rostro como ilusión
tan pobre, sucio y tan bello
Valparaíso en el alma
verde y rojo en el recuerdo.

Valparaíso en tus calles
he visto a Dios de la mano
de la muerte en temporales
del amor en el verano
tengo tanto que contarte
en la distancia he cambiado.

Valparaíso en la noche
princesas y reinos crecen
se casan, llaman al rey
y enviudan cuando amanece
Valparaíso en la noche.

Me retiré de tu mar
y de arena me hice tierra
me acerqué al monte y miré
y tú quedaste en cubierta
me retiré de tu mar
y de arena me hice tierra.

Angel Parra

Es de una gran plasticidad este texto temprano de Ángel, escrito en sextinas a la manera de Atahualpa Yupanqui. Sus figuras son sugerentemente sensuales, cosa también muy propia de los puertos. También hay libertad, aire, viento, rostros de ilusión sucios y bellos, que es una forma de retratar la pobreza y llevar la amarga vida de las mujeres del puerto a la categoría de reinados, figuras casi violentas: las calles como cuchillos que se clavan en el cielo. Todo esto produce una sensación de contraste que sacude al auditor. Las comparaciones aparecen sorpresivamente: Dios en la tempestad, pero también en el dulzor del verano. Y hay, hacia el final de la canción un vaivén muy marinero: el poeta se retira y se convierte en tierra, pero regresa a transformarse en arena, como el movimiento eterno de la mar.

Angel Parra nació en Valparaíso en 1943 y aunque no vivió mucho tiempo en el Puerto, volvió a él muchas veces y la ciudad lo marcó con su miseria y lo tocó con su belleza.

Dicen que Viña del Mar

Dicen que Viña del Mar
era una linda princesa,
Valparaíso, un corsario,
se prendó de su belleza.

En las noches de luna
se la robaba
y en la Piedra Feliz
la enamoraba.

La enamoraba, ay sí!
quedó el encanto,
en Viña la hermosura,
la audacia en Pancho.

Y en la Piedra Feliz,
el frenesí.

Hernán Núñez

Difícil resulta adivinar la edad de esta cueca de Hernán Núñez que nos habla del amor audaz entre Valparaíso y Viña del Mar, pero figura también en un disco grabado hacia mediados de los años sesenta. Es aquel del conjunto Los Chileneros, en donde aparece don Hernán y sus compañeros encaramados en una carreta enflorada de la Vega Central de Santiago. Hay un detalle curioso en la portada de ese disco y es poco conocido: faltan en ella dos personajes importantes que, sin embargo, figuran en el reparto del grupo: los jóvenes arquitectos Julio Alegría y Miguel Córdoba, «dos de las más notables voces de la cueca chilenera», al decir del propio director del grupo, el compositor Hernán Núñez. Ocurre que si mis amigos arquitectos llevaban barba en ese tiempo, asunto de patrones según el pueblo chileno y don Hernán no les permitió que se subieran al carro. Aunque figurado, hubiese sido como retratarse con el enemigo.

La poesía de don Hernán, en la difícil disciplina de la cueca (sólo comparable al soneto, según don Antonio Acevedo Hernández), es transparente y graciosa. Aparentemente no contiene ningún secreto para los porteños. Pero el enigma comienza, para los que nacieron en otro lugar o jamás visitaron o leyeron sobre Valparaíso, en esa «piedra feliz». ¿A quién se le ocurrió bautizar así a esa elevada roca al sur de la Playa de Las Torpederas, desde la cual se suicidaban los amantes incomprendidos? Allí está la mano del talento de poeta de nuestro pueblo. Tenía razón Gabriela Mistral cuando clamaba que para bautizar tanto cielo y tanta tierra de nuestra loca geografía, faltaba que se reunieran los serios poetas con los arrieros de las montañas y los pescadores de la mar. Ellos conocen los nombres secretos y poéticos de los elementos.

Pero también figuran en esa cueca, todo el parque que enmarca la Piedra Feliz, los alrededores del Cementerio, la larga Avenida Altamirano con sus cavernas en las rocas con un banco para los enamorados, el Paseo Rubén Darío, los bosques de eucaliptos hacia el Hospital, las glorietas que rodeaban el Parque Alejo Barrios, antes de que de todo eso se apoderaran los marinos y lo cercaran de acero. Esos fueron siempre los oscuros y fragantes lugares de refugio de los amantes sin casa.

Finalmente, aquí se llama «Pancho» a Valparaíso. Sigue siendo un enigma esta designación. Algunos hablan de un posible parecido entre Valparaíso y la Bahía de San Francisco en California, semejanza que se me ocurre algo desproporcionada (aunque no se puede descartar que para la fiebre del oro, cuando las lanchas maulinas con porteños y sureños a bordo empezaron a llegar al puerto del oro. San Francisco no fuera mayor que Valparaíso). Pero acaso sea más correcta aquella explicación que dice que viniendo desde la mar, lo primero que se divisaba del Puerto era la torre de la Iglesia de San Francisco en el cerro del Barón.

Bello nombre: Pancho. Nombre de amigo, de marinero borracho, de cantador de cuecas chileneras: aquellos guapos de los bares del Almendral, bares de nombres tan imposibles como «El nunca se supo».

Valparaíso

Eres un arcoíris de múltiples colores,
Oh tú, Valparaíso, Puerto principal,
tus mujeres son blancas margaritas
todas ellas arrancadas de tu mar.

Al mirarte de Playa Ancha, lindo Puerto,
allí se ven las naves, al salir y al entrar,
un marino te canta esta canción,
yo sin ti no vivo, Puerto de mi amor.

Del Cerro Los Placeres, yo me pasé al Barón,
me vine al Cordillera en busca de tu amor,
te fuiste al Cerro Alegre y yo siempre detrás,
porteña buena moza, no me hagas sufrir más.

La Plaza de la Victoria es un centro social,
Avenida Pedro Montt, como tú no hay otra igual,
mas yo quisiera cantarte con todito el corazón,
Torpederas de mi ensueño, Valparaíso de mi amor.

En mis primeros años yo quise descubrir,
la historia de tus cerros jugando al volantín,
como las mariposas que vuelan entre las rosas,
yo recorrí tus cerros hasta el último confín.

Y me alejé de tí, Puerto querido,
al retornar de nuevo te he vuelto a contemplar,
la joya del Pacífico te llaman los marinos
y yo te llamo encanto, como Viña del Mar.

Víctor Acosta

¿.Quién será Víctor Acosta? ¿Dónde nació?, preguntarán. ¿Qué tiene que ver con Valparaíso? Lucho Barrios, el cantante peruano tan popular en Chile, nos responde cantando ese vals inmortal: «Eres un arcoíris de múltiples colores...».

A propósito del intérprete de este vals de Víctor Acosta, Lucho Barrios no sólo es popular en Chile: lo es en todo el mundo en donde hay chilenos desparramados por la diáspora del exilio. No hace mucho esos chilenos le organizaron una gira por los Países Bajos. La noche del concierto en la gran sala del Centro Salvador Allende de Rotterdam fue memorable. Barrios declaró que jamás habría imaginado que ese público de pie le pediría sus más viejas canciones, que luego serían coreadas de memoria. El ángel porteño de tumo, en esa ocasión, fue Luis Iñigo Madrigal, el mismo de la revista Piedra y a la sazón profesor de la Universidad de Leiden.

La imaginación de Acosta va más allá de la simple metáfora tradicional . Afirmar que las buenamozas porteñas son flores blancas crecidas en el jardín del mar no es una figura cualquiera. Pienso, además, que Acosta debe ser chileno, de lo contrario no celebraría en ese vals peruano la Plaza de la Victoria, que se llama así precisamente, porque los leones, la fuente y las diversas estatuas que la adornan son parte del botín que se trajeron los soldados chilenos de la Campaña del Pacífico. También lo era la hermosa glorieta de hierro donde se instalaba el Orfeón de Carabineros a dar la retreta los días domingos, en los tiempos en que aún teníamos policía decente; hasta que un Edil muy vivo la hizo desarmar y se la llevó para su casa, en donde la utilizó para enrejar espléndidos balcones de hierro forjado. En la plaza mandó construir en su lugar una extraña mole de gusto poco definido.

Pero peruano o chileno, este vals vivirá para siempre en el corazón y las gargantas de los chilenos en cualquier lugar del mundo. Es una de las pocas canciones dedicadas a Valparaíso que no hablan de la tristeza del Puerto. En esto se parece a la cueca de Núñez y su gracia y su encanto hacen de ella una canción difícil de igualar. En realidad no tiene rivales.

Valparaíso

Las olas, el mar, el invierno, la sal
y una gaviota vuela sobre el agua,
Valparaíso está allí:
donde la selva es todo puerto,
donde la historia es todo humo,
donde el mañana es puro cuento,
tal vez el hambre, no lo sé.

La calle hacia el mar, borracho de andar
un hombre muerde su pescado.
Valparaíso está allí:
en la cerveza sin espuma,
en el pequeño de ojos tristes,
en la mujer floja y desnuda,
tal vez la vida, no lo sé.

Y el cerro de cristal una vez se rompió
y este Puerto nació de sus pedazos
y el Gitano pasó con su laúd
y se bebió una copa a su salud.

La caleta estelar, un cigarro liar
y hay un hermano pobre que no vuelve,
Valparaíso está allí:
en la garganta seca y ronca,
la red vacía sin pescado,
en la mañana silenciosa,
tal vez un sueño, no lo sé.

Allí donde hay una mujer que sin amores
va de marino en marino eternamente,
allí donde han anclado los dolores,
está Valparaíso, para siempre.

Tito Fernández

Con respecto al juego entre la alegría y el dolor, pasa todo lo contrario con esta canción de Tito Fernández, El Temucano. Se nota que es posterior a 1973. He escuchado dos versiones grabadas por el propio autor, una de las cuales lleva acompañamiento musical de gran orquesta con instrumentos de viento. Eso le da un eficaz aire marinero, parecido a ciertas canciones de Jacques Brel.

Tito enumera los elementos que va aprehendiendo de la realidad cotidiana de un día cualquiera del Puerto, y a pesar de cierto naturalismo que domina en toda la canción, esos elementos adquieren una gran calidez poética. El Temucano retrata al destino y culpa a la vida, al sueño o al hambre. Sin embargo, entre todas las estrofas que nos hablan de la pobreza, de la tristeza de un niño de mirar enfermo, de la mañana silenciosa (Valparaíso sin ruidos es Valparaíso sin buques), se destaca una extraña figura que nos habla de un cerro de cristal que se rompe y de él nace Valparaíso. Es una figura iluminada que ilumina toda la canción, parecida a aquella de Pablo Neruda en sus Memorias cuando dice que al brillante y peludo Sagitario se le cayó una vez una pulga luminosa y así nació Valparaíso.

Hay otro secreto en esta canción: un gitano que pasa con su laúd y se bebe una copa a la salud de sí mismo. Yo solía acompañar a Angel en su canción La Golondrina, sobre texto de Neruda, y cantar algunas canciones mías y otras de Paco Ibáñez, con un laúd alemán del siglo XVIII que llevaba en el cabezal del mástil el busto de un ángel con alas labrado en fina madera de palo de rosa. Era un bellísimo instrumento que rescaté del olvido. Se perdió en el tráfago terrible de los días de septiembre de 1973. A quienes quiera que lo encuentren por ahí, les ruego que me avisen. Es para mí tan importante como el Unicornio perdido de Silvio.

Tito Fernández tuvo la gentileza de nombrarlo en su canción. Al menos seguirá sonando en ella con su triste sonido de otro tiempo.

Valparaíso

Veo delante de todo
un Puerto herido, detrás unos cerros
y un largo asfalto que corta el aliento,
tímidas luces, después un silencio,
barcos pegados al fondo
una escalera y un zapato lento,
los ascensores girando hasta arriba,
al centro un niño de mano extendida.

Luego un océano triste
que se prolonga a través de la vida,
al fondo un cielo gigante y abierto,
el horizonte de Valparaíso.

Todo empapado por dentro
de un corazón que rodó por la tierra,
un hombre acude a un mesón cantinero,
un fuego opaco y una neblina.
Cuánta pregunta doliendo,
en cada esquina una gaviota muerta,
hambre en las calles, hambre en los días
se van los vientos, vuelven espinas.

Veo entremedio de todo,
al habitante de andar macilento,
al pescador que se echó mar afuera,
al poblador de los cerros dormidos,
al transeúnte que pisó la noche,
la noche honda de Valparaíso.

Sergio Vesely

Sergio Vesely es hijo de un arquitecto de origen checo que toca el acordeón (Vesely en checo quiere decir alegría, es decir nombre de juglar) y de Adriana, una dama que sabe cantar tangos. O sea, la plasticidad y la música le fueron heredados de primera mano.

Pero Sergio no conocía Valparaíso. Muy temprano, luego del golpe de estado cayó preso y una de las etapas de su vida carcelaria la pasó en el Puerto. Lo llevaron allí de noche, encapuchado y esposado y lo soltaron en una celda como prisionero definitivo. Dentro había otro poeta de nombre Antonio, con el que se encontró como suelen encontrarse los poetas de verdad en muchos momentos de la historia y en cualquier lugar en donde se luche por la justicia: privados de libertad. Antonio le quitó la venda al prisionero y como ya comenzaba a amanecer, les mostró Valparaíso a través de la reja de la celda. Allí nació la canción.

La visión de Sergio es, por cierto, atormentada y no podía ser de otra manera, sin embargo su poema encierra un homenaje que no escapa a un oído histórico:

«todo empapado por dentro
de un corazón que rodó por la tierra»

Honor a uno de los porteños de más coraje nacidos en Valparaíso: el presidente mártir Salvador Allende.

Y la canción de Vesely no se cierra ya que contiene un cielo gigante y abierto, prueba de que una canción escrita en la cárcel, marcada por la incertidumbre y el dolor, como los mejores poemas de Nazim Hikmet, puede ser también un canto a la vida y al futuro.

Puerto Esperanza
Cuando el viento salado
sople a nuestro favor
Y por tus escaleras
no camine el dolor
cuando tus ascensores
se dejen de llorar
por los que un día zarparon
con ansias de olvidar
Valparaíso eterno
Puerto de mis amores
prendido a tus balcones
un día pude ver,
cómo un ángel borracho
tus calles dibujó
y tus noches de luces
un mago inventó.
Cuando tu cerro alegre
comience a sonreír
y agite su pañuelo
al marino feliz
que regresa a su Patria
tras largo navegar
entre lágrimas y risa
entonaré este vals:
Valparaíso, dale, no más
con tu alegría
enséñanos un día
tu ingenua libertad,
no le vendas a nadie
tu sol del mes de abril
y danos tu locura
de amor para vivir.
Dióscoro Rojas

Dióscoro Rojas llama a Valparaíso «Puerto Esperanza», nada menos y elige otra vez el ritmo de vals para esta canción muy marinera.

El poema está construido como una aparente economía de lenguaje; sin embargo, contiene la mayor parte de los elementos propios de Valparaíso. El equilibrio con que están distribuidos a través de las estrofas, es como un collar: viento, escaleras, ascensores, cerros, pañuelos, navegaciones y regresos, lágrimas y risas, amores, balcones, calles dibujadas por un ángel borracho (1); magos inventores, alegrías, libertades, soles y hasta amores locos. Eso sí, no me gusta esa «ingenua» libertad. Prefiero cantarla como eterna. Y si Dióscoro me lo permite también sugiero que en la primera estrofa se cante «y por tus escaleras no suba ya el dolor», ya que así se elimina ese «camine», cuyo acento gramatical desplazado por el acento musical hace que el verso cojee ligeramente.

En realidad, con todos los bellos elementos que contiene esta canción no podía sino llamarse Puerto Esperanza y merece ser cantada cada vez que un porteño regrese a su lugar de nacimiento.

Mi secreta esperanza a voces es cantarla un día en el restaurante del «artista», «Mi amigo Raúl Quezada», en la Caleta El Membrillo, cuando me coma allí un congrio frito con cauceo de cebollas. La última vez que le mandé una canción de regalo, se las arregló para hacerme llegar de vuelta a Praga, una botella de Undurraga firmada de su puño y letra.

Valparaíso

Yo no he sabido nunca de su historia
un día nací allí, sencillamente,
el viejo Puerto vigiló mi infancia,
con rostro de fría indiferencia,
porque no nací pobre y siempre tuve
un miedo inconcebible a la pobreza.

Yo les quiero contar lo que he observado,
para que lo vayamos conociendo,
el habitante encadenó las calles,
la lluvia destiñó las escaleras,
un manto de tristeza fue cubriendo,
los cerros con sus calles y sus niños.

Y vino el temporal y la llovizna,
con su carga de arena y desperdicio,
por ahí pasó la muerte tantas veces,
la muerte que enlutó a Valparaíso
y una vez más el viento, como siempre,
limpió la cara de este Puerto herido.

Pero este Puerto amarra como el hambre,
no se puede vivir sin conocerlo,
no se puede dejar sin que nos falten,
la brea, el viento sur, los volantines,
el pescador de jaivas que entristece
nuestro paisaje de la Costanera.

Resulta algo complicado explicar un texto propio, pero a veinticinco años de haberlo escrito se vislumbra una distancia conveniente.

Por aquel tiempo yo ya era alumno de la Escuela de Bellas Artes y andaba dibujando las calles y las casas de los cerros con la intención de meterlas en grabados a punta seca sobre planchas de cobre. De ahí el tono descriptivo que tiene esta canción. Aurelio Aguirre, porteño y periodista de Oslo, escribió cierta vez que todas mis canciones pertenecen al orden arquitectónico y es probable que tenga toda la razón. No llegué a ser arquitecto, pero me quedó la deformación estudiantil de dibujarlo todo. En este caso, proviniendo yo de una familia que no había nacido pobre, la constatación de la miseria de los cerros, la vida cotidiana de esas gentes sin destino, tiñeron de tristeza no sólo esa canción, sino mi producción entera. Hasta hoy no me libro de una profunda nostalgia como una neblina porfiada y querendona y a la cual ya le tengo cierto cariño.

La muerte que atraviesa esa canción, no es sólo la premonición de mis amigos asesinados y desaparecidos, sino también aquella que marcó mi infancia: un pariente suicida, los ahogados de los temporales y esas procesiones nocturnas con antorchas y tambores ceremoniales con los que los bomberos de Valparaíso entierran a sus mártires.

«Lo único que puede limpiar tanta tristeza es el viento». Es el viento que yo he andado persiguiendo por el mundo. El viento que me devuelva el olor de la brea y el color de los volantines.


El poeta de Valparaíso

Guillermo Quiñones
Profesor de literatura y escritor. Vive en Chile.

Los primeros recuerdos de mi padre, y también de mi infancia, proceden -según lo entiendo ahora- de un período de fuertes tensiones políticas: tiranía, crisis, miseria, anarquía, persecuciones. Era el invierno de 1931 cuando nuestro padre -que poco antes había sido despedido de su empleo en un banco- desapareció de nuestro hogar por largas semanas, mientras un agente de investigaciones vigilaba la puerta de nuestra modesta vivienda en el cerro Bellavista de Valparaíso. Un día, un mensajero misterioso entregó a mi madre algún dinero y una carta en que el padre nos decía que estaba bien y que esperaba que pronto podría volver a casa. Otro día de lluvia, mientras lanzábamos barquitos de papel a la corriente de agua y barro que descendía veloz por la pendiente de nuestra calle, el policía, entre aburrido y borracho, nos espetó: -Tu padre es anarquista...

Eran años duros. De mis imágenes de infancia prevalece el recuerdo de una panadería donde por las mañanas, vendían a mitad de precio el pan sobrante del día anterior. Allí acompañaba a mi madre a comprar el pan añejo, «para que alcance para todos, estos niños comen tanto pan»... También pertenece a esos años mi primer encuentro con el aburrimiento. Los cerros porteños proporcionaban a nuestra infancia ávida todo un tesoro de hallazgos: piedras, escondrijos, insectos, arbustos, árboles amigos, viento para nuestros volantines y abajo el mar para que navegaran nuestros sueños. No había, pues, lugar para el tedio en nuestra infancia cerril y libre. Al aburrimiento lo topé por primera vez en la larga espera de una casa de préstamos -agencias las llamábamos-, donde también acompañábamos a la madre a empeñar una colcha, una sopera antigua, el anillo de matrimonio.

Un par de años después escucho a mi padre discutir con Pablo de Rokha el proyecto de una revista. No, no era Multitud, publicación que empezó a aparecer tiempo después. Debe haber sido Sudamérica, revista que no llegó más allá de los dos números. Discutían, comían y bebían. Con una de mis hermanas, jugando en el zaguán, los mirábamos. De Rokha comía en un azafate grandes trozos de carne sanguinolenta que iban manchando de rojo una enorme servilleta que tenía amarrada al cuello... Quince años después, el acuarelista Israel Roa, ensayando pasos de toreo con el mantel de nuestra mesa, mientras la radio transmitía un partido de fútbol, nos narraría otra imagen imborrable del autor de la Epopeya de las Comidas y Bebidas de Chile. En una tarde canicular, cruzaban Roa y De Rokha el pueblo de Cobquecura, o quizás Lirquén, cargados con grandes paquetes de cuadros, hablando a grandes voces, gesticulando, alterando la siesta del pueblo. A prudente distancia, un grupo de niños los observaba. Al caer la tarde, instalados en una fritanguería casi a la orilla del mar, poeta y pintor bebían largos tragos de vino blanco y comían erizos. A instancia del poeta. Roa mascaba a disgusto el camarón del erizo, escupiendo trozos de caparazón. Por boca y manos de uno y otro corría el jugo bermellón de los crustáceos, cuando en la puerta del boliche se encuentran de nuevo con el grupo de niños, y uno de ellos que grita: -¡Cabros, los tigres están en la playa!... -¿Se da cuenta, Israel -comentó el poeta-, cómo la poesía anda botada en Chile?

Hay un óleo del pintor chileno-yugoeslavo Roko Matjasic que muestra al poeta Quiñones en su juventud: un rostro delgado, de trazos firmes y una mirada entre distante y ensimismada. El cineasta y periodista Pedro Sienna escribió alguna vez en La Nación: «En Valparaíso encontré al poeta Quiñones, el hombre más triste que he conocido en mi vida». Ambos, frase y retrato -más allá de la hiperbolización del autor de «Esta vieja herida que me duele tanto» o de la magistral interiorización del pintarnos remite a los años veinte, a todo un largo período de crisis, de búsquedas, de eclosión popular, de toma de conciencia sobre un orden social injusto y de carencia de perspectivas o impotencia para resolverlo, contradicciones que se expresan en ese clima de pesimismo que Mc Iver calificó como nuestra «crisis moral», estando de ánimo que recogió con singular penetración particularmente la poesía chilena de la época. Si no se quiere escarmentar en significativos poetas menores como Carlos Moncada o Max Jara, piénsese entonces en la desolada búsqueda de valores absolutos en Gabriela Mistral o en la violencia del dolor personal y colectivo que trasunta De Rokha en «Los Gemidos» («Yo soy como el fracaso total del mundo, oh pueblos») o piénsese en esa «canción desesperada» con que termina el libro de mayor influjo en la poesía amorosa latinoamericana.

En ese lapso que va desde la Primera Guerra Mundial a la agudización de la crisis de los años treinta, vive Quiñones sus vivencias determinantes en los planos social, político y estético, vivencias que determinaron la visión de mundo que se desprende de su poesía y, muy especialmente, su actitud vital de irreductible rebeldía frente al orden social imperante, de desprecio frente al dinero y al mundo mercantil, y, a la inversa, de exaltación de los valores espirituales y culturales, hasta el extremo de hacer de su propia vida un ejemplo tenaz de poesía viviente. Porque el poeta Quiñones no es sólo ese centenar de poemas que dejó desperdigados en diarios y revistas de Chile y América. Indiferente a los bienes materiales, siempre más cercano a los hombres que a las cosas, este poeta es también sus vínculos, su entorno cultural. Quienes lo denominaban el poeta Quiñones lo hacían subentendiendo que con su obra, su vida, su pasión y su ejemplo, representaba a la poesía en Valparaíso.

Volvemos la vista atrás y, a ratos, nos parece increíble, por ejemplo, cómo este «poeta de su vida», asediado de necesidades y adversidades, siempre urgido de dinero, resulta, sin embargo, parte insoslayable de la vida literaria y cultural de Valparaíso, desde la ya olvidada Casa del Artista que dirigiera Julio Salcedo por los años treinta. Anárquico y huraño frente a capillas y cenáculos literarios, cultivó, no obstante, larga y fraternal amistad con los más representativos intelectuales del Puerto. Con los pintores, por ejemplo. Recordamos nuestras visitas, aún niños, a las exposiciones de pintura en la Biblioteca Severín o en la Quinta Vergara y las largas conversaciones del padre con Camilo Mori, Carlos Lundstedt, Alvaro Guevara, Jorge Madge, Nacho Vásquez, el grabador Carlos Hermosilla Alvarez, el acuarelista González Arancibia; más tarde vendrían Luis Cano, Carlos Sepúlveda, los pintores argentinos Copulo y Angélica González y otros que desconocemos.

Un persistente recuerdo de infancia nos trae la imagen de Alejandro Galaz, el autor de esa inolvidable «Trompo de siete colores, / mi corazón te recuerda», haciéndonos caballito, un niño en cada rodilla, en nuestra casa natal, o la visión del legendario poeta vegetariano Zoilo Escobar, nadando desnudo en la Laguna Plateada, mientras cinco o seis poetas no vegetarianos fumaban a la orilla y discutían La Deshumanización del Arte. O aquello que no vimos, pero que en el recuerdo es como si lo hubiéramos visto: Alberto Rojas Jiménez asomándose de amanecida a la misa de seis en la iglesia del Espíritu Santo y asustando a las cuatro beatas madrugadoras con el grito; -¡Viva el diablo!...

De mis recuerdos de adolescencia surge la serena imagen del escritor Victoriano Lillo, que dirigía la revista del Museo de Bellas Artes de Viña del Mar, los poetas Carlos Casassus, Pascual Brandi Vera, Oreste Plath, Venancio Lisboa, Lautaro Robles, Luis Fuentealba, Modesto Parera, Leucotón Devia, autor de delicados textos para tonadas chilenas, el profesor y poeta Rafael Coronel, capaz de hablar horas en verso consonante o asonante, según lo exigiera la ocasión, y Juan Uribe Echavarría, escritor, folklorista, organizador de memorables encuentros de «puetas», payadores y cantores populares y, al mismo tiempo, el profesor más desformalizado y estimulante que hemos conocido. Y cómo olvidar que a nuestra casa que se derruía progresivamente -cada año un pestillo, un vidrio menos, un madero que aflojaba y no se reparaba, una pared que vacilaba- llegaban tantos artistas amigos: Pedro Plonka, que escribió, entre otros, un notable poema a Chaplin y que de repente se alejó de todo, los pintores Roco del Campo, Pedro Celedón y los amigos de siempre. Esteban de Santa Coloma, que recitaba a García Lorca, y el escritor y periodista Manuel Astica, que impulsaba grupos como «Temporal» y «Altamar de Poesía» y que un día ya legendario condujo la insurrección de la Armada. También nos visitaba con frecuencia el poeta y médico Arturo Alcayaga Vicuña, creador de una poesía alógica, sideral, y autor de libros como En la Trasmano de la Atmósfera (o La Descalcificación del caballero) y Las Ferreterías del Cielo, poemario este último encuadernado con tapas de fierro: cada ejemplar pesaba dos kilos. Cordiales amigos de mi padre fueron Mariano Latorre, el crítico literario Ricardo Latcham y don Augusto D'Halmar, quien a comienzo de los años cuarenta venía a vernos, eso sí, a la casa de mi abuela, a comer unos panqueques que hacía mi cumplida abuela y que nunca más -qué pena- volverán a aderezarse igual; naturalmente, al autor de La Sombra del Humo en el Espejo había que tenerle también su «apiado»... Por ahí por 1944 se fue D'Halmar de Valparaíso a raíz de una campaña difamatoria organizada en su contra por el director del diario El Mercurio. Mil quinientos porteños le despedimos en una mañana de domingo y le expresamos nuestro desagravio. Nunca hasta entonces se habían reunido mil quinientas personas en un acto exclusivamente literario. Es lo que la historia literaria de «la ciudad del viento» denominó como «el Milagro del Teatro Avenida».

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Enraizada en este medio cultural que hemos venido vocetando y que Juan Uribe ha calificado como «la contrafigura del Valparaíso oficial, mercantil, británico y bursátil», conformada también en un largo período de crisis y frustraciones, e ideológicamente discordante con el orden social imperante, la poesía de Guillermo Quiñones coincide, colinda en contenido y forma con los diversos tipos de vanguardismos en auge en las décadas del veinte y el treinta: sin embargo, cualquier lector atento se percatará que más allá de alguna lejana resonancia surrealista, futurista o expresionista, esta poesía posee una estructuración formal muy libre y personal, que la alejan de cualquier escuela poética determinada y que también la distinguen expresivamente de sus compañeros de generación en Chile.

Quizás el poema más recordado y representativo de Quiñones sea su extensa «Balada de la Galleta Marinera». A través de una técnica de asociación libre y fundamentalmente digresiva, el poema avanza en un largo trance de nostalgia -en la que «germine también el polvo y la carcoma»- entre seres asediados de soledad o angustia, entre marineros muertos y tabernas nocturnas, por el otoño, el invierno y la noche, el encuentro de la galleta marinera de rostro desventurado, ése que la ternura del poeta clavó en la infancia a uno de los muros de su cuarto y a la que un día la voracidad del tiempo disolvió en un silencio de agua y harina. «Saturado de antigua melancolía», el canto se abre, sin embargo, «como una mano planetaria» en afán de abarcar la totalidad oceánica, de rescatar todo un pretérito épico y legendario, de galeones, veleros, arboladuras, «brújulas equívocas», hasta culminar en la apoteosis de la lucha humana en el mar, en el descubrimiento de América, «cuando el mundo se hace redondo / como una naranja dentro del invierno».

La estructura del poema que, a partir de una vivencia individual, tiende a expandirse, a proyectarse en el ámbito social e histórico, es clave en la imaginación poética de Quiñones. Su «Canto al Cartero», por ejemplo, es una superposición, una travesía de imágenes que abarcan la antigua China, Egipto, el imperio incaico, feudalismo. Renacimiento, Revolución Francesa, indagando el relieve social del humilde mensajero, sostén de vínculos entre los hombres.

Muy distante de la poesía pura -concepto en boga entre las dos guerras mundiales-, el poema es en Quiñones un verdadero camino para comprender, trascender y sentirse unido al pasado, al futuro, a lo distante y a los hombres, en una sociedad cuyo orden no se comparte. En esta poesía impura -en el sentido que la anhelaba Neruda- tiene un rol preeminente el juego de contrastes, la oposición o integración de contrarios. En tal sentido, otro de sus poemas concibe, por ejemplo, la primavera -lejos de todo clisé- como floración y destrucción, como renovación y ruptura, como fusión de lo divino y lo demoníaco, de la vía láctea y los abismos oceánicos, en el purgatorio, en el infierno, en el Valle Central de Chile, en el viento sur, correteando en los cerros de Valparaíso... Leamos su comienzo:

Del guano de los establos moscas de verde peto
fiestas de doncellas tristes para las moscas de negras patas.
Amanse las carcomas en las maderas tibias, fragantes a mosto viejo.
Agrietándose las murallas. Pómpense las corolas. Estallan las pulpas acidas.
Los insectos, niños traviesos, sacrifican alas nocturnas.
Tiempo de púrpura y polen. De embriaguez y de sollozo.
Tiempo en que las manos marchitan todos los rasos
y rasgan todas las sedas aromadas a incienso, mar o nardo.
Corolas. Alas, Lágrimas. Garra de bestia. Vuelo de pluma.
Canciones en las ventanas, en los caminos, en los burdeles.
Dolor y risa. Dios y Satán dentro de los ojos,
entre los muslos, entre los brazos.

Más próxima, quizás, a la poesía de Apollinaire y a los expresionistas por su compromiso social y su búsqueda de simultaneidades y de sentimientos o imágenes encontradas, la poesía de Quiñones, sin embargo, coincide con el surrealismo en el gusto por lo mágico y lo inconsciente. Los viejos mitos, la leyenda, la evocación bíblica, reaparecen a menudo en su poesía, eso sí, siempre reimaginados, ensoñados libremente, pero también rigurosamente imbricados dentro del clima lírico. En tal sentido, por ejemplo, el padre del poeta es imaginado en su quehacer artesanal paradisíaco como un mítico Vulcano, junto a san Eloy, «rey de los forjadores» y el «viejo Baco a caballo en la osamenta de un sol de España», mientras «Adán, ciego y pobre, en un arrabal del paraíso pide limosna».

El atractivo que ejercen el mito y las religiones en un poeta descreído, tiene su explicación en los vínculos entre poesía y magia, y la vida y la fantasía del poeta Quiñones encontraban a cada paso el rasgo intenso, excepcional, desmesurado o inexplicable en la vida y en los seres. De tanta anécdota insólita, recordamos aquella noche que retomó maravillado a casa. Casi frente a nuestra puerta, en el vaho que exhalaba un cauce de aguas servidas -nos contó- se suspendía una cruz de luz. El poeta deslumbrado se acercaba, pasaba sus manos hacia arriba, abajo, al lado, mas la cruz permanecía. Miraba inquisitivo hacia lo alto, a las copas de los árboles, buscando la rama, la luz que proyectaría esa cruz perfecta. Nada. A la noche siguiente y a las subsiguientes, lo mismo. Pasaron meses y noche a noche el encuentro fantástico... Fue al invierno cuando repentinamente el poeta desconcertado no encontró su nocturna cruz de luz. -Claro, cayeron las hojas de los árboles- comentó el amigo racionalista. Pero el tema sirvió al profesor Abelardo Barahona para escribir un cuento con el que ganó un concurso del diario La Estrella.

Fuente de magia es la noche, y las imágenes nocturnas u oníricas asoman una y otra vez en esta poesía como testimonio de la poderosa vida nocturna de su autor, capaz de coger de la noche su vasta libertad, la autenticidad que prodiga y su oculta fantasía. Su poema «Nocturno» descubre en la noche, junto al canto, el amor, la poesía y el ensueño, también la fraternidad entre los hombres: «Entre el primer lucero y el canto ceniza del gallo, / se verificó el milagro de los himnos ardientes / que hicieron fraternizar ciudades, continentes y razas»... Y a la inversa, consagrada a los bebedores, soñadores, poetas, es decir, «a los alquimistas de la vida», la noche sólo está vedada a los mercaderes, «seres engendrados en la prisa de un negocio» que precisan «la luz. violenta».

En estos recuerdos dictados por el afecto, no podemos olvidar el más hermoso dibujo de la noche que hayamos visto en nuestra vida. Es un dibujo al carbón trazado por el artista porteño Pedro Celedón, el mismo que alguna vez, al recibir un premio en un «Salón de Verano», volviendo a su asiento, lanzó la medalla por la ventana, ante la estupefacción del público. Su tierno dibujo se titula «El Pescador de Sombras»: desde el fondo de un negro absoluto surgen finas líneas blancas una silueta, una caña de pescar que se pierde en la noche... Un día lejano, Pedro Celedón se perdió en la noche para siempre y nunca nadie supo más de él.

Esa vastedad especial y temporal en que procura expandirse el poema de Quiñones involucra todavía algo más que lo que hemos señalado. Es por un lado una suerte de conciencia histórica, de que el poeta se siente a sí mismo como parte del devenir histórico; de ahí las frecuentes imágenes que nos remiten al esclavismo y al feudalismo. Por otra parte, esto implica, fundamentalmente, una forma de fraternidad, de hermandad universal, que lo hacen mirar hacia los más lejanos ámbitos buscando al ser humano, de preferencia a los humildes, los explotados, los vagabundos, seres trashumantes o marginales.

Un dejo de socialismo utópico -sus contactos con la I.W.W. de la década del veinte dejaron su impronta- se transparenta con frecuencia en la poesía de este apasionado defensor de la libertad y la justicia, de este «camarada de la humanidad», según el decir del poeta expresionista Ludwig Rubiner. El poema «Hoz y Martillo», por ejemplo, escrito al calor de las luchas del Frente Popular en 1937, termina con estos versos absolutos dirigidos a obreros y campesinos: «Cuando todos los puños / sean un solo puño, / sólo entonces los hombres / serán un solo hombre, / y todas las tierras una sola tierra / y todas las banderas una sola bandera. / ¡Sólo entonces seremos camaradas!»

Ligadas a lo anterior en complejo contexto están su visión paradoja! del mundo y su pertinaz negación de determinados valores socialmente establecidos, negación que implica necesariamente una afirmación de autenticidad («santo, tan santo que nunca hizo un milagro»), como igualmente ese romántico pesimismo -muy de época-, pesimismo que no excluye su afirmación apasionada de la vida, la que aflora a menudo en imágenes de vibrante vitalidad como «la juventud descorcha toda su alegría» o «yo digo que el arroz es como una muchacha desnuda que diera de beber al viento».

Cuando en octubre de 1982 murió el poeta Quiñones, sus amigos depositaron sobre su ataúd la Antología Poética del Mar, de Mario Ferrero, texto en que figura su «Balada de la Galleta Marinera». Cabal homenaje a un poeta que vivió apasionada, desorbitadamente el mar y su ciudad entrañable, su Valparaíso «de arquitectura idéntica a la del océano en tempestad».


Notas:

1. Recuerda las «Fiestas en el Cielo» y los «Santos Borrachos», recopiladas y cantadas por Violeta Parra y que corresponden a la supervivencia en nuestra poesía popular y campesina del Coena Cypriani, códice semi secreto de los monasterios del siglo XIII con el que algunos monjes contrarios a la Inquisición y a la excesiva seriedad, enseñaban las sagradas escrituras en verso y en broma para que los jóvenes novicios las aprendieran de memoria.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03