"Martín Rivas": Realismo y Estado Nacional

"MARTÍN RIVAS": REALISMO Y ESTADO NACIONAL

Diego Muñoz

Diego Muñoz es profesor en la Universidad de Minnesota, Estados Unidos.

Hay dos problemas que solucionar antes de aproximarse a la literatura desde una perspectiva socio-histórica. El primero es determinar qué concepciones de los términos básicos se están manejando, y el segundo, adoptar una posición frente al debate en relación a la supuesta neutralidad epistemológica de la historia respecto al arte. Esta tradición de neutralidad que predominaba en los estudios históricos del siglo XIX, a mi juicio, también ha condicionado, al menos parcialmente, el enclaustramiento del crítico literario hispanoamericano dentro de un objeto y métodos de análisis restringidos a lo "puramente literario". Las concepciones de arte y ciencia como dos formas radicalmente distintas de conocer el mundo han moldeado de algún modo el quehacer del estudioso de la literatura hasta nuestros días. Estas concepciones son evidentemente cuestionadas en la actualidad (1).

Respecto al primer problema debo decir que entiendo la historia como un proceso acumulativo en el cual los diversos agentes sociales van produciendo, con su trabajo, instrumentos materiales e intelectuales que les permiten insertarse de un modo crítico y transformador dentro de su sociedad. A partir de esto es que un discurso literario ya no será un conglomerado de formas y estructuras lingüísticas autorreferenciales divorciadas de su realidad exterior, sino que será una construcción simbólica del lenguaje que se vincula estrechamente a una formación económico-social determinada. Un discurso literario será entonces una representación imaginaria del modo como los hombres perciben las relaciones sociales especificas que forman parte de su momento cultural. En relación al segundo problema voy a "solucionarlo" diciendo que la premisa fundamental en que está basado este trabajo es que la historia está irremediablemente incrustada en cada composición de lengua que es la creación literaria. Asumo que los discursos literarios y los discursos históricos no constituyen formas esencialmente distintas del conocimiento humano. Más aún, la línea divisoria que pudiera existir tiende a desvanecerse cuando entendemos un discurso literario no como un elemento suplementario, sino como historia misma, pues se convierte en historia en la medida en que junto con integrar aspectos constitutivos de su época -convenciones del lenguaje, tradición literaria y filosófica, etc.- simultáneamente está produciendo nuevos significados, ideas e ideologías que pasan a integrar su momento cultural, y a desempeñar un papel en las luchas sociales por conservar, consolidar, transformar o eliminar determinadas estructuras socio-económicas y políticas. Aclarado este aspecto debo decir que me interesa analizar a la luz de la historia las relaciones entre texto literario y ciertos planteamientos ideológicos identificables en una obra del realismo chileno, Martín Rivas (1862), y establecer sus relaciones especificas con la sociedad chilena de mediados de siglo. Un planteamiento ideológico, entonces, tendría como base la serie de elementos lingüísticos formales representativos de esta unidad que es el texto narrativo, recordando que ha sido creado en el proceso general de producción de significados e ideas característicos de una clase o grupo social en un momento histórico específico, en este caso. Chile a mediados del siglo pasado.

Dos cosas más antes de comenzar. La primera respecto al camino metodológico adoptado y la segunda en relación a la utilidad de las aproximaciones socio-históricas a la literatura. Ante la alternativa de entrar en el texto y abrirse a la historia o penetrar en la historia y volver al texto, he optado por esta última modalidad no porque la considere más válida, sino simplemente porque estimo más revelador entrar al texto literario una vez que lo hemos situado en el espacio histórico temporal que le corresponde. En cualquier caso la relación siempre habría que hacerla en ambas direcciones. Sobre el segundo punto, voy a recurrir a una cita de un historiador. Hayden White sostiene que "the contemporary historian has to establish the valué of the study of the past, not as an end in itself, but as a way of providing perspectives on the present that contribute to the solution of problems peculiar to our time" (2). Esta afirmación respecto a la labor del historiador actual, es particularmente aplicable al campo de la crítica literaria, en donde la atomización temporal del objeto de estudio ha contribuido a dificultar el entendimiento del desarrollo evolutivo de nuestra literatura. En nuestro caso, establecer el valor literario o histórico de un texto del pasado como un fin en si, no puede sino contribuir a un obstruccionismo en la comprensión de la continuidad de la literatura y cultura hispanoamericanas a lo largo de su historia. Es evidente que en este trabajo monográfico no están hechas las conexiones entre pasado y presente; sin embargo, fue hecho pensando en ayudar a la comprensión de los problemas culturales y globales del Chile actual.

I. Trasfondo histórico: Economía y Texto

Dos años después que el chileno José Santos Ossa descubriera el salitre en el norte de Chile (Antofagasta, 1860), aparece la que ha sido considerada como la mejor y más popular novela de Alberto Blest Gana, Martín Rivas (3). Su autor, miembro de una dinámica familia liberal, se muestra como uno de los principales agentes que están llevando a cabo los planteamientos que veinte años antes hiciera José Victorino Lastarria en su conocido discurso de incorporación a la Sociedad Literaria (1842), es decir, la necesidad imperiosa de iniciar la creación de una cultura nacional (4). El aporte de Blest Gana ya ha sido premiado en 1860 por su capacidad para configurar cuadros de personajes notoriamente chilenos, personajes que "se parecen mucho a las personas a quienes conocemos, a quienes estrechamos la mano, con quienes conversamos" (5). Desde una perspectiva realista, Blest Gana contribuye a darle forma a ese anhelado "perfil nacional" a la literatura chilena, describiendo principalmente ambientes urbanos, en los precisos momentos en que la formación del Estado nacional está en pleno desarrollo. Situado en un período en que la corriente romántica hispanoamericana ya ha dado sus frutos -han aparecido Facundo (1845) y Amalia (1851)-, y en un instante en que en Chile se manifiestan con nitidez meridiana las luchas interburguesas por controlar el poder político y reestructurar la base económica del país (6), Blest Gana se desvía del camino marcado por Sarmiento y Mármol y orienta su producción literaria hacia la narración marcadamente realista. Este hecho está vinculado directamente con el proceso económico y político que se está desarrollando en el país.

Como tantos otros países latinoamericanos, la estructura económica predominante en Chile a mediados del siglo pasado tiene una base agrícola y minera orientada a la exportación. Las estrategias económicas puestas en práctica por la fracción latifundista exportadora de la burguesía, clase dominante del momento, se ubican dentro de lo que G. Wynia ha denominado "tradicionalismo" (7) Para Wynia esta estrategia económica se extendió hasta la Segunda Guerra Mundial, pero persiste en ciertas áreas. Se caracteriza por el convencimiento de las clases dominantes de que América Latina debe ser el mercado o feria libre de los países industriales por el rechazo a los cambios que alteren el sistema de extracción minera y producción agrícola imperante, y por la alta estimación a la inversión extranjera. El talón de Aquiles de esta estrategia, sostiene Wynia, es la dependencia inescapable a las fluctuaciones en los precios de las materias primas y la pérdida de mercados extranjeros. Dentro de esta caracterización general, un rasgo peculiar chileno se refiere a la penetración de capital extranjero en la economía nacional y a la propiedad de las riquezas naturales. A diferencia de otros países latinoamericanos, como Ecuador, por ejemplo, se evidencian tempranamente en Chile "embriones de desarrollo capitalista" y hacia mediados de siglo el país se encuentra en una etapa avanzada del proceso de acumulación originaria que vendrá a consolidarse con lo que se ha llamado la "pacificación" de la Araucanía (8). No obstante la directa penetración de capital inglés en la economía -recordemos figuras como G. Wheelright, F. Schwager y J. Mac-kay- y su innegable participación en el impulso económico que experimenta el país a mediados de siglo -auge del mercado californiano de 1848 a 1857-, el hecho fundamental y muchas veces desestimado, como lo señala Luis Vítale (9), es que no se produce la desnacionalización de la economía sino hasta después de la caída de Balmaceda (1891) y que la burguesía nacional continúa siendo dueña de las minas y las tierras, aunque claro está, ya es dependiente de los mercados europeos. Aquí es necesario hacer una observación respecto a la constitución y al desarrollo de la burguesía nacional como clase dominante. Tradicionalmente se ha hablado de diversas capas de la burguesía que habrían surgido como producto del desarrollo económico durante los decenios (1831-1861), sin embargo me parece más justo hablar de un "proceso de desarrollo combinado de la clase dominante que se había iniciado en la época colonial", como lo hace Vitale (10). Desde este punto de vista entonces es posible hablar de capas o fracciones de la burguesía originadas bajo el imperio español y que estarían constituidas por mineros, comerciantes y terratenientes o "aristocracia feudal" y cuyas contradicciones con el monopolio comercial español las llevaron a la conquista del poder político, expresada en las luchas por la independencia. Lograda la independencia se rompe la unidad y la diversidad de intereses origina las luchas entre las fracciones dominantes que vienen a culminar con las revoluciones de 1851 y 1859. El descontento de la burguesía minera del Norte Chico por las medidas económicas desfavorables tomadas por la burguesía latifundista exportadora en el poder y el abandono a los terratenientes del centro-sur del país, constituyen causas esenciales de estos conflictos (11).

Es importante para nuestro análisis hacer énfasis en el carácter fundamentalmente minero de la economía chilena durante los años en que Blest Gana ayudaba a moldear la literatura nacional, y a través de todo el siglo pasado. Como lo indica Marcelo Segall, la economía chilena en el siglo XIX fue, "en última y definitiva instancia, minera" (12). Sin embargo, el problema principal para la burguesía minera residía en su condición de subordinado político de la fracción latifundista, es decir, "los mineros y fundidores costeaban el presupuesto nacional, y la agricultura recibía el beneficio" como lo dice Segall. De ahí que su acción se oriente a la búsqueda de la mejor solución: control del Estado. Esta situación está expresada en los siguientes términos: "Viendo constantemente amagados sus intereses por el gobierno, los mineros buscaron una salida. Esta era coger las riendas del poder. En el medio siglo, su posición se había confundido con otras capas y grupos sociales oprimidos" (13).

Esta variedad de aspectos de la realidad socio-económica y política del Chile de mediados de siglo -el carácter interburgués de las revoluciones, la naturaleza esencialmente minera de la economía y la subordinación política de una fracción de la burguesía a otra- conforman el trasfondo, digamos parcial , del texto de Blest Gana que nos ocupa. A ver las relaciones entre ambos nos abocaremos en seguida.

La base y expresión visible al lector de un planteamiento ideológico, como lo definimos anteriormente, la constituye la diversidad de elementos estructurales del texto narrativo. Por el momento veremos aquel planteamiento que se refiere a la base económica de la sociedad.

La historia en el texto, o sea, el "ordenamiento cronológico causal" de los acontecimientos (14), y la caracterización del personaje protagonice son la base formal de un postulado ideológico en relación a la economía. Un joven de 22 ó 23 años originario del norte chileno -de la zona de Coquimbo o Copiapó-, heredero sin herencia de una fortuna malgastada por su padre en la búsqueda de minas, llega a Santiago a solicitar la protección de uno de los más encumbrados latifundistas capitalinos, que resulta ser el causante de la ruina del padre del muchacho, Martín Rivas. La meta principal de este joven es finalizar sus estudios de abogacía y retornar a su tierra natal. Inexperto, políticamente ingenuo, pero de una nobleza espiritual e inteligencia admirables, Martín no tarda en percatarse de las adversidades del mundo urbano dominado por la avaricia, la inmoralidad, la banalidad y la falta de sentimientos nobles. Sus virtudes y méritos le granjean el aprecio de esta familia adinerada que muy pronto lo acoge como consejero de familia. Entre Martín y la hija de su protector nace un amor que termina por superar las diferencias y orgullos de clase evidentes en su relación desde un comienzo. Después de varios episodios en los que Martín se convierte en guía de conductas extraviadas, logra escaparse a Lima luego de verse peligrosamente involucrado en los hechos del motín de Urriola, de 1851. Mediante una carta a su hermana relata su regreso a la capital chilena, después de cinco meses, y cuenta su futuro enlace matrimonial con Leonor, la hija del hacendado que ha sido su protector, don Dámaso Encina. La unión de los dos jóvenes es coronada con el traspaso a manos de este "pobre provinciano" de los negocios de su futuro suegro.

Esta simple historia de amor, para decirlo con las palabras de J. Concha, "se convierte en vehículo ideológico que coadyuva a difundir y a propagar la mentalidad que surgía. De este modo, una vez más -como antes Lastarria en la década de 1840-, la literatura adelanta o plasma paralelamente las aspiraciones que también se manifiestan en el orden político" (15). Pero si bien esta afirmación refleja con exactitud una estimación del texto literario como un hecho social, a mi juicio es necesario hacer notar más específicamente aquellos elementos formales que apuntan al aspecto económico-político de la sociedad del momento. Es indudable que aquella "mentalidad que surgía" se nutria de las contradicciones que originaban las luchas interburguesas por controlar el poder político, entre otras cosas, claro está. Esa mentalidad se iba modelando dentro del conflicto por poner en práctica un modelo económico más favorable a una de las fracciones en pugna, la burguesía minera y agrícola de provincia. En términos más amplios, esa mentalidad tenía como fuerza motriz la búsqueda de una forma más equitativa de integración al sistema capitalista en ese instante en expansión. Al respecto es extremadamente ilustrativo el desplazamiento espacial y la caracterización del protagonista de la novela. Martín viene precisamente de la zona en que la burguesía minera es económicamente fuerte y se traslada al lugar en donde su poder es prácticamente nulo, al centro de decisiones que está "amagando" los intereses de su clase. Este joven busca terminar su carrera de leyes, hecho que apunta a la necesidad más imperiosa de la burguesía minera: la transformación del aparato legislativo a su favor. Martín es una amalgama de inexperiencias que son subsanadas por otros rasgos positivos de su personalidad. Su inexperiencia mercantil es superada por cierta inspirada pericia en los negocios (es bueno recordar que en el medio siglo la burguesía minera no ha tenido el control de la política económica y comercial del país); su ingenuidad política es compensada con una inteligencia excepcional que le permite percibir la vulgaridad de los demás. Sus virtudes románticas se complementan perfectamente con sus virtudes intelectuales -"de mirar apagado y pensativo", "de alma noble y delicada", "moralmente bien organizado", "melancólico", pero también "inteligente", "razonador", "calculador", no obstante ser "inexperto"-. El vigor físico e intelectual de Martín es posible relacionarlo cronológicamente con la etapa de maduración de la burguesía minera como fracción de clase que ha tomado conciencia de sí misma y de su poder económico. A los 22 ó 23 años las potencialidades físicas e intelectuales de Martín han alcanzado su cúspide y se nos muestra como un personaje ya evolucionado, de quien apenas sabemos limitados aspectos de su pasado.

La percepción de los espacios en los que se desplaza el personaje central es también importante. Martín proviene de espacios en los cuales la productividad está siendo ahogada por fuerzas externas, simbólicamente bien representadas por la participación de don Dámaso Encina en la ruina de su padre. Esta productividad contrasta absolutamente con los espacios que descubre Martín en la capital, en donde lo predominante es la falta de vitalidad. Las mansiones de la burguesía latifundista dejaron de ser espacios destinados al regocijo, a la manifestación de las inquietudes del espíritu (como en los románticos) y se han convertido en lugares de revelaciones de todo lo funesto y despreciable de las acciones humanas de la aristocracia capitalina. Estas mansiones adquieren las peculiaridades de un confesionario: en casa de don Dámaso se dan a conocer los pormenores de su oportunismo político y de sus negocios especulativos, como también se hace público el relajamiento moral de Agustín y las pasiones económicas de don Fidel; en casa de doña Clara San Luis se conoce el extravío de su sobrino Rafael y el resultado de sus amores con Adelaida (muchacha de "medio pelo"); aquí se hacen públicos los arreglos por la espalda entre don Fidel y don Simón. El primero para conseguir una hacienda y el segundo para obtener votos para su candidatura; en casa de don Fidel se revela su personal interés por casar a su hija al mejor postor; la casa de doña Bernarda (madre de Adelaida y Edelmira), junto con facilitar la ilusoria y quimérica unión de dos clases sociales distintas, se convierte en el lugar donde los jóvenes aristócratas se reúnen para dar rienda suelta a sus instintos. La plaza y demás espacios públicos son simplemente lugares de exhibición de la aristocracia capitalina.

Como en un segundo plano de la narración se alude a la potencial utilidad de determinados espacios abiertos que rodean la ciudad, que no son sino las haciendas de los latifundistas de la capital. Así, en un momento en que Rafael está sumido en un atolladero emocional y profesional por efecto de la vida urbana, surge la posibilidad de pasar un tiempo en las haciendas de Pedro San Luis, que son, por supuesto, el cimiento de vida para el hijo del hacendado. La permanencia de Rafael en estos espacios le permitiría encontrar la tranquilidad y el entendimiento que no halla en la ciudad. En este sentido las relaciones entre algunos jóvenes latifundistas -hay que descontar a Agustín, que representa lo decadente y europeizante de la aristocracia- y Martín se las aprecia potencialmente fructíferas. Ellos representan la posibilidad de entendimiento de su clase, y las buenas relaciones entre Rafael y Martín apuntan hacia este aspecto.

Finalmente hay otro elemento intratextual que es pilar fundamental del planteamiento ideológico referido a la base económico-política de esta formación social. Este elemento es el enlace matrimonial de los dos jóvenes, Martín y Leonor, que se convierte en el paradigma ideológico más importante de toda la novela: la unidad y cohesión de clase en la cual la fracción minera jugaría un papel decisivo. Al respecto es ilustrativa la función que desempeñará Martín dentro de esta familia aristocrática: será el encargado de los negocios de don Dámaso. Es necesario hacer notar que Martín se integra precisamente como el miembro más importante de la familia, pues de sus decisiones dependerá el rumbo de la situación económica familiar, que, como sabemos, promete ir en ascenso ("...ha corrido con todos los negocios de la casa con un acierto que usted alaba todos los días", exclama Leonor a su padre, a lo cual éste replica:

"En cuanto a eso, es la pura verdad; y no miento si digo que debo a Martín mucha parte de las ganancias de este año", p. 627).

II. Trasfondo histórico: Política y Texto

No podemos referirnos a los planteamientos ideológicos identificables en el texto, sin antes discutir el carácter de la institución rectora de las relaciones sociales a nivel nacional: el Estado. En el momento en que Blest Gana publica esta novela, la configuración del Estado nacional ha oscilado entre las ideas liberales y conservadoras. Aquel Estado permisivo y protector que anhelaba Bolívar (16), aquel Estado que reemplazaría el régimen colonial autoritario, no había llegado a concretarse una vez declarada la independencia definitiva del país (1818). El pipiolismo -ideas liberales en su versión chilena- y su máxima expresión jurídica -la Constitución de 1828- se mantienen corno fuerza predominante en la vida política sólo hasta 1830, cuando los conservadores toman el poder, a partir de la batalla de Lircay. Se inicia aquí el largo período de "conservadurismo decenal", que se extenderá hasta 1861. Los rasgos sobresalientes del Estado durante estos tres decenios lo constituyen su carácter centralista, excluyente, impositivo e injusto (17). La necesidad de alterar la composición de clase del Estado y a partir de ahí reorientar las diversas políticas emanadas de él, es algo que no pasa desapercibido para Blest Gana. La percepción que éste tiene de los acontecimientos históricos espacial y temporalmente más inmediatos -las luchas interburguesas en su versión capitalina- sin duda ha condicionado el proceso de producción de esta novela y por supuesto sus planteamientos ideológicos. El modo narrativo, la disposición de los acontecimientos, el manejo del tiempo y de motivos literarios tradicionales -padre, madre, hijos, amor-, además de la motivación de los personajes, son elementos esenciales que apuntan a la necesidad de alterar tanto la composición misma como las concepciones del mundo aceptadas y divulgadas por el Estado vigente.

Dos aspectos considero importante señalar respecto al modo narrativo en que se relatan los acontecimientos. El primero se refiere a la explícita identificación del narrador con el lector, y el segundo, al estilo valorativo y modalizante de la narración. Se hace explícito desde el comienzo el deseo del narrador de que el lector comparta su visión del mundo; entonces, en vez de usar un "yo he visto", se emplea un "nosotros hemos visto" ("La casa en donde hemos visto presentarse a Martín Rivas", p. 305). Este "nosotros" adquiere mayor sentido cuando apreciamos el estilo en que se narran determinadas situaciones sociales, las cuales el narrador descalifica por inadecuadas para su sociedad. En la página 306 leemos:

Entre nosotros el dinero ha hecho desaparecer más preocupaciones de familia que en las viejas sociedades europeas. En éstas hay lo que llaman aristocracia de dinero, que jamás alcanza con su poder y su fausto a hacer olvidar enteramente la oscuridad de la cuna; al paso que en Chile vemos que todo va cediendo su puesto a la riqueza, la que ha hecho palidecer con su brillo el orgulloso desdén con que antes eran tratados los advenedizos sociales. Dudamos mucho que éste sea un paso dado hacia la democracia, porque los que cifran su vanidad en los favores ciegos de la fortuna afectan ordinariamente una insolencia, con la que creen ocultar su nulidad, que les hace mirar con menosprecio a los que no pueden, como ellos, comprar la consideración con el lujo o con la fama de sus caudales.

Hay un consenso social que es la base de un juicio valorativo, y el conocimiento de ese consenso por parte del narrador lo lleva a asumir la voz colectiva que emite juicios que él comparte. Ese "dudamos mucho que éste sea un paso dado hacia la democracia" es una muestra clara de una visión compartida por el narrador.

La ausencia de un núcleo de poder que tenga validez dentro del momento político que vive la sociedad chilena a mediados de siglo, es percibida e integrada al microcosmos de la narración. La imagen de la familia que entrega el narrador es completamente negativa. Las bajas pasiones, el acomodo, el engaño, la inmoralidad, el arribismo, el despilfarro, son fuerzas motivadoras esenciales en la vida diaria de estas familias aristocráticas y de "medio pelo". La figura de la madre y de la hija son representativas de este mundo degradado en el cual los limitados elementos rescatables están en función de la figura vitalizante , Martín. La figura del padre, depositario tradicional del poder dentro de la familia, aparece como un agente simplemente ineficaz e inútil. Todos los padres que aparecen en la novela poseen algo que a los ojos del narrador los descalifica para seguir siendo guías espirituales y materiales de sus respectivas familias. Don Dámaso es un capitalista usurero, latifundista improductivo y oportunista político; don Fidel Elías es un inmoral, un conservador oportunista que ha traicionado su antiguo ideal "pipiolo" para convertirse en un "energista"; don Pedro San Luis es un latifundista incapaz de trabajar sus tierras. Ninguno de estos padres que por años ha mantenido el control de su familia ha engendrado hijos potencialmente capaces de continuar la tarea de sus padres. Agustín, a los ojos del narrador, es una proyección decadente de una Europa trasplantada a la alta sociedad chilena que se apega al lujo y a la ostentación. Fuera de sus botas charoladas, de su traje de cola y sin sus modales europeizados es inservible. Rafael San Luis no es más que un idealista liberal que sucumbe ante sus propios impulsos juveniles. En estas familias no hay quien asuma las responsabilidades de un padre que pueda ordenar racionalmente el destino futuro de su respectivo grupo familiar. Es aquí donde la figura de Martín adquiere una importancia vital, pues surge como única alternativa factible para infundir nuevo aliento y reorientar la vida familiar. Martín emerge como núcleo de decisión que integra su propia vitalidad con aquellos aspectos rescatables de la burguesía latifundista, encarnados en Leonor, que, como bien dice J. Concha, "representa la espiritualización de la clase" (18).

Hay otros aspectos formales de la narración que apuntan a esta percepción de la ausencia de un centro de decisión revitalizante y racional, y a la necesidad de llenar ese vacío. Por un lado, la disposición de las acontecimientos dentro del relato, y por otro, el empleo de un elemento epistolar. En relación al primero es importante la secuencia de los acontecimientos: primero se muestra un personaje ya configurado, con rasgos marcadamente positivos; luego viene un proceso de conocimiento e inmersión de este personaje en un mundo degradado; posteriormente la puesta a prueba de sus capacidades y la toma de control de este mundo; termina la secuencia con la posibilidad de superación de ese mundo a través de la acción directa del personaje protagonice. Respecto al segundo punto, es interesante hacer notar que el personaje central toma posesión del acto mismo de la narración y termina relatando su vida presente y futura, desplazando en gran medida al narrador. Así, en una extensa carta de dos páginas y media dirigida a su hermana, Martín da cuenta del destino de los demás personajes, de la solución de los enredos amorosos secundarios, y de sus proyectos de felicidad al unirse en matrimonio con la hija de su acaudalado protector. Estos dos elementos mencionados insinúan a Martín como un agente determinante en el destino de las familias del relato. Por amplitud de perspectiva, insinúan a la burguesía minera con un papel similar dentro de la sociedad chilena.

III. Planteamientos ideológicos

La experiencia y percepción de las contradicciones que genera la fase de acumulación y especulación del desarrollo del capitalismo en Chile, no pueden ser ajenas la configuración de los cuadros de "costumbres político sociales" producidos por Blest Gana. Así, es posible identificar determinados planteamientos ideológicos que se refieren, por un lado, al carácter y composición de clase del Estado y, por otro, a la necesidad de reorientar la actividad económica nacional hacia proyectos más productivos.

Hemos dicho que a mediados de siglo el Estado nacional estaba en manos de la fracción agrícola exportadora de la burguesía y que la fracción minera, también exportadora, y sus aliados liberales, se encontraban comprometidos en una lucha por integrarse y tomar parte activa en las decisiones y políticas establecidas por ese Estado. La falta de cohesión de clase es lo que caracteriza a la burguesía nacional en esa etapa de su evolución. En relación a esta novela de : Blest Gana se ha señalado que hay un "rechazo implícito... a las transacciones de 1857" (19) -año en que se une parte de la burguesía liberal con la conservadora-; pero aun cuando sea válida esta afirmación, este rechazo no implica necesariamente una oposición a toda alianza interburguesa. A mi juicio sería más justo decir que más que un rechazo a la alianza misma, habría una oposición a la efectividad de esa alianza como agente transformador. Hay que recordar que aquellas "transacciones de 1857", no obstante haber producido resultados favorables a los liberales -amnistía a los revolucionarios de 1851 y 14 diputados elegidos de esa alianza en las elecciones de 1858 (20)-, no habían acarreado mayores transformaciones orientadas al aspecto económico y social que interesaba a la burguesía minera y agrícola provinciana, de tal modo que la alteración en la composición de clase del Estado aún constituía una meta por alcanzar. De ahí que, luego de haber sido testigo de la derrota liberal de 1859, aunque fuese "desde el retiro de su hogar y de su oficina" como dice R. Silva Castro (21), Blest Gana está históricamente imposibilitado de configurar en la literatura un Estado ideal que sólo represente aquella heterogénea amalgama demo-liberal y socialista utópica (22) que lucha con los conservadores. La derrota de 1859 implicaba para la burguesía minera y los liberales el cierre temporal de sus posibilidades de integración al poder. La opción de Blest Gana es retroceder en la historia y situar su relato en los instantes en que se reinician violentamente las luchas interburguesas -revolución de 1851- y plantear una solución ideal: la integración de la burguesía a través de la formación de un Estado nacional diferente (23). Según se aprecia en esta novela, el tipo de Estado que Blest Gana estima como más apropiado para ese momento histórico es un Estado que no sólo vele por los intereses de la burguesía latifundista capitalina y sus alrededores, sino que también por aquellos de la burguesía de provincias, un Estado más racional, capaz de sobreponerse a las diferencias de orden económico-político y permita la participación de aquellos que siendo principales aportadores a la economía nacional permanecen excluidos de toda decisión. Un Estado, en definitiva, descentralizado, más inclusivo y menos autoritario.

La existencia de un Estado que facilita el enriquecimiento discriminatorio de la burguesía, de un Estado que no estimula la inversión de capitales en la producción, sino más bien en el consumo de artículos suntuarios -como lo declara Encina, "el dinero se desvió de la producción hacia una verdadera orgía de productos improductivos" (24)- de un Estado que favorece la acumulación de capital mediante actividades especulativas como la usura, condiciona el planteamiento que Blest Gana hace en su narración: la necesidad de constituir un Estado que signifique la reorientación de la política económica a nivel nacional. Esta reorientación debería incluir inescapablemente el aporte de las fracciones excluidas de la burguesía. Es evidente que no está delineado con exactitud milimétrica el carácter mismo de nuevas estrategias económicas, pero es ilustrativo al respecto el siguiente dato: de los quince meses que cubre la narración, julio de 1850 a octubre de 1851, diez están relatados en 347 páginas y cinco en tres páginas, pero no obstante esta desproporción no podemos desconocer la importancia de todo lo que acontece premisamente en esas tres últimas páginas. Es ahí donde se produce la inserción definitiva, simbólicamente por supuesto, de la fracción excluida en la fracción dominante y donde se evidencia el papel decisivo que aquélla desempeñará en los destinos de la burguesía como clase. Es claro que la participación de la fracción minera se la aprecia como fundamental, del mismo modo que una cohesión de clase se muestra como alternativa factible y necesaria con un potencial productivo enorme. La afirmación implícita en la novela es que resulta prioritario lograr el entendimiento entre las fracciones en pugna, para que de ahí pueda devenir la creación de un Estado nacional acorde con los intereses de esta burguesía aún no cohesionada.

Finalmente, al leer la novela con todo el trasfondo histórico de la sociedad chilena de mediados de siglo, deberíamos llegar a la conclusión mínima de que el protagonista, Martín, no puede continuar sobreviviendo como el "héroe de la clase media" (25), pues al situarlo dentro del marco histórico y social de la época surge la verdadera dimensión de su figura: la búsqueda de la consolidación ideológica y política de la burguesía, basada en proyectos económicos más equitativos para las diversas fracciones de la misma. Indudablemente, esto requiere la transformación del Estado nacional.


Notas:

1. Hayden White discute este problema en Metahistory: The Historical Imaginaron in nineteenth century Europe (Baltimore Johns Hopkins University Press, 1973).

2. Hayden White, op. cit. p. 41.

3. La edición consultada para este trabajo es la que se incluye en Alberto Blest Gana. Obras Completas (Buenos Aires, El Ateneo, 1970). Las citas textuales están sacadas de esta edición.

4. Es bastante iluminador al respecto el articulo de Bernardo Subercaseaux, "Nacionalismo Literario, Realismo y Novela en Chile" (1850-1860), en Revista de Crítica Literaria Latinoamericana (Latinoamericana Editores, Lima, Perú, 1979 núm 9) pp. 21-32.

5. Asi dice el informe justificatorio del jurado que le otorgó el primer premio en un certamen abierto por la Universidad de Chile en 1860, por su obra La Aritmética en el Amor. Citado por Raúl Silva Castro en Panorama de la Novela Chilena (1843-1953) (Fondo de Cultura Económica, México, 1955), p. 29.

6. A mediados de siglo la producción y comercialización agrícola no ha logrado ajustarse con una extracción minera y comercial también orientada a la exportación.

7. Gary Wynia, The Politics of Latin American Development (Cambridge University Press, 1978), p. 105.

8. Al respecto, ver Agustín Cueva, El Desarrollo del Capitalismo en América Latina, tercera edit. (Siglo XXI Editores, S. A., México, 1979), pp. 73 a 105. Dos datos son elocuentes de la temprana presencia de capital inglés y del carácter exportador dependiente de la economía chilena antes de la mitad del siglo XIX. En 1822 Chile recibía un empréstito por un millón de libras esterlinas de las cuales obtuvo finalmente apenas un 63 por ciento, debido a las condiciones impuestas por los prestamistas ingleses. Ver Luis Vítale, Interpretación Marxista de la Historia de Chile (Prensa Latinoamericana, S. A., Santiago, Chile, 1971), III, p. 305. Ya en la década del cuarenta comienza la exportación de trigo hacia Inglaterra. Ver Michael Monteen, "The British in the Atacama Desert: the cultural bases of economic imperialism", en Journal of economic History, 35, núm. 1(1975), pp. 117-133.

9. L. Vitale, op. cit. pp. 288-89.

10. L. Vitale, op. cit. p. 177.

11. Vitale sostiene que las obras de infraestructura -puentes, caminos, canales de regadío, etc.- se hacían principalmente en zonas que beneficiaban a los latifundistas de la capital. Ver L. Vitale, op. cit. p. 250.

12. Segall justifica esta afirmación diciendo que de una exportación total de 2.834.730 pesos, la agricultura sólo aportó 658.038 pesos, es decir, menos de un cuarto, en el tercer trimestre de 1850. Ver Marcelo Segall, "Las bases económicas y luchas políticas en el medio siglo XIX" en Desarrollo del capitalismo en Chile (n.p.. Santiago, Chile, 1953), p. 42.

13. M. Segall, op. cit. pp. 44-45.

14. Estoy usando una definición dada por Rene Jara y Fernando Moreno en Anatomía de la Novela (Ediciones Universitarias de Valparaíso, Universidad Católica de Valparaíso, Chile, n.d.), p. 35.

15. Jaime Concha, Prólogo a Martín Rivas, ed. Biblioteca Ayacucho, Caracas, Venezuela, 1977.

16. En su conocida Carta de Jamaica (1815) Simón Bolívar sostiene que "Los Estados americanos han menester de los cuidados de gobiernos paternales que curen las llagas y las heridas del despotismo y la guerra". El Pensamiento Político del Libertador (Instituto Colombiano de Estudios Históricos, 1955), p. 43.

17. Estas características reflejarían más o menos fielmente la crítica al Estado de la fracción minera de la burguesía.

18. J. Concha, Prólogo Martín Rivas, ed. cit.

19. J. Concha, Prólogo Martín Rivas, ed. cit.

20. Domingo Amunátegui Solar, Historia de Chile (Ed. Nascimento, Santiago, Chile, 1933), I, pp. 45-47.

21. Raúl Silva Castro, Historia Crítica de la Novela Chilena (Uguina, Madrid, 1960), p. 42,

22. Las corrientes filosóficas que influencian a varios líderes del momento atestiguan esta heterogeneidad. Francisco Bilbao, liberal, recibe enseñanzas de Lammenais, Quinet y Michelet; Santiago Arcos, socialista romántico, influenciado por Saint Simón. Por otro lado Sarmiento aporta con varias tendencias; según L. Zea, Sarmiento combina romanticismo social, idealismo, eclecticismo y tradicionalismo francés y los lleva a Chile. Ver Leopoldo Zea, El Pensamiento Latinoamericano Ediciones Morelos, México, 1976), p. 71.

23. Este planteamiento puede echar un poco más de luz sobre el problema del distanciamiento narrativo o "perspectiva decenal", que ya ha sido observado por C. Goic en La Novela Chilena (Ed. Universitaria, Santiago, Chile, 1968), p. 39, y por J. Concha en el Prólogo...

24. Francisco A. Encina, Resumen de la Historia de Chile (Empresa Editora Zig Zag, Santiago, Chile, 1961), p. 1.176.

25. Domingo Meifi se refiere así a Martín en Estudios de Literatura Chilena (Ed. Nascimento, Santiago, Chile, 1938), p. 9. Citado por J. Concha en Prólogo Martín Rivas, ed. cit.


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