Historia de la intolerancia con el pueblo mapuche

CHILENOS Y MAPUCHES
Historia de la intolerancia con el pueblo mapuche

Andrea Morales Vidal

Periodista especializada en el tema indígena chileno y latinoamericano. Vive en Madrid.
Araucaria de Chile. Nº 37. Madrid 1987.

Un libro grande, de buen peso * . Se tiene bien en las manos. Escrito y editado en Chile, habla del silencio, tal vez del silencio más hondo y bien guardado de la sociedad chilena. La vergüenza de familia quedó tan atrás, tan esmeradamente fue cubierta por la historia oficial -la que se aprende en el colegio- que el olvido ha llegado a parecerse mucho a la inocencia. Alegra y duele conocer finalmente cuánto se nos ha ocultado.

Prolijamente José Bengoa va develando los hechos que nuestra historia soslayara y las fuerzas que los movieron. A mediados del siglo XIX, momento crucial que selló la historia del pueblo mapuche, ni los políticos o pensadores más avanzados fueron capaces de ver la cuestión mapuche en otros términos que los de "civilización y barbarie", y los estereotipos que la ideología de la época creara para justificar sus acciones están todavía enquistados en el pensamiento de los chilenos. Finalizado el sigo XIX, el pueblo mapuche ya no era dueño de su tierra, había sido derrotado, arrinconado y expoliado, pero seguía siendo un pueblo vivo y con suficientes armas para conservar su unidad social y cultural y seguir resistiendo.

¡Pero son tantos y tantos los chilenos que no lo saben! ¿Son tantos y tantos los chilenos que ni siquiera saben que en Chile existe una forma de racismo por negación! Dice Bengoa al comienzo del libro:

"Esta es una historia acerca de la intolerancia. Acerca de una sociedad que no soporta la existencia de gente diferente y trató de acabar con los hombres que deambulaban libremente por las pampas del sur del continente. Ellos se defendieron del salvajismo civilizado. Terminaron por morir y ser vencidos por el progreso. Entró el ejército. Lo siguieron el ferrocarril y los colonos. Esa guerra inicua fue guiada por la intolerancia: el derecho de quien se cree civilizado a combatir la barbarie en nombre del progreso de la humanidad".

Esta lamentable historia de intolerancia y negación se ha prolongado hasta nuestros días, y una vez más el poder -y en este caso el poder irrestricto e incuestionable de una dictadura- intenta resolver el "problema" indígena de la manera más simple: esto es, suprimiéndolo (1).

¿Ha llegado entonces la hora de comenzar a hacer algo? ¿De mirarnos en el espejo, de comenzar a ser activamente solidarios con nuestra parte olvidada, anulada, escondida? Y que sin embargo vive en nuestras cocinas, en la forma en que pronunciamos las erres, en palabras entrañables que cuando uno vive en España, por ejemplo, descubre que no han pasado por el crisol de la Real Academia. Esa parte de nuestra cultura de chilenos no llego a Chile desde Inglaterra o llevada por la cigüeña que viaja de París. Tampoco llegaron en esa cigüeña algunos de nuestros rasgos físicos, ese pelo empedernidamente liso, los ojos achinados. Resulta útil a veces esta extraña circunstancia de vivir en Europa. Evidentemente los europeos nos ven "exóticos" y con la mayor inocencia preguntan por nuestro origen. Después de un brinco de incomodidad, enumeramos cuatro generaciones de apellidos europeos. Se restablece el orden. También hay muchos mediterráneos morenos, ¿no? y en último caso allí están los árabes. Evidentemente, como cada pueblo conoce a su gente, el europeo no queda convencido; el chileno tampoco, pero casi con seguridad preferirá seguir pensando que somos los ingleses de Sud América.

Pero la lucha de siglos del pueblo mapuche exige que finalmente nos desprendamos del estereotipo, del trauma histórico de haber sido los colonizadores y verdugos de un pueblo que forma parte de nuestra identidad.

Para la mayoría de los chilenos los mapuches son numéricamente insignificantes y los que hay, haraganean en los campos del Sur del país, donde viven en la miseria, el abandono y la suciedad. No quieren progresar. En las estaciones de ferrocarril comercian su artesanía y con ese dinero se sumergen en profundas borracheras. Son cortos de luces. Son peligrosos y traidores.

Esos son los mapuches (araucanos) vivos.

Los araucanos -así bautizados por los conquistadores- muertos, los del libro de historia de las glorias patrias, son otro cantar. Gallardos y belicosos antepasados, indómitos guerreros antes muertos que humillados, que regaron con su sangre su propia tierra conformando el espíritu independiente y estoico de nuestro pueblo chileno. Los araucanos de Alonso de Ercilla, capitán y poeta, pertenecen al género olímpico que nada tiene que ver con el mestizaje de nuestro pueblo (que según el doctor Lipschutz alcanza al 50%), ni con los indígenas vivos, olvidados en las reducciones.

El antropólogo Louis C. Faron cuenta que cuando llegó a Santiago en 1952 con el proyecto de estudiar a los araucanos, dos antropólogos chilenos se asombraron de sus planes, asegurándole que no había en Chile. Fuera de los pocos que vendían mantas en la estación de Temuco, no había más. Si esa era la opinión de dos antropólogos en 1952, no es de extrañar que se piense que en Chile no hay racismo porque no haya otras "razas". Una cosa es la literatura y otra, muy distinta, la realidad presente, lo cual queda convenientemente sancionado por la ley 2568 de Pinochet que afirma "los indígenas no existen. Sólo hay chilenos".

La historia

A la llegada de los conquistadores españoles a Chile, los mapuches ya habían resistido los avances del imperio Inca, el que había fijado la frontera en el río Maule. No habían sido colonizados, ni habían recibido estructuras sociales impuestas ni se habían visto forzados a pagar tributos.

Es difícil conocer su historia antes de la llegada de los conquistadores. La memoria de los hueipifes guarda los relatos de la creación y salta luego a los años de lucha y resistencia contra la invasión. Se puede decir, sin embargo, que su población ascendía por entonces a unas 500.000 personas que convivían en forma relativamente pacífica en la abundancia de recursos. Habían superado la recolección simple y comenzaban a sembrar y criar ganado. Los unía el territorio y la lengua, pero no tenían una estructura política organizada y estable. No había estado, estratos sociales, ni tampoco una casta sacerdotal privilegiada. Cada familia cultivaba y guardaba los productos para sí. Los problemas comunes se dirimían en e! conjunto de los grupos totémicos, y fue esta falta de estructura jerarquizada la que determinó, en la práctica, que su subordinación pasara por la de miles de familias. El toqui, jefe militar, era elegido.

La guerra de resistencia, que iba a durar casi trescientos años, comprometió a toda la comunidad. Fue una guerra popular animada por el amor a la libertad y a una tierra donde nunca habían conocido amo ni tributo. el avance inexorable de la cruz y la espalda iba a encontrar en ellos una barrera insalvable. Los mapuches, guarecidos en sus boscosas tierras, resistieron: resistencia empedernida e inesperada que haría exclamar a Felipe II -"la más pobre de mis colonias americanas me cuesta la flor de mis guzmanes". Michimalonco y otros caciques de la zona central, esclavizados en los lavaderos de oro de Marga-Marga, son los caudillos de la primera rebelión. En 1541 quemaron las instalaciones y dieron muerte a los guardias, para dirigirse posteriormente a Santiago. Esta primera resistencia en la zona central duró varios años y concluyó con la captura y muerte de Michimalonco. En 1554 Valdivia era capturado en combate, en Tucapel, y ejecutado. En 1571 se alzaron los huilliches de Valdivia, explotados en los lavaderos. Pelantaru, en 1598 destruyó todas las ciudades al sur del Bío-Bío; Valdivia fue incendiada, se abandonaron Angol e Imperial y Villarrica fue destruida. Se trata de una guerra irregular, móvil, de guerrillas. Atacaban y se retiraban. Realizaban emboscadas veloces, retirándose de inmediato, desapareciendo en la selva. Se hicieron maestros en el uso del caballo y de las lanzas que capturaban al enemigo. Su táctica consistió, muchas veces, en obligar a los españoles a combatir cuesta arriba, teniendo otro grupo de guerreros preparados para cortarles la retirada. La zona de combate, entre los ríos Itata y Toltén, abarcaba unos 200 km. de terreno accidentado y boscoso, con la cordillera de Nahuelbuta como núcleo. Lautaro, el mayor estratega militar mapuche intentó extender la lucha hacia el norte, pasando a la ofensiva. Sin embargo este proyecto no fue comprendido y concluyó con su muerte. La forma de enfrentar al enemigo era no obstante muy flexible y no vacilaban en fingir sometimiento para conocerlo de cerca.

En 1608 una Real Cédula del rey Felipe II implantó oficialmente la esclavitud en Chile. Establecía que los indígenas -hombres de más de 10 años y mujeres de más de nueve- capturados en las guerras de Arauco, podían ser vendidos como esclavos y exportados al Perú. Este tráfico, que se prolongó durante todo el siglo XVII, era practicado por el propio ejército.

Sin embargo, durante la segunda mitad de aquel siglo, los españoles cambiaron de táctica. Se consolidó la zona central hasta el Bío-Bío y los comerciantes comenzaron a penetrar en la zona. Mientras tanto se estaban produciendo cambios en la sociedad mapuche. Hacia fines del siglo XVIII, el cacicazgo se volvería hereditario, fundamentalmente para que la representación en los parlamentos tuviera un carácter más permanente. Además, la ganadería había progresado considerablemente y en las zonas fronterizas había un intercambio comercial bastante activo.

Pero con la llegada de la Independencia, las cosas cambiaron. Entonces, relata un mapuche "se metió el chileno y nos acorralaron".

En el momento de la Independencia el territorio ocupado se extendía desde Copiapó hasta Concepción, con los enclaves de Valdivia y Chiloé. Los mapuches no formaban parte de la sociedad española chilena y la Independencia fue vista como un hecho ajeno, más bien ominoso. En 1803 el parlamento de Negrete había fijado la frontera en el Bío-Bío. Para los criollos independentistas el territorio chileno llegaba hasta Magallanes, compartiendo en ello el pensamiento de Pedro de Valdivia. Aunque contradictorio con el proyecto territorial, resulta comprensible, no obstante, que el discurso anti-colonial se apropiara de la resistencia araucana, utilizándola como paradigma. Desde entonces el discurso oficial ha conservado la idealización del indómito araucano y sus proezas contra el español. Allí se originan las virtudes "raciales" que conforman nuestro pueblo.

Simón Bolívar habló de los "fieros republicanos de la Araucanía" y Bernardo 0'Higgins escribía a Prieto, en 1830:

"Yo considero a los Pehuenches, Puelches y Patagones por tan paisanos nuestros como los demás" -y agrega- "que nada podría serle más grato que presenciar la civilización de los hijos de Chile en ambos bandos de la Cordillera y su unión en una gran familia".

Pero los mapuches temieron, y no se equivocaban, que la constitución de un gobierno central en Chile, poseedor de fuerzas armadas ofensivas, atacara su territorio, sometiéndolo. En 1813 se habían rematado públicamente los pueblos de indios de la zona central y al cacique Mangin le decían: "el rey tiene muchas tierras; los chilenos son pobres, te robarán las tuyas".

Paradójicamente, pues, apoyar a los españoles sería la continuación de su lucha por la independencia. Así, el encendido discurso patriótico de los "padres de la patria" quedó desmentido por los hechos. Los héroes jamás sometidos, la sal de nuestra tierra, el rojo de nuestra sangre, se abanderaba mayoritariamente con la corona. De allí que, dice José Bengoa "la República chilena nace con un extraño traumatismo cultural respecto a su pasado y su origen étnico".

¿Qué hacer con el "heroico araucano" y el mapuche real y presente que participa en la guerra a muerte? Nacen los estereotipos, la imagen de la barbarie, del salvajismo primitivo a erradicar. Los heroicos antepasados que, sorprendentemente, están en el bando contrario ya no son aquellos que derramaron su sangre en defensa de la libertad. La "guerra a muerte" no es una guerra limpia; la componen forajidos, montoneros, indios que se comportan salvajemente. Los Caupolicanes, Lautaros, Galvarinos que nos honran han desaparecido súbitamente y aparecen los salvajes más crueles que valientes, que integran las montoneras de Benavides. Estos salvajes de entonces son además borrachos y flojos. Es el estereotipo que les ha quedado hasta hoy día.

De allí que el avance del ejército chileno al sur del Bío-Bío y la subsecuente matanza de indios haya sido silenciada por nuestros historiadores, nutridos en la ideología liberal y propagadores de ella, que veían en la sociedad burguesa la culminación de la organización social. El desprecio por el indígena se extiende desde Barros Arana hasta nuestros días. José Bengoa señala:

"La matanza de indios que implicó el avance del ejército chileno más allá del Bío-Bío se enfrentaba al mito del origen de nuestra nacionalidad. Era como asesinar al ancestro. La sangre araucana, origen de nuestro carácter libertario, era derramada por los hijos de esos Caupolicanes.

La ideología fue simple y eficiente: negó la existencia del hecho. La ocupación de la Araucanía se hizo sin costo de vidas humanas; el alcohol había degenerado a esa valiente raza y ya no eran ni la sombra de lo de antes; Se trataba de un pequeño grupo de salvajes que ocupaban esas tierras y fue suficiente mucho mosto y mucha música -poca pólvora- para persuadirlos de que eran chilenos los territorios y que las cosas habían cambiado. Pasado glorioso y presente silenciado, ha sido la característica del tratamiento contemporáneo de la cuestión indígena... "

Concluidas las guerras de la Independencia, los mapuches gozaron durante unos cuarenta años de una paz relativa. La economía ganadera llegó a su máximo florecimiento y ello redundó en una intensificación "hormiga" y numerosos colonos fueron estableciéndose al sur del Bío-Bío en tierras que los caciques les vendieran. Pero hacia 1859 diversas condiciones volvieron a desencadenar la violencia y en Santiago y Concepción comenzó a discutirse y perfilarse un plan de ocupación de las tierras de los mapuches. El por entonces coronel Cornelio Saavedra, conocido hasta nuestros días como "pacificador de la Araucanía", entró en escena. Un alzamiento de los grupos arribanos, habitantes de la faja central que se extiende entre los ríos Malleco y Cautín marcó el comienzo de quince años de guerra que culminarían en la ocupación definitiva de la Araucanía. En 1881 el pueblo mapuche perdería tras la derrota del último alzamiento general, su territorio independiente.

Según el plan de Saavedra, se adelantaría la frontera por el norte hasta el río Malleco y hasta el río Toltén por el sur, reduciendo el territorio mapuche independiente. Esta primera fase ocultaba el propósito ulterior de ocupar toda la Araucanía.

Por otra parte, el modelo de colonización norteamericano -digno de ser imitado- planteaba que el Estado debía hacerse cargo del proceso eliminando la colonización espontánea y convirtiéndose en el único comprador de tierras (2). Las fases consistirían en una avanzada militar que estableciera líneas fortificadas y sometiera a los habitantes del territorio, radicándolos en reservaciones, para luego iniciar obras de infraestructura -el ferrocarril, el telégrafo- y proceder al remate de tierras. Todas las tierras serían propiedad del fisco y éste organizaría la colonización, deseablemente unida a una política de inmigración de extranjeros, europeos industriosos y respetables que llevarían el progreso a esas tierras de nadie. La civilización ocuparía el terreno arrebatado a la barbarie.

La eficacia del plan de Cornelio Saavedra acalló finalmente las pocas voces que más por razones de política interna que por solidaridad se alzaran en la Cámara para discutir el proyecto. También los pocos curas que se manifestarán abiertamente en defensa de los indígenas silenciados. En su resistencia final los mapuches no tuvieron ni un solo aliado chileno. El sector más progresista, representado por Ángel Custodio Gallo, exhortaba al señor Presidente para que los asuntos de los indios se trataran "como se tratan los negocios de los dementes, i de los menores de edad, i de aquellos que no tienen la inteligencia necesaria para administrar sus intereses", por ello "cada señor diputado debe hacerse su procurador i no consentir en una injusticia i en una verdadera iniquidad".

Mientras tanto, esta "rémora del progreso y la civilización" era sometida a la guerra de exterminio desatada por José Manuel Pinto, puesto por Saavedra al mando de la zona de la alta frontera (Malleco). Casi sin armas de fuego, con piedras, lanzas y boleadoras, los mapuches enfrentaban a un ejército moderno, ante el beneplácito de la sociedad chilena cuyos nuevos héroes eran los soldados que masacraban a los "antiguos héroes". Esta guerra de tierra arrasada, de pillaje -se utilizaron bandidos y forajidos que iban detrás del botín-, de incendio de rucas, matanza de mujeres y niños, arreo de ganado y quema de plantaciones, es sistemáticamente desconocida. soslayada o negada por buena parte de nuestros historiadores, aunque los diarios de la época la discutieran diariamente: (3)

"...los proyectados arreglos pacíficos con los indígenas se convirtieron en una guerra de exterminio. (El Meteoro, 6 de marzo de 1869). "Guerra de Exterminio" está subrayado en el original.

El acoso permanente, si bien "no obtendrá que los indios se presenten a combatir (Saavedra) sí los obligará a permanecer en una vida errante y agotar sus recursos".

El invierno de 1869 los mapuches eran diezmados por el hambre, el frío y la viruela. Derrotados, recorrían las ciudades de la frontera vendiendo su platería y los pocos animales que les quedaban. El cacique Quilapán retaba a Pinto a un duelo singular -que evidentemente no fue ni siquiera contestado por el militar- para poner fin al sufrimiento de su pueblo.

Convencido de que en esas circunstancias le sería posible crear divisiones internas y avanzar en sus planes, Saavedra organizo el parlamento de Toltén en el que sostuvo; "exigiré a los caciques que soliciten amistad del gobierno la entrega de uno de sus hijos como prenda de fidelidad, el que será educado por cuenta de la nación". Pero los caciques, pese al mosto y la música las ofertas de trigo y las amenazas, no cedieron.

Estas fueron las palabras del cacique viejo:

"Mira, coronel: ¿no ves este caudaloso río, estos dilatados bosques, estos tranquilos campos? Pues bien, ellos nunca han visto soldados en estos lugares. Nuestros ranchos han envejecido muchas veces ¡los hemos vuelto a levantar! Nuestros barcos el curso de los años los ha apellidado i hemos trabajado otros nuevos, i tampoco vieron soldados: nuestros abuelos tampoco lo permitieron jamás. Ahora ¿.cómo querías que nosotros lo permitiéramos? ¡No! ¡No! vete, coronel, con tus soldados; no nos humilles por más tiempo pisando con ellos nuestro suelo".

No mucho más tarde, un hecho militar traería un cambio a la guerra. La carabina de repetición Spencer, introducida en 1871, hizo que las lanzas, las boleadoras y el coraje personal perdieran efectividad frente a un arma de fuego que ya no era preciso recargar, tiempo en que tradicionalmente los mapuches atacaban y luchaban cuerpo a cuerpo. Pero también en otro aspecto progresaba el modelo de colonización. En 1873 se inauguraba el tren que unía San Rosendo, Angol y Los Angeles. También avanzaba el telégrafo, uniendo la frontera al resto del país. Y tal como estaba previsto, se produjo un movimiento hacia la zona, tanto de comerciantes como de interesados en radicarse como colonos. En un plazo de cinco años los remates públicos de tierras del sur -realizados en Santiago- alcanzaban hasta el río Malleco, y con ellos se inauguraba el sistema legal de expropiación al indígena que iba a constituir la propiedad del sur del país.

La opinión generalizada, por esos años, era que los mapuches estaban definitivamente derrotados. Sin embargo la Guerra del Pacífico y la consecuente expansión territorial, dio fuerza al sentimiento de que se debía ocupar todo el territorio, habiendo un ejército numeroso al que era necesario dar destino. Estaba, además, la amenaza de Argentina, que ocupaba territorios mapuches y avanzaba a la Patagonia y que, si no se le ponía atajo, bien podía llegar hasta el Pacífico. Estos factores sellaron la suerte de la sociedad mapuche. Ante el ejército moderno que rápidamente tomó posesión de su territorio, su último alzamiento general, en 1881, sería el rito final de un pueblo que elige la guerra, en este caso la muerte, con confirmación de independencia, de los grandes valores que lo identificaban como nación y como cultura. En 1602 Villarrica había sido destruida tras un largo asedio y desde entonces el sitio secreto de sus ruinas, tragadas por la vegetación, había tenido un valor simbólico para los mapuches. La derrota de 1881 hizo posible que los invasores coronaran su largo avance con la refundación de Villarrica.

Pero hay más. El país del centro no podía aceptar, como editorializara El Mercurio de Valparaíso, "que una tribu de salvajes sin Dios ni ley posea los más feraces campos del país". Estaba, pues, bien justificada cualquier forma de eliminación: abusos, asesinatos, ajusticiamientos sin siquiera una parodia de juicio. En uno de estos "encaminamientos" fue asesinado el cacique Melín junto a varios de sus familiares. Su hijo Alejo, posiblemente el primer profesor primario mapuche, acudió al lugar de los hechos a recoger el cadáver de su padre, siendo "bajado del caballo y muerto por los soldados que llevaban orden de "encaminarlo". Un ejemplo entre tantos.

También en Argentina, culminando la campaña del desierto de Roca, el ejército empujaba a las poblaciones pampeanas hacia la cordillera, y contribuía a crear el clima de presión y violencia que terminaría por desatar el alzamiento de los mapuches de la zona de Malleco. Pero ya las fuerzas chilenas alcanzaban hasta el río Cautín, y se fundaba Temuco. Este ejército había sido dotado del apoyo logístico que la situación requería: avanzaba junto con el telégrafo y llevaba materiales y personal capacitado para levantar fuertes y pueblos, además de personal sanitario. El ingeniero alemán don Teodoro Schmidt había sido contratado para realizar los planos del territorio.

Los mapuches, comprendiendo que la situación era desesperada, no dejaron de hostilizar al ejército invasor. Esperaban que pasara el invierno para realizar el alzamiento general. Sólo algunos caciques se declararon neutrales, pero no fueron seguidos por sus conas. Su objetivo era expulsar al huinca del territorio y cada agrupación tenía por tarea el ataque a un fuerte, un pueblo recién fundado, una misión. Este "último acto cultural -dice José Bengoa- cerró una etapa heroica de su historia y abrió una nueva, en que la lucha por la tierra y la defensa de su identidad estará marcada por el hecho de haber perdido la libertad con las lanzas de coligues en las manos". Por su parte, Gregorio Urrutia, Comandante en Jefe del Ejército del Sur, expresaba con claridad meridiana sus ideas respecto a la ocupación. Su pensamiento refleja el porvenir que aguardaba al pueblo mapuche:

"Esta situación existirá mientras los bárbaros, con sus instintos de robo y pillaje, existan y se mantengan en un territorio propio, poblado únicamente por ellos; i es mi opinión que sólo desaparecerá cuando desaparezcan ellos, confundidos en la población civilizada que mediante las facilidades que se les ofrezcan, haya ido a llevar el trabajo a ese mismo territorio".

¿El pueblo mapuche convertido en fuerza de trabajo, haciendo producir para otros la tierra que les había sido arrebatada? José Bengoa señala:

"La derrota transformó a los mapuches en campesinos minifundistas y pobres del campo, los más pobres de Chile, quizá. Esta fue la represalia principal quitarles sus tierras. Recordar cómo fue el despojo, quizá sirva para cambiar en algo el futuro de los aborígenes de Chile".

La reducción

La derrota militar de 1881 y la refundación de Villarrica en 1883 serían los hitos que marcarían el cambio interno de la sociedad mapuche. El Estado decretó que la Araucanía era propiedad fiscal, procediendo a colonizar sus tierras para ponerlas en producción al servicio del centro del país. Los mapuches fueron radicados en reducciones cuya insuficiente extensión los forzaba a convertirse en agricultores. Todo su mundo cultural y social se "redujo" a lo que la "civilización" disponía para ellos.

Pero una vez más demostraron su capacidad de adaptación y supervivencia cultural. Frente a unas condiciones que los convertían de pastores de ganado libres en campesinos de subsistencia, que desmedraban su estructura social y su sistema de jerarquías, que los hizo cambiar de costumbres, de hábitos productivos y hasta de alimentación, que les impidió moverse libremente, convirtieron el espacio impuesto, la comunidad reduccional, en el espacio de la cultura y de la nueva forma de resistencia.

Paradójicamente, sería la reducción la nueva frontera que impediría su desaparición como pueblo y más paradojalmente aún, serían los propios militares los que fomentaran el mantenimiento de su estructura jerarquizada -para mejor controlarlos- mientras que los liberales, más humanitarios propiciaban su integración rápida en la sociedad chilena, para lo cual se proponía dispersarlos en pequeñas propiedades. Finalmente se impuso la antigua ley de colonización de 1866 con una opción intermedia. Ni grandes conglomerados, ni familias independientes. Los caciques perdieron su poder y de hecho, terminada la guerra, los mapuches volvieron a la antigua estructura en que cada familia amplia y compleja se proporcionaba su propia subsistencia. Al interior de la reducción el cacique o principal sólo detentaría el título de merced, debiendo repartir la tierra entre las familias.

Los chilenos, los vencedores, no reconocieron la propiedad indígena. La ley de 1866 señalaba que los terrenos al Sur del Bío-Bío serían tratados como fiscales. La legislación que reglamentaba la estructuración de la propiedad austral tenía por objetivo crear terrenos disponibles para la colonización, especialmente, y deseablemente, con inmigrantes extranjeros. Los titules de merced entregados a los indígenas entre 1884 y 1919 eran la forma de propiedad que se les otorgaba. Es posible estimar, sin embargo, que alrededor de 40.000 indígenas -aproximadamente un tercio de su población en la época- quedaron sin radicar.

Las tierras recibidas, un promedio de 6,1 has. por persona, fueron las más pobres, las más apartadas, las más inaccesibles. Muchas comunidades quedaron totalmente rodeadas por las tierras entregadas a los nuevos colonos o las que constituirían los latifundios. La falta de caminos de acceso hizo posible que se cometiera toda clase de tropelías contra ellos, no faltando los medios para irles arrebatando más y más tierras. La Comisión Radicadora actuaba con tanta lentitud, que muchas veces, cuando llegaba finalmente, ya los mapuches habían sido expulsados.

Durante las tres primeras décadas del siglo XX, las comunidades indígenas fueron objeto de la violencia. En los campos, allí donde no llegaba la mediación del Estado, imperaba la ley del más fuerte. Es así que, en los primeros cincuenta años de este siglo, se calcula que entre un tercio y un cuarto de las tierras otorgadas en mercedes habían sido usurpadas por particulares.

Además estaba la violencia a las personas, el vejamen y todas la formas de discriminación. Algunos mapuches fueron marcados, cortándoles las orejas. En Imperial, un grupo de agricultores marcaron a fuego a un Painemal. Esto provocó la primera movilización masiva post-reduccional y un hito en la reconstrucción de la identidad. A partir de entonces los mapuches comenzaron a actuar abiertamente en el campo de la política chilena, inaugurando una nueva forma de presencia y de lucha.

El año 20 comienzan los grandes congresos mapuches, convocados por Manuel Aburto Panguilef. El centro de las reuniones eran los sueños. Los caciques buscaban en el mundo de los peumos la explicación de las cosas que ocurrían. Ranguilef fue recreando los ritos que despertaban la memoria colectiva y la vitalidad de la vieja cultura. Los congresos se prolongaban durante días y a ellos acudían mapuches de toda la Araucanía. Pero en los congresos no sólo se relataban sueños. También se discutía la política a seguir frente al Estado chileno. En 1932 el movimiento de Panguilef proclamó la República Indígena. En relación a ello anotaba:

"Esta aspiración de la raza será posible sólo con la alianza efectiva de indígenas, campesinos y obreros, el día que el proletariado chileno unido fraternalmente conquiste el poder y haga efectivas sus justas reivindicaciones".

Mientras tanto, el gobierno de Santiago recordaba cada cierto tiempo el problema indígena. El proyecto más expedito, que afortunadamente sólo quedó en palabras consistió en trasladar a los mapuches a Aysén, y toda la legislación ha tendido, en una u otra forma, a la disolución de las comunidades y la integración de los mapuches, ¿a qué? Pauperizados, sin una educación adecuada, ¿en qué condiciones se les quiere integrar? Sólo durante el gobierno de Salvador Allende se hizo un intento honesto y solidario, si bien incompleto, por resolver la situación. Hoy nuevamente la ley ataca la base misma de su supervivencia como pueblo. Dice José Bengoa:

"La comunidad a pesar de su extraño y complejo origen reduccional, se transforma en el espacio social -y territorial- de la cultura. Allí se establece el límite de la sociedad huirica: es el espacio material de la resistencia cultural; las comunidades expresan lo que quedó del territorio; son espacios cercados por fundos, haciendas, propiedades de colonos; pero son espacios territoriales propios. Al interior de esos territorios se producen los hechos principales: se intercambian mujeres de manera de reproducir física y socialmente la raza; se intercambian productos, trabajos y recursos al interior de la comunidad y entre las comunidades circunvecinas de modo que se constituye un sistema económico comunal de características peculiares. Y se realiza un sistema ceremonial comunal básicamente en tomo a la celebración anual o periódica del Nguillatun. Una sociedad cerrada realiza en su interior un conjunto de actividades que le permiten subsistir, resistir y mantenerse en el tiempo".

En tiempos de independencia la sociedad mapuche había sido muy flexible y abierta al contacto. Adaptaban su vestimenta, aprendían castellano, apreciaban tener mujeres "españolas" para que los hijos fueran bilingües, y eran muchos los caciques que enviaban a sus hijos a estudiar a las escuelas religiosas. Pero al perder la libertad, la sociedad mapuche se cerró, reestructurando su existencia en función de la comunidad, hoy amenazada.

Esta "historia de la intolerancia" que José Bengoa relata con ecuanimidad y hondura, es también la de nuestros días. El pueblo mapuche, todavía masivamente ignorado por la sociedad chilena, no sólo no ha tenido justicia: peligra su supervivencia y ante la nueva amenaza se organiza, lucha, solidariza y combate junto a las clases populares chilenas. Pero, además, conserva y desarrolla un proyecto como pueblo al que sus muchos años de dolor y sangre dan nueva fuerza. Sólo sería justo que, limpios de prejuicios, con modestia y ánimo solidario, comencemos a reconocer su existencia y a escuchar sus palabras.


Notas:

* José Bengoa. Historia del pueblo mapuche. Siglo XIX y XX. Ediciones Sur (Col. Estudios Históricos). Santiago, 1985.

1. Hago referencia al decreto ley 2568 del 22 de marzo de 1979. Uno de sus párrafos dice textualmente que su objetivo es "terminar de una vez por todas con el problema indígena". Para ello se hace necesaria la desintegración de las comunidades, otorgando títulos de dominio individuales. Para la división de la comunidad no se requiere el acuerdo de todos los afectados. Un interesado basta para proceder al reparto. La ley dice que a partir de la división "las tierras dejarán de considerarse tierras indígenas e indígenas sus dueños". Además el decreto ley habla de ocupantes -no comuneros-. Un ocupante puede ser cualquiera que ocupe la tierra, y no es necesario siquiera que sea mapuche. Una vez que la comunidad se ha dividido se hará entrega de títulos de pequeñas parcelas que podrán ser hipotecadas corno garantía por los créditos concedidos. Es así como se resuelve el problema indígena.

2. Como se verá mas adelante, el término "comprador", es un eufemismo.

3. El ganado era arreado y vendido. En una Cuenta rendida por la Tesorería Principal de Arauco, techada en Angol el 11 de mayo de 1870, se lee lo siguiente: "Razón de las cantidades ingresadas a arcas fiscales desde el I." de abril del año anterior hasta fin de marzo del presente. provenientes de venta de animales quitados a los indios, venta de víveres, etc. etc." En el detalle que viene a continuación se lee: .INGRESADO A RENTAS NACIONALES.. Cantidad ingresada por venta de animales mayores quitados a los indios, por las diversas divisiones que se han internado al interior de la Araucanía: $ 13.263,26. ibid. por venta de ganado menor obtenido en la misma forma: $ 1.112'. Etc.

También se hizo práctica común el comercio de niños y mujeres, llevados para servir a las haciendas de Chillan y más al norte.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03