Por la alianza de clases en la literatura

POR LA ALIANZA DE CLASES EN LA LITERATURA

Arturo Montes

Araucaria de Chile. N 7, 1979.

A Valentina, quien va regreso a Chile.

¿Por qué, en un órgano de lucha, un articulo sobre la novela hispanoamericana concerniente a las capas medias? La finalidad no es ciertamente "estetista", ni "intelectual". Neruda decía de su obra: es el "libro común de un hombre". Lenin ya ponía de manifiesto, al estudiar la producción de Tolstoi como "espejo de la revolución rusa", que el resultado de la creación constituye un reflejo, a veces deformado porque cristaliza ideología, de la realidad social; y que, por lo tanto, debe ser utilizado como instrumento de análisis político, como factor de enriquecimiento para la conciencia activa de las masas. El estudio contemporáneo de la literatura tiene en cuenta las observaciones de Lenin. Así, Lucien Goldmann: "el grupo social por intermedio del creador es, en última instancia, el verdadero sujeto de la creación". (1)

El hecho de que, sin embargo, la construcción literaria no sea un simple espejo pasivo de la realidad y traduzca, en cambio, las contradicciones sociales y sus "momentos ideológicos", explica que "Lenin haya considerado la crítica del arte como importantísimo medio de influencia ideológica en el artista". En este sentido, es necesario que en el cuadro latinoamericano no renunciemos, al menos en principio, a "la posibilidad de influencia activa en el proceso de creación". (2)

Por otro lado, es un hecho indiscutible que la literatura latinoamericana goza hoy día de un prestigio bien merecido en la conciencia progresista del continente. Esto se debe a numerosos factores: denuncia de la explotación capitalista e imperialista, conservación y enriquecimiento de las tradiciones populares, solidaridad con las conquistas del movimiento revolucionario y en particular de la revolución cubana, acción militante en la lucha por los derechos humanos bajo los regímenes dictatoriales, etc. Dadas las condiciones de represión que imperan en la mayor parte de América Latina, ese prestigio de la creación se ha acentuado. "En un pueblo privado de libertad política, la literatura es la única tribuna desde lo alto de la cual él puede hacer oír los gritos de su indignación y de su conciencia." (3). Por cierto, este aporte del movimiento cultural ha tenido orientaciones diversas, contradictorias. El hecho de que el lector latinoamericano a menudo no las perciba, considerando a la novela del continente como un todo homogéneo y digno en conjunto de su confianza política, muestra hasta qué punto es real la presencia ideológica alcanzada por nuestra literatura, con los peligros que este fenómeno positivo encierra.

Esto ocurre en circunstancias que, por una parte, las fuerzas populares latinoamericanas tienen ante sí, como un desafío fundamental, algo que decidirá en gran medida su incidencia en la historia futura del continente: la constitución de una alianza estratégica entre el proletariado y las capas medias, donde aquél realizará su papel hegemónico. Por otra parte, ocurre que dentro del reflejo latinoamericano proporcionado por la literatura, el tema de las capas medias es, precisamente, uno de los más importantes. En consecuencia, de lo que se trata es de estudiar la herramienta literaria relativa a los grupos medios, a fin de enriquecer nuestra comprensión sobre estos sectores sociales a menudo complejos y, al mismo tiempo, de sacar a luz las diversas implicaciones políticas e ideológicas de esta herramienta en términos de la realidad descrita por ella y en términos de la alianza de clases requerida. Veremos en este sentido que el panorama, revelador, de la literatura se halla muchas veces empañado por un juicio en exceso severo sobre la pequeña burguesía, que no refleja sino parcialmente la realidad, olvidando sus aspectos valiosos y exagerando sus males. Pero dejemos esta cuestión hasta aquí, por el momento. La retomaremos una vez que hayamos visto concretamente las descripciones sobre el pequeño burgués en la novela. En el curso de esta síntesis que ahora emprenderemos, iremos recalcando el punto de vista proletario que nos guía: la necesidad de considerar a las capas medias con espíritu realista y unitario, es decir, advirtiendo sus contradicciones y defectos; detectando las exageraciones que de aquéllas y éstos saca una parte de nuestra literatura; y valorando asimismo, algunos aportes, numerosas veces desestimados, de la pequeña burguesía en nuestros procesos históricos reales.

La descripción de las capas medias urbanas constituye, junto a la novela indigenista y rural, el tema más importante de la literatura hispanoamericana contemporánea (4). El problema predominante en lo que se refiere a la pequeña burguesía es el del individuo, de su lugar en la sociedad y de su destino personal. La llamada "teoría de la modernización", "teoría funcionalista" a veces, puesta en auge por la sociología norteamericana de postguerra, presentaba a las capas medias como una condición esencial para realizar la industrialización y el progreso de los países del continente dentro del cuadro del capitalismo; para edificar una administración íntegra y eficaz, para desarrollar una educación moderna y científica y, por último, para establecer la democracia liberal... Esta perspectiva fue retomada políticamente por la Alianza para el progreso, que quería justamente, con el apoyo intelectual de algunos centros como la CEPAL, impulsar a las capas medias dentro del rol político que les era asignado (antes de la "doctrina Rockefeller").

No discutiremos aquí los fundamentos de este análisis que, por lo demás, carece de mayor actualidad hoy en día. Nos parece más importante destacar un punto preciso. Esta teoría postulaba la existencia, real o virtual, de "estratos", "grupos", o aun "núcleos", correspondientes a la definición modernizadora y capaces de influir funcionalmente sobre el futuro del continente. El análisis preveía que "las capas medias de América latina van a hallarse altamente implicadas por los valores de una sociedad fluida, estructurada sobre la base de normas sociales que prescriban principalmente que el mérito sea recompensado antes de cualquiera otra consideración" (5). Así formulado, este postulado puede ser admitido sin dificultad. Es en efecto muy probable que existiera y que exista todavía una aspiración meritocrática en una parte importante de las capas medias de nuestros países. El problema, sin embargo, no es éste, sino: ¿han sido satisfechas esas aspiraciones o, mejor aun, podían ser satisfechas? En caso contrario ¿no era el esquema funcionalista una transposición abusiva, una mera ideología? La respuesta a esta pregunta es, por cierto, afirmativa.

De todos modos, la cuestión del mérito como mecanismo impulsor de las capas medias y como factor de ordenamiento político y social, constituye para nosotros un buen punto de partida al analizar la literatura latinoamericana relativa a la pequeña burguesía. En efecto, dicha cuestión ocupa en ella un lugar destacado. Pero la solución encontrada por la producción literaria, con sus contradicciones, no se inclina en favor de las tesis funcionalistas. Así, vamos a ver que los grupos sociales considerados son descritos allí como enfrentados a una situación bloqueada, que engendra la impotencia política y esteriliza sus ilusiones meritocráticas. Sabemos que en el hecho, sin embargo, nuestro pequeño burgués está menos bloqueado que en la creación novelesca. Efectivamente, el tema que domina la novela urbana es el de la "frustración" de los individuos surgidos de la pequeña burguesía. Las aspiraciones de ascenso, de "logro", chocan con una estructura profesional y social que parece prohibirles su realización. El individuo "medio" es caracterizado como incapaz, incluso a pesar suyo, de tener una acción eficaz sobre la realidad. Frente a esta imposibilidad de ser, la literatura sitúa al héroe ante una alternativa bien precisa. O bien conserva sus aspiraciones idealistas y se repliega poco a poco sobre sí mismo en la impotencia y la frustración, o bien, rebelándose contra este destino mediocre, opta por una salida aún más negativa: es el comportamiento de traición. No entraremos por ahora a discutir la base real de esta alternativa. Además, como punto de mira de esta situación literaria, existe una novela que de distintas maneras y con distintos énfasis ideológicos se refiere a la relación, mítica, del pequeño burgués hacia la ciudad, hacia su pasado histórico y hacia su representación del poder político. Se trata, a su vez, de una mistificación, pues el pequeño burgués es, normalmente, realista. La mistificación, sin embargo, no es gratuita: a través de curiosos giros por el pasado, la ciudad o el poder, que se entremezclan a diversos niveles, lo que queda finalmente es una filosofía del conformismo inducida ahora en el lector. Es el caso de Sábato, por ejemplo, según podremos comprobarlo de inmediato.

1. La ciudad, el pasado, el poder político en los grupos medios latinoamericanos

El cuadro material de esta literatura es la ciudad. En la literatura urbana sobre la burguesía, ésta aparece poco en las calles. Por lo general, sus miembros se hallan en sus clubs, o tras las rejas de sus mansiones, en los barrios residenciales. Este distanciamiento del burgués respecto de su ciudad simboliza, por cierto, su temor a las masas, a la violencia urbana, pero también traduce su desapego cultural hacia la realidad inmediata, que le parece menos suya que la vida cosmopolita en París, Londres o Roma. Así, el santiaguino de "Noticias de Europa", de Jorge Edwards, manifiesta su preocupación, después de la segunda guerra mundial, por el hecho de que "los yanquis se instalarán con sus artefactos y sus puestos de coca-cola en las plazas de Florencia, de Roma, en las calles de París (...) ¡Europa se fue al diablo, Chabelita! Por eso estoy contento de morirme luego..." (Las máscaras). La otra cara de esta medalla nos la da Andrés, solterón, coleccionista de bastones y miembro del Club de la Unión de Santiago, en la novela Coronación, de José Donoso. Andrés se pasea por la ciudad de Santiago, pensativo: "Todo esto es igual como si fuera en..., en... -trató de pensar en el sitio más apartado y exótico de la tierra-, igual que si fuera en Omsk, por ejemplo, y toda esta gente fuera omskiana (...). ¡Y claro, esta calle y esta gente eran exactamente iguales que si fueran de Omsk!"

Este desapego del burgués hacia su ciudad coincide, además, en la literatura, con el hecho de que el mundo obrero y los sectores llamados "marginales" tampoco parecen habitarla. Su vida transcurre en las periferias que rodean a todas las ciudades de nuestro continente; el centro urbano es allí un territorio vedado, lejano, ocasional. ¿A quién "pertenece", entonces, la ciudad? La respuesta nos la proporciona el escritor mexicano Carlos Fuentes: "Las calles fueron invadidas, en Girón de la Unión como en Corrientes, en Ahumada como en la Carrera Séptima, por las familias de la nueva clase media, que leían la prensa sensacionalista y los dibujos animados" (6). La observación de Fuentes tiene interés en cuanto señala un punto que figura a menudo en la literatura urbana sobre los grupos medios: la ciudad, el centro histórico, las calles del comercio, etc., parecen haber sido efectivamente conquistados por la muchedumbre de los empleados, funcionarios, militares... En apariencia, la ciudad les pertenece.

Esta apariencia no es sólo un fenómeno exterior. Los personajes literarios de la pequeña burguesía tienen, respecto de sus barrios y sus lugares de tránsito, una percepción "intimista". Los individuos descritos por Puig en Boquitas pintadas o en La traición de Rita Hayworth razonan en términos de "vecinazgo", hablan continuamente de "su barrio". Cuando circulan por la pequeña ciudad de Vallejo, tienen sus itinerarios, sus puntos de referencia y lugares de encuentro, su geografía personal. Idéntica cosa sucede en "Después de la procesión", de Edwards. Estas formas de apropiación simbólica del espacio urbano no se dan solamente en lugares como Vallejo y posibilitan algunas generalizaciones intimistas que son características de la obra de Sábato. Así Castel, en El túnel, llegará a "internacionalizar" su filosofía de la gregariedad urbana: "Existen en la sociedad estratos horizontales, formados por las personas de gustos semejantes, y en esos estratos los encuentros casuales (?) no son raros (...) Me ha sucedido encontrar a una persona en un barrio de Berlín, luego en un pequeño lugar casi desconocido de Italia y, finalmente, en una librería de Buenos Aires". Asimismo Oliveira, en Rayuela (Cortázar), se apropia a su manera de París, a través de itinerarios cuya minuciosidad parece estar llena de significaciones personales.

Se trata, sin duda, de un comportamiento ilusorio que, en numerosas novelas, se halla directamente vinculado con una visión del poder político como misterio y con el carácter a menudo inexplicado de la "invasión" pequeño burguesa aludida por Fuentes en el texto antes transcrito. ¿Cómo se produjo aquella invasión, de dónde venían esas "familias de la nueva clase media"? Esta pregunta nos obliga a considerar el "problema" de la paternidad histórica de los grupos medios latinoamericanos en la novela. Este problema está lejos de encontrarse resuelto en la conciencia individual de nuestros héroes, para quienes el origen social, su pasado, constituyen una dramática incertidumbre, que da lugar, como veremos más adelante, a las más curiosas interpretaciones. ¿Es éste un drama real? No lo creemos. Las capas medias latinoamericanas nacen con los procesos de urbanización y de emigración rural desencadenados desde comienzos de siglo por la penetración imperialista aliada a los intereses de las burguesías nacionales, según las características económicas particulares de los distintos países latinoamericanos; con la necesidad, para las clases dominantes, de ampliar la base social de su sistema de dominación puesto en crisis por el nacimiento de una clase obrera pujante; con el fortalecimiento correlativo del aparato estatal, etc. ¿Ignora esto el pequeño burgués real? Menos, sin duda, de lo que supone una parte importante de nuestra literatura urbana. José María Arguedas en Todas las sangres, o Gabriel García Márquez en Cien años de soledad, tienen el mérito de no haber recurrido al "drama del olvido" para dejar sin respuesta a la cuestión.

En Cien años de soledad, el lector percibe, a partir aproximadamente de la mitad del libro, un cambio en el ritmo narrativo. Los personajes pierden consistencia e identidad; las generaciones, al multiplicarse, se relativizan. Todo va más rápidamente ahora y, en apariencia, la atención del lector decae. Este cambio de ritmo coincide con la observación que formula, también hacia la mitad del libro, el personaje que constituye su constante formal: Ursula Buendía. En el umbral de su vejez, imaginando una especie de deterioración progresiva del tiempo, Ursula dice, en efecto: "Los años de ahora no son como los de antes (...) Antes, pensaba, los niños tardaban mucho en crecer (...) Ahora, por el contrario, cuando ella no tenia nada que hacer (...), esta pérdida de calidad del tiempo la obligaba a dejar las cosas a medias". García Márquez ha tenido la habilidad de combinarnos, así, el tiempo interno de su obra tal cual éste es resentido por el lector, con el tiempo biológico de Ursula, tal como éste es apreciado por ella misma. El paralelismo en la "decadencia de la atención sobre el tiempo" provoca, en el lector de la segunda parte de la obra, una transposición, hacia la primera, de la melancolía con que Ursula juzga su propio pasado. Lo cual permite que personajes ya lejanos como el coronel Aureliano Buendía o su padre, o episodios como el descubrimiento inicial del hielo, adquieran ahora, por la refracción del lector, una presencia repercutida, una "segunda vida".

Sin embargo, el mérito principal de García Márquez consiste en haber dado una significación política a la "degradación del tiempo", sobrepasando los límites de la explicación biológica (vejez, melancolía). En efecto, veinte páginas antes de los cambios de ritmo anotados (del libro, de la vida de Ursula), se produce un hecho de importancia: la llegada a Macondo de la compañía bananera, que impone las bases de la urbanización (tren, teléfono, comerciantes, cine, casas con sus rejas, calles... y el infaltable Mr. Brown) y, con ella, la confusión. Los habitantes comienzan a desconocerse, se extravían. Al igual que Ursula respecto de su vida anterior, o que el lector de Cien años de soledad respecto de la primera mitad del libro, Macondo parece enfrentar ahora la incertidumbre sobre su propio pasado, lo "olvida". Una corriente de la sociología urbana contemporánea quiere hacernos creer que los fenómenos de pérdida de la cultura precedente, de anomia, de extravío urbano, están indisociablemente ligados a la formación pura y simple de la ciudad moderna, con sus corolarios de "movilidad social" y de aparición de grupos medios. García Márquez tiene la virtud de explicar la "paternidad histórica" de las capas medias en el cuadro de la urbanización capitalista, sin recurrir al modernismo como antecedente necesario de los males que aquejan a dichos sectores sociales (aculturación, anomia...).

Sin embargo, desde el punto de vista de la conciencia individual del pequeño burgués novelesco, el problema de su pasado histórico sigue planteado en numerosas obras. Contrariamente a la descripción del proletario, que conserva en la literatura su referencia rural y lazos más o menos estrechos con la provincia (Arguedas en lo que se refiere a la integración indígena en la ciudad de Lima, por ejemplo), el individuo de las capas medias no sabe, allí, de dónde viene. Es lo que describe a la perfección el personaje de Humberto Peñaloza (El obsceno pájaro de la noche, de Donoso), al indagar sumariamente en su genealogía: "Humberto Peñaloza, hijo del profesor primario, nieto de un maquinista de un tren de juguete que echó tanto humo que no se puede ver nada más atrás". La misma dificultad para ver atrás es una constante en Sábato. Así Fernando Vidal, en Sobre héroes y tumbas: "Me es imposible rememorar exactamente mis metamorfosis". En la literatura urbana de América latina, no figuran personajes como Herzog (Bellow), quien enfrentado al nihilismo de la sociedad norteamericana siempre tuvo, sin embargo, la posibilidad de "ir" a su origen judío, ni aún como el Cónsul de Malcolm Lowry (Bajo el volcán), cuyos penosos delirios etílicos no le impedían remontarse hacia su pasado británico.

Reacios, por su condicionamiento ideológico, a asumir íntegramente su filiación histórica real, los personajes de la pequeña burguesía se hallan confrontados además, en esta literatura, a la mediocridad de su vida urbana, a su falta de perspectivas, etc. Condenados en primera instancia a no pensar en el pasado que ignoran, ni en el futuro que temen, por el momento sólo les resta el camino de "apropiarse" figuradamente de la ciudad, sus calles, sus barrios (en el Obsceno pájaro de la noche, la ciudad de Santiago está continuamente representada bajo la fórmula sugestiva de "la Casa"). Naturalmente, esta salida "intimista" constituye un consuelo magro, nada "subversivo", frente al cual el personaje novelesco del burgués alza los hombros. Sin embargo, desde el punto de vista de la técnica de la narración, esta salida ofrece escasas expectativas y se agota rápidamente, como lo atestiguan algunas novelas coloquiales de Puig, Edwards o Vargas Llosa. A fin de romper la tonalidad forzosamente estrecha y provincial que va impuesta por esta resolución del pasado a través del intimismo urbano, una buena parte de los escritores latinoamericanos opta por un artificio complementario: la constitución de una fantasmagoría, que se aplica alternativamente al pasado de los grupos medios y a la ciudad política en que habitan.

En lo que se refiere a la fantasmagoría del pasado, observemos de nuevo a Fernando Vidal, de Sábato. Después de haberle resultado imposible "rememorar sus metamorfosis" y siéndole al parecer infructuosa la teoría de Castel sobre los estratos horizontales que intiman con Berlín o Buenos Aires por tener allí lugares de encuentro, Fernando mira otra vez hacia atrás y, más allá del humo, descubre ahora que ayer fue "centauro", luego fue "una serpiente", después "pulpo" y finalmente "vampiro". En El Obsceno pájaro de la noche, lo que había es perros, monstruos, brujas; en el Final del juego, de Cortázar, "soy un axolotl", etc. En lo que se refiere a la fantasmagoría de la ciudad, esta literatura sobre las capas medias se ve obligada a tomar un desvío por una determinada concepción, mítica, del poder político que reina en ella. Así, las redes invisibles de la banca y la política son controladas, en Sobre héroes y tumbas, por sectas, y no por la burguesía bonaerense, que viven en subterráneos y se ramifican curiosamente hasta los centros del poder mundial. Se trata de "esas logias y sectas que están invisiblemente difundidas entre los hombres y que, sin que uno lo sepa y ni siquiera llegue a sospecharlo, nos vigilan permanentemente, nos persiguen, deciden nuestro destino, nuestro fracaso y hasta nuestra propia muerte". En la novela citada de Donoso, el poder reside en... ¡las viejas!, desde sus hospicios. "El poder de las viejas es inmenso". No saben "ni leer ni escribir, ni siquiera firmar", pero son ellas quienes manejan los cursos de la Bolsa. ¿Cómo se explica esto? La respuesta viene en forma de pregunta: "¿Cómo no van a tener a sus patrones en su poder, si les lavaron la ropa y pasaron por sus manos todas las suciedades que ellos quisieron eliminar de sus vidas?" Así, "por eliminación", el poder está, justamente, allí donde no está. Más modesto, el señor K., al incursionar en El Castillo por las raíces del poder ([.quién manda"!), tuvo que contentarse con la única respuesta que Kafka puso en la boca de sus interrogados: su silencio total.

En la novela latinoamericana, esta mitología sobre el poder urbano no es una simple paradoja literaria ni una prueba concluyente de imaginación. Ella caracteriza la tendencia atribuida a los grupos medios de considerar la historia y, sobre todo, las vicisitudes del continente, junto a su situación personal, en términos de "complots históricos", de oscuras confabulaciones, intrigas de palacio o cuartel, en suma, sectas, a los cuales ellos sólo pueden acceder por el desarrollo del propio mito. No debe extrañarnos, en consecuencia, que nuestra literatura acuda con tanta frecuencia a la imagen social de la ceguera, cuando describe a sus personajes urbanos. Al mirar a los "omskianos" de Santiago, Andrés concluía: "Eran todos ciegos". Ciegos en tres sentidos que se sostienen entre sí: no "ven" su pasado de clase; no "ven" la estrechez de sus apropiaciones urbanas; no "ven" en el poder más que un misterio. ¿Se reconoce, en esta extravagante "ley de la ceguera", al pequeño burgués bien pragmático y diligente que vemos en la realidad? Ciertamente no. El tema de la ceguera es menos inocente en Sábato. Por un lado, el personaje "medio" de Allende en El túnel es ciego. Es un individuo común y corriente que vive como todos los mortales en el nivel de la ciudad, aunque probablemente ignora su pasado y su papel en la sociedad argentina. Pero, por otro lado, ¡también son ciegos los miembros de la secta!, quienes, "para mayor desgracia de los inadvertidos, tienen a su servicio hombres y mujeres normales" (Sobre héroes y tumbas). La ambivalencia es reveladora: para Allende (ciego), los detentadores del poder, en secta, son, finalmente, "como él" (ciegos). Así, en el lector pequeño burgués las diferencias se borran, todos somos ciegos, si bien los ciegos "lo ven todo" (7) y, al igual que en algunos escritos recientes de Michel Foucault, el poder termina siendo una cosa difusa, versátil, impenetrable, que por lo mismo no nos pertenece pero nos pertenece a la vez. Sin duda, lo que interesa a Sábato es que, de este modo, se pasa fácilmente de la incomprensión a la indiferencia, y de ésta, al conformismo político. Ciego sintomáticamente de veras, Borges concentra además las otras tres "cegueras": el pasado, "espadas"; la ciudad, "el tango que crea un turbio pasado irreal (...) en una especie de suburbio"; la democracia, "una superstición". Todo lo cual tiene su perfecta síntesis exterior en: "Yo estoy de acuerdo con el Gobierno militar chileno" (8). En el país de los "ciegos"...

En definitiva, todas estas formas fantasmales o figuradas de apropiación del pasado, de la ciudad, del poder, que se hallan como hemos visto tan estrechamente vinculadas entre sí, tienen en la literatura un campo de acción limitado: a excepción de ciertos barrios residenciales, la ciudad latinoamericana es demasiado violenta como para prestarse de un modo sostenido a tales simbolismos. Dos novelistas de los grupos medios (Roberto Arlt y Vargas Llosa) utilizan la misma imagen de la jungla para describir el Buenos Aires o el Lima de los pequeños burgueses.

2. La situación sin salida de las capas medias latinoamericanas

En esta perspectiva más realista, la primera preocupación del héroe "medio" es la promoción social, el éxito. Por lo mismo, los autores latinoamericanos, al mostrarnos a los adolescentes, los describen soñando con grandes destinos. Silvio Astier, el héroe de El juguete rabioso, de Arlt, busca trabajo y sueña con su futuro: "Más que nunca se afirma en mí la convicción de un destino grandioso que he de desarrollar en mi existencia. Yo podré ser un ingeniero como Edison, un general como Napoleón, un poeta como Baudelaire", etc. Silvio, quien posee alguna formación y no duda de su valor, cree, en consecuencia, que el éxito social es una cuestión de mérito.

La educación juega aquí un rol primordial. La madre de Silvio se ha privado de todo, con tal de permitirle continuar sus estudios durante el máximo tiempo posible. El mismo culto de la educación reaparece en El obsceno pájaro de la noche, donde el padre de Humberto Peñaloza tiene puestas todas sus esperanzas en los estudios del hijo: "En mi casa -dice Humberto- era difícil estudiar. Mi padre, demasiado solicito, rabiaba si mi madre producía el menor ruido con las ollas en la cocina. Sentado frente a mi al otro lado de la mesa, él arreglaba mis textos de manera que los confundía, o ajustaba la luz sin que yo se lo pidiera, o cerraba las ventanas para que no me perturbara el ruido de la calle, que no me perturbaba absolutamente nada". Detrás de esta solicitud paternal, venía envuelta la máxima familiar tantas veces inculcada en Humberto: "ser alguien". Idéntica situación se produce en las capas medias descritas por Vargas Llosa en La ciudad y los perros. La imposibilidad de haber estudiado más, es motivo reiterado de queja en numerosos personajes novelescos. Por ejemplo, el joven Berto de Puig (La traición de Rita Hayworth) reprocha a su hermano Jaime de haberle hecho salirse del colegio para trabajar. Le escribe una carta acusándole de haber liquidado su vida. Todos son, pues, idealistas que esperan ver más o menos reconocidos su saber y sus calidades. Podría pensarse, en este sentido, que ellos comparten (con variaciones importantes, pues la desilusión suele aflorar desde la adolescencia) el ideal meritocrático buscado por la "teoría de la modernización". Sin embargo, la continuación de nuestras novelas nos muestra cómo este ideal se halla siempre frustrado y cómo, en la realidad, las capas medias están colocadas ante una alternativa literaria mucho menos brillante.

En efecto, cuando se encuentran "integrados" en la vida activa, nuestros héroes novelescos se ven obligados a escoger entre las dos vías antes señaladas. La primera reside en el abandono de sus aspiraciones idealistas y en la adopción de una actitud "carrerista" poco conforme al ideal inicial. Al contrario, si se empecinan en sus principios y esperanzas, se nos presentan como victimas de una reacción de rechazo que los conduce a la marginación, es decir, al resultado inverso del deseado.

El carrerismo es el tema dominante. Benedetti se ha constituido en su cronista sin contemplaciones, en lo que se refiere a la sociedad uruguaya. En Montevideanos, él nos pinta a sus compatriotas de la "clase media" sin indulgencia. Son pequeños burócratas sumisos. aunque vengativos y autoritarios hacia los subordinados o las masas. Además, son perfectamente conformistas y encuentran en su trabajo un refugio, una actividad de compensación. Pero el aspecto ininteresante de sus ocupaciones no se les escapa del todo. La mirada de los otros, y en particular de la burguesía, se encarga de hacérselo sentir. A propósito de los jóvenes burgueses con los cuales sus hijos han llegado a ser amigos, el personaje de La tregua reconoce: «Dicen "trabajo" como si después debieran desinfectarse» (refiriéndose al trabajo de sus hijos). En el suyo, el padre asume una actitud dócil. No hay ninguna solidaridad entre él y sus colegas. Cuando Suárez, un empleado, es despedido por haber roto sus relaciones con la hija del jefe, nadie interviene. "En sólo media hora, se había transformado en un indeseable. Me dieron ganas de acercarme a él y decirle una palabra afectuosa, de consuelo. No lo hice". Entre estos personajes carreristas, la dialéctica del éxito personal por la intensificación del trabajo y la iniciativa, no está presente. El "Jaguar" de La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa, no constituye en esto una excepción. El final del libro nos lo muestra aparentemente integrado, pero se trata de un carrerismo bien típico (y comparable al que está sugerido por los último días de Pichula Cuéllar, del mismo autor). En efecto, es a través del mal que el héroe quiere ganarse su lugar bajo el sol, porque ya ha comprendido la moral implícita de la sociedad en la cual le toca vivir, moral que se sitúa en las antípodas de la filosofía weberiana...

En cuanto a la otra solución, es más bien una trampa en la que caen numerosos personajes de nuestras novelas: se trata de la conciliación imposible de sus aspiraciones positivas con su situación concreta. Frente a la integración por el carrerismo y la vida sin grandeza que éste implica, no queda en la literatura sino el intento precario de la "realización personal". La alternativa clásica del compromiso, o de la revuelta, parece conducir aquí, con certeza, al fracaso, a la locura o a la muerte. La novelista y poetisa mexicana Rosario Castellanos ilustra, en su obra Oficio de tinieblas, este aspecto típico de la situación "bloqueada" del héroe pequeño burgués. El profesor de liceo Fernando Ulloa está encargado de un curso de matemáticas. Trata de hacerlo lo mejor posible pero, rápidamente, se enfrenta al desdeño de sus estudiantes socialmente más acomodados que él. Además, su trabajo escrupuloso constituye un reproche para sus colegas adormecidos por una enseñanza fosilizada. Por último, su falta de tacto y de prudencia le transforma a poco andar en "comunista". Un estudiante sin valor acusa a Ulloa ante sus padres de "hacer política". El padre no presta atención pero la madre y el hijo se alían y, gracias a un cura, obtienen una petición de renuncia por parte de la dirección del colegio. Después de haberse defendido blandamente, Ulloa se va. Sin poder luchar, no le queda sino la conducta de fracaso. ¿Se reconoce en esta "ley del fracaso" al pequeño burgués real del continente? ¿Dónde quedan su proverbial capacidad de adaptación, su flexibilidad en el mundo del trabajo?

El clásico de este género: El juguete rabioso, de Arlt, nos describe prolijamente este itinerario recorrido por Silvio Astier. El antihéroe del libro ha salido de un medio pequeño burgués cuyo credo sigue siendo el éxito individual a pesar de su proletarización ineluctable. El comienzo de la novela nos muestra una banda de adolescentes reunidos en un "club" donde se distribuyen el tiempo entre el sueño y la delincuencia, es decir el robo como actividad lúdica, tal cual ésta es puesta de relieve por una corriente de la sociología moderna. Así se inicia la "inversión de valores" en Silvio. Esta será definitivamente determinada por la obligación de encontrar trabajo, en la cual él se halla colocado. Se le ve primero donde un comerciante de libros. A cada momento, Silvio está confrontado a la rutina, el aburrimiento y sobre todo la ausencia de esperanza. En efecto, hemos señalado anteriormente que Astier soñaba con un porvenir brillante, con afirmar su personalidad y asumir una responsabilidad que diera un sentido, una utilidad social a su vida. Por ejemplo, en la Armada, esperaba ver reconocidas y utilizadas sus capacidades intelectuales. Pero se encuentra confinado en un trabajo de ejecución sin porvenir. Cuando fue nombrado, él entreveía la posibilidad de proseguir sus estudios científicos, de adquirir "movilidad social", ganando, al mismo tiempo, algún dinero y progresando en la jerarquía militar. Cuando fue nombrado, propuso a sus jefes un mortero de su invención. Por esta vía, él entreveía la posibilidad de proseguir sus gente inteligente, sino como bruta para el trabajo". El fracaso culmina en su despido. Su inteligencia, que habría debido servirle, ha sido, al contrario, la causa de su expulsión.

Paralelamente a las tentativas abortadas de integración, asistimos a una revuelta que se va larvando en Silvio. Ella se dirige primero contra el motivo directo de su insatisfacción: los libros de ocasión de los cuales él se ocupa donde el librero y que intenta, sin gran éxito, incendiar. Luego, ella toma como pretexto la víctima que le designa la sociedad, un mendigo que trata de asesinar y, por último, ella se vuelve contra si mismo: es la tentativa de suicidio. Cada uno de estos actos es un fracaso y para terminar no le queda sino la salida del "salaud" sartriano (carajo): traiciona a su mejor amigo, entregándolo a la policía. Al igual que Goetz, está en proceso con Dios. Sin haber podido llamar Su atención, escoge el mal: "Seré hermoso como Judas Iscariote. Toda la vida llevaré una pena... una pena... La angustia abre grandes horizontes espirituales ante mis ojos". Enseguida, él justifica así su traición: "Hay momentos en nuestra vida en los que estamos obligados a ser canallas, a ensuciarnos hasta el fondo de nosotros mismos, a cometer alguna infamia (...), hecho lo cual, podemos retornar tranquilos a nuestros asuntos... Yo con mi quietud, con el peso de toda mi inmundicia, me siento superior a ustedes". Finalmente, no se abrían sino dos vías a Silvio: delincuente o delator. "Es con esta alternativa que se termina la adolescencia del personaje. Cualquiera que sea la que él escoja, en las dos hay la traición y el crimen" (9). Como delincuente, traiciona su medio, el orden social y los valores morales que le ha inculcado su familia. Como delator, traiciona a aquellos amigos suyos que han decidido rebelarse y se integra en la sociedad.

A través de Silvio, es la conducta de fracaso y de traición de las capas medias argentinas que quiere hacernos ver Roberto Arlt, pues su héroe ha optado por la integración y la mala conciencia, al igual que los carreristas. La conducta de fracaso que describe Benedetti a propósito de Ramón Budiño (Gracias por el fuego), hijo de burgués en revuelta contra su padre, parece así ser en la novela un elemento típico de la pequeña burguesía, donde ella sobrepasa el nivel individual (Budiño) para convertirse ahora en un comportamiento colectivo: se la reencuentra, en efecto, en las obras de Cortázar, Sábato, Fuentes, Onetti... En estas obras sobre las capas medias, la situación de frustración social conduce a los personajes a una idéntica actitud de repliegue sobre ellos mismos, de soledad desencantada. La desilusión que les invade se traduce, entonces, en una transposición de la impotencia individual al nivel colectivo. Esto deviene particularmente claro cuando nuestros personajes pasan de la adolescencia a la madurez.

Mientras la estructura psíquica de los jóvenes pequeño burgueses se expresa, a menudo, en un exceso de actividad volcada al exterior (Silvio antes de buscar trabajo, los adolescentes de Los jefes o Pichula Cuéllar. etc.), en el adulto encontramos una tendencia marcada a la pasividad, a huir de los problemas y los conflictos más que a asumirlos. Estamos ante un tipo humano contemplativo, poco inclinado a la acción, siempre dubitativo y finalmente incapaz de toda actividad positiva. Esta impotencia está particularmente bien expuesta por Onetti. Larsen, el personaje de tres de sus novelas (El astillero, Juntacadáveres, La vida breve), lleva una vida estéril, sucesivamente en el comercio, el proxenetismo, la gerencia de un burdel. Va de fracaso en fracaso y está destinado a una muerte próxima e inexorable. Su realidad le parece desprovista de sentido, como una serie de actos "todavía desconocidos que él debe forzosamente cumplir, uno tras otro, sin pasión, como prestando para ello simplemente su cuerpo".

Es interesante destacar que esta misma filosofía sobre el destino y el cansancio reaparece corrientemente en Borges, sólo que con formas más "eruditas": "En el primer volumen de Parerga und Paralipomena releí que todos los hechos que pueden ocurrirle a un hombre, desde el instante de su nacimiento hasta el de su muerte, han sido prefijados por él" ("Deutsches Réquiem", El aleph). Sin embargo, Larsen tenía la certeza de que esta autarquía del destino significaba, de hecho, que éste se le escapaba y que era necesario realizar los actos dictados, aun sin comprenderlos, "porque si él se oponía después de haber percibido el acto, éste, privado del espacio y de la vida que exige, crecería en él (...) hasta destruirle. Y si se resuelve a cumplirlo (...) el acto se alimentará vorazmente de sus últimas fuerzas" (El astillero). Larsen esperaba desde hacía diez años, en una pequeña ciudad de provincia, la autorización para abrir un prostíbulo. Cuando finalmente ella le es acordada, retrocede: "Era como si él mismo y todos sus móviles se hubieran convertido en esta espera y como si ahora le fuera imposible seguir adelante" (Juntacadáveres).

El héroe de las capas medias no se presta así a ninguna simbolización épica. Incluso la propia forma novelesca tiende a disolverse, al menos en apariencia. Así en Terra nostra, la última producción de Fuentes. Rayuela de Cortázar, el otro clásico de este género literario, se presenta como el laberinto del pensamiento de Oliveira, quien se ha refugiado en su pura interioridad. Cada vez que debe hacer alguna cosa, se inventa mil objeciones y su primera frase empieza por: "El problema es que..." Romántico decepcionado, Oliveira es escéptico, cruel con los otros pero por abstención, pues se ha recogido definitivamente en el interior de sí mismo a fin de observarse. "Creer -pensaba él- que la acción puede llenar el vacío o que la suma de las acciones podía equivaler a una vida digna de este nombre, era una ilusión de moralista: más valía renunciar, pues la renuncia era la protesta misma y no su máscara". Es por estas razones que Horacio Oliveira rechaza comprometerse en lo que sea. Rehúsa, como veremos, la idea de ayudar a los argelinos en París, pero confiesa que le ha sido difícil, esta vez, "decirse no a sí mismo". Igualmente, cuando el hijo pequeño de su amante muere, él observa el hecho, no dice nada, se levanta y se va. Rayuela es, así, la historia de esta fuga perpetua de Oliveira frente a las pruebas que le impone la vida y, con ellas, "a los inevitables fracasos, previstos por el autor, presentidos por el héroe". Tal es el mecanismo de lo que Lukacs llama el "romanticismo de la desilusión" (10), que es un tema esencial de las novelas sobre las capas medias latinoamericanas.

Por esto, las novelas relativas a la pequeña burguesía de nuestro continente toman a menudo la forma de un diario íntimo (La tregua, El túnel), ya que el único alcance de la acción reside, o adquiere su sentido, en el espíritu del narrador, en su subjetividad. Por la misma razón, este tipo de obra contiene, sobre todo, largos monólogos interiores, como en Fuentes, Cortázar, Donoso, etc. Cuando el héroe quiere actuar sobre el mundo, su objetivo y sus actos son invariablemente mediocres, los resultados son siempre magros en relación con las ambiciones. Entonces él se construye todo un sistema de explicaciones donde el medio que le rodea no es sino un caos curiosamente organizado para destruirle, según corresponde al más típico estilo del complejo de umbilicus orbis. Por ejemplo, el farmacéutico de Santa María, elegido regidor, soñaba con dejar una huella imperecedera sobre la ciudad. Poco a poco su ambición se reduce a la apertura del prostíbulo. Su voz gritona se disculpaba con lugares comunes: "el capitalismo, la oligarquía, las cooperativas agrícolas, el laborismo inglés; hacía entender que todo esto había sido, si no un prólogo deliberado, por lo menos un antecedente obligado para la existencia de un burdel en Santa María" (Juntacadáveres).

Esta vida desprovista de sentido lleva consigo una incomunicación entre los individuos. Es uno de los temas esenciales de Rayuela: Oliveira y la Maga, luego Talita, llegan a la incomprensión total. La misma situación dramática se desarrolla entre María y Castel (El túnel). Mientras el amor es una actividad intensa y lúcida en el proletariado y en el hombre "marginal" (así en toda la obra de Manuel Rojas o en la excelente novela Hijo de hombre, de Roa Bastos), también él es destruido por este mal de las capas medias. En Sobre héroes y tumbas, el amor deviene un campo de batalla donde los dos protagonistas. Alejandra y Martín, se destrozan mutuamente. Esta situación sin perspectiva, engendra la angustia y finalmente el suicidio de Alejandra. Del mismo modo, la forma misteriosa en que se termina Rayuela sugiere que Oliveira pone fin a sus días. Suicidio también para Silvio o para el médico de La hojarasca (García Márquez). Castel mata a su amante después de haber enloquecido y prácticamente se entrega a la policía (El túnel), etcétera.

Sin embargo, la mayoría de los pequeños burgueses descritos por la literatura no llega obviamente a tales extremos. Terminan por aceptar bien o mal el destino que les reserva el orden social, como una imposición normal, como una dimensión permanente de su vida. Al precio de algunas mentiras hacia ellos mismos, consienten en la monotonía, cultivan el idealismo e invierten en su "carrera" una energía que no han sabido utilizar en el combate contra un orden social que se sirve de ellos y que ni siquiera expresa en los hechos su "sistema de valores". Es esta actitud de traición la que se sintetiza en la descripción de nuestros autores.

3. La "bastardía" de las capas medias

Más profundamente, las dos actitudes contradictorias antes descritas se alimentan de una misma fuente. El fracaso, la tristeza o la angustia, como el carrerismo y la traición, concuerdan, en la literatura, con la situación de la pequeña burguesía respecto de su "paternidad histórica", a la cual aludíamos al comienzo. Como en Sartre, la bastardía no es únicamente una cuestión de posición de clase (colocadas entre la burguesía, que las utiliza y menosprecia, y el proletariado, que ellas temen y que las juzgaría con sospecha, las capas medias parecen carecer de historia en la sociedad) sino también, a menudo, una realidad bien física. En la literatura urbana sobre estos grupos no se encuentran familias como las de los Buendía o los Aragón de Peralta (Todas las sangres), que son tan características de la vida rural. La familia pequeño burguesa tampoco se asemeja, desde luego, en su vida pero tampoco en su estructuración jerárquica, a la familia proletaria descrita por Lillo en Sub Terra o Sub Sole. Por último, tampoco se parece a "las grandes familias" que intentan describir Edwards o Donoso. En éstas, el personaje que asume el primer rango es el padre, como Artemio Cruz, Ramón Budiño (Gracias por el fuego), don Jerónimo (El obsceno pájaro) o don Fermín (Conversación en la catedral). Ellos dirigen la casa, dominan a mujer e hijos.

Nada de esto ocurre en los grupos medios. Al contrario, Silvio Astier es huérfano de un padre que no conoció. Oliveira igualmente, Castel probablemente, algunos alumnos del colegio Leoncio Prado, de Vargas Llosa, también, del mismo modo que Guillermo, de Zona sagrada (Fuentes), Juan Carlos de Puig (Boquitas pintadas) o los tiranos de origen incierto que aparecen en El otoño del patriarca y El recurso del método. Cuando el padre está vivo, es distante o, mejor, borrado, inexistente. Humberto Peñaloza (Donoso) habla de "la gente sin rostro como mi padre" por oposición a la madre, quien "supo desde el primer día que yo jamás iba a ser alguien". En sus coloquios imaginarios con don Jerónimo, reivindicará a ese padre en quien ni él mismo cree: "Porque yo tuve padre, don Jerónimo, si, aunque usted no lo crea..." En Puig, el padre de Berto es un personaje aplastado por la vida, un borracho sin envergadura que abandona el hogar para irse a beber (La traición...). En La tregua, el narrador ha sobrevivido a su mujer, pero es un personaje débil, borrado, incapaz de influir sobre sus hijos. Benedetti nos presenta así la idea de la bastardía simbólica, por la boca del propio padre: "Ninguno de mis hijos se parece a mí (...) Esteban es el más desconfiado. Yo no sé todavía contra qué se dirige su hosquedad. Creo que tiene respeto por mí, pero nunca se sabe. Jaime es quizá mi preferido, a pesar de que yo no pude nunca entenderme con él. A veces, pienso que me odia, otras, que me admira. Salir adelante con mis hijos era una obligación. Pero todo fue siempre demasiado obligatorio como para que yo pudiera ser feliz".

Los pequeños burgueses de la novela latinoamericana tienen una situación familiar característica que explica, en parte, su evolución psicológica, su conducta social y política. "El orden social en que viven los hombres en una época o en un país dados, está condicionado por (...) el grado de desarrollo del trabajo, por una parte, y de la familia, por otro", decía Engels en El origen de la familia. En efecto, en la etiología de la "traición" o de la conducta de fracaso de las capas medias sudamericanas, tal como ellas son descritas por la literatura, la ausencia o la mediocridad del padre y la presencia obsesiva de la madre parecen ser un elemento esencial. Por ejemplo, en Arlt, Silvio ha sido formado por dos mujeres, su madre y su hermana. La madre es perseverante, pequeña, resignada. Se sacrifica enteramente por la educación de sus hijos y les inculca los valores típicos de la pequeña burguesía, es decir, ante todo los valores cristianos, pero también el arribismo, el miedo al futuro, la represión sexual, la higiene física, etc. De este modo, ella hace de Silvio un adolescente proclive a crisis de misticismo en las cuales el rostro de la madre está a menudo presente. Así se estructuran los elementos que conducirán a Silvio al "proceso con Dios": la conducta absoluta, en la búsqueda del bien como del mal. La idealización de la madre es bien conocida en Borges. En Sábato, ella se debe al "encerramiento en que vivió su niñez a causa de una madre poderosa y sobreprotectora" (11). En su diario, Castel escribe: "Yo no podía concebir que mi madre tuviera defectos". Asimismo, Fuentes nos describe, en Zona sagrada, el aplastamiento de la personalidad del hijo por la madre abusiva. Una situación semejante aparece en Puig: "Ahora que soy un hombre y tengo un hijo, no llego todavía a aceptar la muerte de mi madre" (La traición...). Los jóvenes "predelincuentes" de La ciudad y los perros son, a menudo, huérfanos y juegan a "los duros", pero tienen una actitud sumisa respecto de sus madres. Por ejemplo, vemos al más violento y maduro de ellos con su madre, quien necesita de dinero, le insta a trabajar: "Yo tenía dinero escondido en mis cuadernos y le pregunté: ¿lo necesitas?" "Siempre lo necesito, respondió ella". "Se lo di todo" confiesa él, entristecido.

Característicamente, todos estos elementos (origen social, desaparición real o simbólica del padre, presencia totalitaria de la madre, arribismo, comportamiento autoritario y vengativo, etc.) aparecen con absoluta claridad dentro de la literatura sobre los dictadores (Asturias, García Márquez, Carpentier). No es éste el momento para insistir en estos puntos que ya han sido tratados por V. Teitelboim (Araucaria N 2) y que presentan gran riqueza para comprender los fundamentos sociales de la psicología fascista en nuestra óptica de clase, que no es la utilizada, por ejemplo, en las obras de Reich. El dictador es, sin embargo, una persona que ha alcanzado el "éxito". La vida real de nuestros países nos muestra, junto al dictador siempre reemplazable, una colección de amanuenses, lameculos, que corresponden punto por punto al cuadro de la "bastardía social" desarrollado por la literatura latinoamericana. Son dictadores en potencia que se vengan en el anonimato y que tienen la misma situación familiar que hemos indicado.

Igualmente, a propósito de los matrimonios, constatamos que todos nuestros héroes tienen una misma visión sobre la pareja (si ésta llega a existir): la madre en la casa, el padre, cuando trabaja, distante. El amor y la vida sexual tienen escaso lugar en este esquema convencional. El ideal familiar de las capas medias es, en la literatura, del tipo patriarcal degradado que ellas están en condiciones de asimilar dentro de los modelos culturales de la burguesía. Esta dependencia cultural hacia las clases dominantes se reencuentra en todos los dominios de la vida social y se manifiesta a través de conductas y actitudes de imitación. A diferencia del proletario o del campesino, que en la novela mantienen sus tradiciones y poseen su lenguaje propio (El río, de Gómez Morel, o Los ojos de los enterrados, de Asturias, en lo que se refiere a las tradiciones mayas del pueblo guatemalteco, etc.), cuestión que, por lo demás, traduce su aporte real al patrimonio cultural del continente, nuestros pequeños burgueses se expresan con afectación y estereotipos, respiran por la burguesía.

En numerosas novelas, la dependencia cultural de las capas medias remeda, con rasgos más marcados, la de la burguesía. La idea esencial es que ambas "cambian de piel", según la expresión de Fuentes. Esta asimilación de las clases dominantes y los sectores medios no refleja sino muy parcialmente la realidad e introduce ambigüedades en lo que se refiere a la "dependencia" de las primeras, que algunos connotados economistas pseudorrevolucionarios han transpuesto al plano de las relaciones económicas, llegando a considerar que son "lumpen-burguesías" sometidas al imperialismo norteamericano. Benedetti coloca a Ramón Budiño y sus amigos burgueses en un restauran! de Nueva York (Gracias por el fuego), donde consideran con desdeño a su país y expresan la lástima de vivir en él. Querrían olvidarlo. "¿Saben ustedes lo que se necesita para curar la nostalgia? El confort. Aquí he obtenido el confort y ahora ni siquiera me acuerdo de Paso Molino." El frenesí con que la burguesía -y detrás de ella la pequeña burguesía- intenta calcar su cuadro de vida sobre el modelo norteamericano o europeo reaparece continuamente en nuestra literatura. Veamos el mobiliario del Patriarca en El otoño: "Capiteles dóricos de cartón piedra, cortinas de terciopelo y columnas babilónicas coronadas con palmeras de alabastro, el trono de los virreyes, el piano de cola, las criptas funerarias de próceres ignotos, gobelinos de doncellas dormidas en góndolas de desilusión, enormes óleos de obispos y militares arcaicos y batallas navales inconcebibles..."

Pero detrás de este confort material, más o menos barroco, en el cual vive la burguesía latinoamericana, es otro el problema de fondo que nos señala la literatura, y que aparece con toda nitidez en los monólogos interiores de Artemio Cruz: "Desde que aprendiste a apreciar el contacto de los buenos tejidos, el gusto de los buenos licores, el perfume de las buenas lociones (...), desde entonces, se te fijó la mirada allá arriba, en el Norte, y has vivido la nostalgia del error geográfico que no te permitió ser, en todas las cosas, uno de los suyos (...). Miras alrededor tuyo y encuentras intolerables la incompetencia, la miseria, la suciedad, la abulia (...). Y, lo que te resulta más doloroso todavía, sabes que a pesar de tus esfuerzos, no puedes ser como ellos, no puedes ser sino un calco, una aproximación". Entonces, para avanzar en la aproximación, los miembros de la burguesía viajan (Budiño) o envían a sus hijos a estudiar a Estados Unidos, donde se casan con extranjeras, como Javier, de Cambio de piel (Fuentes), cuya esposa se burla de toda esta situación en los siguientes términos: "Javier es como todos los mexicanos. Habla mal de los yanquis pero los imita en todo. Pura y simple celosía".

En lo que se refiere en la literatura a la pequeña burguesía, imposibilitada para introducir tales correctivos al "error geográfico", no le quedan sino formas más modestas de mimetismo cultural. Frecuentemente es a través de la prensa que los personajes son capaces de acceder a la moda, o a la cultura europea, o a los grandes de este mundo. "Mientras esperábamos la comida bajo la pantalla de caireles rotos -mi hermana gorda y holgazana suspiraba leyendo poemas de Villaespesa, mirando las elegancias dibujadas por Bartolozzi, las descripciones de García Sánchez de algunas mujercitas envidiables que recibían a sus amigas para hablar de sus amantes en sitios misteriosos llamados boudoirs- mi padre volvía las hojas de los diarios, leyendo, absorbiendo, impregnándose, especulando en voz alta sobre esos seres de rostros indudables que estaba viendo reproducidos sobre papel, porque él, que no los conocía personalmente, los reconocía" (El obsceno pájaro de la noche). En Fuentes, los personajes irrisorios de Cambio de piel sueñan con el turismo en Europa, su vocabulario está repleto de anglicismos. Viven una especie de exilio en provincia y se creen extranjeros en su propio país. La literatura latinoamericana nos muestra corrientemente el espíritu hospitalario del pequeño burgués hacia los extranjeros y su afán constante por demostrarles que es un ser universal (Edwards).

Nuestra novela trata, por tanto abundantemente, de la dependencia cultural y, sin embargo, deja un lugar secundario al imperialismo. La presencia económica y política del imperialismo está borrada en la literatura urbana sobre los grupos medios. Para encontrarla, es necesario remitirse a las obras que hablan sobre la vida en la fábrica o el campo (Arguedas, C. Alegría, Scorza, Icaza, Asturias), o de la burguesía y su dominación (García Márquez, Carpentier, Roa Bastos, etcétera). Esto coincide con el hecho de que la "compañía bananera". por ejemplo, es siempre directamente perceptible por la población e influye, de manera inmediata, en su vida. En el espacio urbano, el imperialismo parece desvanecerse, se hace "invisible", sobre todo en el ánimo "intimista" con que nuestro héroe pequeño burgués considera y se "apropia" de su ciudad. El silencio de la literatura en este punto preciso es, probablemente, un buen reflejo pasivo de la realidad. En aquellos casos en que la vida urbana permite a los personajes ver la presencia del imperialismo entre el cúmulo de angustias y frustraciones que constituyen el centro de la trama, esa imagen es pronto sofocada. Este fenómeno existe con toda su pureza en el distanciamiento infranqueable de Oliveira respecto de la guerra de Argelia. Oliveira vive en París desde hace muchos años y, por supuesto, está chocado por esta guerra. Se plantea inclusive, en sus insomnios, ir a pegar afiches de protesta. Pero las objeciones que él se inventa reposan, sin excepción, sobre la inutilidad que tendría su compromiso con una situación tan abstracta y lejana. La invisibilidad relativa del imperialismo en la novela sobre las capas medias urbanas contribuye a que los fenómenos de dependencia cultural, sin embargo profusamente descritos en ella, aparezcan sobre todo como una consecuencia de su espíritu de imitación y, en general, de todos los otros aspectos negativos de la personalidad social de los individuos que las componen.

Fracaso, sumisión, impotencia son, por tanto, las características específicas de la pequeña burguesía latinoamericana en su representación novelesca. Encerrada entre la burguesía que las controla y menosprecia y las masas populares que ella teme, aparece, además, amenazada de proletarización. Nacida de una política más o menos consciente del imperialismo y las clases dominantes, como asimismo de la urbanización y del subdesarrollo económico, nadie quiere asumir en la literatura su paternidad. Tal es el sentido, en el plano literario, de la "bastardía" del pequeño burgués, al igual que de su impotencia. Esta última constituye un rasgo típico. Extranjero a la acción de masas, su participación en ella le parece por lo general inútil, malgastada. Cuando intenta acercarse a la lucha del proletariado, de las masas campesinas o "marginales", permanece consciente del carácter forzado de su gesto político. Este se le representa como algo artificial, dramatizado, en consecuencia provisional. "La traición era de otro orden, era siempre renunciar a vivir la alegría maravillosa de la fraternidad con otros hombres embarcados en la misma acción. Allí donde un cierto tipo humano podía realizarse como héroe, Oliveira se sabia condenado a la peor de las comedias" (Rayuela). ¿Se reconoce en esta "ley de la traición", así a secas, a la pequeña burguesía real del continente? ¿Dónde caben en este cuadro sectores como el profesorado, la salud, etc., de claro comportamiento popular? Despreciado por la burguesía, cubierto de sospecha por los trabajadores, en competencia perpetua con sus iguales, el héroe de las capas medias se refugia en una soledad escéptica y finalmente conservadora. Esta descripción de la literatura tiene, así, poco o nada que ver con los postulados de la "teoría de la modernización" indicados al comienzo. Pero coincide más bien con otro análisis: "Los sectores que constituyen la 'clase media' (...) dependen económica y socialmente de las capas superiores, están políticamente ligados a la clase dominante, son conservadores en sus gustos y opiniones, defensores del statu quo (...) En América latina, ellos se han enriquecido como clase más por la especulación que por el trabajo. Lejos de ser nacionalistas, se afirman de todo lo que es extranjero (...) Su bienestar social está ligado al de la gran burguesía y de la oligarquía terrateniente, sin las cuales no podrían sobrevivir. Son, por tanto, el reflejo fiel de la clase dominante: sacan partido como ella del colonialismo interno. Constituyen la principal masa de apoyo de las dictaduras militares de América latina" (12). Por cierto, esta crítica es excesiva. Al igual que en la mayoría de nuestros autores, generalmente surgidos de la pequeña burguesía, ella parece encontrar propiedades expiatorias en su exacerbación. ¿Cuál es el mecanismo psicológico que lleva al intelectual de las capas medias a abominar de una condición social que él presenta como ajena y que, sin embargo, es la suya?

4. La literatura sobre las capas medias: un espejo deformante

El panorama aquí ofrecido es sin duda incompleto, deja de lado a obras y autores importantes que no podían ser tratados en el espacio reducido de este artículo y, sin embargo, traduce a nuestro juicio las tendencias y descripciones predominantes en la literatura urbana sobre los grupos medios latinoamericanos. Estas descripciones tienen, en la perspectiva política que es la que nos interesa, muchos aspectos valiosos, que retratan con acierto y agudeza la vida real de los individuos de la pequeña burguesía, sus problemas cotidianos, sus dificultades en el mundo del trabajo, etc. Más aún, en algunos puntos, el instrumento literario cumple el papel de un verdadero revelador social. Así, por ejemplo, en lo que se refiere a la estructura familiar de los pequeño burgueses, a su modo de organización jerárquica y a las consecuencias que de aquí se derivan sobre su comportamiento colectivo. Por otro lado, la presentación continua de las barreras sociales que impiden el desarrollo de la personalidad de los personajes novelescos, de los mecanismos a través de los cuales ello se transfiere a su vida concreta, como frustración y como angustia, coincide en buena parte con los análisis realizados por las fuerzas populares del continente, en el sentido de que las capas medias no pueden encontrar su expresión plena en el cuadro para ellas reductor del sistema capitalista. En todos estos sentidos, la novela contribuye a enriquecer nuestra comprensión de la pequeña burguesía, rindiéndola más perceptible, más humana en sus condicionamientos y contradicciones. Al mismo tiempo, ella se constituye en una herramienta llena de posibilidades para el propio individuo de los grupos medios, quien es por lo demás su lector natural. En efecto, éste posee en dicha novela un terreno fértil para agudizar su conciencia crítica sobre la situación en que se halla y sobre la acción que allí emprende.

Sin embargo, no cabe ninguna duda que el cuadro presentado por la literatura es, en su conjunto, devastador. ¿Cuál es la conclusión que de aquí se desprende? ¿Se trata acaso de postular la conciliación imposible entre, por una parte, la alianza hegemónica del proletariado con las capas medias, necesaria como sabemos y, por otra parte, la caracterización del aliado como el grupo social del conformismo, del fracaso y de la traición? ¿O se trata por "táctica" de tomar partido a ciegas en favor de una alianza de la boca para afuera y de obtener por tanto a cualquier precio otra caracterización, más indulgente, de las capas medias? No. En efecto, incluso si el cuadro negativo presentado por la literatura fuera exacto, ello no sabría afectar nuestra verdad en la política de alianzas. Por un lado; nadie escoge a sus aliados. Por otro lado, los aspectos negativos de la pequeña burguesía son el resultado directo de su inserción social dentro del sistema capitalista. Es aquí que un proletariado hegemónico toma una de sus razones de ser, como clase que al propiciar el socialismo busca simultáneamente la plena expresión social de todos los otros sectores populares. La política de alianzas es, por tanto, una opción estratégica. Esto no quita, naturalmente, que el panorama ofrecido por la literatura caricaturiza en buena parte la realidad de las capas medias. Por cierto, no llega a los excesos del texto citado de Stavenhagen, donde estas capas sociales, históricamente frenadas por el capitalismo, aparecen, ni más ni menos, "enriquecidas como clase"; donde la burguesía que mina sus recursos económicos y morales es presentada al contrario como la única "posibilidad de sobrevivir" que ellas tienen y donde, en consecuencia, al proletariado no le puede caber otro destino que el más completo aislamiento político y social. No es éste el trasfondo ideológico de la mayoría de nuestros autores. Pero su severidad en la descripción de la pequeña burguesía se obtiene al precio de distorsiones, exageraciones y olvidos.

Es una distorsión atribuir al pequeño burgués la "obsesión" ya vista por su pasado, que se transforma en fantasmagorías nada compatibles con su realismo práctico pero compatibles, en cambio, con la filosofía del conformismo que va entregada por algunas novelas. De ahí que, en el momento oportuno, indicásemos la justeza con que García Márquez responde a esta cuestión.

En lo que toca a las exageraciones, podemos citar como ejemplo la visión a menudo apocalíptica del fracaso al cual los grupos medios se hallarían irremediablemente condenados. La realidad nos dice otra cosa. El pequeño burgués no es un fracasado. En esto, no es otra que la clase obrera latinoamericana la que ha jugado el papel fundamental. E incluso dentro del cuadro de la dominación capitalista, la pequeña burguesía ha podido adquirir cierta fuerza social real, que le ha permitido prolongar sus capacidades de adaptación frente a los intentos diversos de manipulación económica emprendidos por la burguesía y el imperialismo. El caso chileno lo muestra bien. Empequeñecidas por la política fascista, las capas medias no pudieron ser de hecho aniquiladas y hoy miran con mayor seguridad el final del régimen. Por cierto, el elemento esencial para que esto se produjera ha sido la resistencia heroica de la clase obrera, que al poner en tensión durante cinco años todas sus fuerzas económicas, políticas, ideológicas, desbarató los esfuerzos guiados a liquidar las bases productivas de Chile y ha hecho de la explotación fascista una realidad de escaso porvenir.

En lo que se refiere, por último, a los olvidos (fuera del ya anotado sobre el imperialismo en su expresión urbana), la situación es tan clara en la literatura que permite ahorrarnos una larga demostración. A nuestro conocimiento, la novela sobre las capas medias no tiene ni un solo héroe positivo. Sin embargo, la realidad también nos dice otra cosa en este punto. ¿Es necesario recordar, en efecto, el rol de sentido popular que desempeñan en nuestros países cuerpos profesionales como el del profesorado, de las comunicaciones, de la salud, trabajadores independientes, etc., cuya abnegación va de par con su aporte social? ¿Vale la pena recordar que el funcionario estatal no se agota ni mucho menos en el simple burócrata pintado por una parte de nuestras novelas? Los ejemplos podrían multiplicarse. Son, pues, todos estos olvidos, distorsiones, exageraciones, los que deforman a la pequeña burguesía en la descripción literaria.

¿A qué se debe esta deformación? El lector, el escritor, generalmente surgidos de las capas medias, se guían en esto por el mismo principio de realismo que caracteriza por lo común a los individuos pertenecientes a estos sectores sociales. Caricaturizado en la novela, el realismo del lector consiste en comprarla, a fin de servirse de la capacidad sedante de la caricatura. Allí aparece, en efecto, "bello como Judas Iscariote", según la fórmula de Silvio Astier y por interpósita persona puede así odiar, o matar, traicionar, fracasar, sufrir... Al encontrar en la obra literaria su insospechada dimensión perversa, el lector, por lo general, bien civilizado de la pequeña burguesía, se distrae, se calma. Al verse transformado en fantasmas, que la vida corriente no le depara, y en los cuales no se le habría ocurrido probablemente pensar, accede a la imaginación del artista, comparte con éste las potencialidades imprevisibles de la creación, participa en su "locura" durante el instante fugitivo de la lectura. El realismo del escritor no hace sino desplazar este mismo mecanismo al proceso creativo. Mientras escribe, él se reniega, se exuda, hipertrofia sus culpas y se hace monstruo o mediocre; "deja de ser un testigo universal para transformarse en una conciencia desgraciada" (13), cumpliendo de paso con sus necesidades de rentabilidad literaria.

Ya hemos dicho cuáles son a nuestro juicio los numerosos aspectos positivos del "espejo deformante" constituido por la novela sobre las capas medias. En la perspectiva de un conocimiento más real y menos reductivo de estos sectores sociales, en la perspectiva coincidente de la alianza de clases que requiere la mayoría de nuestros países, en la perspectiva de una literatura cada día más influyente sobre la ideología progresista y cada día más puesta al servicio de los intereses populares, el camino que queda por recorrer es grande y prometedor: una novela rica y pedagógica, unitaria, realista, ni simplista ni deformadora, que responderá a la inquietud formulada años atrás por Neruda en su Oda al hombre sencillo:

"Quiero saber quién eres,
cuánto ganas,
en qué taller trabajas,
en qué mina,
en qué farmacia."


Notas:

1. Cf. Por una sociología de la novela. París. Gallimard, 1964, p. 2-17.

2. Iezuitov (A.): "Problemas metodológicos de la crítica literaria actual". Ciencias Sociales. Academia de Ciencias de la URSS. 1978. 1, pp. 288 y 289.

3. Herzen: Oeuvres. VI, p. 350. Citado por Freville (J.), "Introducción" a Lenin: Sur la littérature et sur l'art, Paris. Ed. Sociales, p. 14.

4. El presente trabajo continúa, y en partes reproduce, otro anterior (en colaboración con D. Labbe): Analyse thématique de la littérature latino-américaine, Grenoble, Institut d'Etudes Politiques, 1976. Allí se desarrolla la afirmación de arriba y se dan las clarificaciones metodológicas para el estudio de la literatura latinoamericana. La escritura en francés de ese texto requirió a su tiempo la traducción de originales que hoy no tenemos disponibles. Ha sido pues inevitable "traducir la traducción", duplicando con ello la posibilidad de error. Son casos sin embargo contados, que no alteran el fondo de las citas. Para facilitar la lectura del presente articulo, que contiene numerosas referencias literarias, hemos optado además por la cita exclusiva de la obra y el autor, sin otras especificaciones.

5. Ratinoff L: "Los nuevos grupos urbanos: las clases medias", en Lipset (S.M.) y Solari (A.E.) (eds.): Elites y desarrollo en América latina. Eds. Universitarias. Buenos Aires. 1967. p. 100.

6. Cf. La nueva novela hispanoamericana, México, J. Mortiz, 1969, p. 27.

7. Wainerman (L.): Sábato y el misterio de los ciegos. Buenos Aires, Losada, 1975, página 105.

8. El Mercurio. 08.09.76 y 26.09.76. "Suplemento cultural", p. VIII.

9. Arlt (Myrta): "Presentación", p. 12.

10. La teoría de la novela. París, Gonthier, 1970, p. 116.

11. Wainerman (L.): op. cit. p. 15.

12. Stavenhagen (R.): Siete tesis erróneas sobre América latina. París. Anthropos, 1972. pp. 23-24.

13. Barthes (R.): El grado cero de la escritura. Siglo XXI. Buenos Aires, 1973. p. 12. La "conciencia desgraciada" es un fenómeno social. De aquí que la novela de la revolución cubana tenga, forzosamente, escaso lugar en nuestro tema. Baste recordar en este sentido el rol positivo que juega el personaje del estudiante en El recurso del método, de Carpentier.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03