La Venda

LA VENDA

Jorge Montes

Araucaria de Chile. Nº 2, 1978.

El día era más largo cada día. Cada minuto, interminable. Era la espera ciega como mis ojos. Traté de organizaría, proponerme metas, objetivos cercanos. La venda era mi peor verdugo. Me comenzó a doler desde el primer minuto, pero, sobre todo, desde que desperté, cuando estuve sentado. Antes de eso fueron otros los problemas mayores. Pero ahora ella hacía su obra. Imperceptiblemente, hora a hora, de día y de noche. Porque debía dormir con los ojos cubiertos. Pasó a constituir el principal peligro, el enemigo principal. Comenzó a jugar su papel relevante. ¿Quién inventó la venda? Quizá los que preparan los dolores. Aquellos que se dedican a producirlos contra el ser humano. La técnica más sofisticada los llevó a la venda. Hubo quienes descubrieron el fuego. Otros, después, la rueda, la palanca, el vapor, la electricidad, la penicilina, el átomo. El desarrollo de la especie, evitar sus dolores, preservarla, defenderla. A eso se dedica la mayoría de los hombres. Pero los que fabrican sufrimientos descubrieron la venda. Ella va minando la resistencia humana, crispando los nervios, actuando por presencia, inmutable, omnipotente, viva. Entró a reinar en el variado arsenal de los horrores. Su aplicación es simple. Ni fulminante ni gloriosa. No hay peligro inmediato de fractura o de infarto. Pero es segura como la misma vida, terrible y despiadada, lenta, eficaz, implacable como la misma muerte. ¿Llegó del Asia? ¿La trajeron los yanquis a través de la CIA? ¡Del Brasil? De alguna parte vino, llegó hasta las manos de la dictadura.

Nadie te habla sino el guardia cuando no te interrogan. Permaneces mudo todo el día tras la venda. Aquí detrás tienes que hacer tu vida, en silencio, como nunca la hiciste. Tu enemiga te aísla del mundo de los rostros, del color, de la luz, de la forma. Más allá de su límite comienza el movimiento. Cruzando su frontera está la vida. Acá la incertidumbre, los temores, el alerta constante, la tensión perpetua, la desesperación, la oscuridad, el miedo. A este lado se agazapa la soledad más solitaria que yo haya conocido y uno empieza a encontrarse con su propia conciencia. Es la cortina que divide tu mundo del mundo de los otros que viven en el mundo. Se vive para adentro. La angustia que provoca este corte rotundo recorre tu organismo buscando una salida. Puedes gritar, si quieres, o llorar. Pero eso no elimina la causa de tus males. La venda sigue allí, pegada a ti como una araña, silenciosa, negándote el consuelo de ver, de regresar al mundo, inhumana, invisible.

La lucha se establece entre la víctima y la venda desde el primer instante. Buscamos la luz como nuestra quimera. Abajo hay luz. Si la venda se eleva entonces puedes ver hasta la punta misma de tus pies. Tiene dos amarras. El secreto reside en soltar lo más que puedas, sin despertar sospechas, la que se prende al cuello. Entonces la venda se levanta de abajo. La nariz ayuda. El radio de visión se amplía unos cuantos centímetros. Luego hay que trabajar con la cabeza. Con la barbilla al pecho restringes el objetivo. Si levantas, si echas atrás la cabeza, podrás ver unos metros. Tienes que asegurarte que no te están mirando. Si te ven, te castigan. Bajan la venda y aprietan las amarras. Entonces tienes que esperar el cambio de guardia. Y empezar de nuevo. Para evitar las artimañas refinaron el invento. La tela adherida y el scotch la reemplazaron con éxito.

Desde mi asiento, en el pasillo, yo veía pasar los zapatos. Salían de la escala o bajaban la escala. Distinguir los zapatos de las botas no tiene gracia alguna. Conocer al que los calza es otra cosa. No es sólo el zapato. El mismo agente de civil puede cambiarlos. Tienes que descubrir cómo camina, su forma de andar. Cómo pisa. Hacia dónde inclina los tacos o la punta o si no los inclina. ¿Es un tranco lento, pesado? ¿O es rápido, nervioso? Llegaba mucha gente con zapatos civiles hasta una oficina, al fondo del pasillo. Los zapatos subían y bajaban. Cruzaban ame mí. Se detenían. Regresaban. Seguían. La venda silenciosa permitía descubrir los secretos de los zapatos de la «Inteligencia». A veces dos pares de zapatos de agentes conducían a esa oficina a un par de zapatos detenidos. También había zapatos femeninos. Y botas de mujer. Con pantalones y con medias.

La venda actúa sobre los ojos, sobre los nervios, sobre la emoción, sobre los procesos psíquicos. Pero el oído escapa a su control. Se podría afirmar que la venda refuerza a este órgano, sin proponérselo, contra su voluntad. Conocí al chacal y a Otaíza, por los zapatos, por el modo de andar. Aprendí a conocer al fotógrafo. El oído ayudaba. Su paso era nervioso. Las esposas dificultan e impiden muchas acciones. No es fácil comer con las manos unidas. Ellas impiden sacarse el vestón aunque lo quieras y en el baño lo dificultan todo. Es difícil lavarse la cara cuando se está esposado. Pero la venda supera largamente a las esposas. Ella es más efectiva, más cruel, más despiadada. Yo permanecía sentado, siempre, sin moverme. Me prohibían caminar. Ni siquiera un metro. Nunca. Salvo cuando cruzaba el pasillo para ganar el retrete. La inmovilidad absoluta, permanente, el reposo obligado, va haciendo su obra, demoliéndote lentamente, manteniendo en su límite más bajo el nivel de tu vida, casi como en el sueño. Pero la venda es peor, más dañina, más activa, más sañuda. Se convierte en el centro del ataque del enemigo y allí debes fijar, tú también, tus defensas. Un día con venda es molesto, y dos, un poco más. Una semana es un suplicio y a los diez días vives en el martirio. Contra la venda hay que luchar con toda la fuerza moral que sea posible generar, con la conciencia más clara del objetivo que persigue, con la férrea voluntad de vencer, con la energía indomable del que no se entrega, con la inteligencia más lúcida, con el emocionado frenesí del que libra un combate por su vida y por la más noble causa.

Esa batalla comenzó el primer día, más feroz y encarnizada cada hora. A ella me dedico. A defenderme de la venda que cubre mis ojos, que me aparta del mundo, que me mantiene solo, que me enerva y me angustia. Quizá por ello, en estos días regreso con frecuencia a mi infancia. Revivo el pasado más lejano y más nítido. Para evadirme de hoy, durante muchas horas, vuelvo a ser niño. Ahora duermo tras la venda. Despenaré, más tarde, para seguir viviendo y luchando contra ella.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03