Fragmentos de un diario

FRAGMENTOS DE UN DIARIO

Augusto Monterroso

Araucaria de Chile. N 32, 1985.

Augusto Monterroso, escritor guatemalteco que ama los textos minúsculos, y que es él mismo un hombre de pequeña estatura, hace ya tiempo que entró por la puerta grande de la literatura latinoamericana para instalarse al lado de los meros grandes. El adora las situaciones paradójicas y las cultiva no sólo cuando escribe: lo conocí en Santiago (1953: él buscaba refugio, caído Arbenz, en el país donde yo a mi vez lo había encontrado, diez años antes, cuando Guatemala era todavía gobernada por Jorge Ubico), donde lo evoco en la calle San Antonio, camino de la librería Nascimento, o cruzando Ricardo Santa Cruz para entrar a la Editorial Universitaria, andando, en uno u otro caso, con los dos únicos gigantes que por entonces teníamos en la literatura chilena: Joaquín Gutiérrez y Manuel Rojas.

(Claro, tengo muchos otros recuerdos suyos: junto a Lola, todavía; la pieza donde vivían en la calle París; nuestras reuniones políticas imposibles; mi asombro ante su ingenio inagotable, y el montón de libros que le ofrecí como única silla la primera vez que fue a almorzar a mi casa en el barrio de la Pila del Ganso. Pero esas son historias para ser contadas en otra ocasión.)

A Tito lo vi viviendo la emoción de empezar a sentirse, públicamente, escritor, cuando mostraba, alborozado, el suplemento dominical del diario El Siglo donde acababan de publicarle su cuento "Míster Taylor". Desde entonces, aquel relato pasó a ser más o menos clásico y a figurar en todas las antologías, y él empezó después a mostrar su garra de maestro, publicando libros muy breves y muy distanciados entre sí, en el tiempo: Obras Completas (y otros cuentos). La oveja negra (y demás fábulas). Movimiento perpetuo. Lo demás es silencio y otro título más que se me escapa. Libros todos que denuncian al escritor que vive, con el frenesí silencioso del ajedrecista, la pasión por su propio oficio. Ahora último parece que descubrió que tenía todavía mucho que decir (aunque también puede ser que se haya sentido acicateado por el ejemplo de B., cuentista espléndida que, si él se descuida, tal vez pronto tenga una bibliografía más extensa que la suya) y se puso a escribir sus Fragmentos de un diario, sometiéndose a la dura prueba de la entrega escrita semanal. Sin interrupción, estos "fragmentos" han venido publicándose desde hace ya casi dos años en el suplemento de los sábados del diario mexicano Unomásuno. El centenar de textos ya aparecidos se editará el año próximo en un volumen, pero mientras tanto, a modo de primicia, anticipamos la selección que viene a continuación ( y de la cual, en tanto tal, sólo nosotros somos responsables).

Tito Monterroso no nos lo dijo, pero está claro que cuando nos entregó sus páginas de diario, estaba patentizando el afecto (expresado sólo con guiños secretos, como todo lo suyo, por un país que -digámoslo con franqueza y pena- creo que no le dio mucho más que pobrezas, sinsabores y desencuentros.

Carlos Orellana

1984

19 de enero
Aprender a escribir

El 15 de noviembre pasado me encontré con Manuel Scorza. B. y yo fuimos a verlo en su departamento, 15, rue Larrey, en París. Comenzamos a hablar, como siempre, de México, de amigos comunes, para desembocar, como siempre, en la literatura. Noté que Scorza tenia una nueva manía. Cada poco tiempo sacaba una especie de libretita y un lápiz y anotaba cualquier broma de las que decíamos, cualquier ocurrencia, mientras declaraba: "Los pondré en mi próxima novela", y guardaba su papelito para volver a sacarlo cinco minutos después. Entonces yo le recordé que Joyce practicaba también esa costumbre y que hubo una época en que en las reuniones ya nadie quería decir nada delante de él porque todos sabían que sus frases (generalmente de lo que se hace una conversación entre escritores, sólo que la mayoría las deja escapar, o las desperdicia sin preocuparse, o cuando mucho espera a llegar a su casa para anotarlas) irían a dar a sus novelas; pero Manuel dijo a mí no me importa y eso también lo voy a anotar; y así seguimos un buen rato hasta que en un momento dado se levanta y dice riéndose: "¿Saben una cosa? Por fin ya aprendí a escribir, ya no me interesan los adjetivos ni las comas ni nada de ese tipo, ya descubrí el humor, ya hago lo que quiero, sin preocuparme neuróticamente por la forma o la perfección o esas vanidades; ¿les leo las primeras páginas de mi nueva novela?" Cuando le dijimos que sí, la trajo y comenzó a leer. Mientras lee yo alcanzo a ver las páginas escritas a máquina y según él ya en limpio, en las que observo tachaduras en una línea y en otra, y cambios producto quizá de la relectura preocupada de esa misma mañana, o del último insomnio. Scorza, que comenzó leyendo con cierto brío y distintamente, va perdiendo poco a poco el aplomo y acaba por decir que mejor hasta ahí, que nos está aburriendo, pero que más adelante la obra mejora, que en todo caso le falta todavía mucha investigación que hacer en la Biblioteca Nacional porque hay cosas que tienen que estar bien documentadas, qué fastidio, dice, ahora que ya aprendí a escribir. Y prefiere contarnos los problemas que tuvo para cobrar sus derechos de autor a no sé qué editorial, y cómo casi lo logró cuando hace algunos años, durante un Congreso de escritores en una capital sudamericana, ante las cámaras de televisión y un auditorio nacional, el Presidente de la República dijo señalándolo:

Presidente: Es un honor para nosotros tener aquí al gran novelista peruano Manuel Scorza. ¿Qué mensaje nos trae, señor Scorza?

Scorza: Señor Presidente: yo no traigo mensaje; traigo una factura.

Fue cuando yo saqué mi libreta, anoté su dicho, y nos reímos.

7 de abril
El Caimán Barbudo

Copio partes de un cuestionario (con mis respuestas) que me envía Víctor Rodríguez Núñez, de la revista cubana El Caimán Barbudo:

Pregunta: De ti he recibido testimonios encontrados. Mientras Norberto Fuentes afirma que eres un tipo peligroso, al que hay que acercarse "tomando todas las precauciones", José Luis Balcárcel sostiene que eres tímido, al punto de no sobrevivir a una lectura en público de tus cuentos.

Respuesta: Me gusta la idea de que Norberto Fuentes tenga razón y estoy seguro de que Balcárcel la tiene.

Pregunta: Te propuse la anterior interrogante porque ahora quiero darte una noticia, que desearía me comentaras: eres uno de los narradores latinoamericanos de hoy más leído y admirado por los jóvenes escritores cubanos.

Respuesta.-Es, la mejor noticia que he oído en mucho tiempo, y me alegra de veras por venir de donde viene, pues cuando he estado allá en algún congreso y me he perdido en las calles de La Habana Vieja o lo que ha sido más frecuentemente, entre los demás congresistas, siempre he pensado que en algún periódico podría publicarse un aviso que dijera:

Perdido y encontrado
Escritor desconocido extraviado.
Se gratificará a quien logre identificarlo.

15 de junio

Una vez resuelto el problema económico (sin hablar de los otros), la lucha para escribir se convierte en la gran batalla contra la facilidad, el demasiado tiempo, la comodidad y el ocio con que uno esperaba contar algún día, y que ahora, una vez obtenidos, prefiere dedicar a la lectura, al chismorreo, a la contemplación de obras de arte; en pocas palabras, a seguir preparándose para una tarea de escritor que siempre postergó, como cuando el niño pospone cosas para "cuando sea grande".

Desde que comencé con esto, escribir ha sido para mí algo realizado en circunstancias adversas o incómodas, dentro de tiempos restringidos, de horarios asignados a trabajos ineludibles de subsistencia.

El demasiado tiempo es, sobre todo, eso: demasiado.

Recuerdo que de niño oía decir que los pobres comen más a gusto que los ricos porque cualquier cosa "les sabe"; y que los obreros duermen mejor, claro, por estar tan cansados. Hoy me doy cuenta de que esos axiomas eran una conseja reaccionaria; pero como tengo hábitos de pobreza adquiridos en la infancia, hábitos de familia acomodada venida a menos, a veces diez minutos, veinte minutos robados a algún patrón o a la burocracia, me han "sabido más" y han sido más productivos que la mejor mesa puesta y que dieciséis horas diarias para "hacer lo que quiera".

Tristemente, el demasiado tiempo se reduce por sí solo; con el paso de los años un mes se parece cada vez más a una semana y una semana a un día. pero uno sigue diciendo, como el poeta y en favor del amor, que el libro espere y que la pluma aguarde.

Por fin, lo que uno iba a hacer cuando fuera grande ya ha sido hecho, pero por otros.

18 de junio
El elogio dudoso

El único elogio que satisfaría plenamente a un escritor seria "Usted es el mejor escritor de todos los tiempos". Cualquier otra cosa que no sea esto comienza a tener, según el escritor, cierta dosis de mezquindad de parte del mundo y de la critica. Vienen después algunas gradaciones, todas inaceptables cuando no francamente deprimentes: "Es usted el mejor poeta de su país"; "Está usted entre los mejores ensayistas de su generación"; "Usted, Fulano y Zutano encabezan la nueva hornada (cuando ya se sabe que Fulano y Zutano son un par de imbéciles) de cuentistas." "Es usted el más leído", puede ser ambiguo, pues los gustos cambian; "El más vendido", peor: en el fondo el autor, con poco que sea inteligente, aunque no siempre lo es cuando se trata de si mismo, sabe que la publicidad y la promoción hacen milagros.

Puedo imaginar entonces lo que Rubén Darío pensó y sintió cuando leyó en una carta de Juan Ramón Jiménez: "Pero usted no esté triste; ya sabe que no pasa ni su obra ni su corazón. Usted -ya lo dije- es el mejor poeta que ha escrito en castellano desde la muerte de Zorrilla."

25 de junio

Comida con Juan Rulfo en casa de Vicente y Alba Rojo. Preocupaciones de Juan, problemas que lo agobian a estas alturas en que debería tener todo resuelto. Acostumbrado a tratar con fantasmas, los seres de la vida real son para él menos manejables que los que tan admirablemente ha puesto en su lugar en la ficción, y a través de la ficción en la mente de tantos lectores suyos en el mundo, que por su parte han hecho de él una fantasía, un ser inasible y lejano en un México igualmente remoto. Pero la realidad es más dura; en ella las puertas no se atraviesan a voluntad sin abrirlas y. cuando se abren, los problemas están allí, irrespetuosos, indiferentes a la fama y el prestigio literarios. ¿Cómo es Juan Rulfo?, me preguntan a veces esos lectores suyos lejanos, y yo trato de describirlo como el ser humano natural y de carne y hueso que ha conocido siempre; pero ellos se empeñan en no creerlo y entonces prefiero hablar de su obra o contar alguna anécdota a fin de calmarlos, ya que no de conmoverlos.

En abril de 1980 María Esther Ibarra me hizo las siguientes preguntas para un semanario mexicano: "¿Qué revela la obra de Juan Rulfo y cómo debe ubicarse, un cuarto de siglo después de su creación? ¿Qué influencias han ejercido El llano en llamas y Pedro Páramo en la producción de los escritores de habla española?" Mi respuesta:

No creo que en cuanto a mi pueda hablarse de influencia de libro a libro. Es obvio que lo que Rulfo escribe es muy diferente de lo que yo hago. Pero sí puede hablarse de influencia en muchos otros órdenes o, tal vez mejor, de coincidencias respecto a la apreciación de la literatura, del oficio. La mesura de Rulfo, que debería ser una influencia general, la falta de prisa de sus primeros años y su reacia negativa posterior a publicar libros que no considera a su propia altura, son un gesto heroico de quien, en un mundo ávido de sus obras, se respeta a sí mismo y respeta, y quizá teme, a los demás. Hasta donde pude. traté de recibir su influencia y de imitarlo en esto. Pero la carne es débil.

Rulfo es un caso único. Se puede detectar una escuela o una corriente kafkiana o borgiana; pero no la rulfiana, porque no tiene imitadores buenos. Supongo que éstos no han comprendido muy bien en dónde reside el valor de su maestro. ¿Cómo imitar algo tan sutil y evasivo sin caer en la burda repetición del lenguaje o las situaciones que presentan El llano en llamas o Pedro Páramo? Los imitadores no constituyen necesariamente una escuela.

Pero volviendo al propio Rulfo, una de sus grandes hazañas consiste en haber demostrado hace veinticinco años que en México aún se podía escribir sobre los campesinos. Entonces se pensaba con razón que éste era un tema demasiado exprimido y, al mismo tiempo, que el objetivo del escritor debía ser la ciudad, la gente de la ciudad y sus problemas. O Joyce o nada. O Kafka o nada. O Borges o nada. Cuando todos estábamos efectivamente a punto de olvidar que la literatura no se hace con asfalto o con terrones, sino con seres humanos, Rulfo resistió la tentación del rascacielo y se puso tercamente (tercamente es la palabra, me consta) a escribir sobre fantasmas del campo: pero tan bien, con tanta verdad literaria que puede decirse que eran los hombres del campo los que escribían a Rulfo.

En ese tiempo se creyó equivocadamente que Rulfo era realista cuando en realidad era fantástico. En un momento dado Kafka y Rulfo se estrechaban la mano sin que nosotros, perdidos en otros laberintos, nos diéramos cuenta. Ni nosotros ni nuestra buena critica, que creía que lo fantástico estaba únicamente en las vueltas de tuerca de Henry James. Pero los fantasmas de Rulfo están vivos siendo fantasmas y, algo más asombroso aún, sus hombres están vivos siendo hombres. ¿Cómo puede haber escuelas rulfianas a la altura de Rulfo?

25 de agosto
En Managua

Esos días en que B. y yo estuvimos en Managua se llenaron sin remedio del recuerdo, allí, de Julio Cortázar y su mujer Carol. Carol Dunlop, novelista (Mélanie dans le miroir; por aparecer en México en la editorial Nueva Imagen traducido por Fabienne Bradú) y fotógrafa. Era lo normal. Allí, dos años antes habíamos recorrido las mismas calles, encontrado a los mismos amigos y discutido, o simplemente hablado, de los mismos problemas, lejanos o cercanos. Allí compartimos durante varios días la hospitalidad de esos cordiales amigos, Josefina y Tomás Borge, con su desarmante sencillez, Tomás, a quien me acerco siempre con respeto que a él le molesta pero que yo no puedo evitar conociendo su historia, y más bien me parece un tanto irreal estar ahora aquí con él y nuestras esposas intercambiando bromas; pero como no soy político y él si es hombre de libros encontramos siempre el camino (o naturalmente vamos a dar ahí) para hablar de literatura, de los poetas de aquí y de allá, casi uno por uno, pues a mí me parecería ridículo tratar con él de cosas que no sé, de la historia de estos días que entiendo a medias o de bulto como para hablar de ellas con uno de sus protagonistas, y entonces, como me sucede en estos casos, siento que digo demasiadas cosas banales de las que luego me arrepiento y me invade una gran sensación de mi propia tontería. Y allí nos despedimos de Carol, sin saberlo para siempre, en casa de los Flakoll, admirando juntos las fotografías originales de lo que más tarde sería su libro Llenos de niños los árboles (con texto también suyo), que Cortázar nos mostró más tarde en su casa, en París, ya Carol muerta y Julio llamado a morir menos de dos meses después, pero en esta presencia-ausencia había también la parte alegre, como esa tarde calurosa en que en la calle le dijimos, o B. le dijo: "Tío, cómpranos helado", y él nos lo compró con su caballerosidad, ceremoniosa a pesar de todo.

El signo ominoso

En una charla cualquiera uno escucha de pronto cierta frase reveladora, soltada así, al pasar, casi sin que se note, entre otras dichas igualmente sin mayor intención:

-Fulano de Tal te quiere mucho; en las conversaciones siempre te defiende.

13 de octubre
Mi mundo

Leo el libro de José Ferrater Mora El mundo del escritor con la vaga o secreta esperanza de descubrir el mío. o con el deseo de ver si el mío encaja en alguno de sus esquemas. "Los escritores aquí elegidos a guisa de ejemplos", dice, y se trata de Valle Inclán, Azorín, Baroja y Calderón, "tienen un mundo en el más amplio y alto sentido y es un mundo muy coherente, esto es, uno en donde cada elemento y forma de discurso está al servicio de una estructura unificada".

Me pregunto: ¿Mi mundo estará al servicio de una estructura unificada?

Dice: "El mundo de un escritor puede significar tres cosas: el mundo en el cual un escritor vive: el mundo que vive; y el mundo que su obra presenta". Y más adelante: "El mundo titulado 'real' puede ser considerado como un mundo 'exterior', en el cual los seres humanos -aunque son una parte de este mundo- se topan y en el cual viven".

Bien. De ese mundo, de la realidad externa, me ha interesado siempre y sobre todo, ahora lo advierto, la literatura, la vida a través de la literatura, y dentro de ésta, el escritor, los escritores, sus vidas muchas veces más que sus mismas obras; sus problemas como espejo de los míos; es decir, el mundo, que es una ilusión, visto a través de una ilusión de segundo grado, y a veces hasta de tercero y cuarto, como cuando leemos a un escritor que comenta a otro, y éste a otro, y así hasta el infinito.

Existen los que dicen no haber vivido, sino la vida de los libros. Yo no: he vivido, odiado y amado, gozado y sufrido por mi mismo; y he sido y mi vida ha sido eso; pero a medida que pasa el tiempo me doy cuenta de que siempre lo he hecho como si todo -incluso en las ocasiones de mayor sufrimiento y en el momento mismo de ocurrir- fuera el material de un cuento, de una frase o de una línea. Ignoro si esto es bueno o malo, si me gusta o no.

14 de octubre

Visita a la tumba de Julio Cortázar en el cementerio de Montparnasse.

Después del sinnúmero de veces que se lo habrán preguntado, el encargado de guardia sabe muy bien de quién se trata y nos indica el camino en el plano que los visitantes pueden estudiar en la pared, al lado de la puerta de entrada; y así, marchamos por la avenida principal en busca de la Allée Lenoir tratando de llegar a la 3ª División, 2ª Sección, 3 Norte, 17 Oeste; pero en este primer intento uno se pierde en el laberinto de pequeños mausoleos y tumbas, y después de breves homenajes ante las de Baudelaire y Sartre vuelve a la oficina de la entrada en Edgar Quinet sólo para confirmar que la información estaba bien pero que no había tomado la Allée Lenoir y regresa para ahora si encontrar la que busca; y así esta, blanca, plana, dividida en dos partes iguales y con los nombres de Carol Dunlop arriba y Julio Cortázar abajo, más fechas.

Durante unos minutos recuerdo la última vez que vi a Carol, en Managua, mostrándonos sonriente sus fotografías de niños nicaragüenses; y a Cortázar aquí, en este departamento en que por azares dignos de él escribo estas líneas, 4 rue Martel. C., 4ª derecha, cuando con B. y Aurora Bernárdez, en diciembre de 1983, acabado de regresar de las Naciones Unidas en Nueva York, a donde había ido a dar una de sus últimas batallas en favor del régimen sandinista, hablamos tanto de literatura, de traducciones, de poesía, particularmente del autor de La ciudad sin Laura. Francisco Luis Bernárdez ("tan unidas están nuestras cabezas / y tan atados nuestros corazones"), hermano de Aurora a quien casi le digo de memoria todo el soneto que tanta influencia tuvo en nuestra generación de aprendices de escritor guatemaltecos:

Si el mar que por el mundo se derrama
tuviera tanto amor como agua fría
se llamaría por amor María
y no tan sólo mar como se llama;

y de Italo Calvino y de la vez que cenamos juntos en esta ciudad en casa de Víctor Flores Olea hace tres años, y yo no hallaba de qué hablarle y él, en las mismas, se animó por fin a decirme que conocía Guatemala y de ahí no pasamos.

Me despido en silencio y otra vez sobre la alameda Lenoir y la avenida regreso y cuento cincuenta y cinco pasos desde ésta al lugar en que se halla la tumba, en un acto de signo absurdo pero así fue. De salida, el guardia nos hace adiós con un gesto satisfecho de inteligencia y complicidad que significa que era donde él decía.

Diez minutos después, sobre la avenida Montparnasse, en el arroyo, muchos cuentan también sus pasos y vemos a decenas, cientos, miles de hombres y mujeres sudorosos, jóvenes y viejos, rubios, morenos, negros, vestidos de pantalón corto y camiseta y con números visibles sobre el pecho, que han pasado, pasan y vienen corriendo con los rostros angustiados de quien huye de algo o, me entero, van tras algo: el final de una carrera de maratón, final que para algunos, a su pasar, está llegando antes de lo previsto. Por la noche, en la televisión, todo ese esfuerzo ocupa en la pantalla cinco segundos y veinte palabras, casi un epitafio. Sic transit.

20 de octubre

Manuscrito encontrado junto a un cráneo en la afueras de San Blas, S.B.. durante las excavaciones realizadas en los años setenta en busca del llamado Cofre o Filón.

Algunas noches, agitado, sueño la pesadilla de que Cervantes es mejor escritor que yo; pero llega la mañana, y despierto.

Hay que someterse a una causa: pero no a las exigencias de otros amigos de esa causa.

Mis alumnos de la Universidad, in illo tempore:

-¿Podemos tratarlo de tú, maestro?

Yo:

-Si, pero sólo durante la clase.

Un escritor no es nunca él mismo hasta que comienza a imitar libremente a otros. Esta libertad lo afirma y ya no le importa si lo suyo se parecerá a lo de éste o a lo de aquél. Claro que ser él mismo no lo hace mejor que otros.

3 de noviembre
Y afuera, el reino de este mundo

En los periódicos, artículos firmados, editoriales anónimos, comentarios de discursos, trozos de discursos, en la televisión, todo contra Nicaragua, contra los sandinistas, convertidos de pronto, a los ojos de los europeos de clase e inteligencia media, en los enemigos del capitalismo, es decir, de las buenas maneras, del mundo libre, de la Humanidad, que representan, por su parte, la administración Reagan y Estados Unidos. ¡Duro, duro con ellos, enemigos de la democracia, de las elecciones, de la libre expresión!, parece ser la consigna, una consigna espontánea, que nadie ha dictado. Hay excepciones. Que no cuentan. Es un hecho: la mayoría de los intelectuales han tomado el partido de Estados Unidos, y ven el sandinismo como una proyección de Cuba proyección de la Unión Soviética proyección del Mal. Uno se pregunta, ¿qué puede hacerse? Y la respuesta es: nada. Estos escritores europeos han dejado de estar con las causas perdidas (que fueron buenas causas, o por lo menos provocativas para los románticos, para un Andrea Chenier o un Víctor Hugo o un Larra) en nombre de un curioso neorrealismo, de un nuevo realismo de clase media volcado a lo práctico, a la comodidad, a lo que puede hacerse en jeans o pantalones vaqueros y "sale bien" en la televisión; y hablan -como dijo Borges- con el aplomo del que ignora la duda. En México, en donde vemos el fenómeno nicaragüense de cerca y por razones históricas tenemos una visión más clara y entrañable del asunto, hace apenas unas semanas un amigo querido y bien intencionado me dijo: "Te estás ocupando demasiado de cuestiones políticas; me gusta más lo tuyo cuanto no te sales de lo literario". Es cierto que otro me dijo: "Sólo te ocupas de lo literario." Y otro más: "Sólo hablas de tí".

6 de noviembre

Dentro de unos minutos iré a ver en el Grand Palais una exposición casi completa del Aduanero Rousseau.

¿Me atreveré a anotar aquí lo que me pareció cuando sé que lo que me va a parecer es lo normal y que no dejaré de hacer, a medida que contemple sus grandes cuadros maravillosos, las mismas reflexiones sobre sus falsos tigres y ávidas panteras, su clásica figura de pintor de domingo rechazado por las autoridades competentes, su posible o tabulado viaje a México que le inspiraría la flora exuberante y fantástica de esos cuadros; su descubrimiento, adopción y homenaje por parte de los surrealistas?

Y allá voy, con la ilusión del niño que se dirige a una fiesta de la mano de un familiar.

Ahí mismo, si lo hay, no recuerdo, comeré en el restaurante una comida internacional, sin nada de color local, sencilla, barata, fresca y abundante para, una media hora después, volver a Rousseau como a un viejo tío bueno, aceptado y entronizado, ahora si, por el mundo oficial, que es naturalmente el de la gran burguesía, con otro nombre y un nuevo disfraz más o menos socialista.

Pero será otro día. Frente a la puerta, el aviso de que el museo cierra los martes.

8 de diciembre

Vuelta al cementerio Montparnasse, entre otras razones porque se halla a un costado del hotel en que ahora vivo.

Mañana fresca y clara.

Las familias riegan las flores recién traídas y limpian y arreglan las tumbas de sus deudos. B. y yo buscamos la de César Vallejo, en la que las flores resultarán ser tres diminutas macetas de plástico (de veras diminutas: unos cuatro centímetros de altura para dos o tres hojas pequeñísimas en cada una, dejadas aquí ¿hace una semana, un mes, por quién?) al pie.

Un guardia nos lleva allí, contento:

-¿"Vallello"? Sí, por aquí.

Y Vallejo, que casi nunca los tuvo le produce diez alegres francos.

CESAR VALLEJO
Qui souhaita reposer
dans ce cimetière
J'ai tant neige
pour que tu dormes
Georgette
1892
1938

1985

12 de enero
Unico propósito nuevo de Año Nuevo

Perdonar a mis colegas ser mejores escritores que yo.

9 de febrero
El escritor

No hay otra: tengo un sentimiento de inferioridad.

El mundo me queda grande, el mundo de la literatura; y cuantos escriben hoy, o se han adelantado a escribir antes, son mejores escritores que yo, por malos que puedan parecer. Ven más, son más listos, perciben cosas que yo no alcanzo a detectar ni a mi alrededor ni en los libros.

Esto me hace envidioso: envidio que estén ahí, en el periódico de esta mañana, en la revista que hojeo, ocupando el lugar en que debería estar yo, en vivo o comentando. Después de todo, lo que dicen yo lo he pensado antes, lo dije hace mucho y hasta debería haberlo escrito. Y sin embargo, durante un instante, aunque se trate de esa basura, siento el impulso de imitarlos. Por fortuna, el tiempo pasa con su borrador y me olvido; pero los intervalos son demasiado breves y ya estoy leyendo a otro.

Si afirmo algo, o lo niego -¿quién me ha dado ese derecho?-, la duda me persigue durante días, mientras me vuelvo a animar. En ese momento quisiera estar lejos, desaparecer.

Para ocultar esta inseguridad que a lo largo de mi vida ha sido tomada por modestia, caigo con frecuencia en la ironía, y lo que estaba a punto de ser una virtud se convierte en ese vicio mental, ese virus de la comunicación que los críticos alaban y han terminado por encontrar en cuanto digo o escribo.

Los elogios me dan miedo, y no puedo dejar de pensar que quien me elogia se engaña, no ha entendido, es ignorante, tonto, o simplemente cortés, resumen de todo eso; entonces me avergüenzo y como puedo cambio de conversación, pero dejo que el elogio resuene internamente, largamente en mis oídos, como una música.

16 de marzo
Sueños realizados

Oído personalmente a Fidel Castro en La Habana:

"Hemos llegado a una situación en que podemos hacer nuevos planes para los próximos diez, quince, veinte años. Y los estamos haciendo. El cumplimiento de nuestros sueños ha multiplicado nuestros sueños."

4 de mayo
Transparencias

-En todo lo que escribo oculto más de lo que revelo.

-Eso crees.

18 de mayo
Las bellas artes al poder

-¿Qué tiene de malo que Reagan sea actor? Hitler era pintor.

25 de mayo
Así es la cosa

Comprender es perdonar. Como no comprendo tu libro, no te lo perdono.

La tierra baldía

Los últimos días, llenos del ruido que el presidente de Estados Unidos ha hecho, antes en su país y después en Europa, contra el gobierno de Nicaragua, contra Nicaragua, concretado ahora en un embargo comercial. El país más poderoso de América una vez más (esto es ya muy viejo) contra uno de los más débiles, sólo que paradójicamente más fuertes si las cosas se miden por el lado de la verdad y la justicia (y es lo que me causa más temor).

Pobre gran país del Norte: pobres presidentes de Estados Unidos; pobre Teodoro, loco, y su garrote: pobre Franklin y su Somoza, suyo, suyo; pobre Harry: pobre Jack, John E.: pobre Lyndon; pobre Richard: pobre Jimmy; pobre Ronnie: pobres diablos todos, con sus canales: sus planos y su bomba; sus bahías y sus asaltos; sus barrigas con heridas en forma de Vietnam; sus cacahuetes y sus rehenes: sus plomeros y sus quísinguers humillándolos: sus maquillajes, sus cementerios y sus fabricantes de chistes de mala muerte: pobres quienes los siguen y los reverencian sinceramente, en nuestros países y en Francia y en España: los que temen que se enojen porque si se enojan no habrá más créditos, más préstamos: más negocios hechos en nombre de la patria, de la libertad y hasta del pueblo; pobres todos, pobres todos.

El lugar de cada quien

El mundo conoce poco la historia de Centroamérica y apenas intuye su lugar en el mapa. (Guatemala ocupa 100 mil kilómetros cuadrados de este planeta, repartido entre siete millones y medio de habitantes. Poco espacio: pocos habitantes.)

Sin embargo, en la era moderna Centroamérica ha producido. para citar sólo dos casos, a un gran libertador del idioma, Rubén Darío, y a un gran libertador de pueblos. Augusto César Sandino. (Antes, Guatemala produjo el Popol Vuh; el conquistador Bernal Díaz del Castillo escribió ahí su Historia verdadera: y hace quince años un guatemalteco conquistó un Premio Nobel de Literatura. Muchos desean hoy ese premio.)

Descendientes de estos hombres son los jóvenes que en este momento libran, en la ciudades y en las montañas, la gran batalla por la libertad centroamericana. Ellos no quieren premios. Ellos son nuestro premio y nos premian poniendo a Guatemala en el mapa y en la imaginación de la gente. Guatemala es muy pequeña; pero. como El Salvador, cada vez se ve más en el mapa. en tanto que un país enorme, enorme. Estados Unidos, como que se empequeñece.

Consciente de que en este momento esos jóvenes están dando su vida por una causa justa, como escritor guatemalteco y desde mi humilde puesto de no combatiente con las armas, hago un llamado a todos mis compañeros para que en sus países, desde sus oficios, a través de cualquier medio a su alcance, manifiesten su apoyo, o simplemente recuerden a quienes hoy protagonizan en América Latina la etapa de lucha más dura, la lucha armada, contra las oligarquías nacionales, contra el imperialismo; y por poner a cada país, por pequeño que sea, en el mapa, en el lugar que le corresponde.

[24 de abril de 1982]

10 de junio
Nulla dies sine linea

-Envejezco mal -dijo; y se murió.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03