Conversación con Juvencio Valle

CONVERSACIÓN CON JUVENCIO VALLE

Raúl Mercado

Araucaria de Chile. Nº 13, 1981.

¿Por qué concesión graciosa del Altísimo los militares son todos inteligentes? No lo son los médicos, los abogados, los profesores, los ingenieros, los científicos, los filósofos, etc. Los militares siempre sobrepasan los limites del nivel común y en todo se desempeñan con extremado conocimiento. Si se trata de gobernar, son providenciales: sabios, prudentes, honestos, justos, comprensivos, leales, patriotas, humanos, y hasta cristianos. Ante este milagro grande me pregunto: ¿no será el golpeteo del espadín en el muslo, el contacto vivo del acero con el cuerpo, la razón, física o síquica, que provoca esta transfiguración? Desde tiempos de antaño la espada tiene brillo, filo y peso.

(Fragmento de declaraciones de Juvencio Valle, formuladas
-por escrito- con motivo del plebiscito de setiembre de 1980.)

La poesía es libre como el rayo,
incorruptible como el oro,
hace llorar a veces como una cebolla abierta
o es difícil de mascar como el pan duro...
No traten de domesticarla con elementos de tortura,
coronándola de espinas
o haciéndola sudar sangre:
la poesía es como el diamante,
no la pulverizan con palabras gruesas...

("De los buenos oficios", poemas del libro Estación al atardecer, publicado en 1971.)

El 6 de noviembre del año pasado, Juvencio Valle cumplió 80 años. Al celebrarlos se ha roto, al parecer, el misterio de la edad del poeta, Premio Nacional de Literatura, figura indiscutida de la lírica chilena.

Su fecha de nacimiento fue siempre un mito muy discutido. Así, mientras Raúl Silva Castro lo da por nacido en 1905, el Diccionario Biográfico de Chile fija la fecha en 1895. El hecho es que, años más, años menos, Juvencio no se preocupa y, con su tradicional y aparente silencio y calma, apellinado, sigue en plena actividad vital, leyendo, escribiendo, participando en recitales, homenajes a Neruda, la Mistral, García Lorca... y en las delicadas funciones de la Comisión de Derechos Humanos, aparte del recién formado comité de artistas y escritores por la recuperación de la democracia. Su vida, pese a todo, transcurre inalterable, junto a María, sus hijos Irene y Juvencio y un nieto. Sus amigos escritores le prepararon festejos y en Canadá serán publicadas sus Obras Completas, con un prólogo del presidente de la Sociedad de Escritores, Luis Sánchez Latorre. La editorial Nascimento, por su parte, editará el poema "El Hijo del Guardabosques".

El poeta es reacio a hablar de sí mismo. Una conversación de horas dejó muchos misterios, pues Juvencio habló sobre todo del sur chileno, contó cuentos que leyó cuando niño y extrañas historias de los bosques y sus mitológicos habitantes. Es que Juvencio está allí, en las altas araucarias, en el tierno copihue o en el fragante canelo. Un trozo de esta vegetación ha trasladado a su casa santiaguina y personalmente cuida de su sobrevivencia. En su jardín tiene desde el dios Canelo, hasta la humilde mata de arrayán.

Hablando de hierbas y sembrados, va surgiendo la historia de Juvencio. "Nací en Villa Almagro, un pueblo pequeño, a orillas del río Cautín, y a una legua de Imperial, más cerca de la costa que de la cordillera. Aquí el Cautín es turbulento. Es un pueblecito rodeado de campos pertenecientes a mapuches y hay muchos indios. Alcancé a ver a los hombres viejos vistiendo el chiripá, que ya no usan, y a las mujeres, más aferradas a su vieja vestimenta, con el chamal, que todavía lucen. Almagro vive de su contacto con Imperial. Hay un gran puente, que durante muchos años fue de madera, pero duraba poco y se lo llevaba el río. Ahora hay un tremendo puente de concreto armado. Por él pasa el carretío que en otros tiempos transportaba las tablas recién aserradas, en carretas muy pequeñas, con ruedas de palo labradas a hacha, pero ya esas maderas no llegan a la ciudad, pues se han exterminado los bosques de la zona. Ahora se produce trigo y en mis tiempos arvejas, porotos, papas. Las indias, que iban a pie al pueblo, llevaban a sus espaldas sacos con porotos nuevos, papas recién sacadas, arvejas nuevas, para venderlos. Los indios, por su parte, llevaban corderos al anca del caballo. En el pueblecito había muchas cantinas y los campesinos e indios se dedicaban a beber, produciéndose grandes peleas de repente. Son algunas cosas que recuerdo de Almagro, pero no viví allí mi primera infancia, pues me llevaron muy pequeño a unas tierras ubicadas como a tres leguas; era Bolonto."

Su padre se llamaba Juan Segundo Concha Hernández, y su madre Rosalía Riffo Segura. El padre era agricultor y para aumentar sus ingresos adquirió un molino, que trabajaba a maquila. Fueron cuatro hermanos varones: Eliodoro, el mayor, padre del crítico literario Edmundo Concha; Fernando, Teodoberto y Gilberto (Juvencio). Las mujeres ("siempre son menores", dice el poeta) Berta, Clara y Estela. ("Hace ocho años murió Clara, pero me quedan las otras dos en Temuco.")

"Fui por primera vez a la escuela en Imperial y estuve en casa de amigos de mi padre. Me quería mucho esa gente, lo pasé muy bien. Hasta me peinaban y me llevaban a las fiestas donde los invitaban. En ese tiempo no se acostumbraba llevar a los niños a reuniones sociales. Pero la familia Fuentes era así. Mis hermanos mayores estaban en Temuco y yo permanecí sólo un año en Imperial."

"En Temuco conocí a Pablo Neruda, en la tercera preparatoria del Liceo. Fuimos compañeros de banco. Yo llegué atrasado al curso y me sentía desamparado. No tenía amistades. Pablo hizo amistad conmigo. Fue por una broma. Tenía su cuaderno y, por casualidad, hizo en la hoja en blanco una raya con el lápiz. Creyó que era un pelo y quiso sacarlo. Una vez que comprobó que sólo era una raya, me dijo: -Saca este pelito..., y lanzó la carcajada. Entramos en confraternidad, y así con todos los demás."

Sus primeros tiempos Juvencio los vivió en Temuco con toda la familia, pero luego el padre debió volver al campo y él se quedó con una tía y su hermano Fernando. "Este hermano, médico hoy, fue compañero de Rudecindo Ortega y muchos otros hijos sobresalientes de la zona."

"Pablo y yo conocimos el Temuco de esos años: casas de madera y muchos sitios vacíos, cercados con tablas, algunos con grandes castillos de tablas en su interior, donde crecía el pasto a su gusto, se veían muchas flores silvestres y mariposas. El Temuco de ahora no tiene nada que ver. Los trenes comenzaban recién a conocerse y yo me moría de susto. Subí a uno una vez y los carros chocaban estrepitosamente en sus topes."

"Mis padres querían que fuera abogado. Pero yo no habría servido. Además, era muy pajarero. Miraba por la ventana mientras hablaba el profesor. Así llegué hasta quinto año de humanidades y se acabaron los estudios."

"En ese tiempo ya escribía, pero eran cosas horrendas que después botaba o quemaba. Me fui a administrar el molino. Mi hermano, que estaba en Santiago, le escribió a mi padre que me mandara para acá en el año 1918. Vine y escuché a los líderes del año 20: Santiago Labarca, Pedro Gandulfo, Alfredo de María, Eugenio González. Años después tuve amistad con algunos, como Santiago Labarca, que trabajaba en el Seguro Obrero, y también con esa gran persona que fue Arturo Soria."

El joven molinero intentó estudiar y anduvo "de un colegio a otro" en la capital, pero resolvió finalmente volver al sur, en 1920.

"Me dediqué a la pura lectura. Ya tenía conciencia de lo que eran los poetas y los que se valoraban. Empecé a escribir. En un viaje a Santiago había conocido a Salvador Reyes, Hernán del Solar y Luis Enrique Délano, que editaban la revista 'Letras', que sirvió mucho a la cultura. Leí mucha poesía española en las Crestomatías y libros que lograba encontrar en Temuco. Muchos libros de autores chilenos. Mi plata la gastaba en libros y tenía una buena biblioteca. Siento haber perdido eso, quemado en el incendio de la casa y el molino el año 1933."

"En Imperial, una pequeña imprenta editaba el periódico 'El Ideal', que aparecía dos veces por semana, con muchos avisos de notaría y judiciales. Su dueño era don Apolinario Riquelme, y allí aparecieron mis primeros artículos, poemas, comentarios de libros. En ese tiempo me ganaba todos los concursos de canto a la reina de la primavera de Imperial y también en Temuco. Don Apolinario me dijo: -Yo le publico un libro..., y así nació La flauta del hombre pan. Fue comentado por Roberto Meza Fuentes en 'El Mercurio' y también en la revista 'Letras'. No me pegaron palos, pues yo tenía ya autocrítica. Sin embargo, ese libro no aparecerá en las Obras Completas. Tratado del bosque lo considero mi primer libro."

¿Cómo surgió Tratado del bosque?

"Lo escribí en el sur, en mi tierra de Bolonto, en el campo. Como trabajaba en el molino, me levantaba tarde, porque me acostaba casi de madrugada. Tenía una ampolleta, una lámpara eléctrica alimentada por un pequeño motor. Con esa ampolletita y fuego en la estufa a leña, me quedaba solo y ahí salió el Tratado del bosque, en pleno invierno, con temporales terribles. Recuerdo que de repente se caía la polea del motor y tenía que salir como a cuatro cuadras, donde estaba la turbina, por en medio del barro, a ponerla."

¿Por qué el bosque?

En la Antología de Poesía Chilena Nueva, de V. Teitelboim y E. Anguita (1935) escribió Juvencio: "Un suceso inesperado, el súbito crecer del árbol viejo, la niña que se volvía princesa, son para mí como silabarios donde aprendo a conocer las cosas del otro mundo. Y si hoy yo toco aquello que tiene forma de botón, el ojo de la muñeca, la medalla del general, sucede que de inmediato una campanilla roja hace gorgoritos de botella al otro extremo de las cosas. Son los comunicados inalámbricos que, como ágiles carteros, llevan la señal del enamorado a la dulce niña lejana..."

Hoy dice: "El bosque está lleno de significación para mí. Los bosques son tan misteriosos, con su niña perdida; siempre uno entra y cree que más allá está lo grandioso, y nada. Aquello de que los árboles no dejan ver el bosque es cierto, más allá está el misterio. Además, tienen muchas resonancias, ramas que se cimbran, pájaros que cantan, un concierto unido al rumor del follaje, no hay otra cosa que tenga más seducción que esa. Siempre me impresionó. Una vez fui a ver cómo cortaban lingues, árbol muy lindo, muy perfumado, le sacaban la cascara para venderla en las curtiembres para curtir cueros, y esos árboles desnudos allí, tirados..."

"Por supuesto, había leído La Vorágine, con sus bosques tropicales, peligrosos. Acá no, en el bosque chileno uno puede dormir. Son portentosos, aquí hay bosques inmensos, es como estar dentro de una catedral. También los autores españoles, desde Garcilaso, hablaban del campo ('hiedra que por los árboles camina...'), Góngora, Lope, Quevedo."

Una vez terminado el Tratado del bosque, Juvencio lo mandó imprimir a Nascimento, por intermedio de su hermano. "Lo mandé manuscrito, con mucho cuidado, no fueran a cambiarme alguna letra. Es el único libro que he pagado. Los otros me los han publicado. La obra se vendió. Neruda venía llegando de la India. Los 'runrunistas' escribieron algo despectivo sobre mi libro, yo estaba en el sur y ellos no me conocían. A Neruda le entregué un ejemplar en el Ministerio de Trabajo, donde trabajaba con Tomás Gatica Martínez, Tomás Lago, Acevedo Hernández. Oye -me dijo Pablo- me gustó mucho tu libro, y me organizó una comida. Luego me fue al sur. Una semana después vi una carta que, a propósito de los ataques, envió Pablo a 'El Mercurio' y 'La Nación'."

Aquella carta, escrita por Neruda en 1932, terminaba diciendo:

"Juvencio Valle no es vanguardista, ni es, por suerte, runrunista. Es, sin embargo, por derecho de señorío lírico, por tensión y aumento de vida verbal; por condiciones esenciales y secretas, visibles sin embargo en su estructura; por lo arbitrario, lo profundo y lo dulce y lo perfumado de su poesía es, digo, el poeta más fascinador y atrayente de la poesía actual de Chile."

"Tratado del bosque es concisión, desnudez, poder, voluntad y libre arbitrio poéticos, realizados con seguridad y vitalidad resistentes. Es un juego purísimo en mitad de la selva. Una guitarra de cuerdas claras.

"Soledad, sueños, amores, hojas, el agua silvestre sonando como un metal, corriendo todo el sur vive en los versos del nuevo poeta con magnificencia y dignidad de corazón. Todo se ha convertido en él en substrato vivo, en humus abandonado, de donde surge, para bienestar de mi alma, su delicioso canto."

Hasta aquí Neruda.

"Quisieron echar mi libro al barranco -dice Juvencio-, pero les salió al revés."

"En 1933 me vine definitivamente a Santiago. Rubén Azocar me daba algunos alumnos retrasados de su curso y ahí me apuntalaba. Para hacer las clases estudiaba como un diablo. Tenía alumnos árabes, turcos, gente de dinero. En ese tiempo y por primera vez fui bohemio. Ahí conocí a Volodia, un cabro de 16 años, pero no tomaba vino. Anguita, sí. Helio Rodríguez, de Temuco, también. Eramos amigos y visitábamos El Jote y el Hércules, restaurantes de calle Bandera. Neruda se había ido a España. De allá mandó unas hojas arrancadas a la 'Revista de Occidente', con su poema 'Alberto Rojas Giménez viene volando'. Recuerdo que estábamos en el bar Alemán, de calle Esmeralda, y alguien, de gran vozarrón ocupó, la pista de baile y se puso a leer el poema. Llegaron los matones y nos echaron afuera. Corrimos. Frente a la comisaría de San Pablo nos detuvimos. Un carabinero me iba a pegar, pero 'el ciego Latorre' (José Miguel, que trabajaba en el Ministerio de Relaciones Exteriores), alto, imponente, se sacó los anteojos y le dio una bofetada al carabinero, que cayó tendido frente a la misma comisaría. Salimos apretando hasta el día de hoy..."

"Me dediqué a leer mucho en la Biblioteca Nacional. En ese tiempo llegó D'Halmar a Chile, después de 16 años de ausencia. Usaba una gran capa de color café. Le dimos una soberbia comida en el Hércules."

"A la Sociedad de Escritores no íbamos nunca, pues estaba en manos de viejos anacrónicos. Más tarde fuimos. Estaba en 'El Mercurio', se entraba por una puerta chica de calle Compañía. Después nos echaron y nos fuimos a Agustinas 925, sexto piso."

"Viví en varios lugares de Santiago. Primero en Alonso Ovalle, entre Nataniel y Gálvez. Arrendaba una pieza. Ahí llegaban los amigos, hasta Julio Barrenechea, el de ese tiempo. Después me fui a Moneda, al lado del Ministerio de Hacienda. Ahí estaba Topaze' y oficinas de abogados. Desde allí partí a España. La comunidad de esa casa de tres patios, que por supuesto ya no existe, organizó una gran despedida con enormes chuicos de vino. Yo participaba activamente en la Alianza de Intelectuales. Los escritores me despidieron en el restaurante Mayo, entre otros, Neruda, Marta Brunet, los argentinos Frontini y Roca (Frontini me regaló un anillo, que llevé por muchos años). Fue fiesta de amanecida. Estaban también los peruanos exiliados que trabajaban en 'Ercilla', Manuel Seoane, Luis Alberto Sánchez y varios otros. Me dieron un carnet de periodista, y también llevaba otro del diario 'La Opinión', de Juan Bautista Rosetti. Pero sólo mandé crónicas a 'Ercilla'."

¿Que cómo se armó el viaje? Yo quería ir a ver la guerra civil. Un amigo mío, Andrés Serrano, partía también. Iba a viajar en primera clase, pero me propuso irnos los dos, en tercera. Luego en España se creyó con derecho a pasarme a llevar y nos peleamos. Llevaba yo bastante dinero, pues Arturo Aldunate me vendió ejemplares de Tratado del bosque a sus amistades, hasta en mil pesos. En el comercio costaba seis pesos."

"Como dije, fui a España a ver la guerra civil. La vi, la sufrí y estuve arrepentido de haber ido. Era tan horrendo aquello."

"Llevé también encargos. Luis Enrique Délano trabajaba en 'El Mercurio' y en 'Letras'; fuimos muy buenos amigos. En una comida que le ofrecieron a Volodia y a él yo hice el discurso. Al saber que iba a España, Délano me encargó le trajera un retrato de Isaías Cabezón, que había dejado, con otras pertenencias, en una casa amiga. Yo fui a esa casa, bajé al sótano, hurgué y hallé el retrato y pude traerlo. Llevaba cartas de Neruda para sus amigos. Todo esto sucedía a comienzos de 1938 y volví a fines del 39."

¿Su experiencia española?

"Mi mayor agrado fue recorrer las librerías de viejo de Madrid. Conocí también Barcelona, donde estuve veinte días. Allí vi los primeros efectos de la guerra. Yo desembarqué en un puerto de Francia. Luego, en tren, a París. En la estación, el primer encuentro fue con unas señoras que vendían bonos para los luchadores españoles. Nosotros le compramos a una de estas damas. Entre las direcciones que llevaba estaba la de Lucho Vargas, el pintor. Fuimos a verlo. Llegó la misma señora de los bonos, era la esposa de Lucho, Henriette Petit. Nos alegramos. Juan Emar (Alvaro Yáñez) también estaba de visita. Nos fuimos de farra. Recuerdo a Lucho Vargas, en ese tiempo, joven, con el pelo bien blanco, bailando con una negra alta, estupenda. Estuvimos un mes en París. Atravesamos luego en tren los Pirineos y enseguida trasbordamos. Recuerdo que una españolita con una guagua me la pasó para hacer una diligencia. Llegamos a Barcelona. Conocí a Altolaguirre, León Felipe; se reunían en un café en la noche. Conversaban mucho, mucho, según ellos la guerra habría terminado antes si ellos la dirigieran... Nos fuimos en auto a Madrid. Pasamos por Valencia y comimos naranjas, casi nos llenan el auto con esta fruta, por esa generosidad típica española."

"Después que Franco tomó el poder estuve tres meses y medio preso. Por primera vez en mi vida... Prefiero no hablar de ello... Compré muchos libros, que no pude traer. Años más tarde, Aparicio me trajo algunas cosas. Tengo libros dedicados por Alberti y Vicente Aleixandre. Fui amigo de Miguel Hernández (consta en carta del poeta español a Neruda). Lo llevé a la embajada de Chile antes de que yo cayera preso, pero no lo recibieron, porque tenían ya 18 españoles refugiados y habían recibido amenazas que si recibían un solo español más constituiría un peligro para la embajada y los refugiados... Como dije, no pude traer mis libros. Después de muchos años llegó a verme a la Biblioteca Nacional Jorge Teillier. Llevaba un ejemplar de Viento del Pueblo, Ediciones Socorro Rojo. Habían pasado 32 años. Leí la dedicatoria:

"Juvencio: aquí tienes este libro escrito con el entusiasmo, la pasión y la precipitación que el clima dramático en que España empuja sus cuerpos me han exigido fatalmente.

Nuestra labor está tremendamente arraigada a cuanto sucede en relación con nosotros sobre la tierra y ya veremos cómo la hacemos con más proeza.

Salud por Delia y por Pablo. Salud y abrazos. Miguel.

Madrid, 4 de septiembre de 1938."

Mientras muestra su tesoro, Juvencio termina de contar que un chileno amante de los libros había comprado aquel ejemplar en Madrid, se lo había prestado a Teillier y luego, cuando él fue a decirle que pagaría cualquier precio por recuperarlo, se lo regaló.

"También fui muy amigo de Vicente Aleixandre. Pero soy tan dejado que aún no le envío mi felicitación por el Nobel. Los españoles son magníficos compañeros, buenos para la broma, nada de egoístas. Miguel Hernández era un hombre muy sencillo, lleno de armonías interiores. Salíamos a los campos, comíamos sandías, tomates, de aquellos que quedaban en las matas. Nos tendíamos al sol. Me mostraba Miguel unos documentos que le habían dado sus jefes militares, que eran estrategas espontáneos. Miguel estaba en la brigada de El Campesino y otros que en la lucha llegaron a ser generales. Recuerdo que uno de esos documentos decía: 'A Miguel Hernández este pasaporte, etc...' y donde especificaban la profesión: 'profesor de poesía'. Nos reíamos mucho con ese título. Miguel adoraba la naturaleza. Durante nuestros paseos solía trepar abrazado a los árboles. El era de Orihuela, muy lejos de Madrid, en la costa. Desde allá se venía a la ciudad en los camiones de verduras, encima de lechugas y coles."

De regreso a Chile, Rubén Azocar invitó a Juvencio a Chiloé, a reponer sus fuerzas. Antes lo había hecho con Neruda.

El año 1940, el poeta encuentra su trabajo definitivo en la Biblioteca Nacional, sala Francia, reemplazando en el cargo al poeta Ángel Cruchaga Santa María. Su nombre ya era vastamente conocido.

¿Cómo eligió su seudónimo?

"Gilberto Concha Riffo me parecía un nombre muy civil. Quise algo más fresco. En un viejo calendario que encontré en el molino vi que el la de junio era San Juvencio, aunque más tarde no lo he encontrado, aparece Juvenal o Julián. Hace años volvió a salir y llegaron a saludarme en masa los poetas del Grupo Fuego, que ese día estaban de almuerzo y miraron el calendario. El Valle vino por sí solo: el campo verde. A los poetas los recibí aquí en mi casa (Eliecer Parada 1609) que comencé a construir en 1951. Fui haciéndola poco a poco. Vendimos un sitio en San Felipe y luego con algunos premios de poesía construimos la chimenea y otras dependencias. Yo me había casado en 1942, con mi compañera María Gálvez. El año anterior había publicado Nimbo de piedra (Premio único de la Municipalidad de Santiago, en el IV Centenario de la ciudad) y luego vinieron años tranquilos de trabajo. Yo no sirvo para empleado, pero para un escritor es agradable trabajar en la Biblioteca. Hay tanto libro hermoso que uno nunca podrá tener. Lo pasé bien hasta que llegó un tirano de director, con el cual luché seis años. Lo moví todo, hasta hablé con Frei, que me invitó a almorzar cuando me dieron el Premio Nacional. Aquella vez me acompañaron Diego Muñoz, Francisco Santana y otros amigos. Allí también arreglé mi permiso para viajar a la Unión Soviética."

"Entre tanto y presionado por los escritores, realicé labor gremial, siendo presidente del sindicato durante tres años, que me parecieron un siglo."

En 1957, Juvencio viajó a Uruguay, también a Rumania, estuvo en Praga, París y conoció Austria. El año 1962, la Corporación de la Vivienda le invitó a Isla de Pascua.

En mayo de 1966, la editorial Zig-Zag publicó una Antología de Juvencio Valle, con prólogo de Alfonso Calderón, y el 14 de septiembre de ese mismo año fue distinguido con el Premio Nacional de Literatura.

"Fue algo extraño. Yo nunca fui amigo del periodista Tito Mundt, pero él, en la revista que editaba, comenzó a hacerme mucha propaganda, con grandes fotografías en que colocaba: 'Próximo Premio Nacional'. La campaña decía que la llevaba por amor propio y que él no se equivocaba. El jurado, en que participaron Sánchez Latorre, Alfonso Calderón, Mario Perrero, Yolando Pino, le dio la razón en 1966. El día del premio, mi amigo Francisco Santana fue el encargado de avisarme y me vine a casa. Las mujeres de la Biblioteca hicieron cola para darme el abrazo y, al otro día, también las chiquillas del Ministerio de Educación. A mi casa llegaron Pablo, Contreras Labarca, Corvalán, Nicanor Parra y muchos otros amigos. Recuerdo que hasta bailé cueca."

En octubre del mismo año, el poeta viaja a la Unión Soviética invitado por los escritores soviéticos y acompañado de María. En 1968, es invitado a Cuba, siendo jurado del Concurso Casa de las Américas. En el año 1972 el gobierno de la UP lo designa Director suplente de Bibliotecas, Archivos y Museos, cargo que tuvo hasta el 12 de septiembre de 1973, día en que llegó Roque Esteban Scarpa con sus guardaespaldas a reemplazarlo. Había cumplido 33 años al servicio de la Biblioteca Nacional.

"¿Sobre mis amigos? Los primeros, cuando publiqué Tratado del bosque, Tomás Lago, Acevedo Hernández, Joaquín Edwards Bello. A Tomás lo vi mucho, incluso me fui a vivir a su pensión. También Diego Muñoz, de Victoria, y Ángel Cruchaga, que siempre convivía con Pablo Neruda. Hernán del Solar, en 1928, y después. Julio Barrenechea, que también trabajó en la Biblioteca, antes que yo; y fui amigo de mucha gente, de escritores que me manifestaron gran afecto. Ernesto Montenegro, por ejemplo, que me invitó a dar una conferencia y yo la di sobre Miguel Hernández. Fue bastante público. Por los anuncios previos, llegó a hablar con el director, Eduardo Barrios, el embajador de España. Quería presionar, pero Barrios llamó a su asesor, Ernesto Galiano, quien dijo al diplomático: 'Aquí estamos viviendo en un país democrático de verdad. No está bien visto que una misión extranjera intervenga. Asista usted y si algo no está bien le ofrecemos la misma tribuna...' La misión española mandó gente a escuchar, pero nunca replicaron."

De mi amistad con Neruda se ha hablado tanto, pero puedo decirle que el escritor que lo conoció desde su más lejana infancia fui yo. Sé cuan flaco era y cuan larga tenía la nariz. Muy débil, yo creía que se debía a enfermedad. La verdad es que era más joven que yo, después creció tanto que me dejó chiquitito... en todo sentido. Cuando los compañeros organizaban los partidos de fútbol, a quien nunca escogieron fue a mí. Había otros que eran unos linces. A Neruda mucho menos. Se le veía con unos libritos pequeños, de la colección Calleja, de Barcelona. Hacíamos intercambio para leer obras como 'El Capitán Matabala'. Eran nuestras literaturas. Un día llevé a Neruda a casa y recorrió la hilera de libros de mi estante. Yo tenía un Quijote muy chico, con ilustraciones de Doré. Lo miró Pablo y me dijo: -Oye, préstamelo... Se lo presté y me lo devolvió. Después, leyendo Cuando era muchacho, de González Vera, me encontré con un párrafo que decía que Juvencio Valle le prestó a Neruda el primer Quijote que leyó. No sé cómo lo supo."

"Paseando una vez con Pablo por Temuco, vi por la vereda de enfrente a un señor bajo, con capa y sombrero alón y una gran melena. -¡Qué hombre más raro! -le comenté a Pablo. -Es un poeta -me dijo. -¿Y así son los poetas? -le pregunté. -Es mi tío -dijo. Se trataba de Orlando Masson, que después sería dueño del diario donde Pablo publicaba sus poemas."

"Conocí a la Mamadre, como Pablo llamaba a su madrastra. Tan tierna y tan fina, le dio amor de madre. Ella tuvo dos hijos y con Pablo eran tres. Nunca decía nada contra Pablo. Una vez pasé a tomar té. A Neruda le dio té con leche y a mí puro. Cuando Pablo me estaba cambiando la taza, la Mamadre le dice: -Lo que pasa es que no tengo más leche que ésta y este niño está tan flaco y tú estás gordito. Y Neruda tuvo que tomarse el té con leche. Lo que a mí me impresionó, sabiendo que ella no era su mamá, que se preocupara tanto de la salud de Pablo."

Usted que ha vivido el siglo XX, ¿qué piensa sobre este tiempo?

"Uno siempre piensa: 'no haber vivido en otra época'. Pero este ha sido un siglo de muchos acontecimientos grandes. Seguramente las dos guerras más grandes de la humanidad han sido en este siglo. En 1917, la revolución rusa, que ha transformado la vida en dos bandos tan encontrados. En poesía, el modernismo de Darío, el postmodernismo y una representante chilena que gana el Premio Nobel, Gabriela Mistral. (Ella, luego de recibir el Nobel, dio una conferencia de prensa en París en la que nombró a tres poetas chilenos: Neruda, Huidobro y Juvencio).

Enseguida, otra generación con Neruda, también Premio Nobel, empezando con Huidobro y De Rokha, Ángel Cruchaga, Juan Guzmán. En el campo femenino, aparte de Gabriela, Marta Brunet y María Luisa Bombal, que pueden mostrarse en cualquier sitio. Por último, la poesía chilena, que se puede levantar como enseña y ser una de las mejores de la lengua, seguramente."

"La poesía y la literatura chilena actual me parece que están bien. No ha quedado estancada. Ha seguido batallando por renovarse."

"Quiero decir que la poesía no está en ser oscuro. Era aquella una etapa que tenía que venir, pero pasó. La gran sabiduría del verso y la gran dificultad de la poesía es ser sencilla y clara, aunque hay mucha posibilidad de que sea manida. La dificultad está en ser sencillo y nunca manido, sino cristalino y novedoso, y ese problema déjenlo a los poetas. Es más fácil enturbiar el agua. Y aún pienso que poetas como Rosamel del Valle, de qué sirve, si nadie memoriza nada, porque apenas se puede leer. De Neruda, la Mistral, se citan poemas."

"Estos últimos años la poesía se ha abierto más. Se puede saber lo que está diciendo el poeta. Hay más claridad."

¿Sobre estos últimos siete años?

"Es triste para un escritor tener que guardarse sobre su persona y no poder escribir lo que uno quiere. Yo no he publicado, porque no quiero que aparezca nada en este período. Publicaré algo ya publicado. Y tener que escribir, los que publican, disfrazando lo que están diciendo, tener que censurarse ellos mismos, como el que está junto a un asilo de tuberculosos para no contagiarse... Hoy no se puede escribir a pleno desborde de imaginación, y antes se podía escribir lo que a uno se le antojara."

"Cómo va a ser tranquilizador que las universidades estén a cargo de militares. Es una vergüenza que viejos maestros hayan sido desplazados para ser reemplazados por militares. Cómo va a suceder el milagro grande de que por ser militares sean todos inteligentes como para estar a cargo de una Universidad."

"Cómo va a ser grato que los estudiantes no tengan otra preocupación que sacar su cartón y nada más, sin cultura humanística "alguna, porque les está prohibido pensar y decir lo que piensan."

"Cómo va a ser verdad aquello que ellos proclaman que ahora se vive en libertad, si de repente raptan a 6 o 12 jóvenes manteniéndolos en lugares ocultos y salen todos apaleados, a veces a morir. Y sin embargo meten vivos a gente en chimeneas, amarrados con alambre... ¡Ni en tiempos de los bárbaros pasaban estas cosas!, pero pasan en este país que ellos llaman libre."

"Hablan como si fueran unos santos, pero son los primeros en cometer barbaridades. Por algo tengo un hijo que estuvo 9 meses preso, relegado en Chacabuco, y aún no se sabe por qué..."

"Mejor no hablemos más de esto."

El poema preferido de Juvencio es "El Hijo del Guardabosques". Su edición separada del resto de aquella obra fue su regalo de cumpleaños. Le dejamos en su jardín, junto a su copihue regalón y a su frondoso canelo, arreglando la tierra de esta primavera chilena, que aún conserva el verde de la esperanza.

Bibliografía de su obra poética

La flauta del Hombre Pan. Nueva Imperial: Editorial Azules. Imprenta "El Ideal" 1929 (54 págs.).

Tratado del bosque. Santiago: Imprenta Nascimento. 1932 (67 págs.). El libro primero de Margarita. Prosa poética. Santiago: Ediciones Caleuche 1937 (87 págs.).

Nimbo de piedra. Santiago: Editorial Cruz del Sur, 1941 (58 págs.).

El hijo del guardabosques. Santiago: Editorial Nascimento, 1951 (164 págs.).

Nuestra tierra se mueve. Santiago: Ediciones Boccanegra. 1960 (46 págs.).

Del monte en la ladera. Santiago: Editorial Nascimento, 1960 (168 págs.).

Antología. Prólogo, selección y notas de Alfonso Calderón. Santiago: Editorial Zig-Zag, 1966,

Estación al atardecer. Santiago: Edición Valores Literarios, 1971.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03