Gabriela Mistral en «Tala»

GABRIELA MISTRAL EN «TALA»
Su visión del mundo autóctono

Eugenio Matus

Escritor y profesor de literatura. Trabaja en la Universidad de Saint-Etienne, Francia. Es autor de Mientras amanece y Encuentro en Tánger (novelas), e Introducción a Baroja, (ensayo), y de diversas antologías de literatura hispanoamericana.

Araucaria de Chile. Nº 38. Madrid 1987.

A la memoria de Luis Oyarzún

El tema del mundo autóctono no aparece tratado con igual intensidad en todos los poemas de Tala: en algunos constituye el elemento fundamental, en otros desempeña una función secundaria. Hay además modos específicos de tratamiento que dependen de la función que lo autóctono desempeña en el texto. En todo caso es un elemento poético que no desaparece jamás.

1

La primera serie de poemas. Muerte de mi madre, es, como se sabe, la expresión de una crisis religiosa, de una angustia existencial. Gabriela Mistral dice, en la nota correspondiente, que la muerte de su madre se convirtió para ella en una «larga y sombría posada».

Son poemas profundamente subjetivos. La angustia existencial que cantan no se sitúa, sin embargo, en un ambiente abstracto. Por el contrario, en la mayoría de ellos reconocemos un espacio geográfico concreto: el de la tierra natal de la poetisa.

En La fuga, por ejemplo, el sueño o pesadilla en que ella sueña con su madre, se desarrolla en un paisaje de cerros, cerros que se repiten interminablemente .

Un monte negro que se contornea
siempre para alcanzar el otro monte. (1)

Una especie de laberinto en el que ella persigue vanamente a su madre muerta: los cerros de Elqui, siempre presentes en su poesía.

En Nocturno de la consumación, la poetisa se considera olvidada de Dios. Su vida no es más que un amargo fracaso. Desea volver a la nada. El paisaje que rodea y que «concretiza» este sentimiento es un paisaje del Norte Chico de Chile, el paisaje de su valle de Elqui. Dios la ha olvidado porque las cabras y las vicuñas la han ocultado a su vista, porque sus hombros y su frente han sido borrados por las dunas, por el algarrobo y por el maitén.

... cabras vivas, vicuñas doradas
te cubrieron la triste y la fiel.
Te han tapado mi cara rendida
las criaturas que te hacen tropel;
te han borrado mis hombros las dunas
y mi frente algarrobo y maitén.

En el Nocturno de la derrota aparecen de nuevo los cerros («y he cantado cosiendo mis cerros...») y «la cresta del amanecer». El desplazamiento calificativo implícito en esta expresión adquiere todo su sentido si se considera que en Chile el amanecer se asocia inevitablemente a las crestas de la cordillera de Los Andes.

El Nocturno de los tejedores viejos empieza con una nostálgica evocación de la infancia vivida a orillas del mar, en una atmósfera campesina:

Se acabaron los días divinos
de la danza delante del mar,
y pasaron las siestas del viento
con aroma de polen y sal,
y las otras en trigos dormidas
con nidal de paloma torcaz.
Tan lejanos se encuentran los años
de los panes de harina candeal...

En Locas letanías, poema con que se termina la serie y en el cual la poetisa pide a Cristo acoger el alma de su madre, los elementos materiales que aparecen pueden perfectamente asimilarse también a su paisaje natal: cañas que se parten en los llanos, piedras, valles desde los cuales ella contempla a su madre subir a los cielos, y el río, el río Elqui desde luego, que en este caso es un río divino, un río que se asocia al propio Cristo:

¡Río vertical de gracia,
agua del absurdo santo,
parado y corriendo vivo,
en su presa y despeñado;
río que en cantares mientan
«cabritillo» y «ciervo blanco»:
a mi madre que te repecha,
como anguila, río trocado,
ayúdala a repecharte
y súbela por tus vados!

En la serie de poemas titulada Alucinación, superada ya la crisis religiosa y existencial, la poetisa canta su vida espiritual, sus ansias místicas, sus vacilaciones entre la esperanza y la desesperación. En estos poemas, profundamente subjetivos, encontramos también, aquí y allá, referencias al mundo autóctono, aunque esta referencia no se manifiesta a veces más que en el modo de decir, tradicional, arcaico.

Leemos, por ejemplo, en La ley del tesoro:

Me oigo la cantilena
como el tero-tero,
o como sobre las tejas
refrán de aguacero:
«guardarás bajo la mano
tu tesoro entero».

En La copa encontramos de nuevo la colina, los valles. En La medianoche, la duna. El monte, el bosque, la llanura, la solfatara, la cascada, las avenas, el río en La cabalgata.

La gracia es un poema de carácter religioso, más bien místico. La poetisa siente que la Gracia de Dios la toca, pero esta Gracia de Dios no aparece simbolizada por un rayo de luz que desciende de las manos divinas ni de ningún otro modo clásico o estereotipado, sino como una «pájara pinta jaspeada» que pasa el río «en la mañanita» y la deja «temblando en la quebrada».

La serie Historias de loca continúa el tratamiento de estos temas de carácter espiritual o religioso.

La muerte-niña (la muerte que crece en el espíritu mientras el mundo se desvitaliza) en un poema impregnado de atmósfera campesina: la muerte nace en una gruta «desnuda y pequeñita como el pobre pichón de cría», se la puede aplastar con una piedra, se mece como un junco al viento. El mundo, al mediodía, estaba armado como una pina. La poetisa se pone a gritar en el camino. Hay fuentes, praderas, animales...

En La flor del aire (alegoría del desarrollo de su mundo poético) encontramos praderas, bosques, montes, rocas, flores.

2

Pero es en la serie de poemas titulada Materias donde empieza a surgir verdaderamente el mundo de los objetos. Hasta ahora éstos han aparecido como símbolo de lo subjetivo o como paisaje o marco en el que se desarrolla una situación espiritual. En el caso presente son los objetos mismos, los elementos materiales los que aparecen en primer plano.

Sin embargo esta primacía o independencia de los objetos en la serie Materias es ilusoria. En realidad éstos aparecen no para ser cantados en función de ellos mismos, en cuanto materia, sino como estimulantes del recuerdo, como punto de partida de una evocación. En cierto sentido continúan estando al servicio del espíritu, aunque ahora en sentido inverso. En los poemas anteriores los objetos materiales eran símbolos, apariencias externas de fenómenos espirituales, o constituían el ambiente concreto en que éstos se situaban. Ahora son ellos los que crean los fenómenos espirituales. Son ellos los que permiten recordar, evocar, soñar.

Examinemos, por ejemplo, el poema Pan. Dice la poetisa que el pan que encuentra sobre la mesa tiene el olor de su madre cuando le dio su leche, el olor de tres valles por donde ella ha pasado: Aconcagua, Pátzcuaro, Elqui. El encadenamiento de asociaciones mentales se prosigue:

En mis infancias yo le sabía
forma de sol, de pez o de halo,
y sabía mi mano su miga
y el calor de pichón emplumado.
....................................
Amigos muertos con que comíalo
en otros valles, sientan el vaho
de un pan en septiembre molido
y en agosto en Castilla segado.

La sal del poema Sal (la sal puesta en un salero en la mesa) le recuerda su infancia junto al mar. Ella era una amiga de la sal, de las olas salobres. La sal y ella vivían en un mundo de libertad. Y ambas perdieron ese mundo:

Ambas éramos de las olas
y sus espejos de salmuera,
y del mar libre nos trajeron
a una casa profunda y quieta...

Pero como siempre, es el agua el elemento material que tiene en Gabriela Mistral el mayor poder evocador. Dice en el poema Agua:

Hay países que yo recuerdo
como recuerdo mis infancias.
Son países de mar o río,
de pastales, de vegas y aguas.

Gracias al agua se actualizan en su espíritu paisajes americanos y europeos: «Antilla en palmas verdinegras», una aldea sobre el Ródano, el mar de Italia; y sobre todo el paisaje natal. Ella quisiera espiritualmente recuperar su infancia vivida junto al agua.

Quiero volver a tierras niñas;
llévenme a un blando país de aguas.

Cascada en sequedal y El aire son también poemas impregnados del sentimiento del paisaje natal, del mundo autóctono:

... ni vivo en la tierra
de donde es la palma,
ni la madre mía
entra por mi casa,
ni regreso a ella
gritando en la barca...
........................
En el llano y la llanada
de salvia y menta salvaje,
encuentro como esperándome
el Aire.

No es necesario multiplicar los ejemplos. Lo que habría que decir, sí, es que de los elementos materiales cantados en esta serie titulada Materias, el único que se canta en función de sí mismo y no como estímulo de la evocación es el aire, quizás porque es el menos material de todos. (A alguien podría recordarle este poema, y no sin razón, una oda elemental de Neruda). (2)

3

Y llegamos por fin a la serie de poemas titulada América, que es la que contiene con la mayor intensidad y plenitud el mundo autóctono de Gabriela Mistral. Y es en ella también donde encontramos la mayor independencia de lo material en relación con lo espiritual, quizás porque se trata aquí no de un mundo cristiano, sino de un mundo primitivo americano, por lo tanto un mundo pagano. Si se puede hablar de espiritualización de la materia en estos poemas, ella consiste, en todo caso, en algo muy diferente: en la mitificación de los elementos materiales, en atribuirles un carácter sagrado, en un deseo de fusión con ellos. Estoy aludiendo particularmente a los dos himnos, Sol del trópico y Cordillera.

Es verdad que este deseo de fusión o de identificación con el mundo material aparece ya en algunos de los poemas que hemos citado. En Agua, por ejemplo, la poetisa quiere hablar con el agua, quiere tener por madre a una fuente. En Nocturno de la consumación quiere permanecer «mano a mano y mudez con mudez» con la tierra, pero es aquí, en estos poemas de la serie América donde este deseo de fusión implica verdaderamente una actitud mítica de fusión con el elemento primitivo original, una glorificación de la materia como algo divino. Gabriela Mistral, por mimetismo, adopta en estos poemas la actitud de un ser primitivo que adora los elementos naturales.

Detengámonos en el poema Sol del trópico. Este poema es un himno en el que se invoca al sol.

Sol de los Incas, sol de los Mayas,
maduro sol americano.

El sol es la deidad que gobierna y preside este mundo primitivo. Es el sol de los Andes, el sol del Cuzco, el sol de México, el sol del Mayab:

sol en que mayas y quichés
reconocieron y adoraron,
y en el que viejos aimaraes
como el ámbar fueron quemados.

El mundo americano primitivo aparece representado a través de la resonancia mágica de los topónimos: Tacámbaro, Uruapán, Tiahuanaco. Es un mundo de faisanes, leopardos, colibríes, llamas, ciervos, flamencos, tórtolas, salamandras, lagartos, anacondas; de árboles como el árbol del pan, el árbol del bálsamo; un mundo de objetos de artesanía primitiva en el que encontramos la «jícara de Uruapán», el «cántaro del peruano», en el que las mujeres trabajan en sus telares y resuena la quena milenaria.

El sol es el dios de este mundo y lo llena por completo. Es él el que pinta las manchas del leopardo, el que traza los tatuajes de los hombres, el que cura o mata a los guerreros heridos.

En perfecto acuerdo con los rasgos que caracterizan la mentalidad mítica y primitiva, no hay ninguna diferencia, no hay fronteras precisas entre la divinidad y los elementos naturales. El sol es un animal. Cuando se levanta es un faisán rojo. A mediodía es un faisán blanco. Es un lebrel de oro que nos sigue por todas partes. Es un pájaro de fuego. Es una llama que guía rebaños de llamas.

Pero el sol puede ser también cualquiera otra cosa del mundo natural. Es una piedra dorada en México, una piedra rodada o errante en el Mayab. Es un maíz de fuego. Es una raíz del cielo. Es el pastor ardiendo de una grey ardiendo. Es la tierra ardiendo en su milagro.

La poetisa se identifica o quiere identificarse con este dios padre. Quiere que el sol la acoja en su seno, le dé su color rojo, la transforme en líquido suyo y la haga hervir. Notemos la pasión, la fuerza con que Gabriela Mistral expresa este deseo de fusión con la divinidad solar, esta ansia de ser purificada por el fuego divino, de todas las impurezas con que la ha contaminado el mundo no primitivo:

¡Quémame tú los torpes miedos,
sécame lodos, avienta engaños;

tuéstame habla, árdeme ojos,
sollama boca, resuello y canto,
límpiame oídos, lávame vistos,
purifica manos y tactos!

Como cualquiera de los otros elementos naturales:

¡Como el maguey, como la yuca,
como el cántaro del peruano,
como la jícara de Uruapán,
como la quena de mil años,
a ti me vuelvo, a ti me entrego,
en ti me abro, en ti me baño!

Extranjera, desarraigada en un mundo extranjero, la poetisa busca mediante la identificación con el sol, la identificación con lo que le es propio, la recuperación del mundo autóctono, la salvación existencial.

Pero aquí se presenta un problema. ¿Es solamente ella la que vuelve al origen? No, desde luego. Es toda la colectividad indígena la que regresa al sol. Lo dice la poetisa en las últimas estrofas:

Gentes quechuas y gentes mayas
te juramos lo que jurábamos.
De ti rodamos hacia el Tiempo
y subiremos a tu regazo.
...........................
¡Como racimos al lagar
volveremos los que bajamos...!

No es ella la única que pisó «los cuarzos extranjeros» y que comió «sus frutos mercenarios». Es todo un pueblo el que cayó en un mundo extranjero. Son los pueblos indígenas hispanoamericanos los que perdieron su mundo primitivo, pero que desean recuperarlo o que prometen recuperarlo. El mundo americano primitivo descrito en el poema, aunque mostrado como algo presente, es en realidad un mundo pasado.

Pero examinemos atentamente los versos que dicen:

De ti rodamos hacia el Tiempo
y subiremos a tu regazo.

Tenemos que descifrar su significado. ¿Cómo puede afirmar la poetisa que los pueblos americanos rodaron hacia el Tiempo? ¿Dónde estaban antes entonces? Creo que hay que pensar aquí en el hecho histórico de la conquista de América. La poetisa simboliza la destrucción del primitivo indígena (la introducción violenta de estos pueblos en una nueva estructura social) por una caída, un rodar hacia el Tiempo.

Es como si la época anterior a la llegada de los españoles no perteneciera a la historia, como si se situara fuera del tiempo, y fuera por lo tanto un pasado mítico, una especie de Paraíso perdido.

La forma en que Gabriela Mistral explica poéticamente este fenómeno posee una estructura mítica evidente: la pérdida de la unidad original, la dispersión de lo que era unidad, totalidad. Observemos las dos últimas estrofas del poema. El acto de rodar hacia el Tiempo es presentado como una caída en «grumos de oro».

... de ti caímos en grumos de oro,
en vellón de oro desgajado,
y a ti entraremos rectamente
según dijeron Incas Magos.

¿Qué son esos grumos de oro? Sin duda, partículas del sol. (La idea de un líquido que se coagula está implícita). Es la expresión simbólica, poética de la pérdida de la unidad original. Lo mismo vale para la expresión «vellón de oro desgajado». Así, pues, Gabriela Mistral crea un mito para explicar esta destrucción del mundo indígena: es el sol que ha desprendido de sí mismo infinidad de partículas. Las partículas procedentes del sol son los diferentes elementos de la Naturaleza americana. Y he aquí la explicación de la riqueza metafórica del poema, en que el sol, como hemos señalado más arriba, se identifica con un faisán, con una llama, con un lebrel, con el maíz, con una piedra: una riqueza metafórica que no procede tan sólo de la abundancia de la imaginación, sino que tiene el fundamento mítico señalado.

Y observemos de pasada que la esperanza de recuperación del Paraíso no está puesta en Dios o en Cristo, sino en los Incas Magos.

Ahora bien, ¿qué puede significar este retorno al sol? Desde el punto de vista poético, mítico, como lo hemos dicho, es la recuperación del Paraíso perdido. Desde el punto de vista histórico, es un reencuentro con las raíces, un redescubrimiento de lo propio y original, una reintegración de lo que jamás debió haberse desintegrado.

Fenómeno semejante es el que presenta el poema Cordillera, aunque aquí el reencuentro con lo autóctono americano no es solamente un deseo o una promesa, sino algo que ya se ha realizado o que está, por lo menos, en vías de realización.

Una lectura intrascendente podría hacernos pensar que se trata aquí de nuevo tan sólo de un fenómeno personal. Pero no es así evidentemente. Un examen atento nos permite ver en este texto, como en el caso anterior, una significación más amplia y profunda. Dice la poetisa:

Otra vez somos los que fuimos,
cinta de hombres, anillo que anda,
viejo tropel, larga costumbre
en derechura a la peana,
donde quedó la madre augur
que desde cuatro siglos llama...

«Desde cuatro siglos». ¿Qué pueden significar estos cuatro siglos sino el tiempo que nos separa de la conquista de América y de la destrucción del mundo indígena?

En este poema, con más evidencia aún que en Sol del trópico, la caída en un mundo extraño (es decir, la pérdida del Paraíso, el rodar hacia el Tiempo, la destrucción de la unidad mítica original) se identifica con la conquista española. Lo que dice la poetisa en Sol del trópico en relación con su historia personal («Pisé los cuarzos extranjeros / comí sus frutos mercenarios»), lo dice ahora explícitamente de los pueblos americanos:

Anduvimos como los hijos
que perdieron signo y palabra,
como beduino o ismaelita,
como las peñas hondeadas,
vagabundos envilecidos,
gajos pisados de vida santa,
hasta el día de recobrarnos
como amantes que se encontraran.

Lo que en ella fue vagabundeo geográfico, vida inestable, errante por tierras en las que siempre sintió nostalgia de la suya, en relación con los pueblos americanos es desorientación, extravío en un mundo ajeno que se les impuso con violencia.

Y observemos que los símbolos de la pérdida de la unidad original se corresponden perfectamente con los que emplea en Sol del trópico. En este poema la caída en el Tiempo de los pueblos americanos está representada, como hemos señalado, por los grumos desprendidos del sol, por el vellón de oro desgajado. En Cordillera, estos mismos pueblos son «peñas hondeadas», es decir piedras lanzadas al aire, dispersadas, y «gajos» («gajos pisados» además) de una vid santa.

El maíz es también un canto a un material americano. Como en los poemas anteriores, la poetisa expresa su apasionado deseo de fusión, de integración con lo autóctono:

El maíz de Anáhuac,
el maíz de olas fieles,
cuerpo de los mexitlis,
a mi cuerpo se viene.
En el viento me huye,
jugando a que lo encuentre,
y me cubre y me baña
el Quetzalcoatl verde
de las colas trabadas
que lamen y que hieren.

Pero a diferencia de Sol del trópico y Cordillera lo que nos queda al final del poema no es una esperanza de reintegración o la satisfacción de una reintegración lograda, sino más bien un recuerdo nostálgico. Ella, la poetisa, tuvo el maíz, pero lo perdió. Su recuperación queda entregada al sueño, a la evocación poética:

Hace años que el maíz
no me canta en las sienes
ni corre por mis ojos
su crinada serpiente.
Me faltan los maíces
y me sobran las mieses.
Y al sueño, en vez de Anáhuac,
le dejo que me suelte
su mazorca infinita
que me aplaca y me duerme.

Los dos poemas que siguen de la serie América, Mar Caribe y Tamborito panameño, pueden figurar entre aquellos poemas, abundantes en la poesía de Gabriela Mistral, en que se celebra sin mayor complicación algún elemento del mundo americano. Son poemas alegres, entusiastas, henchidos del amor que siempre inspiró a la poetisa todo lo relacionado con la tierra, la gente y la cultura de América, al aparecer, en estos poemas, el elemento autóctono como algo presente y actual, no tiene cabida en ellos el sentimiento de la nostalgia.

4

Es éste, por el contrario, el fundamento de la serie titulada Saudade. Volvemos a encontrar aquí, como elementos esenciales (y no podía menos de ser así) el recuerdo, la evocación, el ensueño.

En el poema titulado Beber, la poetisa recuerda en función del agua (como en el poema Agua) los lugares donde vivió: el valle del río Blanco, el río Aconcagua, el campo de Mitia, la isla de Puerto Rico, la casa de su infancia...

Todas íbamos a ser reinas es un recuerdo de infancia, el Paraíso de la infancia vivido en el valle de Elqui:

En el valle de Elqui ceñido
de cien montañas o de más,
que como ofrendas o tributos
arden en rojo y azafrán.
.....................................
Con las trenzas de los siete años
y batas claras de percal,
persiguiendo tordos huidos
en la sombra del higueral.

Cosas es un poema impresionante. Gabriela Mistral alcanza aquí una rara perfección en el arte de espiritualizar la realidad material, de crear una zona vaga entre la realidad y el sueño, dando a los objetos que se anuncian y a las situaciones que se presentan una trascendencia simbólica. En este poema, en su desconcertante y caótica sucesión de visiones oníricas, nos asalta la imagen de la muerte asociada a cada cosa: el agua silenciosa, los pastos friolentos, la llaga «llena de musgo y de silencio», el aroma «roto en ráfagas».

Nos presenta la poetisa, en un paisaje de sueño, el río Elqui de su infancia, la Cordillera, el Océano Pacífico, una piedra de Oaxaca o Guatemala («roja y fija como mi cara / cuya grieta da un aliento»), que resulta ser finalmente una imagen de su sepulcro.

En las series La ola muerta y Criaturas los elementos autóctonos aparecen aquí y allá como indicios que conforman un paisaje, el paisaje que ya conocemos: muros blancos, un pinar, una fuente, dunas, las orillas de un río (Deshecha); plantas, un pino cortado, un umbral de piedra, una rama fresca (Leñador); una azotea a la hora de la siesta, en que una mujer da de comer trigo a las palomas (Palomas).

El recuerdo, la evocación son elementos predominantes en la serie Recados, pero aquí, a diferencia de lo que ocurre en muchos de los poemas comentados más arriba, no se trata de una evocación nostálgica, melancólica, sino de un recuerdo sereno, a veces alegre, humorístico, sostenido en todo caso siempre por una gran fuerza vital.

En Recado de nacimiento para Chile la poetisa habla del nacimiento de una niña en su país natal:

Le pusieron mi nombre,
para que coma salvajemente fruta,
quiebre hierbas donde repose
y mire el mundo tan familiarmente
como si ella lo hubiese creado, y por gracia.

Mas añadieron en aquel conjuro
que no tenga nunca mi suelta imprudencia,
que no labre panales para osos
ni se ponga a azotar a los vientos...

Pienso ahora en las cosas pasadas,
en esa noche cuando ella nacía
allá en un claro de mi Cordillera.

Yo soñaba una higuera de Elqui
que manaba su leche en mi cara.
El paisaje era seco, las piedras
mucha sed, y la siesta, una rabia.

Me he despertado y me ha dicho mi sueño:
«Lindo suceso camina a tu casa».

Recado a Lolita Arriaga, en México nos presenta la imagen de una institutriz ejemplar en la agitada época de Pancho Villa.

Contadora de «casos» de iguanas y tortugas,
de bosques duros alanceados de faisanes,
de ponientes partidos por cuernos de venados
y del árbol que suda el sudor de la muerte.

En Recado para las Antillas encontramos la evocación del café con su «alma vehemente», «denso en el vértigo, casto en la nata», de los toronjales y las cañas, de las aves y las víboras, de personajes como el Siboney y la india Guarina, de mujeres que se llaman:

... dulce, modoso o agudo:
Águeda, Juana, Clarisa, Esperanza.

Termina Gabriela Mistral su libro con la evocación de la casa de su amiga Victoria Ocampo en Argentina, casa que tiene alhucemas, hierro, maderas, conversación, lealtad y muros.

Confía Gabriela Mistral a su amiga las tierras de América. Los versos finales de esta obra genial que es Tala merecen ser citados en toda su soberbia amplitud:

Te digo adiós y aquí te dejo,
como te hallé, sentada en dunas,
Te encargo tierras de la América,
¡a ti tan ceiba y tan flamenco,
y tan andina y tan fluvial
y tan cascada cegadora
y tan relámpago de la Pampa!

Guarda libre a tu Argentina
el viento, el cielo y las trojes;
libre la cartilla, libre el rezo,
libre el canto, libre el llanto,
el pericón y la milonga,
libre el lazo y el galope
¡y el dolor y la dicha libres!

Por la Ley vieja de la Tierra;
por lo que es, por lo que ha sido,
por tu sangre y por la mía,
¡por Martín Fierro y el gran Cuyano
y por Nuestro Señor Jesucristo!

Podemos, pues, concluir que el mundo autóctono americano aparece presentado en Tala de acuerdo con las siguientes modalidades:

1) Como espacio preciso, determinable, donde se sitúa un poema de carácter subjetivo. Ejemplo: la serie titulada Muerte de mi madre.

2) Como objetos materiales cuya presencia es estímulo del recuerdo, la evocación, el ensueño. Ejemplo: algunos de los poemas de la serie Materias (Pan, Sal).

3) Como objetos ausentes que se actualizan en la conciencia en relación con lugares y situaciones pertenecientes a la vida pasada. A veces este recuerdo es nostálgico, melancólico; otras veces, alegre, vital. Ejemplos: Agua, Beber, Cosas, Recado de nacimiento para Chile, Recado a Lolita Amaga, en México.

4) Como objetos que se celebran simplemente. Ejemplo: El aire, Mar Caribe, Tamborito panameño.

5) Como materias, grandes materias pertenecientes a la realidad americana o íntimamente asociadas a ella, en torno a las cuales se crea un mito. Ejemplo: Sol del trópico y Cordillera.

5

Indicábamos más arriba que estos dos grandes poemas (Sol del trópico y Cordillera) tratan, en un contexto americano, el tema clásico de la pérdida y recuperación del Paraíso. En Sol del trópico el mundo primitivo presidido por el sol se ha perdido, aunque se ansia recuperarlo. En Cordillera este Paraíso americano está ya recuperado o, por lo menos, en vías de recuperación. Es la actualización de una esperanza. Actualización poética desde luego, anticipación tan sólo, pero que no puede menos de regocijarnos si pensamos que la misión de los vates, de los poetas es la de vaticinar.

Y entre tanto este vaticinio se realiza, nosotros, chilenos dispersos en tierras extrañas, «piedras hondeadas», «gajos pisados de vid santa» no haríamos mal en repetir estos versos llenos de esperanza de nuestra gran poetisa:

Como racimos al lagar
volveremos los que bajamos,
como el cardumen de oro sube
a flor de mar arrebatado
y van las grandes anacondas
subiendo al silbo del llamado.


Notas:

1. Las citas provienen de la edición Losada, Buenos Aires. 1975.

2. No puedo menos de transcribir aquí algunos párrafos de Luis Oyarzún en relación con el problema que voy tratando. Luis Oyarzún es, a mi juicio, uno de los que mejor y más profundamente han comprendido la poesía de Gabriela Mistral:

«Cada percepción, podrá decirse, tiene un contenido trascendente, si es llevada hasta el fin. Así aparecen, realmente vividas y vistas, en la poesía de Gabriela Mistral, las substancias más próximas. «No hay poema en el cual la substancia de las cosas no esté presente», dice Valéry. cuando hace notar la rara intimidad con la materia que expresa la obra de la poetisa. Recuérdense los poemas Pan, Sal, Agua, Cascada en sequedal. El aire, en Tala. Mas no es propiamente una penetración en la materia la que realiza Gabriela Mistral en estos versos sino un ahondamiento en la experiencia espiritual de las cosas físicas...

»... ¿En dónde reside el misterio de un pan lleno de alma si no en su humanización lograda?

»El pan, el agua, la sal, el aire, la luz, las alondras, la montaña, las frutas, el fuego, la casa, la tierra son, entre muchos otros, los testimonios de un alma que llega a un deleite puro en el contacto con las cosas más simples, esas mismas cosas que poseen algo de santo por la ternura humana que palpita en ellas.»

(«Gabriela Mistral en su poesía», en Temas de la cultura chilena, Editorial Universitaria. Santiago de Chile, 1967.)


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03