Carlos Martínez C

Carlos Martínez, ex-vicerrector Sede Valparaíso de la Universidad de Chile

4 y 7. Contesto juntas estas preguntas, pues me parecen muy ligadas entre sí, dado que tocan los conceptos de misión universitaria, el impacto de ésta en el cambio social y, por otra parte, la idea de democracia universitaria. Me parece que tales conceptos constituyen, en su interrelación recíproca, uno de los puntos más apasionantes dentro del debate actual sobre el problema de la educación superior en el mundo.

Sin embargo, antes de entrar en materia, me parece interesante una aclaración previa. Muchas personas --y muchos autores-- hablan de misión de la universidad refiriéndose en realidad a otra cosa, más bien a las que son las funciones de ésta propiamente tal: la enseñanza superior y, según los casos, también la investigación, la extensión, la conservación, la creación artística y otras. En el texto del cuestionario, se plantea la idea «de servir al cambio social» como un aspecto de la misión de una universidad. No siendo experto en lingüística no me corresponde hacer un análisis en esta materia, sin embargo considero pertinente que aclaremos previamente nuestro lenguaje para evitar confusiones. Personalmente pienso que el más adecuado es el sentido que en el proceso de Reforma les dimos a los términos «función» y «misión» (que es el que Uds. emplean): el primero se refiere a las que son las actividades propiamente académicas, de las cuales la enseñanza superior es la única que no puede faltar, ya que es la que le da su especificidad a la universidad y, el segundo, es el que expresa los grandes objetivos que se quiere alcanzar con un determinado modelo de universidad, objetivos que, estrechamente relacionados con la región y la nación, se alcanzan en el campo de la ciencia, la tecnología, el arte y la cultura en general. Digamos, como ejemplo, que la universidad fascista de la Junta Militar, manteniendo las mismas «funciones» de la universidad anterior, presenta no obstante una «misión» que no es solamente diferente sino más bien su antinomia absoluta.

Veamos ahora las preguntas en cuestión. Pienso, en primer lugar, que la universidad chilena no empezó a servir al cambio social sólo con la Reforma, ni siquiera pienso que tal fenómeno haya desaparecido cien por cien en la universidad bajo la Junta Militar. No es un concepto absoluto ni puede analizarse en forma ahistórica. Pero puede transformarse, efectivamente, en una de las características sobresalientes de una etapa universitaria dada en una época histórica y en un medio dados. En la universidad chilena constatamos --como en todas las universidades del mundo hasta el día de hoy-- que ella ha estado más comprometida o menos comprometida con el cambio social (¿reforma?, ¿revolución?) o con el orden establecido (status quo) según han sido las formaciones socio-económicas existentes y en ellas las condiciones del desarrollo y proceso de transformación de los modos de producción y el consecuente estado de la lucha de clases en el momento analizado. En este sentido. sea cual sea el espectro de clases que controle el poder en sus aspectos fundamentales, quienes lo detenten han tratado --y seguirán tratando-- de hacer de la Universidad uno de sus aparatos de dominación ideológica, como así también el principal reproductor de cuadros dirigentes para el modelo de sociedad que impulsan. Sin embargo, simultáneamente, la lucha de clases que se desarrolla en el exterior de las aulas, se ha reflejado --y se continuará reflejando-- en la lucha ideológica que, dadas las características de las funciones universitarias, tiende a desarrollarse en ellas en condiciones privilegiadas. Casi, podríamos decir, pasando a formar parte constituyente de ellas. De allí que, pese a la brutalidad de los militares fascistas, la lucha ideológica que sostienen los sectores antifascistas, aunque disminuida a su mínima expresión, no desaparece completamente en la Universidad chilena y, latente, tiende a expresarse de diversas maneras ocultas, semi-ocultas y, cada día que pasa, menos ocultas. Así, pues, la Universidad en los campos en que se desenvuelve y a través de las funciones que le son propias, va siempre a oscilar entre la misión de servir al orden establecido, apoyando la estabilidad de éste, y la misión de servir al cambio de sociedad. En cada caso, afianzando ideológica, científica y técnicamente a los factores que están, ya sea por el modelo vigente, o ya sea por un nuevo modelo de sociedad. El factor decisivo de una u otra tendencia no es, por supuesto, la propia Universidad, sino más bien la correlación de fuerzas vigentes en el medio social en el cual ella actúa. La acción de la Reforma ejerció en Chile sobre la actividad universitaria entre los años 67 y 73, que desarregló en buena medida el esquema de clases --y de poder académico-- hasta ese momento existente, fue posible gracias al proceso que se desarrollaba en el exterior de la vida académica y que culminó con el Gobierno Popular el que, a su vez, dialécticamente, se beneficiaba en su política con la correcta aplicación de los principios de la Reforma. La política fascista de gobierno de la Junta Militar, así como el modelo fascista de universidad puesto en práctica, no son otra cosa que un esfuerzo extremo y desesperado --criminal en su ejecución-- por retrotraer la sociedad --y las universidades-- a condiciones de clase muy anteriores, favorables a quienes realmente promovieron y dirigieron el golpe de Estado de 1973. La solución fascista pasó por el aplastamiento de todo signo de democracia y de libertad académicos y por el desmantelamiento humano, material y presupuestario de las universidades. Es evidente que, por el momento, el imperialismo y los monopolios nacionales no precisan de universidades. Han preferido un remedo de ellas, que les es favorable por omisión, que aceptar la universidad anterior --auténtica a pesar de todo-- que habría continuado a serles hostil sólo por presencia.

Y he aquí el otro aspecto planteado por las preguntas: la democracia y la libertad académicas. Sin duda que en la medida en que la lucha de clases permita en el país un desarrollo democrático generalizado, éste se expresará de manera importante en el avance particular de la democracia y la libertad en las universidades y, por consecuencia directa, en una mayor facilidad para que la lucha ideológica germine por todas partes en las aulas: una vez alcanzada tal situación, la Universidad deja de ser un instrumento dócil al poder establecido y se transforma insensiblemente en un agente cultural receptivo a las contradicciones más profundas de la sociedad en cuestión y, por lo tanto, capaz de formular respuestas que en muchos casos llevarán, implícitas o explícitas, hipótesis de transformación y cambio social como condición esencial a la resolución técnica de los problemas que en ese momento aquejan a la población. Es por eso que es difícil separar las ideas de misión universitaria, de su acción en el cambio social y de las condiciones de democracia y libertad académicas. Y a mi juicio es difícil separarlas, sea que se trate de una sociedad predominantemente capitalista como de una sociedad predominantemente socialista, por la muy sencilla razón de que esta última seguirá también presentando en su seno contradicciones, que aunque algún día serán no antagónicas ni irreconciliables, será sin embargo necesario superar. Aunque estoy convencido de la necesidad de combatir el fascismo y el imperialismo en todos los frentes de lucha --y esto y, por lo tanto, por dificultar su existencia una vez derrotados, impidiéndoles usufructuar de los nuevos niveles de la democracia y de la libertad que se conquisten-- sigo también convencido que en la marcha hacia y por el socialismo debemos no sólo aceptar, sino crear las condiciones de democracia y de libertad adecuadas para que en las universidades encuentre su cauce natural la lucha ideológica no antagónica ni irreconciliable. Porque en tanto lucha, combate al fin, ésta debe aportar al desarrollo cultural, científico y tecnológico del país --y así también a su avance político y social-- el rico fruto del debate pluralista, democrático y libre entre tendencias que visualizan vías, velocidad y sentido diferentes del desarrollo de la sociedad chilena.

5. En los medios universitarios nos encontramos a menudo con fervientes defensores y con implacables detractores de la «Reforma» de los años 67-69. Diversas circunstancias llevan a ello y tocan a la forma en que el proceso afectó a las personas y a los grupos, a sus actividades, a sus posiciones, a las relaciones con las regiones, etc. Sin duda que toca esencialmente a los enfoques políticos de universidad y sociedad. En lo que a mí concierne, no soy ni defensor ni detractor absoluto de ella. La considero una expresión más del gran proceso de liberación y democratización nacional que vivió el país en la década del 60 hasta septiembre del 73 y luché y trabajé por ella en tanto chileno y universitario comprometido en esa gran batalla. A medida que pasa el tiempo veo con más y más precisión cómo --guardando las diferencias específicas-- en el proceso de Reforma se reflejó el proceso político que se desenvolvía a escala nacional. Tal como este último, la Reforma fue una experiencia profundamente positiva en sus rasgos fundamentales, aunque surcada en su interior por contradicciones gravemente antagónicas, y jalonada de errores de todo tipo de parte de quienes la sosteníamos. Ella fue también, en fin, testigo de la gran conspiración urdida por el fascismo contra el pueblo de Chile y sus instituciones más avanzadas, conspiración con la cual colaboraron no pocos que pasaron de victimarios a ser después víctimas.

La Reforma fue posible gracias a un consenso muy extenso en las fuerzas políticas chilenas. Ciertas transformaciones, postuladas por algunos sectores del capital chileno, desarrollista y modernizador, en especial aquéllos más ligados con la industria y el comercio monopolista, coincidieron con algunas sostenidas por los partidos y sindicatos de la clase trabajadora. Ganada la presidencia de la República, en 1964, por los primeros, agrupados alrededor del Partido Demócrata-Cristiano, es comprensible que hayan impulsado la Reforma Agraria, la Reforma Educacional y la Reforma Universitaria entre otras medidas de las más conocidas y, constreñidos a aumentar su base popular, hayan ensayado lo que se llamó la «chilenización» de la gran minería del cobre. Aunque ninguna de tales «reformas» correspondía a la manera como las fuerzas de la clase trabajadora más decididamente revolucionarias y sus aliados concebían los cambios, no era menos cierto que en cada una de ellas había un poco de lo que éstas planteaban en sus plataformas de lucha. Hubo entonces grandes enfrentamientos, pero hubo también consensos.. Uno de estos últimos se dio en las universidades chilenas: la Reforma de los años 67-69. En ese instante, tanto la DC y otros sectores de centro, la UP y sectores de extrema izquierda, coincidieron en la necesidad de asumir el poder universitario que. en importante medida, estaba en las manos de la extrema derecha y de sus acólitos. Crearon así en las universidades nuevas condiciones, superiores, de democracia interna y libertad académica. En 1973 había cinco Rectores DC, dos UP y uno de derecha. Las coincidencias consistían, en primer lugar, en un común anhelo de democracia, sobre todo de participación, de ruptura de los cacicazgos, de modernización, de superación de la universidad profesionalizante, de descentralización, de desarrollo científico y de diversificación de la docencia, etcétera. Coincidencia, en segundo lugar, en la medida en que la DC y la UP, aunque con muy diferentes objetivos, consideraban indispensable una modificación sustancial en las políticas universitarias vigentes.

Así se produjo la Reforma. Reforma muy moderada en los primeros tiempos (67-70) y mucho más radical en los últimos tres años (71-73). Como en todo proceso de democratización, en su nacimiento hubo errores y a menudo un descenso en lo que podríamos llamar el nivel medio académico. Era normal, se iniciaba la gran tarea de una universidad de masas para una sociedad de masas y era imposible, en los primeros años, mantener los niveles medios de las universidades anteriores, de élites, concebidas para una sociedad de privilegiados (lo que los fascistas gustan de llamar su «universidad de selección»). Lo que, no obstante, no fue obstáculo para que en los campos tradicionalmente más avanzados tuviéramos éxitos notables. Con la Reforma el país pudo comenzar, por primera vez en su historia, a formar sus propios doctores en algunas especialidades en ciencias exactas y naturales, y se crearon las carreras para científicos, las licenciaturas, que abrían las puertas de la universidad a los jóvenes que deseaban dedicarse profesionalmente a la ciencia. Se iniciaron decenas de nuevas experiencias: un Gobierno universitario con participación real de la comunidad universitaria; una integración estrecha de la docencia y de la investigación o de la creación artística, según el caso; una gran apertura a toda la juventud e incluso a los trabajadores adultos; un ensayo de relación orgánica entre las actividades académicas y las actividades de la producción y del servicio; nuevos métodos de organización docente menos profesionalizante y más flexibles y científicos; nuevos métodos de administración. En fin, fue una época en que no hubo esfuerzo que no se intentó con el objeto de elevar la universidad a más altos niveles de excelencia y eficiencia académicos, pero a la vez en una práctica más democrática y más ligada y comprometida directamente con el proceso de desarrollo nacional. Por supuesto, hubo también faltas muy graves. Errores de concepción estructural, por ejemplo, que dificultaron el ejercicio eficiente y rápido de la democracia universitaria. La integración de la docencia y de la investigación produjo a veces debilitamientos serios de la segunda. La falta de especialistas y de recursos entrabó gravemente algunos procesos de planificación y de administración de la enseñanza. El crecimiento cuantitativo fue más rápido y demoledor que el crecimiento cualitativo en varios sectores. No faltaron los actos penosos de sectarismo y de mediocridad tanto de un lado como del otro. Y al final, la desestabilización planificada y programada...

De la Reforma --y llamo así el proceso 1967-1973-- sigue vigente lo esencial de su espíritu, el cual sigue siendo válido para nuestra concepción de la nueva universidad post-fascista. Las condiciones serán otras, la aplicación práctica de aquel espíritu también. Ojalá un nuevo consenso, que no es claudicación para nadie, más largo y fructífero que el anterior, facilite la tarea de todos.

6. Estimo que la afirmación tiene validez, en la medida en que estoy convencido que la enseñanza universitaria arriesga, gravemente, de perder su calidad de función educadora y formadora de la juventud en los niveles superiores, si no está estrechamente vinculada a un proceso orgánico y sistemático --continuado por lo tanto-- de búsqueda, reflexión y creación intelectuales que la nutra y le permita desarrollarse, enriquecerse y a lo menos actualizarse en lo que es el avance de la civilización --en general y en el campo objeto de aprendizaje-- en cada momento dado y, muy especialmente, en lo referente a su propio medio nacional.

Durante la Reforma proclamamos algo que pienso sigue válido: la necesidad de integrar en la actividad universitaria la enseñanza superior, la ciencia y la cultura, estas dos últimas en su acepción más dinámica de investigación científica y de creación en todas las áreas del saber. Calificamos peyorativamente de «profesionalizante» el quehacer universitario en el cual la enseñanza superior se bastaba a sí misma y no realizaba simultáneamente investigación científica, ni mantenía ningún tipo de contacto significativamente valedero con aquella que se realizaba --en las áreas de su dominio-- en otros institutos. Enseñanza practicada por personal docente que, en general, dedicaba la mayor parte de su tiempo a ejercer su profesión en el exterior, conforme al esquema clásico en que predomina el sentido comercial, privado, individualista y estrecho de las Ordenes, Colegios o asociaciones profesionales, incomunicadas y hostiles entre sí y ajenas a toda inquietud real en torno a la revolución científico-técnica y a la investigación profunda de la realidad nacional en su campo profesional. El modelo fascista de universidad retoma hoy drásticamente de nuevo este criterio profesionalizante, al desmantelar la investigación científica y al cerrar una gran parte de las escuelas o carreras que se salían de las profesiones clásicas.

Es importante agregar, en torno a la tríada mencionada, que ella es habitualmente interpretada, cuando se refiere a la investigación, como exclusivamente ligada a la ciencia y a la tecnología, dejando de lado la mayor parte de las artes. Muy por el contrario, pienso que en una política de educación y formación superiores concebida en función de las reales necesidades culturales de la sociedad, no se puede dejar parcial o totalmente marginadas a las artes. De allí que la enseñanza artística debiera estar comprendida, con iguales deberes y derechos en la docencia superior y, consecuentemente con la idea de Ortega que comparto, programar y desarrollar junto a ella la investigación científica en el campo de las artes y la creación artística propiamente tal. Estimo que la tradición universitaria chilena, de acoger en su seno la enseñanza y la creación artística facilitará, una vez superada la situación actual, que el progreso artístico chileno, volviendo a Chile y a sus Universidades, retome el ritmo extraordinariamente positivo que había adquirido en los últimos decenios.

Por último, en lo que no estoy en absoluto de acuerdo, es en lo relativo a esa función académica llamada «extensión»». Paliativo demagógico de la universidad tradicional de clase, profesionalizante y elitista, al margen de los grandes dramas de la nación y del mundo, las actividades de extensión pretenden entregar, bondadosamente, una cultura simplificada, pre-digerida, a una población que no ha tenido ninguna posibilidad cierta de llegar a la educación superior. Rechazo tal actividad como propia de una universidad. Rechazo su calidad de función académica. Es cierto, obviamente, que la Reforma no imaginó una función de extensión en los términos en que yo la describo, tal como se realizaba en lo que llamábamos la vieja universidad. La Reforma dijo que «la extensión debía ser una función universitaria esencial, obligatoria, permanente e integrada al quehacer de todo universitario» (1). Más, el error estuvo en que se habló de «una función universitaria», lo que nos llevó a crear «comisiones de extensión» y a llamar «extensionistas» a los que la practicarían preferentemente. Fue un grave error que produjo muchas desilusiones y problemas. No cabe duda que es a través de un nuevo enfoque de la docencia, de la investigación y de la creación artística --las funciones académicas auténticas-- que vamos a cumplir «la tarea por medio de la cual la universidad se interrelaciona crítica y creadoramente con la comunidad nacional» (2). Cuando estudiantes, docentes, investigadores y artistas universitarios desarrollen sus actividades en un contexto nacional y académico, de profunda interconexión con la población y con la producción en todos sus sectores, es decir, cuando los modelos de sociedad y de universidad conciban como fundamentales las relaciones universidad-trabajo, en donde práctica teórica y práctica productiva se alimenten mutuamente, entonces. aquello que alguna vez llamamos extensión, bien entendida y bien practicada, pasa a ser no una nueva función académica en el sentido que la entendemos normalmente, sino simplemente una nueva práctica de la docencia, de la investigación y de la creación artística: una nueva práctica académica en una nueva práctica social que hace de la universidad, no un «templo del saber» destinado a unos pocos personajes de «selección», sino el lugar donde la ciencia, la tecnología y el arte, en sus máximos niveles de excelencia abordan, en estrecho contacto con la vida auténtica del pueblo, la búsqueda de soluciones a los problemas que enfrenta la nación. Es el concepto, si se quiere, de universidad «extendida», abierta más bien, en su totalidad orgánica y en sus más altos niveles. No en una función especial separada de las otras y a gotas. No dando benévolamente, sino más bien recibiendo. Y recibiendo lo más importante que precisa su tarea de creación intelectual: la experiencia de la práctica social, en sus fuentes, en todas sus expresiones, directamente asentada en la realidad del medio.

10. Estoy convencido que la caída del fascismo en Chile no está muy lejana, y estoy convencido, por lo tanto, de la necesidad de emprender cuanto antes una meditación global sobre el futuro de nuestras universidades. Es una tarea que --exiliados o no-- los universitarios debemos encarar ahora: definir una plataforma básica común a todos los antifascistas, que nos ayude a evitar en el momento del cambio errores irreparables, y que muestre cuan falsa es la teoría de los hombres del régimen fascista cuando afirman que después de su «orden» vendrá el «caos».

Después del fascismo --como lo señala Luis Corvalán en un párrafo de su informe al último Pleno del PC chileno-- nada será en Chile igual a como era antes. La Universidad será, desde luego, profundamente diferente a lo que es bajo el fascismo, pero no puede ser idéntica tampoco --porque nosotros habremos aprendido muchas lecciones-- a lo que fue en el período de la Reforma.

Creo que las grandes tareas que surgirán para las universidades no se apartan de los grandes objetivos generales comunes al Chile post-fascista. Creo que en el caso de ellas, las líneas dominantes deben ser las siguientes:

1) Superar las lacras del fascismo en la vida académica y coadyuvar a conseguir otro tanto en el conjunto de la educación y de la vida cultural.

2) Aportar al cambio social, mediante la acción por erradicar la dependencia y el subdesarrollo cultural, científico y técnico, males que han sido agravados al extremo por el fascismo. 3) Esforzarse por alcanzar los niveles de excelencia académica y de eficiencia en la organización institucional, necesarios para enfrentar los dos grandes desafíos que hoy se plantean junto a la revolución y el cambio social: la revolución científico-técnica y la revolución cultural, articulando y facilitando esta última el desarrollo de las dos primeras.

En un documento redactado en Santiago, en 1975, se señala que «en Chile el arte aparece como un adorno innecesario e inútil, la ciencia como una inversión no rentable, la actividad intelectual francamente sospechosa y las universidades como focos conspirativos». Esta realidad muestra cuan objetivas son las tareas que competen a la Universidad, y aunque los cambios que ésta pueda propugnar es evidente que están condicionados a los cambios y a las condiciones exteriores generales, nuestra lucha comienza desde ahora por restablecer una nueva Universidad que retome los principios de autonomía, de democracia y de pluralismo ideológico, junto a la libertad de cátedra, de investigación y de creación artística.

Sin el ánimo de ser exhaustivo deseo, por último, señalar algunos problemas que ninguna política universitaria futura puede olvidar en las circunstancias de un cambio político decisivo.

El primero está ligado a lo que se ha dado en llamar «éxodo de cerebros» y «apagón cultural», denominaciones un tanto eufemísticas puesto que se trata de la acción y los resultados de la represión fascista aplicada a la vida cultural. Creo que una tarea prioritaria es la recuperación para las universidades de los miles de cuadros hoy en el exilio o cesantes en el país. Es una tarea de tal magnitud que, llegado el momento, el asunto deberá ser abordado, en mi opinión, no en forma separada y particular por cada servicio, sino de manera planificada y oficial por el propio Estado, y quizá sí con la ayuda de las Naciones Unidas o la UNESCO.

El segundo problema se refiere a lo que es el objeto de la Universidad: la juventud, la ciencia y la cultura en general. Nuestra lucha debe encaminarse a reivindicar el principio de que la educación --y dentro de ella la educación superior--, la ciencia y la cultura son preocupaciones fundamentales del Estado, el que se hace cargo en sus grandes líneas de su financiamiento y de tomar las medidas de orden nacional para su adecuado funcionamiento y desarrollo. Educación gratuita y política de becas para los estudiantes, y recursos y facilidades para los profesores, científicos y artistas son premisas para una nueva Universidad.

Finalmente, la Universidad chilena como organismo. En contra de lo que muchos puedan opinar, estimo que no es el tipo de estructura y organización el problema esencial, en tanto se den condiciones correctas de libertad y democracia interiores. Un nuevo proyecto de universidad basado en los principios que hemos reseñado, creemos que encontrará, sin grandes dificultades, las estructuras que le convienen y que corresponderán a su misión y a su realidad.

Valga la pena hacer sólo una observación: El proceso de los años 67 al 73 consiguió buenos avances en las estructuras a nivel de cada Universidad. Nada se avanzó en ese momento, sin embargo, en la estructuración del sistema universitario a escala nacional, ni nada ha hecho

tampoco en este terreno la Junta fascista, pese a detentar el poder absoluto. He aquí entones una gran tarea: darle al sistema universitario una estructura nacional que, sin atentar contra el principio de la autonomía universitaria, permita ligar la planificación de la actividad de cada casa de estudios con la planificación general de la educación, la ciencia y la cultura y. además, con la planificación del desarrollo nacional en su conjunto.



Notas:

1. Comisión Nacional de Extensión y Comunicaciones: «Aspectos Doctrinarios y Políticos de Extensión Universitaria». Santiago, U. de Chile. Documentos Universitarios. p. 13, 1970.

2. Ídem