El tiempo del mar perdido

EL TIEMPO DEL MAR PERDIDO

Fernando Moreno Turner

Araucaria de Chile. N 21, 1983.

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En medio de la heterogénea, pero también sistemática descripción con que se inicia El otoño del patriarca (1), surge un elemento que, enigmático en un comienzo ("... los rosales nevados de polvo lunar..., p. 6), encuentra una explicación -todavía limitada- líneas más adelante; "... y más allá de la ciudad, hasta el horizonte, vimos los cráteres muertos de ásperas cenizas de luna de la llanura sin término donde había estado el mar" (p. 7). Por lo demás, esta aclaración había sido antecedida por una primera referencia a la desaparición del mar: "... la máquina del viento [...] para que la gente de la casa soportara la nostalgia del mar que se fue" (id.).

Tales evocaciones del mar perdido, así como la alusión al "polvo lunar" que puede verse en el lugar antes ocupado por las aguas, serán reiteradas -por distintos narradores- a lo largo del texto (2), y constituyen, por un lado, una anticipación de la situación narrativa que será desarrollada mucho más tarde (p. 247) (3) y, por otro, un factor de cohesión interna, una articulación necesaria debido, fundamentalmente, a la complejidad del mundo mentado y a su particular temporalidad.

No son éstas, sin embargo, las únicas funciones que cumplen dichas recurrencias. Una vez conocida la totalidad de la historia se advierte plenamente el carácter multifacético de este elemento. La pérdida del mar aparece entonces como un núcleo que afecta al conjunto de la acción y de sus circunstancias, como uno de los mecanismos sustentadores del universo simbólico representado.

Antes de detenernos en el examen de algunas de las múltiples incidencias significativas de la pérdida del mar, conviene señalar también que, a su vez y desde el punto de vista de las motivaciones del personaje central y de su entorno, la presencia del mar, su existencia, posee una fuerza y una importancia singulares. En efecto, no podemos olvidar que, de acuerdo con lo expresado por el dictador, la obsesión por el mar es una de las causas esenciales de su viaje desde las tierras del interior hacia la costa y es, además, el impulso primordial que lo conduce a la toma del poder:

"... yo que abandoné mis páramos de niebla y me enrolé agonizando de calenturas en el tumulto de la guerra federal, y no crea usted que lo hice por el patriotismo que dice el diccionario, ni por espíritu de aventura, ni menos porque me importaran un carajo los principios federalistas que Dios tenga en su santo reino, no mi querido Wilson, todo eso lo hice por conocer el mar..." (p. 201).

Una vez dueño del país, el patriarca mantiene con el mar una relación privilegiada, un contacto que reviste distintas formas y matices. Desde la casa de los dictadores derrocados o desde las ventanas de la casa del poder, el patriarca observa incansablemente un mar sosegado, límpido, envolvente, vivificante. Un mar que forma parte de ese "mundo del Caribe" que en el mes de diciembre "se volvía de vidrio" (p. 20) y permitía ver "el universo completo de las Antillas desde Barbados hasta Veracruz" (p. 44). Es una "ciénaga dorada" en abril (p. 70) y una "ciénaga florida" en enero (p. 216). Vasto e inmutable, el mar omnipresente irrumpe en el palacio presidencial, no sólo gracias a la presencia de la brisa, sino también mediante su representación en los sueños del dictador: "... y desbordaba la faz de la tierra, y el espacio y el tiempo, y sólo quedaba él solo flotando bocabajo en el agua lunar de sus sueños de ahogado solitario..."' (p. 13). (4)

De ahí que cuando el país ya no puede hacer frente a las exigencias de sus poderosos acreedores, el dictador se resista a entregar lo que ha llegado a ser el único bien de la nación. Pero finalmente debe ceder, amenazado por la intervención directa y la ocupación ("... o vienen los infantes o nos llevamos el mar", p. 247), consumándose así su entrega. De ahí también que, posteriormente, el patriarca esté convencido de que en su cuerpo "ensopado en una materia incesante y salobre" (p. 257) y cubierto en algunas de sus partes por "pólipos y crustáceos microscópicos" (p. 258) se evidencia el regreso del mar.

Es lícito entonces preguntarnos por el sentido que puede tener este episodio de la pérdida, de la entrega del mar. Una situación que, como tantas otras, ya había sido adelantada mucho antes de que conociésemos todas sus causas: "... se pensaba que era un hombre de los páramos [...] por la inconcebible maldad del corazón con que le vendió el mar a un poder extranjero..." (p. 50).

Ya hemos indicado que el episodio admite múltiples interpretaciones. La que mencionaremos en primer lugar proviene de las declaraciones hechas por el propio escritor. En efecto, en distintas oportunidades. García Márquez ha insistido en la función preponderante que los datos anecdóticos, los elementos familiares y otros, adquieren en la configuración de su mundo narrativo (5). Y con respecto a El otoño del patriarca ha declarado que no se trata solamente de una fábula delirante sobre el dictador latinoamericano, sino que, además, el texto forma parte de sus memorias personales: "Cent ans de solitude était écrit á partir des experiences de mes parents et grands parents, des gens que j'avais connus enfant, des choses qu'on m'avait racontées, des legendes et croyances populaires. En revanche, L'Automne du patriarche est un román fondé totalement sur mes experiences personnelles. Mais chiffrées. Si vous voulez, c'est une partie de mes Mémoires". (6)

Y en otra ocasión, con respecto a la pérdida del mar, el escritor indica que "... probablemente todo este episodio del dictador que vende el mar y del dictador que se queda perdido por la falta del mar, corresponde un poco a la historia de la cual hablábamos hace un momento, del muchacho de Aracataca, del muchacho de Barranquilla que a los doce años llega a la ciudad más extraña y más remota que recuerda, que es una ciudad gris, una ciudad cenicienta, una ciudad fría, con tranvías que echan chispas en las esquinas, con hombres vestidos de negro, con calles totalmente llenas de muchedumbre, donde no hay una sola mujer y, sobre todo, donde no hay mar. Yo tengo la impresión de que esa es probablemente una interpretación mucho más correcta de todo el episodio del dictador que vende el mar". (7)

Es indudable que dichas aclaraciones constituyen un elemento de gran interés para entender esta situación narrativa particular, y la novela en su totalidad, desde una perspectiva que podríamos denominar personalizada o biográfica. Permiten explicar la presencia obsesiva de temas y motivos, y su funcionamiento con respecto a la vinculación que puede establecerse entre el mundo mentado, por una parte, y el mundo vivido, por otra. Sin embargo, también es evidente que esta explicación difícilmente puede inferirse de la mecánica interna del texto si desconocemos los pormenores biográficos del escritor. De ahí que, sin olvidar esta primera aproximación, creamos necesario buscar otras significaciones que emerjan, esta vez, de la articulación y cohesión de los distintos factores constitutivos del universo inaugurado por el texto. Por lo demás, otras palabras de García Márquez autorizan esta exigencia: "Las novelas son como los sueños [...] Como los sueños están construidas con fragmentos de la realidad, pero terminan por constituir una realidad nueva y distinta" (8). Una realidad nueva, agregamos, en la que se expresa una cierta actitud frente al mundo. Y en cuanto obra literaria, El otoño del patriarca es una producción que viene al mundo para hablarnos del mundo, de nuestro mundo, de sus angustias y esperanzas, de sus sueños y de sus pesadillas. Y basándonos en los datos entregados por el propio texto intentaremos encontrar y elucidar ese mensaje.

Es indudable que la anécdota de El otoño del patriarca se nutre de la historia. En su universo narrativo podemos rastrear la presencia de situaciones y personajes que han marcado la evolución histórica de América Latina. Baste recordar que en ese extraño y extraordinario mundo del patriarca se menciona la llegada de las tres carabelas y del "almirante de la mar océana", o la visita del poeta Rubén Darío y la presencia de los dictadores en exilio y de los infantes de marina para que tengamos la certeza de la presencia de la Historia. Y es en este contexto que se sitúa el episodio de la venta del mar.

En efecto, constantemente la novela hará alusión a una serie de factores que caracterizarán el reino del patriarca como un país subdesarrollado y dependiente. Aunque a veces desdibujado por los múltiples acontecimientos y la intrincada red verbal, el texto va trazando el retrato de un país agrario, de una nación que es una fuente casi inagotable de riquezas naturales, pero que poco a poco va siendo despojada de ellas:

"... estamos en los puros cueros mi general, habíamos agotado nuestros últimos recursos, desangrados por la necesidad secular de aceptar empréstitos para pagar los servicios de la deuda externa desde las guerras de la independencia y luego otros empréstitos para pagar los intereses de los servicios atrasados, siempre a cambio de algo mi general, primero el monopolio de la quina y el tabaco para los ingleses, después el monopolio del caucho y el cacao para los holandeses, después la concesión del ferrocarril de los páramos y la navegación fluvial para los alemanes y todo para los gringos..." (p. 224).

Se trata de una dependencia política (el dictador "está en el trono [porque] lo sentaron los ingleses y lo sostuvieron los gringos con el par de cojones de su acorazado", p. 29) y económica que va más allá de la mera concesión o venta de las fuentes indispensables para el desarrollo, puesto que las grandes potencias no vacilan en pasar a la acción directa si el deudor no puede o no quiere cumplir los compromisos contraídos con las compañías extranjeras, sin olvidar, por cierto, las intervenciones realizadas con el acuerdo y bajo la petición del propio gobernante (cf., por ejemplo, pp. 117, 225).

Fuente de degradación y de despojo, el saqueo alcanza las características de un monstruo insaciable. Su labor invasora y destructora finalizará sólo cuando haya terminado la operación de entrega completa de los recursos nacionales: se concede al embajador Warren el "derecho de pesca sin límites de las naves de su país en nuestras aguas territoriales" (p. 109), y al embajador Traxier el "derecho de la explotación vitalicia de nuestro subsuelo" (p. 225).

Las citas anteriores resumen de manera adecuada, en lo fundamental, lo que ha sido la historia de América Latina. Una historia de continuo despojo, la paradójica situación de las naciones subdesarrolladas que son también exportadoras de capital. De este modo, así como resulta difícil establecer una relación precisa entre la figura del patriarca y la de un dictador "real" -pues en verdad contiene a muchos de ellos- así también el saqueo presentado en la novela no alude directamente a la situación de un país determinado, sino a un conjunto de ellos. Azúcar, caucho, cacao, algodón, café, plátanos, salitre, cobre, estaño, hierro, petróleo, son riquezas que han pasado a manos de las potencias y las compañías extranjeras, constituyen el

aporte impago de la tierra latinoamericana al poderío económico extranjero. (9)

Y la venta del mar constituye el último eslabón de la continua y constante cadena de expoliación: "... este país no vale un rábano, a excepción del mar, por supuesto, que era diáfano y suculento...", dice el embajador Roxbury (p. 242). Para mantenerse en el poder y evitar una nueva intervención extranjera el patriarca concede entonces "el derecho de disfrutar de nuestros mares territoriales en la forma en que lo consideren conveniente a los intereses de la humanidad y la paz entre los pueblos..." (p. 249). La situación es ahora tan trágica como irreversible. Ya no se trata tan sólo de disponer del mar, sino también de su conversión en un objeto de consumo y, por ende, de la apropiación y del traslado de ese objeto hacia los territorios del nuevo propietario:

"...se lo llevaron en piezas numeradas los ingenieros náuticos del embajador Edwing para sembrarlo lejos de los huracanes en las auroras de sangre de Arizona, se lo llevaron con todo lo que tenía dentro, mi general, con el reflejo de nuestras ciudades, nuestros ahogados tímidos, nuestros dragones dementes..." (p. 248).

"...pero nunca me pude imaginar que eran capaces de hacer lo que hicieron de llevarse con gigantescas dragas de succión las esclusas numeradas de mi viejo mar de ajedrez [...] se llevaron todo [...] y sólo dejaron la llanura desierta de áspero polvo lunar..." (p. 249).

Es obvio que un acontecimiento de esta naturaleza aparece, en sentido literal y como tantos otros hechos en la novela como algo inverosímil e increíble. Dejando de lado el hecho de que en esta descripción aparezcan los rasgos característicos de las posibilidades modernas de la técnica, este suceso sorprendente adquiere sentido funcional dentro de los límites de la imaginación poética hiperbólica predominante en el texto. Pero también es cierto que si se intenta interpretar la imagen, vinculándola con el contexto de la dependencia al que hemos aludido, surgen una serie de analogías y significaciones.

Hay varios trabajos críticos que, desde este punto de vista, presentan una interpretación del episodio de la venta del mar. Así, para Graciela Palau se trata de una versión alegorizada de ciertas situaciones ocurridas realmente en la República Dominicana; se estaría aludiendo en el texto a las maquinaciones de los caudillos dominicanos Pedro Santana y Buenaventura Báez que estaban dispuestos a vender el país al mejor postor: "Santana anexa la República a España; Báez negocia un empréstito de banqueros ingleses en 1869; la bahía de Samaná, al noroeste de la isla, en el Atlántico, se convierte en botín. Durante su gobierno provisional (1866), el general Cabral propone compartir con los Estados Unidos la soberanía de las aguas de la bahía a cambio de su defensa. Báez propone después la anexión del país entero para salvarse de la ruina" (10). Más tarde, bajo el gobierno de Ulises Hereux, la bahía y la península de Samaná siguen siendo el botín con que se tienta a las potencias extranjeras. Sabemos, además, que posteriormente los infantes de marina estadounidenses ocuparán el país y que luego se iniciará la conocida "era de Trujillo".

Por su parte, Gonzalo Celorio propone otra versión de la pérdida del mar. Dice este estudioso que "...no es sólo una imagen hiperbólica, sino también, y más que nada, una alegoría: su vínculo con la realidad latinoamericana es dramáticamente estrecho. Es el caso, huelga decirlo, de Bolivia, que habiendo tenido acceso al mar se ve de pronto despojada de su presencia física -no sólo económica- al replegar sus fronteras por conflictos internacionales en los que no dejó de meter primero sus narices y luego el cuerpo entero el imperialismo norteamericano". (11)

El investigador Manuel Maldonado Denis entrega, a su vez, un sentido distinto. Indica en su estudio sobre El otoño del patriarca que para los portorriqueños la descripción de ese despojo de las riquezas marinas no puede provocar una sorpresa demasiado grande y que la desproporción y la hipérbole resultan finalmente atenuadas porque se trata de un suceso que todos sus compatriotas conocen. Y se pregunta: "No era acaso eso mismo lo que se pretendía hacer con la construcción de un superpuerto en nuestras aguas territoriales? De otra parte, si el mar es contaminado, minado y despojado de toda riqueza mineral, vegetal y animal, si éste no nos pertenece, sino que forma parte de las aguas territoriales de la metrópoli, no es acaso la entrega del mar?". (12)

Todas estas opiniones nos parecen válidas y coherentes. Y no porque queramos adoptar una posición difusamente ecléctica, sino porque del mismo modo como el despojo de las riquezas básicas que nos presenta el texto puede ser resentido por un número considerable de naciones, este episodio de la venta del mar puede ser comprendido desde distintos puntos de vista si se toman en cuenta las realidades semejantes que han marcado la Historia latinoamericana. Por esto creemos que la alegoría no puede ser exclusiva, sino que, desgraciadamente la realidad lo comprueba, ésta incluye al mismo tiempo todas aquellas situaciones en que diferentes países se han visto despojados del mar. Hasta tal punto que incluso podríamos incorporar a este conjunto de interpretaciones lo sucedido en Panamá. Recordemos que en la zona que por entonces pertenecía a Colombia se planeó construir un canal interoceánico. Las malas gestiones y los escándalos políticos condujeron al desastre a la compañía encargada de su realización. Los Estados Unidos se convierten en compradores de la concesión y de las maquinarias, pero Colombia se niega a ratificar un tratado que estipulaba el arriendo -la entrega- de una franja territorial. Un alzamiento -dirigido y fomentado por agentes de la compañía- proclama la República Independiente de Panamá y el 18 de noviembre de 1903 se firmaba un acuerdo: "A cambio de la concesión perpetua de una zona de diez millas entre la capital de la nación y su principal puerto atlántico, Estados Unidos concedía a Panamá un subsidio anual y "garantizaba su independencia" (13). Esta podría ser también otra variante, desde la perspectiva adoptada, del episodio de la venta del mar.

Pero pensamos que el plano interpretativo puede ser ampliado todavía más. Si consideramos que el mar aparece como un leit motiv a lo largo de la intriga evocada por el texto, que se convierte en una de las preocupaciones obsesivas del patriarca, si tomamos en cuenta la nostalgia y la impotencia desgarrada expresada por los narradores que evocan ese mar (p. 50, por ejemplo), no nos parece absurdo proponer que éste adquiere no sólo un carácter globalizador y representativo de todas las riquezas naturales del país, sino que también contiene los rasgos definitorios de una identidad y de un origen, los aspectos típicos de lo fundamental, de lo propio y peculiar. De este modo, la venta del mar podría significar la pérdida del origen y de la identidad, correspondería a la situación de alienación, a la situación que conocen los países latinoamericanos que no han perdido solamente sus riquezas básicas, sino que, además -y por causa de lo anterior- su independencia y autonomía, en la medida en que estos factores son la expresión de la potestad legítima e inalienable para decidir sobre sus propios destinos.

Sin embargo, aunque aceptamos plenamente el carácter sincrético de esta obra de García Márquez, aunque vemos en este episodio de la pérdida del mar una suerte de compendio de los despojos de los que han sido objeto los países latinoamericanos (así como el texto en su integridad puede ser considerado un compendio poético de la Historia latinoamericana y de sus dictaduras), creemos que la correlación histórica no lo explica todo y que resulta necesario integrar todos los elementos dentro de otro sistema que pueda englobar un mayor conjunto de posibilidades significativas. Es así como la especial configuración del personaje, de su tiempo y de su mundo, e incluso la presencia de una serie de indicios de distinta índole, nos pueden conducir a la detección de otro nivel de intelección estética: el que se refiere al universo del mito. De este modo, intentaremos, brevemente, incluir algunos aspectos vinculados con la pérdida del mar dentro de un marco de naturaleza distinta pero que, sin embargo, no se aleja de la Historia, sino que la configura y la integra. En diversos niveles, a veces en estrecha conexión con la Historia, el Mito, que funde y confunde aspectos de diverso origen y factura, caracteriza al personaje y a su entorno.

Ya hemos indicado que en el interior de las situaciones narrativas textuales aparecen una serie de sucesos que pueden equivaler a acontecimientos verificados en la Historia de Latinoamérica. Pero estos elementos aparecen diseminados e inmersos dentro de un conglomerado de anécdotas íntimas, familiares y sociales del universo del patriarca, un universo cuya historia, como sabemos, está regida por eras (la del cometa, por ejemplo). Además, los episodios "históricos" no siguen una progresión temporal, sino que se presentan de acuerdo con las coordenadas fundamentales que corresponden a la expresión de un tiempo donde todo coexiste, de un tiempo detenido, que es el tiempo del Mito. Por otro lado sabemos que el país del patriarca, hecho a su imagen y semejanza, aunque presenta aspectos reconocibles de distintos espacios concretos, no puede ser identificado con algún país en particular. También sabemos que posee una ubicación privilegiada que lo convierte en una suerte de axis mundi. Situado en algún lugar del Caribe y las Antillas, es para América Latina un lugar de origen y génesis, pues allí comenzó su irrupción en la Historia con respecto al resto del mundo. Tierra de utopía, antes imaginada que conocida, América Latina se "funda" un viernes de octubre: el texto sitúa el país del patriarca en el lugar de esa fundación. El mito no es otra cosa que el relato de la fundación y los orígenes.

En relación con el patriarca, podemos decir que su figura está construida con una serie de características que permiten relacionarla con un grupo de dictadores que ha conocido el continente y que podrían haber servido de "modelo" para la realización literaria (14). Pero también advertimos que el personaje aparece asociado con una serie de creencias, leyendas y supersticiones (pp. 49, 129, 169, por ejemplo). Es un hombre mesiánico, capaz de hacer milagros (pp. 51, 90, 104, 247), omnipresente e indispensable (pp. 158, 184, 199, 233), una suerte de arquetipo en el que parecen converger las tendencias y demandas espirituales de la colectividad, y que conoce los períodos cíclicos de renovación; es también un personaje mítico. (15)

Y la presencia y la pérdida del mar funciona en el interior de esta zona de confluencia y de interrelación entre el Mito y la Historia que se verifica en los distintos niveles textuales. Constituye, en primer lugar, la meta que nuestro héroe debe alcanzar luego del penoso itinerario, del viaje de iniciación que supone su periplo del interior hacia la costa. Pero como el dictador es más bien una suerte de antihéroe mítico, una vez alcanzado su objetivo no realizará una labor civilizadora, sino destructora. Una tarea de destrucción sistemática que culmina con la pérdida del mar, hecho que, además de las connotaciones históricas ya mencionadas, participa de la simbolización del Mito. En efecto, si para la imaginación mítica el agua, el mar, es símbolo de muerte y de vida, de disolución y de retorno a lo inorgánico, es efectivo además que, según nos informa Northrop Frye, uno de los signos característicos del apocalipsis lo constituye la desaparición del océano. (16)

El tiempo del mar perdido es entonces el tiempo del continuo despojo del continente, también el tiempo del apocalipsis. Pero no se trata del apocalipsis, de la destrucción de todo el mundo, sino del derrumbe del mundo mítico que ha instaurado y en el que participa el dictador. El episodio de la pérdida del mar aparece como uno de los puntos culminantes del proceso lento pero inexorable que conduce al aniquilamiento del mito, de la base mesiánica y milagrosa que sustenta al patriarca y a su poder. Lentamente, a través de la constatación de las falacias de la milagrería (pp. 151, 156, 158), a medida que quedan los engaños al descubierto (pp. 228,229) y que se constata la falsedad de los pronósticos y augurios (122, 195, por ejemplo), se produce en el texto un proceso de desmitificación, de pulverización de los mitos y del mito. Inapelable e irrecusablemente, todas las creencias, las supersticiones, se van desmoronando. La degradación va envolviendo al mundo del dictador, a los personajes vinculados con él, a sus actos. Incluso, el deseo del patriarca -manifestado a través de sus sueños de "ahogado solitario"- de reingreso en la materia originaria se cumple de acuerdo con estas pautas de degradación. Porque el regreso del mar que se manifiesta en su cuerpo es una versión corrupta de la reintegración en la materia primigenia. Nacido en medio de la fetidez y la podredumbre, el patriarca regresa a su putrefacción original (pp. 135, 257, 258). (17)

Y cuando el dictador acepta la pérdida del mar, pretende movilizar al pueblo para que proteste en contra de la expropiación. Pero la masa anónima es ahora capaz de establecer los limites de lo falso y lo verdadero y permanece inmutable frente a sus requerimientos ("... pero nadie hizo caso mi general, no quisieron salir a la calle ni por la razón ni por la fuerza...", p. 248). La pérdida del mar es entonces el factor desencadenante de esta toma de conciencia y por ende, del comienzo del fin del mito. Una vez comprobada la muerte del dictador, el pueblo vive un lunes "histórico" (p. 7), no solamente porque ha sucedido un gran acontecimiento, sino además porque es el síntoma de lo que puede ser el despertar hacia una nueva era, el término del tiempo del eterno retorno, del tiempo de la dependencia, el fin de la historia de la alienación.

La muerte del patriarca, el derrumbe del mito nos enfrentan con un vacío que espera ser llenado, invitan a romper definitivamente el círculo. Historia y Mito se conjugan para entregar la imagen de una realidad que, aunque maravillosa, es amarga, caduca y dolorosa. Una realidad que espera, de una vez por todas, ser sustituida. Sustituida por el advenimiento de una nueva época, en la cual serán los pueblos los sujetos de su propia historia, de una historia auténtica; siempre y cuando puedan y sean capaces de construirla.

1. Gabriel García Márquez: El otoño del patriarca. Plaza & Janes, S. A. Editores, Barcelona, 1975, 271 pp. Todas las citas remiten a esta edición. En el texto nos limitamos a indicar la(s) página(s) correspondiente(s). Los subrayados son nuestros.

2. Por ejemplo, en las páginas 9, 11, 50, 90, 130, 175, 187, 202, 214, 221, 234.

3. De hecho, todo el texto de la novela está construido sobre la base de anticipaciones -relativas, por cierto-: todo ya ha sucedido y el narrador irá completando poco a poco las diversas situaciones que en un primer momento sólo se limita a mencionar sin mayores comentarios.

4. Otras alusiones a sus sueños de ahogado solitario encontramos en las páginas 191 y 253.

5. Recordemos su afirmación: "Yo no podría escribir una historia que no sea basada exclusivamente en experiencias personales". Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa: La novela en América Latina: diálogo. Milla Batres, Ediciones UNI, Lima. 1968, pp. 9-10.

6. "A Bogotá, chez García Márquez" (entrevista de Claude Couffon). L'Express, N 1.332, 17-23 janvier 1977, p. 118.

7. "Gabo cuenta la novela de su vida" (6). Reportaje de Germán Castro Acevedo. El espectador, 21 de marzo de 1977, p. 5-A. En esta misma oportunidad. García Márquez agrega: "Porque además tengo otra impresión, que es la gran trampa en la que pueden caer, no sólo los críticos sino los lectores, es creer que El otoño del patriarca es la novela de un dictador. Si alguien tiene la curiosidad de leerlo con otra clave, es decir, en vez de pensar en un dictador, pensar en un dictador famoso, probablemente el libro resulte mucho más comprensible". En otra entrevista, el escritor insiste en esta idea: "De todas maneras hay un personaje básico en e! dictador, no hay una excepción, el básico soy yo mismo, su propio autor. Pero el dictador a quien más se parece es Juan Vicente Gómez". Gabriel García Márquez: "... Mucho de lo que he contado es la primera vez que lo digo..." (Entrevista.) América Latina, N 1 (25), Moscú, 1980, p. 96.

8. Rosa Castro: "Con Gabriel García Márquez". En Pedro Simón Martínez (comp.). Recopilación de textos sobre Gabriel García Márquez. Casa de las Américas, La Habana, 1969, p. 33.

9. Sobre estos aspectos pueden consultarse, por ejemplo, Eduardo Galeano: Las venas abiertas de América Latina, Siglo XXI Editores, Madrid, 14 edición, 1976: Helio Jaguaribe et al.: La dependencia político económica de América Latina, Siglo XXI Editores, México, 1969; Sergio de la Peña: El antidesarrollo de América Latina, Siglo XXI Editores, México, 1971; Tulio Halperin Donghi: Historia contemporánea de América Latina, Alianza Editorial, Madrid, 1975.

10. Graciela Palau de Nemes: "Gabriel García Márquez, El otoño del patriarca". Hispamérica. N 11-12, Año IV, 1975, p. 178.

11. Gonzalo Celorio: El surrealismo y lo real maravilloso americano. Editorial Sep. Setentas, México, 1976, pp. 140-141.

12. Manuel Maldonado Denis: "La violencia del subdesarrollo y el subdesarrollo de la violencia. Un análisis de El otoño del patriarca de Gabriel García Márquez". Casa de las Américas, Año XVI, N 98, La Habana, septiembre-octubre 1976, p. 29.

13. Tulio Halperin Donghi, Op. cit., p. 291.

14. Sobre este aspecto, véase Angel Rama: "Un patriarca en la remozada galería de dictadores". Eco, N 178, Bogotá, agosto 1975, pp. 408-443; Laura Restrepo: "El otoño del patriarca. La historia reflejada en el espejo cóncavo". Literatura y Sociedad, N 17, 1975, pp. 58-66; Ernesto Volkening: "El patriarca no tiene quien lo mate", Eco, N 178, Bogotá, agosto 1975, pp. 337-387, entre otros.

15. La caracterización del mito y del personaje mítico ha sido abordada desde diversos puntos de vista, por ejemplo, por Milagros Ezquerro: "El otoño del patriarca. Mythe du pouvoit et pouvoir du mythe". Impréue, N Spécial 1977, Montpellier, pp. 3-35; Katalin Kulin: "García Márquez: El otoño del patriarca". Sin Nombre, Vol. VIII, N 1, abril-junio 1977, pp. 20-36; Jacques Joset: "Cronos devorando al Otoño, su hijo descomunal". Revista Iberoamericana, N 94, enero-marzo 1976, pp. 95-102.

16. Cf. Northrop Frye: Anatomie de la critique. Editions Gallimard, París, 1969, pp. 179-180. El mundo del patriarca contiene incluso elementos de la imaginería apocalíptica y de la imaginería demoníaca que indica Frye, según lo hemos demostrado en otra ocasión.

17. Cf. las interesantes observaciones de Saúl Yurkievich: "La fiction somatique". Silex, N." 11, Grenoble, primer semestre 1979, pp. 112-118.


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