GGM: sus novelas; ficción y realidad en américa latina

SUS NOVELAS. FICCIÓN Y REALIDAD EN AMÉRICA LATINA

Eugenia Neves

Araucaria de Chile. N 21, 1983.

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Hasta dónde llega la realidad y dónde empieza la ficción en América Latina, quizá sería más apropiado preguntarnos, antes de hacernos la misma pregunta con respecto a la literatura en América Latina o a la obra de un autor determinado de nuestro continente. Porque la realidad en América Latina, tal como lo ha venido repitiendo Gabriel García Márquez desde hace mucho tiempo -y como lo acaba de repetir cuando obtuvo el Premio Nobel de Literatura- resulta mucho más increíble y asombrosa, mucho más "mágica" que cualquiera noción que se quiera hacer sobre ella.

La magia reside en gran medida en el desconocimiento que se tiene de América Latina en cada uno de los países de este continente y de lo poco que se conoce de los mundos culturales que se superponen casi sin rozarse entre sí, sin contar el aislamiento que separa a cada país con respecto a los otros y con respecto a su pasado y a su historia.

El "realismo mágico" en la historia de América Latina

En América Latina, el proceso de evolución de la sociedad ha sido completamente diferente del europeo y, del mismo modo, el proceso de producción literaria también ha sido diferente, a pesar del peso importante de la dependencia cultural con respecto a Europa y, posteriormente, a Estados Unidos. (Debe llamarnos la atención que se hable de "literatura latinoamericana" o de "literatura hispanoamericana"; es decir, que bajo esta denominación se hace una sola unidad de la literatura producida en los diferentes países de América del Sur, de América Central y de México, en América del Norte. Vemos que se considera como una unidad, tanto en América Latina como fuera de ella, la producción literaria de todos estos países.)

Las razones no son puramente literarias. Todos los países de América Latina tienen un pasado común, y su evolución es, en lo esencial, la misma. Se trata de un conjunto de naciones que sufrieron un largo período de colonización, distinta a las colonizaciones efectuadas posteriormente en la era del capitalismo en Asia y África. La colonización de América se produjo en los comienzos del capitalismo mercantil y fue la primera gran colonización de esta era, que no sólo impuso el control económico, sino que se hizo posible a través de un genocidio descomunal y de la destrucción de las culturas nacionales anteriores a esta colonización. El Descubrimiento, la Conquista y luego la Colonia en América Latina, provocaron un trastorno total de todo el continente, que también se manifestó en el terreno del lenguaje, que pasó a ser un factor importante de la dominación colonial. El español y el portugués, no sólo pasaron a ser las lenguas oficiales, sino que poco a poco fueron imponiéndose como las lenguas nacionales sobre las que existían anteriormente en este continente, algunas de las cuales han logrado sobrevivir, reducidas a sub-lenguas, en las comunidades indígenas.

Recién durante la primera mitad del siglo XIX se produjeron los movimientos de independencia colonial y recién entonces aparecen las primeras repúblicas latinoamericanas. (Pero es importante no olvidar que quienes obtuvieron la independencia no son los antiguos habitantes de ese continente, sino que son las nuevas formaciones sociales, diferentes en todo sentido a las que existían antes de la colonización española y portuguesa, incluso guardando estructuras similares al feudalismo europeo, agravado por la pobreza de siglos de saqueo sistemático.) El fin de la Colonia sólo hizo pasar el poder político a los criollos, a la nueva aristocracia europeizada y feudal, los que se encargan de guardar un sistema que les permite continuar con sus privilegios y concertar sus alianzas con nuevas potencias extranjeras.

América Latina llega al siglo XX sin lograr una estabilidad política ni económica, siendo campo propicio a las nuevas dominaciones económicas y culturales extranjeras: Inglaterra, Francia, Holanda, Alemania y, finalmente, los Estados Unidos. Se trata de repúblicas nuevas, económicamente dependientes y políticamente determinadas por estas nuevas formas de dominación extranjera.

Las literaturas nacionales

A partir de la época de la independencia en el siglo XIX, empieza a aparecer una nueva literatura dentro de estas formaciones nacionales, impregnadas de la realidad que se está viviendo. En su mayor parte se trata de una literatura ingenua, que muchas veces participa directamente en los acontecimientos que se precipitaron al fin de ese período colonial. Se trata de una literatura que se plantea lo que puede tener de especifico una literatura nacional en América Latina, a pesar de que busca sus derroteros en Europa, sobre todo en Francia y, más tarde, en los Estados Unidos.

La toma de conciencia nacional surge desde entonces lenta y progresivamente, aunque queda reducida a algunas minorías intelectuales y políticas. Se busca una identidad nacional que no reconoce su tradición en un período anterior a la colonización. Sólo cambia su centro de interés, de España a otros países europeos. Pero a pesar de la confusión ideológica, la necesidad de una autodefinición conduce la producción literaria a jugar un rol importante en el reconocimiento y en la valoración de lo nacional opuesto a lo extranjero. De modo que, poco a poco, la producción literaria en América Latina va a asumir la función de revelar la realidad continental, de ciertas especificidades nacionales, la función de valorar su paisaje, de descubrir las distintas capas humanas que coexisten, la función de redescubrir al indio y de protesta por la suerte que corren los más pobres y los más humillados.

Es así como podemos aproximarnos a la obra de Gabriel García Márquez, cuyas novelas y cuentos son imágenes reveladoras del mundo latinoamericano, de los diversos niveles de su realidad y de su magia, en una síntesis que sólo la obra de arte puede llegar a lograr.

En especial, dos de sus novelas, Cien años de soledad y El otoño del Patriarca, van a entregar una imagen más general, en el sentido que tocan al conjunto de los países latinoamericanos, en sus aspectos más específicos y más esenciales, puestos en relieve a través de una lógica a veces muy diferente a la lógica de los países europeos y a la del "racionalismo" de los sistemas económicos que predominan en el siglo XX.

Cien años de soledad

En esta novela, Gabriel García Márquez cuenta la historia de Macondo, que es un lugar "imaginario" donde llegan a instalarse los primeros Buendía y donde van a vivir después las sucesivas generaciones de sus descendientes hasta su extinción.

Lo que merece especial interés es el modo de relación que se produce entre los diferentes planos de la "realidad" que aparecen como componentes del mundo narrativo: entre el proceso económico-social y político de Macondo con los problemas que surgen entre sus habitantes, su oposición al poder central que llega desde la capital y que después va a ser suplantado por un poder extranjero, la compañía bananera, y cómo, siguiendo la ruta de la familia Buendía, se va a conocer la evolución de Macondo, al mismo tiempo que la de las cinco generaciones de los Buendía, con sus características individuales y sus modos diversos de vivir, su realidad y la realidad de las relaciones humanas.

Los personajes de esta novela van entregando separadamente sus propias interpretaciones de los hechos personales y colectivos que les toca vivir, de modo que en la novela encontramos una serie sucesiva y superpuesta de interpretaciones subjetivas de lo que está pasando, es decir, de lo que en la novela es "la realidad", sin que los personajes lleguen a darse cuenta de la relación que existe entre lo que les sucede de modo personal con lo que está pasando en el proceso evolutivo de Macondo. La imagen que cada uno de los personajes se hace de la "realidad" en la que vive, no corresponde a la "realidad" que en otro plano la novela está mostrando. Por ejemplo, el coronel Aureliano Buendía habla de las "casualidades" que se le han atravesado en su vida, sin enlazar estas "casualidades" con los hechos que vienen desde fuera de él y que le toca vivir porque están relacionados con su época y con el proceso mismo de Macondo. Por su parte, Úrsula, en vez de percibir este proceso progresivamente en el tiempo, está convencida que hay una repetición circular, que todo se repite y se vuelve a repetir, en las cinco generaciones dé sus descendientes.

Y todavía otro personaje, Melquíades, el mago, tendrá su propia percepción y su propia interpretación de estos mismos hechos, que son la historia de Macondo y la historia de la familia Buendía. Melquíades introduce su explicación, marcando en especial el elemento mítico y la función de la literatura dentro de ese mundo. Según Melquíades, la historia de la familia Buendía está predeterminada, de modo que lo que les va ocurriendo tiene que terminar por la extinción de los Buendía porque, finalmente, nace el último de ellos con una cola de cerdo.

La novela presenta así diferentes conciencias que interpretan los hechos desde la lógica propia de los personajes, presentados por una especie de jefe de orquesta que es el narrador. El es el que cuenta la totalidad de la novela, da cuenta de los diferentes puntos de vista, sin que intervenga para comentarlos ni para hacer prevalecer el suyo. El narrador sólo cuenta lo que los otros dicen o piensan secretamente. La clave de las diversas opiniones no se encuentra, entonces, en la opinión de alguien a quien se le ha otorgado un rango superior de autoridad para afirmar lo que es "verdad" o "no verdad" dentro de la novela, sino que ella se encuentra en la totalidad de la obra, en su estructura, en su modo de establecer el conjunto de las relaciones internas entre los hechos y los personajes. Las interpretaciones subjetivas, al igual que los hechos individuales y los hechos colectivos, son partes integrantes de una visión de conjunto que cohesiona y organiza la totalidad del mundo narrativo.

En este modo de estructurar la materia narrativa, el autor desarrolla dos planos de realidad: uno, que podríamos denominar más objetivo (y a la vez menos evidente a la conciencia individual de los personajes), y otro, más subjetivo (que se acomoda a la lógica individual de cada personaje), que es la interpretación que se hace cada personaje de sí mismo, de la historia de su familia y de la historia del mundo en el que vive.

La relación que el autor establece entre el plano objetivo y los diversos planos subjetivos se encuentra así a nivel de la concepción del mundo narrativo, es decir, de la novela en su totalidad, de modo que el plano "objetivo" se encuentra implícito en lo que se lee y en lo que se cuenta de Macondo y de la familia Buendía. En cambio, los planos subjetivos de interpretación van a presentarse explícitamente dentro de la novela, revelados por el narrador o dichos directamente por los personajes.

Cien años de soledad cuenta -metafóricamente-, a un nivel "objetivo", la historia de América Latina desde que inicia su vida independiente de la colonización española; es decir, que lo cuenta "metafóricamente" en la historia de Macondo, con su fundación, su desarrollo interno, la guerra civil y sus consecuencias, la intervención extranjera y la decadencia que esta intervención va a provocar, hasta conducirla a su devastación.

Conjuntamente a esta evolución "objetiva", Gabriel García Márquez va entretejiendo e hilvanando la historia de la familia Buendía, que tiene su propio proceso biológico a partir de la pareja inicial formada por José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán, pasando por cinco generaciones de sus descendientes hasta terminar con el niño que nace con la cola de cerdo, porque "casarse entre primos tiene que terminar fatalmente en el nacimiento de un monstruo". Pero a la vez que se da esta evolución biológico-mítica, la historia de la familia Buendía se va a ir desplegando también en relación y en cuanto expresión de la historia "objetiva" de Macondo. Es así como no hay solamente un protagonista, sino que varios, que se van sucediendo progresivamente, aunque siempre será un miembro de la familia Buendía el que ocupe el primer plano de la narración.

Cada etapa del proceso "objetivo" de Macondo tiene un protagonista diferente, que va a expresar en cuanto tal, la síntesis de dicha etapa, de sus características y contradicciones, a la vez que las va a expresar con las características propias a su personalidad y a su sensibilidad. Es así como José Arcadio Buendía es el protagonista del período de la fundación de Macondo y Úrsula, su mujer, del desarrollo interno que se produce en este pueblo. El coronel Aureliano Buendía, del período de la Guerra Civil; Aureliano Segundo Buendía, del de la intervención extranjera, y Fernanda del Carpió, su mujer, de la decadencia de Macondo; y por último, Aureliano Babilonia, de la devastación y desaparición de Macondo.

En general, en la novela se produce una relación específica entre hombres y mujeres. Los hombres son siempre los que sueñan, los que están llenos de iniciativas y de una curiosidad que los impulsa hacia afuera, a la aventura, hacia lo desconocido. En cambio, las mujeres, según García Márquez, son las que asumen, dentro de la sociedad de Macondo, el papel castrador de los impulsos de los hombres, las que los aterran a la casa, al hogar, a la familia, a Macondo, las que les cortan las alas, los sueños y el afán creador. Este papel es el que está especialmente señalado en Úrsula con respecto a José Arcadio Buendía y en Fernanda del Carpió, con respecto a Aureliano Segundo Buendía, con respecto a sus hijos y con respecto a Macondo.

Dentro de esta concepción del mundo narrativo y de sus relaciones internas, Gabriel García Márquez integra a un personaje exterior a la historia de Macondo y de la familia Buendía: Melquíades, quien va a expresar la función del escritor y de la literatura dentro del mundo de Macondo. Gabriel García Márquez deposita en Melquíades su concepción de lo que debe ser un escritor y de la función que cumple la obra literaria. Al igual que en toda la novela, se acerca a este personaje en un doble juego de puntos de vista que le permite la distancia con respecto a lo que está escribiendo y el sentido del humor con que los narra. Gabriel García Márquez mitifica la función del escritor al mismo tiempo que la hace objeto de su ironía y de su sonrisa maliciosa. Y siempre en este doble juego, integra además con Melquíades y sus manuscritos, su concepción de ficción y realidad, su concepción de la función del escritor y de las funciones de la obra literaria, conjuntamente con explicar el proceso de "reproducción" que se produce en el lector cuando lee una producción literaria.

Junto a éstos y otros elementos que componen el mundo narrativo de Cien años de soledad, el acierto literario de esta novela reside en la concepción y elaboración del narrador y de la función que éste cumple dentro de la novela. Es un narrador que siempre ocupa el primer plano; es él quien cuenta permanentemente y el que tiene siempre los hilos de la narración bajo su control. Es a través de lo que este narrador cuenta cómo nos llegamos a enterar de todo lo que sucede, y son muy escasas las ocasiones en que el diálogo ocupa un primer plano o en que los personajes quedan completamente a descubierto. Nunca son los personajes los que tienen la responsabilidad de transmitir el desarrollo de los hechos, sino que es el narrador el que cumple la función de relatar la totalidad del acontecimiento en una apresurada y densa síntesis. El narrador en Cien años de soledad se encuentra en el centro de su relato, y habla como una conciencia central que es a la vez producto y síntesis de ese mundo narrativo. Y por encima de todo, se trata de un narrador que cree lo que está narrando, cree absolutamente en la verdad de lo que está sucediendo, del mismo modo como los personajes creen lo que ellos están viviendo, viendo o imaginando. El narrador es el primer convencido de los hechos "mágicos" que él registra y narra, como por ejemplo, el episodio en que aparece una estera voladora, o la prueba de la levitación de un cura mediante el estímulo del chocolate, o el de la ascensión de Remedios, la bella.

Del mismo modo, la sensibilidad del narrador expresa la sensibilidad del mundo de Macondo en un lenguaje directo y sencillo, que resulta de una cuidadosa elaboración de su modo de narrar cercano al lenguaje coloquial latinoamericano. La credulidad del narrador con respecto a los hechos y su modo de organizarlos y expresarlos, permite un constante equilibrio de sobriedad interna que es lo que va a provocar la aceptación y la verosimilitud de una historia que en muchos momentos sobrepasa los límites de lo "real", cargada de un alto grado de exuberancia.

El otoño del Patriarca

Aunque esta novela de García Márquez tiene algunos importantes puntos de contacto con Cien años de soledad (en ambas novelas se cuenta la historia de América Latina y su modo "específico" de sufrir esta historia), desde todo punto de vista se trata de dos obras muy diferentes una de la otra, tanto en el problema que trata, en la historia que narra y en el modo narrativo que se utiliza. El otoño del Patriarca cuenta la historia de un tirano centroamericano de la zona del Caribe, en un país indeterminado. Gabriel García Márquez desarrolla la instauración de la dictadura al estilo que se ha impuesto en América Latina, en que aparece la personalidad "ingenua" del dictador y su progresiva pasión por el poder. (Incluso hay momentos y actitudes del dictador y de la dictadura que recuerdan la dictadura de Pinochet en Chile).

A diferencia de Cien años de soledad, que desarrolla el acontecimiento cronológicamente organizado en torno a un solo narrador. El otoño del Patriarca aparece dentro de una multiplicidad de momentos que no son contados en orden lineal en el tiempo, sino que son narrados por una multiplicidad de narradores siempre hablando en primera persona, adoptando diversos puntos de vista con respecto a un mismo acontecimiento, de modo que los hechos no aparecen presentados de modo categórico, bajo una sola mirada. Y junto a estos múltiples narradores, surge, además, un narrador en tercera persona que aparece entrelazando a los otros. De este modo, el mundo narrativo se constituye desde la interioridad de diversos personajes que viven y cuentan de modo diferente los hechos, porque están implicados diferentemente, y, por lo tanto, sus puntos de vista también van a ser diferentes.

A causa de la complejidad del modo narrativo, una de las mayores dificultades que ofrece esta novela es la reconstitución cronológica de su historia. Se cuenta en ella la vida completa del Patriarca (que es el único nombre con el que se lo designa en la novela). Se inicia con su niñez, al término del colonialismo "godo", que conoce el convulsionado tiempo de las guerras de la independencia y de una larga guerra civil, con sucesivos golpes militares que terminaron poniendo al Patriarca en el poder. (El último de estos generales es un déspota ilustrado, que tuvo la osadía de oponerse a las exigencias del poder inglés que controlaba su país. Terminó suicidándose con toda su familia, obligado por el Patriarca, que fue el que dirigió un movimiento armado que ese mismo poder inglés había organizado.) Así fue como el Patriarca, un sangriento analfabeto sin escrúpulos, fue proclamado Comandante Supremo y Presidente de la República por los ingleses y las fuerzas armadas.

La novela va a desarrollar la vida y la lógica de este personaje que resulta ser uno de los productos más absolutos de la dominación extranjera en América Latina. Antes de llegar a ser Presidente de la República, es una víctima del sistema. Es un hombre pobre que roba y mata dentro del delirante período de guerras consecutivas en las que vivió desde su niñez, porque son las únicas alternativas que tiene frente a sí para sobrevivir. Y una vez que asume la Presidencia, sigue robando y matando, sometido a las exigencias que le impone la lógica del poder, aunque para eso tenga que llegar a las masacres más despiadadas. El proceso íntimo de depravación del Patriarca, que llega a su paroxismo con el manejo del poder casi absoluto que se le ha otorgado, queda enlazado así con el proceso represivo al que se somete su país, víctimas ambos de los intereses extranjeros.

El poder permite que el Patriarca transforme su país en un reino devastado y que haga de todos sus habitantes una masa indefensa de víctimas. Pero el poder hace del Patriarca la víctima más representativa del sistema, que lo somete a la más completa soledad, rodeado del odio de todos, acorralado finalmente en su palacio, temiendo constantemente a la muerte. El Patriarca resulta así un ser empujado por fuerzas exteriores a él mismo que lo manipulan y lo conducen hasta el poder, de modo que, una vez allí, deben seguir resguardándolo porque ha quedado metido en medio de ese vértigo del que no puede salir sin pagar con su vida.

Una serie de acontecimientos va dando cuenta de las imposiciones inglesas y luego norteamericanas que debe aceptar el Patriarca para mantenerse en el poder, como por ejemplo el derecho perpetuo de la explotación del subsuelo del país a los norteamericanos o la entrega del mar con todos sus peces. Pero en su gran parte, la novela cuenta la intimidad y las maniobras del Patriarca para resguardar su vida y su poder y del instinto que desarrolla para percibir la proximidad de un peligro contra el cual reacciona con una desenfrenada violencia.

En esta novela, los rasgos del dictador han sido llevados a su total desmesura. Las masacres son el constante telón de fondo mientras el Patriarca busca a los torturadores más refinados y los métodos más drásticos para castigar a sus enemigos más próximos o a la población que se atreve a rebelarse. Dos mil niños salen disparados en una explosión, insulta al Papa, desaloja a los religiosos católicos, viola a una monja a la que convierte en su mujer, hace asar en un horno a su colaborador más próximo -cuando se da cuenta que está tramando su caída- y lo hace servir en una gran bandeja de plata a todos los generales que estuvieron implicados, a quienes obligó a comérselo en una magnífica cena de medianoche.

Al cabo de más de un siglo de saqueo, de torturas, de masacres, el país se encuentra agotado: sólo queda el mar que finalmente el Patriarca se ve obligado a entregar a los norteamericanos, cuando éstos lo amenazan con un nuevo desembarco de los infantes de marina. Los gringos terminan llevándose el mar y todo lo que él contiene y en su lugar queda un valle desierto lleno de polvo lunar. El final de su gobierno no es más que una farsa, que continúa en pie por una suerte de inercia interna, producto de más de un siglo de terror y de pobreza. Finalmente, el Patriarca muere, senil y solitario, y aún frente al terror de volverlo a ver resucitar, dice al final de la obra, estalla el júbilo de la noticia, "que anunciaron al mundo la buena nueva de que el tiempo de la eternidad había por fin terminado".

Las novelas de los dictadores

El tema de los dictadores en América Latina aparece casi al mismo tiempo en tres novelas en América Latina alrededor de 1974 (aunque el tema haya sido tratado antes y después, en especial en las obras de Asturias y posteriormente en la novela La guerra interna, de Volodia Teitelboim): Yo, el Supremo, de Roa Bastos, en 1974; El recurso del método, de Alejo Carpentier, en 1974, y El otoño del Patriarca, de García Márquez, a principios de 1975.

La novela de Carpentier presenta un tipo de dictador prototipo del tirano europeizante, lleno de referencias a la filosofía, a la historia y a la literatura francesa. La meta de este tirano es dilapidar en fiestas y en lujo la fortuna que saquea a su país, y pasar el mayor tiempo posible en Europa, en especial, en París. Roa Bastos realiza un trabajo diferente en su novela Yo, el Supremo. Como fruto de un largo trabajo de investigación, reconstituye una parte de la historia de Paraguay y resitúa al doctor Francia, considerado hasta entonces como uno más de los dictadores que aparecieron en América Latina durante el siglo XIX. Roa Bastos lo presenta, por el contrario, como un luchador por la libertad y la autonomía de su país, como un héroe que se vio aislado y que se enfrentó solo, sin el apoyo del resto de América Latina, a las agresiones y a los intereses ingleses. El doctor Francia sale de la novela de Roa Bastos como un revolucionario, defensor de la independencia de Paraguay y víctima de las intrigas que se gestaron contra él y su pueblo.

El trabajo de investigación literaria realizado por Roa Bastos es el primero que se ha llevado a cabo en el terreno de la reconstitución de estos hechos históricos. Se trata de una novela de importancia que da cuenta de un mito histórico y revela la realidad, desconocida hasta entonces, de un momento clave de la historia de Paraguay y de América Latina.

El otoño del Patriarca es una novela muy distinta a las otras dos que acabamos de mencionar. El dictador aquí es el producto mismo de la ignorancia, de la violencia y del grado progresivo de crueldad que puede llegar a desarrollar un hombre casi primitivo cuando las circunstancias se unen para instalarlo a la cabeza del poder. En este sentido, la novela abre una visión de las deformaciones que provoca el poder, que lleva a un hombre a convencerse de su derecho a ejercer toda suerte de ignominias, de torturas, de violaciones y de masacres, y que progresivamente va creando en torno a sí un total aislamiento, bajo el terror de la muerte, defendiéndose de todos los peligros que lo rodean como un animal acorralado. En realidad, el Patriarca, tal como aparece en esta novela, es una víctima más entre todas las víctimas que él mismo hace ejecutar, todos metidos en un mismo proceso de degradación, en que el azar lleva a un hombre al poder para desempeñar un rol que le está impuesto desde afuera, al que se somete para entrar en la más depravada de las profundidades a la que puede caer un ser humano.

No cabe duda que si se comparan las dos novelas de Gabriel García Márquez de las que hemos hablado aquí, El otoño del Patriarca es una obra que tiene una construcción literaria mucho más compleja, que se introduce en la complejidad y en la comprensión del fenómeno del poder y de las circunstancias históricas que lo hacen posible. Es indiscutible que esta complejidad obliga un cierto nivel de lectura que no todos los lectores latinoamericanos están en condiciones de realizar. Al respecto, el mismo García Márquez dijo poco después de la publicación de su novela: "Estamos en Colombia, en un país donde el índice del analfabetismo, según las estadísticas, es de un 40 por ciento. Yo creo -y tienen que demostrarme lo contrario- que las estadísticas son falsas. Yo creo que el índice de analfabetismo en Colombia está casi en el 80 por ciento. Entonces a mí me parece perfectamente natural que una novela con las exigencias culturales del Otoño del Patriarca, ofrezca una dificultad mayor que Cien años de soledad. Ahora bien: un escritor, ¿tiene que tomar en cuenta el índice de analfabetismo de los lectores para escribir sus libros? Es decir, ¿tiene que bajar el nivel de comprensión cultural de esos libros hasta el nivel cultural de los lectores? ¿O tiene que escribir el libro como cree que debe de ser y esperar que tarde o temprano los lectores alcancen el nivel cultural de ese libro? Yo creo que es la segunda posición la que se debe adoptar. Es decir, la obra literaria debe estar al nivel cultural que el escritor considere que debe estar. Y ese mismo escritor, y todos los escritores, y toda la gente que sienta a su país y que considere que la humanidad debe seguir hacia adelante, debe trabajar en el sentido de que los lectores, mediante una culturización interna, que no será posible sino mediante una revolución, alcancen el nivel cultural, al punto de comprender esa obra".

¿Ficción o realidad?

Es difícil precisar en pocas líneas los rasgos más importantes y los aspectos más característicos de la obra que ha producido hasta ahora García Márquez. Porque cada una de sus novelas y de sus cuentos son el resultado de la relación de todos los elementos que ha puesto en juego su autor.

¿Cuál de todos ellos es el que va a determinar el resto de los elementos que intervienen en una obra literaria? Es así como nos damos cuenta que no se puede desligar el modo de narrar, de la visión y de la óptica que asume Gabriel García Márquez, y que la elección de sus personajes se apoya en la comprensión que ha logrado este autor del mundo latinoamericano. Por su parte, vemos que todo esto depende a su vez de su capacidad de percepción de lo que se ha dado por llamar "el subdesarrollo", que es lo que le permite mostrar un mundo de sensibilidad diferente en el que se integra una imagen específica de la realidad, que tiene su propia lógica y su propia "magia". Y por último, nos damos cuenta que todo lo anterior está estrechamente ligado a su interpretación del proceso histórico y de las relaciones que se han ido produciendo entre ese proceso y la presencia permanente de una potencia extranjera.

Es difícil, por lo tanto, hablar de ficción y realidad en la obra de García Márquez, porque, como él "mismo lo ha dicho, es difícil establecer el límite entre la ficción y la realidad en América Latina. Quizá, podríamos concluir que todo depende del cristal con que se mire. Porque no olvidemos que la "realidad" es la que permite la ficción y que es dentro de ella que es posible que aparezca la ficción como un modo de expresión. La ficción llegará a tomar la forma de obra literaria cuando ella adquiera la dimensión de conocimiento -que es diferente al de la ciencia-, de expresión de la realidad y de acción dentro de ella; pero sea cual sea la dimensión que la ficción alcance, será siempre una forma específica de práctica ideológica del ser humano dentro de la sociedad en la que vive.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03