Eduardo Barrios

EDUARDO BARRIOS
Conversación con Cristián Sánchez

Luis Alberto Mansilla

Araucaria de Chile. N║ 28. Madrid 1984

El centenario del nacimiento de Eduardo Barrios pasó inadvertido en un país en estado de sitio y víctima de los sobresaltos del terrorismo oficial que no deja espacio para las conmemoraciones indispensables de toda nación civilizada.

Eduardo Barrios fue el "más novelista" de los escritores chilenos de su generación. ┐Quién no leyó alguna vez El niño que enloqueció de amor o El hermano asno? Los personajes y las historias le brotaban con facilidad prodigiosa. Fue un constructor de ficciones que "agarraban" desde la primera página. Es cierto que los críticos le hacen ahora importantes reparos, que su mundo novelístico aparece de cortos alcances y sin una profundización lúcida en el contexto social de su tiempo. Pero no es menos verdad que eso es el resultado de un análisis en frío, posterior, que no hicimos cuando lo leímos con devoción. Conseguía que sus lectores siguieran apasionados el devenir de sus héroes, casi siempre gente tímida, confundida en la vida, con amores irrealizados, con demonios interiores que afloraban sin victorias. Sin saber nada de Freud y el psicoanálisis, Barrios fue el precursor en Chile del sondeo en los vericuetos ocultos del alma humana que explican los traumas y los misterios de la conducta individual, Y Barrios fue aún más allá: describió costumbres, ciudades chilenas, clases sociales, sabores, olores. realidades de un país dependiente y con múltiples contradicciones. Fue un escritor realista en el más estricto sentido.

Vivió una juventud azarosa que le proporcionó muchos de los personajes y escenarios de sus libros más importantes. Nació en Valparaíso el 25 de octubre de 1884 Sus padres se casaron en Lima durante la ocupación del ejército chileno, en cuya Comisaría general el padre ocupaba un puesto burocrático. En unas notas autobiográficas, publicadas en la revista Rodó en 1932, escribió: "Murió mi padre cuando yo contaba cinco años de edad y mi madre hubo de regresar a Lima a casa de sus padres..." Eso explica que su primera educación transcurriera en la capital del Perú, que soportaba abrumada la derrota en la guerra del Pacífico con la consiguiente crisis, resentimientos, odios impotentes. "Fui siempre perseguido por el patriotismo resentido de mis condiscípulos", anota Barrios en esos recuerdos. Regresó a Chile a los 15 años. Su abuelo paterno se empeñó en que siguiera "la carrera de las armas" y le consiguió matrícula en la Escuela Militar. "Hube de aceptar eso por presión -escribió Barrios-. Fui un cadete distinguido, gocé de todos los privilegios que mis conocimientos, superiores a los exigidos en la escuela militar, y mi fortaleza física me conquistaron. Pero mi espíritu no se amoldó jamás al ambiente soldadesco. Y obtuve mi 'baja' antes de ser oficial. Rotas las relaciones con mi familia paterna, a causa de mi salida de la milicia, y muerto papá Juan y pobre mi madre, hube de recorrer mundo tras el pan, tras la fortuna, tras..no sé cuántos ideales de juventud.."

Se dedicó luego a recorrer casi todo el continente desempeñando los oficios más insólitos. Fue buscador de minas, peón cauchero, vendió estufas, viajó entre cómicos y saltimbanquis y hasta se presentó levantando pesas falsas en un circo El fin de sus aventuras juveniles llegó con una carta de la madre en la que le pedía que regresara a Chile porque un pariente le había conseguido un puesto de empleado en la oficina salitrera "Santiago" de Iquique. Eran los días de oro del salitre y de las compañías inglesas que provocaron la Guerra del Pacifico, y que contabilizaron ganancias a raudales. luego de quitar de por medio a Balmaceda y su programa de nacionalizaciones. Barrios se convirtió rápidamente en contador y luego administrador de la oficina "Tarapacá", sin mayores preocupaciones por el naciente movimiento obrero y las protestas por los bajos salarios y la explotación que empezaban a aflorar y que culminaron en la masacre de la Escuela Santa María en 1907.

Las largas noches de la pampa le dejaban algún tiempo libre. Leía con pasión a Emile Zola y escribió imitando su estilo y su mundo algunos cuentos. Los publicó ese mismo 1907 en Iquique, en una edición de 500 ejemplares que pagó con sus ahorros. La colección se llamó Del Natural y contenía cuatro relatos: "Amistad de solteras", "Tirana ley", "Lo que ellos creen y lo que ellos son" y "Celos Bienhechores". Eran unas historias con fuertes ingredientes sexuales que escandalizaron a los escasos lectores que adquirieron algún ejemplar. La repercusión no pasó las fronteras de la provincia y durante mucho tiempo el autor conservó una apreciable cantidad de ejemplares que no se vendieron

Aburrido de la monótona vida en la pampa, decidió reiniciar sus aventuras de trotamundos. Pretendió llegar a España con un amigo, pero no le alcanzó el dinero para el pasaje y se quedó un año entre Argentina y Uruguay sin mucho que hacer. Regresó a Santiago, donde don Samuel Lillo, su ex profesor en la Escuela Militar, le ayudó a obtener un cargo de oficinista en la Universidad de Chile, al que agregó en 1911 el oficio mejor rentado de taquígrafo de la Cámara de Diputados.

Su incipiente carrera de escritor recibió un estimulo decisivo en 1911. Ganó el concurso literario auspiciado por el Consejo Nacional de Bellas Artes en homenaje al primer centenario de la Independencia, con una obra de teatro, "Mercaderes en el Templo", que fue estrenada en el Teatro Santiago el 7 de junio del mismo año. En ella fustigaba a los comerciantes inescrupulosos y al mundo frío de las finanzas. El éxito de público y de crítica lo obligó a escribir otras piezas: "Lo que niega la vida", "Por el decoro", "Comedias originales". Aunque la construcción teatral era débil y dejaba muchos cabos sueltos, las obras tenían cierto color criollo, además de un sentimentalismo melodramático que le gustaba al público de la época. Barrios fue considerado toda una figura del teatro nacional, que -en honor a la verdad- no ofrecía habitualmente un repertorio superior a las obras de Barrios, quien entonces no cumplía aún los treinta años.

No obstante, el primer éxito literario, sólido y verdadero de Barrios, ocurrió en 1915 con la publicación de El niño que enloqueció de amor, novela breve que relata con sutileza la fascinación de un niño por una mujer adulta. Con el recurso de un diario de vida del niño, el autor logró captar de manera convincente el pequeño universo infantil trastornado por una atracción inexplicable, obsesiva, desgarrada y confusa. La obra impactó incluso a poetas como Gabriela Mistral, Ángel Chuchaga Santa María y Daniel de la Vega, que le dedicaron bellos poemas al niño enamorado.

Las ediciones se repitieron, y a partir de ahí Eduardo Barrios fue un prosista de primer plano en la literatura nacional. Antes había ingresado al Grupo de Los Diez, que tanta importancia tuvo en la historia literaria chilena. Alrededor del poeta Pedro Prado, y en su casona señorial de la calle Mapocho, o en un refugio con una torre en la calle Santa Rosa, perteneciente al pintor Julio Ortiz de Zarate, se reunía un grupo distinguido de escritores, pintores y músicos en una especie de cenáculo sin reglamentos ni estatutos, en el que se leían obras de los integrantes o se escuchaba música o se discutía sobre estética. Sus integrantes eran los ya citados, más Juan Francisco González, Armando Donoso, Alfonso Leng, Acario Cotapos, Manuel Magallanes Moure, Julio Bertrand y el "hermano errante", Augusto D'Halmar, que viajaba por el mundo y que había sido líder de todos ellos hasta 1914.

Eduardo Barrios no detuvo su producción literaria. En 1918 publicó Un perdido, tal vez la más importante y profunda de sus novelas, que dibuja un personaje, Luis Bernales, con un rico mundo interior pero abúlico y tímido. El medio en que se desenvuelve Bernales tenía muchas coincidencias con la propia trayectoria del autor y algunos comentaristas señalaron su carácter autobiográfico. Eso obligó a un desmentido del propio Barrios Expresó: "No soy yo, por supuesto, ese Lucho Bernales. Algunos han dado en suponer que Un Perdido es una novela autobiográfica. Falso. Yo lo acepto como un elogio: tal creencia me dice que la ficción convence".

Un perdido es una novela bien estructurada, de tendencia realista, con un cuadro vigoroso de la vida nacional, de un esmerado costumbrismo psicológico. El ensayista Domingo Melfi fue uno de sus más entusiastas comentaristas y polemizó con los que sólo le asignaban un valor costumbrista. Un perdido-señaló-"describe los ambientes del norte y de la capital sólo como decoraciones para animar los cuadros de la sicología de un tímido". A pesar del largo aliento de la novela y de su buena escritura, el personaje no logra adquirir una estatura profunda, inconfundible. Es uno de los defectos de la literatura de Eduardo Barrios, que ya entonces el crítico Alone percibió con claridad.

"Si la prosa, la buena y bella prosa, fueran la máxima virtud del novelista, Barrios sería sin discusión el primer novelista chileno. Escribe admirablemente, con suavidad, trasparencia, nobleza, y sus términos son puros. Pero su inventiva y su vigor no suben a la misma altura. Carece de nervio, Sus personajes, bien estudiados, bien puestos, no dejan huella durable: algo les falta, animación, espontaneidad; están bien, pero no demasiado bien"... (La Nación, 27 de abril de 1923).

La buena prosa de Barrios logró una altura culminante con El Hermano asno, publicado en 1922. El tema es la tentación erótica en el interior de un convento. Los personajes centrales, Fray Lázaro y Fray Rufino, oscilan entre la metafísica y el llamado del "hermano asno". El autor subraya con sugerencias delicadas, con poesía, la contradicción entre la castidad y los instintos, entre lo divino y lo humano. El Hermano Asno alcanzó una difusión latinoamericana y se dijo que era la novela de más alto estilo publicada hasta entonces en Chile.

El primer ciclo de la novelística de Barrios se cerró en 1923 con Páginas de un pobre diablo. De nuevo el ser tímido, empleado en unas pompas fúnebres, frustrado, aplastado por su irrealización, pero tratado con cierto humor.

Después Barrios se dedicó bastante a la política. No era un bohemio ni un atormentado por problemas del alma, ni siquiera un apasionado por el juego de las ideas Se le conocía como un funcionario eficiente que ahorraba su tiempo, para dedicarse a su producción literaria, que siempre estaba en marcha. Sus concepciones políticas eran confusas y teñidas de un nacionalismo algo lírico y reformista. Nunca fue partidario de Alessandri y de su demagogia populista Le entusiasmó el nacionalismo del general Ibáñez que prometía orden, rectitud y fin de la politiquería. Su carrera funcionaria iba en ascenso Después de desempeñar el cargo de Conservador de la Propiedad Intelectual, el Presidente Emiliano Figueroa lo designó Director General de Bibliotecas, Archivos y Museos. Todo lo arriesgó por su adhesión a Ibáñez. Al asumir el poder el General, lo recompensó con la cartera de Ministro de Educación, cargo que volvió a ocupar 23 años más tarde en la segunda administración del personaje. El magisterio no guarda buenos recuerdos de su gestión en ambos períodos. En los hechos, favoreció la educación particular, en desmedro de la enseñanza laica y fiscal. Además, apareció comprometido en la represión a maestros de izquierda y a pedagogos que propiciaban una escuela más democrática y avanzada,

El fin de la dictadura de Ibáñez hizo imposible la continuación de su carrera de funcionario público. Decidió entonces transformarse en agricultor y con su indemnización legal como director de la Biblioteca adquirió el fundo "Lagunillas" de producción forrajera. Asimismo, para conservar el uso de la pluma aceptó tomar la dirección de la sección "El Averiguador Universal", de El Mercurio, que lo contó, además, en su equipo de editorialistas.

Sus nuevas actividades se reflejaron de manera patente en su literatura. En esta segunda época sus héroes ya no serían seres frustrados ni con tormentos eróticos, ni menos criticarían la sociedad en que viven. Sus personajes fueron terratenientes, burgueses de doble vida, señores de pasar dorado en un país pobre cuyo destino no les angustiaba. En 1945 ganó el Premio Nacional de Literatura y nadie discutió la justicia de la recompensa. Barrios era un escritor de estatura definida en la literatura nacional.

En 1944 sacó de sus cajones los originales de Tamarugal, una novela de maduro oficio, pero que pasó desapercibida por los lectores No ocurrió así con Gran señor y rajadiablos (1947), que fue uno de los mayores éxitos editoriales de la década del 40 y el 50. Para algunos es el libro más detestable de Barrios, para otros una novela animada y sabrosa. Sin ambigüedad, la obra es el elogio más entusiasta del gran señor terrateniente que se conociera en la literatura nacional. La acción se desarrolla en las postrimerías del siglo XIX y su telón de fondo es el campo chileno descrito con minuciosidad y amor, pero con ojos señoriales como en una película en gran pantalla y a todo color. El protagonista, Juan Pablo Valverde, es un Don Juan impenitente que siempre caza a pobres y bellas muchachas, hijas de inquilinos, que no pueden presentar resistencia. Es lambiera pantagruélico, trabajador, paternal. El escritor Mario Ferrero hizo un diagnóstico acertado de sus valores: "Las faenas campesinas que el autor conocer a la perfección, el bandolerismo frecuente en aquella época debido a las horrendas condiciones económicas de la peonada agrícola, el paisaje y las costumbres típicas de la zona central del agro chileno, están dados con novedad e indiscutible interés novelesco. Sólo que en su visión realista del campo chileno Barrios se despreocupa en absoluto del inquilino, del afuerino, del peón agrícola y del mediero, los auténticos héroes de cualquier recreación literaria de la vida campesina nacional, para fijar su atención en el señor feudal de nuestros campos, el rico agricultor convertido en héroe de leyenda".

Gran señor y Rajadiablos ubicó a Barrios entre los autores de derecha, aunque en honor a la verdad, siempre rehuyó el trato con las familias burguesas tradicionales y no simpatizó con sus partidos y valores de clase. Era un trabajador impenitente, poco locuaz, sin brillo en la conversación que no fuera puertas adentro y con sus amigos más queridos. Vivió en sus últimos años en una casa modesta de la Avenida de Bilbao de Santiago, siempre rodeado de sus hijos y otros familiares.

En 1950 publicó su último libro: Los hombres del hombre. Su tema le preocupó durante mucho tiempo. Se trata de las múltiples facetas de una individualidad: la astucia, la generosidad, la mezquindad, los buenos y los malos sentimientos, la soberbia y la egolatría aflorando y monologando de manera permanente con una misma persona que los lleva dentro. Ensayó en ese libro una técnica literaria a lo Faulkner, sin buenos resultados. Siempre fue un autor lineal y realista, y cualquier cambio a esas alturas era forzar el tono y negarse a sí mismo.

Murió en 1963 a los setenta y nueve años.

┐Sobrevive a los cien años? En recuerdo suyo hicimos la prueba de releer El niño que enloqueció de amor y Un Perdido, que en nuestros años juveniles nos dieron horas de apasionante lectura. El tiempo ha pasado y uno -lector corriente- se da cuenta de que ya no se escribe así, Pero los personajes de Barrios aún viven y tienen una atracción inocente que de nuevo nos sedujo. Es el mejor elogio que se nos ocurre hacer a su vigencia y a su rescate futuro


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03