Historia (y geografía) como memorial poético

HISTORIA (Y GEOGRAFÍA) COMO MEMORIAL POÉTICO

I
JUAN ARMANDO EPPLE

Juan A. Epple, escritor y critico, es profesor de la Universidad de Oregón, Estados Unidos.

La fama de Patricio Manns como figura protagónica del desarrollo de la nueva canción chilena, y su sostenida labor de compositor y cantante, había puesto en un discreto segundo plano su obra como narrador. Esta obra, que muestra una consistente evolución literaria, podrá ser re-valorada a partir de la publicación de sus últimas novelas, con las que el autor se incorpora al diálogo renovador de la narrativa hispanoamericana de la década del 80.

Patricio Manns había publicado anteriormente las novelas De noche sobre el rastro (1964). Rueños noches los pastores (1972), y mantenía inédita Actas de Marusia (1974), que sirvió de base para la película de Miguel Littin (1976). Además de Actas del Alto Bío-Bío (1985), tiene en vías de publicación El aura de Kirlian (1984), Provocación del azar (1985) y está terminando la redacción de la novela Cuerno de niebla.

En la colección "Nosotros los chilenos", de Editorial Quimantú, publicó los textos documentales Breve síntesis del movimiento obrero, Las grandes masacres, Los terremotos chilenos, Grandes deportistas, todos editados en el curso de 1972. A este proyecto destinado a dar cuenta de la historia no oficial del país, a formular la memoria secreta de su derrotero colectivo, debe filiarse su libro La revolución de la escuadra ("Historia y documentos secretos sobre la revolución de la escuadra de 1931"), publicado por Ediciones Universitarias de Valparaíso, también en 1972. (1)

Actas del Alto Bío-Bío (2) consolida un principio literario que ya estaba presente en la narrativa anterior de Patricio Manns, tanto en sus crónica como en sus novelas, y que aquí despliega una eficaz elaboración estilística-convertir la memoria oral o fragmentariamente documentada de la intrahistoria en historia poética.

Si en el plano de lo narrado la preocupación del autor es rescatar del olvido los hechos colectivos que definen la verdadera fisonomía histórica de un pueblo, en este caso un episodio de la lucha de la comunidad araucana por sus derechos sociales, buscando configurar esa realidad por la palabra el plano compositivo el producto textual debe confrontar y resolver dialécticamente una doble tradición: la tradición historiográfica de un discurso oficial que ha asumido en América Latina ya sea la modalidad de la crónica personal o de las actas institucionales (el legado de la literatura colonial), y la tradición de esa memoria colectiva que transmite los hechos en forma oral canalizando un discurso aleatorio cuya marginalidad hepitomiza el estatuto marginal que suele tener en la sociedad el agente grupal de esa forma de conocimiento. De ahí que la novela asuma exteriormente una configuración cronística, pero subvirtiendo sus antiguas pautas ideológicas para convertirse en un acta poética de la historia narrada, en la fundación lingüística de un pasado que se configura metonimicamente como un proceso de transmisión oral de la verdad marginada.

Hay, además, una tercera tradición con la que esta novela establece una creadora relación intertextual: se trata de la narrativa chilena de asunto indígena, un tipo de literatura que si bien no ha alcanzado el rango que tiene en otros países, como para diferenciar en Chile una "literatura indigenista", provee un interesante canon de obras que ha sido insuficientemente valorada.

Actas del Alto Bío-Bío es una novela que actualiza con una apertura historicista el tema de Arauco y asume una perspectiva renovadora en relación a la tradición literaria con la que dialoga.

El relato tiene una disposición narrativa aparentemente lineal, que sin recurrir a un andamiaje diversificado de perspectivas o cruces temporales, destaca con transparencia el núcleo intimo de su historia. La sencillez y la brevedad de un texto no siempre indican que el relato tiene una estructura simple y que se trata de una escritura de tono menor. Justamente una de las preocupaciones diferenciales de la narrativa hispanoamericana reciente, llamada tentativamente "novela del post-boom", es la búsqueda de un sistema expresivo más coloquial y directo que ponga en primer plano la actualidad histórica del asunto narrado por sobre el ejercicio de transformación formal de la escritura.

En la novela podemos reconocer al menos dos tipos de narrador que establecen entre si un vinculo a la vez socio-histórico y literario, como modalidades diferenciadas del decir poético.

El primero es el que representa un joven periodista que viaja a la cordillera en busca de información para rescatar una historia olvidada. Su perspectiva es la del narrador privado, que personaliza levemente su discurso como expresión de una aventura emotiva e intelectual que se cumple en ese reducto ahora más aislado de Arauco, y al que busca acceder porque identifica con una parte de la memoria que debe formarlo. La modalidad de su discurso es la de la novela de aprendizaje, formulada desde la perspectiva del personaje individual que viaja ostentando una soledad voluntaria que reclama idealmente la adquisición de una nueva personalidad social y ética.

El segundo es el informante, el viejo Angol Mamalcahuello. Su discurso muestra la precisión descriptiva, la extensión singularizadora de los hechos recordados y las ricas inflexiones poéticas que caracterizan la tradición oral mapuche. (Una lectura comparativa con textos que transcriben relatos mapuches pondría de manifiesto el acercamiento cultural de Patricio Manns, que creció justamente en la zona de la Frontera, a esa tradición.) La voz de este informante va definiendo un tipo distinto de relato, que opone al discurso del narrador privado el de un relator arquetípico: una forma de la memoria colectiva de Arauco. Esta es la función que cumplen, con una feliz verosimilitud poética, los cambiantes adjetivos atributivos que van definiendo las instancias del relato de Angol Mamalcahuello. El viejo, el esquivo, el sagaz, el botánico, etc.. no son simples atributos individuales (ni menos un recurso literario mecánico), sino la suma personificada de un narrador colectivo que habla desde la perspectiva de su comunidad histórica.

Es decir, el encuentro entre el periodista y Angol (el joven que despertó al aprendizaje de la historia en el presente de las luchas políticas de los sesenta y el viejo mapuche que se había retirado a dormir en un pasado aparentemente clausurado) pone en relación a la vez dos aprendizajes históricos, dos culturas desencontradas, dos modalidades narrativas y dos opciones textuales de configurar la realidad: el reportaje, que es la escritura que diseña la tensa superficie del presente, y el mito, que orienta idealmente los ideales colectivos en su progresión histórica. Su término dialogante es la novela (3).

Desde el punto de vista de los hechos narrados, estas dos voces actualizan dos momentos históricos aparentemente desconectados entre si. y que la inter-acción textual va a unir en una suerte de aprendizaje compartido de las facultades de la memoria: la rebelión araucana de 1934 contra los nuevos usurpadores de tierras, tal como la cuenta uno de los sobrevivientes de la epopeya olvidada, y el día del encuentro entre el personaje-narrador y el testigo, hecho que ocurre durante el periodo de la Unidad Popular (1970-1973), cuando el clima optimista de transformaciones sociales estimulaba un proceso de reconocimientos y re-valoración de aquellos hechos del pasado negados por la historia oficial.

Angol Mamalcahuello y su compañera Anima Luz Boroa, junto con personificar la espiritualidad de la tierra ancestral, representan la memoria oral y la verdad de un pueblo cuya historia ha sido marginada no solamente por razones sociales y raciales, sino por su marginación del circuito de comunicación cultural prevaleciente en el medio chileno. El periodista personifica en cierto sentido al intelectual en busca de la secreta fisonomía histórica de su país, de un legado que debe formularse en palabras, y de un nuevo sentido para su vocación profesional. Es significativo que el encuentro entre los dos personajes que narran muestre la interacción de dos modos culturales diferenciados de preservar los hechos narrados:

"¿Qué es ese aparato que tienes colgado del hombro, señor?

-Una grabadora.

-¿Y eso a qué sirve?

-Guarda tu voz. Así, si yo he olvidado parte de lo que me cuentas, puedo escucharte de nuevo. Es una herramienta de trabajo.

-¿Como un arado?

-Si. Pero el arado escarba en la memoria de la tierra para hacerle recordar la semilla. Este escarba en la memoria del hombre para hacerle espigar sus historias" (p. 16).

La historia que guarda en su memoria Angol Mamalcahuello es la rebelión de su pueblo, ya arrinconado en los reductos del alto Bio-Bio, contra los colonos de origen europeo establecidos en el sur de Chile, quienes se organizaron en asociaciones de empresarios agrícolas y comenzaron pronto a usurpar las tierras que la Ley de Colonización Agraria del año 28 había delimitado como dominio legal de las reducciones mapuches. Es la prolongación moderna de la conquista, ahora con la modalidad trapacera de las "corridas de cerco", legalizadas con escrituras fraudulentas y con el apoyo de las "fuerzas del orden". Y es la educación social y la conducta heroica de José Segundo Leiva Tapia, un joven chileno que pasa del estudio del Castilla y la Historia en el Instituto Pedagógico a la lucha por la defensa de los derechos de sus compatriotas araucanos.

En la figura del héroe pervive el mito literario de Lautaro, pero la historia del guerrero que pasa de una adhesión socio-cultural a otra tiene antecedentes documentados en las crónicas de las luchas araucanas. Alonso González de Najera, en su Desengaño y reparo de la guerra de Chile, cuenta que un mestizo apareció luchando del lado de los araucanos, y que intentó crear una fábrica de pólvora con carbón, salitre y azufre del volcán Llaima y Villarica (4). Y el padre Rosales, en su Historia General del Reyno de Chile, refiere que en la batalla de la cuesta de Villagra el grupo indio venia a cargo de un mestizo "llamado Prieto, que poco antes se había huido al enemigo, y traía algunos indios tan bien industriados en disparar sus arcabuces que el gobernador se admiró ver a indios apuntar tan bien, arrimar el arcabús al rostro y en dispararlo, darle vuelta con tanta gala y volver a cargar" (5).

En esta épica contemporánea el joven héroe formula idealmente la integración del mundo araucano al proyecto de transformación social del país:

primero se convierte en araucano (adquiriendo una nueva identidad al casarse con una india y adoptar las pautas culturales y valores de la comunidad) y, luego orienta la lucha especifica por los derechos legales de esa comunidad en el cauce amplio de las reinvindicaciones de la sociedad nacional.

Las armas que ha traído del mundo adversario no son simplemente técnicas, como el caballo o las armas de fuego, sino intelectuales: el conocimiento de la historia y de la lengua oficializada en el medio chileno.

El sino trágico de esta epopeya y la derrota del proyecto que formula el héroe reside en una situación real que si bien el narrador no hace explícita se subentiende en el decurso de los hechos narrados: Arauco, como comunidad histórica, no tiene ni el reconocimiento ni la solidaridad del resto de las fuerzas sociales del país, y esta situación de aislamiento la hace más vulnerable a la reacción represiva del poder dominante.

Marginación del cauce nacional de la historia, silenciamiento de los hechos y la voz de una comunidad relegada a un rincón geográfico del país. La estructura formal y la disposición artística de la novela realzan esta situación de derrota, pero a la vez le dan una funcionalidad distinta a la palabra poética. Es una palabra plural que se formula como actualización y réplica del sistema tradicional de la crónica o acta colonial y su perspectiva univoca. El tiempo de la narración se circunscribe al ciclo natural del día, y el diálogo de la memoria aparece como una actividad productiva ejerciéndose contra el silencio nocturno y el dormir. La acción central de la epopeya se vivió en una olvidada noche de batalla, y la narración de Angol Mamalcahuello se expande elípticamente de la media tarde de un día al ocaso del siguiente, convirtiendo la noche en el espacio propicio para la recuperación de los signos secretos del tiempo vivido. El motivo de la derrota de la noche (derrota del olvido) por la palabra forjada junto al fogón explícita su sentido al final del relato, cuando "el viejo, el contable, el perdonado, el sobreviviente Angol Mamalcahuello" cierra su relación y finaliza el libro con estas palabra:

"Al cabo empezó a venirse el día guardabajo, empezó a brotar el crepúsculo primero y después la noche y ya no veíamos nada, ya no podíamos contar, y entonces nos tomamos de la mano, nos afirmamos en el árbol y nos quedamos dormidos. Dormidos hasta hoy día, señor" (pp. 149-50).

El despertar debe entenderse, consecuentemente, en tres planos: en el tiempo de los hechos narrados (la gesta de despertar a un nuevo estadio de la lucha social), el tiempo de la narración (un despertar de la conciencia histórica de los personajes que narran, y que rescatan de la memoria colectiva un acontecimiento marginado del discurso textual y que debe formar parte de la memoria histórica de la nación) y el tiempo de la situación comunicativa real que establece el autor con los lectores, re-valorando un tema literario que había tenido también una atención marginal, con escasísimas excepciones, en las preocupaciones de la literatura chilena contemporánea.

Actas del Alto Bío Bío, como representación imaginaria, logra un feliz equilibrio entre la virtualidad documental del discurso y el vuelo poético de la prosa. Pero más allá de sus méritos literarios, la novela contribuye a ampliar nuestra visión de la heterogénea fisonomía socio-cultural del sur de Chile, y a situar un probable enclave de desarrollo distintivo, peculiar, en ese territorio en muchos aspectos fronterizo. Por una parte, la realidad casi inédita de la colonización europea en las provincias del Sur (nos referimos aquí a las zonas que recibieron un aporte significativo de inmigrantes a partir de la segunda mitad del siglo XIX; la noción de Sur que maneja el chileno es bastante peculiar: es lo que queda al sur de la ciudad).

La colonización de los territorios al Sur de la linea de la Frontera fue asentando comunidades de origen francés; italiano; alemán: ingles yugoslavo, que no sólo influyeron en la evolución económico-social de esas zonas, sino que facilitaron una superposición de ascendencias y pautas culturales de raigambre diversificada, que le otorgan un sello peculiar al modo de vivir la realidad de esas regiones. En relación a la visión ideológica y las pautas de relación social con los habitantes nativos, habría que investigar qué peso tuvo este nuevo proyecto colonizador en la desmembración social y cultural de Arauco y de las comunidades indígenas australes. Por otro lado, la novela pone en cuestión la percepción de la realidad araucana contemporánea, una situación que tiene, para decir lo menos, aristas polémicas. Enaltecido patrioteramente en el discurso histórico oficial, como elemento apto para la formulación ideológica de un pasado heroico (con monumentos, loas y retratos a colores en los textos escolares), pero negado o segregado en la cotidianidad social, o en el mejor de los casos objeto de un reconocimiento paternalista, el pueblo mapuche no ha tenido un acceso distintivo a los proyectos de nación postulados por los sectores que dinamizan la lucha (o el diálogo) social de Chile. Quizás ahora, cuando una coyuntura de crisis obliga a reformular la idea de país, a revalorar los componentes básicos de su humanidad real, y cuando una de esas comunidades de base el pueblo mapuche, se organiza para reivindicar un espacio histórico de existencia, el status diferencial de ese pueblo (¿nación, comunidad étnica, clase social?) tenga una atención distintiva en el debate político y cultural.

Respecto a la literatura, ese espejo aleatorio de la identidad cultural, Patricio Manns destaca un punto de partida para la transformación liberadora de la escritura:

"¿O me está contando una misma historia repetida bajo el ropaje de otros nombres, bajo el signo secreto de un polvo palimpséstico de otro tiempo? Esto es lo más probable; Su obsesión latente no le permite alejarse mucho de José-Lautaro. Un simple y profundo principio de identidad, después de todo: nada de anormal tratándose de la fantástica memoria aborigen. Del ansia de no olvidar. Rodolfo Lenz, el filólogo alemán, hablaba ya a comienzos de siglo de la memoria araucana, de su excepcional capacidad narrativa y, sobre todo, de su facultad de recrear acontecimientos muy distantes en el tiempo que, en boca india, parecen sucedidos ayer" (p. 104).

La poética del palimpsesto, esa superposición dialogante de la experiencia cultural desarrollada en la literatura como proceso plural (en este caso la literatura sobre el mundo mapuche), puede estimular un proceso que ponga en tensión la capacidad narrativa del pueblo mapuche y propiciar el surgimiento de su rostro intimo: una literatura formulada desde su cosmovisión histórica y cultural.


II

JOSÉ MIGUEL VARAS

José Miguel Varas es periodista y escritor. Vive en Moscú.

Actas del Alto Bío-Bío de Patricio Manns, refleja de manera singular, esencialmente literaria y poética, un episodio sangriento y en buena medida ignorado de nuestra historia: el alzamiento mapuche y campesino de 1934, en la región del curso superior del mayor de nuestros ríos, que fue reprimido con ferocidad inaudita por fuerzas de carabineros, durante el gobierno de Arturo Alessandri Palma.

Es lo que se conoce también como "la masacre de Ranquil". El mismo episodio que inspiró la novela Ranquil de Reinaldo Lomboy y la película de Miguel Littin La tierra prometida, que fue completada y estrenada en el extranjero después del golpe militar y que no ha sido exhibida en Chile.

Pero el libro de Patricio Manns, que antes ha incursionado por la historia de Chile en busca de otros episodios ignorados de la lucha social, en su novela Actas de Marusia y en su reportaje sobre el levantamiento de la marinería, se diferencia notoriamente de las versiones anteriores sobre el mismo asunto.

Ante todo, porque el escritor narra la historia por boca de Ángel Mamalcahuello, un viejo patriarca mapuche, y de su compañera Anima Luz Boroa. El alzamiento aparece, en esta versión, esencialmente como un movimiento de los mapuches en defensa de su tierra y el componente criollo, los campesinos pobres no mapuches, queda en un segundo o tercer plano. No estoy seguro de que los hechos hayan sido exactamente así. pero tampoco la intención del autor parece ser estrictamente documental.

A través del relato, hablado en un lenguaje musical y rítmico que, para nuestro gusto, el autor hace un poco más "literario" de lo preciso, con riesgo para su verosimilitud, surge la figura legendaria, casi mitológica, de José Segundo Leiva Tapia, el profesor de Historia y Castellano, militante comunista, que encabezara el levantamiento de 1934.

La prolongada tragedia, la historia del sistemático e inmisericorde desplazamiento de los mapuches de sus tierras, aparece así en el testimonio de Ángel Mamalcahuello:

"Antes no había reducciones, señor. Tú has comprendido bien que las reducciones son una vergüenza. Desde su nombre son una vergüenza: te reducen. Es el nombre político del despojo. Nuestros mancebos, que trabajan en las panaderías de las grandes ciudades y saben ya leer y escribir el castilla, me cuentan que en América han hecho lo mismo con los mapuches. Todo esto fue tierra india. Todo. Hasta el mar. Y desde el Bio-Bio hasta el canal de Chacao. Miles de kilómetros cuadrados. Entonces comenzaron a llegar. De a poco. Por familias. Iban matando de a poco también y sumando tierras a las tierras que el gobierno de turno les entregaba. Tenían carabinas. Sus armas eran las carabinas, la sífilis, el aguardiente, la Biblia y los Juzgados de Indios. Con todo aquel arsenal se fueron apoderando de las tierras indias. Venían de Alemania, de Francia, de Italia, de Yugoslavia, de Inglaterra. Pero yo te hablo de fines del siglo pasado y de este siglo. Yo he visto casi todo eso con mis ojos de ochenta años, señor."

Mientras los ricos y los militares se peleaban por el gobierno de la República -cuenta más adelante- en el sur se asociaban los colonos de origen alemán en la Colonia Alemana, los de origen italiano en la Colonia Italiana y los de origen francés en la Colonia Francesa, para adueñarse de las ricas tierras que aún quedaban en manos de los mapuches, con el pretexto de "incorporarlas al progreso".

En 1929, bajo la dictadura de Ibáñez, el Congreso Nacional aprueba una ley especial, concediendo a las tres asociaciones de colonos y extranjeros recién creadas, derechos de propiedad sobre 175.000 hectáreas de terrenos en el Alto Bio-Bio, Nitratúe, Ranquil y Lonquimay. Pero inicialmente el gobierno no pudo imponer la aplicación de esa ley, que implicaba necesariamente el desalojo de miles de familias campesinas, por la resistencia de los pequeños propietarios criollos, no mapuches, que tenían predios en los valles y títulos de propiedad otorgados por el Estado. Además, el momento era de fuertes convulsiones sociales y el gobierno no quería agregar nuevos problemas a los que ya tenia, pero en 1932 regresa Arturo Alessandri a la presidencia y con él vuelve la derecha tradicional. A fines de 1933 la Sociedad Nacional de Agricultura presiona para que se aplique la ley de 1929 y se haga efectiva la usurpación.

Empieza entonces la lucha que, para los mapuches no es sino la continuación de otras más larga, iniciada casi cuatro siglos antes. Cuenta Ángel Mamalcahuello:

"Por las noches venían a avisarnos que estaban los estancieros abajo, donde termina el valle y comienza el contrafuerte cordillerano. Estaban con caballos, con revólveres, con cuchillos, con perros, con escopetas de dos cañones. Todos agrupados, marcaban el terreno de noche, y de noche sentíamos cómo nos estaban arrancando los pedazos de tierra, los pedazos de carne. Una vez un criollo pobre llamado Dióscoro Bobadilla, que vivía en buena vecindad con las reducciones indias, se emboscó, señor, armado de una escopeta vieja como la que parió a su abuela. Era un hombre de corazón limpio, biempensante, tranquilo y orgulloso. Dijo:

-A mi estos carajos no me roban un palmo.

Y se emboscó como digo. Por la mañana, al alba, subió un pequeño llamado Aníbal Tupallachi y nos gritó que encima del cerco nuevo estaba la cabeza de Dióscoro Bobadilla con los ojos abiertos, mirando el pedazo de tierra que le robaron la noche anterior. Nosotros nos reunimos para ver lo que pasaba y encontramos allá abajo, de verdad, la cabeza de Dióscoro, con los ojos inmensos, bobadillas, mirando. Dijeron que, además, le dieron su corazón a los perros, porque los perros son los mejores amigos del hombre y sólo comen corazones puros. Entonces, como digo, estábamos reunidos y nos miramos todos y dijimos:

-Ahora la cosa empieza de verdad para nosotros."

El relato adquiere un ritmo cada vez más acelerado. Es como un filme en que la compaginación eliminara implacablemente todas las secuencias intermedias. La acción salta continuamente hacia adelante. Leiva Tapia se agiganta, transformado en jete político y militar de una batalla que los mapuches saben perdida de antemano pero que libran de todos modos, con la decisión obstinada de un pueblo que se bate desde hace siglos.

La bella descripción del matrimonio de José Segundo Leiva Tapia con Deyanira Allipén, en el más puro estilo ceremonial mapuche; el recuerdo preservado por la memoria de Mamalcahuello de sus breves discursos políticos, de sus disposiciones logísticas y estratégicas, el relato de su combate y de su muerte, van configurando el retrato legendario del profesor comunista transformado en líder campesino, de cuya biografía exacta se sabe poco.

En algún momento, para el narrador, el recuerdo de Leiva Tapia se funde o se confunde con el de Lautaro, cuyas hazañas siguen atesorando y relatando hasta hoy los mapuches.

El horror y la magnitud de la represión desatada por los carabineros, es una verdadera operación militar de aniquilamiento; las obstinada y astuta resistencia de los mapuches, a los que se sumaron numerosos colonos criollos; el calvario de los prisioneros, que eran setecientos al partir y sólo treintaisiete al llegar, llenan las páginas más estremecedoras del libro que nos deja, al finalizar, la imagen de los cadáveres que bajan por el Bio-Bio después de la matanza:

"Yo abro los ojos y miro y veo que pasa un humano flotando, con la nuca solamente afuera y los brazos abiertos. Iba como mirando para el fondo. Detrás venia otro. Contamos.

-Uno -digo yo.

-Dos -dice Anima Luz Boroa.

-Tres -digo yo.

-Cuatro -dice Anima Luz Boroa.

-Cinco -digo yo.

-Seis -dice Anima Luz Boroa.

-Siete -digo yo.

Y así, media hora, una hora, dos horas, tres horas, cuatro horas, cinco horas, seis horas, siete horas. Contamos como cuentan corderos los mocetones que no pueden dormir... Al cabo empezó a venirse el día guardabajo, empezó a brotar el crepúsculo primero y después la noche y ya no veíamos nada. ya no podíamos contar, y entonces nos tomamos de la mano, nos afirmamos en el árbol y nos quedamos dormidos. Dormidos hasta hoy día. señor."

La imagen final es de infinita melancolía, clima que tifie a menudo, a lo largo de la narración, las palabras del viejo Ángel. ¿Será justo, empero, decir que los mapuches durmieron, que guardaron silencio, que cerraron los ojos después de la horrenda matanza? Tal vez lo sea, como expresión del pensamiento y del estado de ánimo del anciano sobreviviente. No del pueblo mapuche entero, que no ha cesado nunca de luchar, que jamás ha aceptado la derrota y que hoy de nuevo, levanta sus pendones para reclamar la justicia y la tierra que se les niegan empecinadamente.


3

GUIDO DECAP

Guido Decap es médico. Vive en Madrid.

Hay lugares hechos de lejanía, con nombres también de lejanía: Lonquimay, Vilcún, Malalcahuello, Lautaro, Pino Solo, Cuneo. Selva Oscura, Púa, Pampa Cayalafquén, Nahuelbuta, Canicú, El Llaima, Liucura, Lumaco, Cherquenco, Traiguén, Pino Hachado: son sitios habitados por la lluvia, por la niebla y la humedad nevada; por árboles y pájaros; por hombres y mujeres que visten ponchos con olor a humo, caballos de pelo largo en invierno y altas araucarias que se hunden en las nubes.

Allí todo es extenso y empinado. La vegetación trepa por los montes, los ríos bajan en crecimiento continuo y los inviernos son largos y lluviosos, plenos de claro oscuro. A veces, en las mañanas de invierno la niebla invade todos los espacios y el tiempo emerge silencioso de una atmósfera plateada, impenetrable; se crea un entorno sin horizonte ni frontera y todo navega, flotando. No es posible verse las manos y no se sabe donde termina la planicie y se despeña la quebrada. A los sonidos y la luz se los traga la neblina, nube terrestre, cortina y tregua, intimidad secreta.

En ese territorio el pan nace de un trigo poco molido; cereal con cascara que se convierte en harina negra o harina en ramas. Bautizan el pan con el nombre de tortilla y le dan forma redonda y aplanada las manos que mezclan amasando en bateas de madera. El agua, que abunda en manada torrencial, viene de pozos, de vertientes, en esteros fríos de color azul. arroyos veloces, agua del roció y de la escarcha. El pan nace ahí en la cuna del agua. del trigo y la madera; el pan nace del fuego, es enterrado en la ceniza, en el rescoldo de las brasas, madera convertida en ceniza y humo. palos de leña con nombres de una sonoridad dulce y parca: litre. boldo, el maitén, los mañíos, el canelo, el avellano, el maqui, el quillay, los chilcos con sus campanas rojas y sus estambres alargados, el raulí para los puentes; el árbol del hualle, árbol que devendrá en roble y que después de muchos años engendrará una dureza insobornable: el pellín; los temos, las mismas araucarias con sus hojas erizadas por la savia; la dulzura secreta del chupón, el copihue, las larguísimas y delgadas quilas que protegen, el amarillo estridente del retamo, los alerces milenarios.

Allí la gente se viste con ropas viejas, heredadas repetidamente: se viste con lana que viene a cumplir su misión exacta de abrigar. La esquila en los veranos, el lavado en grandes canastos que sumergen en el río, los pies descalzos, el apaleo con varillas de sauce mimbre, el secado al sol de los vellones, el cardado y el destino al huso donde se hila largo; las hebras convertidas en hilos color de tierra terminarán integrados en un poncho color de arena, una chomba color de harina, unos calcetines color raíz, un gorro color de trigo, la lana en blandas motas rellenará colchones donde descansen los cuerpos; la lana directamente en pellejos desollados para cubrirse en las lluviosas noches; como colchón primordial para acoger al niño en su llanto y su sueño, en su color amarillo, en su olor a orina y humo y leche.

Las piedras están labradas por el agua, acariciadas, golpeadas, suavizadas. moldeadas por el caudal correntoso; las piedras negras porosas, la blancas suaves y sus vetas grises, las transparentes ágatas pequeñas, las rojizas terracotas, las planas y pesadas color acero. Las piedras son transportadas desde el río para servir de silla, de almohada, de molino, de plato, de martillo, de arma. de cuchillo, de campana, de amuleto, de lápida, de mesa cotidiana, de conexión elemental y dura con la tierra.

Los caminos del bosque, los senderos, la huella horadada por la rueda, por la ojota, por el propio pie desnudo, por la herradura y la pezuña; las subidas empinadas, polvorientas en verano, resbaladizas en invierno; las ramas de la llora arropando el espacio abierto de la vía; el vado en el estero, el agua clara, pura, fría, dulce y limpia.

A menudo se bifurcan, se multiplican o simplemente se deshacen los caminos en varios senderos laterales, sugerentes, inquietantes bajo el litre o el quillay; las sendas se dividen en lineas cardinales para desembocar algunos en nada, otros en un corral, en una casa, en otro camino, en un arroyo o en la espesura verde de las ramas y las hojas.

Las casas están hechas de madera, de barro, de cañas, de paja, de varas y palos labrados; la tierra apelmazada del suelo, apisonada, los pequeños relieves donde juegan niños vestidos con harapos y con juguetes primitivos hechos de una rama, de un tronco; una carreta de juguete con su pértiga, sus varas, sus ruedas, su baranda; un caballito de palo con riendas de junco; un cuenco pequeño donde cocer imaginarios alimentos. En los niños los mocos dejan una huella espesa desde la nariz hacia la boca; el pelo negreen greñas, quizá con piojos; la risa y el llanto; la esperanza de vida tan escasa, la muerte precoz.

Las mujeres son parcas, pequeñas, gruesas y dulces en su intimidad de tierra adentro; las jóvenes tienen el sabor ácido, las manos hábiles, modales de misterio; sus palabras son suaves y escasas; sus ojos protegen, cuidan; ellas observan calladas, escrutan los signos.

En la novela de Patricio Manns, sus personajes y el magno acontecimiento de que nos habla tienen la respiración de aquellas tierras, de su flora y de la lluvia, de sus colores y olores, de la niebla y la madera. Leerla es viajar comarca adentro, historia y gente adentro. Para los que hemos vivido aquellos atardeceres, y los sueños que arrastra el rumor del río multiplicado por los árboles y la noche, la lectura de Actas del Alto Bío-Bío es un viaje al encuentro de la memoria, de la raíz, a la substancia misma del origen.


Notas:

1. En la bibliografía de Patricio Manns hay que agregar, además, sus ensayos y antologías Francisco Coloane, el solitario narrador de fondo (La Habana: Letras de América. 1975): Violeta Parra, la guitarra indócil (Madrid: Ediciones Júcar. 1976; 2ª edición. Concepción: Ediciones IAR, 19S6); Antecedentes históricos del Frente Patriótico Manuel Rodríguez (19S5). y los poemarios Sinfonía genital (1979), El Síndrome de Estocolmo (1985) y Cantares de guerra (1986). estos últimos textos inéditos en el momento que redacto estas páginas.

2. Patricio Manns, Actas del Alto Bío-Bío (Madrid: Ediciones Michay, 1986. Col. libros del Meridión).

3. Este diálogo discursivo, que pone en tensión literaria las opciones del cronista de los hechos contemporáneos y la del escritor que busca ser portavoz del legado del pasado (el "gran lengua" en la perspectiva de Miguel Ángel Asturias), es un importante elemento estructurador de varias obras de la promoción más reciente de narradores (Eduardo Gaicano, Antonio Skármeta, Ariel Dorfman y otros).

4. Alonso González de Najera, Desengaño y reparo de la guerra de Chile (Santiago, COI H CH. XVI, 1889), pp. 120-22.

5. Diego de Rosales, Historia General del Reyno de Chile. Vol. II. 1877-78, p. 368. Citado por Alvaro Jara, Guerra y sociedad en Chile, 2ª edic.. Santiago, 1981, p. 66.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03