La Espera

La Espera

Ernesto Malbrán

Literatura Chilena, creación y crítica. N 18 dic. 1981

Miró el reloj. Eran las once y veinte y ella no se divisaba por ninguna parte. Inició largos y nerviosos paseos por el pasaje, contemplando distraídamente los artículos que se exhibían en los escaparates. "Para lo que me importa que la casa se venda o no -pensó-. Un día me voy a largar de aquí, me voy a embarcar y no van a saber más de mi"'. Y se imaginaba a bordo de un transatlántico, mecido por las cambiantes olas del océano y en mitad de la noche. Imaginaba absurdas conversaciones con gentes de otros lugares, en un dialecto desconocido e inventado por él.

Se detuvo ante el escaparate de una casa de cambios y se quedó mirando las monedas. "Un marco, una lira, una peseta..."

Tenía ahora el estoque y se sentía confiado. La chaqueta de torero espolinada de oro resplandecía bajo la cálida tarde de mayo. El toro embistió. Lió la muleta, levántenla espada, apuntó a lo más alto del morrillo, entre paletilla y paletilla, y se lanzó a matar por sobre el cuerno del toro. Su palma empujó el pomo y la hoja se deslizó hacia adentro lentamente, y cuando su mano tocó la parte superior del cuero negro, el asta ya había pasado cerca de su pecho y el toro estaba muerto. Vio cómo las patas le flaqueaban y los ojos tornábanse vidriosos y lo observó caer a sus pies, herido de muerte, mientras recibía el grito delirante de la multitud. Cortó las dos orejas y el rabo y disponíase a dar la vuelta al ruedo, cuando se vio en el cristal de la tienda.

Se vio tan desmesuradamente alto, tan flaco y abandonado, con la barba de tres días y el lazo de la corbata descorrido, que una grande compasión por si mismo lo invadió y sintió los ojos brumosos. Miró nuevamente el reloj. Las once y cuarenta. Qué raro, ella siempre era puntual. ¿Qué podría haberle pasado?

Y comenzó a inquietarse por ella y sus paseos aumentaron.

Ya no miraba los escaparates, y escrutaba nerviosamente los rostros de los transeúntes, como si esperara verla aparecer de un momento a otro. De pronto se turbó. Había reconocido en uno de los transeúntes a un antiguo compañero de colegio. Trató de evitar el encuentro, quiso volver sobre sus pasos... ¡Demasiado tarde! Se sintió cogido, atrapado, giró sobre si mismo tratando de dominar la ira que abrazaba su corazón y enfrentó el saludo. "¿Oyes la campana, viejo? " En el fondo de si mismo oyó clamar esa campana otra vez...

Recordó el patio inmenso recubierto por la escarcha de la madrugada, la sala de clases, el pupitre desvencijado del maestro, el vaho de las respiraciones... " ¡El primero es el Gran Capitán! " Y todos en una loca carrera, tropezando, cayendo, rodando sobre la tierra dura y húmeda, afanábanse por alcanzar la pileta para no ser vencidos. Al sentirse abrazado, así, de repente, por ese antiguo camarada de colegio, se estremeció y un hondo silencio se apodero de su alma y no tuvo valor para hablar y retribuir el saludo. " ¡Capitán, Gran Capitán! " Se reprochó no haber correspondido al saludo con igual generosidad y, súbitamente, se avergonzó de sí mismo.

Hubo un silencio largo, interminable, y una rigidez extraña parecía adueñarse de ambos. Hurtó la mirada, quiso huir, escabullirse... Cuando tornó a alzar los ojos, el rostro de su amigo estaba pálido. " ¡Hasta la vista! ", alcanzó a oírle decir antes de verlo incorporar, a la multitud y seguir su camino.

Miró el reloj. Las once y cincuenta. " ¡Que estupidez, pensará que la voy a esperar toda mi vida! - Se interrumpió de golpe -. ¿Y si le hubiese sucedido un accidente? ".

El corazón pareció detenérsele en el pecho y sus ojos vagaron por el pasaje sin encontrar a nadie. Se sintió a la deriva, solo y deshabitado. "Cinco millones - pensó -. Cinco millones van a pagar por esa casa donde ha transcurrido mi infancia, donde vi morir a mi padre.

¡Maldita sea y todo para qué! Cinco millones de pesos", repitió como para sí. Y se vio a bordo del transatlántico rumbo a países remotos. Estaba en el entrepuente tirado en una silla de lona y contemplaba como una estrella caía, allá lejos...

Entonces la vio aparecer en el extremo del pasaje. Caminaba sin prisa, doblada sobre si misma, como si deseara pasar inadvertida. Llevaba aquel ridículo abrigo gris con pelotitas de lana que le caía pesadamente sobre los hombros protuberantes.

Sintió vergüenza de que toda esa gente pudiera verlo con ella y, sin darse cuenta exacta de lo que hacía, se ocultó en el interior de esa tienda y la dejó pasar y la vio subir las escaleras, sola. "Hazte hombre Ernesto. Hazlo por mí". Y saliendo de la tienda alcanzó la escalera y subió tras ella.

Unos escalones más arriba la oyó jadear entrecortadamente, extenuada. Le pareció que la veía por primera vez, más arriba que él, con sus pies apuñados y contrahechos, nimbados por un silencio secreto que si desprendía humildemente de su ademán agarrotado por una caminata demasiado larga. Esos pies se habían despojado ya de toda la manera de caminar de que habían sido capaces y pasaban ahora de un día a otro arrastrando suavemente las plantas como si desearan ir borrando las huellas tras de sí. Vio a esa mujer como era: dominante, de una personalidad vigorosa, acostumbrada a conseguir lo que quería, a querer verdaderamente y a que las cosas fueran como ella las veía. Abnegada, heroica, de un arrebato emocional que la aislaba de las razones ajenas, acorralada por la vejez, sin bandera, con el mástil desnudo y siempre sobre el lomo del mar; el miedo metido en la médula de los huesos, no oía, no podía oír ya, y demasiado orgullosa y digna para dejar escapar un grito de socorro.

Sintió que la amaba y que la vida había sido generosa con el. "Toda ella es un largo viaje", se dijo, y subió los escalones de dos en dos hasta llegar a su lado, y con un gesto de exquisita cortesía varonil le ofreció el brazo.

Sus ojos se encontraron. Ella pareció vacilar y buscó su apoyo y el recibió el peso de su cuerpo frágil y remoto, y le pareció que toda la sangre de ella lo golpeaba por dentro. "Espérame a las once en el pasaje - había dicho ella -. No tardes. Hoy vence el plazo para firmar las escrituras." Y apoyados el uno en el otro iniciaron el pesado ascenso de las escaleras.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03