La memoria del exilio

LA MEMORIA DEL EXILIO

Sergio Macías

Araucaria de Chile. Nš 28. Madrid 1984

A Nieves Soria

Hay alguien que me espera. Vive muy lejos, pero está ahí, con sus largos brazos extendidos hacia mi retorno.

Muchos se van y no vuelven. Algunos que se fueron con el último disparo de luz quedaron sepultados bajo un montón de hojas amarillas.

Regreso en la memoria que es como una golondrina. Busco el calor de los follajes, la plenitud del viento y el vuelo de las mariposas.

Vuelvo al territorio de los indígenas que combatieron a los crueles conquistadores. A la Araucanía, donde los volcanes estremecen la tierra cubierta de espigas.

La memoria es una provincia de lluvias y arcoiris. Hoguera de aromos que arden en la soledad.

Los ojos se hicieron con el llanto de los inviernos. Y la alegría responde a la libertad de las nubes que surcan el cielo peinando sus cabellos ante el espejo del sol.

Hay un hombre que ha vivido un duro y largo destierro. Ese soy yo, cargado de pobreza, de recuerdos y suicidios. Se me cae a pedazos el alma por el amor a un trozo de América, a un hilo de nieve, a una araucaria olvidada.

Es viejo, pero está erguido rozándole el viento por los cuatro costados. Su corteza aún es fuerte. Me escribieron del pueblo diciendo que en la última primavera se llenó de pájaros, y que lloraron de dicha porque dio frutos resplandecientes como el sol. El roció cae de sus hojas.

Casi siempre está triste. Vive como yo, un exilio íntimo con ríos y sombras profundas que agitan su corazón. Tiene partida el alma. En sus interminables laberintos murmura el mar y las piedras se precipitan a los abismos del silencio.

Sus frutos no son otros que nidos hechos de espigas. Brillan por todos lados con sus muros de hierba. Humildes moradas que cantan desde el alba. Hay un tiempo en que las luciérnagas se recuestan en ellas como pequeños luceros.

Roble de la desolación.

Sus raíces hablan de las ceremonias de la lluvia. A veces tímido deja que el frío le coloque su sombrero de escarcha.

Bajo las ramas camina el viento. Ondula su cuerpo como los caracoles del crepúsculo.

En la noche la luna planta sus raíces.

Una mañana compartí mi vida con el roble. Los dardos del sol comenzaban a penetrar a través del follaje.

Los pájaros cantaron formando un concierto de notas vegetales. La luz emitía sonidos al deslizarse por las hojas.

Una joven campesina que me esperaba se desnudó dulcificando mis ansias.

Limitado por la distancia y el tiempo la ausencia pone su traje de pena.

Bebo mi vino esperando que el sol se oculte detrás de la montaña. Que descienda hasta el corazón de las piedras para multiplicarse en los ojos de la oscuridad.

Memoria del hombre errante.

Templo de los otoños.

Navío de nieblas.

Falo de las sombras para entrar en el alba con la substancia de los manzanos.

Ansia de cataratas planetarias.

Vamos muchacha con olor a tierra a extinguir el crepúsculo! Necesito dormir entre tus senos que albergan la ternura. Ven a darme el amor andino, mujer perfumada a mar y flor!

Consigue con tus alegres ojos de paloma silvestre desenredar los hilos del tiempo que me atan a la soledad. Ah, memoria del océano! Ola que estalla en los acantilados con cantos de gaviotas y muertos! Recuerdos de amigos desaparecidos que forjan corales de fuegos melancólicos.

Nadie podrá hacerme olvidar el paraíso de la luz, de la nieve y los pájaros. Luz que se hizo estación de los crepúsculos. Nieve que construyó su nido en mis sueños. Pájaros que vuelan de mi alma hacia el Sur, dejándome una primavera vacía.

Memoria que me arrastra a la infancia. A las estatuas del agua.

Lágrimas que labran el río Donguil. Flauta de luz que entona la música de la lluvia.

Misterio de la raza que se funde en el canelo.

Hijo amamantado con la leche de la aurora.

Soy del Sur, como aquellas manzanas que caen sobre la paz de la hierba y se duermen hechas ovillos del sol.

Volveré al escenario de las hiedras a coger a peces de fuego?

Consolaré mis canas en la rebelión de los rosales?

Me cogerá una mano aldeana baja el rocío de los castaños?

O caerá el hacha violentamente partiendo el roble de la memoria?

El destierro cansa, hiere, languidece como una hoja de otoño. Sin embargo, admiro la vida y la impaciencia de la juventud. Reclamo esa ansiedad de los jóvenes que a esta hora muerden las bocas del amor como frutas espléndidas.

Las muchachas dejan los cántaros de agua para abrazarse a los pechos robustos.

El fuego de la piel levanta llamas en cada noche acumulada de estrellas.

Los astros cubren los cuerpos desnudos con las sábanas del silencio.

No dejemos escapar el instante de las golondrinas, el canto de los grillos, los enigmas de los líquenes, el eco del árbol, los murmullos que corren por debajo de la tierra. Los patos silvestres sacuden el rocío sobre los juncos. El aire inclina a los ciruelos.

Retornemos al roble que conserva las cicatrices de cada atardecer. Bajo su sombra retengamos el afecto a la madera, a la hoja apacible, al caracol solitario. Busquemos la luna y los astros en la soledad de sus ramas. Nuestro lugar es el jardín sin tiempo, donde el amor crece en la paz de las corolas.

Cuando el crepúsculo galopa con sus caballos rojos, la memoria andina perturba mi alma. Viajo a un país que se me escapa como un arroyo de nieve.

Pertenezco a la crónica de la lluvia.

A una lejana carreta cubierta de cerezas que devoran los queltehues del tiempo.

Geografía que se desploma como alas de lágrimas.

Ola de la primavera que se rompe en los pechos de las tórtolas. Granero de las piedras del cielo.

Cojines marinos que se aglomeran como sacos de estrellas. País que hiere con sus huellas milenarias las vegas del corazón. El retorno precipita la memoria como el sol en la boca del mar.

Océano de la soledad. Gallo de nubes que canta en las colinas de la sangre. Memoria de roble labrado por el viento.

El cielo se recoge como una mano de arena.

El sol cuelga como un ojo de la córnea del silencio. El exilio tiene el perfume de los desiertos, el hastío de la ausencia.

Soy el desterrado de la Cruz del Sur. Mi peor enemigo. Vivo destruyéndome ante una palabra, un plato de comida, una copa de vino, un libro, unos pasos. Todo lo que produce dulzura, goce. sueños, me enloquece. Deseo ser una simple raíz de poleo o de hierbabuena de la patria. O piedra de la noche iluminada. Fuego de los pastores. Canción secreta de los aromos.

En todo hombre existe el árbol de la sangre. El roble que alberga a la luna en la Araucaria, y el que expande sus ramas por mi alma. El está solo bajo la lluvia y yo acá cubriéndome con la niebla del infortunio.

Mi corazón está donde nacieron mis amigos que se acostaron con la muchacha de la lluvia.

Hemos bebido el mismo vino milenario y desnudos nos sumergimos en las vertientes de la Frontera.

Ellos se quedaron tejiendo el arcoiris de la patria.

Siguieron cantando a través de la sangre para la paz.

La muchacha de Cautín me abrió sus muslos apretados de campesina.

Fui en ella río de fuego y luna.

Los gemidos se extendieron por las manos del viento.

Mi alma es la provincia del agua.

Memoria del lugar donde los bueyes introducen sus hocicos para beber hasta el sonido de la hierba.

Inquietos tordos y pidenes que se embriagan con las lágrimas del amanecer.

Ojos profundos de maqui.

Voladores instintos multicolores.

Mi patria es el Sur y hacia allá voy como los peces devotos.

No soy más que un enjuncador de la luna.

Me miro en el espejo del día que tiene millones de pupilas. En la noche brilla la soledad. Me observo como un extraño. No me encuentro. El espejo se multiplica. Quiebra violentamente sus reflejos.

Pesadillas de la tierra de las perdices y chincoles entre las vigas de la luz. Manantiales que rebanan el aire con sus fríos cuchillos. Espadas y guerreros manchados de sangre. Uñas de las zarzas sangran mi corazón.

El rocío nace allí salpicando el pecho de las loicas. Mis latidos palpitan en la montaña. La ciudad muere solemne en la picota de la noche. Una ciudad donde vivo y que no conozco me habla extrañamente. Hay días que la escarcha se quiebra en el alma como un puente de nieve.

Deseo regresar a la morada de la luz y del agua.

Que nadie me hable de guerras sino de cosechas alegres.

Quiero caminar deshilando la lluvia.

Brotan las esperanzas de la memoria, como pájaros ciegos que chocan contra el techo del tiempo.

Fluye la sangre de mi infancia como vertiente de los recuerdos.

Ternura que se quema en la pipa de la noche como mariposa de cenizas.

La memoria tiene alas. Me lleva hacia el origen de los helechos, donde las tórtolas, diucas, chercanes y picaflores se sumergen en la fuente cristalina del día.

Estoy lejos de la madera y los leñadores. Lejos, como pescador perdido en el mar, sintiendo permanentemente el oleaje contra la barca de la piel.

Larga es mi caminata hacia la región de los copihues, lirios y aguaceros. Una patria que a lo mejor no será la misma, aunque tenga la substancia del árbol que dejé en mi juventud.

Digno roble coronado por el tiempo. Cada día muere entre sus brazos la historia de un gorrión o de un hombre que nació para soñar.

Este poema obtuvo el Primer Premio en el concurso nacional organizado en Chile para conmemorar los ochenta años de Pablo Neruda.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03