Miguel Littin

El ojo en el corazón de Chile
Notas de una filmación clandestina

Miguel Littin

1

Después de una minuciosa preparación de meses, de contactar y elegir en diferentes países los equipos de filmación y de estudiar en detalle nuestra capacidad operativa durante el estado de sitio, con identidad y pasaporte falsos cruzamos la frontera. Al bajar del avión en Santiago nos encontramos con la falsa imagen de una ciudad limpia y ordenada, silenciosa, poblada de monumentos y palacios iluminados. Pronto advertimos, sin embargo, los rostros adustos de las gentes que paralizadas en cada esquina miran hacia puntos indefinidos.

La primera impresión de la ciudad real: la gente no ríe en Santiago, no gesticula, casi no se mueve..., en la oscuridad sombras espectrales acechan. Comienza entonces a aparecer con nitidez pavorosa la verdadera faz de la ciudad oculta. Santiago de Chile, ciudad del agobio, de la sonrisa ausente, de la guerra subterránea. En cada esquina policías con o sin uniforme, portando modernos aparatos de comunicación, carros policiales, carros grises de guerra, ametralladoras que apuntan desde todos los sitios. Santiago, un inmenso cuartel, una ratonera. Súbitamente un escalofrió recorre las calles y la gente, se acerca el toque de queda. La ciudad rápidamente se vacía. Sus habitantes se escurren con prontitud silenciosos, con apresurada angustia buscan los últimos microbuses. Los escasos automóviles corren desenfrenados y al parecer sin sentido. Cae entonces sobre la ciudad el peso de una interminable noche, como un vaho caliente el terror recorre la ciudad de calles angostas y edificios grises. Se siente, entonces, el peso de la dictadura.

La pavorosa ausencia, las horas donde todo es posible: la detención arbitraria, las desapariciones, las torturas, los degollamientos, el asesinato; el terror, en fin, como única razón de estado.

2

A Valparaíso, el puerto principal, lo cubre la niebla del otoño. Como si se tratara de un extraño ballet, con parsimonia bajan y suben los ascensores, llevando y trayendo a gente adusta desde el puerto a los cerros y desde los cerros al puerto... Nosotros filmamos sus rostros, preguntamos. Ellos responden entre dientes, apresurados..., los muros de los pequeños ascensores construidos por los ingleses en el siglo pasado están cubiertos de leyendas: "Abajo Pinochet"... "Muera la dictadura."

Las protestas han sido borradas y una y otra vez vueltas a escribir por las manos anónimas de quienes resisten cada día.

"Antes era distinto, caballero, vivíamos en democracia. No, no me pregunte nada." La mujer prematuramente envejecida se tapa el rostro con la mano izquierda, mientras que con la derecha aprieta contra si un pequeño paquete con restos de comida. "No, no. Yo no quiero decir nada. Yo, mire (y con un gesto sella su boca)."

"Antes teníamos libertad..., a mi no me importa ser pobre, señor, pero quiero decir lo que siento y lo que pienso. No es mucho, ¿verdad?" El hombre tiene más de sesenta años, es alto y fuma incesantemente. "Así no dan deseos de vivir. ¿Para qué levantarse todas las mañanas?"

Desde los muelles donde descargan los grandes barcos llegan aires de música tropical, de valsesitos peruanos y acaso, muy lejano, confundido con la sirena de un barco que entra a la bahía, la música de un blues llena, la mañana de una tenue melancolía.

Después son las poblaciones sobre los cerros, donde escalón a escalón se sube el agua; entre más se sube, más miseria (recuerdo A Valparaíso, el filme que rodara Joris Ivens en los años sesenta, y los ranchos carcomidos por el óxido y el tiempo, los niños descalzos, las mujeres ajadas, los hombres desesperanzados, en cada ventana un rostro espera). Lejos, más lejos, impulsadas por el viento marino, las ropas de colores secándose al escaso sol semejan banderas desgarradas.

3

El jefe del Equipo número 2, el único que conoce a Gabriel, pero que no sabe todavía mi verdadera identidad, me informa: "Trabajamos duro en las poblaciones marginales de Santiago. Ese es otro país. Filmamos una olla común, una reunión de la población; la organización ha pasado ahora a las manos de las mujeres, porque cuando vienen las razzias policiales se llevan a los hombres a los cuarteles y a los estadios. Decidieron, entonces, que la organización pasara a sus manos. Entrevistamos largamente a un cura obrero y a unas monjas que trabajan allí, junto a creyentes y no creyentes. Tres jóvenes nos mostraron en sus espaldas las huellas de la tortura reciente. Entramos al interior de las casas. Es horrenda la miseria. Sin embargo la llevan con una extraña dignidad. Son pobres, pero no miserables." Yo indago, pregunto más: ¿Filmaron a los niños, la escuela? ¿Existe una escuela? ¿Filmaron a los niños que engañan su hambre aspirando neoprén? Pálido contesta: "Si, si, es terrible".

Caminamos apresurados. Es necesario un plano general, indico.

"Desde arriba las cosas son planas, no tienen perspectiva." "No importa", insisto, "es necesario un plano general envolvente. No olviden a la persona y su entorno." Damos vuelta una esquina. Cruzamos una ancha avenida. "¿Habla la gente?", pregunto. "Al principio se mostraron desconfiados. Después, con la ayuda del cura, comenzaron a hablar, a contarnos sus vidas."

Una pausa. Frente a nosotros cruzan policías. Se nos agotó el material. Subimos al automóvil. "Está bien", respondo, "mañana les haremos llegar lo necesario." Mientras tanto, el automóvil recorre febrilmente la ciudad.

Fijamos la hora y el próximo punto de contacto. Un apretón de manos y rápidamente se baja del coche en una esquina y desaparece.

4

De Santiago a Concepción son más de 500 kilómetros. ¿Cómo aprovechar la noche, ya que el toque de queda nos impide circular? Utilizaremos el tren, digo. Así viajaremos por la noche. Pero están estrechamente vigilados, me responden. Por eso mismo, digo. "Nadie pensará que viajamos en un cuartel rodante. Toma contacto con el Grupo número 3 y dile que nos encontraremos a las ocho en la plaza principal de Concepción. Cuida que los horarios de los trenes no coincidan. Que viajen en distintos trenes y en horas diferentes."

Así, burlando la inmovilidad de las tinieblas, cruzamos por las estaciones vacías, atravesando el espectral espacio de un país sitiado por su propio ejército.

A la madrugada divisamos el Bio-Bio, el gran río que divide Chile de la Araucanía invisible a esa hora, cubierto por una niebla pertinaz que no lo deja ver sino hasta el mediodía. Es imposible rasurarse en Concepción, no existen barberías, ni agua caliente, ni siquiera un café a esa hora. Más tarde, en un automóvil arrendado, cruzamos el puente, el mismo que hace quince viéramos poblado de hombres y mujeres pequeñitas que bajaban en fila interminable desde las minas de carbón, portando en sus manos las banderas incontestables de su dignidad recuperada.

Lota y Schwager, las minas de carbón, se hunden en las profundidades de un mar negro y amenazante. Permanecen exactamente como el siglo pasado. Los inmensos y destartalados galerones donde viven hacinadas las familias, las estructuras de hierro, las huellas intactas de la industrialización inglesa, los perros famélicos, los pescadores que sobre frágiles embarcaciones se embarcan hacia la isla mar afuera.

Sobre los campamentos laberínticos un gran parque, más hermoso aún cuando la luz de la mañana se filtra a través de las altas araucarias, de las flores exóticas, de los rojos copihues, pequeñas campanas de penetrante fragancia. En el agua cristalina de los azulados estanques nadan cisnes de largo y esbelto cuello negro.

Alineadas entre los rosales las estatuas de mármol de Carrara: una la primavera, otra el otoño, triste la del invierno, esplendorosa y fulgurante la del verano, cubriéndose el rostro la tristeza, sugerente la del amor marchito, melancólica la poesía, y sobre un árbol un inútil letrero: "Este parque legitimo fue construido en honor de la señora Isidora".

La cámara gira lentamente chocando con el sol. Encuentra bajo las nieblas a los hombres pequeñitos, escarbando la tierra como locos, a los niños ancianos, hundidos en el barro, sustrayendo el desecho del carbón y con él la subsistencia diaria. Más abajo aún a la izquierda de los cisnes de alto cuello el mar oscuro voltea con furia inclemente los desnudos acantilados. A contraluz, bajando hacia la mina, los hombres semejan fantasmas. Luego desaparecen atrapados por las jaulas de hierro que los conduce a la oscuridad, al mar que acecha en las profundidades.

De pronto llega la vigilancia armada:

"Está prohibido filmar. Sus credenciales", ordena en forma perentoria. "Entréguennos las cámaras."

- No, de ninguna manera.

- ¿Quiénes son ustedes? ¿Quién los autorizó?

- Este es un parque público. Estamos autorizados por Dinacos (Dirección General de Comunicaciones).

Se muestran falsos permisos, falsas documentaciones.

- Si, pero ustedes filmaban las minas y eso está prohibido, entréguennos ese material-. Forcejeos, alegatos.

Uno de los asistentes se escurre rápido con el material filmado. Entregamos dos latas de material no filmado. Ellos, satisfechos, abren las latas y velan el material.

Lejos ya, un automóvil transporta a toda velocidad el material filmado. Yo soy ahora un turista que pasea desprevenido e inquiere detalles, precisiones sobre el año de la construcción del parque, sobre el origen y altura de las araucarias, sobre la edad de los pavos reales.

Arriba, los grandes parques, la flora y la fauna, el aire oxigenado. Abajo, girando el ojo de la cámara, que no es sino tu propia mirada, el hombre hundiéndose en el lodo...

5

El Valle Central, donde algunos piensan que comienza Chile. Rodeado por la cordillera, circundado por suaves colinas, se extienden los campos de trigos, los maizales, las alamedas que al atardecer se tornan doradas. Cristalinos y fríos los ríos bajan desde las cordilleras. Esa mañana, nos encontramos frente a un viejo puente de madera. El equipo chileno que filma no me conoce. Tampoco sabe que a las diez en punto de la mañana apareceré en la ribera opuesta del puente donde ellos filman.

Detenemos el coche. Me bajo rápidamente. En el camino me he cambiado de ropas. Es otra mi apariencia. Cruzo rápido el puente y. ante su desconcierto, los saludo. Les pregunto por el trabajo realizado. Extendemos un mapa, marcamos en él los sitios que han filmado. El responsable del grupo, que sabe quien soy, me informa: "Estuvimos en la costa. Fuimos después por Bucalemu. Allí filmamos la casa de Pinochet que tiene a la orilla del mar".

Miro a los muchachos del equipo. No tienen más de veinte años, quizá, dieciocho, quizá menos. Nos entendemos sin decir nada.

Sonríe y nos damos las manos.

"Deben filmar las plazas", digo, "y hablar con los campesinos. Estos cerros fueron zona de resistencia. Filmen los monumentos, sobre todo el de Nicolás Palacios en la plaza de Santa Cruz, el que escribiera La raza chilena, libro en el cual asegura que los verdaderos chilenos son superiores a todos los demás latinoamericanos porque descienden directamente de los antiguos helenos, que son por tanto raza superior destinada a mandar en el concierto de las naciones, a señalar el camino de salvación al mundo."

Hasta hace algunos años, nadie conocía la existencia de don Nicolás Palacios. Ahora, en la Alameda Bernardo 0'Higgins, la arteria principal de Santiago, el general Pinochet le ha erigido un monumento.

6

Por el camino de San Antonio a ciento y algo de kilómetros de Santiago, rodeado de altos pinos, golpeada por el mar y el viento, encontramos la casa de Neruda. Las ventanas cerradas, las puertas selladas, un letrero perentorio: "Prohibido visitar esta casa. Prohibido fotografiar. Esta casa está sellada por orden del segundo juzgado de...".

Rodeando la casa de altas torres de piedra, una interminable verja de madera; en ella, una a una, escritos los mensajes de los enamorados, que trasgrediendo las prohibiciones le escriben al poeta: "Gracias Pablo por enseñarnos el amor", "Juan y Rosa se aman porque Pablo nos enseñó el valor de los besos", "Los anarquistas te amamos, porque amaste la libertad", "Pablo y Matilde viven en nuestro corazón".

Y sobre tabla y tabla, madera y madera, dibujados los nombres multiplicados por la pasión y el amor juvenil, junto a los de la protesta política: "Neruda y Allende viven", "Allende está presente, el amor no muere, la ternura es nuestro derecho irrenunciable."

Innumerablemente los nombres se repiten. Frente al mar, la gran ventana donde escribía el poeta parece de pronto iluminarse, de forma tal que uno diría que en cualquier momento se verá aparecer su alta figura asomándose al azul de) mar que estalla en las olas gigantescas contra las negras piedras de Isla Negra; el mar que viene y se retira dejando la arena coronada de espuma, pareciera ser por momentos el corazón palpitante del poeta. De pronto, un temblor de tierra estremece desde el mar al bosque de pinos que rodea la casa. Aun tiembla en Isla Negra.

7

Una mañana recibí, al fin, la esperada noticia: el Frente Manuel Rodríguez, que lucha en la clandestinidad contra la dictadura, aceptaba el encuentro. Fijadas horas y fechas posibles, deberían recogernos de uno en uno en sitios diferentes, en distintos vehículos, sólo yo estaría al tanto de que al final del viaje nos encontraríamos con los jóvenes que combaten a través de la vía armada a la dictadura.

Las cintas se cumplieron con estricta y total exactitud. Después de un viaje de horas por caminos y calles desconocidas, nos encontramos todos en el mismo vehículo con los ojos cerrados, cruzamos quizá la ciudad, o tal vez salimos de ella.

Luego de un tiempo sin fin se detuvo el vehículo, y como si fuéramos ciegos fuimos conducidos por manos incógnitas.

En la pared una bandera del Frente Patriótico Manuel Rodríguez. Un pequeño escritorio. Los muros rodeados de libros, novelas de Salgari, libros de García Márquez, Hemingway, textos de Historia de Chile, Faulkner, Whitman. Neruda, una bella edición del Cantar de los cantares. El extranjero de Camus.

Rápidos y febriles colocamos las luces y el equipo. Cuando todo estuvo listo entraron a la habitación dos jóvenes combatientes con la cara descubierta. "No somos terroristas, el único terrorista de este país es Pinochet, quien usurpado el legítimo gobierno elegido por el pueblo, asesinó al presidente constitucional, arrasó con la ley y los derechos humanos. Nuestro propósito es combatir para restablecer la democracia, una vez que esto suceda será el pueblo quien decida su futuro." "¿Son ustedes felices?", preguntamos. "Sí, lo somos, pero lo seremos más cuando nuestro pueblo tenga trabajo, cuando nuestros niños tengan escuelas, cuando el hombre y la mujer chilenos sean libres y puedan expresarse sin terror y sin miedo." Cuando salimos de allí, al atardecer nos encontramos con el sol desapareciendo entre las montañas nevadas.

-Filma desde el carro el atardecer.

-Pero es peligroso...

Entonces todos nos miramos y reímos durante mucho tiempo.

8

Los ancianos sentados en los bancos de madera de la plaza toman el débil sol del mediodía otoñal, las madres juegan con los niños, los niños elevan hacia el cielo globos de colores, los fotógrafos ambulantes se apoyan en el trípode de sus antiguas máquinas de cajón. Hablo con unos policías, inquiero detalles sobre la arquitectura de la Catedral, sobre el pasado histórico de la ciudad. Uno de los equipos me filma de lejos con un teleobjetivo, en el bolsillo escondo una pequeña Nagra... Ellos se explayan, me cuentan, les pregunto por el clima social, me dicen que todo está tranquilo, "usted lo puede ver"... Me despido, me siento luego en una de las bancas al lado de tres señoras de edad, una de ellas me pregunta si creo en Dios, le respondo que si, que naturalmente, ella me dice nosotras también, me preguntan de dónde soy, les respondo. Lo felicito, me dicen, vive en un país democrático, en país libre... antes Chile también era como su país, democrático y libre..., teníamos derecho a voz y voto, me explica la señora de más edad....ahora todo es muy triste, ¿ve esa puerta al lado de la Catedral?..., allí se juntan las madres de los desaparecidos, de los que degüellan por las noches, allí van los que no tienen trabajo, y los que han torturado... ¿Ha escuchado hablar de todo eso?, se produce una pausa, trago saliva, niego con la cabeza... Vaya, vaya, me dice, ahí se va a dar cuenta de todo lo que nos pasa...

Mientras tanto los amables carabineros me miran ahora menos amables, pero ellas siguen hablando y hablando... nosotras somos viejas, ya no tenemos miedo... somos Hijas de María y venimos aquí a la Vicaría de la Solidaridad para ayudar a los que sufren... yo intento ponerme de pie y despedirme, ya no son dos carabineros: acostumbrado a distinguir descubro a dos o tres policías de civil que miran hacia el grupo y se acercan al equipo que filma... al despedirme una de ellas me regala una estampa de la Virgen, llévela para que le de buena suerte, me dice... me alejo con la estampita en la mano y lejos de ellas me siento un momento en un banco de la plaza e intento leer un periódico. De pronto, desde lo alto de las altas torres de la Catedral, suenan armoniosas las campanas conteniendo la emoción escucho los acordes de Gracias a la vida.

de Violeta Parra... y no puedo dejar de emocionarme al pensar en los míos, en los hijos lejanos, en la mujer amada, en la familia que estando cerca no puedo ver, en Violeta Parra, la humilde mujer del pueblo despreciada y perseguida en vida por los mismos que hoy están en el poder, y que esta mañana, casi por un milagro, su canción resuena como el verdadero himno de un país que con todo su dolor le da sin embargo gracias a la vida... Bajo la cabeza, húmeda la frente musito en voz baja: "Gracias a la Violeta que nos ha dado tanto...".

9

Me reúno con los jefes de equipo, evaluamos el trabajo, gran parte de él ya está fuera del país. Nuestros contactos funcionan, surge uno que otro problema subsanable. Uno de los equipos tiene sospechas de que lo siguen. Le indico que cambie de residencia de inmediato. Se demoran unas horas y son allanados, horas de gran tensión. Interviene un embajador amigo y como no encuentran pruebas ni señales sospechosas no pasa más allá por ahora. Sin embargo, un día después aparece un cable de una agencia dándolos por detenidos por el CNI. Nos ponemos en alerta, doy indicaciones que se haga contacto con ellos de inmediato. Es una falsa alarma... Sin embargo.

Se filma durante dos días el Palacio de La Moneda, reconstruido después de que fuera bombardeado. Nunca será lo que fue. Se ven ahora falsos los salones, de mal gusto los muebles, remendadas las gruesas murallas de Toesca. Los militares son amables, están orgullosos de la restauración del edificio. Pedimos filmar el Acta de Independencia firmada por 0'Higgins, padre de la patria... Pausa, larga explicación confusa... En fin, no es posible por ahora ni nunca, pensamos... Nosotros lo sabemos, fue destruida el 11 de septiembre de 1973, cuando después del bombardeo aéreo penetraron las tropas del ejército y la soldadesca asesinó a Allende.

Miro el nuevo despacho y se me vienen a la memoria los trozos documentales tantas veces vistos en estos años del Palacio en llamas y me lo imagino a él con la metralleta en la mano, enfrentándose solo a su ineludible destino... "Podrán acallar mi voz, podrán asesinarme..., pero más temprano que tarde se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre."

10

Han sido entrevistados los dirigentes políticos de todos los partidos democráticos. Todos están de acuerdo, es urgente terminar con la dictadura. Sin embargo, aun existen diferencias, explican: "Es preciso preparar un programa, es necesario que todos cedamos en algo. Estamos en el camino", aseguran. Mientras tanto, la gente que cruza las esquinas, los hombres del mercado, las mujeres que trabajan en fábricas y oficinas, las dueñas de casa, los jóvenes estudiantes, los campesinos, los desempleados, las madres que buscan a sus hijos desaparecidos, el conjunto, en suma, de la sociedad, transita en el camino del futuro.

11

Escribo una carta abierta al presidente de la Corte Suprema de Justicia. En ella expongo: "he entrado al país y filmo una película. Como mi nombre está en una lista de chilenos que no pueden hacer uso legítimo de su derecho a vivir en su país, he ingresado clandestinamente... Me acojo a su autoridad moral, ya que no puedo reconocer la legalidad de quienes arrasaron la Constitución y las leyes, masacraron a un pueblo desarmado, torturaron a su juventud y aún hoy, usted lo sabe, degüellan y asesinan. Me pongo a su disposición para ser juzgado, en la certeza de que un juicio justo no puede sino devolverme mis legítimos derechos como ciudadano. Pongo a su disposición las pruebas de mi culpabilidad, esto es, los filmes que he realizado tanto dentro como fuera de Chile. Espero su respuesta".

12

Todos los integrantes de los equipos han partido. El material está afuera procesándose en diferentes laboratorios. Es tiempo de marcharse. Confusos se agolpan los sentimientos, se entrecruzan y chocan. Me encaminé entonces al aeropuerto. Compré los pasajes del primer avión, después pasé frente al oficial de policía, miró el pasaporte, me miró a mi, yo a él fijamente, entrecerrando los ojos, el hombre pareció dudar, me preguntó a dónde iba, le respondí rápido y seguro, bajó entonces la mirada y estampó con fuerza el sello de salida.

Al cruzar la pista rumbo al avión sentí deseos de volver y decir quién era, pero seguí caminando sin volver atrás. A partir de ese momento volvería a la soledad de las ciudades, al tiempo incontestable de tu propio olvido.

Me llevo, sin embargo, los ojos sombríos de los niños de Lota, el rocío matutino, el sabor profundo de la tierra, el aire especial de las montañas, la furia azul del mar, la dulzura y la fuerza de los que buscan la luz, horadando día a día los cimientos del terror, rompiendo el orden de las sombras, la imagen de la mujer menuda que recorre las calles llevando incesante los mensajes, los primeros aromas florecidos en junio, los viejos puentes de madera, la fuerza irreductible del joven combatiente, la ternura infinita de las madres que buscan a sus hijos, la incertidumbre del hombre sin trabajo que recorre los caminos, la imagen impaciente de quienes imprimen los diarios en las imprentas clandestinas, a los sacerdotes que viven entre los humildes, a los que encontraron en el dolor de los demás la imagen de Cristo redimido.

Me llevo conmigo los alerces, las gigantescas araucarias, los impenetrables bosques, los húmedos senderos cubiertos por el musgo, me llevo amor conmigo, la sustancia más oculta de mi tierra.


Nota:

Miguel Littin, cineasta, es el realizador de Alsino y el cóndor, La tierra prometida. Las actas de Marusia y otras películas. Vive en Madrid, en el exilio. El presente testimonio fue escrito después de una permanencia ilegal del autor en Chile, en mayo 4 de junio de 1985.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03