Lo desmesurado, el espacio real del sueño americano

LO DESMESURADO, EL ESPACIO REAL DEL SUEÑO AMERICANO

Miguel Littin

Cineasta, realizador de La tierra prometida, Las actas de Marusia, Alsino y el cóndor y otros films memorables, leyó el presente trabajo en el Seminario de Dramaturgia del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, celebrado en La Habana.

Araucaria de Chile. Nš 29. Madrid 1984

Antes de ser descubierta América era ya presentida,
en los sueños de la poesía y en los atisbos de la ciencia.

Alfonso Reyes.

Lo latinoamericano fue lo hispano transfigurado por la visión y la luz de un nuevo mundo, de una posibilidad distinta de la vida, del fulgor aún no apagado de la utopía, de la búsqueda angustiosa de la identidad, de las respuestas totales, una nueva conformación de la vida y del hombre: el choque, encuentro, seducción, dominación de dos culturas transformándose ambas a partir del primer contacto; no sólo diseños históricos contrapuestos, sino ambos modificados por la nueva realidad; usurpación de signos y de sueños, aceptación también fatalista del designio y del presagio, rebelión después y búsqueda incesante de un orden social, cultural, hecho de retazos, de memoria humillada, sumergida, transitoriamente enterrada y jamás sepultada.

La visión del nuevo mundo transforma el proyecto inicial de la conquista: los porquerizos de Nueva Extremadura, los hidalgos pobretones, los bachilleres fracasados, los labriegos de España, los innumerables don nadie y aventureros comienzan a dejar de ser en la medida que se alejan de la metrópoli y se deslumbran y ciegan frente a un mundo en el cual toda posibilidad está abierta, en la medida que se aventuran a navegar en los más grandes ríos del universo frente a la visión de las más altas cordilleras, al contacto de una geografía que explota frente a su asombro constante y que hace exclamar a Fray Ruiz de Navarrete: "...una luz resplandeciente que hace brillar la cara de los cielos", se hacen poetas, narradores, capitanes y dan comienzo a la gran aventura del conquistador conquistado que no rompe empero su ligazón con lo conocido, ya que necesita para ser la constatación, y ésta no puede venir sino del Orden, el Orden vertical de la Edad Media, roto ya por el signo renacentista de la voluntad y del ascenso (Fuentes), y es ésta la que impulsa y sueña buscando una y otra vez, "entre la atroz maraña de las selvas perdidas", la fuente de la eterna juventud, la ciudad perdida de los Césares. Es esta voluntad, fiebre ya, la que describe una y otra vez en innumerables cartas de relación a sus reyes cada vez más distantes, sombras ya, figuraciones apenas, del poder de jerarquías impersonales, las revelaciones de un nuevo mundo "donde encontramos las más hermosas tierras, los más fértiles valles; el paraíso terrenal perdido", y son las crónicas de Bernal Díaz del Castillo, el diario de Colón, las cartas de relación de Pedro de Valdivia, y es Alonso de Ercilla y Zúñiga, construyendo en rudos endecasílabos su Araucana: "Chile, fértil provincia y señalada en la región antártida famosa...". Transfigurado el conquistador, es dependiente, sin embargo, de su antigua mirada, incapaz de ver sino lo que él quiere, incapaz de escuchar sino su espeso acento, en contraste con la dulce cadencia del indígena, que canta a la vida y lamenta a la muerte en susurros distintos: "El dolor llena mi alma al recordar en donde yo, el cantor, vi el sitio florido..."; con suerte lamentosa, nos vimos angustiados. En los caminos yacen dardos rotos; los cabellos están esparcidos, destechadas están las casas, enrojecidos los muros.

Golpeamos los muros de adobe en nuestra ansiedad y nos quedaba por herencia una red de agujeros.

Otro canto de otras resonancias, visión de los vencidos, sin embargo, que llega hasta nosotros como herencia transmutada de quien perdió el idioma y hubo de ser traducido por su propio apresor.

Si Moctezuma ordenó en su imperio asesinar a todos los que sueñan, Cortés, frente a la seducción de borrar su pasado y convertirse en Dios, encarnación del sueño, abatió templos y hombres, borró los nuevos dioses, mitologías inéditas: los cegó la luz de Tenochtitlán y como ciego intentó destruirla y sepultarla, no viendo, sin embargo, que era su propia y única posibilidad histórica la que enterraba, en siglos de incertidumbre, en años de soledad, y con él Pizarro y Aguirre y Balboa, Almagro y Valdivia, muriendo ahogados en su propia sed de oro, vislumbrando apenas la gloria en el intento de corresponder a lo que ya no eran: sombra sonambulesca de un ser ya perdido para siempre: el hispano.

Y de vencedores y vencidos no quedó sino la oscuridad, el largo tiempo, la colonia, la imposición de modelos, herencia de hombres que no se vieron sino a si mismos, y de hombres que a la vez se obligaron a narrar con los ojos del otro. Se esfumó entonces la visión maravillosa de Anáhuac, enturbiándose de pronto "la región más transparente del aire", y surge bastarda la exageración, engendrando la retórica que se instala para no abandonarnos, y las misteriosas resonancias Quechuas, Aymarás, Aztecas, Araucanas, son sepultadas por el idioma impuesto, y aparece el diminutivo, el habla pequeñito, la pequeña poesía, la literatura a imitación de clásicos: voz de esclavo diría Carlos Fuentes, "voz del hombre sometido que debió aprender la lengua de los amos, rezo y confesión, circunloquios abundantes, y cuando el Señor da la espalda con el cuchillo del albur y el alarido de la mentada".

Sin embargo, la utopía mantiene su persistente llama y se forja nuestro ser en el silencio en siglos, "en edades ciegas, siglos estelares", y desgarrado y violento surge desmesurado el latinoamericano, y es Martí y es Bolívar y es Neruda englobando en un solo Canto General toda la historia, "como una espada envuelta en meteoros, hundiendo la mano turbulenta y dulce en lo más genital de lo terrestre"; y es Carpentier que recuenta el total de la memoria humana, añadiendo realidad a nuestra antigua Maravilla; y es el Che que exclama: "Esta gran humanidad ha dicho basta"; y es Fidel, configurando una revolución en llamas distinta a todo lo conocido; y es Allende enarbolando nuevamente la utopía; y es García Márquez quien reescribe con nuevo acento las mil y una noches en Cien Años de Soledad; y es Diego Rivera, Siqueiros y Orozco quienes, en una visión cósmica, narran toda la historia de América a un solo golpe de ojo, una sola y única mirada, mientras afirman, soberbios: "Si me cierran la puerta, entraré por la ventana, y si me cierran la ventana, entraré por el ojo de la cerradura". Y es Matta y Wifredo Lam los que, rompiendo todas las formas conocidas, nos revelan en trazos desmesurados nuestra herencia africana; y es Gabriela Mistral quien, bíblica, reescribe nuevamente el Cantar de los cantares; y es Violeta Parra quien maldice desde los más alto del cielo y rebrota en el nuevo idioma el lamento de Job. Y es Darío quien transforma las reglas de la poesía y tiende el puente hacia lo universal; y es Huidobro y el creacionismo, que no es sino la creación dicha con mayúscula; y Glauber Rocha quien precipita Presentación, desarrollo y desenlace para formular en un solo plano de múltiples connotaciones un nuevo verbo cinematográfico, desechando manidas imitaciones del lenguaje, convocando el uno a una única y múltiple cinematografía latinoamericana, y afirmando el otro: "hoy por hoy todo cine perfecto es reaccionario"; y es Emilio Fernández y Gabriel Figueroa quienes agregan cielo, espacio y nubes a nuestro cine; y es Rulfo quien, en un solo libro, profundiza hasta el fondo del insondable ser americano.

Unos y otros nos acercan al mundo y nos revelan nuestra universalidad.

Sólo en lo desmesurado encuentra el latinoamericano el espacio real del sueño.

Sólo en lo desmesurado ha encontrado el arte americano el espacio real de sus sueños, y son sus múltiples voces las que nos convocan a desenterrar los templos, a encontrar las huellas de las antiguas ciudades olvidadas, a recorrer nuestras territoriales existencias, a recuperar nuestro tiempo en la fusión a fuego con la vida, no en la búsqueda vana del destino individual, sino del encuentro en el destino colectivo, al que llamamos revolución, y a sus consecuentes formas narrativas.

Heredero de esta corriente histórica, nuestro cine, desde Sanjinés a Patricio Guzmán, Gutiérrez Alea, Fernando Birri, Santiago Alvarez, Humberto Solas o Pereira Dos Santos, es aventura constante e imprescindible, desde la luz andina al deslumbrante trópico y a la aventura de filmar día a día sin más guión que la vida.

En nuestras sociedades pastoriles sólo es posible romper la dependencia tecnológica a través de la independencia creativa, y quienes buscan desesperados a Ibsen no encontrarán jamás lo que nunca hemos tenido; la corriente de centro derecha que se insinúa ahora en el cine latinoamericano no es sino la aceptación derrotista y derrotada de la imitación a fórmulas perfectamente probadas de taquilla, camino cerrado, negación de la estética de nuestra verdadera posibilidad de historia y de lenguaje.

Si en un tiempo lo latinoamericano fue la visión transfigurada de lo hispano, hoy lo universal es también la visión desmesurada del latinoamericano.

El único espacio real de nuestros sueños.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03