Enrique Lihn

POEMAS

ENRIQUE LIHN

Araucaria de Chile. Nº 45, Madrid 1989.

Con Lihn desapareció el año pasado el poeta chileno más importante de su generación y una de las voces literarias nacionales de mayor significación y vigencia de las décadas recientes.

Los poemas que ofrecemos pertenecen -los primeros- a La aparición de la Virgen, plaqueta con textos y dibujos suyos que es lo último que publicó antes de su muerte, y los tres finales a la serie «Imitación a la vida», que no alcanzó a recogerse en libro. En éstos flota ya, ostensiblemente, a pesar de su serenidad y lucidez, el presentimiento del fin ya muy cercano.

El artículo que precede a los textos poéticos es un extracto del que con el mismo título su autora publicara con anterioridad en el semanario Análisis.

Enrique Lihn o La lucidez apasionada

Enrique Lihn se dedicó a destruir mitos y esto es un aspecto clave de su escritura, incidente en un formidable proceso renovador que abarca no sólo su poesía y su prosa, sino todo su hacer intelectual. Desde La pieza oscura, pasando por los relatos de Agua de arroz hasta su obra más reciente, Lihn ha nutrido la literatura nacional con arte mayor, caracterizado por honestidad, lucidez y pasión.

Orgulloso y solitario caballero, ajeno a la mezquindad y a la intriga, el mal no lo doblegó sino que le dio impulso para crear y crear, afanoso de traspasar el papel de su infinito mundo interior, ese cúmulo de ideas que fluían de sus relaciones con los demás y del compromiso con su tiempo.

No hacía tanto que el doctor Gonzalo Donoso, en casa de Francisco Coloane, nos había hablado con preocupación y entrañable afecto de Enrique. La conversación salió porque Pancho le elogió una chomba, entonces Donoso contó que era de nuestro querido y admirado Lihn.

Un día de estos fui a verlo. Irradiaba una juventud que lo hacía verse de menos edad. Nada en su apariencia reflejaba la invasión del mal, salvo el cansancio. Un cansancio que le daba una especie de rabia varonil. Constataba con extrañeza:

-No sé por qué me canso mucho.

Tomaba aliento y proseguía conversando. Su cabeza, que siempre asocié con una silueta de Pushkin, los rulos dispersos, la piel tersa de una cara que reflejó siempre sus estados de ánimo, ira, disgusto, alegría, curiosidad y ternura, ahora se agitaba menos.

Estábamos con el poeta Guillermo Trejo y proseguimos un antiguo diálogo que excluyó por completo a la sucia acechante. Le pedí que extendiera las manos y le hice una broma:

-¿Tienes mucha, mucha fuerza, que te voy a dar algo muy pesado?

Confiado me siguió el juego y deposité en una de sus palmas un libro en miniatura, edición alemana del Fausto, de Goethe.

Una de sus características es su poca efusividad. En él no cabe la alharaca. Sonrió con gusto.

-¿Sabes alemán?

-No.

-Vas a tener que aprender.

-Y leerlo con lupa.

Su departamento se caracteriza por una austeridad casi monacal donde se impone su sello; me llamaron la atención algunos cuadros.

-Estoy preparando una exposición erótica-, comentó. Se refirió al profesor francés que vendría a dar una charla sobre el tema. Hablamos de Georges Bataille.

Trejo tomó los exámenes médicos que estaban sobre una mesa.

-Míralos, no más. Yo prefiero no verlos, porque no entiendo la terminología médica y acaso más me vale no entenderla.

Siguió conversando. Le conté que acababa de releer un poema suyo aparecido en la revista de Casa de las Américas: «Varadero de Rubén Darío.» En este poema encara «debilidades» del poeta y afirma:

«No se trata de juzgarlo a usted por / ello. Me declaro enemigo de la Inquisición/ o la manía de juzgar duramente a las / personas inofensivas / Pero si se trata de poesía / no acepto por razones difíciles y aburridas de explicar / que hagamos un mito de Darío menos en una época / que necesita urgentemente echar por / tierra el 100 por ciento de sus mitos.»

Esta es una verdadera crónica poética donde recuerda el diálogo sostenido con Roque Dalton (una carajada la muerte de Roque, pero ¿qué son la muerte y sus hacedores?), Thiago de Melo, Barnet, en Varadero. Isidora Aguirre fue quien le trajo el último regalo, una muñeca, y el mensaje de Roque, encantador y glorioso encargo de amor...

Enrique dijo que echar por tierra los mitos estaba bien, pero que había sido demasiado severo con Darío y con otros.

-Reconozco que muchas veces me he dejado llevar por una severidad implacable en mis juicios críticos. Darío, con todo, es el primer gran poeta de América.

Le hablé de su poema al Che Guevara, el más bello homenaje escrito por poeta latinoamericano, y dijo que su frondosa obra aparecida en Casa -poesía y crítica literaria-, fruto de su trabajo en Cuba, aún no estaba recogida en libro.

Cuando le pregunté si renegaba o se arrepentía de algo por él escrito, sonrió con su característica sonrisa tan sabia como jovial e irónica:

-Asumo todo. Todo lo escrito y hecho es parte de mi vida y tiene que ver con ese proceso de vivir.

Recordé sus dibujos en la revista de la Facultad de Bellas Artes que dirigía Luis Oyarzún. Nos dijo que nunca había dejado de dibujar. También se refirió a otra de las artes que amaba: el teatro. Enseguida habló de su primera incursión, con Jodorovsky. De lo hecho posteriormente, de su personaje Pompier. A la música no se había dedicado, pero él y Guillermo dialogaron sobre la música de las palabras, la música de la poesía. Enrique advirtió, sí, de su repudio a la palabra vacía, a la cháchara que sirvió de base a El arte de la palabra, novela aún no valorada, pero que debiera ocupar un sitial junto si Yo el supremo y a El otoño del patriarca. El arte de la palabra es el modelo delirante de la palabra vacía para encubrir represión y censura.

Nos regaló La aparición de la Virgen (publicado a fines del año pasado, con ilustraciones suyas), del cual cada uno, como «Chiu-Chiu», «Saldos del Paseo Ahumada», «Que los muertos no entierren a sus muertos», «Todo cambia», corresponde a su más profundo dolor e inquietud: la realidad que está viviendo el país. Expresó su deseo de que este poemario de los Cuadernos de Libre (E) Lección, se vendiera en la calle y sentimos que ese maldito cansancio le impedía salir a la calle, a mezclarse con la gente para ofrecerle esos poemas de fuego.

Uno de estos domingos salió publicada la página de Enrique Lafourcade dedicada a Enrique Lihn, y con Eliana, la esposa de Pancho Coloane, decidimos que todo cuanto nos provocaba escozor y anticuerpos, proveniente de Lafourcade, lo borrábamos de nuestros mapas, gracias a ese noble y bello gesto de amistad palpitante que pateaba a la muerte.

Pidió a sus amigos que le dieran tiempo para escribir y organizó las horas de recibirlos. El mismo les servía el té o invitaba a alguno a compartir su comida... Ahora todos están sobrecogidos por su maravillosa serenidad, por su coraje, porque les encargó no decir discursos, tan sólo leer su poesía. Su mensaje, su legado, son toda su obra. Ya se había anticipado:

Porque escribí no estuve en casa del verdugo
ni me dejé llevar por el amor a Dios
ni acepté que los hombres fueran dioses
ni me hice desear como escribiente
ni la pobreza me pareció atroz
ni el poder una cosa deseable
ni me lavé ni me ensucié las manos
ni fueron vírgenes mis mejores amigas
ni tuve como amigo a un fariseo
ni a pesar de la cólera
quise desbaratar a mi enemigo.
Pero escribí y me muero por mi cuenta,
porque escribí porque escribí estoy vivo.

Virginia Vidal


La aparición de la Virgen
(Fragmentos)

La realidad es el único libro que nos hace sufrir
La realidad es la única película que nos quita el sueño
Las apariciones de la Virgen serán irreales no así la aparición de los agentes de la realidad
Ellos son los únicos autores terribles Ellos son los únicos sádicos cineastas
La película con muchos años de rollo que hacen en sus recintos secretos
Esa sí que desvela a sus actores
A las víctimas de la falange
A las víctimas de la bolsa de agua

Pero Ave Purísima
Líbranos de tus falsas apariciones
No hagan de tu nombre contraseña
Ni de tu tronco, leña los irreconocibles
Ni de tu leña, un fuego satánico
Si eres el faro del otro mundo en éste
Será para los náufragos de buena voluntad
Y fuiste sin pecado concebida
Para que ciertos pecados te resultaran inconcebibles
Apágate a la vista de aquestos tiburones
Líbranos de caer en sus fauces secretas
Llena eres de recursos de amparo
Bendita eres entre todas las pobladoras
No me dejes caer en la indiferencia. Amén.

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Virgen señora de las aparecidas
Tú que retomas tu antigua tradición y te resuelves
Por angas o por mangas
A darte en espectáculo
Ahora, mamita, contra el apagón cultural y a favor de él
están dando tu golpe mariano, haciéndote aparecer en la punta del cerro
Porque así lo asegura el niño Ángel a grito pelado
¡La Virgen! Y de todos los rincones de este país anguloso
Desde todos los ángulos de esta país arrinconado
Los de tu equipo nos volamos a la carrera, apelotonados hacia ti que estás no derretida en el sol Nos quemamos los ojos para verte mejor
Y a pocos metros sobre el nivel del cerro
Como un pez centelleante que allí desova
Como un platillo volador y dentro de él
Tal como cualquiera puede verte en el Templo de Maipú
Tu nave espacial
Con tu corona de perlas
Y tu moreno color de manola
Sentada a la mesa de comando, haciéndola girar hacia el que sube al platillo por el chorro Mirándolo con láser a los ojos
Fulmínalo si lo que hace es un bluf
Porque (ahora sí) las condiciones están dadas
o nunca, para tu aterrizaje, incluso un comunicador de primera se negó a que su medio desmintiera tu aparición
«Con la Virgen -dijo- nunca se sabe»

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A los intérpretes involuntarios de El interrogatorio de una madre
Mil veces preferible quemarse los ojos para ver a la Virgen
Que estar en el elenco de los que filman con sangre
Sin una gota de luz
Dios me libre de ser escrito con sangre por uno de esos autores no identificados
Que filman y escriben en vivo y en directo
En sus cárceles secretas

Son esos los que no me dejan dormir tranquilo
Gracias a ti que dispones de un buen Juicio Final
Los que desaparecen son diablos
Siempre rayanos en la inexistencia
Criaturas del Inconsciente, ese humus
Gracias a ti el ser del yo mismo resiste en pie de guerra a las tentaciones del inconsciente y su cortina de humus
Pasen no más señores intrínsecamente perversos a la oscuridad
Que no se hable más de los quemados
Que no se hable más de los degollados
Ni de los ajusticiados Ni de los desaparecidos (me tienen curco)

Esos son simulacros del humus que se dibujan en su cortina como el ser que no es del no sí mismo
El ser del yo mismo sueña conscientemente con los ángeles
Como todo buen recto
Gracias a ti el sueño del recto toda lucidez es de una tranquilidad aplastante
Defecación que da cuenta de tus piezas de caza espiritual
Los nudos que atares en la tierra si fueren nudos en la garganta del cielo lo importante es que amarren el cielo a la tierra
Así son los compromisos formales
Si los irreconocibles se llevan a tu hermano, ten la seguridad de que era una criatura del humus Rayana en la inexistencia
Intrínsecamente condenada a desaparecer
Gracias a ti nuestra Señora de la Seguridad Nacional lo desactivó como se merece
Hazme dormir ahora con una tranquilidad abismante el lúcido sueño del yo mismo
Defendido del inconsciente por cualquier número de ángeles

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Que no se culpe a nadie de tus apariciones
A ningún órgano de Seguridad
Que vuelvan con pruebas fehacientes, dirán
Salvo que la Justicia Militar disponga otra cosa
Y ahora que sea lo que fueres estás aquí rodeada o no de los irreconocibles
Y que si eres lo que eres sabes a lo que te expones por tener esa laya de empresarios
Averigúalo por ti misma
Mal podríamos ser nosotros, señora, tus informantes Hay delatoras como la Flaca
Quizá ella misma se cuelga de tu aparición para aparecer como tu secretaria en persona
Y si así fuera lo mejor sería no saber nada
Bastante tenemos ya con saber que no eres la de Fátima
Ni la de Lourdes
Ni siquiera la del Pozo de María en Beit Sahour que saltó en un chorro de luz en una pileta de la iglesia
Y se paseó con sus treinta centímetros de altura como un pájaro boreal enjaulado en el desierto Si supiéramos que la Flaca trabaja en tu lugar al servicio de los irreconocibles
Estaríamos llenos de un saber explosivo
En la duda -me digo- abstente de toda sospecha.

Limitaciones legales

Un preso independiente se arrodilla ante los muros de su celda
En acción de gracias
Brilla ante él la claridad de la Ley
Que hace innecesaria la invocación de su espíritu
El espíritu de la ley brilla por su ausencia en la claridad de la Letra
El fuera de la letra ha tenido su tiempo para meditar ante esos muros
-Sus limitaciones legales-
Sobre los insondables designios de la Justicia
Hay que decirlo: es un hombrecillo un poco estúpido
Lo encarcelaron por equivocación
Pero ha hecho un gran esfuerzo y ya está
Ahora sabe lo mismo que el mismísimo tribunal
Se le ha aparecido la Justicia y le ha dicho: mírame a mí
También yo independiente como tú lo soy en virtud de mis limitaciones
Hermano, gracias a los muros de tu celda eres un hombre libre
Todo esto con otras palabras porque el sujeto es incapaz de tanta lógica
El adivina más bien lo que ha salvado su pequeñez de algo peor que el encierro
Ya una vez cometió la equivocación de que se equivocaran con él
Por llevar el nombre de otro
No hay asilo contra la opresión en la tierra de los libres
Sabe que sus limitaciones lo independizan de la Libertad y lo libran de la Opresión
Este piojo sabio cae razonablemente de rodillas ante los muros
La nueva Justicia que se siente mejor que comprendida, adorada, atraviesa esos muros dejando en ellos su estela
La claridad de la Ley en lugar del Espíritu
Y se retira a sus limitaciones privadas
El hombrecito del que ya nadie se acuerda lo sabe todo porque no piensa nada
Como si a él también lo defendiera la lógica del peligro de razonar
Es un juez a su manera.

Todo cambia

Da no se qué ver a todos esos náufragos cantando en las micros
Una moneda de diez por cada cien negativas
Si la Virgen manejara esas micros no los dejaría subir a ellas paralizándolos en la calle con su luz
Arreándolos para que aprendan a cantar al pie del cerro
Nos evitaría la molestia de oírlos
Todo cambia, todo cambia...
Pero muchos de los choferes son groseros ángeles de la guarda de esos náufragos
Los dejan subir y cantar lo que quieran
Muchos de esos ángeles de pelo en pecho y manos sucias,
agresivos o famélicos e inesperadamente cordiales
fueron quizá náufragos a su vez y tararean lo mismo
Dios -dicen los heréticos- es mi copiloto
Pero vaya a saber uno de qué dios hablan
Si hasta hay curas también a quienes lo único que les falta es cantar en las micros
Todo cambia, todo cambia...
(¿Qué se creerán digo yo y yo no se quién lo dice, quién es yo aquí, quién?)
El espantoso Festival de la Canción le lleva de todo
Sólo falta que canten los sordomudos y los ciegos
A dios gracias los no videntes no venden botones son los últimos músicos antediluvianos que honran al Paseo Ahumada
como Claudio Arrau a la bandera chilena
Gente de orden y concierto con sus violines sus acordeones sus voces tricolores en blanco y negro. En negro
Cojos sí, mancos lisiados de toda especie, pero también ex obreros, atletas sin profesión, etc.

Tú eres nuestro hombre

Que te decreten en el acto inocente
Y el ángel de la guardia te abra la celda
Un cierto sacerdote reza ya, ciertamente, por ti
Te extiende esa oración como un cheque en blanco lo hace con la angustia de preguntarse
Buen hombre ¿No serás intrínsecamente perverso?
Exagerarías, a todo reventar
De espaldas al que manda aquí, abusando de su logotipo
Te beneficiarías un poco del Terror, traficando aquí y allá con crímenes ordinarios y secundarios
Tú, que representabas en el Terror al Estado no debieras haberte mezclado a la sociedad competitiva
Ciertamente ella tiene heroína para todo héroe tiene drogas para todos los gustos
N cantidad de caprichos de excepción que confirman las leyes del mercado libre
Igualdad de oportunidades para desear
Pero si el sacerdote se mantiene alejado del mundo con mayor razón debe hacerlo el verdugo
Su hábito lo protege del Terror que despierta
Tú que te has despojado de ese hábito exhibes todas nuestras pústulas en tu piel todas nuestras lacras
Las expones a los titulares que se desquitan socarronamente de los guardianes del Orden haciendo irrisión de nuestras llagas.
Sólo obedecías órdenes de Hernández y éste, órdenes del mayor Delmás
Pero no tuviste como él el honor de morir en un accidente
No va a salir oro de tu boca como habría salido de la suya sino el aliento fétido olor de los penitenciados
Cantes o no lo tuyo será el silencio de los de abajo
Si te hubieras parado a la puerta del laberinto nadie te habría contratado para atravesarlo
La verdad tiene límites eres el último en franquearlo
Pero, en fin, lástima que no alcanzaras a profitar de la que viene
Las condiciones están dadas:
Dejarán de existir los pecados mortales
Trabajaste anónimamente para crearlas ahora no podemos ignorar el terror por más tiempo Pedro, esta piedra
Tu metro ochenta tus manazas de hierro
Tus arrebatos temperamentales que se permiten pocos actores de provincia
Tu cabeza de amor a la guillotina
Tu pecho de paredón tatuado por las balas al que nos mandarían a todos
Hasta yo, bien defendido, te tiemblo y rezo no sé si por mí o por ti
Para qué hablar de los azules que te guardan temblando bajo siete llaves
Si de verdad se acabara tu cadáver la Fuerza se condenaría a sí misma en nombre de uno de sus heterónimos: la Ley
Y te convertirías en un héroe reventado
En un santo maldito pasión de las muchedumbres.

Que los muertos entierren a sus muertos

Que los muertos entierren a sus muertos. Ya no reza así el imperativo evangélico
Fue así cuando en vísperas de la Redención
Parecía aconsejable ese operativo tradicional
Si se trata de una metáfora, desechémosla junto a otras confusiones
La Iglesia no puede delegar en los sepultureros del más allá
la responsabilidad de enumerar e identificar a los cadáveres
Cristo ha incorporado al peso de la cruz su frecuentación de la Morgue
Puede esperar la resurrección de la carne, ahora se trata de su exhumación
Cristo de Auschwitz y de Büchenwald se interpone entre los caporales y la fosa común
Arrastran cuerpos desclavados a prisa que El se esmera en reconocer
Golpea una y otra vez a las puertas del laboratorio médico-legal
Toma nota de los estigmas, moviliza a sus abogados
Angeles ya no discípulos, abogados con sus maletines de mano
Y anteojos cromáticos para no ser reconocidos en las calles por los entusiastas del Gólgota.

La lengua de fuego -señal del espíritu- humea
nadie habla lenguas con la imprudencia de los apóstoles
El evangelio tiene una prehistoria que contar
Porque el alma no es ahora inmortal
Remite a una época respetuosa de la integridad de los cuerpos
Anterior a la creencia en la inmortalidad de las almas
A una época como ésta cuando costaba velar por la seguridad de los cadáveres
Por la integridad de los muertos.

Ultima rueda

Una ruedecilla se atasca
Tú despiertas automáticamente de la pesadilla que hunde la realidad
Hay una puerta falsa en el muro que también lo es
Estoy soñando. No es mi cuerpo el que atormentan en esta cárcel secreta
No la he merecido
Soy el escenario y los actores de este sicodrama
Lo que dicen y el autor de lo que dicen
Y esta luz ausente, blanca, blanca
Como boca de lobo.

El Castillo

La juventud en la inmensidad del presente que le toca
Ocho horas de viaje a una velocidad normal para cruzar el lago más grande del mundo
Ese río de aguas estancadas que inunda el Castillo
Entre el peso de la noche a las ocho hasta la aparición cortada a cuchillo del amanecer
Los goliardos entre punk y new wave que traen a Mesalina en el manubrio de su bicicleta
Una Edad Media de pedaleros perdida en la inmensidad de un presente de utilería
Los hijos del tiempo muerto que sólo pueden ser pródigos derrochándose -cuerpos y almas- a la primera asonada.

En el lugar en que se acaban y fenecen los difuntos
A medio camino entre la muerte y la vida

Gritan: Y va a caer

Día de los muertos

Día de los muertos que no tiene principio ni fin
hilado con el huso de todos los días

En el inconcebible mundo de un solo habitante
se desharía la unión de vivos y muertos,
paralizándose el inmenso trabajo.

La Obra que no tiene origen
no debe perder la continuidad de su origen.
Sólo de los cabos sueltos que ellos dejaron
brota el tedio sin fin, obra de nuestras manos y las suyas.

La extensión de la obra conspira contra quienes quieren hacerla suya contra su mismo sentido.
Basta aceptar que otros pusieron sus fundamentos hace millones de años.
La pregunta por el sentido no tenía en ese tiempo sentido.
Esos fundamentos, fueron cráneos y huesos (a)morosamente acariciados
con angustia, inhumados junto al fuego,
no hay otros fundamentos más sofisticados que esos.

Todo ser que acaricia a otro está ritualizando
la primera postura de esos fundamentos.

La imposibilidad de acariciar a nuestros muertos
La ausencia de urnas funerarias entre los fríos regalos de matrimonio
El ridículo celo fronterizo de que hace gala el mundo -pequeño país- ante el gran Imperio de los muertos
-nuestro diario e ineluctable invasor
hacen que la obra olvide sus huesos y sus cráneos
y se deje engañar por la soberbia de los obreros providenciales.

Sólo deseo abandonar lo que la obra haga de mí con otras manos
Que la magia -razón de los desesperados
me lleve a un lugar equidistante entre los vivos y los muertos
Desde donde se divisen, quizá juntos
el fundamento, si lo tiene,
y el sentido de la obra.
No el que le imponen los nombres providenciales
sino el que los borra.

La ciudad del Yo

La ciudad del Yo debiera paralizarse
cuando entra en ella la muerte
Toda su actividad es nada ante la nada
quiéranlo o no los agitados viajeros
que inútilmente siguen
entrando y saliendo de la ciudad
bajo la mano ahora
que convierte en sombras todo lo que toca
La mera inercia, sin embargo, despierta
en el gobernador una desahuciada esperanza
Ante la muerte se resiste a capitular
aunque tocado por ella es una sombra
pero una sombra de algo, aferrada
a la imitación de la vida.

Casi cruzo la barrera

Casi cruzo la barrera
del espejo para ver
lo que no se puede ver:
el mundo cómo sería
si la realidad copiara
-y no al revés- el espejo
Llena, por fin, de su nada.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03