El exilio desde el otro lado del espejo

EL EXILIO DESDE EL OTRO LADO DEL ESPEJO

Walter Klein

Araucaria de Chile. N 21, 1983.

La historia no se repite, es cierto. Pero lo que les ocurre a los hombres, sin embargo, tiene una singularidad que hunde sus raíces en aguas de hechos que otros hombres ya han vivido. De otro modo, en tiempos y circunstancias diferentes, pero a veces con un raro paralelismo, aún si éste se nos ofrece como una imagen invertida.

Miles de chilenos huyeron del fascismo después del golpe de estado de septiembre de 1973, y muchos de ellos encontraron su patria de adopción en la República Democrática Alemana. Allí, en Berlín, vive Walter Klein, escritor, que sufrió una peripecia semejante, sólo que los términos se dan justamente al revés: el fascismo se apoderaba de Alemania, y Chile era el del Frente Popular y, entre otros países, acogía a los demócratas antifascistas alemanes.

Al cabo de casi una década de exilio, Walter Klein volvió a su país. Allí vive con su esposa Elena, a quien hizo su compañera en el destierro. Ambos hablan constantemente de la que fuera su segunda patria. Y escriben de ello también. El prepara sus memorias, en ¡as que varios capítulos cuentan su vida en Chile. El que publicamos habla de cómo y por qué llegó a una nación tan lejana y apartada de su país de origen. Son páginas que, aparte de su encanto como relato, conllevan una lección histórica; es decir, una lección verdadera.

Para la mayoría de los emigrantes la necesidad de errar por el mundo, de vivir lejos de la patria, se hace presente de un día al otro, para muchos hasta de un minuto al otro. Para mí fue diferente. Llegué en el otoño de 1937 de Viena a Praga. Hijo de un acomodado comerciante dedicado a los negocios de importación y exportación en Austria y en Checoslovaquia, mi intención era aprender el idioma checo y enterarme de los pormenores de nuestra sucursal en Praga.

Me recuerdo que al llegar a la bella y vieja ciudad a orillas del río Moldava, en un cine de la plaza de Wenceslao daban la primera película de dibujos animados de Walt Disney, Blancanieves y los siete enanitos. Me puse en la cola delante de la caja, tomé asiento en la cómoda butaca y admiré a la bellísima Blancanieves, que cantaba y bailaba con los enanos. Estaba contento, con mi vida: un hijo de buena familia con el futuro asegurado. Ni siquiera las pequeñas dificultades políticas que había tenido con las autoridades austríacas, podían cambiar algo en esto.

Pocos meses más tarde, las tropas fascistas alemanas ocuparon Austria, mientras Blancanieves y los siete enanitos danzaban y cantaban en el cine de la plaza Wenceslao. Danzaron y cantaron durante toda la crisis de Munich y siguieron danzando y cantando, mientras los soldados, los tanques, los cañones y carros blindados fascistas pasaban afuera por la plaza, llevando a cabo la ocupación de Checoslovaquia, mientras los habitantes de la ciudad miraban llenos de rabia y desesperación el espectáculo y las lágrimas les corrían por las mejillas.

Yo había tratado de enrolarme en el ejército checo cuando éste fue movilizado, pero antes de que pudiera conseguirlo, Checoslovaquia ya había sido traicionada, humillada, vendida a los agresores. En marzo de 1939, el país había desaparecido definitivamente de los mapas. No quedaba más que un "protectorado", ocupado por la soldadesca alemana y explotado como colonia por el "Tercer Reich". Feliz el que pudo salir de ahí, que pudo librarse de la "protección" de los alemanes. En ese momento me acordé de la visa chilena que el cónsul en Praga me había concedido algunas semanas antes. Había vacilado en hacer uso de ella por dos razones: los pocos familiares míos, que habían conseguido salir de Europa, estaban casi todos en Estados Unidos. En Chile no tenía a nadie, no hablaba el idioma, no sabía nada del país, como no sabia nada de toda la América Latina. ¿Cómo eran las condiciones de vida en Chile? Yo sabía solamente que Chile tenía cobre y salitre. De Estados Unidos sabía más. Era un país de gran riqueza, donde había mucha gente acomodada. Tenía algunos parientes que vivían ahí desde hacía decenios. Durante algún tiempo poseyeron millones, pero la gran crisis mundial había destruido su fortuna. Ahora estaban pobres.

La segunda razón por la que vacilaba en ir a Chile era que mi "visa comercial" en realidad representaba una base muy frágil para pedir a las autoridades chilenas, una vez entrado en el país, el permiso para quedarme indefinidamente en Chile, para nacionalizarme. "Visación comercial", decía el timbre, "válida para seis meses". Sabía que esta visa podía prorrogarse por otro lapso igual. ¿Y pasados los doce meses? ¿Qué iba a hacer?

En fin, ahora, "protegido" por los alemanes fascistas, lo importante era librarse de su dominación, huir del territorio gobernado por el señor von Neurath, "Protector del Reich" en Bohemia y Moravia. Era una cosa curiosa, en realidad, que el cónsul chileno me hubiera concedido el visado así no más. En los años de 1933 hasta 1939 existía un gran mercado internacional de compra y venta de visaciones, un comercio que hizo rica a mucha gente en todo el mundo. Gente que estaba en posición de poder ofrecer la mercadería buscada. Era un comercio que en muchos aspectos, especialmente en lo que se refería a su lado moral, tenía una semejanza lúgubre con el comercio de esclavos de siglos pasados. Entre doscientos y cinco mil dólares por cabeza se pagaba en estos años por un visado. El precio variaba según la urgencia del caso, la fortuna del comprador y la estimación de que gozaba el país de destino entre los eventuales compradores. La moneda en la cual se realizaban todas las transacciones, era el dólar norteamericano. Yo tenía coronas checoslovacas, pero dólares no tenía. En el mercado de visados yo no contaba para nada. Y justamente en esta situación, en la cual el funcionario chileno podía pedir cuatrocientos o quinientos o más dólares por persona, él había concedido visas a todo un grupo de tal vez ochenta o cien personas -checos y judíos alemanes y austríacos- sin pedir más que los ínfimos derechos oficiales, que se pagaban en coronas checas. ¿Por qué lo había hecho? ¿Por qué él no participaba en el comercio tan floreciente, que hizo ricos a sus colegas de otros países latinoamericanos?

Los tiempos no eran para romperse la cabeza con preguntas fútiles. Yo tenía ahora mucho que hacer. Había que conseguir permisos: para poder salir, para poder llevar conmigo mis pobres maletas con las pocas cosas que las autoridades "protectoras" alemanas en Praga me permitieron llevar conmigo; para poder llevar diez marcos en efectivo hacia el extranjero, suma máxima permitida, y muchos otros permisos más. Tenía que comprobar que no dejaba deudas impagas en el "Protectorado", que no se me buscaba por robo o asesinato. Y finalmente había que conseguir que un comité de ayuda para emigrantes en París me pagara el pasaje en vapor a Sudamérica.

La primavera de 1939 fue pródiga en sol y en flores. Los pájaros cantaban, las lilas florecían. Toda la ciudad estaba llena de fragancia. Semanas después, cuando las frutillas maduraron, en cada esquina había una carretilla donde se vendían las frutas grandes y rojas a precios ínfimos. Después pasó lo mismo con las cerezas. La gente andaba por la calle comiendo las frutas brillantes y dulces sin lavarlas. Las veredas estaban llenas de huesitos. Yo vi todo esto, pero no participaba de la vida acostumbrada. Toda esta gente que me rodeaba eran personas normales que vivían una vida más o menos normal; yo me encontraba fuera de lo normal y vivía una vida anormal. ¡Para qué me servía la primavera!

Llegó la fecha de salida. Esa tarde, a fines de julio de 1939, era mi última en Praga. Ya no tenía nada que hacer, todo estaba listo para la salida. Hice un último paseo por el centro. Era poco probable que volviera a ver la "ciudad de las mil torres" otra vez en toda mi vida. Como siempre, la plaza Wenceslao estaba llena de gente. Checos que se esforzaban en no hacer caso de los grupos de soldados alemanes, que en calidad de turistas paseaban a su lado; ingleses y franceses ricos que consideraban, ahora, después de las gloriosas acciones de sus primeros ministros para apaciguar a los alemanes, que Europa Central bien valía la pena de ser visitada en las vacaciones; emigrantes alemanes y austríacos, judíos en su mayoría, que apresuradamente se trasladaban de una oficina de gobierno a otra para arreglar sus papeles de emigración; y muchos otros. En la marquesina del cine de estrenos, al otro lado de la plaza, se encontraba el gran cartel de siempre con Blancanieves danzando con los siete enanitos, y delante de la caja estaba la cola consabida de gente que quería ver la película. Habían pasado casi dos años, setecientos días desde mi llegada a Praga. Creo que Blancanieves y sus enanos eran los únicos que habían sobrevivido en Praga todo este tiempo sin mayores perturbaciones, siempre en el mismo lugar y siempre de buen humor.

Hasta el último día yo estaba convencido que no iba a haber otra guerra. Después de los veinte millones de muertos de la guerra de 1914 hasta 1918, ¿quién se dejaría arrastrar a otra más? El día 23 de agosto de 1939 me embarqué en Marsella en el vapor francés "Florida" con dirección a Buenos Aires. Cuando arribé a esta ciudad, habían pasado más de tres meses y la Segunda Guerra Mundial había comenzado. En este lapso, yo había tenido la oportunidad de conocer un campo de internación en el Senegal, en el cual las autoridades coloniales francesas me tuvieron encerrado durante dos meses y medio. Ocho días después de mi llegada a Buenos Aires fue hundido en la ruta, que mi barco tan solo y tan confiado había tomado, el acorazado alemán "Graf Spee". A nosotros no nos pasó nada y tengo los mejores recuerdos del viaje: el mar azul, delante de la proa los delfines, detrás de la popa, esperando los desperdicios de la cocina, los tiburones; peces voladores, gaviotas, las gotas de agua salada que el viento traía hasta arriba, sobre la cubierta; el sol, el pololeo con las chiquillas que viajaban con nosotros en el vapor.

Desde Buenos Aires seguimos viaje por tren. Un día y una noche atravesando la pampa argentina. En las pocas estaciones había grandes aglomeraciones de gente que esperaba el tren. Apenas éste paraba, subían a los vagones y corrían por los pasillos en busca del gran grupo de españoles republicanos, que habían llegado a Buenos Aires en el mismo vapor y ahora seguían viaje junto a mí, rumbo a nuestra nueva patria común, Chile. Los argentinos los abrazaban, los colmaban de regalos, de provisiones para el viaje, reían con ellos, discutían, hasta que el tren se ponía nuevamente en marcha y tenían que abandonarlo precipitadamente. Con nosotros siguieron los españoles, por cuyas mejillas corrían las lágrimas, tan conmovidos estaban por el recibimiento que el pueblo del continente americano les brindaba. Conmovidos estábamos también nosotros, los alemanes y austríacos, al ver esta escena. Lástima que nuestros conocimientos del español fueran tan limitados, porque no alcanzaban para entendernos bien con nuestros compañeros de viaje. Sin embargo, esto no fue obstáculo para que ellos compartieran fraternalmente los alimentos con nosotros. Hasta que nos acercábamos a la estación siguiente, donde ahora nos esperaba una multitud cantando la Internacional.

Mendoza, primero de diciembre de 1939. Una mañana fresca y clara. El sol de verano todavía no había quemado el verde de los campos y el follaje de árboles y arbustos. El aire estaba lleno de la fragancia de las flores y del pasto. La travesía de los Andes por tren estaba interrumpida. Una avalancha de piedras había destruido la línea. Una caravana de automóviles transportaba a los pasajeros y el equipaje hasta la estación Las Cuevas. Subimos, subimos, subimos. Yo conocía bien buena parte del los Alpes austríacos. Pero, ¡Dios mío, qué abismos tan abruptos, tan profundos, éstos de los Andes! A la izquierda, miles de metros debajo de nosotros, vimos la línea destruida del tren. Y, en el otro lado, subiendo casi verticalmente, montañas de una altura tal que, al mirar hacia las cumbres rodeadas de pequeñas nubes, que pasaban rápidamente, se le quitaba a uno la respiración.

En Las Cuevas abordamos el trencito de trocha angosta, y apenas comenzado el viaje atravesamos un largo túnel. Cuando nuevamente entró la luz del día en nuestro vagón ya estábamos en territorio chileno. Los primeros chilenos que conocí fueron un oficial de aduana y su ayudante, ambos uniformados.

"¿De quién son estas maletas?", preguntó el oficial. Indiqué que eran las mías y quise bajarlas. Pero no me dejó hacerlo. Esto era tarea del ayudante, un hombre de unos cincuenta años. Yo solamente tuve que abrir los candados. Sin misericordia, el ayudante revolvió el contenido, mientras que el oficial se limitó a mirarlo, este contenido más que modesto, lo único que había podido salvar del cataclismo europeo y que era toda mi propiedad en el mundo. Con la punta de los dedos el hombre revisaba uno que otro objeto, los que le llamaban la atención. No se habló ni una palabra. El control del pasaporte se hacía al mismo tiempo. Un pequeño timbrecito en la página donde estaba la visación indicaba que había entrado a Chile. Ya estaba en el país.

Pasaban las horas. El tren bajaba por un valle relativamente angosto. Rocas por donde uno mirara: guijarros, cantos, peñas, rodados. Y pocas plantas: algunos espinos, zarzales y muchos cactos. En este semidesierto, de repente una choza hecha de palos y un poco de cartón. Delante, algunas cabras flacas que se esforzaban por encontrar algo comestible en los espinos, y en la puerta, un hombre mirando el tren. El pantalón y la camisa eran tan andrajosos que se podía advertir desde nuestro vagón, que sin embargo pasaba a cierta distancia. La vista me asustó. ¿Cómo era este país, Chile, que ahora pasaba a ser mi patria?

Frente a mí, un asiento estaba desocupado. En él se sentó el ayudante del oficial de aduana. Aparentemente ya había terminado su trabajo. Tenía la frente empapada de transpiración y se veía cansado. Aun así, me miró con curiosidad. Un hombre uniformado que se sentaba al lado de un civil con el deseo aparente de charlar con él. En Europa Central esto hubiera sido completamente fuera de lo común en estos años.

"¿De dónde viene usted?", me preguntó finalmente. La comunicación fue difícil. Yo hablaba poco español y entendía menos todavía. Pero es sorprendente como aun en tales condiciones los seres humanos consiguen entenderse, si el empeño es bastante grande. Le conté de mi internación en el Senegal, donde me había contagiado con malaria; le conté de las cosas espantosas que pasaban en Europa.

Más que novedad, mi relato le pareció ser la confirmación de cosas conocidas. En cierto momento se inclinó hacia adelante, me puso la mano sobre el brazo y dijo: "Terrible lo que usted me ha relatado. Pero tenga confianza, señor. Ahora su vida cambiará. En Chile cosas así no podrán ocurrir nunca. Chile es y será siempre un país democrático".

Lo había dicho con tanto énfasis y tanta convicción, que levanté la vista. Su cara expresó bondad y simpatía. Asentí con la cabeza y, más que confirmación, este gesto expresaba esperanza. Después, el aduanero se levantó y desapareció detrás de un tabique en otro rincón del vagón, de donde se oían ruidos de oficina: tecleo de una máquina de escribir, voces altas y hasta el sonido de timbres.

Cerca de la medianoche arribamos a Santiago. Tuve suerte.

Conseguí inmediatamente trabajo. Viví en una residencial. Comida y vivienda estaban aseguradas. Por cierto, no era una vida lujosa, pero era más de lo que en mis sueños más atrevidos me había imaginado posible. En todos los países europeos, ya antes de la guerra, habían atormentado a los emigrados alemanes, negándoles permisos de trabajo y dificultando su permanencia en ellos. Y ahora, ya declarada la guerra, la mayoría de ellos habían sido encerrados en campos de concentración, donde pasaban hambre y frío.

Pero, ¿cuánto tiempo iba a durar mi felicidad? Tenía una visa por seis meses, prorrogable por seis meses más. ¿Cómo iba a arreglar mi situación? ¿Y esto iba a costar dinero? ¡Tal vez mucho dinero! ¿Cómo lo podía conseguir?

Tenía que sacar mi carnet de identidad. Era la diligencia crucial.

En esta ocasión se aclararía mi situación. ¿Y si me expulsaban del país? Todos los inmigrantes iban con cierta aprensión a las oficinas del Gabinete de Identificaciones. En la residencial, otro recién llegado contó que allá se habían enojado mucho con él por no saber cómo se llamaba el Presidente de Chile. Yo lo sabía. Se llamaba Pedro Aguirre Cerda. Yo había visto muchas veces su fotografía en los diarios, que compraba diariamente, aunque entendía solamente la mitad.

Un día cualquier me fui a Identificaciones y saqué el carnet. Nadie se interesó mayormente por mí. Todo se realizaba rutinariamente. Nadie se extrañó, nadie se enojó, nadie me llamó la atención. Tuve que esperar mucho tiempo. Finalmente me llamaron a una oficina aparte, donde estaba sentado un jefe o subjefe. Me invitó a tomar asiento frente a su escritorio. Delante suyo tenía mis papeles. Los reconocí por mi fotografía. Y ahí estaba el pasaporte con el timbre grande: "Visación comercial". Y otro timbre más chico debajo:

"Válida por seis meses". Yo estaba preparado para todo, pero no pasó nada. El hombre firmó varios papeles y yo también tuve que firmar una o dos veces. En cierto momento él se fijó en mi vista, que permanentemente era atraída por el timbre fatídico: "Válida por seis meses". Se sonrió. "Sí, señor. En otro tiempo usted hubiera tenido dificultades. Pero no olvide, ahora, con don Pedro, tenemos un gobierno de Frente Popular". Me entregó el carnet, me deseó mucha suerte. Y nada más. El carnet decía: "Válido por dos años". El "pecado" de haber entrado en el país con una visa por seis meses, pero con la intención de quedarme para siempre, había sido perdonado, borrado, olvidado.

Poco tiempo después hice un paseo por el cerro Santa Lucía. Era un día domingo bien temprano. Los primeros rayos del sol hacían brillar el agua, que corría rápidamente por las acequias, regando árboles y flores. El parque estaba lleno de fragancia matinal, pero la ciudad dormía todavía; no había casi nadie. Solamente una pareja, un matrimonio ya de edad, me salió al encuentro estando ya más arriba. Cuando los dos se me acercaron más, noté con sorpresa que era don Pedro Aguirre Cerda con doña Juanita, su esposa, que paseaban completamente solos, sin protección, sin acompañantes, y gozaban de la belleza del parque. Los saludé con deferencia y ellos me correspondieron con una leve sonrisa.

Aquí termina este relato.

No hablé una sola palabra con don Pedro. En realidad, no lo vi nunca más. El Presidente y su esposa siguieron bajando hacia la calle, mientras que yo continuaba el camino hacia la cima. ¡Cavilando! En ese tiempo todavía no florecían los atentados terroristas y la CIA no había nacido aún. Sin embargo, ¿cómo era posible que aquí el representante más alto del Estado pudiera pasear completamente solo por el parque, mientras que en Europa personajes de importancia incomparablemente inferior no osaban presentarse en público, si no los rodeaba por lo menos una docena de guardaespaldas? Me vinieron a la mente el cónsul en Praga, que nos había dado visas sin hacer con ello un negociado; el ayudante de aduana, que me había dado un recibimiento tan simple como conmovedor, apenas había cruzado la frontera. Me acordé de la sonrisa del jefe de Identificaciones al notar mi miedo. Todos ellos habían actuado con la mayor naturalidad. Ninguno de ellos había utilizado grandes palabras, ni considerado gran cosa lo que hizo. Ellos hicieron simplemente lo natural, lo humano, lo que lógicamente cada hombre debería hacer por su prójimo. Esta era la diferencia entre el pensar y el accionar de un gobierno popular y los gobiernos que solamente funcionaban para los grupos adinerados. Comprendí por qué don Pedro paseaba con tanta confianza por el parque. El era el Presidente elegido por la gente humilde, anhelante de una vida más humana. Se sentía seguro junto al pueblo. Y a la larga, ¿quién podía contra el pueblo? Algo como un presentimiento nació en mí: que, a pesar de las muchas batallas que por entonces ganaban los fascistas, la victoria final en la terrible guerra que apenas había comenzado, tenía que ser de los que estaban del lado del humanismo, de la verdad.

Estos años fueron decisivos en mi vida. El pesimismo que se había apoderado de mí, a raíz de mis aventuras en Europa y en África, cedió y encontré mi camino junto a la gente sencilla. Nunca me he arrepentido.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03