Enrique Kirberg

Enrique Kirberg. Ingeniero, ex-rector de la Universidad Técnica del Estado

1. La cultura, y especialmente la Universidad, no nació independientemente en América Latina. Mejor dicho, su cultura original, la precolombina, fue interrumpida, abrupta y sangrientamente con la conquista española.

En las primeras universidades latinoamericanas, fundadas por decreto real y a semejanza de la Universidad española, sus estudiantes eran únicamente hijos de los funcionarios españoles, hijos de criollos notables. La cultura precolombina no quedó, en forma alguna, incorporada a la cultura universitaria y fue gradualmente eliminada en el proceso de cristianización que implicaba, en los hechos, la cultura importada de España.

Chile mantuvo su dependencia cultural y económica de España hasta después de su independencia, pero muy pronto pasó a depender económicamente del gran capital inglés y, al filo del siglo, de la influencia económica de Francia y Alemania, que se la disputaban a Inglaterra y entre sí. Antes de la Primera Guerra Mundial las influencias alemana y francesa prevalecieron en la cultura chilena --la enseñanza tecnológica, gran parte de la medicina, como la pediatría, y hasta la enseñanza militar fueron netamente alemanas; la arquitectura, las leyes y la cirugía en medicina fueron de influencia francesa. Sin embargo, después de esta guerra, y con mucha más razón después de la Segunda Guerra Mundial, con motivo del desplazamiento económico de Inglaterra, Francia y Alemania por parte de los capitales e inversiones norteamericanas, la influencia cultural, científica y tecnológica de Estados Unidos en Chile fue arrolladora.

No hay duda que la Universidad chilena ha sido dependiente del sistema capitalista, y sus enseñanzas, en lo general, estaban marcadas por las necesidades del sistema. En especial, la ciencias sociales incidían en apologizar el desarrollo capitalista disimulando sus contradicciones y evitando enseñar aquello que pudiese estar en contra de su desenvolvimiento. En economía apenas se mencionaba la doctrina marxista, y la mayor parte de la enseñanza se orientaba a buscar paliativos a las contradicciones del capitalismo.

La característica monopólica de la tecnología, su difusión y aplicación en los países latinoamericanos reafirma la dependencia de estos países. Es útil recordar que el proceso de explotación de los minerales de cobre en Chile, antes de su nacionalización, era dirigido desde Estados Unidos, donde se tenía toda la información y el procesamiento. Las grandes empresas desarrollaron el conocimiento científico y su grado de aplicación, la organización del proceso del trabajo, la calificación de los trabajadores y el descubrimiento de recursos naturales, y decidieron aplicar todo ello en nuestros países. Esto hacía que el desarrollo de la fuerzas productivas perdiera cada vez más su base nacional, con el respectivo impacto en la cultura y la enseñanza.

Con la reforma universitaria se trató de realizar un cambio. Se profundizó el estudio de las ciencias sociales, ampliándolo, se realizaron aperturas hacia otras disciplinas y se incorporaron elementos culturales de otros países. El resultado de estas actividades es difícil de evaluar, por ahora, por la condiciones imperantes en las universidades chilenas.

2. Todas las universidades de la región han aportado a «una conciencia de la identidad latinoamericana» algunas más que otras. Es importante destacar la extraordinaria contribución de la Universidad argentina, como también la uruguaya, la cubana y la mexicana. Nuestro país, y en no poca medida, también contribuyó a este acervo de la «América morena».

La notable continuidad democrática en Chile permitió un desarrollo sostenido de la educación, y fue por ello un lugar elegido por muchas instituciones académicas y científicas de carácter internacional de estudios de post-grado. entre ellas: CEPAL, FLACSO, CELADE, ESCOLATINA, ILPES, CIENES, etc. Esto llevó a que la educación chilena tuviese un impacto importante en la formación de especialistas en ciencias sociales en nivel de post-grado en la región. Son numerosos los economistas, sociólogos y otros expertos en ciencias políticas formados en Chile que ocupan cargos importantes en la docencia e investigación en organismos internacionales como en gobiernos latinoamericanos.

Es interesante reconocer que las universidades chilenas mantuvieron tradicionalmente porcentajes de matrícula destinados a estudiantes extranjeros que, en su mayoría, eran latinoamericanos, y que estas plazas estaban siempre copadas. Tales graduados volvían a sus países impregnados de los sistemas chilenos de estudio e investigación, lo que era un aporte considerable a la identidad americana.

3. Durante los últimos años, la enseñanza de post-grado, o sea, la formación de cuadros universitarios a partir del título profesional, constituyó una preocupación para las universidades chilenas. En general, se consideraba que no había profesores suficientes en el país con la preparación para dictar tales cursos. Sin embargo, estimo que se puede formular una política de formación y perfeccionamiento de cuadros universitarios que debe considerar, principalmente, la organización y funcionamiento de cursos de postgrado en las mismas universidades chilenas; en algunos casos, estos cursos debieran ser organizados entre varias universidades nacionales. Naturalmente que debe guardarse el correspondiente nivel de tales cursos y para ello, si es necesario, deberá recurrirse a profesores extranjeros. Por otra parte, no debe excluirse el envío de determinados valores a centros culturales extranjeros --sobre todo si en su disciplina no existen cursos en el país--, ya que además de obtener su perfeccionamiento pueden también aprender nuevas formas o sistemas de preparación de personal en su especialidad que después pueden adaptarse en el país.

A comienzos de 1973, el Consejo de Rectores, a proposición del Rector de la Universidad de Chile, Edgardo Boeninger, acordó la creación de cursos de post-grado en diferentes aspectos de Ciencia Sociales que serían organizados en común con profesores de todas las universidades. No tengo conocimiento de si llegaron a materializarse después del golpe militar, pero fue una iniciativa importante en la materia. Ya en ese tiempo existían numerosos cursos de post-grado en varias universidades chilenas. Desde años anteriores funcionaba en la Universidad Técnica del Estado la Licenciatura en Matemáticas (LAM) que otorgaba el grado de Magister en Matemáticas, con la participación de profesores nacionales y extranjeros.

4. El movimiento de reforma universitaria se produjo principalmente cuando los estudiantes y un gran número de profesores comprendieron que la institución universitaria no estaba cumpliendo el rol que de ella requería la sociedad. Y este rol era «crear una conciencia crítica y una decisión de cambios para construir una nueva sociedad»», como lo dijo el Estatuto reformista de la Universidad Técnica del Estado y, en términos parecidos, los Estatutos de las demás universidades chilenas. Las transformaciones apuntaron a esta decisión de cambios: democratización del sistema universitario, participación, relación con el proceso social en todos sus aspectos, modernización de la Universidad y la extensión universitaria que llegó a transformarse en un verdadero movimiento de masas por la cultura y el arte para todas las capas de la población. Indudablemente que todo ello contribuía al cambio social.

Como parte de esta transformación se prestó atención a la composición social de la Universidad, comprobándose que las capas sociales más modestas de la población y a la vez las más numerosas, no tenían participación en la vida universitaria (de todo el estudiantado, el 2,2 por 100 eran hijos de obreros en la Universidad de Chile, y el 5,4 por 100 en la Universidad Técnica). Se produjo un acercamiento entre las organizaciones sindicales y las universidades y varias de éstas desarrollaron programas que tenían por objeto promover a trabajadores, campesinos y otros grupos de bajos ingresos y sus hijos, a los niveles universitarios. Se podría recordar el PST (Promoción Social de Trabajadores) y los cursos para trabajadores de la Escuela de Medicina, en la Universidad de Chile; el convenio Central Única de Trabajadores-Universidad Técnica, con la creación de Institutos Tecnológicos por esta Universidad en varios lugares del país, especialmente en los sitios de trabajo: minas, fábricas, puertos, campo, etc.; el convenio Universidad de Concepción-Universidad Técnica, para el funcionamiento de cursos universitarios en la zona del carbón; la facultad Obrera en la Universidad Católica de Valparaíso; el Departamento Universitario Obrero Campesino (DUOC), en la Universidad Católica de Chile (que luego perdió el carácter universitario); cursos en la Universidad del Norte, en la zona del salitre y muchos otros que lograron, por entonces, variar la composición clasista de la Universidad chilena. En la UTE, el porcentaje de estudiantes obreros e hijos de obreros al año 1973 alcanzó al 23 por 100 y funcionaban 59 Institutos Tecnológicos en los sitios mencionados. No hay duda que ello evidenciaba un impacto en el cambio social.

Por otra parte, la reforma universitaria colocó a la Universidad de cara al proceso social, participando en proyectos de desarrollo, prestando asesoría y ampliando las investigaciones científicas aplicadas a los problemas nacionales.

5. En Chile, la reforma universitaria alcanzó la mayor profundidad y reveló el alto nivel de madurez académica de sus comunidades universitarias. En esta época, el país vivió una etapa de florecimiento de la fecunda actividad universitaria en todos sus estamentos, y se ejerció plena y ampliamente la democracia y el pluralismo para la adopción de los nuevos Estatutos que revelaban, en lo general, los propósitos de la Reforma. Ya me referí antes a los logros de esta reforma en cuanto a ubicar a la Universidad en el lugar que le corresponde y con la actividad que la sociedad le asigna. Sería largo enumerar y analizar tantos éxitos que las universidades obtuvieron durante y después de los movimientos reformistas, y espero que no falten los estudiosos que lo investigarán, pues ello pertenece a un importante trozo de la historia de la patria. Por mi parte, estoy preparando un trabajo sobre las experiencias de la UTE.

Es necesario decir que hubo también errores. Quizá el más grave consistió en algunos tipos de sectarismo, producto de la aguda polarización política de aquel entonces. Por otra parte, si bien la totalidad de las ocho universidades chilenas llevaron a cabo su reforma, no todas siguieran posteriormente un camino reformista consecuente. En algunas sólo fue letra muerta y, en gran parte, siguieron caminos convencionales sin nuevo brillo. En cambio, en otras, la reforma se desarrolló pujante y pictórica de resultados y frutos.

6. Sí, conserva plenamente su validez para la universidad chilena. Sólo sería necesario poner énfasis en la necesidad de la íntima relación entre la docencia, la investigación y la extensión más un justo equilibrio entre ellas, evitando la tendencia, muy común, de caer en la universidad «profesionalizante» que reduce las otras funciones. Durante el período de la reforma se añadió una cuarta función: lo que se llamó «la creación artística», cuyo desarrollo no se incluiría en la extensión. En efecto, durante los años 1969 a 1973 florecieron los grupos artísticos en la música, la plástica y la letras en que se destacaron los grupos folklóricos con abundante producción. La UTE impulsó esta actividad, y grupos como el Quilapayún. Inti-Illimani, Millaray y artistas como Víctor Jara, Isabel Parra, el director Mario Baeza y otros encontraron en esta Universidad un alero que les permitía dedicarse a sus actividades creadoras, además de la extensión.

7. La autonomía, el pluralismo ideológico y la participación en la Universidad fueron claramente definidos en las etapas de la reforma universitaria, durante los años 1967 a 1969, y practicados, en mayor o menor escala, hasta septiembre de 1973, fecha en que desaparecieron violentamente.

Estimo indispensable la autonomía académica, financiera y administrativa de la Universidad para que pueda desarrollar plenamente su misión, también ya señalada en la Reforma.

El pluralismo ideológico --el respeto a todas las tendencias políticas y religiosas, y el respeto tanto a las mayorías, para el Gobierno, como a las minorías, para su expresen y fiscalización-- es indispensable e inseparable de una democracia, en general, y de la Universidad, en especial. Creo que se practicó en las universidades reformadas, aunque en algunos casos se llegó a situaciones agudas y estériles por la polarización política que ya he mencionado; en todo caso, fue saludable para el cambio de ideas y para la búsqueda de los mejores caminos. Estoy convencido de que se cometieron errores. ¿Quién no los comete? Eran producto de la inexperiencia de los comienzos y muchos de ellos estaban en vías de superación.

La participación, que alcanzó su plenitud a partir de la Reforma, trajo notables avances al desarrollo universitario. La incorporación del estudiantado y de los administrativos a la toma de decisiones en la universidad, aportó nuevas ideas, nuevas dimensiones, e incorporó efectivamente a la vida universitaria a amplios sectores que hasta la fecha habían permanecido inertes. Son inolvidables las jornadas estudiantiles, sus luchas por el presupuesto, por la reforma, el trabajo voluntario y la seriedad con que acometieron la nueva responsabilidad que la vida universitaria les imponía.

En todo caso creo que habría que introducir algunas modificaciones. Por ejemplo, yo propondría una mayor injerencia y peso de los más altos niveles académicos en la resolución de ciertos problemas de la Universidad, como los programas y planes de estudio, tipo de carreras, enfoque de la investigación, cursos de post-grado, etc.

8. Viviendo en Estados Unidos he visto de cerca lo que es el autofinanciamiento de las universidades privadas. Estas deben transformarse en gigantescas empresas económicas en la cuales la enseñanza es sólo uno de los tantos aspectos de la actividad. Los fondos que provienen de legados, de ingresados con grandes fortunas --que, por lo general, condicionan sus donaciones--, del Estado, que paga por determinadas investigaciones; del ejército; de empresas, destinados para ciertas disciplinas; de algunos países para fomentar estudios relativos a ellos; más otras entradas, propias de países ricos, se transforman en el capital de la universidad. La principal preocupación del Consejo de «Trustees» --que es la real autoridad de la universidad-- es realizar los mejores negocios y obtener las mayores utilidades para el funcionamiento de la universidad. Se compran grandes propiedades de renta, se invierte en acciones y otros negocios, y el ideal máximo es mantener intacto el capital utilizando sólo su rendimiento. Por otra parte, los pagos de los estudiantes son considerables. Según la universidad, el pago anual de un estudiante varía entre 4.000 y 5.000 dólares y más. Esto, naturalmente, produce una selección por ingreso económico. En 1975, sólo el 17,2 por 100 de la familias con un ingreso anual de menos de 5.000 dólares tenían hijos de dieciocho a veinticuatro años en un College (antesala de la Universidad); en cambio, los tenía el 63,7 por 100 de la familias con un ingreso de 25.000 o más dólares (United States Bureau of the Census). Este tipo de enseñanza va aumentando la composición clasista de la universidad.

Como resultado, la autonomía universitaria es muy relativa. Muchas veces la orientación de las investigaciones, especialmente en sociología o ciencias políticas, sigue las indicaciones de los donantes, y la investigaciones científicas sólo los intereses de algunas empresas, las más ricas.

Si miramos en Chile no creo que serían muchas la empresas que recurrirían a la Universidad pagándole sus servicios. No existen grandes fortunas que dejen legados ni egresados que puedan hacerlo; tampoco donaciones de países para sus Institutos, fuera de obsequiar, de vez en cuando, alguna colección de libros. En resumidas cuentas, tendría que basar su financiamiento casi exclusivamente en el pago de matrículas, las que ascenderían a límites tales que sólo los hijos de familias muy ricas podrían seguir carreras universitarias; se produciría una discriminación por escala social, lo que la Reforma había tratado de evitar. Un puñado de becas para calmar ciertas buenas conciencias ayudaría muy poco.

La tradición de los países latinoamericanos es de las universidades apoyadas económicamente por el Estado, sean privadas o públicas. Un cambio brusco del sistema traería de inmediato serias perturbaciones. Debe irse a algunas modificaciones, como se hizo y se hace con la matrícula diferenciada según el ingreso del grupo familiar.

Por otra parte, es importante considerar que la Universidad financiada por los contribuyentes está obligada a retribuir al país de la manera más amplia, y no favorecer solamente a un grupo de familias. Para ello debe ampliar sus matrículas, dar servicio a otros lugares, realizar extensión que abarque la mayor cantidad de ciudadanos de toda clase, cultura, condición o ubicación.

9. La «fuga de cerebros» es un fenómeno que se ha producida en Chile en las últimas décadas, pero que en los últimos años se ha agudizado en términos alarmantes. Hay que distinguir entre la «fuga crónica» y la «fuga aguda» de cerebros.

En lo que se refiere a la primera, ella se ha ido produciendo de una manera más o menos continua desde los años sesenta y, a mi juicio, obedece a las siguientes razones:

a) Profesionales y científicos chilenos a quienes les ofrecen mejores ingresos en el extranjero.

b) Estudiantes chilenos de post-grado en el extranjero, que al volver a Chile no encuentran las mismas condiciones de trabajo --laboratorios, publicaciones, colegas, conferencias, bibliotecas, remuneraciones, etc.-- y que muy fácilmente aceptan una oferta para regresar a los sitios en que estudiaron o a otros similares.

En ambos casos está presente el incentivo material como también el interés por su profesión o la ciencia. Pero está ausente el amor por la patria. olvidando el compromiso para con el país que los formó. Este fenómeno comienza a producirse desde la enseñanza media en que parecería que el ambiente y el criterio de muchos profesores inculca al estudiante la idea de que debe dedicarse a los estudios para triunfar, esto es, tener un buen puesto y ganar «buen dinero», ya sea en Chile o en el extranjero. Se le adiestra en el sistema de la competencia. Y ello sigue con más intensidad en la Universidad bajo la presión del medio social. En definitiva, es un fenómeno de la estructura social y sólo algunos cambios sociales podrían permitir su superación.

Formulo algunas medidas: mejorar la condición económica de los científicos y mejorar sus condiciones de trabajo: laboratorios, instrumental, bibliotecas, publicaciones, estímulos honoríficos, etc. Pero por sobre todo es necesario tratar de modificar la mentalidad utilitaria de la juventud, lo que debiera comenzar desde la enseñanza básica. Para ello es indispensable el contacto del estudiante con la vida, el trabajo y la soledad. Un ejemplo que demostraba dar frutos fue el trabajo voluntario de los estudiantes en tiempo de Salvador Allende. Los estudiantes fueron por millares a trabajar codo a codo con mineros, obreros y campesinos. Enseñaron y también aprendieron. Y entre otras cosas una muy importante: se puede trabajar para la comunidad sin recibir remuneración económica, y ello también produce satisfacciones.

En cuanto a la «fuga aguda de cerebros» es la que se ha estado produciendo los últimos cuatro a cinco años, y ésta se debe en parte a lo ya expuesto, pero mucho más a:

a) Falta de condiciones, yo diría, anímicas para el trabajo en los centros científicos, que se expresa en la falta de libertad académica, autocensura, persecución ideológica y desconfianza mutua.

b) Debido a la agudizada estrechez económica de las universidades (intento de autofinanciamiento), los medios materiales de trabajo y las remuneraciones son significativamente inferiores a los que proporciona el mercado externo.

c) En algunos casos no se investiga con el sentido didáctico de enseñar al estudiante a investigar, a desarrollar la duda científica, sino que se exigen «resultados» y hasta se fijan «plazos».

d) Desprecio por la participación de los científicos en la toma de decisiones en los organismos que tienen que ver con la ciencia. El doctor Tito Ureta, presidente de la Sociedad de Biología de Chile, sostenía en una carta: «Nuestra comunidad científica no participa en el momento actual en la formulación de políticas de desarrollo en las ciencias y las ideas concretas que sus miembros han sugerido sobre este particular han ocupado las páginas interiores de algunas publicaciones de prensa, y sólo durante un par de días, mientras la autoridades pertinentes se preocupan de declaraciones sin esencia.» (Revista «Hoy», 15-21 de marzo de 1978.)

e) Falta de trabajo y perspectivas para los profesionales chilenos debido a la crítica situación del país derivada de la política económica, lo que les obliga a emigrar para ganarse la vida. El presidente del Instituto de Ingenieros de Chile declaró a «El Mercurio» (25 de noviembre de 1976) que se registra un promedio mensual de renuncias del 5,8 por 100 del total de investigadores y, al mismo tiempo, el 12 por 100 de los restantes solicitan permisos sin sueldo en forma periódica para ir a trabajar en el mercado externo, y muchos de ellos no vuelven. Ya en 1974, la Comisión Nacional de Investigaciones, Ciencia y Tecnología (CONICYT) había establecido que entre el 10 de diciembre de 1973 y el 10 de octubre de 1974 habían abandonado el país 639 científicos e investigadores, lo que significaba el 21,5 por 100 del total de ellos en el país. Hace dos años el Colegio de Ingenieros establecía, a esa fecha, el abandono del país de un 23 por 100 de sus profesionales, y el Colegio Médico, a junio de 1977, constataba que el 16,8 por 100 de los médicos había abandonado el país.

Habiéndose expuesto la causas, resulta sencillo deducir la soluciones.

10. Los principios básicos de la política universitaria han sido claramente definidos en la reforma de 1967-1969. Estimo que en lo esencial son perfectamente válidos. Democracia, participación, libertad académica, pluralismo ideológico, autonomía, relación plena con la sociedad, participación en el cambio social, carrera académica, preocupación moral y material por el estudiante, superación de la composición clasista de la Universidad, efectiva y amplia extensión universitaria, etc., no han perdido su vigencia, hoy menos que nunca, justamente porque tales atributos de una auténtica universidad están suspendidos por la intervención militar de las universidades chilenas.

En una nueva etapa debería colocarse énfasis sobre: el estímulo a la relación estudio-trabajo; el mayor peso de los profesores de alto nivel en la decisión de los asuntos académicos (tal vez la creación de Consejos Académicos); el esfuerzo por incorporar a los niveles universitarios a otras capas de la población, especialmente a trabajadores e hijos de familias de bajos ingresos, y la puesta en práctica de un sistema universitario nacional más racional y eficiente, que elimine la duplicidad, cubra apropiadamente el territorio nacional y tenga como objetivos, ampliamente y sin sectarismos, las necesidades nacionales y las de las regiones que sirven.

No hay duda de que es un largo camino el que hay que recorrer. Pero me pregunto: ¿es necesario esperar a «un restablecimiento de la convivencia democrática del país? Creo que una tarea tan urgente e irrenunciable como la restauración de la universidad chilena hay que emprenderla desde este mismo momento. La Universidad no ha muerto en Chile, a pesar de todo, y su vitalidad le ha permitido sobrevivir. Mientras antes ayudemos a su reconstrucción, un mal mayor puede evitarse. Gracias al peso de la tradición universitaria, a la lucha popular por la democracia y a la actitud de muchos académicos y estudiantes que están en la Universidad, creo que gran parte de la médula de su acervo se mantiene y los académicos chilenos de dentro y fuera de la Universidad, de dentro y fuera del país, debieran cooperar a la restitución de los valores fundamentales de nuestra enseñanza superior. Se han denunciado al mundo los intentos de deformar gravemente la Universidad chilena y el mundo ha escuchado, comprendido y ayudado. Creo que podemos seguir teniendo ayuda para superar la crisis. Mi impresión es que la capacidad de supervivencia de los valores universitarios es aún tan vigorosa que éstos no pueden ser sepultados, y hoy más que nunca necesitan de toda la ayuda que se les pueda proporcionar.

En este sentido, la fuerza que representan los académicos chilenos en el extranjero, exiliados o no, es de mucha importancia para la restauración democrática de la Universidad chilena. Es necesario que los invitados por las universidades a volver, vuelvan; que los que sean autorizados por el Gobierno a volver, también vuelvan y, en lo posible, se acerquen a la Universidad. Es importante estimular la visita de académicos extranjeros de valor o interesar a los que han sido invitados a que acepten las invitaciones. Propiciar encuentros internacionales con visita de personalidades extranjeras y chilenos que están en el extranjero. Por otra parte, es necesario ayudar a los profesores y estudiantes que en Chile luchan por salvar lo que queda de la Universidad, consiguiendo becas de post-grado para aquellos que se destaquen en la ciencia y en la investigación.

Entiendo que ésta sería una manera positiva de ayudar a la Universidad chilena a recuperar su antigua posición, lo que repercutirá, sin duda, en el restablecimiento democrático del país.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03