Escrito en el tiempo

ESCRITO EN EL TIEMPO

Bárbara Jacobs - Evelyn Ross - Virginia Vidal

Bárbara Jacobs es mexicana, cuentista y traductora al español de Lillian Hellman, Kurt Vonnegur Jr. y otros autores. Ha publicado los libros de cuentos Un justo acuerdo y Doce cuentos en contra. Los textos que publicamos -cartas al director de Time que nunca fueron enviadas a su destinatario- forman parte de un libro inédito que aparecerá este año en México.

Araucaria de Chile. N 33, 1986.

Chimalistac, México, 26-XII-1983

Señores:

¿Cómo es un escritor?

En un rincón del número uno de la revista Time del 2 de enero de 1984, leo que Isaac Bashevis Singer no come pollo. La cita explica que Singer observa dicha costumbre menos por su propia salud que por el bienestar del pollo. Yo ya sabia que era vegetariano, pero ahora recordé otras imágenes suyas con aves, con métodos alimenticios y con hábitos de trabajo.

Mientras Harold Flender lo entrevista para la París Review en el otoño de 1968, dos loros domesticados vuelan en libertad por su departamento, y Flender relata que la pausa que Singer hace en su caminata diaria, en la que recorre a primera hora entre cincuenta y sesenta cuadras, la dedica a alimentar a las palomas de un parque de la ciudad.

Por otra parte. Tony Shwartz lo entrevista para el International Herald Tribune el miércoles 24 de octubre de 1979, y anota que Singer y Alma su esposa desayunan todos los días antes de las 9 en la cafetería de enfrente del edificio en que viven, en el lado Oeste de Manhattan, por los números altos de Broadway.

En una de las dos entrevistas Singer declara que a él no le gustan los restaurantes de lujo y uno de los dos entrevistadores cuenta que Singer solía invitar a comer a quienquiera que lo llamara por teléfono y quisiera conversar con él pero que, con el tiempo, las llamadas llegaron a ser tantas que ahora apenas puede invitarlos a tomarse un café.

En el libro de fotografías literarias de Jill Krementz, The Writer's Image, aparece Singer al lado de una ventana, inclinado ante la máquina de escribir en uno de los extremos estrechos de un escritorio.

Me pregunto si se trata de la pequeña mesa que Tony Shwartz afirma que Singer traslada hacia la ventana cada mañana y si la ventana y la mesa se encuentran en el comedor de la casa del escritor.

Chimalistac, México. 2-VII-1984

Señores:

Aquí va algo de lo que habría escrito yo para acompañar a Lillian Hellman en el tránsito de su granja hacia el paraíso, al que llegó en días pasados según deduzco de la nota del número 28 de la revista Time con fecha del lunes próximo:

Qué coraje que este amigo me diga ahora que no recuerda cuándo pero que aquí, en el Little Italy, no en esta mesa, no va a alardear, pero sí en la de al lado, ésta, la alcanzo si estiro el brazo y la toco con las yemas de los dedos de mi mano, una vez vio a Lillian Hellman sola, comiendo sola, pasta o no tiene claro qué, no se fijó, cómo es posible que la haya visto alguien que no iba a fijarse en ella, en si tomaba vino blanco, en si llevaba alrededor del cuello un collar de perlas blancas dócil contra, sobre el pecho, balanceándose con gracia, la vio aquí y no estiró la mano y la rozó, yo no despego los ojos de la puerta, recuerdo cómo me ha transportado y apasionado esta mujer inacabada, pero a quién voy a convencer de que me ha gustado más que a nadie, cómo se prueba una exuberancia semejante, yo que soy incapaz de sostener una conversación literaria sobre Lillian Hellman, apenas recuerdo detalles, apenas enlazo una que otra anécdota, les pongo, eso sí, sentimiento, emoción, algo de lo cual nadie se da cuenta porque lo manifiesto cuando me callo, guardo silencio, me retiro para que los conocedores jueguen y entrecrucen barajas de razones de un lado a otro de este mantel verde de fieltro, qué se le dice a alguien que uno admira, no hay nada que decirle, hay que esperar, esperar que uno pueda pasar tiempo con él, momentos que son olas de lenta familiaridad, olas que te llevan a la orilla en la que deja de hacer falta decirle te admiro a quien admiras, se dará cuenta, lo advertirá, te preguntas si se dará cuenta, si lo advertirá, quiero ser como tú me gustó esto y esto, nos parecemos en esto y en esto, mira: esto y esto me da derecho a estar más cerca de ti que nadie y cosas por el estilo, no me olvides, pienso y miro la puerta, el Little Italy está concurrido, en alguna cuadra del barrio italiano de Manhattan, pero los pies de Lillian Hellman no descienden por los escalones que conducen de la calle al restaurante, a través de la puerta, aquí abajo, esta entrada que se ha vuelto para mi el departamento, o una ventana del departamento que ella tomó en Cambridge, en el que nunca llegó a vivir porque en eso Dashiell Hammett se murió, y ella iba a vivir ahí con él, y si él ya no estaba, lo más que ella podía hacer sin morir era atravesar la noche de Boston, atravesar la soledad de su media vida, y caminar hacia el edificio y detenerse, mirar hacia la ventana, imaginar cómo hubieran vivido ahí los dos, recordar cómo habían vivido y desvivido en otras partes, juntos, separados, juntos, ahora una de las dos vidas acabada, es decir, ahora sólo una media vida, un amor sólo, un amor no más acompañado, un amor interrumpido y reanudado, una vida interrumpida y reanudada, interrumpida en dónde estás Dash, habrá preguntado ella frente a la ventana del edificio de ladrillos rojos en Cambridge, por qué te fuiste, cosas por el estilo, a dónde, esas que no tienen explicación, que conforman mejor que nada lo que llamamos sinsentido, injusticia, pero a quién se lo digo: Lilliam Hellman usó por primera vez un enorme adjetivo en Benicasim, en el hospital al que las ambulancias transportaban combatientes de cien nacionalidades, lo destinó para referirse a los que llegaban a España a luchar por la República, esos hombres y mujeres que murieron o que sobrevivieron o que en todo caso inválidos se llevaron con ellos herida la democracia, ese ideal al que se entregaron, hombres y mujeres que no encontrarían ni gloria ni reconocimiento, y el adjetivo es la palabra noble: uno también es noble cuando se es de buen corazón, cuando perdona, cuando llora para siempre el encarcelamiento, la postergación de una causa, la muerte de una vieja nana, la desaparición de amigos, la muerte de dos viejas tías, la muerte de una amiga joven, la transformación de amigos en desconocidos, en enemigos, cuando mira para atrás y se asombra: hay tanto que uno ve caras y frases y pequeños y grandes actos que saltan de los matorrales del recuerdo y dicen: sigo aquí, haz algo conmigo para que yo no muera, pienso con los ojos fijos en la entrada de Little Italy, y Lillian Hellman no cruza el umbral, en dónde estará, va y viene la posibilidad de encontrarnos, y así fue y vino y viene la de desenmascarar a sus personajes y saber si lo que ella dice que hicieron fue lo que hicieron en realidad, si quienes ella cree que fueron lo fueron en realidad, la verdad se afirma, Lilliam Hellman se movía entre personajes y situaciones de la realidad, esta realidad que no cruza la puerta, que no desciende por los escalones y se nos pone delante, que no nos roza, que no come en la mesa de al lado, este amigo me asegura que la vio, que vio a Lilliam Hellman aquí en el Little Italy una vez, hace cuánto, y que no le habló por no perturbarla, cómo decirle te admiro, te admiro se parece tanto a te amo, una oración que existe y que no se aplica, un sentimiento que existe y que se aplica sin pronunciarse, que se pronuncia sin decirse, que se dice con qué: con el tiempo que uno pasa con quien admira, con quien ama, a solas, tengo lo que ha escrito Lilliam Hellman, lo leo y estoy más cerca de ella que nadie, pienso con la mirada fija en la entrada del Little Italy, sólo que ahora el Little Italy está en mí, en mi memoria, estoy en una mesa de mi recuerdo, ante un mantel de fieltro verde o de cuadros rojos y blancos o azules y blancos de donde no me va a mover nada ni nadie, y desde ahí, desde aquí, miro y vuelvo a mirar la puerta y veo a Lillian Hellman descender, camina hacia mi en forma de palabras, y las palabras son omnipotentes, llaves maestras que me conducen al centro de Lillian Hellman, que es donde siempre he querido estar, y de aquí no me mueve nada ni nadie, aún cuando nunca haya visto a Lillian Hellman de otra manera, ni estado de otra manera en su presencia; sus dramas, sus memorias, sus escritos son para mí el departamento de ladrillo rojo al que llego cuando quiero, yo sí entro, y de él no me saca nada ni nadie, y aquí estamos las dos, aunque no tenga en mi mano una sola línea suya dirigida a mí, a mi, y aunque su mano no haya escrito nunca mi nombre y en cambio mi mano haya escrito infinitas veces Lillian Hellman, cuántas cartas sin enviar, cuántos escritos inacabados sobre Lillian Hellman, desde aquí vuelvo con ella a Moscú, rompo con ella un manuscrito que creía acabado, me siento y vuelvo a empezar: a Dash no le gusta lo bueno a medias, es peor que lo malo, dice, y aunque me enojo y me desaparezco una semana, le creo: a mi no me gusta lo bueno a medias, o es bueno o hay que romperlo y volver a empezar, Lillian Hellman y yo nos mecemos juntas en los columpios o de las ramas de la música de Nueva Orleans, en la infancia de no sé cuál de las dos, de las dos, hay datos que olvido, nos enfrentamos a la justicia de nuestro país y no delatamos a nuestros amigos, es una justicia injusta, nuestros amigos, aunque se vuelvan enemigos nuestros, son nobles, lo son para siempre en nuestro recuerdo, y no los delato, mis principios no se ajustan al molde de una justicia injusta, una tarde un año que acaba de empezar nos despedimos de Dash y luego, gradualmente y para siempre, nos volvemos a encontrar, con él, de otra manera una manera hecha de palabras, de recuerdos, esta que es la mejor manera de estar unidos los que se aman cuando uno de los dos se va primero, quién sabe a dónde, nadie sabe a dónde, y el otro se queda, y con su media vida, con su amor inacabado acabado, se detiene frente a una ventana de un edificio de ladrillos rojos, y en su noche acabada inacabada, espera.

París. 5-XI-1984

Señores:

¿Qué puede hacer un poeta cuando el mundo se le viene abajo?

A un poeta, más que a nadie, el mundo siempre se le está viniendo abajo. Un poeta canta al desmoronamiento del mundo. Para un poeta el mundo está siempre fraccionado: es un rompecabezas al que le faltan piezas. No hay mundo entero y panorama perfecto para un poeta porque entonces qué mundo ideal construiría. Cuando el mundo se le empieza a desmoronar es cuando él empieza a ser poeta. Para él el mundo es el vapor que empaña el vidrio de la ventana por la que se asoma, vapor que cubre la visión, que corre hacia abajo, siempre hacia abajo, en forma de gotas que en un principio son minúsculas y que poco a poco crecen y cobran volumen y peso y caen, siempre caen.

¿A dónde van las gotas que dejan la visión de un poeta? ¿A dónde se llevan el mundo desmoronado que él observaba una tarde, la frente apoyada contra el vidrio?

El mundo del poeta no tiene calma: pende sobre él la amenaza: de desmoronamiento. El poeta a veces lo ve de reojo, corre apenas el borde de una cortina y mira: quisiera por una vez sorprenderlo en calma. Pero el mundo sabe. El mundo intuye cuándo lo mira un poeta, y en ese instante -breve, fugaz-, actúa para él, desmoronándose, un poco, casi nada, lo suficiente par desbaratar la visión de calma que el poeta quiso percibir y que no encontró. El mundo se desmorona -como se despediría una mujer-, para que el poeta padezca. El poeta no encuentra el mundo en calma ni siquiera en sueños. Y de eso se trata.

El poeta fue elegido para detectar catástrofes, las catástrofes que van del momento en que una rosa se marchita al del momento en que una vida se desmorona. Cáptalo, poeta. Cuéntalo a tu modo.

A un poeta no se le puede pedir que viva, es decir, que restaure la vida de los pétalos y el tallo de una flor. Su savia está destinada a otra parte: a una hoja de papel, a escribir un poema de muerte de flores; a lamentarse por escrito, la frente contra el vidrio nublado, de su suerte, de su imposibilidad de hacer lo que hacen los demás y de la manera en la que lo hacen.

Un nuevo biógrafo de Robert Frost (número 46 de la revista Time, con fecha del lunes próximo), califica de alarmante la respuesta de Frost ante alguno de los sucesos desmoronados y desmoronantes de sus existencia. Alarmante. La respuesta de un poeta debe ser alarmante, debe desquiciar: lo que retrata es desquiciante y es alarmante. Y los poetas dicen la verdad.

Un hijo de Frost se suicida; una hija de Frost pierde la salud mental; otra hija de Frost -su consentida- muere con algunos años de diferencia respecto a su madre, es decir, la mujer de Frost, y cuando Frost hace internar a una de sus hermanas en un hospital psiquiátrico, le escribe una carta a un amigo: que a medida que envejece, puede pasarse las noches en vela, demorándose en los problemas de los demás, y que, si bien por el momento no va más allá de esto, que pronto, a su debido tiempo, se unirá a ellos a través de la muerte, como ellos morirá, y entonces, entonces sí, demostrará que lo que comparte con ellos -con el resto de los hombres-, y lo que les es común, es la humanidad.

Los poetas dicen la verdad. Y la verdad es alarmante y desquiciante.

El biógrafo de Frost lo juzga y su juicio lo acusa: alarmante. En medio de su abandono, Frost apoya la frente contra el vidrio empañado de su vida y se lamenta: de su suerte, de ser poeta, de su destino de observador y registrador del mundo que se nubla y se desmorona a su alrededor.


QUE ME CANTEN LAS MAÑANITAS

EVELYN ROSS

Evelyn Ross, escritora chilena, vive en México. Su cuento, escrito "a la manera de Juan Rulfo" nos ha parecido, fuera de sus calidades propias, otra forma de homenajear al fallecido escritor. a un hombre que será siempre grande porque supo el valor de lo pequeño y cotidiano

No puedo decir que estoy triste. No, no podría afirmar eso. Y, sin embargo, allá fuera todos lloran. Mis amigos y mis siete hijos lloran. Y yo aquí tan cómodo que me siento. Estuvo bien que Pedro le hiciera quitar el crucifijo al ataúd. Mi hijo mayor sabe que su padre nunca fue oportunista. No creí ni quise engañarme en que podría haber otra vida. Tampoco jugué a los porsiacaso. Recuerdo que me gustaba tanto ver a los chamaquitos de la primaria y sus ojos luminosos cuando aprendían algo nuevo. Esa es la cadena de la vida. Al menos la que creí como maestro. La que había entre mis alumnos y yo. Les enseñé lo que pude. Porque siempre sentí que mis conocimientos alcanzaban para la milpa, tan sólo tantito fueron. Mientras que muchos de ellos sembrarían campos enteros. Algunos hasta sembrarían ideas y acciones. Pero entre todos sembrarían la justicia. Les traté de enseñar el respeto por sí mismos y por los demás, la dignidad de ser mexicano, la honestidad en lo que se es y no sólo en las virtudes, también en los errores. Y esos días de las juntas de padres de familia en que se reunía casi todo el pueblo, sentíamos la fuerza de cada quien pero multiplicada en la unión. Así fue como empezamos a conversar sobre la necesidad de electrificar al pueblo. Y esa primera noche en que San Martín Atlixco siguió iluminado después que se escondiera el sol, hicimos fiesta en las calles y bailamos. ¿Cómo olvidar esa noche? La tía Lucia había invitado a una prima lejana de Mérida que trajo a su sobrina, que a su vez trajo a la Lupe. Ese día nos conocimos y desde entonces no nos hemos separado en cincuenta años. Salvo hoy y estos días en que tuve que morirme yo primero para que no sufriera si se iba ella antes. Siento que tuviste la razón. Qué triste debes sentirte buscando mi abrazo en la cama grande. Y yo aquí. Es cierto eso que dicen hasta que la muerte nos separe. Ha sido así con nosotros, pero al mismo tiempo ella debe saber que pienso en ella, ¿no?, que ha sido la única mujer de mi vida, que al terminar de morirme sentiré hasta el último su sonrisa. Ay, Lupe, no llores. Hemos sido tan felices. Casi demasiado felices. Piensa, mi Lupita, que tuvimos siete hijos maravillosos, piensa en los nietos, en los yernos, en las nueras. Incluso piensa en esta chilenita que me llora amargamente porque dice que nosotros somos su familia mexicana, ¡pobre chilenita sin país! Siempre se está yendo de regreso. Diez años en eso casi. Y Manuel no ha comprendido que no se puede vivir del presente con una mujer sin futuro. Pero ella sabe cómo la quise, aun cuando una mujer sin país camina por los bordes de nuestros amaneceres.

Adiós, chilenita. Yo sé que lloras por mi, por ti y por muchas cosas más. Me llevo los calcetines que me regalaste, ¿recuerdas? Por mucho rato aún tendré bien calentitos los pies. ¿De dónde dijiste que eran esos calcetines? ¿De Chiloé? Ya ves. Cuando tu país sea libre vendrás un día a ver el nopal que crecerá donde me entierren.

Gracias, Lupe, por enseñarme lo que es el amor. Contigo fue mucho más que palabras y poesía. Contigo fue nuestra casa con la puerta sin cerrojo. ¿Recuerdas nuestra puerta abierta? ¿Y te contaron, Lupe, del berrinche de Manuel cuando entró el señor cura allá en la capilla nueva donde me estaban velando? Manuel puso esa cara de pirata enojado que es tan propia de nuestro hijo y espantó al cura diciéndole: aquí no queremos que nos recen rosarios. Luego le explicó que la única religión de su padre era la amistad. Sonreí en el ataúd y me dediqué a continuar muriendo tranquilo. ¿Te das cuenta lo que sentí al escuchar a Manuel decir eso? Porque qué cosa grande es la amistad, qué cosa grande y generosa es. Si los pudieras ver a los amigos. Me refiero a éstos que vinieron, a los vivos, claro. Los otros ya están bajo tierra o son tierra, probablemente. Los de mi generación están cerquita de los ochenta años y no se puede vivir tanto. Yo incluso estaba pasadito en años y no me moría. Mis hermanos murieron todos. Salvo Romualdo que me lleva diez años más. ¿Cómo habrá sido eso de decirle a Romualdo? Está sordo el pobrecito. Me imagino su cara al leer que falleció su hermano. Nos costó sobrevivir. Después de la bala perdida, cuando la Revolución, que mató a la abuela María en Xochimilco, sólo quedamos Romualdo y yo que era muy pequeño. Nos vinimos con la tía al Distrito Federal, al barrio de la Merced. Romualdo trabajaba en cualquier cosa y me costeó los estudios hasta que entré a la Normal; si cuando llegamos al DF apenitas nos alcanzó para el primer apellido. Fue tiempo después que rescatamos el de la abuela, ese que le inventaron porque allí en la comunidad ella fue siempre "la reina".

¿Recuerdas, Romualdo, la casa donde nacimos? Si, aquí mismito en San Martín, por donde acaba de pasar la carroza. Alcancé a ver las enredaderas de nuestra casa blanqueada y descascarada y las flores amarillas que retoñan cada primavera y que tienen esa miel tan dulce que saboreábamos. ¿Sabes, Rómulo?, no sentí el olor de las flores. Parece que eso pasa cuando nos morimos. No se sienten los olores. Te diría que casi no siento nada. Simplemente puedo mirar y eso también se acabará ahoritica cuando me acabe de morir.

No llores, Manuel. Hijo, no llores. Quiero agradecerte la comida en Los Delfines. El chilpachole estaba muy rico y sabes que es uno de mis platos favoritos, porque lo comí por primera vez con tu madre un día en la playa. Ella estaba hermosa con su collar de caracoles. Estaba embarazada de ti, mi hijo querido. Por eso quise saborear otra vez esa sopa de jaiva y luego la paella. Hasta postre comí y el vino con frutas. Brindemos por última vez. Vamos, no llores. Despídase de su padre como corresponde a dos borrachos de vida: salud, hijo. Te pareces tanto a mí. Escucha el discurso de uno de mis alumnos. Dice que fui un hombre chiquito pero de corazón grande. Tú también, hijo. Estuvimos tan cerca. Fuiste débil por fuera. Diferente a tus hermanos. Pero te hiciste fuerte por dentro. Lees mucho. Te enseñé eso. Sigue así, hijo. ¡Salud!

Me tienen instalado en el proscenio. Aquí mismito en el Centro Social de Renovación. El que construimos ladrillo a ladrillo. Ya suenan las trompetas de la banda. Son Las Mañanitas y empiezo a subir el cerro rumbo al cementerio. Me cargan entre todos. Viejo Raúl, no te canses. Deja a Miguel, que está fornido. Sí, así, lentamente. ¡Qué día tan azul, qué bello día este miércoles de marzo!

Una señora pregunta quién ha muerto y le contestan: el profesor. Dice qué barbaridad y empieza a explicarle a su hijo pequeño quién fui. Fui parte de otros, eso sí, fui parte de este pueblo que hoy me acompaña a morir. Tan sólo eso. Fui parte de esta agua, del aire, del magisterio, de su voz, de sus canciones. Ahora seré parte de la tierra. Allí está el hoyo y ya me bajan. Me siento bien. Estoy abajo y ellos arriba. Escucho Las Mañanitas otra vez y las trompetas resuenan hasta Milpa Alta. Ahora tocan Las Golondrinas. ¿Vas a despedirme, hijito? Dices que es mi última broma: estar aquí tranquilo y en paz mientras ustedes lloran.

Vamos hijos echen los puñados de esta tierra que tanto quiero. Así, de uno en uno. Cúbranme, que ya quiero dormir. Adiós, primo Tomás. No llores. Adiós, hijos. El negro es un color hermoso. Como tus ojos, Lupita, como tus ojos.


LA ÚLTIMA LUNA

VIRGINIA VIDAL

Virginia Vidal es escritora y periodista. Tiene abundante producción inédita. Vive en Caracas, Venezuela.

«Todas íbamos a ser reinas
de cuatro reinos sobre el mar:
Rosalía con Efigenia
y Lucila con Soledad...»

Gabriela Mistral

Ya ni nos hablamos. Las cuatro andamos como fantasmas. No hay nada que decir. Primero se secó la siembra. Luego, las parras. Se fueron secando los olivos. Ya ni briznas quedaron en las laderas. A lo más, una champa quemada. Lo peor fue la higuera. La higuera vieja donde teníamos el columpio cuando chicas. Donde nos estuvimos sentando por años, a la oración, a puro desvariar. Esa higuera lo aguantaba todo, pero la seca también acabo con ella. La tierra se fue retostando hasta que empezó a cuartearse; Nos cansamos de mirar el cielo, de inventarle nubes. Cada vez se fueron acercando los cerros. Uno tras otro. Cada vez más amarillentos, más rosillos, tal si nunca hubieran tenido una mata... Ya nos comimos todo. Hasta los ratones huyeron. Unas botellas, tarros vacíos, es todo lo que queda en el antiguo armario. Ni fideos, ni arroz, ni harina. Nada de azúcar. Va quedando un poco de yerba mate. ¡Se acabó la sal! La mamita decía que eso era el colmo de la mala suerte... El perro mordió la última gallina. Estaba tan vieja. Por más que la hicimos hervir, salió el caldo deslavado. Después, el perro empezó a atacar a las cabras. Mordió a unas cuantas. Se cebó. Cuando le dio un tarascón a Soledad, la Rosalía le mandó un solo palo. Quedó tieso. La Rosalía anda como extraviada desde que mató al perro. Su regalón. Bueno. Añares que anda así. Ahora se le nota más... Era tan linda, enterada, traviesa. Y más linda se puso cuando empezó a visitarnos el andarín. Hombre con gracia. Liviano de sangre. Venía a lo lejos, pero nos dejaba encandiladas por tiempo... Cómo me gustaba que hablara de la mar... Decía que para tener una idea había que mirar los cerros. Imaginárselos en movimiento. Como si estuvieran borrachos. Y nos asustábamos. Si se movieran los cerros, qué terremoto... El seguía empeñado en contarnos la mar: teníamos que figurarnos los cerros siempre desiguales, cambiantes, veleidosos. De tonos verdosos, azulencos. No con verde de hoja... Le pedíamos que para otra vez nos trajera una botellita con agua de mar. Se reía: el agua de mar es color agua, pero amarga de salada. Tiene que estar así, en billones y trillones de litros para tener esos colores... Teníamos tantas ganas de conocer la mar... El andarín partió un día. Se iba en un barco mercante. A ganar buena plata. La Rosalía estaba de muerte. El le aseguró que volvería. Aunque demorara. A casarse con ella... Muy de vez en cuando empezaron a llegar unas postales. En una describía que esos colores eran igualitos a la realidad. Fantasías del andarín. Unos árboles verde oscuro. Un cielo como tinta diluida. Un pedazo de mar más oscuro que el agua para enjuagar la ropa: ese último enjuague con azul de ultramar. Todos los colores oscuros, cargados, pero a la vez luminosos... Eso no puede ser la realidad. Han de ser los pintores que retocan las fotografías... No volvió nunca más. La Rosalía nos despertó una noche con sus gritos. Una pesadilla. Un aviso. Lo vio muerto en la mar... Desde entonces anda como ida. Como borrada. Ahora me la quedé mirando y descubrí que su cara está envuelta en una malla de arruguitas. A primera vista no se le notan. La boca se le ha secado. A veces dice algo y una parte del labio se le queda pegada a los dientes... Pero la que está más mal es Efigenia. Se lo pasa echada en la cama. Como que no tiene fuerzas para levantarse. Ni ganas. Ayer estaba medio traspuesta. Yo le había preparado un mate. Empecé a recordarla. Se asustó y escondió algo debajo de la sábana. ¡La peineta de carey! Me quedé muda. La misma peineta que dio por perdida tantos años. La que le regaló el semanero... Desde que pasó lo de la peineta me ha tratado de loca y envidiosa... Yo tenía el pelo tan largo y abundoso. Me llegaba más abajo de la cintura. Negro con brillos azules. Los sábados por la tarde me lo lavaba con quillay y me lo dejaba suelto para que se secara. Después, la Soledad me hacía unas trenzas gordas... Se divertían en la noche cuando me lo escobillaba y salían culebreando las chispitas... Ahora está color ratón y se me cae a puñados... El buhonero nos traía percalas, horquillas, cintas, polvos, agua de colonia, randas, valencianas... Era tan divertido con su modo gringo de hablar, enrevesando las palabras. Tenía el pelo como plumón de pollito. Y los ojos tan azules... Así debe ser el color de la mar... Pero esos ojos sólo eran para mirar a la Efigenia. A ella le regaló la peineta incrustada de piedritas... En mala hora se la pedí para ponérmela en el moño... Todos íbamos a ir a la procesión de la Virgen. Yo andaba con unos sofocos. Tenia miedo de que notaran mi interés. El afuerino. Estaba segura de que lo iba a ver. No hacia mucho que había empezado a rondar por el pueblo. Hasta que se colocó en la pulpería. Era callado. Muy serio. Nada especial. Salvo la fuerza de los ojos. Unos ojos raros. Como opacos. Y de repente daban un relumbrón... ¿Será así la mar de noche...? Cuando yo iba a comprar, me las arreglaba para que él me atendiera. Notaba que me sonreía. Más con los ojos que con la boca... Será pecado, pero yo tenía tantas ganas de tocarle esa cara de barba cerrada, ese brillito como polvo de mariposa de los párpados y las ojeras... Una vez me tocó la mano. No fue apretón. En realidad no me la tomó. Algo así como cuando uno pone la palma sobre el brasero para sentir el relente del calorcito. Pero al revés. El puso su palma como encima de mi mano y el calorcito lo sentí yo... Algo rápido, pero me quedó durando. A lo mejor ni lo hizo de intento. Y me pareció de adrede. Una mano seca, huesuda. De muñeca fina, pero muy firme, se me ocurre. Tan distinta de la mía: chiquita, rellena, puros hoyuelos en las coyunturas... Yo me las cuidaba harto. En las noches me las frotaba con benjuí y agua de rosas, y una pizquita de crema del harem, de la que le compré al buhonero. Con un cuerito de gamuza le sacaba brillo a las uñas... Eso era por aquel entonces. Ahora parecen garras. Medio escamosas. Como las patas de las gallinas que mató el perro... Ese día me volví toda ojos, pero no lo pude hallar. No estaba en la procesión... Al fin averigüé que se había ido más al norte. A las minas... Todos los hombres se van a las minas. Como el papá. Partió antes de que naciera el último hermanito... Ni que hubiera estado oliendo la fatalidad. Mi mamá murió en el parto. La Soledad era la mayor y nos crió a los siete. Hizo lo que pudo. Una verdadera madre. Tenía tanta fe en sacarnos a todos adelante. Cómo se esmeró con el huerfanito. Le cantaba canciones preciosas. Yo creo que las inventaba ella misma... Todo su esmero lo ponía en los hombrecitos. A nosotras nos enseñaba de todo. La ayudábamos en la chacra. A sacar agua del pozo, a cuidar las aves y las cabritas. A cocinar, a lavar. Hasta a amasar. Ella se daba cuenta si algo era muy pesado y se lo reservaba... Pero el primero en caer fue el hermanito mayor. Se apensionó. Los otros fueron muriendo de empacho. Lo increíble fue que el huerfanito duró más. Y eso que le faltó la teta materna. Pura leche de cabra. Pero no llegó a grande... Parece que los hombres son más débiles... Pensar que de ellos no quedaron ni fotos. La Soledad decía que cuando ya estuviéramos criados, ella se iba a casar. Y a tener muchos hijos: más que todos nosotros juntos. Y que nosotras íbamos a ser tías... Pobre. Nunca nadie la pretendió. ¿Quién nos iba a pretender si por aquí no hay hombres? Los que llegan a grandes se van a las minas. Como el papá. Y como él, se olvidan para siempre de lo que dejan atrás... Hombres. Puros sueños... Yo me pasé un buen tiempo soñando con ése que me rozó la mano. La Rosalía se hundió en el sueño de su marino muerto. La Efigenia hundió en su sueño al buhonero de los ojos claros... Bueno. Ese domingo me costó que me prestara la peineta. Porfié tanto, hasta que la convencí... Me la puse en lo alto del moño. Sujetando el velo, sin importarme que lo agujereara. En cuanto volvimos, me la pidió. No había caso de que me la dejara otro ratito... Lo terrible fue que al desenredármela se la quebró un diente... Nunca me creyó que yo no tuve la culpa. Me trató tan mal. Qué no me dijo. Todavía me duele... Después se hizo la perdidiza. Me acusó de habérsela robado. Cada vez que peleaba conmigo empezaba por tratarme de descuriosa. Lunática. Ladrona. Envidiosa. Y cuando se desaforaba por completo, de loca. Lo que más me hería... Cómo desee que volviera el buhonero. Para comprar otra peineta. La más linda. Y dársela a la Efigenia... Acaso, sólo con que él volviera, bastaría para quitarle la rabia conmigo... Siempre le guardé el secreto. Ella no sabe que la pillé cuando se estaba besando con el gringo... Ni rocharon cuando yo entré. Me dio tanta vergüenza. Como si me hubieran pillado a mí. Toda asorochada y tiritona. Como con vahído. Me acerqué al brasero y me puse a agitar con furia el soplador. Para reanimar las brasas. La ceniza salió en nube. Me puse a toser. La Efigenia me preguntó con voz rara si quería unas cintas. El gringo se puso a ordenar su baratillo. Ni quiso quedarse a tomar un mate... Pasaron semanas, meses, años. Nunca más apareció. Ye eso que le debíamos un saldito... Halló que yo ansié su vuelta con más fuerza que la Efigenia. Para que ella estuviera contenta. Para devolverle una peineta nueva... y ahora descubro que la guardó siempre... Noto que la Soledad está decayendo demasiado. Por Dios que está vieja. Como si la vejez se nos hubiera venido encima de un golpe. A ella, por partida doble. Tiene los ojos asentados. Ya no son más esos ojos inmensos que todo lo veían. Ahora tienen una suerte de telita. Igual que las cabritas muertas... Le hice una agüita de yerbaluisa. Tomó un buchito y la vomitó. Las arrugas de la frente se le empezaron a perlar de sudor. Me miró como pidiéndome que haga algo. Que se me ocurra algo. O nos va a pasar lo mismo que a las cabras. Cada día amanecen muertas de dos, de tres... Ya no queda ninguna esperanza. Aún no les dije lo del pozo... Me puse a revisar la casa entera. Los camastros, la mesa, las banquetas, un par de sillas, un aparador. En las paredes, unos calendarios del tiempo del rey que rabió. Un baúl con los papeles de nacimiento, los certificados de defunción, la escritura del terrenito, la libreta de matrimonio de los viejos. Unas fotos descoloridas. Sábanas raídas, de esas que una guarda limpitas, para vendas. Pedacitos de trapos, para parches, pero que después no sirven, porque la prenda está demasiado gastada y desteñida... En la cocina, el poyo del fogón que hace ya tanto no se enciende. Unos aperos. Cachivaches. Y, cosa curiosa, lo único nuevecito: un rollo de cordel bien firme... En el pozo no más queda un agua barrosa. No saco ni medio balde. La filtro con un paño y la dejo reposando hasta que aclare. La trasvasijo despacito. La hago hervir y preparo el yerbado. Lo que es la costumbre. Sin decirnos nada, nos sentamos a la mesa. Como todos los días. Después que les sirvo ese almuerzo fulero: una tisana clarucha, verdosa, pero caliente para engañar las tripas, les cuento que ya se acabó el agua. La Soledad pregunta qué hacer. Ayuda no se puede ir a buscar a ninguna parte. Por lo menos tres semanas que ya no queda un alma en los alrededores. El pueblo está a más de media jornada de camino. Y eso en tiempos normales. Ahora más, porque estamos demasiado debilitadas. Ya la tierra se cuarteó por completo. Totalmente resquebrajada. Todo el campo es un peladero con terrones como pedazos de vasijas inútiles. Tal si Dios hubiera quebrado todos sus cántaros. Las cabritas ya ni hacen amargo de triscar. Todas en agonía. Apenas quedan ocho. La Efigenia dice que nuestro destino es el de las cabras. La Rosalía propone quedarnos todas en cama, hasta dormir para siempre. Me da una rabia verla tan sin empeño Entonces la Soledad me pregunta:

«¿Es que tú, Lucita, tienes alguna ocurrencia?» Ahí es cuando les propongo que entre todas cortemos la cuerda y armemos unos lazos. Y colgarlos en los árboles secos. Ahorcar primero las cabritas y después colgarnos nosotras. Siempre me han dicho loca. Lo menos, que estoy con la luna. Ya las veo que se me abalanzan. No. Se quedan pensativas. La primera en estar de acuerdo es Rosalía. Efigenia sólo mueve la cabeza, afirmando. Soledad levanta la mano y la baja lentamente, Luego agacha la cabeza y pide que recemos un padrenuestro, un avemaría y una acción de gracias. Parece que se nos levanta el ánimo cuando nos ponemos a hacer los lazos. Todos quedan con su buen nudo corredizo. Se me antoja que al terminar el último lazo puede empezar a encapotarse el cielo: ya veo las nubes negras y gordas como cabritas preñadas. Me asomo. Afuera arde todo. Cuesta mirar por lo reverberos. Esperamos que caiga la tarde. Yo tengo más fuerza. Saco una silla para encaramarme. Con toda paciencia voy atando las cuerdas en las ramas más firmes. Nada de fácil porque están muy yesca y se quiebran casi de tocarlas. Pero lo consigo. Una docena de horcas, en total. Colgando en los olivos muertos. De la higuera seca, la más resistente. Efigenia y Rosalía me ayudan a pillar las cabritas. No cuesta nada. Si apenas les laten los corazoncitos debajo del pellejo que les tapa los huesos. Ni pesan siquiera. Matarlas es una obra de caridad. Quedan balanceándose. Como péndulos peluditos. Con algo de cristianas en esa postura. Los cuernecitos dan un brillo metálico, ligeramente dorado. Nuestro único tesoro ahí, colgando. Soledad, calmosa, se levanta del taburete. En una muñeca tiene enrollado el rosario antiguo de mamá. Las va a palpar una a una. Comprobar que están bien muertas. Después nos llama. Empieza a hincarse con cuidado, tan lento. Nos hace arrodillarnos a las tres. Nos pide que oremos en silencio. Nos quedamos un buen rato con la cabeza gacha. Con la cruz del rosario, Soledad nos va persignando. Enseguida pone una mano en el hombro de Efigenia, la otra en el hombro de Rosalía. Me mira con un ademán, indicando la silla. Nos vamos hacia la higuera. La Soledad en un solo abrazo nos estrecha a las tres contra su pecho. La ayudamos a subirse a la silla. «Las bendigo, hermanas», dice. Ella misma se acomoda la soga en el cuello. Ella, tan poco coqueta, tiene cuidado de que el pelo le quede por sobre la cuerda, como esponjándoselo. Luego pide que retiremos la silla. Efigenia se echa al suelo poniendo la frente en la tierra. «Esto debí hacerlo antes», dice con calma mientras se levanta y empieza a llevar la silla. No quiere que nos acerquemos. Nos pide que nos demos vuelta. Rosalía me abraza llorando: «Hermanita, Lucita, no quiero ser la última. Ayúdame, por favor». Abrazadas vamos hacia la Efigenia. No nos dimos cuenta cómo lo hizo. Después de ponerse el lazo logró volcar la silla. Medio me inclino y la tomo del respaldo. La voy arrastrando sin dejar de abrazar a Rosalía. Ya sólo quedan dos horcas. Dejo que Rosalía se apoye en mi para subirse. No atina a nada. Decido encaramarme. Con cuidadito. Para no caernos. Apenas nos equilibramos. Le arreglo su pelito. La beso en la cara chupada. Le pido que cierre sus ojos. Vuelvo a besarla. Me bajo deslizando mis brazos por su cuerpo flaquito. Abrazada a sus piernas apoyo mi mejilla en sus zapatos. Sin levantarme le doy un empujón a la silla. No sé cuánto tiempo estuve ahí tirada, sujetándome a una pata. La frente contra el palo. Hasta que siento el filo que se me hunde en la cabeza. Me levanto como puedo. Me quedo un buen rato contemplando el balanceo de mis tres hermanas. Las cabritas muertas. Los árboles muertos. Mis hermanitas muertas. La tierra seca. La casa como cubierta de cenizas. Los cerros parecen rescoldo debajo de la ceniza. No tengo miedo. No. Sólo un poco de fatiga. Como acabamiento de estómago. El cielo, que ni patena. Una luna inmensa. Tengo que aprovechar la poca fuerza que me está quedando. No vaya a ser que en el afán de agarrar ánimo siga debilitándome.

Ahora me toca a mí.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03