Dos palabras

DOS PALABRAS

Isabel Allende

Isabel Allende es autora de la célebre novela La casa de los espíritus.
También ha publicado De amor y de sombra. Vive en Caracas, Venezuela.

Araucaria de Chile. N 33, 1986.

Tenía el nombre prodigioso de Belisa Crepusculario, pero no por fe de bautismo o acierto de su madre, sino porque ella misma lo buscó hasta encontrarlo y se vistió con él. Su oficio era vender palabras. Iba por el mundo recorriendo las ferias y los mercados para montar cuatro palos con un toldo de saco, bajo el cual se protegía del sol y de la lluvia mientras atendía a su clientela. No necesitaba pregonar su mercancía, porque de tanto caminar de aquí para allá, todos la conocían, había quienes la esperaban de un año para otro y cuando aparecía por el pueblo con su atado bajo el brazo hacían cola frente a su tenderete. Vendía a un precio justo. Por cinco centavos entregaba versos de memoria, por siete mejoraba la calidad de los sueños, por nueve escribía cartas de enamorados, por doce enseñaba insultos novedosos para enemigos irreconciliables. A quien le comprara cincuenta centavos ella le regalaba una palabra secreta al oído que tenía el poder de espantar la melancolía. No era la misma palabra para todos, por supuesto, porque eso habría sido un engaño colectivo. Cada uno recibía la suya con la certeza de que nadie más la empleaba para ese fin en el vasto universo y más allá.

Belisa Crepusculario era la quinta hija de una numerosa familia, tan mísera que ni siquiera tenían nombres para sus hijos. Nació y empezó a crecer en la región más seca y hasta los doce años no tuvo oficio conocido ni otra virtud que su capacidad para sobrevivir al hambre perenne y a la sed de siglos. En un año de interminable sequía le tocó enterrar a cuatro hermanos y cuando le llegó su turno decidió que era mejor echar a andar en dirección a la costa, a ver si por el camino burlaba a la muerte. No sólo lo consiguió, sino que además descubrió las palabras en una hoja de periódico que el viento colocó a sus pies al llegar a una aldea calcinada en las proximidades del mar. Tomó aquel pañal amarillo y quebradizo y estuvo largo tiempo observándolo sin adivinar su uso, hasta que su curiosidad fue más fuerte que la timidez. Se acercó a preguntarle a un hombre que lavaba un caballo en la misma agua donde ella saciara poco antes su sed.

-Es la página deportiva del diario local -dijo el hombre sin dar muestras de asombro ante la ignorancia de la muchacha, porque en esas regiones era muy poca la gente instruida.

La respuesta desconcertó a Belisa, pero no quiso ser descarada y se limitó a inquirir el significado de las patitas de mosca que habían dibujadas sobre la página.

-Son palabras, niña. Allí dice que Fulgencio Barba noqueó al Negro Tiznao en el tercer round.

Ese fue el día en que Belisa Crepusculario supo que las palabras son como los pájaros, que andan por allí sueltas sin orden ni concierto y cualquiera con un poco de maña puede hacerlas prisioneras para comerciar con ellas. Consideró su situación y comprendió que aparte de prostituirse o de colocarse como esclava en las cocinas de los ricos, eran muy pocas las ocupaciones que podía desempeñar para ganarse la vida. Vender palabras le pareció una alternativa feliz y desde ese instante se esmeró en atraparlas, domesticarlas y ofrecerlas a una clientela extrañada al principio, pero satisfecha después de probarlas y habituarse a su uso. Ejerció esa profesión y nunca le interesó otra. Durante años vendió su mercadería sin sospechar que las palabras podían también escribirse. Cuando lo supo comprendió que eso daba infinitas proyecciones a su negocio, así es que pagó doscientos pesos en efectivo a un cura para que le enseñara a leer y escribir y con los diez que le sobraron se compró un diccionario. Lo leyó completo, desde la A hasta la Z y luego lo tiró a la basura, porque no quería estafar a las gentes ofreciéndoles palabras envasadas.

Una mañana de agosto se encontraba bajo su toldo vendiendo palabras de justicia a un viejo que solicitaba su pensión desde hacia once años, cuando irrumpieron en la plaza los hombres del Coronel al mando del Mulato, conocido en toda la zona por la rapidez de su cuchillo y la lealtad hacia su jefe. A su paso quedó un vacío de huracán. Salieron volando las gallinas, dispararon a perderse los perros, corrieron las mujeres con sus niños y no quedó en el sitio del mercado otra alma viviente que Belisa Crepusculario, quien no había visto al Mulato en su vida, por lo mismo le extrañó que se dirigiera a ella.

-┐Tú eres la que vende palabras? -preguntó señalándola con su látigo enrollado.

-Para servirle -respondió ella.

No terminó de decirlo cuando la tropa le cayó encima atropellando el toldo y rompiendo su tintero, se la echaron al hombro como un bulto de marinero y la colocaron atravesada sobre la grupa de la bestia que montaba el Mulato. Emprendieron la marcha a todo galope en dirección al sur.

Belisa Crepusculario estaba ya medio insconsciente por las sacudidas del caballo, cuando sintió que se detenían y cuatro manos poderosas la bajaban a tierra. Intentó ponerse de pie y levantar la cabeza con dignidad, pero le fallaron las fuerzas y se desplomó con un suspiro, hundiéndose en un sueño feliz. Despertó varias horas después con el murmullo de la noche en el campo, que ponía en sus oídos nuevos sonidos. Intentó descifrar esos ruidos en busca de palabras en lenguas aborígenes que pudieran servirle para su oficio, pero no tuvo tiempo de hacerlo, porque al abrir los ojos se encontró frente al Mulato que la observaba impaciente.

-Por fin despiertas, mujer -dijo alcanzándole su cantimplora para que bebiera un sorbo de aguardiente con pólvora y acabara de recuperar el entendimiento.

Ella quiso saber la causa de tanto maltrato y le respondió que el Coronel necesitaba sus servicios. Le permitió echarse agua en la cara y la llevó enseguida a un extremo del campamento, donde el hombre más temido de la región reposaba en una hamaca colgada entre dos árboles. No pudo verle la cara, porque tenia encima la sombra del follaje y la de muchos años viviendo como un bandido, pero imaginó que debía ser terrible si el Mulato se dirigía a él con tanta humildad. Por eso se sorprendió al oír su voz, suave y bien modulada como la de un profesor.

-┐Eres la que vende palabras? -preguntó.

-A sus órdenes -balbuceó ella oteando en la oscuridad para verlo mejor.

Entonces él se puso de pie y la luz de la antorcha que llevaba el Mulato le dio en la cara. La mujer vio su piel oscura y sus jaspeados ojos de puma y supo al punto que estaba frente al hombre más solo de este mundo. Sus palabras confirmaron esa apreciación: el Coronel quería ser presidente. Estaba cansado de recorrer el país en guerras inútiles y derrotas que ningún subterfugio podía transformar en victorias; llevaba muchos años durmiendo al aire libre, picado de mosquitos, alimentado de huevos de iguana y sopa de culebra y en los días de lluvia cojeaba de una pierna porque tenia una bala incrustada en la cadera que se alborotaba con la humedad. Pero esos inconvenientes menores no constituían razón suficiente para cambiar de vida. Lo que en verdad le fastidiaba era ver el terror en los ojos ajenos. Quería entrar a los pueblos bajo arcos de triunfo, entre banderas de colores y flores recién cortadas. Estaba harto de ver que a su paso huían los hombres. Abortaban las mujeres preñadas y lloraban las criaturas. Por eso estaba decidido a ser presidente. El Mulato le sugirió que fuera a la capital y entraran galopando al palacio para apoderarse del gobierno, tal como antes tomaron tantas otras cosas sin pedir permiso, pero él no deseaba convertirse en un tirano. Eso no le daría el afecto de las gentes. Su idea consistía en hacerse elegir por votación popular en las elecciones presidenciales de diciembre.

-Para eso necesito hablar como un candidato. ┐Puedes venderme las palabras para un discurso?

-preguntó el Coronel a Belisa Crepusculario.

Ella había recibido muchos encargos, pero ninguno tan arduo como ése, sin embargo no tuvo valor para negarse porque temió que el Mulato le metiera un tiro entre los ojos o, peor aún, que el Coronel se echara a llorar. Por otra parte, quiso ayudarlo porque por vez primera en su vida de mujer, sentía un palpitante calor en la piel, un deseo poderoso de tocar a ese hombre, de recorrerlo con sus manos, de estrecharlo en sus brazos y supo sin lugar a dudas que se había enamorado.

Toda la noche y buena parte del día siguiente estuvo la vendedora de palabras buscando en su repertorio las más adecuadas para un discurso presidencial, vigilada de cerca por el Mulato que no quitaba los ojos de sus firmes piernas de caminante y sus senos virginales. Descartó las palabras ásperas y secas, las demasiado floridas, las que estaban desteñidas y gastadas por el uso, las que ofrecían promesas inútiles y las carentes de verdad, para quedarse sólo con aquellas capaces de tocar con certeza el pensamiento de los hombres y la intuición de las mujeres.

Haciendo uso de los conocimientos que le comprara por doscientos pesos al cura, escribió el discurso en una hoja de papel y le hizo señas al Mulato para que desatara la cuerda con que amarró sus tobillos a un árbol. La llevaron nuevamente al Coronel y al verlo ella volvió a sentir la misma urgencia amorosa del primer encuentro. Le pasó el papel y aguardó mientras él lo miraba largamente.

-┐Qué dice aquí? -preguntó por último.

-┐No sabe leer?

-Lo que yo sé es hacer la guerra -replicó el Coronel. Entonces ella leyó en alta voz el discurso tres veces, para que él pudiera grabarlo en su memoria y cuando terminó vio llorar a los hombres de la tropa que se arremolinaron para escucharla y percibió que los amarillos ojos del Coronel brillaban de entusiasmo. Estaba seguro de que con esas palabras el sillón presidencial ya era suyo.

-Si después de oírlo tres veces los muchachos siguen llorando, es que esa vaina sirve -dijo el Mulato.

-┐Cuánto te debo, mujer? -preguntó el Coronel.

-Un peso, es decir, cien centavos, Coronel.

-No es caro -dijo el jefe abriendo la bolsa de gamuza que llevaba colgando al pecho con los restos del último botín.

-Además tiene derecho a dos palabras secretas -dijo Belisa Crepusculario.

-┐Cómo es eso?

Ella procedió a explicarle que por cada cincuenta centavos que pagaba un cliente, le regalaba una palabra de uso exclusivo para combatir la melancolía. El Coronel se encogió de hombros, porque no estaba especialmente interesado en la oferta, pero no quiso ser descortés con quien tan bien lo había servido. Ella se aproximó lentamente al taburete de suela donde él estaba sentado y se inclinó para entregarle sus palabras. Entonces el hombre percibió el olor de animal montuno que se desprendía de esa mujer, el calor de incendio que irradiaban sus caderas, el roce terrible de sus cabellos y el aliento de yerbabuena susurrando en su oreja las dos palabras secretas a que tenía derecho.

-Esas son sus dos palabras, Coronel -dijo ella al retirarse-. Puede emplearlas cuanto quiera.

El Mulato la acompañó hasta el borde del camino sin dejar de mirarla con ojos de perro perdido, pero cuando estiró la mano para tocarla, Belisa lo detuvo con un chorro de palabras inventadas que tuvieron la virtud de espantarlo porque creyó que se trataba de alguna maldición irrevocable.

En los meses de septiembre, octubre y noviembre, el Coronel pronunció su discurso tantas veces, que si no estuviera hecho con palabras refulgentes y durables, el uso lo habría vuelto ceniza. Recorrió el país en todas direcciones deteniéndose en los pueblos más olvidados, allá donde sólo el rastro de desperdicios indicaba la presencia humana, para convencer a los electores de que votaran por él. Mientras hablaba encaramado en una tarima al centro de la plaza, el Mulato y sus hombres limpiaban las calles, enderezaban las torres de las iglesias, repartían caramelos de anís entre los niños y pintaban su nombre con escarcha dorada en las paredes. Al terminar el discurso del Coronel su tropa encendía petardos de colores y cuando al fin se retiraban quedaba atrás una estela de esperanza que perduraba muchos días en el aire, como el recuerdo de una cometa. Pronto se convirtió en el candidato más popular. Era un fenómeno nunca visto aquel hombre surgido de la nada por encantamiento, cuyo prestigio se regaba por el territorio nacional conmoviendo el corazón de la patria. La prensa se ocupó de él. Viajaron de lejos los periodistas para entrevistarlo y creció el número de sus enemigos, dando así la medida de su nuevo poder.

-Vamos bien. Coronel -dijo el Mulato al cumplirse la octava semana de éxitos.

Pero el candidato no lo escuchó. Estaba repitiendo sus dos palabras secretas, como hacía cada vez con mayor frecuencia. Las decía cuando comenzaba a ponerse triste, las murmuraba dormido, las llevaba consigo sobre su caballo, las pensaba antes de pronunciar su célebre discurso y se sorprendía saboreándolas en sus descuidos. Y en toda ocasión en que esas dos palabras venían a su mente volvía a sentir el olor montuno, el calor de incendio, el roce terrible, el aliento de yerbabuena, hasta que empezó a andar como un sonámbulo y sus propios hombres comprendieron que se le terminaría la vida antes de llegar al sillón de los presidentes.

-┐Qué diablos te pasa. Coronel? -le preguntó muchas veces el Mulato, hasta que por fin el jefe le dijo que la culpa de su ánimo eran esas dos palabras que tenía clavadas en el vientre.

-Dímelas, a ver si pierden su poder -dijo el Mulato.

-No te las diré, son sólo mías -replicó el Coronel. Cansado de ver a su jefe deteriorarse día a día, el Mulato se echó el fusil al hombro y partió en busca de la vendedora de palabras. Siguió sus huellas por toda esa geografía hasta que la encontró bajo el toldo ejerciendo su oficio y se plantó delante con las piernas abiertas y el arma empuñada.

-Te vienes conmigo -ordenó.

Ella lo estaba esperando. Recogió el tintero, plegó el trapo de su tenderete, se echó el chal sobre los hombros y en silencio trepó al anca del caballo. No cruzaron ni un gesto en todo el camino. Dos días después llegó el Mulato al campamento y delante de la tropa condujo a la mujer en presencia del candidato.

-Devuélvele sus palabras. Coronel, para que ella te devuelva la hombría -dijo, colocando el cañón del fusil en la nuca de su prisionera.

El Coronel y Belisa Crepusculario se miraron largamente midiéndose desde la distancia y entonces los hombres comprendieron que era tarde para deshacerse de esas dos malditas palabras, porque todos pudieron ver los ojos carnívoros del puma tornarse mansos cuando ella avanzó sin sonreír y le tomó la mano.


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