Elementos para un poema

Elementos para un poema

José Hierro

Literatura Chilena en el Exilio. N 12 octubre 1979

Estela del cometa americano, cielo condecorado con la Gran Cruz del Sur, araucarias multiplicadas entre los Andes y el Pacifico... Pablo Neruda, estas ideas trasmutadas en símbolos, en metáforas, en repertorio retórico para juegos Florales, van avanzando hacia el poema impuesto por la pena. Otros elementos censados, aún sin ocupación inmediata -salitreros, mineros del cobre, cuecas, fauna y flora exóticas para un español (coños, nos llaman allá)- aguardan en la fila resignada, esperan ser llamados por el mester de clerecía que los instalará en el poema.

La poesía no se hace con ideas, mi querido Degas (gracias, Stéphane Mallarmé, por recordarlo), sino con palabras. De acuerdo, siempre que no se entienda que estorban las ideas. Forma externa e interna, contenido y forma, forma del contenido y contenido de ]a forma: los cirujanos de la estilística, del formalismo, del estructuralismo, sajan, separan y analizan para demostrar lo que está claro: que el poeta es aquel que dice más de lo que dice (significantes y significados); que las palabras cautivan antes de que captemos su sentido.

Me he propuesto, Pablo Neruda, escribir un poema en tu memoria. Algo tan arriesgado como bailar ante Nureyev, pelear con Casius Clay (aunque esté ya en declive), representar una pantomima ante Chaplin (aunque hoy sea anciano). Pero es preciso hablarte en el idioma del poeta, ensanchado por ti. Ocurre, sin embargo, que la poesía es una caja fuerte cuya combinación desconocemos. Se abre desde dentro, cuando ella, y nada más que ella, quiere. El poeta ha de resignarse a acatar sus decisiones, porque la poesía ve más que el Pobre pararrayos celeste. Si ella no irrumpe, de nada sirve la herramienta del poeta: la inteligencia. La acción de la inteligencia no es anterior, sino posterior al primer vagido del poema. La inteligencia no provoca el poema: lo controla, dicho sea con todos los respetos para Poe. Y para Valéry, a pesar del primer verso que nos dan los dioses.

Ando yo ahora eligiendo palabras, ideas, metáforas, forzando hallazgos, amueblando la habitación inexistente, fumando y cavilando, esperando que alce el vuelo el verso de los dioses, cavilando y fumando y volviendo a fumar. Acecho la palabra caliente, la más que lo que significa, cavilando y fumando hasta llenarse el cenicero.

Curioso: el cenicero es una concha de molusco. Lo acerco a mi oído, a ver si todavía no se ha marchitado el oleaje del Pacífico, el de tu playa de Isla Negra, Pablo Neruda, en donde yo lo recogí. Tal vez así el recuerdo encarne en ritmo. Un recuerdo por el que andas tú, Pablo Neruda, cubierto con tu manta de Castilla, rodeado de seres que peregrinaban a tu poesía. Y estás después, de noche, junto al fuego encendido -era agosto- junto a Matilde, Vargas Llosa y su mujer, Humberto Díaz Casanueva y dos o tres siluetas más, entre risas y versos, mascarones de proa, vigas con nombres tallados. Noto que el fuego de tu chimenea adquiere movimiento en este instante. Espero el verso de los dioses en el que ondeen las palabras vivas. Y así el poema no será imposible -como sucede ahora- antes de comenzarlo.

La poesía es dar nombre a las cosas: el nombre nuevo por el que serán, en adelante, conocidas. Es descubrir el nombre verdadero, tapado por los nombres falsos que ostentaban. He aquí un nombre falso de lo que utilizo como cenicero: 'Loco, molusco gasterópodo de las costas chilenas'. Lo leo en un Diccionario Enciclopédico. Es necesario penetrar ahora, círculo a circulo, en el nombre, hasta desvanecer la forma de la palabra, apoderarse de su esencia, darle una forma distinta. Es una operación poética imposible ahora, al parecer, Porque el nombre persiste, aunque desplazándose hasta designar otros contenidos. Es, primero, el órale medieval arrojado al pozo de las serpientes. Y es, después, otros seres melancólicos, ensimismados, idealistas, devanadores de imposibles: Hamlet, Alonso Quijano, el príncipe Mischkin. Y muchos otros locos cuyos nombres no quedaron en la historia o en la leyenda. El falso nombre antiguo permanece invencible, tenaz en su error, en su forma: 'Loco, molusco gasterópodo que simboliza a algunos hombres nacidos en las costas chilenas.' Hombres o playas a cuya orilla llegan, arrastrados por la corriente de Humboldt, seres que ellos creen hermosas, nobles, hermanos. Seres que nunca asaltarán tu casa cuando mueras, Pablo Neruda; que no asesinarán, ni harán trampas a quien respetó las reglas del juego; ni destruirán al que no quiso destruir para edificar sobre las ruinas del mundo antiguo -ítópico conmovedor! - un mundo más justo.

Pablo, cuando las palabras adquieran su calor, podré empezar este poema a Salvador Allende.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03