Rafael Agustín Gumucio


VIVIR EN CHILE:
NUESTRA NEUROSIS, NUESTRA OBSESIÓN

Vive en la rué Pavee, en el viejo barrio Le Marais de París. Para llegar a su departamento hay que subir una escalera antigua y estrecha. Allí está. siempre trabajando. Rafael Agustín Gumucio. que hace poco cumplió 70 años y que desde hace seis vive en el exilio.

Su habitación de paredes blancas con dos amplios balcones que dan a un patio de luz. tiene unas macetas de flores cuidadas celosamente por su esposa. Marta Rivas. Ambos están lejos de ser un matrimonio solitario y al margen de la vida. El teléfono suena a menudo y se oyen voces de amigos que anuncian visitas o que solicitan datos de tal o cual asunto o que simplemente quieren charlar.

"Don Rafa" no ha perdido la costumbre de beber café en abundancia y de fumar incansablemente. Está al corriente de lo que ocurre en Chile y en el mundo. Lee la prensa con avidez y no se le escapan los detalles que aparentemente no tienen importancia. Aunque su pasión principal es la política, le dedica tiempo al cine. que es una de sus aficiones preferidas, a la charla, a sus continuos visitantes. Le gusta pasar un rato en los cafés de Le Marais próximos a su domicilio. Los comerciantes del barrio le conocen porque a menudo hace las compras de la casa y se encarga de preparar la comida.

Es, en la actualidad, miembro del Comité Central de la Izquierda Cristiana, partido que fundó en 1970 junto a otros rebeldes de la DC. En 1938 fue uno de los fundadores de la Falange, que en 1958 se transformó en el Partido Democratacristiano (PDC). Ex regidor, ex diputado, tres veces senador de la República, ex Presidente de la Falange y de la Democracia Cristiana. Presidente de la Unidad Popular. En el exilio, además de su cargo dirigente en la Izquierda Cristiana, es miembro de la comunidad cristiana chilena integrada por exiliados como el que profesan la fe cristiana.

De cabellos blancos, sonrisa bondadosa y algo cansada, paso ligero y mirada escrutadora es un nostálgico de Chile. Su solicitud de regreso fue rechazada a pesar de las insistencias y de las presentaciones legales que realizaron algunos ahogados en Chile. Para él no hay temas tabú y piensa -como Oscar Wilde- que sólo las respuestas y no las preguntas son indiscretas. Nuestra conversación fue espontánea y desordenada y se refirió a los asuntos más diversos de su existencia y de su pensamiento.

Cumplir años en París

- Usted cumplió hace poco setenta años en el exilio, en París. Perdóneme por empezar con una pregunta manida, con un lugar común. ¿Qué sintió ese día?

-Deseos de vivir otros 70 años. Se habla mucho de la tristeza de la vejez. Y eso casi siempre es literatura. Pensé en lo agradable que sería volver a Chile al día siguiente con mi mujer, con mis dos hijos, con mis nietos que me acompañan en el exilio, en la gran alegría que me daría encontrarme con mi otro hijo casado que vive en Chile y con mis nietos de allá que casi no conozco porque los deje muy pequeños, hace ya casi seis años. Lo mejor que podría ocurrirme sería ver de nuevo a mis siete hermanos y a mis numerosos sobrinos. A mis amigos de toda la vida, a mis compañeros de otros tiempos. Por ahora, todo eso no es posible. Prohibieron mi regreso. Eso me causó tristeza. Pero también ira.

- Aparte de eso ¿no es grato vivir en París, en el viejo barrio Le Marais, en el escenario de tantas cosas de las que siempre oímos hablar? Algunos cronistas chilenos basaban su autoridad en un clisé: "Cuando yo estuve en París.."

-Sí, los cronistas siúticos. Mire, el problema tiene varios aspectos. Por un lado, no puedo negar que me gusta París. Es una ciudad fascinante. Hay un debate de las ideas muy abierto y personalmente me entiendo muy bien con los franceses. Recorro a menudo la ciudad y soy un espectador de su rico panorama humano. París es, además, un formidable centro de información, y un punto privilegiado de observación de la realidad mundial. Es posible adquirir aquí una visión global del mundo que no teníamos en Chile. Se puede aprender mucho del amplio debate ideológico que aquí se desarrolla permanentemente. Francia es un país donde todos los asuntos se desmitifican; es una sociedad sin "tabúes" de ningún orden, ni políticos, ni culturales, ni morales, ni religiosos, y eso es una gran experiencia. Un ejemplo de lo apasionantes que pueden ser los debates lo da "Le Monde". Personalmente, por cierto, yo no estoy de acuerdo con muchos de los análisis que sobre la realidad contemporánea hacen sus articulistas, pero leo ese diario todos los días, y me gustaría que en Chile hubiese algo parecido en el futuro.

Ahora bien, hay aún otro aspecto. Los exiliados no vivimos en verdad en París, como no vivimos en Londres, ni en Nueva York, ni en Caracas. En realidad, vivimos en Chile. Es nuestro tema permanente, nuestra neurosis, nuestra obsesión. Nos reunimos a comer empanadas de horno o pastel de choclo. Y hablamos de las calles de nuestras ciudades como si estuvieran a la vuelta de la esquina, y de los personajes de nuestra vida cultural o política como si fueran los únicos que existen en el mundo. Es difícil que nos integremos. Nos sumergimos en una monotonía artificial y padecemos de todas las enfermedades de la ausencia. Yo no soy una excepción.

Un legado de honestidad

- Regresemos al pasado. Siempre oí hablar de su padre Rafael Luis Gumucio como de un notable periodista, un temible polemista católico. autor de la frase "el felón ilustrado" que aplicó a "El Diario Ilustrado", que él mismo dirigió durante algunos años. ¿Influyó él en usted? Y usted mismo ¿tuvo alguna influencia en él?

- En cierta medida existe continuidad entre la actuación pública de mi padre y la mía. Teníamos en común la manera de concebir la política y en lo personal he tratado de seguir su legado de honestidad y limpieza. Esto más allá de los aspectos contingentes y de las condiciones de épocas distintas. Entre mi padre y yo existió mientras vivió -murió en 1947- un proceso de vasos comunicantes. El y yo fuimos cambiando a velocidad diversa. La evolución de mi padre, que era un católico ferviente y conservador de vieja cepa, fue notable para su época. Su generación fue la heredera de las luchas teológicas del siglo XIX. El Partido Conservador se declaraba confesional y la iglesia le había entregado el monopolio de la defensa religiosa. La única diferencia de mi padre con el tradicionalismo integrista católico era su amor a la democracia y la libertad. Pero vino el Frente Popular en 1938 y la fundación de la Falange Nacional. Yo era joven y sentí el impacto de las nuevas ideas. Creo que algo influí en la extraordinaria evolución que se produjo en mi padre. Empezó a entender las razones de la desigualdad social y la utilización de lo religioso como un escudo para explotar al pueblo. Rompió con su clase y aun con su Partido.

- Cuidémonos de la "velocidad" de la que usted habla. No lleguemos todavía al Frente Popular. ¿Cómo era su padre en la intimidad? ¿Cómo era su madre?

-Era un burgués pobre. Vivió siempre al día. Aunque recibió el título de abordo, no le gustaba esa profesión. Prefirió el periodismo.

Partió en su carrera siendo director de la revista "Zig-Zag". Eramos nueve hermanos, yo el mayor. En la intimidad mi padre era cariñoso y poco severo aunque tenía fama de temible polemista. Le veíamos poco. Salía a su trabajo en "El Diario Ilustrado" a las 8 de la noche después de comer y allí permanecía hasta la madrugada. Lo veíamos al día siguiente cuando regresábamos del colegio. A mi madre, Amalia Vives, la recuerdo como a una mujer tierna, siempre ocupada con las labores de la casa. Murió joven, a los 35 años, en Lovaina, en el destierro.

- ¿En el destierro? ¿Vivió usted antes otro exilio?

- Mi padre fue desterrado, junto a otros políticos de izquierda y de derecha durante la dictadura de Ibáñez en 1927. Entre los desterrados estaba incluso mi suegro Manuel Rivas Vicuña que fue parlamentario y diplomático brillante. A todos ellos los embarcaron en una nave para transportar ganado y fueron depositados en un puerto del Perú. Mi padre eligió después vivir en Lovaina porque el franco belga valía menos que el peso chileno. En Santiago yo me quedé como jefe de la familia. Vendimos la casa en que vivíamos y con ese dinero compramos los pasajes del barco que llevó a toda la familia a Europa. Fue un destierro corto y no alcanzamos a sentir nostalgia.

- Usted tenía entonces 17 años y era estudiante secundario. Cuando volvió fue alumno de la Universidad Católica y compañero de Eduardo Frei ¿Qué impresión tiene de él en esos años?

- Era un joven delgado, muy estudioso, de origen humilde. Entonces vivía en la calle Jofré en una pieza casi sin muebles. Recuerdo que lo visité allí en una ocasión en que estaba enfermo, con un principio de tuberculosis. Era notable su religiosidad. Podría calificarlo como "un joven piadoso". En la Universidad Católica recibió la protección del Rector Monseñor Carlos Casanueva.

- Ibáñez predicaba el apoliticismo igual que Pinochet en la actualidad ¿Qué piensa usted de los epítetos infamantes que personajes como ellos le adjudican a los políticos?

- La farsa del apoliticismo la conozco desde toda una vida. Nadie deja de hacer política si se interesa por la marcha del Estado y de la sociedad. Los apolíticos son los peores políticos porque con cinismo quieren ejercer el poder adjudicándose una especie de inmunidad que les permite descalificar toda crítica. Todas las dictaduras militares en América Latina proclaman una guerra a los políticos para hacer una descarada política de derecha e imponer los proyectos más reaccionarios y superados por la historia. Ibáñez -cuya dictadura no fue fascista como la de Pinochet- planteaba el apoliticismo como principio. Consiguió desmovilizar a la juventud y a mucha gente que cayó en esa trampa. Pero cuando se retomaron los principios políticos de democracia, libertad, constitucionalidad, los jóvenes empezamos a hacer conciencia en lo demás que había que luchar contra la dictadura. Y ese fue el fin de Ibáñez.

- Usted habló de la evolución política de su padre y del carácter confesional del Partido Conservador de la época. ¿Los católicos de derecha admitían entonces la participación de la iglesia en la vida política?

- No sólo admitían eso sino que no concebían que la iglesia desarrollara un papel espiritual al margen de la política. Tenía que estar con ellos y contra la masonería y los radicales. Para esa gente la masonería era la autora de todos los males. Practicaban un maniqueísmo cerrado y agresivo. Mi padre, que fue Presidente del Partido Conservador, también participaba del mismo criterio. Pero superó tal etapa y entró en abierta contradicción con sus compañeros, sobre todo cuando comprobó su inconsecuencia frente a los principios de libertad y democracia, que usaban cuando les convenía, y que aplastaban cuando no concordaban con sus intereses financieros. Su viraje se produjo cuando el millonario Gustavo Ross fue proclamado candidato presidencial de la derecha en 1938. Sintió que ya nada tenía que ver con la derecha. Como era escrupuloso fue a ver, antes de romper, a Gustavo Ross para inquirir sobre su pensamiento social y -sobre todo- para que le expusiera su idea de la democracia. Salió espantado. Ross era un déspota en ciernes. Con cinismo le dijo que no creía en la democracia sino en el poder de la aristocracia para imponer el reinado del dinero y de las empresas lucrativas. Uno no deja de pensar en lo que decía Ross en 1938 y lo que afirma ahora Pinochet.

- Pero entonces ganó el Frente Popular y fue elegido Aguirre Cerda.

- Sí, aunque de inmediato vino la conspiración de la derecha para despojar a Aguirre Cerda de su triunfo electoral. Entonces mi padre tomó una decisión: fue a buscar al Arzobispo de Santiago, Monseñor José María Caro, para que visitara oficialmente a Aguirre Cerda. Se produjo con ese paso el reconocimiento de la victoria del Frente Popular. Desde ese momento mi padre, que nunca fue falangista como se ha dicho, apoyó sin reservas a la juventud católica que empezaba a caminar hacia las ideas del cambio social y de la apertura a los partidos de izquierda.

De la juventud conservadora a la democracia cristiana

- Seguramente usted -igual que su padre- vivió y sigue viviendo un proceso de cambios en las ideas. ¿Cuál ha sido su itinerario al respecto?

- Ya dije que en 1938 se produjo un cambio definitivo en mi vida política. Dejé de ser un joven conservador. Ya entonces entendí la monstruosidad del sistema capitalista. Como otros jóvenes de mi época y de mi condición, sentí la ausencia de partidos políticos capaces de atraer a la juventud como corrientes de opinión. Integré entonces el grupo fundador de la Falange junto con Eduardo Frei, Manuel Garretón, Bernardo Leighton, Ignacio Palma. Tomás Reyes v otros. Eramos un grupo muy pequeño que para el ambiente católico resultábamos ser unos radicales endemoniados. Adoptamos posiciones muy progresistas aunque en estricto rigor no fuéramos gente de izquierda. Fuimos evolucionando paulatinamente. Teníamos antenas sensibles ante la realidad del país y llenábamos un vacío político. Eramos muy pobres en medios materiales. Nos reuníamos en un destartalado local en la calle Amunátegui. Nuestras primeras peleas fueron contra el fascismo, que había asomado la cabeza en Chile.

- ¿Por qué entonces el Partido se llamó "Falange"? Ese era el nombre de los fascistas de Franco.

-A alguien -creo que a Palma- se le ocurrió que nos inspiráramos en las falanges griegas. Fue un desgraciado alcance de nombre, porque la verdad es que éramos decididamente anti-fascistas. Una de nuestras primeras preocupaciones fue la solidaridad con los republicanos españoles. Yo fui un rabioso antifranquista. Pertenecí a una Asociación de Ayuda a los Refugiados españoles; yo estaba a cargo de la tesorería.

- Después de militar usted más de 30 años en la Falange y luego en el Partido Demócrata Cristiano ¿cuál fue su posición personal más constante? ¿De conformidad siempre con la línea del Partido, de tímida o abierta oposición, de ruptura creciente?

- Es difícil contestar esas preguntas. Cuando se milita en un Partido es obligatorio observar su disciplina. Naturalmente que paulatinamente se van produciendo discrepancias que llevan a algunos a la ruptura definitiva. Recuerdo con cariño la etapa de la Falange (1938-1958). Era un partido pequeño que llegaba apenas al 5 por 100 del electorado, con medios pobres para realizar su política, pero con una fe y una fraternidad admirables. Después de 1958 la Falange se transformó en el Partido Demócrata Cristiano, pasando a ser una gran colectividad, con 15 diputados y 3 senadores. Fue entonces cuando sufrí mi primera desilusión. El crecimiento brusco produjo cierto apagón doctrinario. Ingresó al Partido un contingente tecnocrático de derecha.

Sobrevino un cambio de una política que podría calificarse de centro-izquierda a un partido de centro-derecha que veía cercano su ascenso al poder. Y, por tanto, se abría al mundo del dinero.

Ya en 1958 en las elecciones en que triunfó Jorge Alessandri, las cajas electorales pasaban a ser fundamentales. Las candidaturas que no tenían dinero suficiente para pagarle a los Edwards páginas enteras de "El Mercurio" no tenían porvenir. En el caso de la DC, el dinero que llegó para hacer frente a una campaña que fue muy tensa, muy amplia en lo publicitario, venía de sectores derechistas que con mucho ojo veían que ya no era posible apoyar a la derecha tradicional y que más valía levantar a Eduardo Frei, que había adquirido una estatura nacional e internacional y tenía una influencia definitiva en la DC. Tal situación fue el punto de partida de un proceso que me desconcertó mucho. Recuerdo, entre otras cosas, que después de muchos esfuerzos que hice se había formado un grupo valioso y representativo de dirigentes sindicales. Con la llegada del sacerdote belga Roger Veckemans -que está casi probado que tenía vinculaciones con la CIA y organismos financieros norteamericanos- esos dirigentes sindicales perdieron su impulso inicial. Dejaron de actuar en su medio y de poseer la autenticidad de antes. A lo mejor tienen razón los que dicen que hay que ser práctico y que no se puede hacer "angelismo" en política. Pero sigo pensando que el dinero corrompe.

- Usted habla de la elección de 1958, en que triunfó Alessandri. Pero pienso que las tendencias internas en la Democracia Cristiana se hicieron más definidas en el gobierno de Frei, desde 1964 a 1969.

- Efectivamente, después de elegido Frei se fueron perfilando tres tendencias en el interior de la DC, que se denominaron oficialistas, rebeldes y terceristas. La primera condicionaba todos sus pasos a los actos del gobierno y era incondicional del Presidente. Los segundos planteaban críticas a la política débil frente al capitalismo y al imperialismo y expresaron su posición en un documento que se llamó "Desarrollo no capitalista". Los terceristas creían que todavía quedaba una etapa larga de vida dentro de la DC.

- ¿Cuándo y por qué se produjo la crisis final?

- En 1969, al encarar el problema de la elección presidencial del año siguiente. La corriente oficialista, ante el problema que había tres candidaturas, una de izquierda, otra de derecha y la de la DC, se dio cuenta que las posibilidades de triunfo eran nulas. No veían con desagrado una alianza con la derecha pero no se atrevían a plantearlo abiertamente. En el interior de la DC siempre existió una actitud de rechazo a la derecha porque nadie olvidaba cómo fue perseguida por la oligarquía la Falange y también la DC. Entonces ante esa dificultad y frente a la evidencia de que la elección sólo podría ganarse con aliados, optaron por imponer el aislamiento, la soledad, cosa que siempre ocurría con la Falange y con la DC cuando una tendencia se veía perdida y era minoritaria. Era lo tradicional. Las otras dos tendencias -la rebelde y la tercerista- creían que era posible conseguir una alianza con la izquierda. Pero los dirigentes de la Unidad Popular formulaban declaraciones que hacían difícil que alguien creyera dentro de la DC en esa posibilidad. Estoy convencido que un entendimiento DC-Izquierda habría dado un gobierno democrático tan fuerte, tan mayoritario, que no hubiese prosperado la conspiración de la derecha que después utilizó como sus instrumentos a los militares. Ahí vino la crisis final. No había salida. Se produjo la ruptura y el nacimiento del MAPU.

- Usted es un político capaz de autocrítica. ¿Se siente seguro ahora de lo que usted y otros demócratacristianas hicieron en 1969. fue lo mejor? ¿No fue un error?

- Muchas veces me he hecho esa pregunta. Y estoy seguro de la respuesta: lo que hicimos fue correcto. No se puede continuar en un Partido cuando las diferencias que dividen son muy profundas. Sin embargo, no puedo dejar de reconocer que es grave y dramático que cuando había democracia en Chile, el Partido del Presidente de la República no se sintiera identificado con su régimen. El mismo problema se produjo después entre Allende y su partido, con las consecuencias que todos conocemos.

- Saltándonos algunas etapas, ¿cómo aprecia ahora, en 1979. el papel que juega la DC en la situación política chilena?

- La actitud de ese partido en la primera etapa de la dictadura de Pinochet me pareció tan condenable como la que observó durante el gobierno de la Unidad Popular en su entendimiento con los militares y con la derecha. Pero eso ya quedó atrás. Lo importante es que la DC está luchando hoy por la libertad y que es una pieza fundamental en el cambio de Chile.

La Iglesia y la lucha contra la dictadura

- Usted es católico y siempre ha militado entre las fuerzas cristianas de avanzada. ¿Cómo aprecia la política y acción de la iglesia católica en estos seis años de dictadura?

- Como cristiano estoy satisfecho de que la jerarquía eclesiástica y el clero hayan actuado como lo han hecho. Primero a través de la Comisión Justicia y Paz, y luego con la Vicaría de la Solidaridad la Iglesia ha llevado a cabo acciones que serán inolvidables por su valor, por su tenacidad, por la práctica de un verdadero amor cristiano hacia el prójimo. Creo que la Iglesia Católica ha recuperado plenamente en Chile la confianza del pueblo. Pienso muy especialmente en los modestos curas de parroquias de barrios, de poblaciones, que han enfrentado todos los riesgos de comprometerse con el pueblo con silenciosa lealtad y honestidad. En algunos existía la sospecha de que la Iglesia podría aprovecharse de la ocasión de que el pueblo vuelve a los templos y que, por tanto, se repara lo que un Papa llamó "el mayor escándalo del siglo XX, el alejamiento del pueblo de la Iglesia", para frenar sus ansias de cambio social. Estoy seguro que no es así. Conozco demasiado al clero modesto para saber que se han comprometido con la acción popular sin paternalismo, sin esperar dividendos de ninguna clase.

- Entiendo que uno de sus hermanos. Esteban Gumucio, es párroco de una población obrera de Santiago y usted debe saber de sus experiencias.

- Mi hermano Esteban podría ser el prototipo del clero integrado al pueblo. Desde hace quince años es cura párroco de la Población Joao Goulart de la comuna La Granja de Santiago. Ha adquirido hasta el color de los pobladores. Cuando se hizo cargo de su iglesia allí no existía nada. Para vivir levantó una casucha de madera y se bañaba en una acequia. Rehusó ser el "santo cura" que sólo da consejos piadosos para ganar el cielo. Se integró a la vida de los pobladores, sin dirigirlos ni manejarlos, como uno más. Ha sido el animador de todas las iniciativas comunitarias y no le ha preguntado a nadie de que Partido es y ni siquiera si cree en Dios. Fundó un comedor popular que alimenta a 120 niños con los aportes de todos los pobladores. En dos ocasiones ha sido visitado por los militares, que lo han interrogado acerca de sus feligreses, El les dijo: yo no puedo decirles nada porque mis superiores son los obispos y el cardenal. Pregúntenles a ellos. Si yo quisiera saber algo de ustedes tendría que preguntarles a sus capitanes, coroneles o generales.

Vivir en el exilio

- Usted sostuvo al principio de esta conversación que los exiliados no vivimos en París, ni en Londres, ni en New York, ni en Caracas, vivimos en Chile. Más allá de esta afirmación la verdad es que no estamos allá físicamente. Esta realidad ya larga en el tiempo y que podría prolongarse aún más. hace temer a algunos el surgimiento de una especie de fractura entre los chilenos del interior y los chilenos del exterior. Esta fractura puede tener consecuencias muy serias en el plano afectivo, en el plano cultural y naturalmente en el plano político. ¿Cuál es su opinión sobre el particular?

- No me gusta el término "fractura". Es indudable que los chilenos del interior y los que estamos obligados a permanecer en el exilio hemos vivido en mundos diferentes. La dictadura ha impuesto una ideología, un estilo de vida y de gobierno que hasta aquí eran extrañas al alma nacional. Jamás conocimos un régimen semejante, tiramos unos cultores intransigentes de la legalidad y del instado de Derecho. Hasta los obreros más exaltados, cuando acordaban una huelga y salían a la calle, gritaban a veces en sus desfiles: "Esta lucha es legal y la vamos a ganar". Y de repente esto, de la noche a la mañana, fue quemado en las hogueras públicas de la derecha enfurecida y con ataque de hidrofobia contra el pueblo y la democracia. Hasta los doctores de la ley de la Corte Suprema hicieron un strip-tease lamentable y pusieron sus códigos y sentencias sin pudor alguno al servicio de Pinochet. Durante estos seis años la dictadura se ha empeñado en declarar leprosos políticos a más de la mitad de los chilenos. No creo que haya logrado convencer a la mayoría pero esta prédica algún efecto tiene y tendrá en la nueva generación. En estos seis años, miles de muchachos han vivido en otro Chile que no es el que conocimos nosotros. Es el Chile del chovinismo, de las castas, de los privilegios, del miedo, del «odio a los políticos», que no es otra cosa que el odio a las ideas. Todo esto no lo percibimos en su real magnitud los que vivimos fuera. Y pienso que puede ser el peor daño que la dictadura ha causado. Confío en que el robusto cuerpo de Chile logrará sacudirse de esta enfermedad extraña a su constitución. Pero no hay que subestimar sus efectos. Personalmente nunca he perdido el contacto con mis amigos del interior, con jóvenes y viejos. Me escriben normalmente y me visitan cuando vienen a París. Tengo la impresión que ellos han entendido muy bien el problema del exilio y que no rechazan a los que fueron obligados a tomar ese camino. Por el contrario: están preocupados de favorecer el regreso. Definitivamente no creo que hasta aquí se haya producido una "fractura" como usted dice. Pero el paso del tiempo es peligroso. La dictadura avanza en su institucionalización. Puede hacer aprobar su Constitución y todo lo que discurran sus ideólogos. Está en marcha toda una superestructura de legalidad fascista. Sería un error estimar que ella, al fin de cuentas, no condicionará toda una mentalidad. Por eso los que luchamos contra la dictadura tenemos que ser certeros y oportunos. No valen, en este caso, los slogans sin contenido o que no tengan el menor sentido en el Chile actual. Hay que saber lo que en nuestro país ocurre exactamente para desenmascarar cada paso de la "democracia protegida" y del "gobierno autoritario" de Pinochet.

- Por lo mismo que usted dice ¿no cree que al volver se sentirá como un extraño en su propio país?

- Me he cuidado de no permanecer petrificado en 1973 y creo tener idea de lo que Chile es en la actualidad. Mis amigos me dicen: cuando regreses te vas a desesperar, la vida ahora en Chile es de una chatura horrible, tú estás acostumbrado al debate, a la lucha de ideas, no conoces "el tiempo de callar", te espera la inercia, las palabras dichas a medias, el temor a las represalias, la aceptación de autoridades ignominiosas. Además -me dicen- está desapareciendo la amable convivencia de antes y el hablar "sin pelos en la lengua" que siempre nos caracterizó. Creo que todo eso es cierto relativamente. No obstante, no creo que pueda sentirme extraño en mi propio país. Encontraré un espacio para mi modesta vida y la de los míos y continuaré siendo lo que soy.

- Usted no teme, entonces, volver "con la frente marchita", como en el tango de Gardel.

-¿Por qué con la frente marchita? Creo que no es mi caso, ni el de la mayoría. Pero, siguiendo con el tango, le diré que aunque no serán «veinte años», seis años es de todos modos mucho exilio. Debemos luchar contra lo que algunos llaman "el exilio español". Hay que conquistar nuestro derecho al regreso, pero eso no será jamás una dádiva de Pinochet.

- Se ha hablado de los aspectos negativos del exilio. ¿Cree usted que hay un aspecto que podríamos llamar "positivo"? Digamos, un dirigente político, o aun un militante cualquiera ¿puede convertir el exilio en una experiencia que lo ayude a madurar, a afinar su percepción y sensibilidad, a comprender mejor los problemas de su país?

- Estoy seguro que el exilio nos ha enseñado mucho. Lo he comprobado en la práctica en el contacto diario que tengo con tantos exiliados. En muchos de ellos y en mí mismo -jamás uno termina de aprender a vivir, aun a los setenta años- he visto un proceso de maduración notable. La vida política chilena tenía muchos aspectos negativos y en la distancia hemos entendido cabalmente lo insensatas que eran muchas de las peleas entre los partidos de izquierda. Me alegra especialmente que la gente joven en el exilio mire las cosas con una mayor perspectiva de futuro, con mayor análisis crítico. Muchos disparábamos contra la democracia burguesa y decíamos que sus valores sólo eran formales y queríamos de un día para otro el "poder popular". Teníamos, tal vez, razón en teoría, pero hacíamos caso omiso de la realidad de Chile y de la necesidad de hacer verdadera y para todos la democracia que permitió la victoria de la Unidad Popular. Ahora, después de asistir a la liquidación de toda forma de democracia en Chile, muchos valores de nuestra vapuleada democracia los apreciamos como cosas importantes. Se valorizan mejor ahora que antes las libertades y los derechos humanos básicos. Personalmente considero la democracia burguesa o liberal como necesaria para cualquier proceso hacia el socialismo. Sin libertades básicas y amplio pluralismo no pueden avanzar los pueblos en un proceso dialéctico de liberación.

Todo lo anterior, al margen del hecho de que siga considerando que la experiencia de la Unidad Popular ha sido el proceso más valioso de la historia de Chile. No estoy de acuerdo con los que ponen amplificador para destacar sólo los errores que se cometieron y olvidan una visión global.

- ¿No cree que el exceso de pluralismo impidió que se impusiera una dirección clara y definida para movilizar a las masas?

- No lo creo. No fue el "exceso de pluralismo" lo que inmovilizó a las masas. Fue -aunque sea duro reconocerlo- la falta de lucidez de muchos dirigentes, la falta de voluntad para superar las querellas de segunda categoría y el ideologismo paralizante que aun en medio de los mayores peligros quería determinar qué partidos o qué acciones eran "revolucionarias" o "reformistas".

Un balance más bien negativo

- Aparte de nuestro propio balance en estos seis años ¿qué podría decir usted sobre los acontecimientos del mundo en este período? ¿Cree usted que el balance es positivo, que su si no es favorable a los pueblos? ¿Cómo influye todo esto en relación con Chile y su destino?

- Creo que estos seis años, desde el punto de vista del cambio social y de la lucha contra el capitalismo son negativos en un gran balance. Hay un gran acontecimiento: la victoria de Vietnam contra sus agresores, después de una guerra terrible en la que David venció a Goliat. Pero paralelamente hay un hecho desconcertante y estremecedor: el conflicto chino-vietnamita. Eso ha golpeado hasta la última fibra a quienes luchan por el socialismo en el mundo, sean o no marxistas. No me olvido, por cierto, de las cosas positivas: la liberación de algunos países de África y Asia, los avances de la lucha contra el colonialismo y el racismo. Pero no podemos poner eso en la balanza sin colocar el contrapeso de nuestras derrotas. Estamos viviendo una nueva y grave crisis del capitalismo. El sistema busca su supervivencia por la represión brutal y sin máscaras cuando no tiene otra alternativa. Y hasta la fecha creo que, desgraciadamente, el capitalismo ha sabido defenderse bien como sistema, ¿por cuanto tiempo? No me gustan los análisis fáciles que desembocan invariablemente en un cántico a la victoria de los pueblos. Es obvio que el capitalismo está condenado a desaparecer y que el socialismo es un nuevo capítulo de la historia humana. Pero este proceso es contradictorio y complejo, y los cambios favorables a la ola reaccionaria en estos seis años, tanto en América Latina como en Europa occidental, creo que ni siquiera necesitan ser enumerados.

No veo en este momento una salida al aire libre a corto plazo. Puedo estar equivocado, pero es lo que pienso.

¿Cómo influye esto en Chile? Ahí está todavía Pinochet, condenado moralmente por todo el mundo, pero también apoyado financieramente con una generosidad que no conoció ningún gobierno anterior.

Chile y Latinoamérica: perspectivas

- ¿Significa eso que usted se muestra pesimista en relación con la situación chilena?

-No. Soy optimista. Y mi optimismo no es gratuito. El nivel de la lucha se ha elevado, como lo prueban las recientes jornadas del Primero de Mayo. Por lo demás hay que considerar que el grupo minoritario que usufructúa el poder en virtud de la política económica y de la represión de la dictadura es cada vez más restringido y que, por tanto, las víctimas de esa política son la mayoría absoluta de los chilenos, incluidas las capas medias y gran parte de la burguesía nacional. Todos ellos protestan contra la dictadura de la manera que pueden y han conquistado cierto margen de libertad de opinión. Ahí están, por ejemplo, la revista "Hoy", la revista "Mensaje", algunas radios y otros canales de expresión para demostrarlo. Y ganar todo espacio, por pequeño que sea, de libertad de expresión, de prensa, de reunión, es la gran tarea de este momento.

Naturalmente, eso no nos puede llevar a determinar plazos para la caída de la dictadura.

- ¿No cree usted que contribuye negativamente el que la masa no ve una alternativa de poder clara ni un proyecto político para el futuro?

-Cierto es que sería mejor que existiera un proyecto político definido y unánime y que las alternativas de poder fueran claras. Pero no por eso debemos caer en la tentación de las discusiones programáticas que nos hagan abandonar lo principal, que es derribar a la dictadura. Cuando cayó la dictadura de Ibáñez en 1931 no existía ninguna alternativa clara, ningún programa de las fuerzas anti-dictatoriales.

- ¿No piensa usted que en Chile podría eventualmente darse una salida al estilo de la llamada "liberalización" del Brasil?

- No lo creo. En el caso de Brasil operan una serie de factores que no tienen nada que ver con las particularidades de Chile. Brasil va en camino de convertirse en una gran potencia y debe mantener relaciones muy estrechas con el mundo capitalista occidental y también con el mercado de los países socialistas. Los militares brasileños se han dado cuenta de que una dictadura brutal y represiva les crea dificultades con la opinión pública de naciones de gran desarrollo capitalista en las que se apoyan. También eso constituye un obstáculo para las operaciones con la URSS y los países socialistas. Por eso, una "prudente liberalización" los favorece sin que ello signifique alterar fundamentalmente el cuadro político de Brasil. En el caso de Chile, en cambio, la liberación va a ser impuesta por la gran masa en un proceso que tendrá etapas transitorias. De ninguna manera va a ser el resultado de concesiones de la dictadura. Está claro que a Pinochet no le importa la opinión pública mayoritaria. Todo su empeño está dirigido a que las EE.AA. aprieten filas en torno a él. Y para sostener eso se vale de grandes halagos económicos a los oficiales, de un fuerte adoctrinamiento y de un aparato de espionaje y de terror interno que detecta rápidamente cualquier disidencia. A pesar de todo no es imposible una división del ejército, una toma de conciencia por parte de la oficialidad acerca del vergonzoso papel que desempeñan como verdugos de su pueblo y mano armada de los intereses de la oligarquía. Para que eso ocurra es indispensable un gran movimiento de masas, unitario y en el que golpeemos "todos a una" como en "Fuenteovejuna". Sin movimiento de masas y unidad es un error siquiera suponer que vamos a derrotar a la dictadura.

- A pesar de los reveses, es indudable, sin embargo, que en América Latina hay realidades nuevas, importantes.

- Sí, está el papel que juegan países democráticos como Venezuela, México y Costa Rica, que es vital para las fuerzas progresistas del Continente. Ellos desmienten las tesis de los ideólogos de Pinochet que tanto desprecio sienten por la democracia y que estiman que es un obstáculo al desarrollo económico. Tales países son, precisamente, los que han alcanzado un mayor desarrollo, una creciente renta per cápita, un papel destacado en la comunidad internacional. En cambio vea usted las dictaduras: Haití, en el que persiste la sombra siniestra de Papa Doc, continúa siendo una de las naciones más pobres del mundo. Paraguay es un país feudal y miserable. Uruguay se debate en una angustiosa crisis económica. Y no hablemos de Chile con su invariable cesantía de un 15 a un 20 por 100. Por otra parte miro con gran esperanza lo que ocurre en Centro América, tradicional escenario de dictaduras caudillistas, corrompidas y criminales. Ha sido formidable la lucha del pueblo de Nicaragua contra Somoza. El mundo entero admira su tesón, su combatividad, su decisión inquebrantable de poner fin a la dinastía Somoza, dueña del país por largas décadas. Es importante señalar que el Frente Sandinista es un movimiento de opinión pluralista con un programa claro que suscriben todos los nicaragüenses. Estoy seguro que empieza para Nicaragua un nuevo capítulo de su vida y que su ejemplo será muy importante en Centro América y en lo inmediato en El Salvador.

Es imposible no mencionar, a propósito de estos acontecimientos, el papel tan poco feliz jugado por el gobierno norteamericano. Sus "marines" impusieron al primer Somoza, lo mantuvieron y luego extendieron su protección a sus descendientes, En el minuto final aparecen "retirándole su simpatía", lo que no impide el traspaso de préstamos a través del Fondo Monetario y la ayuda militar, que permitió los bombardeos en Managua y otras ciudades y el asesinato de miles de nicaragüenses. A juego perdido, Estados Unidos se empeñó sólo en buscar una salida que no pusiera en peligro sus intereses en la región. Esto explica y explicará la actitud del pueblo de Nicaragua hacia su poderoso vecino del Norte.

Sus afectos. La mayor decepción

- Un personaje muy importante en su vida ha sido su esposa Marta Rivas. ¿Cómo la ve? ¿Puede ser objetivo con ella? ¿Están siempre de acuerdo o discrepan a menudo?

- Es difícil contestar esa pregunta con la propia Marta Rivas presente. Pronto cumpliremos 40 años de matrimonio sin mayores tempestades y sin ninguna posibilidad de naufragio en nuestros últimos años. Creo que puedo ser objetivo con ella. Somos diferentes en múltiples cosas. Pero tenemos apreciables puntos en común. Ella no ama el dinero y está desprovista de todo sentido clasista en las relaciones humanas. Tiene un sentido objetivo y crítico frente a lo que se llama en Chile "la aristocracia". Tenemos costumbres diferentes y para ser felices hemos practicado la fórmula de ser independientes y dependientes a la vez el uno del otro. Yo tengo mi propio mundo y ella lo respeta. Ella tiene el suyo y yo lo acato. No nos erigimos en jueces de nuestras mutuas acciones y somos buenos amigos. En cuestiones políticas no disentimos. A veces peleamos por detalles domésticos como todos los matrimonios. Pero no es difícil recuperar después la armonía habitual.

- ¿Cómo son sus hijos? ¿Influyen ellos sobre usted así como en su oportunidad usted influyó sobre su padre?

-Tengo tres hijos, totalmente diferente el uno del otro. El mayor, Rafael Luis, es un tipo idealista, sin sentido práctico, de una gran bondad, es profesor de historia. El exilio en París lo ha tratado mal a menudo pero ha salido a flote y nada, en definitiva, puede derrotarlo, aunque jamás gane el dinero que se necesita para lo indispensable. Mi segunda hija, Manuela, es periodista. No puedo negar que por ella tengo cierta predilección. Es inteligente y de una valentía que le envidio, me ha dado no sólo ternura sino que me ayuda a pensar en asuntos en los que a veces no reparo. Mi tercer hijo, Juan, es abogado, hizo brillantes estudios de derecho y ha salido adelante en la vida. Es mi apoderado en Chile. Tengo, además, seis nietos, todos varones. Creo que en los padres siempre influye el hecho de que sus hijos sean desprendidos y valientes para luchar por lo que piensan. No siempre coincido con ellos en su pensamiento político. Pero me han enseñado a no ser oportunista y a defender lo que yo estimo que es la verdad, pero también a entender que nadie es dueño de la verdad absoluta.

- De los muchos personajes que usted ha conocido en su vida ¿cuál le ha impresionado mejor y más profundamente?

-Me ha impresionado permanentemente desde mi juventud Bernardo Leighton. Ha sido un hermano para mí. Conozco su vida al detalle, tenemos la misma edad y recorrimos juntos un largo trecho de nuestro camino ya largo en la vida. Es el político chileno que mayor admiración me produce por su pureza y consecuencia. Creo que Bernardo es de una tranquila valentía, de una honestidad a toda prueba, de una entrega a su causa y a su país digna de un espartano. Cuando se repuso del atentado que casi le costó la vida y que dejó inválida a su inseparable y magnífica compañera, volvió a sus actividades como si nada hubiese pasado. Y sigue en ellas. No hay dictadura ni violencia alguna que pueda con él. Es el más porfiado de los hombres íntegros que yo he conocido.

- ¿Y el que más lo ha decepcionado?

- El que más me ha decepcionado siempre es Jorge Alessandri. Trabajó con el como Subsecretario de Hacienda durante el gobierno de González Videla. Instábamos obligados entonces a convivir estrechamente. Debo decir que al comienzo le tenía buena voluntad porque mi padre sentía aprecio por él. Pero después lo conocí mejor. Me parece aberrante que un hombre inteligente, soltero, haga girar su vida completa en torno a ganar dinero. ¿Para qué? Sólo por fetichismo. El cree que ése es el motor de la vida de un hombre. Ahora, en aras siempre del dinero, se ha entregado vergonzosamente a la peor dictadura que haya sufrido Chile, una de las más abominables del mundo. Al prestar su nombre para el decorativo cargo de Presidente del Consejo de Estado, se ha convertido en cómplice de las torturas, de los crímenes, de la liquidación de todas las libertades de los chilenos. A los ochenta años continúa asistiendo todos los días a su oficina de la Papelera, a vigilar los negocios, a continuar ganando dinero. La Papelera como meta de la vida de un hombre me parece muy poca cosa.

- Y de Salvador Allende, ¿qué recuerdo guarda?

- Mantuve con Allende una amistad de más de treinta años. El contacto con él influyó mucho en mí para entender a la izquierda chilena. Era un hombre de espíritu abierto, sin el menor asomo de sectarismo. Aprecié en él también, entre otras cosas, su agudo sentido del humor.

En definitiva. Allende fue un gran ser humano, el mayor personaje que ha producido la izquierda chilena.

La fe y los «bellos años»

- Usted es un hombre de lecturas. ¿Qué tipo de libros lee? ¿Cuáles obras han influido en su vida y en su pensamiento?

-Esta es una pregunta que siempre los entrevistados contestan falsamente. Dicen que sobre ellos han influido los clásicos más importantes y mencionan como últimas lecturas a sofisticados autores de moda. Si le dijera que leí "La Divina Comedia" y que me gustó le mentiría. La verdad es que me pareció el más aburrido e indigerible de los libros. Y no menciono otros para no escandalizar a quienes lean esta entrevista. Prefiero guardar el secreto de mis lecturas. Pero que quede en claro que leer forma parte de mis hábitos.

- Usted es cristiano. ¿Ha experimentado o experimenta algo parecido a una crisis de la fe?

-Sigo creyendo en Dios. Respecto a los grandes problemas teológicos de la fe, no me los planteo. Lo que es fuerte en mí es mi adhesión al cristianismo interpretado por el evangelio. Considero que los valores cristianos son válidos en todo movimiento de liberación de los pueblos. Para mí es importante y definitoria mi propia cultura y formación cristiana. Y veo que ella puede proyectarse en la izquierda.

- Si le fuera dado vivir de nuevo y elegir su existencia, ¿sería la misma que ha hecho en estos setenta años o tomaría otro rumbo? ¿Está arrepentido de algunos hechos? ¿Está satisfecho en general?

-No estoy satisfecho del todo. Mi único orgullo personal es haber sido consecuente con una línea de pensamiento. Mi conciencia aprueba también el que no haya sucumbido ante los cantos de sirena del dinero. Es difícil decir si uno haría la misma vida ya transcurrida. Hay, eso sí, una etapa de mi existencia que no repetiría. Es la de mi juventud con sus inhibiciones de todo orden, desde sexuales hasta morales. Entonces las consideraba normales. Ahora me parecen un disparate limitante de la naturaleza y del desarrollo del hombre. Si pudiera como Fausto volver a ser joven -sin hacer pacto con el diablo- no sucumbiría ante los complejos e inhibiciones y viviría con entera plenitud esos bellos años.

El derecho al retorno

- Al principio de nuestra conversación usted habla de la nostalgia que siente por Chile. Es el problema de muchísimos chilenos...

-¿Muchísimos chilenos? ¡Los chilenos que están fuera del país en contra de su voluntad son un millón! Muchos fueron expulsados, otros salieron acicateados por el hambre, la cesantía, la persecución. Jamás en toda nuestra historia se había conocido una tragedia semejante.

- Sin embargo oficialmente el problema no existe. Tanto la cancillería como el propio Pinochet aseguran que las puertas están abiertas, que sólo los "activistas" no pueden regresar. Se habla incluso de unidad y de reconciliación de los chilenos.

-El cinismo del régimen de Pinochet es escalofriante. Sus declaraciones no tienen nada que ver con los hechos y eso parece que por fin lo están entendiendo las organizaciones internacionales y los gobiernos de otros países. En el último tiempo se dictó el decreto 604 que es de una infamia increíble por cuanto da derecho al Ministerio del Interior a dictar disposiciones que impidan la entrada al país sin que ellas tengan el trámite acostumbrado y sin ni siquiera ser publicados. Ha pasado que muchos chilenos con todos los antecedentes en regla conocen recién en el aeropuerto el decreto que los afecta. Fue el caso de la senadora Carrera. Pero no es el único.

- Al margen del derecho indiscutible que usted tiene a vivir en su Patria ¿hay motivos de orden personal o afectivo que lo muevan en especial a insistir en su retorno?

-El exilio para mí es duro. Lo es también para todos los exiliados. A los 70 años los márgenes de vida futura son breves y es natural que quiera vivir esa última etapa en Chile y con mi familia. En mayo de 1978 sufrí una grave operación al corazón. No niego que entonces pensé en la muerte. Ahora creo que ha pasado tal peligro y siento que mi salud es normal y mi capacidad de trabajo la misma de siempre. Algunos amigos que me ayudan en Chile han invocado mi precario estado de salud. Yo les agradezco mucho esa preocupación. Pero no me agrada que se destaque en los esfuerzos por mi regreso, mi salud. No quiero ser acreedor a ninguna merced especial. Deseo volver con absoluta dignidad. Tengo derecho a ello y quiero hacer valer ese derecho. A pesar de todo creo que el tiempo futuro será mejor. Estoy seguro que la nueva generación es más sabia que la nuestra. En mi caso, entre la melancolía y el optimismo, vence siempre la convicción de que daremos vuelta a esta negra hoja de hoy y que Chile saldrá adelante.

Entrevista realizada por Luis Alberto Mansilla


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03