Luces nuevas en la cultura chilena

LUCES NUEVAS EN LA CULTURA CHILENA

Samuel Guerrero

Araucaria de Chile. Nº 6, 1979.

«... Es preciso detenerse a pensar en lo que significa este ascenso paulatino de las profundidades de la clandestinidad a las manifestaciones abiertamente públicas, del trabajo individual a la participación multitudinaria. Hay que imaginarse (y hace falta toda nuestra imaginación para eso) el avance metro a metro y hombre a hombre frente a la negativa inapelable y la inmediata represión, hay que visualizar ese movimiento de la luz contra la sombra, esa conquista lentísima de un terreno donde puede estar esperando el destierro, el campo de concentración o la muerte.»

(Julio Cortázar, Revista «La Calle». Madrid, 30 de enero de 1979)

En Chile el movimiento cultural autónomo e independiente de la dictadura, democrático lo llamaríamos nosotros, ha conquistado la superficie.

Los protagonistas de este proceso han ido abriendo puertas, conquistan importantes espacios de expresión que el régimen no ha podido destruir. Efectúan masivas actividades que reúnen a centenares o miles de personas. Surgen múltiples organismos culturales y nuevas formas de coordinación entre ellos.

¿De dónde emana su fortaleza? ¿Cuál es su arraigo y variedad? ¿Qué relación tiene con las experiencias anteriores y con la cultura chilena en el exilio? ¿Cuál es su proyección?

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El programa cultural de la dictadura -por denominarlo así- se expresa en el desprecio a los valores culturales más amplios de la nación chilena (científicos, educacionales, artísticos). Ha querido imponer la xenofobia, el mal gusto y la vulgaridad, el desprecio a lo vernacular, al tiempo que encastillar al país frente al desenvolvimiento cultural universal. Es responsable del apagón cultural; intervino las Universidades; el nivel de deserción escolar es alarmante; prácticamente se ha paralizado la investigación científica; somete la cultura a los mecanismos del mercado, a la censura y la autocensura; aplica el IVA a los libros, y la edición de nuevos títulos es ínfima; suprime las fuentes de trabajo de los artistas y les cierra el acceso a los medios de comunicación de masas; establece listas negras de intelectuales proscritos en la radio, televisión y editoriales.

Todo esto, como es sabido, fue acompañado de la represión más brutal, la persecución de las ideas, la intolerancia y el fanatismo, la destrucción de las organizaciones políticas y sociales democráticas.

El pensamiento, la creación, la investigación y la simple interrogante o discusión se transformaron así en elementos subversivos, peligrosos para la seguridad del régimen.

Esta realidad trágica, sólo esbozada aquí, redimensionó la importancia del arte y la cultura. El pueblo recurrió al canto, la poesía, la plástica y el teatro para expresarse. Como la censura operó desde el primer momento, se fue articulando una simbología tácita, un lenguaje sugerente, que decía de alguna forma lo que no se podía decir tal cual.

Frente al apagón cultural fascista surgió el contraapagón. El pueblo chileno encendió todas las lámparas con su arte.

Esta tarea ha sido asumida por los dos componentes centrales de este movimiento cultural, los artistas y el pueblo mismo.

Este es uno de los rasgos más sobresalientes de este fenómeno. Es un movimiento que compromete no sólo a los artistas, sino que se expresa con fuerza entre la juventud, los obreros y los campesinos.

Conforme a una vieja tradición, las organizaciones sindicales clasistas han tomado las reivindicaciones culturales de los trabajadores e incentivado la más amplia actividad artística. Los conjuntos folklóricos, talleres y departamentos culturales reactivaron su acción, tanto en los locales sindicales como en los frentes de trabajo. La celebración de los primeros de mayo, cada año, tiene la característica de grandes fiestas culturales y deportivas (1). Las federaciones de la construcción, minera, textil, Ranquíl, metalúrgica, de empleadas de casas particulares, la Asociación Nacional de Pensionados, como diversas otras y los sindicatos mismos, juegan un rol de primera magnitud organizando encuentros, festivales, recitales y exposiciones con conjuntos musicales, poetas populares, pintores y grupos de teatro obreros. Durante 1975 y 1976, en el teatro Esmeralda montaron ciclos culturales donde una amplia masa sindical exponía sus valores artísticos. Las federaciones campesinas, por iniciativa de la Ranquíl, efectuaron a fines de 1977 y en 1978 festivales nacionales del canto campesino.

En las poblaciones resurgieron y nacieron nuevos grupos musicales, centros culturales, bibliotecas ambulantes que rescataban el libro de las hogueras, talleres de teatro y literarios, todo lo cual ha ganado experiencia, madurez y organicidad. Aquí, donde en la práctica, el toque de queda se imponía a tempranas horas, la actividad artística tuvo el valor de ser un elemento aglutinante, de superación del miedo, de oxigenación frente al cerco de cesantía y opresión que se cernía sobre los jóvenes. (2)

Como forma de detener este proceso y golpear al conjunto del movimiento sindical, la dictadura desató la más brutal represión deteniendo y haciendo desaparecer a los principales dirigentes -jóvenes en su mayoría- ligados a la actividad cultural.

En las Universidades, a pesar de la intervención militar y de la existencia de policías estudiantiles, el arte fue y es un camino de búsqueda del reencuentro con su ser.

Otro tanto aconteció en las escuelas y liceos de enseñanza media.

La primera canción folklórica cantada en el Pedagógico de la Universidad de Chile fue un acontecimiento. A partir de entonces, se ha ido desarrollando una activa y masiva actividad cultural con la participación de cientos de creadores universitarios.

Ante el cierre de los canales tradicionales de difusión los artistas han generado otros, alternativos: exposiciones al aire libre, peñas, compañías de teatro ambulantes, jornadas, encuentros, recitales, ciclos. La relación con el público ha tenido que ser más estrecha, íntima, coloquial. El sentido de su expresión es exaltar la belleza, los valores y derechos humanos, la unidad y solidaridad, hacer reflexionar.

Junto a la labor de los artistas profesionales han surgido infinidad de aficionados. Lo más significativo, en cada caso, es la canción con raíz folklórica, el canto popular o canto nuevo, por su carácter masivo, comunicación y arraigo en amplios sectores. Las demás manifestaciones artísticas tienen igualmente un importante papel.

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El hilo conductor inicial de esta movilización artística fue la actividad solidaria, con los presos políticos y desaparecidos, con los niños sin alimentos, con los estudiantes sin recursos, con los cesantes.

Alrededor de la solidaridad se fue conformando, sin tener un carácter orgánico único, incluso sin vislumbrar con igual nitidez varios de sus componentes su magnitud, este fenómeno. El canto popular fue el elemento nucleador. Los actos solidarios realizados en poblaciones, parroquias, sindicatos, escuelas y universidades han sido instancias de encuentros por objetivos democráticos universales.

«El movimiento cultural que hasta ahora parecía ser una reiteración de una expresión cultural apagada -a raíz de la difusión de lo "importado" desde 1973- va tomando características propias y consolidando una forma cultural cuyas raíces están en la vida del pueblo». (3)

La canción es la de mayor difusión popular debido al papel que jugó antes del golpe y por la significación especial que le dio la propia dictadura, al querer proscribirla, al igual que a los instrumentos andinos. Fue el entonces coronel Pedro Ewing, secretario general de Gobierno, el que en entrevista con una delegación de folkloristas, expresó: «Pueden cantar cuecas y tonadas, pero no me vengan con cantatas e instrumentos subversivos» (4). Esto significaba prohibir en los hechos la quena, el charango y el bombo. De esta manera, estos instrumentos musicales, autóctonos del altiplano andino, pasaron a ser armas de lucha contra el régimen.

El primer momento fue difícil. Hubo que reencontrar el sendero. Cada canción tuvo, al ser escuchada por el pueblo, sabor de nostalgia, de reafirmación, de dignidad no avasallada.

El río de la actividad solidaria fue abriendo compuertas, permitiendo el reencuentro de los artistas con el público, con la reiteración -necesaria en muchos casos- del valor de lo realizado.

A fines de 1974, sumando coraje, venciendo el temor, esquivando la represión, superando el ostracismo, se empieza a romper el silencio.

El conjunto Barroco Andino, con su gran calidad, combinando música docta con folklórica, efectúa presentaciones en iglesias, en actos solidarios. Esto confluye con la labor de otros grupos y solistas, profesionales y aficionados, que tantean el terreno de una música y poesía actuales.

Esto en el campo de la canción. En las otras esferas artísticas la meta era ganar presencia, el derecho a manifestarse artísticamente.

Las primeras presentaciones tienen un nítido factor moral para el público y los artistas. En el dialecto de la comunicación tácita se vuelven a reunir, a encontrarse los silenciados. Es una muestra de existencia, de luz en el camino.

Los actos solidarios se multiplican y contienen las más variadas expresiones artísticas.

En 1975 surgen los festivales solidarios en torno a las vicarías zonales de la Iglesia Católica de Santiago. Su eco es inmenso. En cada lugar la gente paga como entrada un aporte solidario, aplaude, canta, se entusiasma y emociona y se extiende la iniciativa a todo Santiago y a provincias. (5)

Esto va significando la existencia ya de un movimiento no declarado, pero que ya existe y que levanta una escala de valores contrapuestos al régimen fascista.

«La verdad es que el pueblo nunca dejó de cantar. Generalmente lo hizo con sentido social. Desde siempre. La presencia del pueblo organizado contribuye al desarrollo de este movimiento». (6)

Este sentido de continuidad histórica, de lazo único y diverso entre el pasado y la actualidad, está presente e incorporado al espíritu del movimiento cultural chileno. No sólo en la memoria histórica, sino que en la sangre que circula, en la exigencia de respeto a los derechos humanos, de libertad.

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En el fenómeno cultural no es sólo la canción la que juega una función de primera línea. Son las más variadas manifestaciones artísticas.

Es el teatro que acentúa su crítica a la actual situación con obras clásicas y nuevas que hablan de la libertad, del rechazo a la sumisión, de la corrupción en los sistemas fascistas, del manejo de la información y la censura. Destacan los valores de la unidad, solidaridad y organización. De los valores inherentes a la persona humana. Son también los conjuntos aficionados, obreros y estudiantes que muestran las vivencias cotidianas. Se utilizan las formas de monólogo, creación colectiva, de participación del público, etcétera.

La literatura, ante las dificultades de edición, que hace que un número muy limitado de escritores publique, se desarrolla en forma de cuentos, relatos cortos, testimonios y poesía. Nacen pequeños libros y publicaciones artesanales de la llamada «generación del roneo» que organiza encuentros y recitales poéticos.

En plástica, una amplia labor impulsan las galerías de arte independientes, los talleres de pintura, los coordinadores de artistas plásticos que llevan sus telas y murales al campo, industrias, poblaciones y escuelas.

Es la extensión de la creación artística de los presos políticos y familiares de los desaparecidos, que ha surgido de los campos de concentración y cárceles, y en la angustiosa búsqueda de los seres queridos. Esta se materializa en artesanías, grupos de teatro, canción y poesía. (7)

Las arpilleras son otro testimonio de la creación popular de las mujeres de nuestro pueblo.

En la multiplicidad de formas que se utilizan, de vertientes que se amalgaman, hay un gran trabajo colectivo, de unidad e interrelación. Esto ha llevado al montaje de espectáculos integrados con textos poéticos o narraciones, música, canción, pintura, teatro, danza y cine. Son antiguos y nuevos senderos los explorados. Para la creación no hay límites.

Como es natural, entre los artistas se debate sobre qué es mejor, cuál es lo más auténtico y trascendente, qué contribuye mejor a la obtención de la libertad y al propio florecimiento del arte.

La búsqueda, inherente a toda creación artística, crece y madura. La exigencia de la calidad, la categoría artística de lo que se hace, es común a todos. La identidad con el pueblo, con su presente y futuro.

De aquí, por ejemplo, que los artistas del canto popular se planteen superar el «recuerdismo» (8) y hacer un tipo de canción más ligada a la realidad social diaria; que refleje el amor, el trabajo, las ilusiones, el dolor o el humor del pueblo. Para esto trabajan con nuevas imágenes, sonidos y lenguaje poético.

4

Durante 1978 se ha avanzado en la consolidación del movimiento cultural, alternativo, democrático.

«Parece como si el apagón se fuera apagando. El folklore es una larga marcha cuesta arriba. A pesar de todo, la búsqueda sigue, y es joven. Y en la parte sumergida del témpano, decenas, centenares quizá de muchachos y muchachas que en alguna parte piensan y sienten con música, toman un instrumento, escriben versos, comienzan a entonar tímidamente a ver qué sale, y sale. Sigue saliendo por muchas rendijas». (9)

No ha sido ésta una concesión gratuita de la dictadura, sino una imposición de los hechos. El régimen no ha sido capaz de destruir, minar o paralizar esta acción.

Basta observar el itinerario del año pasado para darse cuenta de su extensión y pujanza.

El fascismo busca nuevos métodos para obstaculizar este avance. Ya durante el año pasado desató una razzia anticultural que pretendió aplastar toda expresión. Promovió campañas de prensa contra el grupo Ictus, el sello Alerce, las Jornadas culturales efectuadas en el marco de la celebración del Año de los Derechos Humanos convocado por la Iglesia; todo lo cual creó ambiente para las acciones de la DINA-CNI, que apedreó peñas, dio golpizas a cantantes, trató de intimidar a artistas. En muchos casos, los cerebros, tras la sombra, no quisieron dar la cara y las prohibiciones para efectuar recitales, homenajes a Neruda, prensar discos de artistas populares, etcétera, aparecieron como errores que se imputaban a trabas burocráticas.

En lo que va corrido de 1979 ha continuado la ola represiva contra la cultura, negándose la autorización para la realización de festivales y veladas. Se insiste, además, en la aplicación de un impuesto del 22 por 100 del que antes todos estos eventos estaban exentos, en virtud de que la Universidad de Chile descubrió de repente, «por orden superior», que sus animadores no tienen la calidad artística requerida ni cumplen función cultural alguna.

Pero el curso de las cosas no se detiene.

5

La presencia de los artistas chilenos y del exilio en general, como fenómeno que ha lacerado el cuerpo social de Chile, está cada vez más presente en la polémica diaria.

En el debate efectuado en agosto del año pasado, durante el Encuentro Nacional de los Derechos Humanos, patrocinado por la Iglesia Católica, en lo referente al mundo cultural se expresó:

«Entre los problemas más serios que inciden en la actual situación están los factores que dificultan el diálogo al interior mismo del movimiento cultural. Esto lleva a reafirmar la concepción de la cultura como una unidad, dentro de la cual las más diversas expresiones representan y buscan una sola verdad: la del hombre pensante y sujeto de todos sus derechos. Esta necesidad de diálogo al interior del movimiento cultural debe incluir necesariamente también a los artistas chilenos en el exilio, grupo de creadores de los cuales el país no puede prescindir.»

No obstante la muralla que la dictadura ha querido alzar entre los chilenos que están dentro y fuera de la Patria, se conoce la amplia labor que desarrollan los artistas chilenos exiliados, que han sido el alma de la solidaridad internacional con la lucha de los demócratas chilenos. Han llevado la imagen del país a todos los confines de la tierra.

El conocimiento de la creación actual en Chile se amplía en el plano internacional, y a su vez la voz de los artistas exiliados ha resonado en el país en el mensaje con que más de trescientas personalidades de la cultura chilena, encabezadas por Claudio Arrau, saludaron el 1º de mayo y a los trabajadores de nuestra tierra. Del mismo modo los saludos hechos llegar por los cantantes de la Nueva Canción Chilena al Caupolicán, en el mes de abril de 1978, y los cuadros de los pintores enviados a la Muestra desarrollada en la iglesia San Francisco de Santiago.

El poderío, amplitud y presencia pluralista de los protagonistas del movimiento cultural aterra a la dictadura y sus voceros. Quisieran empujar a la cultura chilena a las catacumbas. Les desespera que los valores culturales democráticos salgan a luz, circulen y se reproduzcan.

El Mercurio desea reducir la actividad cultural a la acción de los comunistas. En junio del año 78 editorializó:

«También en el frente cultural se acumulan acciones comunistas concertadas. Con sospechosa frecuencia surgen nuevos conjuntos «artísticos», se organizan festivales, parten al exterior activistas del "canto popular" en torno de lo cual hay sincronizados movimientos de agitación.»

Pero los fascistas no lograrán sus objetivos. Las perspectivas de desarrollo del movimiento cultural democrático son cada vez mayores, más amplias, más fecundas y plenas.

El pueblo tiene una conciencia clara de todos estos problemas. Es lo que expresa un joven trabajador, Manolo Paredes, en un poema premiado en el concurso organizado en torno al Año de los Derechos Humanos:

«Disfrutar de la cultura
junto a todos sus hermanos
es derecho del humano
aunque la vida sea dura.»


Notas:

1. La primera convocatoria de las federaciones nacionales sindicales para celebrar centralizadamente el 1º de mayo fue en el estadio San Eugenio, en 1975. Allí se concentraron centenares de trabajadores, que cantaron en pequeños círculos debido a la prohibición de realizar el acto. En 1976, en el estadio Miguel León Prado de San Miguel, se realizó un acto folklórico, a pesar de la hostilización policial, presente en medio del público.

2. En diversas poblaciones los jóvenes impulsaron una iniciativa llamada la «guitarra esquinera», porque en torno a la guitarra reconquistaban la calle.

3. «Boletín de Solidaridad», primera quincena, enero 1979.

4. Esta delegación fue encabezada por Héctor Pavéz, a comienzos de enero de 1974.

5. En la Vicaría Sur de Santiago se realizó en 1975 un festival solidario que reunió a centenares de personas. Los premios fueron artesanías hechas por los presos políticos.

6. Volodia Teitelboim, encuentro con artistas de la Nueva Canción Chilena, junio de 1978.

7. Conjunto de la Agrupación de Familiares de Presos Políticos Desaparecidos, labor de los miembros de Aleph en prisión, conjuntos de Chacabuco, Tres Alamos, etc.

8. Así han denominado los cultores del canto popular la necesaria etapa, ya conquistada en el país, de interpretar las canciones del pasado que estaban prohibidas.

9. Revista «Hoy», Santiago, 27 diciembre 1978.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03