Plata para pan, mamá

PLATA PARA PAN, MAMÁ

Eduardo Guerrero - Ramón Díaz Eterovic - Sergio Vesely

Eduardo Guerrero es poeta y crítico e investigador del teatro, doctorado por la Universidad Complutense de Madrid. Vive en Chile.

Araucaria de Chile. Nº 40, Madrid 1987.

PLATA PARA PAN, MAMÁ

Soy un poeta burgués que escribe un poema proletario, mamá
Soy un poeta mamá proletaria que escribe en burgués un poema
Soy mamá poeta que escribe en mamá burgués un poema sobre el país
Soy un muerto de hambre que no se ha muerto de hambre porque
como un pan proletario, mamá
Tengo hambre, mamá, tengo hambre de pan castellano
Tengo hambre burgués proletario
Soy un poeta que tiene hambre de pan proletario
Dame plata para pan, mamá, dame un pan castellano
Dame sudor de harina en la frente para combatir a la gente
Dame gente con sudor de harina en la mente
Soy un poeta burgués que tiene y que da un poema de pan proletario
Que tiene dos manos para hacer un poema que no sabe amasar el pan de tus manos
Tengo hambre de harina y de trigo, de trigo y de harina
Soy un molino de viento y de pan
Soy un poeta que trabaja con versos de harina en un pan castellano
Invento mentiras de pan y de hambre, mamá
Dame plata burgués dame miga mamá
Soy y tengo a la vez
Tengo hambre de manos vencidas
Soy un proletario que amasa poemas en versos de pan, mamá
Tengo hambre, mucha hambre
Quiero que busques, mamá, un pan proletario
Quiero que quiero un pan en tus manos
Soy un poeta que quiere las manos para hacer un poema burgués de pan proletario
Soy ese hombre que no tiene nombre y que amasa un pan solitario
Dame un nombre, mamá, dame un pan castellano
Dame el sudor de la mano que hace que sea un poeta proletario
Soy un poeta que tiene el pan en sus manos
Tengo hambre de pan proletario
Mamá, un proletario poema he escrito con mi pan solitario
Un poema burgués, quizás
Un poema de harina de miga de cáscara hueca de hambre y de angustia
Un poema, mamá, un poema de hambre
Un poema de hombre poeta que come sólo pan castellano
Tengo hambre, mamá, tengo un pan de trigo en la frente
Dame plata, mamá, dame pan de tus manos
Dame manos y manos, manos y manos, para escribir un poema de pan castellano...

Qué buena voz se perdió para el tango

Ramón Díaz Eterovic

Al Poli.
que propuso el título

Ramón Díaz Eterovic es poeta y cuentista. Nacido en 1956. Autor de El poeta derribado, Cualquier día. Pasajero de la ausencia. Atrás sin golpe y otros títulos. Dirige la revista de cuentos El gato sin botas. Vive en Santiago.

Nada puedo hacer, lo del Tano Paulino ya es ley, me digo bebiendo lo que resta del tercer trago de esta noche. El espejo que tengo enfrente me tira burlón la imagen de un rostro moreno y ojeroso que no me hace ninguna gracia. Estoy borracho, lo sé. Lo noto en mis manos que ya no tiemblan y en el maldito, recondenado sudor del carajo que convierte mi camisa en una segunda piel, sucia y molesta. Quisiera no pensar, olvidar en lo posible mi nombre, y sin embargo no lo hago, aun ahora que llamo al mozo para que ponga al alcance de mis manos una nueva copa que me llevo a los labios, sintiendo por unos instantes el licor que incendia cada rincón de mi boca. Nada ni nadie me apura. No tengo prisa en estos días en que las noches se cierran temprano, y en las calles no se ve otra cosa que patrullas armadas vigilando a los apurados y escasos transeúntes. La boite queda junto al bar, y aún falta un par de horas para subir al escenario a cantar para unos cuantos diablos esos tangos que desde hace muchas noches repito sin emoción, dejando que las palabras surjan desganadas, arrastrándose, sin la intención que alguna vez ponía en ellas, y me hacían inconfundible, único, según muchos. Pero eso no me inquieta. Son malas rachas, o el desencanto de llevar tanto tiempo en el mismo lugar, repitiendo gestos y sueños, sin acceder a las luces de un gran letrero desplegado a la noche, con mi nombre y mi voz saliendo a repetirse por las cuatro esquinas. Malas rachas que combato aferrado a una buena copa, o invitando a la Carmencita a cenar, y luego a la pensión donde hacemos el amor sin compromiso, con más desesperación que deseo. Lo importante, lo que hace el licor fuerte y amargo es pensar en el Tano, reconociendo que mis cartas están jugadas en la mesa, y que ayer, en una mala noche de ginebra y cigarrillos, las promesas del infeliz de Saldaño pudieron más que un cariño de años, de casi siempre, o para ser preciso, desde esa mañana en que asomé mi cabeza de muchacho por la puerta de la imprenta, y mis ojos quedaron maravillados con la máquina ruidosa que arrojaba papeles multicolores. Me veo allí, y aunque no quiero, lo recuerdo. Era el año treinta y cinco, y maldito sea que recuerdo bien mis ojos curiosos mi cara sucia, y la timidez que sólo vencí cuando con un guiño cómplice el Tano me invitó a vigilar junto a él la vieja máquina que imprimía los rostros de unos luchadores mexicanos que cachacascán en papeles rojos y verdes. Luego me preguntó el nombre, y al momento de empaquetar los volantes me obsequió unos pocos que aprisioné contra mi pecho, protegiéndolos como un tesoro. Me parece estar viendo al viejo Paulino. Lo recuerdo porque en ese tiempo su cabellera aún era rubia, y también porque ocurrió un año antes de la muerte de Gardel. De Carlitos quemado en Medellín, en una foto que cubría la primera plana del diario que le arrojaban bajo la puerta del Tano todas las mañanas, quien ese día de junio se mostró inconsolable, incapaz de aceptar la verdad. El mismo Gardel al que ese primer día reconocí cuando el Tano, haciendo un alto en el trabajo, hizo funcionar la vitrola que desde un rincón parecía presidir el espacioso taller. Se sorprendió, y tuve que explicarle que si me sabía sus tangos era porque los escuchaba salir desde la radio del Café en que me instalaba a lustrar zapatos; y en ocasiones algún cliente generoso me invitaba una taza de té con leche y medialunas a cambio de un tango que cantaba en medio del silencio de todos los presentes. Tal vez en ese momento Paulino pensó en mi talento, pero no dijo nada, y prefirió aguardar otra oportunidad. Sí, se interesó por saber más de mí, y mientras compartíamos un plato de comida, le conté que vivía con mi madre y cuatro hermanos menores, y que a ella apenas la veía por las noches cuando regresaba cansada de su trabajo. Después, cuando el Tano la conoció, pudo comprender que no eran muchos los cuidados que ella podía darme desde que mi padre la abandonara; y por eso mismo no le fue difícil convencerla un mes más tarde para que me dejara vivir en su taller. Con su notorio acento porteño le contó de su vida en Buenos Aires, de los doce años que llevaba viviendo en Santiago, y que no poseía otra fortuna que su esfuerzo cotidiano y esa imprenta que prácticamente funcionaba todos los días del año. Lo recuerdo bien, y si algún detalle no retuve de esa conversación, el Tano se encargó de señalármelo en las charlas que teníamos los domingos; tomando yerba en un principio, y más tarde, cuando ya tenía edad, según él, al calor de unas copas de aguardiente. Detalles que no desaparecen a pesar de los años, de la misma vida y de los tragos que se repiten esta noche. La última de actuación en el «Sputnik» si se cumplen las promesas de Saldaño. El maldito que primero me llenó de halagos, y aguardó el momento justo para interrogarme sobre el Tano y esos diarios que imprime por las noches. Justo cuando al viejo se le ocurrió herirme con sus palabras, aquel último domingo de recuerdos. Y pese a ellas, no entender, no saber detenerme a tiempo es lo que me duele, ahora que ya es demasiado tarde, y el reencuentro en el espejo con mi peinada lustrosa es un puente hacia la tarde que me presenté en el taller, con el traje negro a la medida, la humita de seda, y la sonrisa de Carlitas que había aprendido a imitar pasando largas horas frente a su foto. Te pareces al «Morocho del Abasto», me dijo entonces, quince años después de aquella primera mañana de asombro y papeles de colores. «El Morocho Chico», así te llamarán, agregó mirando reiteradamente el vestuario con que llegué esa y otras tardes a la radio, hasta ganar el concurso de cantantes en que participé a insistencia del Tano. Y es que el viejo tiene ojo para adivinar las buenas manos. Sabe esperarlas y se da tiempo, al igual como se lo da con los recuerdos. En especial si se le mencionan las veces que vio a Gardel. Ese es el único momento en que deja de lado su laburo, y con una mirada que parece perderse más allá de los límites de la imprenta, habla de la noche en que su padre lo llevó al Teatro Esmeralda, el año diecisiete en Buenos Aires, cuando «El Zorzal» cantó por primera vez «Mi noche triste», y la gente lo sacó en andas de la sala. Esa fue la primera vez, la otra, poco antes de viajar a Chile, era en el Hipódromo de Palermo, viendo correr a «Lunático» conducido por el Legui. Cuánta gente, pibe, y qué emoción; nunca he visto nada igual, y eso que los años cuentan y los ojos no se cansan de ver pasar la vida, decía el Tano, sin ocultar su nostalgia. Es cierto, me duele recordarlo, y me dan ganas de ser mago y retroceder en el tiempo o en la vida. Borrar con un gesto de mis manos la imagen del espejo, y sobre todo esas horas con Saldaño que ocupé para hundir sin asco los recuerdos del viejo, su cariño, y esas malditas ideas suyas que lo hicieron meterse en tanta cosa prohibida. Cosas de las cuales Saldaño tenía referencias, de otro modo no habría preguntado ni yo me hubiese puesto a hablar del Tano. Precisamente hablar del Tano, que nunca ha hecho otra cosa que tenderme la mano; que le gustaba hablar conmigo, verme silencioso en un rincón, abrazado a la guitarra que me obsequió cuando mi afición por el tango fue tan clara como mi voz que llenaba el taller cada vez que a pedido suyo me ponía a cantar. Esa voz que estoy perdiendo, y que el Tano escuchó a través de la radio el día que gané el concurso, y en tantos otros lugares a los que llegó a oírme, hasta que entendió que mis actos me apartaban a tranco largo de sus esperanzas. No sé quien se equivocó. El con sus sueños o yo dejándome caer, sintiendo que era bonito verse rodeado de halagos, y tener a la mano a esos amigos y mujeres con las que agoté mi ánimo. Creí que él lo entendía la noche que me dejó salir del taller para irme a un cuarto con la Carmencita o como se llamara la mina que tenía a mi lado entonces. Morocho, la vida es más tango que el mismo tango, me dijo, mientras me veía hacer la maleta. Lo repitió el primer domingo que llegué a almorzar a la imprenta después de mi partida. Pensé que lo decía por sí mismo, por su soledad, pero el Tano sabía bien lo que es el silencio, y mi ausencia fue como volver a ponerse una camisa vieja y querida. Sus días los llenó trabajando en la campaña de su candidato presidencial. La imprenta se repletó de afiches y de tipos que a la voz de camarada le pedían más y más trabajos: Siempre por el costo del papel y la tinta, ya que el esfuerzo, las noches en vela, eran su aporte. Mi padre me hizo anarquista y moriré en la línea, decía cada vez que le reprochaba tanta entrega. Después de la elección de su candidato pasó un tiempo en que lo vi poco. Como en el tango, la farra, el Café y la muchachada me mantenían ocupado, y aunque ya empezaba a ser un recuerdo o uno más en la rodada, algo de cuerda le quedaba a mi trompo. Vas por los cincuenta y ya no me hago ilusiones, me dijo el Tano una tarde, y tuve que aceptar que nos habíamos hecho viejos. Sus manos ya no tenían la agilidad de antaño y su cabello blanqueaba. Recuerdo y me da risa estar pensando con letras de tangos. Pensar en imágenes de postal, con madreselvas, siemprevivas y yuyos en flor. Me da risa, pero me duele recordar que eso último me lo dijo tres meses después que su imprenta fue asaltada por un grupo de milicos que dejaron todo en desorden y se lo llevaron detenido al Nacional, donde lo mi a esperar la mañana que lo soltaron, porque hablé con Saldaño, a quien todos sabían metidos en su trabajo sucio. Quédate tranquilo, viejo, le dije entonces, y creí que me hacía caso, pero una noche que el toque de queda me pilló cerca de su casa, lo sorprendí empaquetando una vez más sus diarios. No te preocupes, tú ya no eres parte de esto, me contestó cuando le hice el reproche; y a la tarde siguiente, mientras tomábamos un café con algunos amigos, dijo esas palabras que despertaron mi rencor. Se hablaba de mi carrera, y en el momento que comenté un posible nuevo y ventajoso contrato, el Tano Paulino movió la cabeza, y mirándome a los ojos, dijo que ya no era tiempo; y reconociendo un fracaso que parecía ser el suyo propio, agregó, qué buena voz se perdió para el tango. Me negué a la idea, y abandoné la mesa sin siquiera mirarlo. Sólo ahora pienso que tenía razón. Ahora que ya es tarde y ni las copas que pido me hacen olvidar que en estos momentos Saldaño ya habrá llegado a lo del Tano, y sin decir nada, el viejo se sentirá derrotado. No por los golpes de los hombres del Memo Saldaño, sino por conocer el dolor profundo de mi traición. Lo demás puedo anticiparlo. La caída no se detiene, y de seguro las promesas quedarán en nada. No habrá contrato hacia la fama definitiva, sólo copas que abrazaré con ansias cuando entienda que no me queda otra cosa que esos amigos que se acercan para olvidar sus propias derrotas. La vida es más tango que el mismo tango, pienso mientras escucho al mozo que me dice que es la hora, y luego se queda viendo mis pasos atolondrados hacia la boite y el escenario. Este escenario que cruje bajo mis pies cuando oigo las primeras notas que me tira el piano. El micrófono parece más lejano que de costumbre, pero tengo que llegar a su lado y cantar el tango que me exigen la música y el público. Identifico al fin las notas, y escucho mi voz que retumba entre las sombras. Esa buena voz que se perdió para el tango, ahora que el Tano Paulino no está conmigo y reconozco que canto «Mi noche triste».

Su amor suena distinto del mío

Sergio Vesely

Sergio Vesely es músico y escritor. Vive en Essiingen. República Federal Alemana.

Los afectos de las personas no son inmunes a los trasplantes geográficos, menos aún los afectos de un cuerpo condenado a la pena de exilio. Incluso, pueden llegar a convertirse en el peor enemigo de los aborígenes del país que concede asilo político.

Esto no lo he leído en libro alguno. Esto lo sé por experiencia propia. La vasallante y a la vez irresistible dote de mis afectos, me ha hecho llegar a esta conclusión.

Reconozco que no es de caballero jactarse de cosa parecida; pero me comprenderán si les confieso el motivo. A los seis meses de haber pisado territorio alemán, y en un momento en que todos esperaban de mí que, como buen refugiado, me atuviera a las normas mínimas de conviviencia con el pueblo al cual le debía tanta hospitalidad, en esas circunstancias, le robé a un teutón el corazón de Dala. Qué gran hazaña.

Sé muy bien que los envidiosos pretenderán minimizar la magnitud de mi proeza, arguyendo que aquel barbudo galán -nótese que estoy hablando de mi adversario- era un ser civilizado, ajeno al barbarismo que supone el cometer un crimen pasional para recuperar el honor pisoteado. Como si con tal argumento nos quisieran decir que otra música cantaría hoy día si en lugar de habérmelas visto con un germano, hubiese tenido que enfrentarme a las furias de un persa o de un macho cubano con los pantalones bien puestos. Ridículo.

La verdad de lo acaecido es que desde un primer momento quedó en evidencia su flaqueza, su falta absoluta de recursos para impedir lo inevitable, por el simple hecho de que aquella hembra de cabellera luenga me obedecía a mí. El lector experimentado en los gajes del amor sabrá que, en esas circunstancias, un acto de violencia difícilmente logra restablecer el orden pasado, devolverle al macho herido los derechos que él todavía cree tener sobre la diva.

No obstante, y para no pasarme de listo, reconozco que al desistir de acriminarse conmigo, mi rival desechó el único medio realmente efectivo de vengar mi ofensa.

Como lo insinuaba hace un rato, a Dala la cautivé en un segundo, con los ojos, dejando a un lado los agobiantes preámbulos que acompañan al coqueteo habitual. El pretendiente -que no por el hecho de estar siendo citado ha de sentirse importante- observaba la escena, para mi sorpresa posterior, bañado en estupor, atragantado en medio litro de cerveza negra, desde una mesa vecina, y sin poder darle aval a lo que sus ojos veían. Así, fue testigo de como su amada bajaba sus escuálidas defensas ante los influjos de un extranjero desconocido, enseñándole, en toda su plenitud, el fruto de su boca, aquel óvalo de mego, hijo de la ardiente lava de su pecho, aquella lava que subía inundándole el paladar, haciendo revivir en sus pupilas, la fauna indómita del deseo. De como yo, prisionero en sus fragancias, la besaba, aferrado al ecuador de su talle por el ramaje de mis manos, vaciando en su lengua, la hirviente marea de mis fluidos.

Por medio de gesticulaciones -hasta ese instante nuestra comunicación no tenía lugar en la esfera del vocablo- Dala procuró darme a entender que la inquisitiva mirada del extraño a sus espaldas, no provenía de un admirador frustrado, ni de un miembro de la Academia de Antropología, sino nada menos que de mi adolorido rival, y por ello, a ella le parecía oportuno y aconsejable aplazar nuestro intercambio de efusividad hasta hallarnos fuera del alcance de su mira. Una gran lección de respeto al sentimiento ajeno. Lección que, inmediatamente, la elevó ante mis ojos a un peldaño privilegiado de su condición de mujer y la puso a cientos de años luz por arriba de esa suerte de mujeres -desgraciadamente no poco abundantes- que en una situación semejante, con todo su primitivismo, no hubieran encontrado solución más vil que desatar en ese lugar su animalidad femenina y atizar de ese modo, conscientemente, la hoguera del caído.

Yo, que me considero un acérrimo defensor de mi intimidad y soy extremadamente ahorrativo en lo que atinge a controversias inútiles, me dejé convencer enseguida por su propuesta y salimos del local, confiados en que la noche no tardaría en prestarnos su complicidad para nosotros poder darle rienda suelta a las furias contenidas desde el beso, sin temor, esta vez, de quedar en la óptica de algún intruso.

No nos equivocamos. Al cabo de un rato arribamos a la orilla de un arroyo, donde se alzaba, en su clásica elegancia, un gigantesco sauce, de esos llamados Babilonia. Como era de esperar, nuestra admiración por tal, todo, menos engendro de la naturaleza, no fue más que un pretexto para acercarnos a él y cobijarnos bajo su follaje.

Fue la primera vez que acaricié la tersa piel que cubre el muslo de una germana. La primera vez que Dala despejó con el tacto la incógnita anatomía de un chileno.

Me imagino que ése y no otro fue el motivo por el cual se me escapó, luego de expeler en sus entrañas el ácido líquido de la fertilidad, aquel mortal TE AMO en castellano. ¿Cómo iba yo a saber que ella no me entendería? Su respuesta sonó ICH LIEBE DICH, despedazando mi ilusión.

Quiero dejar constancia que sospechando las consecuencias que podían derivarse de un intercambio de palabras, ninguno de nosotros se atrevió a interpelar pidiendo una aclaración, o solicitar se le repitiera lo dicho. Intuitivamente, percibíamos la profundidad del abismo abierto entre ambos y nos negábamos a dejarnos arrastrar hacia él. ¿Pero qué podíamos hacer? A pocos minutos de nacer, constatábamos que nuestro amor sonaba distinto en nuestras bocas. Que yacía empantanado en la ciénaga del lenguaje.

Tratando de romper el cerco tendido por la fusilería del alfabeto. Dala tomó la iniciativa y me condujo a sus aposentos, el altillo de una vieja casona, donde de improviso me sacudió un cúmulo de adjetivos a la cara.

Como yo no diera señales de interesarme por su verbalismo y por el contrario, empezara a abrir una trinchera tras una botella de vino tinto, un vaso y un paquete de cigarrillos en un rincón del cuarto, ella, volviendo a la carga, acercó el eco de su ventrículo a mi garganta me sopló un certero prefijo al entrecejo.

Lentamente, su paciencia de loba hambrienta comenzaba a dar el resultado deseado. Yo, herido en mi orgullo, harto de no entender nada, me levanté del asiento con el gancho de las orejas en guardia y cuando ella menos se lo esperaba, liberé mis labios del mutismo y degollé en el aire, un par de verbos alemanes. La batalla había comenzado.

Ella se replegó a la cocina y mientras revolvía un menestrón destinado a revitalizar a los contrincantes, me tarjó diez sustantivos de un solo golpe. Yo sin dejarme amedrentar por su osadía, le respondí pronunciando su nombre al revés. Atacando, contra-atacando, buscando abrir un flanco por el piso de los latinismos, diezmando todo intento de camuflar una falta bajo el envoltorio de una sonrisa, deletreando, pronunciando, acentuando, puntualizando; en eso estuvimos hasta que amaneció, y cuando creímos haber encontrado la salida de aquella encrucijada, un nudo en la lengua echó por tierra todas nuestras esperanzas. A mí se me volvió a rebelar el adverbio, a ella se le encabritó el dativo como nunca antes. Ella renunció definitivamente a las ERRES y yo defequé de ira en el abecedario.

Al día siguiente, la noticia de nuestra unión se había difundido por todo el vecindario y, como era de esperar, comenzaron a visitamos los personajes más extravagantes, equipados, según ellos, de los últimos métodos en la enseñanza de las lenguas extranjeras.

«Diez días solamente y el martirio será cuestión del pasado» -propagaba uno de ellos a los cuatro vientos, blandiendo en la mano un cuadernillo milagroso.

A todos les prestamos oídos. A los mercaderes del acento, a los veteranos del prefijo, a los académicos del predicado e, incluso, a los nefastos burócratas del diccionario. Cada cual puso en las alfombras su pequeño mojón de ortografía, y los más atrevidos, hasta osaron pintamos las paredes con sus novedosos silabarios.

El resultado fue que nos enterraron bajo una montaña de compendios, y en lugar de ayudarnos a traducir el amor en una forma inteligible, nos forraron las cabezas de audífonos y cables, y nos embrutecieron el alma con sus horrendas lecciones matinales.

Un día, al borde de la locura, nos dimos cuenta que la llama de nuestra joven pasión corría el peligro de extinguirse bajo un mar de leyes gramaticales, y que la única forma de salvarla era liberarla a la brevedad posible de todas esas ataduras impuestas.

Entonces nos armamos de plumeros, aspiradoras, detergente y estropajos, y nos fuimos allanando una repisa tras otra en busca del rastro de nuestros profesores.

Pero no nos quedamos en eso. Dala se encargó además de escarbar los cajones y yo de estrujar el lavamanos. No había que tener piedad ni contemplación alguna. Si los objetos se negaban a facilitarnos la información que les solicitábamos por la vía pacífica, recurríamos sin demora a la violencia. Así fue como ocurrió que Dala procedió dos veces a succionar el botiquín, donde ella sospechaba que se había escondido un regimiento de sinónimos, y yo me vi obligado a fusilar un ropero al cual sorprendí in fraganti tratando de pasar un contrabando de comas.

Finalmente se fueron retirando. Las lecciones matinales salían chillando por las ventanas y nosotros no negociábamos ni dábamos tregua. De todos los rincones correteábamos a nuestros enemigos a escobazos, les cerrábamos el paso con tela adhesiva, les tirábamos agua.

Una semana duró la batalla y todos los días se repitió la misma historia. El vecino del piso de abajo se quejaba en el retén del barrio de haber oído descuartizar un pronombre a las tres de la mañana. El mayordomo del edificio subía indignado por la tarde a reclamar por el basural de letras que habíamos amontonado en la vereda. El vicario de la iglesia nos amenazaba con el infierno si no terminábamos inmediatamente con el escándalo. El director del diario local nos acusaba públicamente de homicidio a las buenas costumbres.

Todos ellos perdían su tiempo. Nosotros estábamos dispuestos a seguir hasta las últimas consecuencias y no firmamos el armisticio sino el día que nos cercioramos de que el ínfimo punto de una I moribunda había salido escupido por la puerta de calle. La guerra estaba decidida a nuestro favor.

Este mes celebramos los cinco años del beso. El pretendiente de entonces vino a visitarnos y a desearnos felicidades portando un ramillete de claveles. ¡Qué cordura, dios mío! En lo que a mí respecta, nunca se me ocurriría hacerle una visita en un mes como éste, pasarle la mano por el lomo y pedirle disculpas por haberlo condenado a la desgracia.

El tiempo ha servido, sin lugar a dudas, para limar muchas asperezas. Claro está, no ha podido ni jamás podrá evitar que Dala y yo nos sigamos mirando con desconfianza cuando en un arrebato de precisión se nos ocurre intentar nuevamente desentrañar el secreto de ese vocablo que en nuestro caso seguirá teniendo dos caras por una eternidad: AMOR-LIEBE.


Editado electrónicamente por C.D. Blest el 30may03